domingo, 23 de septiembre de 2018

Cien Años de soledad (1). Gabriel García Márquez. Un firmamento solito pa ella.





"La ciencia ha eliminado las distancias," pregonaba Melquiades"


Cien Años de soledad
Gabriel García Márquez

“Cien años de soledad” es uno de los hitos de la literatura universal, un regalo monumental del autor colombiano, Gabriel García Márquez, a los lectores invitados al festín literario, a los afortunados que se aproximen a celebrar la fiesta de exaltación de una obra maestra de la narrativa. El lector no tiene más que dejarse sorprender por los orígenes de Macondo, una creación surgida desde la nada, seguir la vereda creativa impregnada de imaginación, fantasía y de una libertad desbordante y anárquica que no se somete a normas ni modas literarias (sólo rinde la obediencia que exigen los vientos, no lo entrecomillo porque esto no es una tesis doctoral de un presidente de la nación, proviene de una canción de Aute). 

Aparentemente el autor no se complica la vida para trenzar el artefacto narrativo de la novela, pero a medida que se avanza en la lectura te das cuenta de que hay gato encerrado, hasta hay pergaminos de Melquiades que semejan a los cartapacios del Alcaná de Toledo en El Quijote. Aureliano Buendía revive lo vivido como un fogonazo cuando está a punto de ser fusilado. Se trata de un narrador clásico en tercera persona, conocedor de todos los hechos presentes y futuros como parece señalar el comienzo que es el mismo que el final: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Estar ante un pelotón de fusilamiento es una manera poderosa de comenzar un relato por el final. Conocer el futuro a toro pasado. La llamarada de calor, el tema  del primer capítulo es la búsqueda del hielo, el día que José Arcadio Buendía lleva a su hijo Aureliano a conocer el hielo, el misterio del agua fría en estado sólido. 

Aureliano es el primer ser humano que nace en Macondo, la ciudad infante, sin pasado ni cadáveres que exhumar de ningún cementerio, porque es tan joven que nadie ha tenido tiempo de morir matando ni de matar aún, pero todo se andará como veremos. Los gitanos de piel de bronce que vienen con sus carromatos por primavera les abren al mundo exterior de Macondo, como el porrazo contra el toro de piedra que abre a Lázaro de Tormes al conocimiento. Traen objetos inútiles, pero a José Arcadio Buendía le entusiasman los imanes, el catalejo y la lupa. Los fierros que desclavan los clavos de la cruz y dotan de vida propia a los metales quietos. Los imanes de los gitanos encienden la imaginación del padre de Aureliano que trueca los metales mágicos por un mulo y unos cuantos chivos con la idea disparatada de encontrar oro, verdadera obsesión de los habitantes de las tierras nuevas desde los tiempos de los conquistadores y El Dorado. La fiebre del oro le lleva a arrastrar los fierros imantados por valles y montañas, incluido el fondo de los ríos a la búsqueda del material precioso. La  extracción se limita a una armadura oxidada, completa en todas sus partes. Dentro del artefacto descubre un esqueleto calcificado del Siglo XV y un relicario de cobre que guarda un mechón enamorado de pelo de mujer. (Cómo recuerda a Don Quijote momificado).




"Úrsula cedió, como ocurría siempre, ante la inquebrantable obstinación de su marido."

En vista del fracaso de su apuesta, el gitano Melquiades le cambia –para desesperación de Úrsula- los dos fierros y unas monedas coloniales por una lupa gigante, descubrimiento de los judíos de Ámsterdam. La mente calenturienta de José Arcadio Buendía imagina utilizar el invento como arma de guerra, convencido de la superioridad del ejército que adquiera su innovación en la compleja guerra solar. En vano espera respuesta de las autoridades durante varios años. Melquiades sale al rescate de nuevo, le vuelve a cambiar la lupa por los doblones en prueba de la honradez de los gitanos de palabra. Además, añade unos mapas portugueses y unos instrumentos de navegación. José Arcadio Buendía se pasa los meses de lluvia encerrado en una habitación aprendiendo a manejar el astrolabio, la brújula y el sextante. Adquiere tal “noción del espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres espléndidos.” 

Una vez exento de obligaciones domésticas porque en su casa hay consenso en cuanto a las tareas a realizar, sus investigaciones le llevan a una especie de ensimismamiento y fascinación, habla a solas. Su trabajo concienzudo tiene fruto y una conclusión solemne: “La tierra es redonda como una naranja.” Por lo tanto,  navegando al oriente se puede llegar al punto de partida. Mientras tanto, Úrsula (modelo de laboriosidad útil) y los niños se parten el espinazo trabajando en la huerta. Melquiades, un hombre “que tenía un peso humano, una condición terrestre” y una mirada asiática, le regala un laboratorio de alquimia, convencido de que su inteligencia le da para descubrir cosas que ya llevan siglos descubiertas. Junto al rudimentario laboratorio le deja también escrita la fórmula de doblar el oro. A sabiendas de que Úrsula guarda monedas de oro, José Arcadio Buendía se pone cansón hasta que ella le deja las monedas para perderlas todas, derretidas en un pegote negro y pegadas en el fondo del caldero. 

La gente que lo quiere y que lo conoce bien, se extraña del cambio de personalidad que José Arcadio Buendía experimenta desde su época de pionero y padre fundador de Macondo. Desde la llegada de Melquiades, influenciado por la sabiduría de la palabra del patriarca gitano honrado. Su casita luminosa con sus habitaciones bien distribuidas, diseñada y construida por él mismo, es imitada por los primeros colonizadores. Destaca un castaño que con el correr de los años se ha apoderado de los nutrientes del entorno y se ha hecho un árbol gigante en medio del patio. Anexos hay un huerto y un corral donde conviven pacíficamente los cerdos, los chivos y las gallinas. Los gallos de pelea prohibidos por aquello del animalismo de referéndum que quiere tapar la muerte. Úrsula tiene la casa como un pincel, siempre trabajando y organizando desde que sale el sol hasta el ocaso. Los arcones de la ropa bien doblada y ordenada exhalan aromas de albahaca. 

Macondo alberga los trescientos habitantes más felices del planeta, una aldea bien estructurada y laboriosa, sin cementerio porque nadie ha muerto allí ni de repente. Nadie supera los treinta años de edad porque “no puedes fiarte de nadie con más de treinta años.” La música del lugar la ponen los miles de pájaros cantores diferentes que obligan a Úrsula a taparse los oídos con cera de abeja “para no perder el sentido de la realidad.” Los trinos de tanto pájaro son el rasgo musical distintivo de la aldea y lo que atrajo a los gitanos por vez primera entre el sopor de la ciénaga circundante. José Arcadio Buendía los cría en jaulas y lo siguen los demás. 

La fiebre de los imanes, los cálculos, las horas de laboratorio y las ansias de conocer mundo le mudan el carácter y el aspecto físico. De alguien limpio y ordenado pasa a holgazán descuidado en la higiene y el vestir, con barba salvaje, pero que no merman su capacidad de liderar a los hombres de Macondo que abandonan su trabajo, la hacienda y la familia para seguirle en su afán de abrir una trocha que los saque de la ciénaga hasta los grandes inventos y las villas del mundo. La dirección al oriente no le interesa porque ya la habían hollado durante los veintiséis meses que duró la gran marcha anterior a la fundación de Macondo en aquel lugar para no tener que desandar el camino. Hacer el camino de regreso reabriendo las trochas de una naturaleza tan poderosa y viva que cerraba el camino ante sus propios ojos era demasiado duro. Al sur y al occidente campaba la ciénaga grande, cubierta de una eterna nata vegetal. Por esta ruta navegaban los gitanos durante seis meses cada vez que se acercaban a Macondo. El norte era la única salida, de modo que hacia allí se dirige José Arcadio Buendía seguido por los mismos hombres que fundaron Macondo. Al cabo de dos semanas de travesía agotadora pueden dormir por primera vez. Al despertar ven ante ellos, a la silenciosa luz de la mañana, la arboladura de un enorme galeón español, cubierto de vegetación; un apretado bosque de flores se había apoderado en su interior. 





"Aquel espíritu de iniciativa social desapareció en poco tiempo, arrastrado por la fiebre de los imanes, Los cálculos astronómicos, los sueños de transmutación y las ansias de conocer las maravillas del mundo"

La visión les acelera el pulso, pues la visión de los restos del naufragio indica que el mar les queda cerca, a unos doce kilómetros de allí. Allí terminan sus sueños, frente a un mar de ceniza, espumoso y turbio. José Arcadio Buendía rumia la mala situación geográfica de Macondo durante meses. Una península robada al agua, un lugar donde nunca llegaría la ciencia. Así que, como buen hombre de acción, planea la mudanza a otro lugar más propicio. Pero esta vez son las mujeres las que se oponen a los hombres y les hacen desistir. Ellas piensan que aunque no sean de allí porque aún no tienen a ningún muerto, ya han nacido niños y por lo tanto tienen tierra de Macondo agarrada a las raíces. Aureliano es el primer niño en nacer. Ya cuenta con seis años y José Arcadio Buendía apenas lo conoce. Úrsula le sugiere que más le valdría que se preocupara de los hijos que crecen como burros aparejados. José Arcadio Buendía junior es ya un adolescente, han pasado doce años desde que naciera durante la expedición fundacional, afortunadamente sano y sin ningún órgano animal, pero con poco talento e imaginación. 

 Aureliano es distinto. Tiene un don, como ya demostró a los tres años cuando predijo que la olla colocada en mitad de la mesa iba a caer y cayó. José Arcadio Buendía apenas lo conoce, vive ajeno a la existencia de los hijos. A su juicio la infancia es un periodo de insuficiencia mental que no merece mayor consideración. Sin embargo, a partir del día que los niños le ayudan a colocar las cosas del laboratorio, les dedica las mejores horas del día. Les enseña las cuatro letras: a leer y a escribir; a sacar cuentas y les habla de las maravillas del mundo. Así aprenden que en África hay unos hombres inteligentes cuyo entretenimiento es sentarse a pensar (no a ordeñar un móvil con los dedos con la ansiedad de un dopado). 

Aquellas alucinantes sesiones de José Arcadio Buendía quedan impresas de tal modo en los recuerdos de los hijos que Aureliano vuelve a revivir ante el pelotón de fusilamiento la tarde tibia de marzo cuando su padre se queda inmóvil al escuchar la algarabía de los gitanos de piel aceitada y manos inteligentes, pregonando por las calles el último descubrimiento de los sabios de Memphis. A José Arcadio Buendía le habría gustado inventar una máquina de la memoria para acordarse de todos los inventos. El alboroto de los gitanos transforma la aldea, la gente aturdida por la afluencia multitudinaria a la feria. José Arcadio Buendía se abre paso a empujones entre el gentío con los dos hijos de la mano. Desinteresados por la noticia del armenio sobre la muerte de Melquiades, ellos sólo quieren conocer la novedad de los sabios de Memphis. A cambio de treinta reales entran los tres a la carpa en la que un gigante de cabeza rapada, anillado como un jabalí de Disney y arrastrando una cadena de galeote custodia un cofre de pirata. Al abrirlo, aparece un bloque transparente que José Arcadio Buendía nunca ha visto antes y que confunde con un diamante gigante. El gitano le aclara que es hielo y que por cinco reales más pueden tocarlo. Para Aureliano está hirviendo. José Arcadio Buendía se olvida de todos los fracasos de su vida y se dispone a disfrutar de la evidencia, del milagro de las estrellas robadas al firmamento.


Yo vengo a darte los recuerdos de un hombre que conocí, vive, vive pero siempre vive acordándose de ti. 
 Me lo encontré en el camino y nos hicimos hermanos, 
 le invité a que subiera al lomo de mi caballo 
 y en una venta, tomando vino y más vino 
 a mi hermano de camino le escuché dos o tres letras: 
 "mi novia se llama Estrella y tiene un firmamento solito pa ella".
Lole y Manuel



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

Las imágenes que ilustran la entrada son del paisa universal, colombiano de Medellín,  Fernando Botero. 

domingo, 5 de agosto de 2018

Akúside (y 6) Ángel Vallecillo. Rendir obediencia.





"El mar,  que fue una palabra/ vacía y sin horizonte"

Akúside (y 6)
Ángel Vallecillo

Las cadenas de radio y televisión conectan con el Akúside Arena treinta minutos antes de la velada de boxeo entre el Capitalismo y el Regreso a la Edad Media, dos concepciones distintas del mundo. Más de mil periodistas de ciento noventa países, “esterilizados transitoriamente con el fin de prevenir la contaminación genética de la raza akusara,” cubren el evento. Únicamente la formidable estructura física del Campeón esquiva la sospecha de bache en el ADN. Un poco de refresco a las reatas de akusaras no vendrá mal para que no digan que rechazan la biodiversidad biológica; hay que parir al hijo erguido, la esperanza de la raza. Tampoco es que las periodistas se vayan a follar a todos, sólo a criaturas humanas perfectas, los más guapos entre los elegidos para conservar la simiente, que se mueran los feos y los detectados por el antivirus. Pero esto es boxeo señoras y señores y la contienda aparentemente desigual entre el Campeón invicto en cincuenta y dos combates y el Caballo, lastrado con cuarenta y nueve años de edad, está a punto del “segundos fuera.” Los akusaras de la República racista y anticapitalista ya son el hombre nuevo, menos de fiar que la garduña en Rinconete y Cortadillo. Las casas de apuestas, que rara vez se equivocan, están cien a uno a favor del Campeón. Los enviados especiales de todo el mundo a cubrir el combate se han enterado de más cosas sobre el Caballo en media hora de estancia en Akúside que en los seis meses anteriores de propagada y basura informativa que les han colado sobre la pelea desde la República nueva.

Rebai entra en el salón de Analecta. Muerto Aitor, la República necesita un heredero de su cuerpo y sangre, no de un Axiámaco hundido, triste y moralmente enfermo. Se pincha en vena la cápsula de sangre 858, la misma que le han inyectado a Turina y que transformó al jinete insecto, sangre mezclada de basuras y akusaras caídos durante la guerra de independencia que infecta al receptor de la ceguera y la barbarie necesarias para declarar la guerra al enemigo. Hoy engendrarán al heredero. “Rebai la penetra de espaldas” mientras ella le acusa de querer matar al padre y al hijo por incumplir la ley Nabula, pero algo salió mal porque el general sobrevivió a la emboscada. Axiámaco presencia el ayuntamiento detrás de las cortinas sin liberar el freno de la venganza. Sólo cuando ella grita: “¡Aitor, mátalo!” sale del escondrijo y a punta de cuchillo arrincona a Rebai. Analecta descubre la falsedad; ellos no son hermanos, falsificaron el libro de familia para que emparentando con el pueblo humilde éste los encumbrara al poder y lo quisieran. Axiámaco reniega de la guerra y de que Rebai nunca se manchara de sangre, otros lo hacían por él. Sus hijos no cayeron en la lucha, siempre peleó desde su trinchera, nunca desprotegido por el supremacismo de raza para no correr ningún riesgo. 




"Hoy es un niño que canta / sobre cuarenta prisiones"

Rebai le recuerda las palabras que pronunció en la sexta asamblea, las razones que les convencieron para continuar con los atentados terroristas. Dispuesto a matar a su propio hijo por la patria porque lo que importaba era la acción, no la identidad de la víctima. Aquellas palabras que le empujaron a ponerse al mando de la banda terrorista porque con aquella determinación fanática vencerían. Axiámaco le sigue acusando de aprovecharse de la guerra para pillar poder y conservar el estatus, de hurtarle protagonismo y de engañarlo. Nadie quería la independencia. Mandó matar a Aitor porque la gente le amaba y a él lo odiaban. Mentiroso como la serpiente del sílex. “Estabas tan poseído por la idea de la patria parabellum que no te dabas cuenta de nada.” Le insiste al general en un último intento de salvar el pellejo. Axiámaco le señala la cápsula vacía de sangre, la misma que se había guardado en el bolsillo en el bosque mientras hunde el cuchillo en la garganta de Rebai. La sangre le explota en la cara al tiempo que se desangra de sangre akusara. Cuando va a repetir la operación con la suya, Analecta lo detiene diciéndole que es necesario para lavar la patria de pasado y guiarlos al futuro por una nueva vereda. No habrá más derramamiento de sangre.

Mientras la vida, la muerte y el futuro de Akúside se resuelven a navajazos en la Torre Guernica, el intercambio de puñetazos se sucede a ritmo vertiginoso en el ring del Akúside Arena. El duelo es desigual, pero el débil cuenta con hándicap y ayuda exterior en forma de sangre recién inyectada. El combate es también a matar o morir. Con apuros, pero ganan los buenos; el Campeón salvado por la campana al final del conteo del tiempo atrás.

El autor narra el combate desde varios puntos de vista, imprime al relato un frenético ritmo de thriller. Dos retransmisiones de televisión, una extranjera y otra local, el rincón de Tool Morgan y la mente del Campeón, confusa de jabs, crochés, directos a la mandíbula o uppercuts, que en la última cuenta se levanta de la lona como un resorte al recordar el maltrato del padre a la madre para noquear al adversario y lanzarlo desmadejado al suelo de pedernal definitivamente.




"Un niño que se despierta / como una ola gigante"

El tiempo corre y el espacio es el mismo, la novela se silencia durante siete años, esa misma noche se cumplen los siete años de descuento, la muerte anunciada por Analecta. Axiámaco tiene una pila de libretas escritas durante los años de terrorismo. Al leerlas pasados los años, se avergüenza de haber escrito tantas barbaridades y de haber pertenecido a esa clase de gente que provoca rechazo y que uno se cambie de acera para no cruzarse con ellos, una especie asesina.

Da igual el lugar por el que abra las libretas, lo escrito con prosa de mente y pluma privilegiada, no al alcance de cualquiera, está impregnado de fe ciega y fanatismo. Una guía para terroristas expertos en matar más, usada como manual de instrucciones en todo el mundo por otros que nieguen la diversidad ideológica y no les importe matar y mutilar a la gente para imponer las ideas propias y llegar al poder. Por supuesto, para eternizarse luego en él; no han matado tanto para cederlo a otros así como así. Seguramente nadie de los suyos le hará caso. La propaganda se encargará de establecer que Axiámaco ya chocheaba cuando lo escribió. Enfebrecido de intolerancia, pero escrito está.

El nuevo presidente escribe los comentarios del arrepentimiento en la misma habitación en la que se guarda como una reliquia escayolada por el tiempo el cuerpo incorrupto de Aitor. “Nada vale el sacrificio de un inocente.” Esa es la reflexión final del terrorista arrepentido. Concluye así la novela con premio de los críticos que más saben de narrativa, algo tendrá la esgrima del boxeador.

El mar es más que un paisaje, 
también es un sentimiento, 
es un corazón que late 
negándose a seguir muerto; 
no rinde más obediencia 
que la que exigen los vientos, 
no lo sujetan cadenas 
ni se detiene ante el fuego.
Luis Eduardo Aute



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

domingo, 17 de junio de 2018

Akúside (5) Ángel Vallecillo. Dos adolescentes.





"-Un perro-le aclara Axiámaco."

Akúside (5) 
Ángel Vallecillo 

Los cíos líticas tienen a Axiámaco en la sala de purificación toda la mañana. Lo enjabonan tres veces hasta desgastarlo, más desinfectado que Mister Proper para entrar al Masai Mara de los akusaras, el sancta sanctorum de la limpieza étnica. Axiámaco les entrega la carta manuscrita del presidente Rebai, pero qué mosca le ha picado, los fanáticos no leen, sólo creen a ciegas. No hay debate, nada que dialogar. Allí no hay nadie a quien dirigirse. Los cíos líticas hablan en cuadrilla, como una sola voz surgida de una verdad revelada asumida por todo el mundo sin rechistar. Lo masajean con profundidad de aguja, le meten los dedos hasta el hueso, lo embadurnan de ungüentos olorosos mientras otro le hace la filiación. A pie de página nos enteramos de su CV sin falsear con másteres ni baches de ADN. Una breve reseña biógráfica como de Wikipedia nos entera que matará a su hermano Carlos Rebai, anticipo del final de la novela. El cío lítica adolescente encargado del interrogatorio le avisa de que no le lee las advertencias previas de entrada a la reserva akusara, un Serengueti de ñúes propiciatorios para los felinos, por el respeto que les merece un general prestigioso de la independencia, pero le informa de que ha sido esterilizado temporalmente para garantizar la pureza racial (evitar baches del ADN) y que puede ser ejecutado sin juicio, es suficiente que un cío lítica lo denuncie por no ser chivato. 

Introducen al general como un faraón inválido, vestido con una túnica sujeta por una fíbula en forma de cruz lítica. Lo transportan a la sillita la reina a través de una campa inmensa de granito coronada por una cúpula de cobre e iluminada por un ingenioso sistema de espejos. Sólo los vedus, veteranos armados de pistola y tocados por una boina roja, sobrepasan los catorce años de edad. Abandonarán la Ciudad Lítica por primavera. Corros de adolescentes imberbes, niños y bebés llenan la plaza. La música procede de las txalapartas que entonan ancestrales ritmos tribales acompañados de fraseos primitivos de rimas elementales. En el centro de la campa, una reproducción a escala del crómlech de Jarcia frente a un estrado delimitado por siete cráneos de bronce. Los símbolos siniestros de la guerra de independencia (pasamontañas blanco, guantes negros y la chapela negra) colocados en lugar destacado. La bandera sagrada con los rostros de los mil mártires cosidos en los fondos ondeando al viento los días de aire. Siempre en cuadrilla la parafernalia, el artefacto macabro al completo como un cajero automático expendedor bajo petición  de fe akusara. 




"Bost lore [cinco flores] en el jarrón japonés, el de las golondrinas doradas."

Cícrom y Gutiella son los portavoces de la asamblea, ella está embarazada y un rato más tarde sale de la reunión en andas y en volandas,  chorreando sangre por dos agujeros en la barriga de un balazo disparado contra ella por el vedus Cícrom. La acción es siempre más importante que un hijo. El gobierno está incumpliendo las promesas del Regreso y del Reflejo. Exigen el control del Regreso. Diez mil regresos diarios y Megara será desmantelada en unas semanas. Akúside es. 

Cinco mil cíos líticas despiden a los veinte jinetes al amanecer del sábado, día de reflexión y del combate de boxeo. Al despedirse, Cícrom comenta a Axiámaco que lo apoyarían si él quisiera ser el sustituto de su hermano. A mediodía atraviesan al galope el peligroso cinturón de chabolas de chapa que rodea Megara. Habitado por akusaras rebeldes, regresados del campo que prefieren el hacinamiento, la basura, el frío y todo tipo de calamidades al Regreso. Es el contraste a la fiesta continua de la clase dirigente en el palacio de los Rocher, diez mil invitados vestidos de calentura permanente, ya pueden trabajar para dar de comer y de beber a tanto héroe de la patria. Los hombres de smokings rojos y las mujeres vestidas de largo, de color blanquiverde como el Betis. Los himnos punkis akusaras, el runrún de los graves murmullos de los invitados y el tintineo de las monedas manoseadas en los bolsillos, vieja costumbre local como silbar el pasodoble que toca la orquesta. La tradición de la fiesta de los Rocher hunde sus raíces en las celebraciones de los labradores al terminar las faenas agrícolas. Después aumentó la frecuencia y se llegó al desmelenamiento de todos los fines de semana. Más tarde, la fiesta fue permanente gracias al trabajo de la mano de obra barata de los aketoms. Ni quemándolo se acaba el dinero, hay pa asá una vaca. La fiesta no se resfría con la independencia, Rebai la mantuvo y llevó la presidencia al palacio; se maneja mejor al pueblo desde el caviar y el champán frío. 

Rebai declara al corro de periodistas que le rodea que en una década más, Akúside será la primera potencia mundial en sanidad y educación. Que no sea por promesas que no hay que cumplir. Y como en ese momento está por prometerlo todo, no tiene escrúpulos en romper la ley del Regreso al eximir de su cumplimiento al hijo de un empresario amigo del sector del reciclaje. Según el padre será el hijo el que dirija las dos nuevas plantas de la ampliación prevista. 






"Los demócratas tenéis un problema con las palabras."

Klatak le informa de que han perdido la pista del general Axiámaco al entrar en Megara y Berteanak ya está criando malvas. El comunicado del presidente es un acto de propaganda en tiempos de guerra. Más que una declaración de guerra unilateral. Culpa al enemigo de la muerte de Aitor siete horas antes del combate de boxeo, utilizando los adjetivos más hirientes, una llamada a la confrontación permanente. Al mismo tiempo el autor rompe el saque a la monotonía con una arriesgada pirueta narrativa. Qué bien trabajado está este final. Una prueba de cómo la complejidad técnica de una novela y el riesgo asumido por el autor se ponen a su lado para darle forma original al desenlace de la historia. Más que mezcla de géneros narrativos, una fusión. En este caso concreto el discurso íntegro, completo con las indicaciones de los guionistas y asesores de imagen entre paréntesis. Quedan al descubierto los trucos de los vendehúmos con esas anotaciones sobre gestos, tonos, estilo del bien queda, palabras hueras y propaganda. Puro márketing. 

El Campeón cumple con la liturgia de vestirse en el hotel con la ayuda del entrenador, nervioso como el mozo de espadas de un torero que va a jugarse la vida en el ruedo con un toro bravo en puntas. La llegada del presidente Rebai recibe las atenciones de una tía solterona rica y le saca los colores a las pesadillas que pasan por su mente cuando el padre, borracho violento, rompía algo en la cabeza de la madre. Unos operarios traen de regalo una langosta piloto que dejan en la bañera. No viene a comprarle, ni a chantajearle para que pierda el combate; la oferta es mucho más sutil. Una jugada maestra; gane o pierda, la banca gana. Revela que el Caballo es Mano de Piedra Turina (Urtáin),ya mayor, pero reconstruido genéticamente. Si lo mata de un puñetazo, su muerte será un nuevo sacrificio akusara por la independencia de la patria. Si el Campeón pierde, el mundo respetará al pueblo del vencedor. En ambos casos él gana: el combate y las elecciones. 

A media hora del comienzo del combate Axiámaco se cuela en la torre Guernica del palacio de los Rocher. Quiere pedir perdón a Analecta, la madre de Aitor, por la muerte del hijo y saber si ella habría anticipado su muerte con sus dotes de bruja adivina. La encuentra en estado lamentable, derrotada por la bebida. Desde hace once años atrapada por la botella, envejecida y consumida, vive para beber. Ella le acusa de no haber salvado al hijo: “¡Cobarde! ¡No tuviste cabeza para salvar a nuestro hijo y ahora no tienes cojones para matar a su asesino!” La acusación difamatoria de la mujer cae como una espada de Damocles sobre el general invencible que intenta justificar su actuación. Ella se desmorona y llora y él recuerda la niña en una cesta que un día les dejó la providencia bajo un roble y la adolescente de la que poco después se enamoró. Ella ha sido la voz de la conciencia durante toda la vida, al final comprende que ella y Aitor tenían razón cuando estaban en contra de la guerra de la patria contra los basuras. Ya es tarde para el arrepentimiento, lo que él siente en su interior no es una metamorfosis sino puro remordimiento. Le predice que matará a su propio hermano ese mismo día, lo proclamarán presidente por aclamación y morirá solo, en una habitación oscura junto al cadáver incorrupto de Aitor, siete años más tarde. 



 Cómo han pasado los años, 
 cómo han cambiado las cosas, 
 y aquí estamos lado a lado, 
 como dos enamorados, 
 como la primera vez.  
Cómo han pasado los años, 
 que mundos tan diferentes, 
 y aquí estamos frente a frente, 
 como dos adolescentes, 
 que se miran sin hablar.
María Dolores Pradera/José Mercé


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 7 de junio de 2018

Akúside (4) Ángel Vallecillo. Cuchillos y melones.





"Hoy jueves, mil sombrillas tricolores salpican la playa."

Akúside (4) 
Ángel Vallecillo 

Axiámaco sufre una metamorfosis durante el tercio de vida que estamos dormidos o en ese estado de vigilia anterior al sueño. El insomnio le pide caminar. “La luna refleja las facetas de la pulpa; pipas de plata con cabezuelo negro.” El general repasa las constelaciones en busca de anomalías cósmicas. Parece un animal bajo el cobijo de un infinito paraguas agujereado. “Fracasado, vencido.” Maracas de alhajas las muñecas de una de los tres soldados que beben y comen sandía. Cuentan que vienen de las fiestas de los Rocher, llenas de ricos, putas muy elegantes y pestazo a diamantes. Estaban borrachos cuando emprendieron la marcha sin destino huyendo de la gran mentira del Regreso y del estado mayor del desorden, la farsa de la ciudad. 

La idea de no haber hecho todo lo que estaba en su mano para salvar a su hijo atormenta a Axiámaco. Rendido a la alteración del orden natural de las muertes, acepta una botella que le ofrecen los tres borrachos, la bebe de un trago y la voz de la conciencia le acusa con fuerza del sacrificio de su hijo “a la idea ciega y sorda de la religión Patria.” “¿Qué clase de hombre paga con hijos la consecución de una patria?” la pregunta le golpea con fuerza la cabeza hasta que lo despiertan sus hombres que lo habían estado buscando durante toda la noche. Lo sacan de la pesadilla de sombra negra con resaca. 

Los soldados centinelas le dan las novedades de la guardia: tienen a los jinetes a vista de prismático. Calculan que a un día de distancia o a medio día porque el alba los aleja. Imperativo pillarlos antes del Túnel de Odón. El aire racheado del Sur trae oleadas a pestazo de perro muerto y sangre fresca el jueves al amanecer. Aligeran los caballos del lastre, preparados para el galope tendido, los basuras no esperan. 

Axiámaco se retira al monte quemado. Siente la transformación en otro hombre, una metamorfosis, como la bíblica transfiguración del Monte Tabor. El instinto le guía a seguir el rastro de sangre fresca de Armia que se arrodilla ante el general y le ofrece la espada desenvainada, la nuca franca, le descubre la muerte lista para la puntilla, entregada como una novilla exangüe. Él no derramará más sangre. En ese momento comprende que Aitor ha vencido. Es la reencarnación que el vaticinó al morir por los demás. Un destino manifiesto. El espíritu del hijo se reencarna en el padre que le sobrevive contra natura. Aunque se quede sin ejército, no derramará más sangre akusara. Ha habido ya suficientes muertes, no más sacrificios por una ley absurda, que nadie dude de él porque nadie ha aplicado la ley de forma más severa matando a su propio hijo. “La tierra bajo sus pies se remueve como si la tunelara una corriente de culebras.” “Obediencia sí, pero no esclavitud a la obediencia.” Exclama mientras envaina la espada y ordena que den de comer y un caballo a la soldado, al galope tras los perros. 




"Sin Naguria hoy no habría nada"


Mientras tanto, el jueves a mediodía, el presidente Carlos Rebai y el núcleo duro del gobierno toman el aperitivo, se ponen ciegos a caviar, champán frío y berberechos en la terraza del palacio de los Rocher que mira a la playa de la Concha. Cavilan sobre cómo “deformar los cuatro vértices del tetraedro blando que es toda patria” en servilletas de lino blanco y montañas grisáceas de caviar sobre hielo. Rocher se queja de que a su empresa La Neguria los ricos supremacistas de Neguri no le den ni un contrato, lamenta que ya no se acuerden de que la lucha armada se nutrió de su dinero para pagar las bombas y los tráileres de parabellums. Rebai le contesta, jesuíticamente, que él no tiene la culpa de que se hayan gastado la fortuna en pocos años porque jugaran a conservarla, en lugar de a multiplicarla. El argumento del presidente lo apoya Walter Krochmal, un joven uniformado con argollas en las narices, aros colgando de las orejas y abstemio con cara de reptil. Apoyado en una  jerga misteriosa de gurú de la economía y en gráficos de colores explica a Rocher que Naguria está arruinada. Debe siete veces lo que vale. El millonario pide mil millones en contratos para la empresa, la mafia lo cambia por su mujer. Y Rocher agradecido se ve entre la espada y la pared. Quid pro quo. Es la estocada definitiva a la aristocracia de Neguri entre bocado y bocado de caviar y champán frío. Lo que procede es el escarmiento y la entrepierna. Huertos solares, parques eólicos, desmantelamientos de centrales nucleares, voladuras de torretas o el cambio climático son el chollo para los empresarios que rindan pleitesía al emperador con la playa de la Concha a sus pies y todos los que allí quepan extendidos en la arena. 

El ministro de interior, Mirfias, entrega a Rebai la carta de Axiámaco, al presidente le entran los siete males, sufre un ataque de cuernos. Axiámaco no es nadie para tomar decisiones. Le escribe otra de respuesta con la orden de abandonar la persecución y que se entreviste con los cíos líticas para negociar aunque sepa que esos penantes nunca negocian nada. Por teléfono ordena que Klatak mate a los tres jinetes y al hombre insecto. Eliminar a los nuestros, era ése y no otro el argumento de la independencia, la cosa nostra. 

Tres horas más tarde, el mensajero, medio muerto por el galope desbocado, entrega a Axiámaco la carta con la orden de abandono de la persecución; el caballo reventado lo matan del todo de un tiro en la cabeza para evitarle horas de agonía. La tragedia se cierne sobre la familia como un trueno seco que rasga los cielos de un cristianismo primitivo. “Rebai es un traidor,” la muerte del hijo no sirve para organizar la venganza, no la merece.  

El jueves por la noche el comando de Axiámaco llega al Túnel de Odón, encofrado de pantallas de plasma, un memorial de negritud violenta que aflora del adoctrinamiento. Primero se crea un agravio: los recién llegados nos roban el pan, nos quitan el trabajo y abaratan los jornales; luego merecen la muerte. Se canta en las escuelas y en los juegos de los niños. Ya se puede matar a bombazos a quien los envía y al chófer; la mutilación de dieciséis más que pasaban por allí es un efecto colateral, ni siquiera un daño. El dolor de tener a los hijos presos se soporta mejor matando por la espalda. La felicidad era eso: verles llorar cadáveres y acusar de asesinos a los ejecutores akusaras. Socializar el dolor; una patria no se construye sin sangre derramada. Nosotros somos el pueblo. “Que se apareen como bestias desiguales.” Los aketoms nunca serán akusaras. Y siguen con su retórica copiada que opaca la propaganda nazi inflamada de patriotismo agresivo: “Una patria son corazones que retumban a una sola voz, infinitas manos que se cierran en un solo puño para golpear al enemigo.” Axiámaco piensa que una dialéctica que te lleva a matar a tu propio hijo sólo puede ser repugnante. 




"Belarrimocha, ¿Te quejarás?"


Los hombres acampan frente a la barrera invisible que corta el paso al interior del túnel, la continuación está llena de trampas. Axiámaco sugiere que la campana que cuelga de la bóveda es la clave para desactivarla. Iztialak conoce desde niño los diferentes toques de campana, su padre era el campanero después de perder una pierna por torturas de los basuras. Armia tiene el pálpito de que el ataúd contiene los restos de una niña, toque de morteruelo. Ocho toques y el redoble desactivan la trampa, así pueden seguir por el Túnel de Odón. 

Los veinte hombres, el cadáver de Aitor a hombros de su padre, entran en el laberinto de la serpiente. El espacio se va creando al paso. El sueño va sobre el tiempo flotando como un velero “en armónicos tránsitos de toro a esfera.” El pasado, el presente y el futuro fundidos entre las planchas oxidadas de hierro del laberinto, en torsión permanente que concluye en un callejón sin salida, un embudo sin boca. La ausencia de tiempo, el vacío absoluto, la oscuridad total. No hay salida sino la luz cegadora que se agranda entre paredes curvadas para dentro y para fuera. El juego de la serpiente ha terminado, brillan las navajas cochineras entre melones de acero inoxidable.


Pero el viejo de las manos traslucidas 
 dirá: amor, amor, amor, 
 aclamado por millones de moribundos; 
 dirá: amor, amor, amor, 
 entre el tisú estremecido de ternura;  
dirá: paz, paz, paz, 
 entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita; 
 dirá: amor, amor, amor, 
 hasta que se le pongan de plata los labios.
Federico García Lorca/Miguel Poveda



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


lunes, 28 de mayo de 2018

Los refugios de la memoria. Jose Luis Cancho. Leve murmullo.





"El día que me pusieron en libertad, me avisaron a primeras horas de la mañana que preparase mis cosas porque se había recibido la orden de que abandonase la prisión."

Los refugios de la memoria 
Jose Luis Cancho 

Los refugios de la memoria está editado en papel Registro Ahuesado. Una autobiografía publicada con clase y sencillez, edición cuidada en todos los detalles, así lo venimos observando en muchas publicaciones modernas. Supongo que esta presentación tan pasional es un acto de resistencia del libro de papel clásico en un intento de contrarrestar la pujanza de la más impersonal o fría lectura electrónica. El libro como objeto físico valioso, valor añadido y digno de regalo, no sólo como material de lectura aunque ésta nunca deje de ser la meta primordial de un libro, por supuesto. Un mecanismo de supervivencia, la librería llena de libros como lugar exclusivo que va más allá de la eclosión de las tiendas de libros low cost con la venta a granel de la lectura. Una tienda de marca para fidelizar al lector. Es cuestión de marketing porque la competencia ahí fuera es feroz, ya nada se vende en el arca, ni los paños de Béjar por muy buenos que sea. Un marcapáginas con forma de postal de regalo es la sorpresa. 

La foto del autor, de sesenta y tantos, a la sombra de una higuera sin red; una de dos, o hay menos pájaros allí o no le gustan los higos. Si no pones red, ni los hueles en la higuera que planté. Caminamos con pies descalzos entre cristales consagrados hasta la nota del autor llena de nombres y apellidos de gente que compartieron la lucha política y la cárcel después. Una cita del poeta sueco y reciente Premio Nobel, Tomas Tranströmer, nos traslada de las montaraces cuevas interiores a los aros de la edad en la madera de los árboles: 
 “Dentro de mí llevo mis rostros anteriores 
como el árbol lleva los anillos de la edad” 

El capítulo uno rompe a andar por los caminos hollados en el pasado de una forma espectacular, marcando el territorio. Una frase rotunda como un mazazo inesperado en la boca del estómago: “A medida que envejezco mi lengua se empobrece.” La obra termina con otra confesión definitiva: “Tengo temperamento de vagabundo.” Casi toda la vida del autor hecha palabra esculpida en primera persona, el partido y los pases perfectos, las hojas volanderas, el disparo de lejos, los regates secos, las faltas técnicas y las paradas asombrosas. “Escribir desde la perspectiva de un muerto, ese es mi propósito.” Como Rulfo en Pedro Páramo. Desde ese estado confuso, lindero de la ambigüedad, vencido por la indiferencia. El muerto que escribe y habla no es nuevo, pero no se refiere aquí al muerto de un nicho, ya afectado del silencio sepulcral de los callados y solos para siempre. 




"Me irrita el tic tac de los relojes"

El sendero enmarañado que guía al autor hasta la escritura: La lucha clandestina, su organización interior, la cárcel, la amnistía, la sopa de letras de tanto partido cuando las primeras elecciones democráticas, las del ¡Habla, pueblo, habla! El autor toma como anclaje del artefacto narrativo el momento de la salida de la cárcel en 1975 gracias a la amnistía general. Desde ese momento, con veintitrés años y dos abriles robados por el régimen y la cárcel va desgranando, con la hierba primaveral en la boca, los recuerdos que le llevaron al talego y las vicisitudes posteriores. Sale como un héroe para los suyos en ideología. Más tarde el desencanto porque las cosas no salen como uno ha soñado o planeado durante tantas horas libres de ocupación en el trullo. Qué difícil es la coherencia, acompasar el modo de vida con las ideas. La lucha por el poder desgasta más sin clandestinidad. El poder desgasta, pero no tenerlo es peor. La división de la izquierda y la constatación de que la gente vota poco por los extremos en democracia. Los activistas radicales se instalan en los partidos moderados que saben ceder en los máximos para encontrar soluciones intermedias a los problemas que benefician a todos un poco y no fabricar otros nuevos. Abandonar las palabras hirientes que hacen los acuerdos imposibles. 

Al salir de la cárcel él ha cambiado, el partido ya no es el mismo. Forma parte del comité ejecutivo de la Joven Guardia Roja y del PTE, muy activos en aquellos momentos. Entra en una dinámica agotadora de viajes y reuniones que le llevan a tomar la decisión de abandonar el partido y desaparecer, harto de aquella vida. Le cuesta adaptarse a vivir sin sobresaltos. “Fue como pasar de encontrarse en el centro del torbellino a la calma más anodina e insulsa.” Termina los estudios de magisterio y trabaja de maestro en Irún. Pero no todo son las vacaciones del profesor. Hay que aprender a lidiar con una clase llena de fierecillas inquietas o adolescentes rebeldes, listos como el hambre para lo que quieren, absorbentes como esponjas de mar abierto, exigentes. Funda el Caballo canalla a la calle junto a otros aficionados a la literatura de San Sebastián. La revista dura cuatro números, uno por cada una de las estaciones del año. Luego funda Infolios, de corto recorrido también. 

Pide traslado a La Gomera que es donde uno se va cuando quiere desaparecer del todo. Allí no se adapta. Le angustia el comienzo del nuevo curso. Él es un superviviente y lo que le quede por vivir es un regalo. Lo que quiere es alejarse del mundo de la escuela. Se vuelve a Santa Cruz y renuncia a la plaza de maestro. En su mente bulle una determinación: Dedicarse a tiempo completo a la pasión absorbente de la escritura, entregarse en cuerpo y alma a la literatura a los treinta y tres años de edad. 




"Siempre es la parada lo que exige una explicación nunca el movimiento."

Se imagina a sí mismo como Jack Kerouac, viajando y escribiendo a la vez. No había recabado en la necesidad de la soledad y la quietud que requiere la escritura para pensar qué escribir. Antes de eso se echa al camino como un nómada, un vagabundo, alguien errante, don Quijote desarmado. Le asaltan en Panamá, estafa a los bancos en Ecuador, usa el fusil en Nicaragua, viaja en el techo de autobuses y trenes. Patea el desierto de Atacama traicionero para los pilotos de rally, pero maravilloso cuando las semillas germinan en una explosión única de color en el lugar más inhóspito para la vida del planeta azul. Recorre el continente americano de habla hispana de norte a sur. Llega un momento en el que ese contemplar lo que te rodea sin implicarse deja de llenarle; no es más que ver pasar el tiempo. Tanto viajar sin escribir es vacío. Tanto viajar para mirar y llenar el depósito de imágenes y resulta que la más elocuente es un patio con una higuera que abraza los recuerdos de la niñez, la primera tierra. 

 Decide parar, encerrarse con una máquina de escribir y parir El viajero junto al mar, la primera novela con cuarenta y siete años de edad. Un viaje iniciático que le lleva a la escritura de cuatro novelas en las que el punto de partida son los recuerdos. Reconoce que con estas memorias puede estar concluyendo otro ciclo vital, que a lo largo de su vida han sido de siete u ocho años y dedicarse a otra cosa. La decisión no es fácil de tomar porque ya no tiene edad para meterse torero o boxeador. Por su cabeza pasa la sensación de que es un flojo por huir de sus raíces, por abandonar la política o despedirse del magisterio y los viajes. Aún no sabe si dirá adiós a la escritura. Escribiendo así desde el nicho, con esa verdad, no debería dejarlo, el aire es denso para los autores creativos, en él vuelan numerosas historias inéditas,  esperando al escritor que las dote de la palabra justa, el ritmo perfecto.

Soy un leve murmullo del viento, 
caricia del tiempo, diciéndome adiós. 
Soy recuerdo de un largo viaje, 
familia emigrante a una vida mejor. 
Soy memoria de un tiempo de barrio, 
ciudad de extrarradio de lata y cartón. 
Soy un verso lanzado al futuro, 
proyecto seguro, guitarra y canción.
Luis Pastor


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

sábado, 19 de mayo de 2018

Akúside (3) Ángel Vallecillo. Los pechos de los montes.





"¿Cómo hemos llegado hasta aquí, mi general?

Akúside (3) 
Ángel Vallecillo 

Los tres guerreros que encuentran a los nabulas ahogados presentan los cadáveres a las madres. Ellas son las encargadas de dar la orden de lapidación en el céntrico frontón de Iztialak al alba, la hora de los fusilamientos. La cuarta guerrera escapó de la quema, pero no irá lejos; Axiámaco, ungido de fe pétrea en el escarmiento,  promete solemnemente a la madre del nabula ayuno de asesina que la capturará y también atrapará a los jinetes culpables del infanticidio. 

A través de ejemplos concretos que el autor presenta durante la fase de desarrollo de la obra, vamos viendo el estado lamentable de la situación económica y social de la Akúside profunda del interior. Las cosas no van bien allí, hay escasez en Iztialak. La fábrica que produce el papel siempre ha estado en Iztialak desde antiguo.  Han podido mantener la maquinaria durante ochenta y cuatro años porque nunca les ha faltado el suministro de  aceite que ahora les falta con la independencia. Un jovencito akusara, adolescente de quince años, guarda bajo llave el manual de instrucciones de la máquina como un tesoro, no vayan a saber más que él. El guardián es un cío lítica de pureza virginal, pero que no sabe ni agarrar un martillo. Berteanak sabe inglés y se presta a echarles una mano en la traducción del manual de instrucciones, pero se atranca en la palabra “lamellas.” La maquinaria se avería con los años y como no hay wifi no pueden recurrir al Google sabelotodo. Para el gerente de la fábrica que ya no produce papel el problema son los cíos líticas, cada vez más intolerantes y radicales. Se les ha dado todo lo que han pedido y ellos siguen encerrados en su “universo de sangre y tradición.” Un regreso a lo más oscuro de la Edad Media cuando se cerraban los libros bajo llave para que el privilegio de la cultura fuera exclusivo de los elegidos. 

Las lechuzas se han hecho fuertes en los tirantes y pendolones del tejado de la vieja fábrica. Al menos no dejan parar a los ratones y palomas. A falta de gato, buenas son lechuzas. El alcalde del pueblo se queja de la miseria, les manifiesta el hartazgo por la escasez y les urge a encontrar a los asesinos de los nabulas y a la desertora. El campo y el monte, el regreso a la esclavitud del arado romano,  no es la arcadia feliz que les prometieron a los que se quedaran o regresaran por sorteo. Ahora van armados por miedo a los delincuentes, los cíos líticas, habituados a la impunidad patria, se han venido arriba y los asaltan por los caminos. 

El autor recurre a una crónica del Irata, un periódico digital, para explicarnos el descontento de las clases populares con los dirigentes a cinco días de las elecciones. El columnista denuncia las pulsiones imperialistas de los nuevos dirigentes, siempre atentos a los latidos milenarios de la tierra madre, las campañas empapadas de destinos sagrados y dogmas sacros, la recuperación de la sangre akusara en el exterior, sembrada en el extranjero durante los tres éxodos históricos de la población. En el interior critican la cesión en todo ante los privilegiados cíos líticas. Reprochan la celebración del combate de boxeo justo el día de reflexión y que el parlamento tenga su sede en el palacio privado de los Rocher, de fiesta permanente. Reprueban que los hijos de los cortesanos asistentes a la fiesta nunca salgan elegidos en el sorteo del Regreso. El descontento se va multiplicando a medida que pasan los años desde la independencia. Antes les robaban desde el sur los políticos toreros, ahora desde el norte, los levanta piedras pesebreros. 

Por supuesto,  Irata es una excepción por eso del equilibrio, la libertad de expresión y tal, pero lo predominante en un férreo régimen autoritario es la prensa afín apesebrada, como Maroak Akusara. K. Ukintza firma una columna que pertenece a la sociedad de pompas mutuas y que recuerda a la prensa del Movimiento. El Regreso es un éxito sin precedente porque ha conseguido repartir la miseria en los supermercados vacíos de género. “El Regreso es progreso” gritan las paredes embadurnadas de pintadas y los eslóganes oficiales colgados de los cartelones gigantes. “El presidente es un abnegado estadista.” El señalamiento del disidente, acusándolo de traidor a la patria, a los muertos y a la raza es un lugar común. Y lo que más importa de todo: arrojar dudas sobre su reata, no ser akusara auténtico, cristiano viejo, la acusación de aketom que conlleva vivir con miedo de por vida. 






"¡Por Dios os lo suplico!¡No me bajéis ahí! ¡La Morba no!"

El presidente Rebai departe con los que van a lo suyo el miércoles a mediodía, se le amontonan el trabajo y los compromisos. Le informan del fracaso del chantaje de la niña con el Campeón. No quiere firmar la orden de pago de los suministros para los del Regreso a pesar de que los esperan como agua en mayo. Monta en cólera cuando le dicen que han lapidado a su sobrino Aitor. Lo saben desde el lunes y no le han dicho nada: “¿Cómo va a dirigir todo si no le cuentan los suyos la verdad?” Se pregunta enfurecido. Ahora lo que importa es que nada llegue a la prensa. Apagón informativo sobre el asunto hasta el día después de las elecciones. 

El presidente ha llamado al cerrajero de guardia para que abra una caja fuerte del palacio de los Rocher el miércoles por la tarde. Para nada porque resulta estar vacía. Mientras el operario hace el trabajo fino, de precisión de relojero, Rebai dialoga con Klatak y el cerrajero. A través de esta conversación a tres bandas los lectores nos enteramos de que los planes del presidente pasan por ganar las elecciones, para ello requiere que la muerte de Aitor no se haga pública hasta el día de reflexión. Los autores han sido los basuras del Sur. A ello se suma la esperada victoria de Caballo en el campeonato del mundo de boxeo. Las cápsulas de sangre 858 son el as que guarda en la manga que lo harán invencible. Sangre mestiza de basuras y akusaras, “sangre surgida del odio y del dolor.” Esa sangre manchada es la causante de los cuatro nabulas muertos. Él le dio las cápsulas a los jinetes akusaras. Siempre que la gente se deja comprender de que el culpable es el Sur, el gana. Después deben desaparecer los cuatro jinetes, Berteanak, el cerrajero y el apuntador, no quiere huellas de sus fechorías. 

El lienzo de Ignacio Zuloaga, “La víctima de la fiesta” en el que el caballo flaco (solían ser caballos viejos que ya habían servido bien, descartes del ejército) ha salido indemne del combate con el toro. El simbolismo con don Quijote vencido y el rocín flaco, Rocinante, de regreso a la aldea después de las desventuras es claro. El propietario del cuadro es la Hispanic Society of America desde 1928 y ha viajado a España para alguna exposición. Si el caballo de Zuloaga hablara, se descubriría la inmundicia pornográfica (nadie dijo que la independencia significara voto de castidad y de pobreza), el racismo pringoso de estos salvadores de la patria a bombazos. 




"Klatak mira por última vez el Zuloaga"


Mientras tanto la comitiva fúnebre avanza lenta por los caminos embarrados de Akúside (Juana la Loca llevando el cadáver de Felipe el Hermoso por los campos de Castilla). Los hombres de Axiámaco flaquean. Los integrantes del comando acompañan la carreta con el cadáver de Aitor tirada por un caballo percherón. Llueve a mares. Se cruzan con otra carreta de Aketoms, ciudadanos de segunda, material sobrante. Dos hijos llevan a la madre, atada como una cabra, a despeñarla por el barranco de Morba. Ellos dicen que la llevan al médico. Axiámaco, la autoridad, no pierde ni un minuto con ellos, son Aketoms. Que los parta un rayo y que ellos se las entiendan con sus códigos de tirar cabras desde los campanarios, como raza inferior. “A los viejos se les aparta después de habernos servido bien.” Joan Manuel Serrat así lo canta. 

El jueves de madrugada los cuatro jinetes exterminadores de niños akusaras cruzan la estepa a campo través y llegan al roble seco en lo alto del cerro. Detrás, la senda que abre una herida profunda en el bosque. En zigzag, a la luz de la luna llena, con las riendas atadas a las barrigas para retener a los caballos, bajan el cerro. A lo lejos, el lago cubierto de niebla. Se adentran en la espesura del bosque de higueras y alcornoques. Uno de los jinetes se inyecta en el brazo la cápsula de sangre 858. Abren un claro en el bosque a machetazos, el jinete esclarecido se desnuda, se encarama en una higuera y se corta una uña del pie de la que sale un hilo de seda negra con el que ata el cuerpo a una rama de la higuera, envuelto todo como una crisálida, duro como el caparazón de un escarabajo. A mediodía, los otros tres beben de la bota vino con leche de cabra y juegan al trío con las tripas de árate. Se oye un ruido que proviene del interior del capullo de brillo anaranjado, como el rasgado de un trapo seco. La crisálida se abre en dos y de su interior sale una forma humana que se desploma al suelo como la placenta de una vaca recién parida. El engendro se despereza y toma forma de hombre insecto. Los tres jinetes y el ser insecto reemprenden la marcha valle abajo al salir la luna.

En los pechos de los montes me amamanto 
y en la cornisa de los riscos me sostengo: 
por eso esta noche les voy a decir de dónde vengo. 
 Vengo del ronco tambor de la luna 
en la memoria del puro animal, 
soy una astilla de tierra que vuelve 
hacia su antigua raíz mineral.
El Cabrero


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.