lunes, 19 de febrero de 2018

Pedro Páramo (6) Juan Rulfo. Gato sin dueño.




"Le temblaba el corazón como si fuera un sapo brincándole entre las costillas"

Pedro Páramo (6)
Juan Rulfo

A medianoche Susana siente un peso que recorre las orillas de su cuerpo desde los pies a la cabeza. Se levanta y oye el chirrido de la puerta al entrar o salir. El ruido del agua apaga los sonidos. Se queda dormida, al despertar le grita a Justina que el gato (¿de dos patas?) ha venido de noche otra vez a romper la soledad endémica de esta novela. Ella le informa que su padre ha muerto, que se ha quedado más sola que el muerto de altura enterrado en el frío de la montaña, entre hielos perpetuos. Susana se descuelga con una sonrisa, sabía que había venido a despedirse. Recuerda el día que su padre la baja a un pozo, atada por la cintura, a buscar un tesoro. No podía faltar en esta novela que tiene de todo lo simbólico,  la bajada a la sima y el contacto con la muerte de Susana San Juan por vez primera. También bajó don Quijote a la cueva de Montesinos donde  pierde la noción del tiempo y del espacio entre personajes fantásticos del más alla. La cuerda es el cordón umbilical que la une al mundo de la luz. Encuentra un esqueleto que al tocarlo se descoyunta y al tenerlo en la mano se deshace como si fuera de azúcar, se le queda entre los dedos una pulgarada de polvo grisáceo y áspero. Por eso se ríe ahora mientras la lluvia sigue anegando el valle de Comala. 

Se fue la lluvia y se quedó el viento, el aire que había traído la lluvia. Viento de día que orea los campos y viento de noche, dolorido de tanto gemir. Galerías de nubes bajas se apresuraban por el cielo rozando la tierra, nubes en vuelo rasante. Alguien abre la puerta, una racha de viento apaga la lámpara. Susana piensa, escucha los ruidos de la noche. Ve con los ojos entreabiertos, detrás de la lluvia de sus pestañas, cómo entra el padre Rentería con una vela encendida. Ella se arrastra hacia la luz hasta quemarse, como el revuelo de mariposas de un solo verano atraídas por las bombillas enervadas. El padre la apaga de un soplo al oler a chamusco. En la oscuridad le dice que ya sabe que Florencio ha muerto. Le insiste en que se vaya que ya no lo necesita. 
 -“He venido a confortarte, hija.” Responde el padrecito. 
Nos deja con la duda, no sabemos de qué clase de padre se trata, si espiritual o biológico, porque el padre sale al aire de la noche. “El aire seguía soplando.” 

Pedro Páramo había pasado mala noche la mañana que el tartamudo cabalgó desde la montaña para informarle que los revolucionarios habían matado a Fulgor Sedano. Pasó la noche de pie observando a Susana de cuerpo presente, en constante movimiento entre las sábanas. Algo había que la maltrataba por dentro. Creía conocerla por tantas noches doloridas pasadas junto a ella, pero había un mundo dentro de ella que no alcanzaba a deslindar. Se le complican los días y las noches a Pedro Páramo. Magistral la forma de crear tensión en el relato, rebajada ahora con un poco de humor, políticamente incorrecto como tener una mujer modelo eslava o trabajar de azafata en la Vuelta Ciclista a España. Rulfo crea este personaje, emisario que se atranca al hablar. Lo manda de regreso a parlamentar con los revolucionarios que le quieren quitar las tierras al zar. Que le diga al Tilcuate, Damasio, que lo necesita a su lado. Tropa de refresco al campo de batalla, Fulgor ya estaba bien amortizado. 





"Éste no le daría agua ni al gallo de la pasión"

Pardeando la tarde aparecen por la Media Luna una veintena de jinetes armados. Se han levantado en armas contra el gobierno y los ricos, “móndrigos, bandidos y mentecatos ladrones.” Pedro Páramo les invita a cenar y a la mesa hablan de negocios, les financiará la revolución, les promete cien mil pesos y trescientos hombres mandados por el Tilcuate al que le encanta la bulla. A éste le promete un ranchito con ganado a escoger para que su mujer esté entretenida y le advierte que no se aleje del terreno, que lo vean ocupado si vienen otros. Mientras los hombres armados ajustan cuentas antiguas, siembran la superficie de rencor, calamidad y pabellones de tiro al blanco en nombre de la revolución, en el subsuelo reina el sosiego, los enterrados se ponen tiernos, reviven sueños, hablan en voz alta. ¿Se puede hacer el amor con la mar? Escuchen lo que Juan Preciado le cuenta a Dorotea de lo que él escucha con sus oídos muchachos proveniente de la tumba cercana en otra arriesgada pirueta narrativa del autor: Susana desnuda comulga con el mar, se entrega a la lentitud de las olas antes de que las tediosas gaviotas rompan la oscuridad. “El sol moja mis tobillos y se va; moja mis rodillas, mis muslos: rodea mi cintura con su brazo suave, da vuelta sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él entera. Me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo.” 

Sensualidad y erotismo mezclado con el dolor de la muerte porque no hay amor sin espinas. Las maniobras amorosas del acercamiento comienzan por los pies de ella que él “mordía como pan dorado en el horno.” Y ella que “dormía acurrucada, metiéndose dentro de él, perdida en la nada al sentir que se quebraba su carne, que se abría como un surco abierto por un clavo ardoroso, luego tibio, luego dulce, dando golpes duros contra su carne blanda, sumiéndose, sumiéndose más, hasta el gemido.” Pero mucho más le dolió cuando él murió. Los hombres mueren lejos y nos enteramos de su desaparición por el rastro de dolor variable que dejan en los más cercanos. En Susana será un periódico de papel lo que caliente sus pies, así la encontraron, con los pies envueltos en papel cuando vinieron a decirle que Florencio había muerto. 

Susana reniega de Dios porque no le ha hecho ningún caso. Le había pedido que lo cuidara, pero Él solo se cuida de las almas y ella quería el cuerpo, aquel cuerpo alto, aquella voz dura y seca como la tierra más seca. (Aires legendarios de torero muerto por asta de toro. Federico García Lorca en El llanto por Ignacio Sánchez Mejías: “Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura...”) Aquel cuerpo desnudo “estrujando el temblor de mis senos y de mis brazos.” Recordaba el cuerpo suelto a sus fuerzas: “¿Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos?” Hay una elegía en prosa en la hondura conmovedora de los lamentos de Susana San Juan por la pérdida de Florencio




"Cerró la ventana al oír el bramido de los toros"
Obra de Venancio Blanco. 

Pedro Páramo observa la escena de los sueños sin sosiego de Susana, pero nada puede hacer para paliar el dolor por la pérdida. Sale al aire limpio de la noche para despegarse de la imagen. Ella despierta antes de amanecer, sudorosa, se deshace de la ropa y del calor de las sábanas, así la encuentra el padre Rentería, desnuda y dormida. 

El licenciado Gerardo Trujilllo sube a la Media Luna a informar a Pedro Páramo de que los villistas han derrotado a las tropas del Tilcuate. Su propia mujer ayudó a curar a los heridos. Vienen tiempos malos y él se va de Comala. Marcha a Sayula como desplazado por la guerra. Trae los papeles comprometedores encima para que no caigan en manos que puedan dañar al patrón. Pero a Pedro Páramo no le importan, nadie puede discutirle las propiedades. Recibe un “Hasta luego Lucas” por compensación, él que esperaba un finiquito suculento por los servicios prestados. Él que había servido a tres generaciones de Páramos, que había tapado tantos trapos sucios. Lucas Páramo que nunca le pagó sus honorarios. Las veces que libró al consentido niño Miguel de la cárcel. Y qué decir de las violaciones. Cuántas veces tuvo que poner dinero de su propio bolsillo para que ellas echaran tierra al asunto y se callaran, al fin y al cabo iban a tener un hijo güerito. Media hora dura la ausencia de Gerardo Trujillo. Regresa avergonzado por la deslealtad para que le permita seguir llevando los asuntos al patrón. No consigue más que mil pesos para empezar la nueva vida en Sayula, alejados de los cinco mil que esperaba. 

Es noche cerrada. Las estrellas están tan hinchadas de noche que nadie mira la luna triste arrinconada tras los cerros. Se oye el desafiante bramido lejano de los toros de lidia. Tres golpes secos la levantan justo para ver a Pedro Páramo columpiarse por la ventana de la chacha Margarita. Ni con los años se le va lo gatero al patrón, piensa para sí misma. La llamada de lo salvaje que lo arrastra a desaparecer semanas enteras en busca de gatas. Una insinuación a ella, caporala de todas las criadas, habría bastado para que la chacha Margarita hubiera ido a su lecho sin tener que arriesgarse a una caída al saltar por balcones con ojos de gata. Ella misma había sentido el asedio de muchacha. “¡Ábreme la puerta, Damiana! Sin embargo, ella había resistido el asalto sin rendir la fortaleza. Damiana vuelve a sentir los golpes de culatazos contra las puertas, pero eso ya no le interesa y se mete en la cama. Los toros bravos bramando a lo lejos.

Y me envenenan los besos que voy dando 
y, sin embargo, 
cuando duermo sin ti contigo sueño, 
y con todas si duermes a mi lado, 
y si te vas me voy por los tejados 
como un gato sin dueño 
perdido en el pañuelo de amargura 
que empaña sin mancharla tu hermosura.
José Mercé/Joaquín Sabina




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


lunes, 12 de febrero de 2018

Pedro Páramo (5) Juan Rulfo. Soledad al cuadrado.







"Daba pena verla llenándose de achaques con tanta plaga que la invadió en cuanto la dejaron sola"


Pedro Páramo (5) 
Juan Rulfo 

El padre Rentería recuerda que la noche que murió Miguel Páramo no pudo dormir. Los pasos arrastrados le dirigen al río y espantan los perros que husmean las basuras de las calles vacías de Comala. Las estrellas se desprenden del cielo y caen sobre el agua del río. Su posición de confesor le permite jaquear el disco duro de los parroquianos, entrar a hurtadillas en las vidas ajenas y conocer los movimientos de Pedro Páramo. Las mujeres se acusan de haber dormido y de tener hijos con él, de prestarle las hijas. Esperaba que él se acusara de algo, pero como nunca lo hizo, el tampoco hizo nada. Materia reservada, secreto profesional. Al fin y al cabo él había puesto en sus manos el instrumento de extender la maldad a la generación siguiente, Pedro Páramo estiró la maldad a su hijo. Hasta bebieron a la salud del recién nacido que el padre Rentería le entregó porque su madre había muerto de parto. 

El ruido de las carretas que se dirigen a la Media Luna le saca de los recuerdos. Él se agacha en el galápago que bordea el río y a escondidas coge el camino en la dirección contraria de los carreteros que le saludan como se saluda a un muerto. Vuelve a casa pasada la mañana. Su sobrina Ana le cuestiona por la ausencia, las mujeres le esperan en la iglesia, quieren confesarse porque al día siguiente es viernes primero. Evita pensar que ha estado en Contla a buscar confesión y el cura de allí le ha negado la absolución. El hombre a quien protege, Pedro Páramo, ha destruido la iglesia y él lo ha consentido. El pecado no es bueno y para acabar con él no basta con serlo. Hay que ser duro y desmodado. Los creyentes solo mantienen la fe por miedo y superstición. Aunque él sea pobre de pedir, más pobre que todos los pobres, ha entregado el servicio y su alma a unos cuantos, así nada podrá hacer para ser mejor que los que son mejores que él. No puede consagrarse a los demás en pecado. Tendrá que buscar la absolución en otra parte. 

En Comala los frutos son agrios. Echar al surco las semillas y esperar que germinen es un hecho revolucionario, pero sembrar una semilla en Comala es traerla a morir. Aunque la tierra sea buena. Lástima que todas las tierras de Comala sean de Pedro Páramo, que sea el dueño de todo. Va a la Media Luna a dar el pésame a Pedro Páramo, pero rechaza quedarse a comer con él. Antes la obligación que la devoción,  señala el dicho popular. Lo esperan para confesar. La primera mujer en pasar por el confesionario es Dorotea, embriagada de beber en el velatorio de Miguel Páramo. Le confiesa que ella le conseguía muchachas al patrón, pero ya no puede cometer más pecados, viene a quitarle el tiempo. “Luego vino aquel mareo, aquella confusión, el irse diluyendo como en agua espesa.” 




"¿Quiénes son ellos para hacer justicia, Justina? ¿Dices que estoy loca? Está bien."

El capítulo cuarenta y tres (por mis cuentas) es palabra tallada, prosa poética de una sonoridad luminosa. Un par de páginas gloriosas de ritmo literario que justifican una novela. Por una complejidad narrativa que recorre lo mejor de lo escrito en lengua castellana hasta ese momento. Por la tristeza honda que invade el corazón de una adolescente al darle la mano de nieve a la muerte, apenas con el vello entre las venas y el temblor de las manos al tocar los senos recién brotados a la sensualidad. El tratamiento de la muerte en invierno mezclado con la algarabía de los pájaros nuevos. Rastros de Cervantes en la complicación del artefacto narrativo para narrar los recuerdos de un patio donde maduran los limones, como el patio sevillano, nobleza que madura a la sombra de los limoneros, infancia de Antonio Machado. El aire frío, luz azul que barre de nubes el cielo al final del breve ciclo vital. 

La voz narradora reconoce estar bien muerta y enterrada, incapaz de moverse entre las tablas de un ataúd. Se recuerda tumbada en la misma cama que había fallecido su madre. Siente pena porque “cerrara sus ojos a la luz de los días.” Recuerda lo solas que estuvieron las tres aquel día que la guadaña vino a visitarlas. “La muerte no se reparte como si fuera un bien.” Nadie anda en busca de tristeza. Solas la enterraron con ayuda de aquellos hombres, hombros de alquiler, “sudando por un peso ajeno.” “Qué solos se quedan los muertos” decía Bécquer entristecido desde el cementerio. Y su hermana Justina arrodillada justo encima de donde había quedado su cara. Hay que leer el capítulo cuarenta y tres si quieren leer algo que arañe el corazón; la manera especial con que en México dan la mano a la muerte. 

Los enterrados confunden el espacio, pierden la facultad de discernir entre cercanía y lejanía; como consecuencia, no calculan si las voces vienen de cerca o de lejos. Algo por el estilo le pasa a Juan Preciado durante el cansancio interminable; oye una voz que le parece la de Dorotea, su compañera de nicho. Pero Dorotea no ha dicho ni mu. Ella piensa que habrá sido Susanita, la enterrada en la sepultura grande. (Trasiego romántico de habitantes de las sepulturas como en el Don Juan de Zorrilla). Los muertos viejos rebullen en cuanto sienten la humedad, como las semillas que germinan con las primeras aguas. Hablaba de su madre, lo sola que se murió. Dorotea recuerda que fue porque murió de tisis y nadie quería que se lo pegara. Escuchan a otro jirón de voz hablar de la feroz represión que Pedro Paramo emprendió tras la muerte de su padre, Lucas Páramo, en el trascurso de una boda en los altos de Vilmayo. El afectado quedó cojo, manco y tuerto; a pesar de afirmar que él no había pisado en la boda de Vilmayo, si acaso pasaba por allí. Como nunca se supo de dónde había salido la bala que mató a su padre, Pedro Páramo arrasó parejo. Dice la leyenda que mató a todos los asistentes a la boda. Bodas de sangre. A retazos nos vamos enterando de la vida de Pedro Páramo. Como se acostumbra en esta novela, empezando la historia por el final, primero el tejado para ir rellenando los huecos de la estancia, narrativa ilógica, desde la vida de después y a toro pasado. Pedro Páramo derrotado, de espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna, “aplastado en un equipal, mirando el camino por donde se la habían llevado al camposanto.” Así lo encontraron las tropas de los cristeros. Y con la guerra más calamidades: Dorotea comenzó a morirse de hambre. 






"Nadie viene. El pueblo parece estar solo"

Habían pasado treinta años desde que jugara con Susana, la niña que le enseñó a volar papalotes. El primer amor que nunca se olvida. Se había casado y, viuda, había vuelto a su padre. Ahora estaban en su casa respondiendo a la invitación de Pedro Páramo. Bartolomé San Juan había aceptado la invitación porque ya soplaban vientos de guerra en la región y sentía el peso de la culpa por haberle roto las cartas que Pedro Páramo le había escrito durante años. Bajaron de la sierra donde estaban escondidos por seguridad. 

Pedro Páramo llora por tenerla en casa. El padre sabe que el pago de la protección es Susana. No importa que haya tenido muchas mujeres, que el lugar esté untado de desdichas y el patrón sea pura maldad, ella está loca. Bartolomé será un nuevo muerto porque la necesita huérfana. Que se vuelva a las “regiones donde nunca va nadie,” allí será fácil hacerlo desaparecer. 

Es domingo en Comala, día de mercado. Los indios bajan cargados de Apango con sus rosarios de manzanillas y manojos de tomillo y romero. Tienden las hierbas en los portales de la plaza por la lluvia. No será un buen día de ventas porque los hombres no han venido al mercado. Se han quedado en los sembrados arreglando la tierra, abriendo cauces al agua para que no se lleve el maíz recién germinado y la tierra fértil. De camino a la Media Luna Justina Díaz compra por diez centavos un ramito de romero a los indios de Apango. Al oscurecer los indios vuelven a la sierra cargados con la mercancía que no han podido vender. 

Al entrar en la habitación donde Susana duerme su enfermedad, Justina oye una voz que le recomienda la huida, ya no la necesitan. Ella lanza un grito como un aullido no humano que llega a los contornos. Susana despierta y le dice que cuide del gato también por la noche. La noche pasada la tuvo despierta con su circo, brincándole encima y maullando como si tuviera hambre. Amenaza con irse y llevarse al gato, pero no lo hará porque la ha visto nacer y crecer sus ojos y su boca. La enseñó a andar y la puso a jugar con sus pechos secos. “La hubiera apachurrado y hecho pedazos.” Seguía lloviendo en Comala, “diluviando en incesantes burbujas.”


Dormir contigo es estar solo dos veces, 
es la soledad al cuadrado, 
todos los sábados son martes y trece, 
todo el año llueve sobre mojado.
Joaquín Sabina/Fito Paez



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Pedro Páramo (4) Juan Rulfo. Escaparse de las sombras.





"Mis pasos rebotando contra las piedras"


     Pedro Páramo (4) 
Juan Rulfo 

La llegada de Donis interrumpe la conversación entre Juan Preciado y la mujer. El becerro perdido está duro de pelar, saldrá de nuevo de noche como los lobos a buscarlo. Tiene su lógica que entre fantasmas no todos los gatos sean pardos de noche. Dejará solos a la hermana, muerta de miedo, y a Juan. A éste le aconseja que se espere a la mañana para marchar, los caminos están ciegos de breñas y se puede perder. Él lo encaminará. Los fantasmas no necesitan caminos para moverse, pero da que pensar que el recién llegado ya quiera marcharse. 

A través del techo abierto al cielo ve pasar las últimas bandadas de tordos, un poco antes de que la noche cierre los caminos aéreos. La luna puesta en el cielo de estrellas. Los hermanos emparejados le dejan solo. Una mujer envejecida y flaca entra en la habitación y se lleva unas sábanas limpias y dobladas,  además de una petaca que esculca. Temblando de miedo, reconoce las manos y la cara de la mujer que le ofrece agua de azahar, le hará bien. Oye al hombre decir que lo dejen solo, debe ser un místico de ésos que recorren los pueblos viviendo de la caridad. Al volver a la habitación se acuesta con la mujer por miedo a las turitacas (el tío del saco de México). Duerme. Cuando despierta, la estrella de la noche vuelve a estar junto a la luna. La mujer ronca a su lado en la cama de otate cubierta de costales sucios que huelen a orines. Oye la respiración junto a su cama y siente las piernas desnudas de la mujer. Cuando también ella despierta, le dice que su llegada ha sido la excusa que su hermano esperaba para marcharse. Así lo han hecho todos antes que él, todos terminan yéndose. Le ha dejado algo de comer en la cocina. Se lo ha cambiado a su hermana por las sábanas bordadas sin estrenar que guardaba de su madre. Ahora es él el responsable de cuidarla. 

El aire espeso del cuarto le provoca nauseas. El sudor del cuerpo derrite la funda de tierra que envuelve a la mujer. Le falta el aire, Juan intenta respirar de aquel reverbero, el mismo aire retenido en el cuenco de las manos, pero se hace tan fino que termina por irse entre los dedos. Juan sale fuera con el calor pegado en el cuerpo. Sale al cielo enchinarrado de estrellas “y junto a la luna la estrella más grande.” El calor de agosto apenas merma de noche. Lo último que recuerda es la cabeza metida en un nublazón de espuma y pasar del estado de flojera al de ahogo. 

Donis y Dorotea lo encuentran en la plaza “acalambrado como mueren los que mueren muertos de miedo.” Muerto de miedo, lo mataron los murmullos. Pero el aire no faltaba porque pudieron enterrarlo. Murió buscando la querencia, el espacio peligroso donde se ventila la vida, te agarra la muerte y se confunden la mañana, el mediodía y la noche con la diferencia del aire cuya ausencia revienta las cuerdas. 




"Y de las paredes parecían destilar los murmullos"


Llega a la plaza huyendo del calor de aquella mujer resudada, derretida en su propio sudor de tierra, se encuentra con el frío que sale de su propia sangre y que le enchina el pellejo. Huye de las voces de la gente, de los murmullos que expelen las paredes. Por eso lo encuentran muerto en la plaza, porque piensa que entre el alboroto de las voces de la gente está a salvo del miedo, muerto por congelación del alma, la muerte dulce de los hielos perpetuos. 

La ilusión trajo a Juan Preciado a Comala. La ilusión hizo a Dorotea “vivir más de lo debido.” Ahora que está bien muerta y enterrada se entera de que nunca tuvo ningún hijo. Todo por culpa de dos sueños: El bendito y el maldito. El primero le hizo soñar que tenía un hijo, lo cual la obligó a llevar una vida arrastrada de ojos tristes mirando de reojo por si alguien malvado le había escondido el hijo. El segundo le aclaró que nunca había tenido un hijo, se lo demostró uno de los santos que habitan en el cielo. Pero de eso no se enteró hasta más tarde, cuando ya el espinazo le saltaba por encima de la cabeza y apenas podía caminar. Así que se sentó a esperar la muerte, ya no le estorbaba a nadie porque nadie quedaba en Comala, ni siquiera la caridad de la que vivía. La entierran junto a Juan Preciado que le dice que piense en cosas agradables. Ya no hace falta el miedo porque dejaron de ser un estorbo en Comala, regresaron a la tierra y van a estar allí enterrados muchas generaciones de muertos. Venir a Comala para ser enterrado con la loca del pueblo… 

El murmullo de la lluvia al caer alegra la tierra y reanima los corazones de la gente de campo. Fulgor Sedano siente el olor a tierra mojada y sale a mirar cómo el agua desflora los surcos sedientos y penetra en la tierra. Las nubes cargadas cierran el cielo y regresa la oscuridad que ya se iba al amanecer. Doscientos jinetes salen de la Media Luna y se desparraman por los campos recién embarrados. Hay que cambiar los ganados a los nuevos pastos que trae la lluvia. Ya no será necesario echarles maíz de comer. Apenas los hombres a caballo han terminado de salir, aparece Miguel Páramo al galope. Dice a quien le pregunta que viene de ver madres. Fulgor bromea que la madre será Dorotea la Cuarraca, una loca que arrolla un molote como si fuera su hijo. Damiana le aclara que la tal Dorotea es una señora que le “sucedió alguna desgracia allá en sus tiempos.” Fulgor duda que el consentido jovencito Miguel cuaje en hombre hecho y derecho. Demasiado violento. Hay que vivir más despacio para lograrse. Es inútil jugar con el tiempo carreras que siempre se pierden. 



"Llegué al cielo y me asomé a ver si entre los ángeles reconocía la cara de mi hijo."

Llueve sobre mojado, el día anterior había venido a quejarse una mujer a la que le habían matado al marido. Venía cargada de arrobas de desconsuelo. Miguel va sembrando semillas de odio en la gente que le van a explotar en la cara aunque el padre lo disculpe por su juventud y diga que la gente que mata no existe. 

Juan es tierra, siente desde dentro de ella cómo  la lluvia le cae encima. Es tierra nutricia. Su madre siempre le describía los cambios de la superficie de Comala cuando el agua llegaba. Cómo penetra la tierra para descomponerla, sacándole los colores le da nueva vida; ciclo repetido como un ritual todos los años. Nada más revolucionario que una semilla sembrada en un buen barbecho; la vida nueva que surge de la descomposición de los nutrientes, de los escombros de la tierra. El maravilloso misterio de la vida.   Juan confiesa a Dorotea que estuvo tan poco en Comala que no llegó a ver el cielo. Ella tampoco recuerda haberlo mirado desde que el padre Rentería le aseguró un día que nunca alcanzaría la gloria. Así perdió el interés por alzar la frente, siempre con la mirada baja (gente de la mirada baja, como ahora con el móvil). Desolada, perdida la ilusión, se apartó del camino, se sentó a esperar la muerte. Desde entonces el alma vaga buscando vivos que recen por ella. 

Contra el amanecer, los hombres meten el cuerpo muertito de Miguel Páramo en la casa. Pedro Páramo recuerda la madrugada en la que su madre le comunica que han matado a su padre. Tres generaciones de muerte. No quería revivir aquellos recuerdos porque aquella muerte arrastró muchas muertes. Ahora era distinto, la única muerte que el fallecimiento de Miguel arrastró fue la del caballo que mandó matar para que dejara de sufrir. También mandó que las mujeres no lloraran tanto por su hijo Miguel.

Enemigos íntimos del cálculo y la norma 
usureros del peligro y el azar, 
vamos a invitarlos a escaparnos de las sombras 
y, si no lo conseguimos, nos da igual.
Joaquín Sabina y Fito Paez. 


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


Cada vez hay más puertas y espacios pintados en  el barrio del Oeste de Salamanca. Es un placer darse una vuelta por sus calles repletas de arte. 


miércoles, 31 de enero de 2018

Pedro Páramo (3) Juan Rulfo. La noche arde.





"Por el techo abierto al cielo vi pasar parvadas de tordos"

Pedro Páramo (3) 
Juan Rulfo 

Eduviges recuerda que el día que mataron a Toribio Aldrete había estado bebiendo en la fonda con Fulgor Sedano, administrador de los Páramo. Fulgor lo denuncia por usufructo de las tierras y lo condenan a la horca en el mismo cuarto, ella misma les dio las llaves. 

Fulgor tiene cincuenta y cuatro años, trabajó para el padre, Lucas Páramo, y conoce a Pedrito desde que nació. Se acerca a casa del nuevo amo a decirle que las cosas por la Media Luna van regular. Ya no queda ganado que vender y las deudas siguen siendo grandes. Algunos quieren comprar los terrenos, pero Pedro Páramo no los quiere vender. Como a quien más le deben es a Dolores, le manda que vaya y pida su mano. Que hable también con el padre Rentería para arreglar la boda. Si no hay dinero, que lo prometa; lo quiere todo arreglado para el día siguiente porque sus deseos son órdenes. Lo del Aldrete puede esperar, la tierra es la madre de todas las cosas, no entiende de divisiones ni fronteras y no las tendrá porque todas serán suyas. Él quiere a Dolores por los ojos. Fulgor siente ganas de largarse de allí, la insolencia del mozalbete, crecido en la farsa y untado en el engaño, le aplastan su espíritu. El flojo de marca, el pensador del excusado se había malogrado al crecer. “Pero le tenía aprecio a aquella tierra; a esas lomas pelonas tan trabajadas y que todavía seguían aguantando el surco, dando cada vez más de sí…” 

A Doloritas se le descompone la cara, le relumbran los ojos y le entran escalofríos por el cuerpo cuando Fulgor le dice que el todopoderoso Pedro Páramo se quiere casar con ella en un par de días. De nada sirven los ruegos para que le dé ocho días, no más, para arreglarlo todo. Le preocupa también el impedimento mensual de las mujeres y la reproducción de la especie. Ellos le proporcionan el ajuar. El vestido de boda de la madre difunta del novio es obligación, tradición familiar. Ella acepta el sometimiento. “¡Qué felicidad! […]Aunque después me aborrezca.” Ya se encargará ella de que se adelante la luna, pero necesita al menos tres días. Con el padre cura todo está bien encauzado, olvidará el ritual de las amonestaciones públicas por la promesa de sesenta pesos, la voluntad de cambiar la mesa vieja del comedor por una nueva y el compromiso en firme de volver a pagar los diezmos que la familia no paga desde la muerte de la abuela. La necesidad hace virtud y al hereje. Lo de Aldrete es mejor que lo deje para después de la ceremonia. Entonces que vaya a hablar con él acompañado de algún atravesado de la Media Luna y lo acuse de haber levantado la pared por lo que no es suyo, que lo denuncie de usufructo o de lo que haga falta. Ahora la norma es la ley de Pedro Páramo y hay que hacer nuevos tratos. 

Comala está llena de ecos, se oyen crujidos de las puertas, rumores de pisadas, risas viejas como cansadas de reír, voces desgastadas, aullidos lastimeros de los perros, el llanto desgarrado de las mujeres en los velatorios. El aire arrastra las hojas en un pueblo sin árboles, sin aire, sin nadie, sin nada. Sólo ecos. Damiana y el viajero hablan mientras caminan por las calles vacías de Comala y lo nombra por vez primera en la novela, lo llama Juan Preciado, hemos tenido que esperar hasta el capítulo veintiséis que empieza y termina con ecos. ¿Será también un eco? O ¿Es Damiana Cisneros la única persona viva sobre Comala




"Rechinan sus ruedas haciendo vibrar las ventanas, despertando a la gente"

Damiana se difumina de pronto y Juan se queda solo en las calles vacías de Comala. Alcanza a oír la conversación de unas mujeres que hablan de Filoteo Aréchiga al que ven acercarse con el temor que se fije en ellas, pues se rumorea que es el encargado de buscarle muchachas a don Pedro. Pedro Páramo actúa como un dios pagano insaciable al que le tienen que ofrecer jóvenes vírgenes en sacrifico para que el dios se sienta cómodo entre los mortales, como si Comala fuera un sofá. (El paralelismo con los nacionalistas es perfecto, darle y darle para que no se incomoden) “Mejor vámonos, vámonos de aquí.” Se dicen las dos muchachas, contentas de que Filoteo haya pasado de largo. 

Galileo representa la resistencia; no puede devolver el préstamo a su cuñado hasta la recogida de la cosecha de maíz, le han llegado rumores de que ha vendido la tierra a Pedro Páramo, pero él lo niega. No conoce a ese hombre. La tierra es suya y está dispuesto a defenderla con su vida. 

La Chona rechaza al novio que la apremia a que lo deje todo y le siga. Tiene la carreta preparada, las mulas enganchadas. Pero ella tiene obligaciones que no puede dejar de cumplir: cuida de su padre mayor y no quiere abandonarlo. Así que el novio se va a probar con la Juliana que se desvive por él. Lo que uno no quiere,  ciento lo desea. 

Juan escucha lo que su madre le había contado del pueblo, trasladado al papel en letra cursiva que es como lo leemos; como lo escuchamos los lectores. Escucha el ruido de las carretas tiradas por bueyes que desperezan las mañanas mezclándose  con el olor a pan recién horneado que invade las calles. El eco de las sombras removiendo la noche que se va. Piensa en regresar, ahora que siente la huella por donde vino “como una herida abierta entre la negrura de la noche.” La firmeza se desmorona. Alguien lo invita a pasar a una casa medio abandonada, casa derruida habitada por los sin techo. Allí viven un hombre y una mujer. Duermen en una cama de otate y están en cueros los dos. Dicen que alguien los ha despertado dando cabezazos en la puerta. Le hacen preguntas que no tienen respuesta porque él solo quiere dormir. La madrugada le apaga los recuerdos. Contra la mañana oye de manera diferente, las palabras de la noche no tenían sonido. Sólo se sentían, eran como las voces que se oyen durante los sueños y pesadillas. 



"Tal parece que estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o debajo de las piedras"

Juan Rulfo intenta narrar un episodio del más allá. Para ello recurre a una escena cervantina parecida al Coloquio de los perros. Me estoy acordando del narrador y bravo soldado de los tercios de Flandes, enfermo en el hospital de Valladolid, tomando cuarenta sudores que escucha en duermevela la conversación entre Cipión y Berganza los dos perros dotados de habla que se cuentan sus aventuras). Muertos que duermen, fantasmas, el duermevela de los cuerpos en estado de abandono. Fallecidos que tienen el miedo metido en el cuerpo, difuntos que necesitan descanso. ¿Para qué necesitará dormir un muerto? A través del sueño de Juan Preciado en estado de flojera, siente la conversación de los muertos, hablan de los recuerdos de cuando estaban vivos. La mujer de la casa le recuerda a Donis la primera vez que la hizo mujer, lo doloroso que fue y el arrepentimiento posterior porque sabía que aquello estaba mal hecho y el hombre dale que te pego con el por qué no te callas y me dejas dormir. Las claras del día confunden los sentidos, es la hora de las sinestesias: siente el albor del amanecer entrándole por los ojos, oye el calor que deja la respiración de los cuerpos calientes, dormidos en el cuarto, las sombras desbaratadas por el nuevo día. 

Cuando despierta, hace calor de agosto, sol de mediodía. ¿Cómo se va uno de aquí? Pregunta a la mujer que le ha dejado un jarro de café caliente a la vera de cama, todo lo que tienen a pesar de lo poco que tienen de todo. Entablan conversación. La respuesta a la pregunta de a dónde llevan los caminos es la definición más exacta de la geografía de los fantasmas. Los personajes y los caminos están desorientados. Unos van y vienen al mismo sitio, otros enfilan a la sierra, territorio ignoto, como Sierra Morena para don Quijote. Hay “otro más que atraviesa toda la tierra y es el que va más lejos.” Juan se da cuenta de que no puede contar con los paisanos para orientarse. La cartografía está en pañales, la brújula no existe. Están solos, la soledad limita y provoca aislamiento. Crea endogamia y pecado. Resulta que la pareja de colchón de la mujer es su hermano que ha salido en busca de un becerrito cimarrón extraviado. Ella no ha salido de la casa desde que se emparejó con su hermano, no quiere que le vean el pecado que lleva tatuado en la piel. Por dentro es un mar de lodo. No quiere que la vean en un sitio vacío de gente. Pero alguno existe, por las noches se quedan encerrados y durante los días no sabe qué harán. Tienen miedo de las hornadas de fantasmas que abandonan las casas al oscurecer. 

El autor nos da a entender que existen diferentes categorías de fantasmas. Por un lado tenemos a los que llenan las calles de espanto al anochecer; por otro, los retenidos en sus casas por miedo a los que salen a las calles. Están vivos, pero en pecado, ausentes de la gracia de Dios. Una especie de tierra media, un espacio intermedio donde se oye hablar a hebras humanas, jirones de ecos. Como un infierno clasificado por pecadores y sin posibilidad de redención porque ya el obispo dejó claro que los hermanos no se pueden juntar aunque sean los últimos seres sobre la tierra. Antes la extinción que el pecado. Fanatismo de talibanes. Ninguna  posibilidad de excepción; ni de dos males el menor.


Cuéntame un cuento 
 Que todavía no es tarde 
Cuéntame un cuento 
Que la noche está que arde.
Celtas Cortos



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 25 de enero de 2018

Pedro Páramo (2) Juan Rulfo. Seis tequilas.




"Ella sirvió siempre a sus semejantes. Les dio todo lo que tuvo."

Pedro Páramo (2) 
Juan Rulfo 

Cuando el viajero llega a la casa del puente, Eduviges Dyada ya lo está esperando a la puerta. Doloritas ha muerto hace una semana y ha tenido tiempo suficiente de contarle a Eduviges, amiga de juventud, que su hijo va a ir a Comala. La casa es grande y oscura. Cuando la vista se acostumbra a la oscuridad, la poca luz que entra recrece las sombras de los cachivaches arrumbados contra las paredes de la casa. Únicamente la habitación del fondo está libre de tiliches inútiles que dejaron abandonados los que se fueron. “El sueño es muy buen colchón para el cansancio,” se excusa por tener la habitación vacía, ya habrá tiempo de amueblarla. A su juicio, Doloritas se había adelantado al irse al más allá, pero ella conoce veredas que acortan el camino. No es necesario esperar a que Él disponga. La alcanzará por alguna de las sendas prohibidas que llevan a la eternidad. 

Es en ese preciso instante cuando deja de sentir los miembros (¡No siento las piernas!) y pasa al estado de abandono permanente. Rulfo lo poetiza, nos lo traslada de modo más lírico: “Había soltado sus amarras y cualquiera podía jugar con él como si fuera de trapo.” 

A la madre de Pedro, como a todas las madres, le parece mal que su hijo adolescente se pase las horas muertas sin hacer nada, que se atrinchere en el sanitario pensando. Ella cree que no es bueno, pueden salir culebras del agujero,  así que lo manda a hacer algo a casa de su abuela, que le ayude a desgranar las mazorcas de maíz o algo útil. Susana entristece sus días, es el objeto de sus sueños, la niña con la que volaba los papalotes los días de aire. Parece que no, pero pensar es hacer mucho, a veces pensar es todo, es aplicar la razón a las actos, hay muchas cosas que no se hacen porque antes no se piensan. Aunque a su madre le parezca perder el tiempo. 

La abuela le manda limpiar el molino, ya ha terminado de desgranar el maíz. El molino no funciona. Micaela lo usa para moler los molcates y lo ha estropeado, ya está viejo y no merece la pena el arreglo. La abuela le encarga que vaya a la tienda de Inés Villalpando, que compre uno nuevo y que lo apunte en la cuenta. Ya pagará cuando cobren la cosecha. Este año han tenido gastos extras, entre el entierro del abuelo y el pago de los diezmos a la iglesia se han quedado sin un centavo. Que apunte también un cernidor y una podadera, las zarzas huelen el abandono y se han hecho grandes como robles desde que falta el abuelo. Los jazmines están hermosos, las ramas no pueden con las flores. Los chuparrosas campean a sus anchas. Pedro cae en una honda tristeza cuando su abuelo muere. Por las noches vela, piensa en Susana, respira y suspira por ella. El reloj da todas las horas seguidas como si el tiempo se encogiera. Los sollozos de la madre se mezclan con la lluvia.




"Pero ella se suicidó. Obró contra la voluntad de Dios"

Eduviges le cuenta un secreto: ella podía haber sido su madre. El día de la boda de Doloritas con Pedro Páramo, ella le ruega que la sustituya esa noche porque la luna está brava, él no lo notará. Con la juerga de todo el día y tantos tequilas, se pasa la noche roncando y nada. Al amanecer hicieron el cambio porque ya era otro día. Al año siguiente nació él, pero no de ella aunque a punto estuvo de serlo. Doloritas dejó a Pedro Páramo porque la mandaba demasiado, siempre obedeciendo como una esclava se cansa una. Un día que volaban bandadas de tordos y un zopilote se mecía en el cielo, Doloritas tiene envidia de la libertad de los pájaros grandes que planean alto. Deja todo y se va a vivir con su hermana Gertrudis. Pero la vida en Colima tampoco es placentera, la tía Gertrudis les echa en cara la carga de vivir en su casa, que se vaya con su marido, pero no se va porque nadie la ha reclamado, no depende de ella. 

Las maldades empezaron con el niño Miguel Páramo, dormía en su casa hasta que una muchacha de Contla le sorbió el seso. Salía temprano y tardaba en volver, contra la madrugada. Aquel día regresó solo el caballo colorado. Ya muerto le cuenta cómo habían sucedido las cosas. Quiso saltar la pared que  habían levantado en las tierras por atajar y cayó, después siguió corriendo, pero ya no había más que humo, humo y humo. Desde ese día Colorado se siente "despedazado y carcomido por dentro” y en la Media Luna se siente el quejido de un muerto. 

El padre Rentería piensa que morirse no debe ser tan malo; más allá del cielo azul, del sol y de las nubes,  hay esperanza, un contrapeso que neutraliza el dolor de aquí abajo. “Aquel cadáver pesaba mucho en el ánimo de todos.” El camino de aquel muerto perverso nunca debe llevar a Roma. Rocía con agua bendita el cuerpo muerto de Miguel Páramo, pero las entrañas se le llenan de cólera cuando los caporales de la Media Luna lo sacan a hombros. Miguel mató a su hermano y violó a su sobrina Ana. Le pide al Señor que condene al asesino y violador de los suyos. Debe haber justicia en el cielo cuando acabe la feria en la tierra. Sin embargo, recoge las monedas de oro que le ofrece el padre del difunto como limosna para la iglesia; entristecido porque los ricos puedan comprar la salvación. Él verá si es el precio justo. 

Ana le confiesa a su tío, el padre Rentería, que sabe que fue Miguel Páramo el que la violó porque él mismo se lo dijo aquella noche. Sólo oyó su voz, no le vio la cara. No tienen rostro los personajes de esta novela, son caras vacías, almas en pena. Aquella noche dejó de pensar para morirse antes de que el violador la matara, como había hecho con su padre. Después ya no lo volvió a ver más. Ella sintió que dejaba de existir. Miguel Páramo estará en lo más hondo del infierno porque así se lo ha pedido al Señor todos los días de su muerte en vida. 




"Otra vez el llanto suave pero agudo, y la pena haciendo retorcer su cuerpo"

Los hombres de la Media Luna se disuelven como sombras al caer la noche. Comienza la leyenda del miserable Miguel Páramo. Terencio Lubianes aún tiene los hombros doloridos de cargar con la caja del muerto. A su hermano Ubillado se le abren los juanetes de los zapatos nuevos. Toribio piensa que se murió muy a tiempo. El carretero añade que según dicen el ánima infame vaga por Contla y remata para que lo crean: “Como la supe, se las endoso.” Terencio y Jesús lo maldicen, le desean un alma de plomo para que se hunda en el infierno más hondo. 

El padre Rentería pasa la noche en blanco, tiene seguro pagado de insomnio. El cielo adueñado de la tierra desde las primeras estrellas fugaces hasta el canto del gallo al amanecer. Le acosa un sentimiento de culpa desde que no atendió los ruegos de María Dyada para que intercediera ante Dios por su hermana Eduviges que se había suicidado. Tuvo miedo de ofender a los que le mantienen porque las oraciones de los pobres no quitan el hambre de los clérigos, los pastores del alma. Eduviges había obrado contra la mano de Dios, pero era una buena persona. Les había dado un hijo a todos. Ella lo ofreció y como nadie lo reconoció,  hizo también de padre para el hijo. Ellos abusaron de su hospitalidad. Para redimirla,  harían falta misas gregorianas y para esas misas cantadas habría que contratar curas cantores que originan muchos gastos y cuestan dinero que es lo que no hay. Sólo queda la esperanza en la misericordia de Dios. Empieza a recorrer el santoral, a contar santos como el que cuenta ovejas hasta que el sueño le gana para su causa contra la mañana. 

En Comala no se duerme ni se descansa, se vela o se deambula sin rumbo. Acosado por la atmósfera espesa, la noche tampoco le va bien al recién llegado a Comala. Duerme a pausas, sin colchón y sin nada. Un grito arrastrado, embadurnado a las paredes del cuarto, le llena de terror los ojos. “Como si la tierra se hubiera vaciado de su aire.” Damiana abre la puerta en mitad del alarido cercano, viene a sacarlo de la casa que no deja dormir al hijo del miedo. Explica que los bramidos quizás sean algún eco encerrado de Toribio Aldrete al que colgaron en ese cuarto. Después condenaron la puerta hasta que el cuerpo se secara. También le informa de que Eduviges es un alma en pena eterna.


Me falta una mujer 
Me sobran seis tequilas 
No ver para querer 
Malditas sean las pilas 
Que me hacen trasnochar 
Echándonos de menos 
Echándome de más 
Almíbar y centeno
Joaquín Sabina




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

Cada vez hay más puertas y espacios pintados en  el barrio del Oeste de Salamanca. Es un placer darse una vuelta por sus calles repletas de arte.  

jueves, 18 de enero de 2018

Pedro Páramo. Juan Rulfo. Echar rasero.





"No es lo que parezca. Así es. Aquí no vive nadie."

Pedro Páramo 
Juan Rulfo 

El mejicano Juan Rulfo estuvo de centenario durante el año pasado, por lo tanto da los primeros llantos en 1917 en la casa familiar de Apulco, Jalisco. Muere en la ciudad de Méjico a los sesenta y ocho años de edad, en 1986. A pesar de la escasez de su producción literaria publicada Juan Rulfo fue un profesional de la escritura, su oficio fue escribir guiones de radio y televisión, acostumbrado a pensar para escribir y poder decir misión cumplida al final de la jornada. Escritor forjado entre la satisfacción de los libros leídos y la avidez de los que quedan por leer. No se escribe Pedro Páramo sin tener detrás un bagaje de muchos años de lectura atenta y escritura. Ni estudios rigurosos de lingüística y teoría literaria. No es por tanto un advenedizo tocado por la varita mágica de la excelencia que de repente escribe como los ángeles; ni un recién llegado al que le suena la flauta por casualidad y escribe esta novela que nos embarga. Se entiende perfectamente que no se prodigara más en la escritura después de estar todo el día escribiendo por obligación y para vivir, tendría que dejar descansar las neuronas y el cuerpo para no hacer más llaga en el trasero de tanto estar sentado para escribir, como dicen que le pasaba a Camilo José Cela. La cuestión es hallar el equilibrio entre ejercitar el músculo y el intelecto, entre el ejercicio físico y la vida sedentaria. 

Juan Rulfo publica Pedro Páramo en 1955, la mitad de su vida, año arriba o abajo, en vista del éxito de El llano en llamas, publicada en 1953. Lo primero que llama la atención de estos dos títulos es que estamos ante un escritor atento, preocupado por los detalles y que deja las cosas bien rematadas. Lo digo por la sonoridad de los títulos, la repetición de los sonidos africados (sin entrar en profundidades fonéticas) que traducen acústicamente el sonido arrasador del fuego que convierte todo en ceniza, en llano, en nada: El llano en llamas. Según señala Jorge Volpi en el prólogo de mi edición, la novela se iba a titular “Los murmullos” repitiendo la ternura del sonido que suaviza la violencia de las llamas de la primera publicación. Pero el autor optó por el trallazo de las oclusivas al contacto con las erres que semejan los gritos de los cristeros contra las fuerzas del gobierno: Pedro Páramo. Los temblores del misterio de la creación. Y así es Pedro Páramo, una novela corta (no más de ciento cincuenta páginas) de una gran condensación. Una novela que confunde título, autor y protagonista del relato. Todo es breve y austero, pero tremendamente intenso. Cada palabra, cada asociación, cada sintagma, cada verbo contiene un estudio en sí mismo. La novela está dividida en capítulos muy breves, sin numerar, algunos de una sola línea, pero que al leerlos el lector se queda con la sensación de estar delante de una partitura insólita. 




"Miré las casas vacías; las puertas desportilladas"

El ritmo montaraz y entrecortado del título se prolonga en el primer párrafo, marcado por la repetición saltarina del sonido de la letra erre. El primer capítulo está reconocido por lectores y críticos expertos como una pieza maestra de la literatura universal. “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.” Las primeras frases no pueden ser más esclarecedoras, de significado más amplio. Una voz narradora habla desde Comala, el lugar donde van a ocurrir las cosas. El uso del “acá” nos dice que estamos ante un narrador que usa el español americano. Y los verbos utilizados en el primer párrafo no pueden ser más sencillos, los más usados en una lengua: venir, decir, vivir. La repetición premeditada de seis veces del verbo decir en el primer párrafo nos habla de austeridad, precariedad del lenguaje. El regreso a Comala viene acompañado de una vuelta a los orígenes de la lengua, a los balbuceos del nacimiento de los idiomas, justamente para expresar el frío de las manos muertas de una madre que dejó la vida agarrada a la mano de su hijo. 

Un diálogo desordenado en el tiempo entre madre e hijo rompe la narración en primera persona. Luego explica que está en Comala por la promesa que le hizo a su madre de buscar a su marido. Se resiste a llamar padre a quien no conoció y con el que le une una relación apenas biológica. Y termina el capítulo como empezó: “Por eso vine a Comala.” El autor cierra así el círculo en el primer capítulo que no llega a media página y que puede funcionar como un micro relato independiente y completo con planteamiento, nudo y desenlace abierto. 

Su mundo ha estado gobernado por la esperanza de descubrir la identidad de Pedro Páramo, el relato consistirá en narrar los avatares de un viaje, descubrir las raíces, la búsqueda de los orígenes. 



"Mis ojos siguieron asomándose al agujero de las puertas"

Algo nos dice enseguida que el espacio físico en el que se desarrolla la historia es una rareza de la geografía, una anomalía del terreno, un dónde inestable. El lugar confunde la cuesta arriba con la cuesta abajo: “El camino subía y bajaba.” La voz narradora emprende el viaje solo y sin nada. El viaje es en el mes de agosto, cuando más aprieta el sol y el aire recalentado trae olores a podrido de las saponarias que trastorna las cabezas. (No se sabe de dónde habrá sacado Rulfo que las saponarias huelen mal). En un cruce de caminos se junta con un hombre que también baja a Comala tirando de dos caballerías. El calor aplomado agarra al suelo el penoso paso castellano de los dos burros cargados. Cruza cuatro palabras con él - comunicación primitiva con un hermano de padre, con quien también resulta ser hijo de Pedro Páramo-, mientras cruza el cielo una bandada de cuervos, pájaros cruzados, aves de mal agüero. 

El acompañante le comenta que su visita es una rareza, hace años que nadie se acerca por ese lugar. Pedro Páramo se alegrará de verle. Le advierte que no se queje del aire recalentado del camino, para calor el de Comala. Hasta los muertos condenados al infierno se resienten del frío y regresan a Comala a por una manta para pasar mejor las noches eternas del infierno. 

Él trae los ojos de su madre, ve a través de sus recuerdos fallidos. Comala no es como su madre le ha contado. Su vida se consumió con la añoranza de volver. Para llegar a Comala todo es bajar y bajar, justo hasta llegar a las mismas puertas del infierno. Abundio, que así se llama el compañero de camino (de eso nos enteramos más tarde, como todo en esta novela sigue el orden ilógico de los muertos, el mundo sin ruido), le informa de que todo lo que alcanza la vista pertenece a Pedro Páramo, incluido lo que hay dentro, lo vivo y lo muerto, porque en Comala ya no hay vivos, todos están muertos. Antes de despedirse le indica que pregunte a la señora Eduviges si es que está aún viva. Una señora, con la “voz hecha de hebras humanas,” le indica que vive al lado del puente. Un pueblo con río es una bendición porque donde hay agua nueva, hay vida.

Viene la muerte tarde o temprano, 
Nos asesina rápidamente; 
Ella no tiene ningún pariente, 
Ella no tiene ningún hermano: 
Muere el muchacho, muere el anciano, 
Se lleva al brujo y al hechicero, 
También se lleva hasta el ingeniero, 
Aunque ha tenido buenos colegios 
Ahí no valen los privilegios, 
VIENE LA MUERTE ECHANDO RASERO.
Amparo Ochoa



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.