lunes, 2 de enero de 2017

Niebla (10) Miguel de Unamuno. Buscar tus ojos.





"El segundo nacimiento, el verdadero, es nacer por el dolor a la conciencia de la muerte incesante, de que estamos siempre muriendo."


Niebla (10) 
Miguel de Unamuno 

A tres días de la boda, Augusto recibe una carta que le jaquea la razón. Eugenia le comunica que lo deja plantificado, se ha marchado con Mauricio. Y le advierte de que no se queje porque todo podría haber sido más cruel. De hecho,  Mauricio había planeado hacerlo al día siguiente de la ceremonia. Augusto, con el temor agarrado a las entrañas, tarda en leerla, espera a leerla en la iglesia donde se contiene. Allí reza arrodillado en un banco y se calma. Por don Fermín se entera que ellos debieron salir al anochecer en un tren porque ella ya no remaneció durante toda la noche. 

¿Qué haremos ahora? Se preguntan los afectados por la huida. Nadie se lava las manos, todos le dan la razón a Augusto. El engaño es una indecencia. A Augusto le queda el consuelo de que un miserable lo sigue siendo hasta el final. Según eso, también lo será con Mauricio, lo que lamenta es que no sea con él. 

Se le cae la casa encima. Le invade una amalgama de sensaciones: “Un sentimiento en que se daban confundidos tristeza, amarga tristeza, celos, rabia, miedo, odio, amor, compasión, desprecio, y sobre todo vergüenza, una enorme vergüenza, y la terrible conciencia del ridículo en que quedaba.” 


"Nosotros no tenemos dentro"


Orfeo sale a recibirle, el no abandona aunque también desaparezca de vez en cuando, arrastrado por la llamada del instinto primitivo en busca de perras, pero siempre regresa, extenuado, medio muerto como los gatos. Tumbado boca abajo sobre la cama llora hasta enmudecer el monólogo. Así lo encuentra Víctor y así lo deja después de una conversación sobre la esencia de los entes de ficción. Los personajes no tienen adentros, solo hablan y el hablar es hacer, pues “el principio fue la palabra y por la palabra se hizo todo.” El alma, el interior de un personaje, está en el lector. Su vida consiste en vagar como un fantasma, como un muñeco de niebla. Su fin primordial es distraer al autor y conseguir que el lector llegue a dudar de su propia realidad de bulto para redimirle. Que el ente y el lector se devoren a sí mismos, que duden de la existencia y que piensen porque ser es pensar. Es decir, lo que no piensa, no es. Y si uno se empeña en no pensar, que se devore, que se suicide. Allí lo deja hundido y confundido en la maraña de razones que desembocan en el acabamiento, en la nada. Convencido de ser un ente de ausencia a la espera de un lector que lo elija, abra el libro y le active como presencia a través de la lectura. 

Aparece Víctor, personaje autónomo, república exenta, para explicar y diseccionar el cerebro de Augusto que confunde el “sueño con la vela, la ficción con la realidad, lo verdadero con lo falso; confundirlo todo en una sola niebla.” Añade que en su mente se confunde el llanto y la risa, se mezcla lo nuevo y lo viejo, la comedia ignora las lindes hasta semejarse a la tragedia. Le advierte que no superará la vergüenza hasta que no acepte su papel de rana, rata condenada a la vivisección, ratón de experimento. Eugenia le salió rana. Que experimente en sí mismo y se olvide de burlarse o ser burlado, que se burle de sí mismo que se devore a sí mismo. Sólo así llegará al estado de serenidad y ecuanimidad de espíritu: la ataraxia. 

La tempestad del alma de Augusto le vuelca al suicidio. En ese momento crucial recuerda un ensayo sobre el tema escrito por Miguel de Unamuno y como aún tiene tiempo,  para acá, a Salamanca que se viene en un tren, a charlar un rato con el autor, como último recurso, como el náufrago que se agarra con fuerza a la única tabla de salvación.  

Aquí el autor da otra vuelta de tuerca más al relato, reencaja la narración un poco más. Cambia el punto de vista narrativo a la primera persona autobiográfica y ajusta el espacio a Salamanca, la pequeña ciudad del oeste en la que vive desde hace veinte años. 





"Tú, querido experimentador, la quisiste tomar de rana, y es ella la que te ha tomado de rana a ti."

Augusto entra como un fantasma acobardado, bastante apocado, en el despacho presidido por un retrato del autor. El decorado en el que tiene lugar la desigual conversación trascendente es austero: una mesa camilla con faldillas, un retrato y estanterías con libros, nada más. Hay escasas descripciones en la novela, casi ninguna, por lo que ésta es digna de mención aunque no sea más que una excepción. Y de libros le empieza a hablar; demuestra conocer bastante bien sus ensayos, lo cual le halaga. Cuando le empieza a contar las desdichas de su vida, le corta pues las conoce mejor que él. También sabe que ha decidido suicidarse, algo imposible de acometer porque para suicidarse es necesario estar vivo y él no está ni vivo ni muerto, no existe. No eres “más que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no eres más que un personaje de novela, o de nivola, o como quieras llamarle.” Le insiste, uniendo así los elementos del proceso creador y la imposibilidad de gestionar el comportamiento de un escrito y sus personajes una vez publicado. El futuro se diluye en manos del receptor. 

El protagonista  se viene arriba en el curso de la conversación, recobra el color y el aliento y le dispara en seco que a ver si el que no existe es él, que no es más que un pretexto para que la historia se conozca. Lo corrobora su afirmación de que Don Quijote y Sancho son más reales que Cervantes. Así continúan enzarzados en un toma y daca dialéctico de altura que le hace declarar a Unamuno su misterio, lo que seguramente no quiere desvelar: “Yo necesito discutir, sin discusión no vivo y sin contradicción, y cuando no hay fuera de mí quien me discuta y contradiga invento dentro de mí quien lo haga. Mis monólogos son diálogos.” 

Es increíble la habilidad del autor para hacer que los asuntos más complejos como puede ser el de la creación literaria y su difusión, mezclado todo con intrincados temas filosóficos lleguen a los lectores hechos literatura atractiva y comprensible. No olvidemos que estamos leyendo un diálogo entre el autor y su creación y cómo el personaje se le rebela con argumentos bien fundados. Los lectores estamos en el centro de la nivola sin apenas darnos cuenta. El lector escribiendo, haciendo novela también. Genial. Porque un autor no puede hacer,  así como así y porque sí,  lo que ningún lector esperaría que hiciese. Tanto le achucha que le saca de sus casillas, le hace decir lo que seguramente no quería decir en público, pero que a la vista está que dentro lo lleva porque lo proclama sin complejos: 



Fascista,  españolazo serían algunas de las lindezas que le lanzarían a la cara los nuevos predicadores, los portadores del sanctasanctórum como decía su paisano con boina Pío Baroja. 

El autor a su pesar le advierte que escrita está su muerte y no puede deshacer lo escrito, no hay posible marcha atrás. Le acusa de que él será el culpable de no permitirle la salida de la niebla, de no dejarle vivir. El también morirá porque el que crea, muere y morirán también todos los que le piensen. Todos a morir. Las ansias de vida, el supremo esfuerzo de pasión de vida le dejan exhausto, flojo y sin fuerzas para rendirse. Mientras tanto, una lágrima furtiva rueda por las mejillas de don Miguel de Unamuno al franquearle a Augusto la puerta para salir.

Mi vida llama tu vida 
y busca tus ojos; 
 besa tu suelo, 
reza en tu cielo, 
late en tu sien. 
 Ya siempre unidos,ya siempre, 
mi corazón con tu amor. 
 Yo sé que el tiempo es la brisa 
que dice a tu alma: 
 ven hacia mí, así el día vendrá 
que amanece por ti. 
 La luna de miel.
Rafael de Penagos/Jaume Sisa


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


5 comentarios:

María del Carmen Ugarte García dijo...

Y permanecerán sus personajes por siempre jamás.


Congratulémonos de que la obra de Unamuno es ya de dominio público y como él ya es nuestra, de todos los que la leemos y la disfrutamos por siempre jamás.

Abejita de la Vega dijo...

Unamuno se adentró en la Niebla con sus zapatillas chamuscadas. Nos queda su obra para siempre.
Feliz Año Pancho

Gelu dijo...


Buenas noches, pancho:

Sospecho que poco, por no decir nada, le importarían a don Miguel las lindezas de los nuevos predicadores, tan lejos de su altura intelectual.
Vaya pareja, Eugenia y Mauricio. De seguir la nivola, encontraríamos “sus golpes” dados en conjunto.
[Augusto]…” Quiero vivir, aunque vuelva a ser burlado, aunque otra Eugenia y otro Mauricio me desgarren el corazón. Quiero vivir, vivir, vivir...”
[Unamuno]… “Yo me enjugué una lágrima furtiva.”
Visto en perspectiva, todo, en los escritos de don Miguel, parece premonitorio.

Abrazos.
P.D.: ¡Qué bien interpreta Sisa estas canciones!

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Certera tu forma de mirar el personaje de Víctor y el pulso narrativo de Unamuno que, en esta novela, se muestra más libre que nunca. Gira la novela de forma continua.
Recojo la entrada en la mía de la semana pasada y aviso de mi omisión en la próxima... ya lo siento, debió ser que estaba empanado de turrón y algo de sidra...

Paco Cuesta dijo...

Releer contigo a Unamuno es como salir de la niebla.
Un abrazo