jueves, 22 de marzo de 2012

Mujer de sombras y melancolía

" Bradomín, que no se diga de los caballeros españoles, que habéis ido a lejanas tierras en busca de una princesa, para vestirla de luto"

Imagen del cielo de Covadonga, desde la cueva.

MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN. VALLE-INCLÁN
SONATA DE INVIERNO (6)


El latín litúrgico de una misa al amanecer reconforta el corazón de los soldados convalecientes de las heridas recibidas en la batalla. Agradecidos por tener la suerte de seguir viviendo. Son mozos de los pueblos, curtidos en trabajos en el campo que duran de sol a sol, enfermos de melancolía. Obligados a abandonar la azada, empuñan el fusil. Los soldados heridos de la partida de Fray Ambrosio llegan al convento abatidos, murmurando, renegados por la derrota y la traición que baja de las cumbres. Su valor no es suficiente contra dos compañías republicanas de Ciudad Rodrigo. Bradomín, tiritando por la fiebre, les acompaña. Desnuda su alma en la oración que apague las calenturas del pecado. Recibe el alta, pero Sor Simona no le permite despedirse de Maximina, su celda es clausura.

Valle se muestra esquivo y ambiguo al tratar de Maximina. Utiliza una estudiada ambigüedad para provocar y confundir al lector. Sabemos que murió desde el principio: “Por guardar eternamente un secreto, que yo temblaba de adivinar, buscó la muerte aquella niña a quien lloraré todos los días de mi vejez”. Después en la lectura nos lo relata en metáfora: “Por la luna del cielo iba la luna sola, lejana y blanca como una novicia escapada de su celda. ¡Era la hermana Maximina!" Sobre si era hija de Bradomín, tendremos que fijarnos en tres exclamaciones a cada cual más breve, dos suyas: ¡Pobre hija! Y ¡Es feúcha! varias veces repetida; y otra de Sor Simona y que él no niega: ¡Lo sabía usted!. Nos muestra el lado oscuro del cerebro humano. Dota a su creación de delirio de amoralidad, deseo irrefrenable, demencia sexual, locura…

Su mutilación provoca lástima. Se vale de ella y de su invalidez para montar a caballo y alejarse. Los mismos once carlistas menos un brazo regresan a
Estella. Se aloja en casa de una viuda y su hija que le cuidan. La fiebre persiste y con ella la búsqueda de polisílabas acumuladas que expresan el decaimiento y la postración del proceso febril y que contribuyen - al mismo tiempo- a dotar de musicalidad al párrafo, más allá de su vertiente semántica y conceptual: “Algunas veces un confuso delirio me embargaba, y las ideas quiméricas, funambulescas, ingrávidas, se trasmudaban con angustioso devaneo de pesadilla”.


"El sol matinal dejaba ver un camino entre álamos secos y un fondo de montes sombríos manchados de nieve"

Fray Ambrosio, herido de nuevo en la frente, le visita. Bradomín rechaza cuatro onzas de las cien que le devuelve. Puede quedárselas a cambio de misas aplicadas a la victoria que se vislumbra cada vez más lejana y enloquece como el aleteo atolondrado de un pájaro privado de su nido. La causa se derrumba. La lucha por el mando es feroz. Son frecuentes los navajazos por la espalda y las traiciones en la retaguardia. Los soldados mueren en el frente para que los generales luzcan más estrellas en las hombreras. Bradomín le confiesa su alegría porque no ganen los suyos. ¡Cómo lo vería! La causa es un nido de asechanzas y traiciones.

El fraile le informa de que la condesa no quiere verle. Se entera por las cuidadoras ocasionales de que el Conde de Volfani aún respira, parado y quedo como una planta, pero todavía retiene vida. La Condesa le cuida y le mima como una jardinera o una Santa Isabel. Bradomín la admira por el amor póstumo tras la vida que le guarda. Vuelve Fray Ambrosio para trasmitirle que la Condesa admite una única visita de despedida. La resolución es una sombra de tristeza que cubre su alma.

Apoyado en el brazo del fraile van a la casa del Rey. Aquí se localiza la escena final de una Sonata que empieza en la casa del Señor inmortal en la tierra y termina en el suelo que pisan los mortales. Jirones de sol comienzan a derretir la sombra de blanca tristeza que amortaja su alma. Su lucha se enfoca ahora a provocar lástima de su merma física, hacer poesía de su manquedad y gustar del “perfume mortuorio de aquel adiós que iba a darme María Antonieta”. Su lamento por no haber podido dar la vida por la Reina Margarita allí presente levanta un murmullo de admiración entre el auditorio femenino que borda escapularios para los soldados del frente.

La Reina le sugiere que escriba sus memorias ahora que su manquedad le dejará tiempo para escribir. Y a fe que le hace caso porque qué si no estamos leyendo. Afortunadamente es el brazo sano el que empuña la espada y la pluma. Un obispo apoya la propuesta con la salvedad de no ensalzar los pecados y vicios como si fueran hazañas. Como hizo el impío “filósofo de Ginebra” (Rousseau) en sus Confesiones, enturbiando el claro manantial de su doctrina.

A estas alturas de la vida Bradomín, desengañado y cercado por la muerte, mira con ironía su compromiso con la gravedad de los hombres y mujeres que se citan en la Historia. Ya sólo espera diversión para descumplir sus días.

Su tía, la Marquesa de Tor, le aconseja que se marche como antes ya lo había hecho - con escaso éxito - la Princesa, madre de María Rosario. No están las órdenes hechas para obligar al Marqués de Bradomín. Le advierte de que no intente separar a María Antonieta de su marido, que respete su decisión de sacrificarse por el Conde: “Sombra detenida por un milagro delante de la muerte”. Un tanto contrariado, le afea la imagen de crueldad que de él tienen en la familia. Varios cientos de páginas después descubrimos la redondez de las Sonatas, junto a la tía recién aparecida y ganada para su causa:

- “¡Calla!... Eres el más admirable de los Don Juanes: Feo, católico y sentimental”.

María Antonieta interrumpe el intercambio familiar de reproches para asegurar que por nada del mundo abandonará a su marido. El par de perros que preceden al Rey relajan la tensión. Un abrazo del monarca, como si nada le faltara, le conmueve en la hora amarga de la despedida: “Si la guerra no me había dado ocasión para mostrarme heroico, me la daba el amor al despedirse de mí, acaso para siempre”. Bradomín se adentra en la noche que no acaba. La escasa vida que le resta, enredada entre las zarzas que le salen al camino, seducido por el aleteo de las alondras de la penumbra que le guían a la luz del mundo oscuro. Trasteando con el bulto también oscuro de la muerte.


"Por ver volar los peces de colores
hicimos agujeros en el agua
preocupados en los alrededores
siempre en la dimensión equivocada.

Mujer de sombras y melancolía
volvamos al Edén que nunca has ido
a celebrar con las copas vacías
el gusto de no habernos conocido".

Sabina/Serrat









Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

7 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

El problema de Bradomín es que su diversión depende de la dominación de la mujer y la crueldad que ejerce sobre ella...

Paco Cuesta dijo...

Hay un detalle de cordura en la postura de María Antonieta.

Aldabra dijo...

ME encantó la foto de la "paloma" porque me parece una paloma cuadrada ¿no?

biquiños y buen finde.

Abejita de la Vega dijo...

El cielo está enladrillado...
Así es, Valle Inclán nos provoca y nos confunde...a mí me confundió.
Lo de Maximina está cogido con alfileres, lo de feúcha y lo de "lo sabía".
Has tenido mucha paciencia con el marqués...

Besos, Pancho.

María dijo...

..."enfermos de melancolía"... : me gusta

Anónimo dijo...

Vamossss

Myriam dijo...

Tienes mucha razón en que Valle nos muestra el lado oscuro de la naturaleza Humana y en que dota a su creación de "amoralidad, deseo irrefrenable", yo agregaría también que la dota de Maldad.

Un abrazo