
El auténtico autor del Quijote en la ficción. Ilustración tomada de aquí.
CAPÍTULO 2.24
A pesar de que DQ promete seguir contando historias del interior de la cueva, éstas serán más adelante, porque ahora se echan al camino marcando el final del relato montesino. Los lectores sentimos cómo se nos rompen los esquemas que nos hemos ido creando durante la lectura: al final del capítulo no nos da ninguna pista sobre la dirección que tomará la novela. Capítulo con poco atractivo para los ilustradores, pero que ha provocado que ríos de tinta intenten dar una interpretación de la nota al margen de Cide Hamete Benengeli.
Los lamentos de S, por la locura de su amo, en vista del efecto que en él ha tenido el encantamiento, con la descompensación horaria que sufrió en la bajada a la cueva, nos llevan a dudar de lo mismo que el autor primero- Cide Hamete- : la más que dudosa verosimilitud del relato de DQ sobre su experiencia en la cueva, expresadas en unas notas al margen en la versión en árabe. Se duda de la autonomía del autor para inventar un relato y darlo a la estampa. Da protagonismo a los personajes: deja que sea el propio protagonista de la novela el responsable de lo que en ella se vierte. Al lector le otorga el privilegio de que juzgue sobre la veracidad de algo que ocurre lejos de testigos desencantados. Muy moderno se nos muestra aquí el autor al permitir que el lector intervenga en el proceso creador de la novela. De alguna forma permite interactividad con el receptor del mensaje.
El primo del Licenciado espadachín, que no conoce los entresijos de la relación entre ambos, ve falta de respeto en el comportamiento de S con su amo. Comenta que de la historia de DQ es aprovechable casi todo para sus libros; desde el propio conocimiento del Caballero de
DQ duda de que su interlocutor tenga licencia para publicar y mecenas que ampare económicamente la creación y difusión (obsérvese la utilidad de un blog). Aquí C saca a colación las dificultades que tuvo para encontrar mecenas: “Un príncipe conozco yo que puede suplir la falta de los demás, con tantas ventajas que, si me atreviere a decirlas, quizá despertara la invidia en más de cuatro generosos pechos.”
La tarde, que ya alargaba las sombras, les obliga a pensar en el cobijo para la noche; el primo propone una ermita cuyo ermitaño tiene buenas gallinas y una casa que acepta huéspedes. Nada mal debía vivir el ermitaño pues DQ incide en su pensamiento de que hace más daño un pecador público que un hipócrita que se dice bueno. La compañía frustrada de un mulero que, a pie, arrea el mulo cargado de lanzas, apremia también la mente de DQ, ávida de conocimientos. Es por ese afán que deciden seguirle hasta la venta, no sin antes pasarse por la ermita a echar un trago. La sotaermitaña que cuida al eremita no les ofrece más que agua de la fuente. Esto no convence a S que esperaba algo más consistente, añorando la abundancia de los capítulos anteriores.
Continúan la marcha rumbo a la venta y se topan con un mancebo, mozo de dieciocho años, que a pie, iba cantando seguirillas corridas manchegas. Le quedaban unas doce leguas para llegar al banderín de enganche donde pensaba alistarse; llevaba la ropa en un hatillo, como los maletillas, para no gastarla: “más quiero tener por amo y por señor al rey, y servirle en la guerra, que no a un pelón en la corte.” Había tenido malas experiencias con los amos que hasta entonces había servido, dándonos una panorámica exacta de los personajes de pretendida grandeza que pululaban por la corte y sus aledaños: mucho había vivido este muchacho con apenas dieciocho.

El Quijote universal. Espléndido ejemplar del Quijote en dos tomos. De una tienda de libros de segunda mano de Utrecht. Por sólo 15 Euros en holandés.
Como entre patriotas anda el juego, el relato del mancebo sirve a DQ para arengar al joven que va a servir en los ejércitos más temidos del momento. Eran los soldados del imperio. C nos da una visión un tanto desengañada de los tercios. Nos muestra cómo en ellos se alistaba gente que apenas tenía para comer, menos para vestir. Sin embargo, DQ le dice que “más bien parece el soldado muerto en la batalla que vivo y salvo en la huida.” Si por casualidad cayera herido en el combate, no debe preocuparse, pues ya se está dando órdenes para que los veteranos heridos o mutilados tengan privilegios en su vida posterior. No como los amos que liberan a los esclavos de viejos para que no gasten, dejándoles indefensos, abocados al hambre.
El paje no acepta el anca de Rocinante que tan amablemente le ofrece DQ, pero sí la cena en la venta.
S se sorprende, de nuevo, al ver cómo DQ ha pasado de la locura montesina a la arenga al futuro soldado a modo de gran capitán. También de que su locura parece haberse desvanecido al no confundir la venta por castillo como solía. Al anochecer llegaron a la venta y S acomodó a Rocinante en la suite de la caballeriza: el pesebre de privilegio, preparándole para un futuro que se adivina exigente.















