jueves, 22 de junio de 2017

La saga/fuga de J.B. (34) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. La sensatez del desvarío.





"Se hubieran curado por el amor de haberles dado tiempo"

La saga/fuga de J.B. (34) 
Scherzo y fuga 
Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Heloísa siente la necesidad de filosofar sobre la condición de las hembras desde la infancia. Desde que a los ocho años descubre que su primo Guy tiene una cosa de la que ella carece. Necesidad reforzada cuando una mañana descubre la periódica realidad sanguinolenta de las mujeres referida en la Biblia como “renuevos” y que en romance se denomina “la regla.” Sale de la depresión al descubrir que el odio a la madre abre la puerta a la esperanza. Porque en la complementariedad de deficiencias y en la cohabitación con Abelardo, que odia a su padre por dejarle en herencia la figura esmirriada y el ojo disidente, curan ambos sus melancolías y asesinan simbólicamente al padre y a la madre. De propina, Abelardo se olvida de su ojo virojo. 

Abelardo también filosofa. Un día que las acacias resplandecen por el agua reciente y muestran el verde más tierno, le confiesa a JB que el remedio a las desventuras humanas llegará el día en que los hombres maten al padre y las mujeres a la madre de manera simbólica. Más tarde llegará el momento de meterse en honduras, el turno de la Teología que se encargará de la eliminación del Padre de la Trinidad porque el padre es un concepto alienante. Huelo a heteropatriarcado en franco retroceso. Pero qué hacer con Jerónimo que no siente ningún deseo de matar al padre porque su madre quedó viuda al dar a luz a su hermano Manolo. Su carencia le llevó a valorar la presencia de un hombre en el hogar. Y tampoco es cuestión de universalizar su caso particular porque, a pesar de las similitudes físicas con Abelardo, él no ha sentido el desequilibrio y asimetría que es la base de la personalidad de los virojos. Algo así le pasaba a Coralina cuando se ponía cachonda. Además de desviársele el ojo izquierdo, la mirada se le volvía honda y oscura hasta dar miedo. Pero eso él no lo advierte de tan intensos y agarrados a las entrañas que tiene los sentimientos. 




"Estoy seguro de que me habría salido una preciosa construcción teórica acerca de sus dos personalidades"

Cuando don Torcuato exclama: “Yo he besado esos labios,” piensa en Lilaila Souto Colmeiro. Vigila que la rodrigona no esté con el ama para presentarse en el hotel y que no le den con la puerta en las narices. Pero Coralina es Coralina Soto y no hay más que hablar. Don Torcuato lanza un guante que don Jerónimo no puede rechazar. A él le van a contar que Lilaila tiene siete lunares rubios encima del anca izquierda, el mayor con cinco pelillos y seis desiertos y que acariciados con “la punta de la lengua se advierte que también son de bulto.” Don Torcuato es un rival y el honor exige un acto de desagravio. Don Torcuato debe saber que Lanzarote siempre engaña al rey Artus. Escriturado está en el sílex. Coralina ha sido proclamada como la reina Ginebra por la Tabla Redonda y don Torcuato debe cesar de tomarle el pelo, tildándole de conquistador a escondidas de la estrella de la canción europea. Le recuerda la maldición de los JBEn esos lunares está escrito el destino. Todos los JB han muerto y seguirán muriendo el día de la conjunción astral para la que apenas queda una semana. Reconoce la derrota, pero el rival nunca poseerá a Coralina por vez primera. Que quede claro que Lilaila Souto Colmeiro pasó antes por la cama de Torcuato. La tiene más larga y lo nombra su sucesor. 

Seguidamente, manda labrar al arquitecto de cabecera los siete círculos como siete planetas debajo de la figura de un hombre que lleva un cuerpo en brazos. El porqué aparece en la parte superior del anca de Coralina Soto es algo “que humilla la soberbia de nuestro entendimiento.” El Destino nunca actúa a traición, la llegada a Castroforte significa la Introducción en la Claridad. Así al día siguiente repite lo que Artus había hecho antes, se presenta en el hotel a preguntar si ella es Lilaila Souto. La respuesta afirmativa le duele porque corrobora que Torcuato le ha precedido en el uso de los encantos femeninos de Lilaila, pero qué importa quién sea si le hace un rato compañía. No se hace ilusiones de que su sola presencia la haya seducido, sino que son ya las siete menos cuarto y corre el peligro de pasar la noche a solas. Ella jamás se rindió a los encantos varoniles. Entra temblando a los aposentos mientras ella despide en francés a su rodrigona. La doble personalidad de la dama, a veces Lilaila y otras Coralina en el mismo cuerpo le tiene hecho un lío. (Imagínense a los lectores) 





"¡Chico, chico, calla, calla! ¿Qué más dará, si Coralina y Lilaila son la misma persona?"

Ella asegura que no es mentirosa, a pesar de ser Coralina para el rey Artus y Lilaila para él. JB le dice lo que dicen todos: “Que la estaba esperando desde antes de nacer y que había buscado en vano en las demás mujeres lo que ahora encontraba en ella.” Su carácter de leyenda abunda porque su llegada se espera desde la antigüedad, desde dos mil años antes de Cristo, coincidiendo con la fundación de Castroforte por Argimiro de Efesio. La aparición del Santo Cuerpo fue el heraldo de su llegada. 

Pasan a la suite Royale. Ella comienza las maniobras amorosas que llevan al revolcón, por más que envuelva el momento en lamentos por no ser mar que la abrace en un naufragio o viento que empuje su barco. A ella le gusta hacerlos sufrir y sólo cuando les ve el sufrimiento en el rostro, avanzan en los trámites amorosos. Ella, la institutriz domadora que da y quita, cierra la puerta y nada nos deja saber sobre lo que pasa dentro. Porque lo que pasó entonces es inverosímil y renuncia a contarlo. 

La puerta se entreabre a la hora de la cena, por la abertura vemos al poeta que quiere guardar los recuerdos para tejer un poema largo y lento de amor. Un poema perezoso en el abrazo cálido de Coralina.


Devuélveme el mes de abril 
Se llamaban Abelardo y Eloísa 
Arcángeles bastardos de la prisa 
Alumbraron el amanecer muertos de frío 
Se arroparon con la sensatez del desvarío 
 Tuyo y mío de vuelta al hogar 
Qué vacío deja la ansiedad 
Qué vergüenza tendrán sus papás

Joaquín Sabina





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 7 de junio de 2017

La saga/fuga de J.B. (33) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Mujer, mujer mujer...




"El movimiento automático que provocaba era de tocar madera, uno, dos, tres, fuera gafes."

La saga/fuga de J.B. (33)
Scherzo y fuga
Capítulo 3
Gonzalo Torrente Ballester

Las bulas papales que avalan al obispo Bermúdez molestan al arzobispo Ramírez porque chocan con las ansias imperiales de obispo anexionista. Los límites de la diócesis están congelados en el tiempo, son intocables y ni rey ni roque ni nada los puede cambiar. Las bulas del Papa le desbaratan los planes que tiene de dejar en herencia la diócesis de Tuy a su hijo de tres años, adosados a ella van las pesquerías de lampreas y los derechos exclusivos de custodia del Cuerpo Santo Iluminado. La procedencia cátara de los habitantes de Castroforte es la excusa perfecta esgrimida por el enemigo para entrar a mano armada en la población. El obispo Bermúdez y el Papa charlan sobre la política a desplegar con los nuevos súbditos durante la estancia en Roma de aquél. El Papa no quiere baños de sangre, sobre todo le interesa que la gente vuelva a creer en el sacramento del matrimonio. Un día recibe a diez mujeres, todas solteras porque los hombres no quieren casarse y tampoco es que abunden curas para oficiar. Vienen al mando de una que dice ser la dueña del Cuerpo Santo, bella y triste, que guarda un parecido en los ojos a Heloísa, la mujer de Abelardo, a la sazón estudiante en la Sorbona, respetada por todos aunque nunca falte alguien que precie más su culipotencia. A ver quién puede evitar que haya algunos de mirada baja. Ella es una buena moza, gallarda y hermosa; él, feo y pequeñajo. El ojo derecho goza de autonomía de movimientos. Ojo disidente. A pesar de los esfuerzos que hace por “mantenerlos simétricos en relación al eje corporal de Heloísa.”

Este asunto de la bizquera no es nuevo, le persigue como una obsesión. Conocido es que la caída de la pintura del busto de Coralina Soto contribuye al carácter turbador de la mirada, pero es la bizquera de los pechos lo que causa impacto en los miembros de la Tabla Redonda desde que el escultor Baliño trabaja en la talla de madera. El día en el que la modelo Coralina tiene que descubrirse los pechos lo pasa mal porque se hace público lo que siempre ha creído de contemplación particular. A Merlín le parecen dos quesos colocados encima de una berza. Lo dice por las hojas de higuera que le colocan debajo para que sirvan de inspiración al artista a la hora de tallar los nenúfares que sirven de adorno a la peana de la escultura. Como desagravio de la vulgaridad, tiene que poner las musas a trabajar en metáforas compensatorias que combinen el verde primavera con lo blanco invernizo: esmeralda y nieve; la leche de oveja y el césped: la dureza del mármol y la suavidad del terciopelo. El siseo de los presentes se torna en silencio sólido combinado con el ruido de la gubia de Baliño al sacar redondeces a la madera. El silencio adormece a Coralina y Baliño perpetúa esa sonrisa de orgasmo eterno en la escultura. El pezón derecho mira hacia fuera como si quisiera escabullirse de la jaula. Los comentarios en voz alta despiertan a la modelo “con una risa de cristales escogidos,” que comenta la similitud con las explicaciones del Emperador de Austria el día que la vio desnuda. Su corazón se desangra entre puñaladas imperiales.





"En sus bordes, la secuencia, siempre deshilachada, se mezcla con el comienzo de otra, sin límites precisos"


También extraviado a la derecha, con una desviación más pronunciada que el pezón de Coralina, miraba el ojo derecho de Abelardo. Desde la primera entrevista con Heloísa se produce una dulcificación doctrinal admitiendo que el hombre pueda ser una pasión relativamente útil. Abelardo no contempla que el atractivo físico de Heloísa influya en su satisfacción sino sus cualidades intelectuales y algo su biografía que la convierten en el reflejo femenino de Abelardo; su mente razona a través de silogismos concluyentes.

Qué distinto todo de la primera vez que vio a Coralina el día de la proclamación del Cantón Independiente desde el balcón de Castroforte. Porque hay que salir al balcón a proclamar el divorcio a los cuatro vientos, la liberación del yugo opresor, las bondades de lo single. Lanzar al aire azulado y húmedo la vertiente poética de la imaginación. La utopía desarmada por el veneno de la libertad. Las más encendidas metáforas que cantan el privilegio del libre albedrío. “La convicción de hallarse en posesión de la verdad y su propósito de imponerla a los demás por narices.”

La misma tarde de la proclamación del club de los corazones solitarios, las entretelas inflamadas de banderas, arengas patrióticas y nuevas leyes, llega un cura excomulgado entre el barullo de cascabeles y restallidos de látigos de la diligencia. Desciende al barro de la calle una señora que resbala al bajar y que habría caído si no llega a ser por Merlín que le ofrece la mano y que, de paso, aprovecha para catarle las carnes. También lo hace otra señora enguantada de negro. El sombrero y la capa rendidos para librarla del lodo, antes de que la espalda se doble ante la dama. Ella lo agradece y saluda con un “Caballeros, gracias” dejando aroma de París a medida que se aleja del brazo de su rodrigona camino del hotel. Torcuato se olvida de calarse la chistera y a su paso exclama: “Yo he besado esa boca.” Lo cual supone un golpe bajo para él, un relámpago de desventura y muerte, la misma revelación que experimenta al recibir al grupo de muchachas y que una de ellas le bese el anillo. La vida y la muerte juntas. Porque aquella mujer que toma la palabra en nombre de las demás habrá de ser la legítima y sacramentada esposa del Obispo de la Sede. Igual que Coralina fue la amante del Vate Barrantes o llegó a conocer la intimidad espiritual de Heloísa gracias a la cercanía con el filósofo Abelardo. Igualmente, ayudó a la viuda de Barallobre en cierto trance y llegó a defender Castroforte donde fue testigo de los escarceos de Lilaila Barallobre con el ayudante Rouchefoucauld. Es decir, cinco historias de amor que pueden parecer las mismas para los observadores con prejuicios, incapaces de comprender que cada vez que se inician las maniobras amorosas que acaban en la cama, “lo que acontece es una historia de amor irrepetible y única.” Su esposa era silenciosa en el acto del amor; Clotilde, se espatarraba y emitía largos sollozos entrecortados; Heloísa, amaba con citas de los Santos Padres. Y seguro que doña Lilaila Armesto y doña Lilaila Barallobre tendrían sus particularidades.





"El perfume que deja en el aire es de París."


Después están los motivos. Para su esposa el amor era parte de un proceso de santidad. Coralina necesitaba un hombre cada tarde de seis a ocho; en caso de no tenerlo a mano, se aliviaba con su señorita de compañía. Clotilde era parte de una trama de intereses, el vicio llega más tarde. Lilaila Armesto reconstruía un marido muerto partiendo de una piltrafa de carne. Lo de Lilaila consistió en el estallido pasional de una mujer serena. Para Heloísa y Abelardo todo fue un hallazgo inesperado.

I said woman, woman, woman, woman, woman 
Make me feel so good Woman, woman, woman, woman, woman, woman , woman 
Make me feel alright Alright, alright, alright, alright, alright, alright, alright 
Alright, alright, alright, alright, alright, alright, alright
Van Morrison



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

martes, 30 de mayo de 2017

La saga/fuga de J.B. (32). Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. La historia de mi vida.





"La leyenda dice que aquella noche fui visto en lo alto de la rúa Traviesa, y, algo más tarde, en la plaza, quieto, mirando al mar."


La saga/fuga de J.B. (32)
Scherzo y fuga
Capítulo 3
Gonzalo Torrente Ballester

José Bastida vaga de incógnito por las calles de Castroforte, justo a esa hora de las sinestesias en la que los gallos afinan la voz con las primeras claras del día. Nadie lo ve por la deshora. Entra sin llamar a la Casa del Barco. El chirrido de la puerta al cerrarse es musical, mezcla de algo maravilloso y otro poco de siniestro. El Deán lo recibe a la luz de un candil que los guía por la escalera irracional. “Por lo tuerta, por lo empinada, por la desigualdad de sus tramos; porque después de bajar subía y volvía a descender.” La luz temblona del candil alborota la sombra como un adolescente inquieto de primero de la ESO. Pegada a los pies, la pisa; saltarina a veces, alargada como una cinta otras, replegada como un ovillo o enredada al cuerpo que la genera como una sierpe, pero siempre leal a las pisadas.

Al rato la escalera se acaba. Llegan a una estancia con un tragaluz en el techo al cual tienen que subir a pulso. El Canónigo levita para salvar la altura y arrastra al Deán por absorción. Acceden a la cueva por un pasadizo oscuro. Llegan a un recinto espacioso, en el centro un ara de mármol blanco, una mujer y un hombre a los lados: el Corregidor y doña Lilaila de Armesto, viuda de Barallobre. Se muestra afligida, lanza suspiros hondos al hablar, esos suspiros definitivos que únicamente se dan al morir y que sólo los poetas son capaces de reproducir, esos imbéciles. Le cuenta que los ingleses le mandaron un pedazo de marido macerado en una botella de aguardiente, demasiado pequeño para intentar el milagro de la resurrección. Don Asterisco quiere que se meta monja. Al canónigo Balseyro le entran los siete males al oír ese nombre que remite al pie de página, fue quien lanzó contra él “todos los cánones y todos los sicarios, familiares, teólogos y magistrados del Santo Oficio.” El alcance de sus manos, casi fluidas al gesticular, acompañaba como argumentos de fuerza sus palabras.

El miedo tiembla en las palabras de la gente del pueblo. Las mesnadas nutridas de enemigos feroces acampan al otro lado del río. Los relinchos de las caballerías inquietas, el sonido metálico de las armas, las llamadas a formación de las trompetas expanden el temor por el destino trágico que les aguarda. La suerte está definitivamente echada, sólo queda rezar, encomendarse a algo sobrenatural que los defienda. Escriturada está la fecha en los calendarios detenidos. Al menos el Santo Cuerpo está a salvo, cuenta con una prórroga de tres o cuatro siglos más de momia después de los meticulosos trabajos de reparación emprendidos.


"Estamos exactamente a la altura de la capilla del Cuerpo Santo"

El estruendo de los tambores despierta a los marineros que se amotinan ante la Casa del Barco. Sólo las palabras de la sombra del obispo, don Jerónimo Bermúdez, consiguen apaciguar la rebelión. Les promete la victoria sobre las tropas reales si ellos saben atacar, defenderse y replegarse a la vez. La arenga supone una invitación a la muerte. “Las sombras son así y la gente también.”

El momento de desenmascarar a los que defienden la patraña que le persigue ha llegado. El no mató al santo abad Veremundo. Quiere salir al paso de la leyenda que montaron contra él los seguidores de Bendaña y que fue propagada desde los púlpitos por docenas de monjes blancos predicadores contra los monjes negros y Veremundo por rechazar la reforma. El monasterio de Iglesiafeita, está en su esplendor, habitado por un centenar de monjes cuando las tropas de Bendaña lo asaltan. Su bella fábrica merece respeto por su espectacularidad: tres naves con girola y cimborrio. Altos cipreses venerables que enraízan en el patio se recortan en lo alto contra el azul del cielo. Jardines bien cuidados por las manos del santo invitan al estudio, al recogimiento y a la oración. El asalto ocurre un día de primavera. Después del coro, los monjes se dirigen a sus múltiples tareas. Él se dedica a desentrañar los secretos de la alquimia. El campanero, al ver a los caballos sin freno acercarse por todas las veredas, lanza un desaforado sálvese quien pueda. Ve a Veremundo arrodillado en mitad del claustro, en actitud de mártir, esperando la muerte. Él tiene tiempo de esconderse debajo de una losa. Desde allí, acurrucado y muerto de miedo, oye cómo pasan a cuchillo al santo abad y cómo caen los monjes pateados por los cascos de los caballos. Todas las caballerías montadas por Bendaña, el Mariscal maligno. “¡Qué tranquila y hermosa caminaba la luna aquella noche de sangre!” Logra escapar al monte. Desde un alto contempla el monasterio en llamas y las tropelías de los soldados que se beben el vino y violan a las mujeres. Hambriento y cansado, puede salir a la vieja calzada romana. Pide comida y alojamiento por caridad por las aldeas. Quizás aquí empieza el sueño que aún no ha terminado. Un sueño que lo lleva a Toledo, París, Roma y Castroforte que es el final, perseguido por los años de insomnio de los monjes despedazados que le llenan de un temor reverencial a Bendaña y que le hacen pedir la Divina Justicia. Desde entonces la lentitud de sus pasos se trenza con la meditación pausada que busca la verdad. Todo es lento para el que tiene sed de venganza.


"Si vamos a los sótanos, más lógico sería que la entrada secreta se situase a la altura del tejado."

En Toledo coincide con Aldobrando Hildebrandini, de un caminar nervioso e inquieto que le pronostica desgracias por su caminar pausado. Ambos acuden a las lecciones de nigromancia que imparte un moro. Paga las clases con lo que saca de pasar la gorra después de sus metamorfosis en las calles. Los sábados se convierte en búho, gato, unicornio y los martes en Julio César, don Rodrigo o el Moro Muza. Complementa el sueldo con lo que saca escribiendo para otros, de literato negro. Escribe discursos a los políticos, cartas a los enamorados o versos a los poetas de inspiración intermitente. Los dos son los mejores discípulos del moro. Aldobrando se muestra reacio a compartir nociones. De un ego subido, sus pretensiones en la nigromancia oscilan entre llegar a ser Califa de Damasco o Emperador del Sacro Romano Imperio. A Jerónimo no le hubiera importado ser la sombra de su compañero Aldobrando, lealtad de sombra, pero receloso éste del crecimiento de Jerónimo y que le arrebate el número uno o que desafíe su posición dominante de macho alfa, lo denuncia por brujo.


"De rodillas en la mitad del claustro se puso a esperar la muerte"


Así que no le queda más remedio que alimentar la leyenda. Se convierte en metáfora de la fuerza: olas gigantes que se rompen bramando contra las rocas. O metáfora de la prisa que se escabulle empujada por el viento. Tan al pie de la letra se lo toma el hipogrifo en la huida que llegan a París en un pis pas. Viaja con Clotilde meticulosa, lo lleva todo planeado al milímetro. A pesar de eso ella se aburre en la ciudad del Sena porque lo que realmente quiere es ir de tiendas a la Rive Gauche. Así que Jerónimo se escapa durante tres días. Tres días de libertad que habrían sido más si la policía no le detiene a la salida de una clase del profesor Meillet. Ya en el hotel, ella le pregunta si se ha acostado con alguna prostituta. Pero no, el buscaba el café de Picasso y encontró a filósofos barbudos, músicos de acera y clochards muribundos. Ha estado en la Taberna de Flora escuchando a Pedro Abelardo, filósofo por libre, también de manos vivas que cantan canciones tristes. Lo dejamos en París, pronto camino de Roma y regreso a Castroforte del Baralla, ya obispo consagrado con bulas especiales.

And if you have five seconds to spare 
Then I'll tell you the story of my life : 
Sixteen, clumsy and shy 
That's the story of my life
The Smiths



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


Las imágenes que acompañan esta entrada son de la exposición de Miguel Barceló para conmemorar el ochocientos aniversario de la Universidad de Salamanca. 


lunes, 22 de mayo de 2017

La saga/fuga de J.B. (31) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. No llamó.




"Resulta que cada uno era al mismo tiempo generante y generado, lo cual repugna la razón"


La saga/fuga de J.B. (31) 
Scherzo y fuga 
Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Don Jacobo Ballantyne se mueve con soltura por el alcázar del navío. Le acompañan dos oficiales de derrota, don Jorge Juan y don Antonio Ulloa, “matemáticos profundos y bastante teólogos” que ven más allá de sus narices. La doble identidad de clérigos y tenientes de navío bien asimilada y evidente. Sin misterio ni novedad que valgan: La cruz y la espada. Ni siquiera pueden conjeturar cuál sería la reacción si al acercarse Julia a la habitación, no encontrara a Joseíño entre las sábanas. Tampoco Julia podría imaginarse que José Bastida se hubiera ido de viaje al interior de los JB sin proponérselo. El deseo más ferviente de Bastida es dejarse de una vez por todas de misterios insondables de JB, personalidades asuntas y desdoblamientos. Ordenarse por dentro, escriturarse, calibrar las cosas. Tiene que estar despierto para responder cuando Julia se acerque a la puerta de la habitación con su campana de gloria y pregunte: “¿Está ahí, don Joseíño? Ya puede dejar de desenfundarse, no puede defraudarla, no puede incumplir la promesa que le hizo de estar esa noche con ella. No le sirve la solución del vehículo viable: mandarle un mensaje en una botella donde le señale la localización en longitud y latitud porque aunque quede resuelto el conflicto del espacio terrenal, aún queda fuera la situación sentimental. 

La perplejidad va in crescendo en la mente de los oficiales de derrota que recurren a la teología cuando algo no es matemáticamente inteligible. Siempre hay un margen que se escapa, que pertenece al ámbito del misterio y del disparate. Uno de ellos propone la consulta del plano de las combinaciones binarias. Un conjunto de cuarenta y nueve círculos ordenados geométricamente en filas de a siete. Todo encerrado en un cuadrilátero orlado, primorosamente dibujado en tinta china: 



La intersección mitra-casaca corresponde a la primera fila tercera columna que mediante un sistema de claves permite la interpretación de los círculos. Por la Vía Real u otro camino más retorcido se llega a José Bastida, personaje matriz. De los personajes matrices sabemos bastantes cosas, de los híbridos como John Balseiro o Jacobo Ballantyne apenas sabemos nada, y vistos los cruces que le corresponden como obispo-nigromante o desgraciado-poeta, los personajes resultantes encierran personalidades atractivas. No se conocen aristas en la asociación entre poeta y nigromante, una combinación feliz. 

Pueden existir variantes de personalidad interior porque no es lo mismo ser almirante-brujo que brujo-almirante, debido a la disposición de los elementos que la componen, cuestión de simple geometría existencial y teología. No es lo mismo Jerónimo Ballantyne que John Bermúdez. Lo cual llevado a la realidad significaría que en lugar de tener delante a oficiales de derrota tonsurados, tendríamos a dos curas con espada. La actuación a veces al unísono y a veces divergente o dispar de los oficiales de derrota siembra inquietud en la metamorfosis de don José Bastida. Le inquieta la simetría cabal, el movimiento robotizado de los autómatas con cuerda para rato. 




"Lo que me intranquilizaba en aquel momento no era la simetría cabal de mis oficiales, sino precisamente el que no fuesen enteramente simétricos"

Cabila delante del plano de cuatro dimensiones; cubo de cristal con aristas de plata y platino iridiado en su interior, siete planos de cuarenta y nueve bolitas de marfil: 7 x 7 x 7, unidas entre sí por hilitos dorados. Se puede formar la idea de las multiplicaciones posibles; el resultado se le escapa de las manos. Resulta imposible reducirlo a una fórmula, nada digamos del esplendor de la aritmética, las combinaciones posibles de n dimensiones. 

Después, poco después, está la cuestión no resuelta de la transición: cómo se viaja de una dimensión a otra, cómo es el éxodo del plano al cubo. Una ablación del espacio se hace necesaria. Una vez dentro de la esfera basta con una metonimia de contigüidad. Tomar la parte por el todo, teniendo claro el punto de inflexión: terrenos pantanosos. Se decide por la combinación binaria después de sopesar lo azaroso que resultan los emparejamientos múltiples que rompen la armonía de las matemáticas porque no todo está en los números. 

Una grita de órdenes, silbatos, pasos rápidos, detienen en seco las elucubraciones. Tienen a la vista la bicha, tres naves con las velas desplegadas, las banderas del Arzobispo de Villasanta y los gallardetes del Canónigo bien visibles y desafiantes avanzan hacia ellos. Las andanadas retiemblan el barco. José Bastida reflexiona que si se queda a dar el callo en la batalla, no llegará a tiempo para la cita con Julia y ya se sabe lo de las tetas y las carretas. Así que empujado por la inhibición, toma las de Villadiego, se ahíla otra vez y para la tercera andanada su cuerpo ya está camino de Jerónimo Balseyro, obispo-nigromante, en teoría menos comprometido para la integridad física. El shock de la transformación le deja medio mareado, a pesar de ser menos trabajoso y también bastante menos traumático que el trasvase de un JB a otro a través de los tubos estrechos y largos del tiempo con los que se relaciona y que le dejan como un arenque pelado. Porque el tubo no es liso, sino revestido por dentro de estrías y arrugas por las que tiene que pasar adaptando el cuerpo como un gusano y dejar túrdigas y pelos en la gatera. 




"Las aristas o las arrugas le van arrancando túrdigas hasta dejarlo como un arenque pelado"

Jerónimo Balseyro recibe la visita del Mariscal Bendaña y don Asclepiadeo por la tarde. Desde las almenas oye las aviesas intenciones de la soldadesca que vivaquea al otro lado del Baralla. Antes de quemar las brujas, ejercerán el derecho de violación de guerra que iguala al hombre con las bestias, derecho de saqueo y toma de posesión de las mujeres de la ciudad derrotada. Pero ahí está él, don Jerónimo Balseyro, para impedirlo. Morirá antes de permitir que las nueve diaconisas sufran daño alguno, sobre todo porque ya están preñadas, todas de distintos maridos. A Michel, el arquitecto francés, lo tranquiliza, no le pasará nada, la guerra no va con él. Que se acoja a sagrado en la Colegiata y siga trabajando en las esculturas y en los relieves como si nada. Él se encarga de poner a salvo a su mujer con todas las demás. Un barco las llevará esa misma noche Más Allá de las Islas hasta que las cosas se sosieguen porque todo alboroto termina, hasta que se arme otra nueva algarabía. 

Al despedirse de su mujer la ordena presbítera para que diga misa y pueda perdonar los pecados de las compañeras. Él se inhibe en el adiós por miedo a que la separación lo lleve donde no quiere ir, “quizás a una de las salidas que terminan en la nada.” 

Entre viaje y viaje de metamorfosis tiene algún momento de lucidez en la lucha contra la dictadura de los párpados: le viene la imagen de Julia desesperada llamando a la puerta del viajante catalán (los viajantes catalanes que ya quieren viajar solos) o tirándose por el hueco de la escalera. Hasta que siente el cuerpo dolorido por el giro contrario al retorcimiento para desenroscarse del bucle melancólico. Giro de derviche. La operación presenta una novedad: del ahilamiento sale una sombra alargada que va adquiriendo de manera progresiva la chatura natural de toda sombra, independiente del ente que la genera. Sólo al juntarse los pies con la sombra cae en la cuenta de que su nueva identidad es el Canónigo Balseyro y que el tubo solo tontea con el tiempo, el espacio es el mismo: no se ha movido de Castroforte del Baralla. Unidad de espacio con variante temporal.


There's no need for argument 
There's no argument at all 
And if you never hear from him 
That just means he didn't call or viceversa 
That depends on wherever you're at 
Or and if you never hear from me 
That just means I would rather not 
 Oh oh Domino 
Roll me over Romeo 
There you go 
Lord have mercy 
I said oh oh Domino 
Roll me over Romeo
Van Morrison




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


Las imágenes que acompañan esta entrada son de la exposición de Miguel Barceló para conmemorar el ochocientos aniversario de la Universidad de Salamanca. 


sábado, 13 de mayo de 2017

La saga/fuga de J.B. (30) Scherzo y fuga. Capítulo 3. Gonzalo Torrente Ballester. Yo.





"Sumando los sumandos, dan un buen coeficiente"


La saga/fuga de J.B. (30) 
Scherzo y fuga 
Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

El autor introduce el capítulo tres de la novela con un poema que titula “Invitación al vals.” Nos invita al baile a ritmo de vals. La mayor parte de él escrito en versos alejandrinos. Comienza el baile con un yo rotundo, una ostentación del ego: “Yo canto a la olimpiada de las metamorfosis” Nos aconseja que no nos dejemos engañar por las apariencias: “La verdad impecable está en las estadísticas,” lo demás es cuento. Luego, suaviza la impostura del yo, se vuelve conciliador y más amplio al introducir la primera persona del plural y hacer cómplice al lector en “Procedamos con método y vayamos por partes” para explicarnos la ley del universo, dividida en viento del Este, del Oeste y la Piedra en el planeta de los marcianos con escafandra, peculiar de los JB. A la postre el cosmos es macizo, dotado de la duradera solidez del granito. Se pregunta quién regula la maravilla del agua y del silencio, quién navega por los ríos interiores y merodea por los páramos yertos. 

“No hay seis que lo ilumine ni siete que lo avale” ¡Ay, los avales, los avales! Suspiros que no cuajan, pasarse a cuchillo de Patxi López, números redondos por los caminos largos del tiempo. “Yo no sé decirlo, yo no sé si callarlo” regreso al yo poético para expresar la duda que le asalta. Vacila si revelar el destino escrito o no; calendario marcado de tragedia. Termina exigente y consejero con un imperativo repetido: “Hazme caso” y no miremos al pasado, en las entretelas de las chaquetas viejas están los despojos de los ruiseñores y en los pliegues de las banderas buscan refugio los cobardes. Entrégate en cuerpo y alma, tira la moneda, desmáyate al amor derramado de las colmenas que rezuman oro y miel. Hasta las ortigas pierden el veneno cuando el amor sonríe. Pronto y en la mano. Coge ahora mismo las rosas de la vida, “mientras la ciudad asciende en el cielo entreabierto.” 

Se puede cantar a la metamorfosis de las olimpiadas, empezar con un “Yo canto” impetuoso que araña el corazón sin adjetivos como cantaba Julio Iglesias, otro gallego universal. Estamos de suerte, el autor invita a los que le hayamos seguido hasta aquí, al festín literario final de esta Saga/fuga con poderosos versos de arte mayor, rearmados para la vida. Cante grande, mestizaje de géneros literarios en el crisol de Torrente Ballester, gallego ilustre. Womad literario, mezcla de ritmos distintos y sensibilidades diferentes. 





Bastida se da un baño de realidad esa noche. Deja de soñar para convertirse en sí mismo. Hay gente que son lo que son todos los días del año, ni siquiera de noche se atreven a romper el principio espartano e intransferible de identidad. Se trata de gente que no concibe el desdoblamiento ni la multiplicación. Ni por asomo se atreven a quebrar el espejo que nos insulta cada mañana. La imposible dualidad Quijote-Quijano. Bastida nunca se sintió ungido con esa suerte de solidez y certeza. El integrismo fiero del carnero. El -en cambio- siempre navegó por el interior secreto de sí mismo. O por el interior de alguien que se le pareciera un poco. ¿Cómo no va ser difícil explicar algo que resulta confuso para él mismo y que exige resplandores que nada aclaran? Desde niño siempre deseó ser otro, sin dejar de ser él del todo. Desde el instante que comprendió “quien era aquel niño torcido y feo que me miraba desde el otro lado del espejo.” 

En general, los niños siempre quieren alguna vez ser otro hasta que llega un día que quieren ser ellos mismos de una vez para siempre. “El principio de identidad es la columna vertebral de la persona y cuanto más sencilla es la columna, mejor.” Sin embargo, Bastida siempre quiso cambiarse, pero nunca lo consiguió, siempre soñando con transformaciones imposibles. Es gracias a una predisposición de serie, congénita dirían los doctos, que le es más fácil dejar de ser él antes de ser el otro. Si no lo entienden (como le pasa a este ocupado lector) no se preocupen y no devuelvan el libro a la estantería por ilegible porque el mismo autor tampoco lo entiende: “No pertenece al orden de lo que se entiende, sino al de lo que se siente, como cuando le dan a uno una buena bofetada.” 





"El cero piensa solo al borde del abismo"


De repente José Bastida experimenta una asunción (asunto al cielo haciendo el camino inverso de la Virgen de Fátima el trece de mayo), siente desprenderse de su ser, esa sensación que te queda en la piel al despegarse un esparadrapo, con hilillos de pegamento y todo. (El misterio de los hilillos de plastilina del Prestige hundido, nunca mais). Aquí entre los paisanos no se queda nada a pesar de la grita al exterior. Se siente alejarse indiferente, llevándose el cuerpo por delante y sin dolor. 

Conviene no confundir esta ascensión, nunca separación, con la emigración sufrida cuando estaba en manos de la Inquisición de Valladolid. Eso escapa a la razón, pertenece al ámbito del misterio. La que se va a liar cuando la ciencia sea capaz de explicar esos secretos tan recónditos del Cosmos. Ininteligible para él sobre todo por su afán de investigarlo todo y sólo por la satisfacción íntima de poder desentrañar algo que tiene intríngulis. Exactamente eso es lo que nos pasa a los lectores que pasamos por este Scherzo y fuga: si no nos fugamos de la lectura, es por el puro orgullo de poderle a esta novela retorcida. 




"¿Hay un resquicio abierto, hay una escapatoria?

La sensación compleja de separación no dura mucho tiempo afortunadamente, se transforma en otra nueva. Una sensación de presión por todos los lados, la misma que se siente al meter el pie en un zapato cuatro números más pequeño. En realidad se trata de un tubo que se achica cada vez más achuchándose y agrandándose hacia los extremos. Dos dimensiones: la una que se agranda y la otra que se encoge progresivamente, ahilándose hasta quedarse en una sola dimensión. “Se podría atar la tierra por lo más grueso y aún sobraría hilo para nudos y lazadas.” 

Se pueden imaginar lo que tarda el alma en recorrer tanta delgadez de cabo a rabo. Alguien tira de él por un extremo y lo introduce en otro cuerpo de bastante más envergadura que el de procedencia. Las células tienen que estirarse hasta el límite para rellenar el chasis y no dejar vacíos ni burbujas. El nuevo cuerpo no es extraño, ni plantea dudas tampoco, parece algo ya conocido. Se llama JB, por supuesto, pero esta vez Jerónimo Ballantyne, vestido con casaca de almirante y mitra de obispo. A bordo de un navío con tres puentes. Mitad obispo, mitad almirante. Tonsurado con casaca.


te amo con la fuerza de los mares yo 
 te amo con el ímpetu del viento yo 
 te amo en la distancia y el tiempo yo 
 te amo con mi alma y con mi sangre yo 
 te amo como el niño a su mañana yo
Manuel Alejandro/Niños mutantes





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


Las imágenes que acompañan esta entrada son de la exposición de Miguel Barceló para conmemorar el ochocientos aniversario de la Universidad de Salamanca. 


miércoles, 3 de mayo de 2017

La saga/fuga de J.B. (29) Gonzalo Torrente Ballester. Nacer de nuevo.




"los deseos frustrados, los tornillos oxidados, las quejas contra el Destino"

La saga/fuga de J.B. (29) 
Gonzalo Torrente Ballester 

El tapiz desciende de las regiones del aire como los niños bajan por un resbalillo. Elige el plano inclinado que se impulsa solo en un movimiento progresivamente acelerado. Paco de la Mirandolina decide apearse en marcha, al comprobar que aquello se precipita vertiginosamente. Expuesto a la boca de la sierpe marina y al tembleque. Calcula que el punto exacto de aterrizaje será el centro de la plaza de Armas. Allí lo espera don Benito Valenzuela, haciendo visera con la mano, el carrito de la basura en movimiento para que el centro del carro amortigüe el golpe de la caída. 

Entretanto, la identidad de Paco de la Mirandolina se va disgregando paulatinamente al roce de las alas con el aire. Hasta el nombre y la belleza se degeneran y se construye la personalidad de José Bastida en la acera de la calle de las Gatas Calientes. Todo está calculado para que los dos movimientos confluyan en el carrito de don Benito Valenzuela al mismo tiempo. Por la horizontal, el movimiento uniforme de Bastida, los restos candentes de Paco de la Mirandolina por la vertical. El ruido del encontronazo entre el tropezón horizontal y la caída libre se funden en un mismo acorde. 


"Cuchillas de afeitar, ensueños, odios, pelusas del ombligo"


Pero las leyes de la física no son tan exactas como presumen, siempre hay un margen para imprevistos. José Bastida se ve sorprendido caminando por un tirabuzón de tiempo, el espacio felizmente asimilado. Una especie de muelle que se estira y se encoge, que regresa a la posición inicial como la tripa de Jorge, pero que no está libre de sufrir un enganchón y ofrecer una variante. En este caso concreto la dualidad se establece entre el infinito o hincar las raíces en los testículos de Adán. O lo que es lo mismo: “Buscar la eternidad en la repetición infinita, o regresar al seno de tu madre.” A pesar de que la segunda posibilidad le resulta atractiva, sin embargo, Bastida rechaza ambas posibilidades, no se siente atraído por los tiovivos ni aunque prometan eternidad de desgracias. La pega que le ve es la duración, pues una vez comenzado el proceso de involución, no hay quien lo detenga. A los nueve meses invertidos saltaría escindido al padre en un nacimiento al revés. De modo que se apea de la espiral del tiempo y sigue su camino por la calle de las Gatas Calientes hasta llegar al carro de Benito Valenzuela donde asume los despojos de Paco de la Mirandolina. 

Don Benito Valenzuela se ha especializado en la recogida de objetos caídos del cielo. La recogida a veces es copiosa y a veces no cae ni un mal gorrión. He aquí la estadística: 



Explica que las llaves inglesas las tiran los tripulantes de los aviones soviéticos con mala uva. Las hojas son escasas porque es primavera. El niño recién nacido es de su hija Lola que lo parió de tapadillo. Lo que le gustaría recoger un día es la justicia divina. El día que se caiga del nido, la candará con siete llaves porque es peligrosa para la sociedad, el defiende lo establecido. 

Bastida se dirige con pasos firmes a casa del Espiritista venciendo la tendencia natural a pasarse antes por la Tabla Redonda a contarles el viaje aéreo. No le creerían nada del cuento de la metamorfosis, pero se reirían un rato. Come solo la cena fría que Julia le ha dejado en el fogón. Al irse a la habitación se cruza con ella apresurada y nerviosa en el descansillo de la escalera. Se imagina que habrá caído en la tentación de algún huésped. “Mañana me marcho,” piensa para sí. A medida que sube los escalones, siente una punzada intensa en el corazón. Le invade una sensación de música y tristeza, sentimiento y ritmo. Compone una elegía a Julia en esperanto: 







Su mente sigue invadida por el ritmo del soneto clásico, sin acomodarse a los pulsos ni a la lluvia que redobla en las tejas. Del alboroto interior brota un ritmo nuevo, también endecasílabo que suena rotundo como una orden. Unas sílabas se debilita: otras, al descoyuntarse, se fortalecen; avanzan los acentos; se emparejan las palabras. Surgen insultos, crecen blasfemias, se afirman desprecios y el verso final capaz de avergonzar al hombre más miserable: “Diclo, rodí, fenintriclo, roetano.” Julia no se lo merece. 

Mete la mano hasta el fondo del alma y saca al aire el muestrario bien surtido de cosas útiles: zapatos sin pareja, recortes de uñas, vidrios quebrados, palabras rotas. “las bragas azules que la criada de la fonda-allá en Madrid- había olvidado con la prisa” y el ciego que pide limosna leyendo el Quijote en voz alta. Los guijarros bonitos coleccionados en la infancia, la vaca que ríe, abarcas, abedules, alacranes, besanas, balandros, “todas las palabras bonitas del diccionario (calandria, facistol, rosa, rebuzno).” Se siente avergonzado de haber dudado de Julia. No es él quien desprecia a Julia. Siente deseos de hacerse justicia, de tirarse al tren de Benito Valenzuela. Decide pedirle perdón, luego se queda dormido. 

Al despertar encuentra una carta de Julia. Le explica que el azoramiento de la escalera se debía a que un huésped le acababa de dar un achuchón. Si no se perdió fue porque se tiró la noche entera rezando avemarías y retorciéndose el cuerpo. Le advierte que no aguanta más, si se lo vuelve a pedir, cederá y será una perdida para siempre. Como no se atreve a pedírselo cara a cara, le sugiere que tenga la puerta abierta esa noche. Si la encuentra cerrada, dará que hablar, se tirará por el hueco de la escalera o algo y se acabó. 

Joseíño Bastida salta de la cama como un resorte. Una niebla como iluminada por dentro envuelve la ciudad. (Tinieblas es la luz donde hay luz sola, decía Unamuno en endecasílabo rotundo). Compra un pijama nuevo y un perfume en la camisería del señor Blázquez, un madrileño recastado, gato fetén,  que mantiene en secreto el culto a la República. Después va al hotel la Perla para que le dejen darse una ducha al atardecer, bajo pago, claro. Le cuenta también el cuento de la revisión médica de las esquirlas de metralla junto al corazón, pero al dueño no lo engaña: Joseíño se prepara para irse de picos pardos por la noche. 


"las palabras perdidas, los esbozos de versos rechazados, las culpas, el mecanismo de las metáforas"

Ese día trabaja sin el agobio del jefe al lado. Le ha dejado por escrito lo que tiene que hacer, pero tiene que aguantar a Clotilde y su zoo que le habla de la boda de Lialila Aguiar con don Jesualdo Bendaña. Se lamenta de haberle dedicado toda su vida a su hermano, los buenos partidos que rechazó. Qué sería de ese hombre sin ella, “¡Si quitándole de sus papeles no vale para nada! Dos o tres vasos de vino más tarde le habla de los ojos bonitos de los hombres. Al salir de la biblioteca con la servidumbre detrás: el Obispo, el Almirante, el Brujo y el Vate, que habían campeado a sus anchas por la estancia, deja el ambiente impregnado de su  perfume fuerte. El Obispo se va cantando una canción de amor en latín. Es conmovedor que un bicho cante canciones de amor cuando los hombres han dejado de hacerlo, con la excepción de Bastida que las escribe en esperanto que solo él entiende. 

Al atardecer se ducha, se perfuma y se pierde en la niebla clara que brota del Mendo y la oscura del Baralla, de vez en cuando atravesada por ráfagas de “los surcos que dejaban en la niebla manadas de bisontes furiosos montados por indios emplumados, seguidos de coyotes en manada.” Pasea un rato por el Cantón, algunas parejas se aman. El aire está tranquilo, pero también hay cuchillos suspendidos, punzones, alfileres oscuros, clavos de acero y cortantes aristas de hielo. Un mal presagio aplazado para los Idus de marzo. La suerte y la muerte. Sube a la habitación, se desnuda, se pone el pijama nuevo y se acuesta. 

 If I ventured in the slipstream 
Between the viaducts of your dream 
Where immobile steel rims crack 
And the ditch in the back roads stop 
Could you find me? 
Would you kiss-a my eyes? 
To lay me down 
In silence easy 
To be born again 
To be born again

Van Morrison



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde 
La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.