domingo, 17 de junio de 2018

Akúside (5) Ángel Vallecillo. Dos adolescentes.





"-Un perro-le aclara Axiámaco."

Akúside (5) 
Ángel Vallecillo 

Los cíos líticas tienen a Axiámaco en la sala de purificación toda la mañana. Lo enjabonan tres veces hasta desgastarlo, más desinfectado que Mister Proper para entrar al Masai Mara de los akusaras, el sancta sanctorum de la limpieza étnica. Axiámaco les entrega la carta manuscrita del presidente Rebai, pero qué mosca le ha picado, los fanáticos no leen, sólo creen a ciegas. No hay debate, nada que dialogar. Allí no hay nadie a quien dirigirse. Los cíos líticas hablan en cuadrilla, como una sola voz surgida de una verdad revelada asumida por todo el mundo sin rechistar. Lo masajean con profundidad de aguja, le meten los dedos hasta el hueso, lo embadurnan de ungüentos olorosos mientras otro le hace la filiación. A pie de página nos enteramos de su CV sin falsear con másteres ni baches de ADN. Una breve reseña biógráfica como de Wikipedia nos entera que matará a su hermano Carlos Rebai, anticipo del final de la novela. El cío lítica adolescente encargado del interrogatorio le avisa de que no le lee las advertencias previas de entrada a la reserva akusara, un Serengueti de ñúes propiciatorios para los felinos, por el respeto que les merece un general prestigioso de la independencia, pero le informa de que ha sido esterilizado temporalmente para garantizar la pureza racial (evitar baches del ADN) y que puede ser ejecutado sin juicio, es suficiente que un cío lítica lo denuncie por no ser chivato. 

Introducen al general como un faraón inválido, vestido con una túnica sujeta por una fíbula en forma de cruz lítica. Lo transportan a la sillita la reina a través de una campa inmensa de granito coronada por una cúpula de cobre e iluminada por un ingenioso sistema de espejos. Sólo los vedus, veteranos armados de pistola y tocados por una boina roja, sobrepasan los catorce años de edad. Abandonarán la Ciudad Lítica por primavera. Corros de adolescentes imberbes, niños y bebés llenan la plaza. La música procede de las txalapartas que entonan ancestrales ritmos tribales acompañados de fraseos primitivos de rimas elementales. En el centro de la campa, una reproducción a escala del crómlech de Jarcia frente a un estrado delimitado por siete cráneos de bronce. Los símbolos siniestros de la guerra de independencia (pasamontañas blanco, guantes negros y la chapela negra) colocados en lugar destacado. La bandera sagrada con los rostros de los mil mártires cosidos en los fondos ondeando al viento los días de aire. Siempre en cuadrilla la parafernalia, el artefacto macabro al completo como un cajero automático expendedor bajo petición  de fe akusara. 




"Bost lore [cinco flores] en el jarrón japonés, el de las golondrinas doradas."

Cícrom y Gutiella son los portavoces de la asamblea, ella está embarazada y un rato más tarde sale de la reunión en andas y en volandas,  chorreando sangre por dos agujeros en la barriga de un balazo disparado contra ella por el vedus Cícrom. La acción es siempre más importante que un hijo. El gobierno está incumpliendo las promesas del Regreso y del Reflejo. Exigen el control del Regreso. Diez mil regresos diarios y Megara será desmantelada en unas semanas. Akúside es. 

Cinco mil cíos líticas despiden a los veinte jinetes al amanecer del sábado, día de reflexión y del combate de boxeo. Al despedirse, Cícrom comenta a Axiámaco que lo apoyarían si él quisiera ser el sustituto de su hermano. A mediodía atraviesan al galope el peligroso cinturón de chabolas de chapa que rodea Megara. Habitado por akusaras rebeldes, regresados del campo que prefieren el hacinamiento, la basura, el frío y todo tipo de calamidades al Regreso. Es el contraste a la fiesta continua de la clase dirigente en el palacio de los Rocher, diez mil invitados vestidos de calentura permanente, ya pueden trabajar para dar de comer y de beber a tanto héroe de la patria. Los hombres de smokings rojos y las mujeres vestidas de largo, de color blanquiverde como el Betis. Los himnos punkis akusaras, el runrún de los graves murmullos de los invitados y el tintineo de las monedas manoseadas en los bolsillos, vieja costumbre local como silbar el pasodoble que toca la orquesta. La tradición de la fiesta de los Rocher hunde sus raíces en las celebraciones de los labradores al terminar las faenas agrícolas. Después aumentó la frecuencia y se llegó al desmelenamiento de todos los fines de semana. Más tarde, la fiesta fue permanente gracias al trabajo de la mano de obra barata de los aketoms. Ni quemándolo se acaba el dinero, hay pa asá una vaca. La fiesta no se resfría con la independencia, Rebai la mantuvo y llevó la presidencia al palacio; se maneja mejor al pueblo desde el caviar y el champán frío. 

Rebai declara al corro de periodistas que le rodea que en una década más, Akúside será la primera potencia mundial en sanidad y educación. Que no sea por promesas que no hay que cumplir. Y como en ese momento está por prometerlo todo, no tiene escrúpulos en romper la ley del Regreso al eximir de su cumplimiento al hijo de un empresario amigo del sector del reciclaje. Según el padre será el hijo el que dirija las dos nuevas plantas de la ampliación prevista. 






"Los demócratas tenéis un problema con las palabras."

Klatak le informa de que han perdido la pista del general Axiámaco al entrar en Megara y Berteanak ya está criando malvas. El comunicado del presidente es un acto de propaganda en tiempos de guerra. Más que una declaración de guerra unilateral. Culpa al enemigo de la muerte de Aitor siete horas antes del combate de boxeo, utilizando los adjetivos más hirientes, una llamada a la confrontación permanente. Al mismo tiempo el autor rompe el saque a la monotonía con una arriesgada pirueta narrativa. Qué bien trabajado está este final. Una prueba de cómo la complejidad técnica de una novela y el riesgo asumido por el autor se ponen a su lado para darle forma original al desenlace de la historia. Más que mezcla de géneros narrativos, una fusión. En este caso concreto el discurso íntegro, completo con las indicaciones de los guionistas y asesores de imagen entre paréntesis. Quedan al descubierto los trucos de los vendehúmos con esas anotaciones sobre gestos, tonos, estilo del bien queda, palabras hueras y propaganda. Puro márketing. 

El Campeón cumple con la liturgia de vestirse en el hotel con la ayuda del entrenador, nervioso como el mozo de espadas de un torero que va a jugarse la vida en el ruedo con un toro bravo en puntas. La llegada del presidente Rebai recibe las atenciones de una tía solterona rica y le saca los colores a las pesadillas que pasan por su mente cuando el padre, borracho violento, rompía algo en la cabeza de la madre. Unos operarios traen de regalo una langosta piloto que dejan en la bañera. No viene a comprarle, ni a chantajearle para que pierda el combate; la oferta es mucho más sutil. Una jugada maestra; gane o pierda, la banca gana. Revela que el Caballo es Mano de Piedra Turina (Urtáin),ya mayor, pero reconstruido genéticamente. Si lo mata de un puñetazo, su muerte será un nuevo sacrificio akusara por la independencia de la patria. Si el Campeón pierde, el mundo respetará al pueblo del vencedor. En ambos casos él gana: el combate y las elecciones. 

A media hora del comienzo del combate Axiámaco se cuela en la torre Guernica del palacio de los Rocher. Quiere pedir perdón a Analecta, la madre de Aitor, por la muerte del hijo y saber si ella habría anticipado su muerte con sus dotes de bruja adivina. La encuentra en estado lamentable, derrotada por la bebida. Desde hace once años atrapada por la botella, envejecida y consumida, vive para beber. Ella le acusa de no haber salvado al hijo: “¡Cobarde! ¡No tuviste cabeza para salvar a nuestro hijo y ahora no tienes cojones para matar a su asesino!” La acusación difamatoria de la mujer cae como una espada de Damocles sobre el general invencible que intenta justificar su actuación. Ella se desmorona y llora y él recuerda la niña en una cesta que un día les dejó la providencia bajo un roble y la adolescente de la que poco después se enamoró. Ella ha sido la voz de la conciencia durante toda la vida, al final comprende que ella y Aitor tenían razón cuando estaban en contra de la guerra de la patria contra los basuras. Ya es tarde para el arrepentimiento, lo que él siente en su interior no es una metamorfosis sino puro remordimiento. Le predice que matará a su propio hermano ese mismo día, lo proclamarán presidente por aclamación y morirá solo, en una habitación oscura junto al cadáver incorrupto de Aitor, siete años más tarde. 



 Cómo han pasado los años, 
 cómo han cambiado las cosas, 
 y aquí estamos lado a lado, 
 como dos enamorados, 
 como la primera vez.  
Cómo han pasado los años, 
 que mundos tan diferentes, 
 y aquí estamos frente a frente, 
 como dos adolescentes, 
 que se miran sin hablar.
María Dolores Pradera/José Mercé


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 7 de junio de 2018

Akúside (4) Ángel Vallecillo. Cuchillos y melones.





"Hoy jueves, mil sombrillas tricolores salpican la playa."

Akúside (4) 
Ángel Vallecillo 

Axiámaco sufre una metamorfosis durante el tercio de vida que estamos dormidos o en ese estado de vigilia anterior al sueño. El insomnio le pide caminar. “La luna refleja las facetas de la pulpa; pipas de plata con cabezuelo negro.” El general repasa las constelaciones en busca de anomalías cósmicas. Parece un animal bajo el cobijo de un infinito paraguas agujereado. “Fracasado, vencido.” Maracas de alhajas las muñecas de una de los tres soldados que beben y comen sandía. Cuentan que vienen de las fiestas de los Rocher, llenas de ricos, putas muy elegantes y pestazo a diamantes. Estaban borrachos cuando emprendieron la marcha sin destino huyendo de la gran mentira del Regreso y del estado mayor del desorden, la farsa de la ciudad. 

La idea de no haber hecho todo lo que estaba en su mano para salvar a su hijo atormenta a Axiámaco. Rendido a la alteración del orden natural de las muertes, acepta una botella que le ofrecen los tres borrachos, la bebe de un trago y la voz de la conciencia le acusa con fuerza del sacrificio de su hijo “a la idea ciega y sorda de la religión Patria.” “¿Qué clase de hombre paga con hijos la consecución de una patria?” la pregunta le golpea con fuerza la cabeza hasta que lo despiertan sus hombres que lo habían estado buscando durante toda la noche. Lo sacan de la pesadilla de sombra negra con resaca. 

Los soldados centinelas le dan las novedades de la guardia: tienen a los jinetes a vista de prismático. Calculan que a un día de distancia o a medio día porque el alba los aleja. Imperativo pillarlos antes del Túnel de Odón. El aire racheado del Sur trae oleadas a pestazo de perro muerto y sangre fresca el jueves al amanecer. Aligeran los caballos del lastre, preparados para el galope tendido, los basuras no esperan. 

Axiámaco se retira al monte quemado. Siente la transformación en otro hombre, una metamorfosis, como la bíblica transfiguración del Monte Tabor. El instinto le guía a seguir el rastro de sangre fresca de Armia que se arrodilla ante el general y le ofrece la espada desenvainada, la nuca franca, le descubre la muerte lista para la puntilla, entregada como una novilla exangüe. Él no derramará más sangre. En ese momento comprende que Aitor ha vencido. Es la reencarnación que el vaticinó al morir por los demás. Un destino manifiesto. El espíritu del hijo se reencarna en el padre que le sobrevive contra natura. Aunque se quede sin ejército, no derramará más sangre akusara. Ha habido ya suficientes muertes, no más sacrificios por una ley absurda, que nadie dude de él porque nadie ha aplicado la ley de forma más severa matando a su propio hijo. “La tierra bajo sus pies se remueve como si la tunelara una corriente de culebras.” “Obediencia sí, pero no esclavitud a la obediencia.” Exclama mientras envaina la espada y ordena que den de comer y un caballo a la soldado, al galope tras los perros. 




"Sin Naguria hoy no habría nada"


Mientras tanto, el jueves a mediodía, el presidente Carlos Rebai y el núcleo duro del gobierno toman el aperitivo, se ponen ciegos a caviar, champán frío y berberechos en la terraza del palacio de los Rocher que mira a la playa de la Concha. Cavilan sobre cómo “deformar los cuatro vértices del tetraedro blando que es toda patria” en servilletas de lino blanco y montañas grisáceas de caviar sobre hielo. Rocher se queja de que a su empresa La Neguria los ricos supremacistas de Neguri no le den ni un contrato, lamenta que ya no se acuerden de que la lucha armada se nutrió de su dinero para pagar las bombas y los tráileres de parabellums. Rebai le contesta, jesuíticamente, que él no tiene la culpa de que se hayan gastado la fortuna en pocos años porque jugaran a conservarla, en lugar de a multiplicarla. El argumento del presidente lo apoya Walter Krochmal, un joven uniformado con argollas en las narices, aros colgando de las orejas y abstemio con cara de reptil. Apoyado en una  jerga misteriosa de gurú de la economía y en gráficos de colores explica a Rocher que Naguria está arruinada. Debe siete veces lo que vale. El millonario pide mil millones en contratos para la empresa, la mafia lo cambia por su mujer. Y Rocher agradecido se ve entre la espada y la pared. Quid pro quo. Es la estocada definitiva a la aristocracia de Neguri entre bocado y bocado de caviar y champán frío. Lo que procede es el escarmiento y la entrepierna. Huertos solares, parques eólicos, desmantelamientos de centrales nucleares, voladuras de torretas o el cambio climático son el chollo para los empresarios que rindan pleitesía al emperador con la playa de la Concha a sus pies y todos los que allí quepan extendidos en la arena. 

El ministro de interior, Mirfias, entrega a Rebai la carta de Axiámaco, al presidente le entran los siete males, sufre un ataque de cuernos. Axiámaco no es nadie para tomar decisiones. Le escribe otra de respuesta con la orden de abandonar la persecución y que se entreviste con los cíos líticas para negociar aunque sepa que esos penantes nunca negocian nada. Por teléfono ordena que Klatak mate a los tres jinetes y al hombre insecto. Eliminar a los nuestros, era ése y no otro el argumento de la independencia, la cosa nostra. 

Tres horas más tarde, el mensajero, medio muerto por el galope desbocado, entrega a Axiámaco la carta con la orden de abandono de la persecución; el caballo reventado lo matan del todo de un tiro en la cabeza para evitarle horas de agonía. La tragedia se cierne sobre la familia como un trueno seco que rasga los cielos de un cristianismo primitivo. “Rebai es un traidor,” la muerte del hijo no sirve para organizar la venganza, no la merece.  

El jueves por la noche el comando de Axiámaco llega al Túnel de Odón, encofrado de pantallas de plasma, un memorial de negritud violenta que aflora del adoctrinamiento. Primero se crea un agravio: los recién llegados nos roban el pan, nos quitan el trabajo y abaratan los jornales; luego merecen la muerte. Se canta en las escuelas y en los juegos de los niños. Ya se puede matar a bombazos a quien los envía y al chófer; la mutilación de dieciséis más que pasaban por allí es un efecto colateral, ni siquiera un daño. El dolor de tener a los hijos presos se soporta mejor matando por la espalda. La felicidad era eso: verles llorar cadáveres y acusar de asesinos a los ejecutores akusaras. Socializar el dolor; una patria no se construye sin sangre derramada. Nosotros somos el pueblo. “Que se apareen como bestias desiguales.” Los aketoms nunca serán akusaras. Y siguen con su retórica copiada que opaca la propaganda nazi inflamada de patriotismo agresivo: “Una patria son corazones que retumban a una sola voz, infinitas manos que se cierran en un solo puño para golpear al enemigo.” Axiámaco piensa que una dialéctica que te lleva a matar a tu propio hijo sólo puede ser repugnante. 




"Belarrimocha, ¿Te quejarás?"


Los hombres acampan frente a la barrera invisible que corta el paso al interior del túnel, la continuación está llena de trampas. Axiámaco sugiere que la campana que cuelga de la bóveda es la clave para desactivarla. Iztialak conoce desde niño los diferentes toques de campana, su padre era el campanero después de perder una pierna por torturas de los basuras. Armia tiene el pálpito de que el ataúd contiene los restos de una niña, toque de morteruelo. Ocho toques y el redoble desactivan la trampa, así pueden seguir por el Túnel de Odón. 

Los veinte hombres, el cadáver de Aitor a hombros de su padre, entran en el laberinto de la serpiente. El espacio se va creando al paso. El sueño va sobre el tiempo flotando como un velero “en armónicos tránsitos de toro a esfera.” El pasado, el presente y el futuro fundidos entre las planchas oxidadas de hierro del laberinto, en torsión permanente que concluye en un callejón sin salida, un embudo sin boca. La ausencia de tiempo, el vacío absoluto, la oscuridad total. No hay salida sino la luz cegadora que se agranda entre paredes curvadas para dentro y para fuera. El juego de la serpiente ha terminado, brillan las navajas cochineras entre melones de acero inoxidable.


Pero el viejo de las manos traslucidas 
 dirá: amor, amor, amor, 
 aclamado por millones de moribundos; 
 dirá: amor, amor, amor, 
 entre el tisú estremecido de ternura;  
dirá: paz, paz, paz, 
 entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita; 
 dirá: amor, amor, amor, 
 hasta que se le pongan de plata los labios.
Federico García Lorca/Miguel Poveda



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


lunes, 28 de mayo de 2018

Los refugios de la memoria. Jose Luis Cancho. Leve murmullo.





"El día que me pusieron en libertad, me avisaron a primeras horas de la mañana que preparase mis cosas porque se había recibido la orden de que abandonase la prisión."

Los refugios de la memoria 
Jose Luis Cancho 

Los refugios de la memoria está editado en papel Registro Ahuesado. Una autobiografía publicada con clase y sencillez, edición cuidada en todos los detalles, así lo venimos observando en muchas publicaciones modernas. Supongo que esta presentación tan pasional es un acto de resistencia del libro de papel clásico en un intento de contrarrestar la pujanza de la más impersonal o fría lectura electrónica. El libro como objeto físico valioso, valor añadido y digno de regalo, no sólo como material de lectura aunque ésta nunca deje de ser la meta primordial de un libro, por supuesto. Un mecanismo de supervivencia, la librería llena de libros como lugar exclusivo que va más allá de la eclosión de las tiendas de libros low cost con la venta a granel de la lectura. Una tienda de marca para fidelizar al lector. Es cuestión de marketing porque la competencia ahí fuera es feroz, ya nada se vende en el arca, ni los paños de Béjar por muy buenos que sea. Un marcapáginas con forma de postal de regalo es la sorpresa. 

La foto del autor, de sesenta y tantos, a la sombra de una higuera sin red; una de dos, o hay menos pájaros allí o no le gustan los higos. Si no pones red, ni los hueles en la higuera que planté. Caminamos con pies descalzos entre cristales consagrados hasta la nota del autor llena de nombres y apellidos de gente que compartieron la lucha política y la cárcel después. Una cita del poeta sueco y reciente Premio Nobel, Tomas Tranströmer, nos traslada de las montaraces cuevas interiores a los aros de la edad en la madera de los árboles: 
 “Dentro de mí llevo mis rostros anteriores 
como el árbol lleva los anillos de la edad” 

El capítulo uno rompe a andar por los caminos hollados en el pasado de una forma espectacular, marcando el territorio. Una frase rotunda como un mazazo inesperado en la boca del estómago: “A medida que envejezco mi lengua se empobrece.” La obra termina con otra confesión definitiva: “Tengo temperamento de vagabundo.” Casi toda la vida del autor hecha palabra esculpida en primera persona, el partido y los pases perfectos, las hojas volanderas, el disparo de lejos, los regates secos, las faltas técnicas y las paradas asombrosas. “Escribir desde la perspectiva de un muerto, ese es mi propósito.” Como Rulfo en Pedro Páramo. Desde ese estado confuso, lindero de la ambigüedad, vencido por la indiferencia. El muerto que escribe y habla no es nuevo, pero no se refiere aquí al muerto de un nicho, ya afectado del silencio sepulcral de los callados y solos para siempre. 




"Me irrita el tic tac de los relojes"

El sendero enmarañado que guía al autor hasta la escritura: La lucha clandestina, su organización interior, la cárcel, la amnistía, la sopa de letras de tanto partido cuando las primeras elecciones democráticas, las del ¡Habla, pueblo, habla! El autor toma como anclaje del artefacto narrativo el momento de la salida de la cárcel en 1975 gracias a la amnistía general. Desde ese momento, con veintitrés años y dos abriles robados por el régimen y la cárcel va desgranando, con la hierba primaveral en la boca, los recuerdos que le llevaron al talego y las vicisitudes posteriores. Sale como un héroe para los suyos en ideología. Más tarde el desencanto porque las cosas no salen como uno ha soñado o planeado durante tantas horas libres de ocupación en el trullo. Qué difícil es la coherencia, acompasar el modo de vida con las ideas. La lucha por el poder desgasta más sin clandestinidad. El poder desgasta, pero no tenerlo es peor. La división de la izquierda y la constatación de que la gente vota poco por los extremos en democracia. Los activistas radicales se instalan en los partidos moderados que saben ceder en los máximos para encontrar soluciones intermedias a los problemas que benefician a todos un poco y no fabricar otros nuevos. Abandonar las palabras hirientes que hacen los acuerdos imposibles. 

Al salir de la cárcel él ha cambiado, el partido ya no es el mismo. Forma parte del comité ejecutivo de la Joven Guardia Roja y del PTE, muy activos en aquellos momentos. Entra en una dinámica agotadora de viajes y reuniones que le llevan a tomar la decisión de abandonar el partido y desaparecer, harto de aquella vida. Le cuesta adaptarse a vivir sin sobresaltos. “Fue como pasar de encontrarse en el centro del torbellino a la calma más anodina e insulsa.” Termina los estudios de magisterio y trabaja de maestro en Irún. Pero no todo son las vacaciones del profesor. Hay que aprender a lidiar con una clase llena de fierecillas inquietas o adolescentes rebeldes, listos como el hambre para lo que quieren, absorbentes como esponjas de mar abierto, exigentes. Funda el Caballo canalla a la calle junto a otros aficionados a la literatura de San Sebastián. La revista dura cuatro números, uno por cada una de las estaciones del año. Luego funda Infolios, de corto recorrido también. 

Pide traslado a La Gomera que es donde uno se va cuando quiere desaparecer del todo. Allí no se adapta. Le angustia el comienzo del nuevo curso. Él es un superviviente y lo que le quede por vivir es un regalo. Lo que quiere es alejarse del mundo de la escuela. Se vuelve a Santa Cruz y renuncia a la plaza de maestro. En su mente bulle una determinación: Dedicarse a tiempo completo a la pasión absorbente de la escritura, entregarse en cuerpo y alma a la literatura a los treinta y tres años de edad. 




"Siempre es la parada lo que exige una explicación nunca el movimiento."

Se imagina a sí mismo como Jack Kerouac, viajando y escribiendo a la vez. No había recabado en la necesidad de la soledad y la quietud que requiere la escritura para pensar qué escribir. Antes de eso se echa al camino como un nómada, un vagabundo, alguien errante, don Quijote desarmado. Le asaltan en Panamá, estafa a los bancos en Ecuador, usa el fusil en Nicaragua, viaja en el techo de autobuses y trenes. Patea el desierto de Atacama traicionero para los pilotos de rally, pero maravilloso cuando las semillas germinan en una explosión única de color en el lugar más inhóspito para la vida del planeta azul. Recorre el continente americano de habla hispana de norte a sur. Llega un momento en el que ese contemplar lo que te rodea sin implicarse deja de llenarle; no es más que ver pasar el tiempo. Tanto viajar sin escribir es vacío. Tanto viajar para mirar y llenar el depósito de imágenes y resulta que la más elocuente es un patio con una higuera que abraza los recuerdos de la niñez, la primera tierra. 

 Decide parar, encerrarse con una máquina de escribir y parir El viajero junto al mar, la primera novela con cuarenta y siete años de edad. Un viaje iniciático que le lleva a la escritura de cuatro novelas en las que el punto de partida son los recuerdos. Reconoce que con estas memorias puede estar concluyendo otro ciclo vital, que a lo largo de su vida han sido de siete u ocho años y dedicarse a otra cosa. La decisión no es fácil de tomar porque ya no tiene edad para meterse torero o boxeador. Por su cabeza pasa la sensación de que es un flojo por huir de sus raíces, por abandonar la política o despedirse del magisterio y los viajes. Aún no sabe si dirá adiós a la escritura. Escribiendo así desde el nicho, con esa verdad, no debería dejarlo, el aire es denso para los autores creativos, en él vuelan numerosas historias inéditas,  esperando al escritor que las dote de la palabra justa, el ritmo perfecto.

Soy un leve murmullo del viento, 
caricia del tiempo, diciéndome adiós. 
Soy recuerdo de un largo viaje, 
familia emigrante a una vida mejor. 
Soy memoria de un tiempo de barrio, 
ciudad de extrarradio de lata y cartón. 
Soy un verso lanzado al futuro, 
proyecto seguro, guitarra y canción.
Luis Pastor


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

sábado, 19 de mayo de 2018

Akúside (3) Ángel Vallecillo. Los pechos de los montes.





"¿Cómo hemos llegado hasta aquí, mi general?

Akúside (3) 
Ángel Vallecillo 

Los tres guerreros que encuentran a los nabulas ahogados presentan los cadáveres a las madres. Ellas son las encargadas de dar la orden de lapidación en el céntrico frontón de Iztialak al alba, la hora de los fusilamientos. La cuarta guerrera escapó de la quema, pero no irá lejos; Axiámaco, ungido de fe pétrea en el escarmiento,  promete solemnemente a la madre del nabula ayuno de asesina que la capturará y también atrapará a los jinetes culpables del infanticidio. 

A través de ejemplos concretos que el autor presenta durante la fase de desarrollo de la obra, vamos viendo el estado lamentable de la situación económica y social de la Akúside profunda del interior. Las cosas no van bien allí, hay escasez en Iztialak. La fábrica que produce el papel siempre ha estado en Iztialak desde antiguo.  Han podido mantener la maquinaria durante ochenta y cuatro años porque nunca les ha faltado el suministro de  aceite que ahora les falta con la independencia. Un jovencito akusara, adolescente de quince años, guarda bajo llave el manual de instrucciones de la máquina como un tesoro, no vayan a saber más que él. El guardián es un cío lítica de pureza virginal, pero que no sabe ni agarrar un martillo. Berteanak sabe inglés y se presta a echarles una mano en la traducción del manual de instrucciones, pero se atranca en la palabra “lamellas.” La maquinaria se avería con los años y como no hay wifi no pueden recurrir al Google sabelotodo. Para el gerente de la fábrica que ya no produce papel el problema son los cíos líticas, cada vez más intolerantes y radicales. Se les ha dado todo lo que han pedido y ellos siguen encerrados en su “universo de sangre y tradición.” Un regreso a lo más oscuro de la Edad Media cuando se cerraban los libros bajo llave para que el privilegio de la cultura fuera exclusivo de los elegidos. 

Las lechuzas se han hecho fuertes en los tirantes y pendolones del tejado de la vieja fábrica. Al menos no dejan parar a los ratones y palomas. A falta de gato, buenas son lechuzas. El alcalde del pueblo se queja de la miseria, les manifiesta el hartazgo por la escasez y les urge a encontrar a los asesinos de los nabulas y a la desertora. El campo y el monte, el regreso a la esclavitud del arado romano,  no es la arcadia feliz que les prometieron a los que se quedaran o regresaran por sorteo. Ahora van armados por miedo a los delincuentes, los cíos líticas, habituados a la impunidad patria, se han venido arriba y los asaltan por los caminos. 

El autor recurre a una crónica del Irata, un periódico digital, para explicarnos el descontento de las clases populares con los dirigentes a cinco días de las elecciones. El columnista denuncia las pulsiones imperialistas de los nuevos dirigentes, siempre atentos a los latidos milenarios de la tierra madre, las campañas empapadas de destinos sagrados y dogmas sacros, la recuperación de la sangre akusara en el exterior, sembrada en el extranjero durante los tres éxodos históricos de la población. En el interior critican la cesión en todo ante los privilegiados cíos líticas. Reprochan la celebración del combate de boxeo justo el día de reflexión y que el parlamento tenga su sede en el palacio privado de los Rocher, de fiesta permanente. Reprueban que los hijos de los cortesanos asistentes a la fiesta nunca salgan elegidos en el sorteo del Regreso. El descontento se va multiplicando a medida que pasan los años desde la independencia. Antes les robaban desde el sur los políticos toreros, ahora desde el norte, los levanta piedras pesebreros. 

Por supuesto,  Irata es una excepción por eso del equilibrio, la libertad de expresión y tal, pero lo predominante en un férreo régimen autoritario es la prensa afín apesebrada, como Maroak Akusara. K. Ukintza firma una columna que pertenece a la sociedad de pompas mutuas y que recuerda a la prensa del Movimiento. El Regreso es un éxito sin precedente porque ha conseguido repartir la miseria en los supermercados vacíos de género. “El Regreso es progreso” gritan las paredes embadurnadas de pintadas y los eslóganes oficiales colgados de los cartelones gigantes. “El presidente es un abnegado estadista.” El señalamiento del disidente, acusándolo de traidor a la patria, a los muertos y a la raza es un lugar común. Y lo que más importa de todo: arrojar dudas sobre su reata, no ser akusara auténtico, cristiano viejo, la acusación de aketom que conlleva vivir con miedo de por vida. 






"¡Por Dios os lo suplico!¡No me bajéis ahí! ¡La Morba no!"

El presidente Rebai departe con los que van a lo suyo el miércoles a mediodía, se le amontonan el trabajo y los compromisos. Le informan del fracaso del chantaje de la niña con el Campeón. No quiere firmar la orden de pago de los suministros para los del Regreso a pesar de que los esperan como agua en mayo. Monta en cólera cuando le dicen que han lapidado a su sobrino Aitor. Lo saben desde el lunes y no le han dicho nada: “¿Cómo va a dirigir todo si no le cuentan los suyos la verdad?” Se pregunta enfurecido. Ahora lo que importa es que nada llegue a la prensa. Apagón informativo sobre el asunto hasta el día después de las elecciones. 

El presidente ha llamado al cerrajero de guardia para que abra una caja fuerte del palacio de los Rocher el miércoles por la tarde. Para nada porque resulta estar vacía. Mientras el operario hace el trabajo fino, de precisión de relojero, Rebai dialoga con Klatak y el cerrajero. A través de esta conversación a tres bandas los lectores nos enteramos de que los planes del presidente pasan por ganar las elecciones, para ello requiere que la muerte de Aitor no se haga pública hasta el día de reflexión. Los autores han sido los basuras del Sur. A ello se suma la esperada victoria de Caballo en el campeonato del mundo de boxeo. Las cápsulas de sangre 858 son el as que guarda en la manga que lo harán invencible. Sangre mestiza de basuras y akusaras, “sangre surgida del odio y del dolor.” Esa sangre manchada es la causante de los cuatro nabulas muertos. Él le dio las cápsulas a los jinetes akusaras. Siempre que la gente se deja comprender de que el culpable es el Sur, el gana. Después deben desaparecer los cuatro jinetes, Berteanak, el cerrajero y el apuntador, no quiere huellas de sus fechorías. 

El lienzo de Ignacio Zuloaga, “La víctima de la fiesta” en el que el caballo flaco (solían ser caballos viejos que ya habían servido bien, descartes del ejército) ha salido indemne del combate con el toro. El simbolismo con don Quijote vencido y el rocín flaco, Rocinante, de regreso a la aldea después de las desventuras es claro. El propietario del cuadro es la Hispanic Society of America desde 1928 y ha viajado a España para alguna exposición. Si el caballo de Zuloaga hablara, se descubriría la inmundicia pornográfica (nadie dijo que la independencia significara voto de castidad y de pobreza), el racismo pringoso de estos salvadores de la patria a bombazos. 




"Klatak mira por última vez el Zuloaga"


Mientras tanto la comitiva fúnebre avanza lenta por los caminos embarrados de Akúside (Juana la Loca llevando el cadáver de Felipe el Hermoso por los campos de Castilla). Los hombres de Axiámaco flaquean. Los integrantes del comando acompañan la carreta con el cadáver de Aitor tirada por un caballo percherón. Llueve a mares. Se cruzan con otra carreta de Aketoms, ciudadanos de segunda, material sobrante. Dos hijos llevan a la madre, atada como una cabra, a despeñarla por el barranco de Morba. Ellos dicen que la llevan al médico. Axiámaco, la autoridad, no pierde ni un minuto con ellos, son Aketoms. Que los parta un rayo y que ellos se las entiendan con sus códigos de tirar cabras desde los campanarios, como raza inferior. “A los viejos se les aparta después de habernos servido bien.” Joan Manuel Serrat así lo canta. 

El jueves de madrugada los cuatro jinetes exterminadores de niños akusaras cruzan la estepa a campo través y llegan al roble seco en lo alto del cerro. Detrás, la senda que abre una herida profunda en el bosque. En zigzag, a la luz de la luna llena, con las riendas atadas a las barrigas para retener a los caballos, bajan el cerro. A lo lejos, el lago cubierto de niebla. Se adentran en la espesura del bosque de higueras y alcornoques. Uno de los jinetes se inyecta en el brazo la cápsula de sangre 858. Abren un claro en el bosque a machetazos, el jinete esclarecido se desnuda, se encarama en una higuera y se corta una uña del pie de la que sale un hilo de seda negra con el que ata el cuerpo a una rama de la higuera, envuelto todo como una crisálida, duro como el caparazón de un escarabajo. A mediodía, los otros tres beben de la bota vino con leche de cabra y juegan al trío con las tripas de árate. Se oye un ruido que proviene del interior del capullo de brillo anaranjado, como el rasgado de un trapo seco. La crisálida se abre en dos y de su interior sale una forma humana que se desploma al suelo como la placenta de una vaca recién parida. El engendro se despereza y toma forma de hombre insecto. Los tres jinetes y el ser insecto reemprenden la marcha valle abajo al salir la luna.

En los pechos de los montes me amamanto 
y en la cornisa de los riscos me sostengo: 
por eso esta noche les voy a decir de dónde vengo. 
 Vengo del ronco tambor de la luna 
en la memoria del puro animal, 
soy una astilla de tierra que vuelve 
hacia su antigua raíz mineral.
El Cabrero


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 10 de mayo de 2018

Akúside (2) Ángel Vallecillo. Horas muertas.





"Idos. No necesitamos a los débiles sino a los fuertes." 

Akúside (2) 
Ángel Vallecillo 

La gran sequía de siete años seguidos diezma la población de Akúside. Algunos akusaras emigran al sur cuando sufren bajas en la familia por culpa de la hambruna. 
-“Idos. Cuantos más os vayáis, mejor viviremos.” 
-“Idos. Así sabremos que los que nos quedamos somos los verdaderos akusaras.” 
Así les gritan los portadores del Sancta Sanctorum desde las murallas y maldicen a los cobardes que huyen por no soportar más las pruebas de la patria. 

Los hombres caminan boca abajo en Akúside porque así lo ha impuesto el rey Kalédrico por ley. Los ukintzas lo apoyan siempre que a ellos les dejen fabricar hachas de doble filo para matar más. Kalédrico está casado con Tesea, hija del rey Abba, sabio que quiso aislar a los ukintsas; los llamaba jarretokalak, viejos sin alma. Ella se entera que Kalédrico ha matado a su padre ayudado por Ataeka. Tesea quiere vengarlo, pero su hermano, ukintza convencido, no la ayuda. “Antes la patria que el padre,” proclama él convencido y ella huye de los centinelas de la norma correcta. Tesea regresa diez años más tarde disfrazada de sauce. Organiza la resistencia nada más llegar. Convence a los árboles de que pongan las raíces patas arriba, los animales boca abajo y las piedras, los cimientos en los tejados. El pueblo se levanta al ver el mundo al revés. Ataekatadisaskunasu temiendo que se le acabe el chollo, traiciona al rey, lo decapita con el hacha de doble filo, meten el cuerpo y la cabeza de Kalédrico en una caja, la llenan de plomo, lo arrojan al mar y a otra cosa mariposa. 


"Volved de donde venís y no tratéis de regresar jamás"

Akúside proviene de la forma akhuside, que significa huevo vacío atado al cielo. En el batúa del siglo XX pasa a significar patria de los akusaras, los inmortales, la raza exclusiva de los que nunca mueren. Akúside es una idea, la madre que da de mamar a los hijos, la pájara que se desvive por hacer el nido en lugar escondido de los gatos y llevarle el cibaque a los pajarillos en cueripatos cuando rompen el huevo. Los siete mil años del Silex lo han sido de gestación de la conciencia colectiva. Una idea, un sentimiento, un ser inmortal por el que no pasa el tiempo, ni muere con la desaparición del último akusara. Sobrevivirá como un fósil. Ciento ochenta generaciones de akusaras se han trasmitido la sangre de padres a hijos, cien millones de antepasados penantes con endogamia sanguínea. 

Cuatro jinetes armados cruzan el río Abur por El Paso el lunes al amanecer. Cabalgan toda la noche. Con las primeras claras del día descabalgan y beben “por turnos de una bota de vino mezclado con leche de árate” y juegan al trío con dados de tripa. De beber quedan ebrios, inertes como piedras. 

A media mañana llega el comando mandado por Axiámaco. Huele a orín de astures. Han profanado el crómlech de Jarcia y eso es una declaración de guerra. Le deja su caballo al mejor jinete del comando para que corra a llevar la noticia a Megara y recabar órdenes que cumplir. 

Los cuatro jinetes gemelos han matado a flechazos a cuatro niños akusaras que se estaban bañando en una poza del río Abur el martes por la mañana. Por la tarde una avanzadilla de cuatro jinetes y una traílla de perros rastreadores descubren los cuatro cadáveres flotando en el río. Uno de ellos es Aitor, el amado, hijo del general Axiámaco. Ellos saben que desde ese momento están condenados a muerte por ver un cadáver de niño akusara. La ley Nabula, la ley nueva lo ordena. Envuelven los cadáveres en sudarios que los guerreros llevan en el petate y regresan con el resto. Los basuras del Sur han sido los asesinos. Las flechas incrustadas en los cadáveres de los niños huelen a perro muerto. Descubrir por el olor como los perros. 

Las paradas narrativas para tomar aire no abundan en esta novela, lo que interesa es la acción, el ritmo de video juego, el volcado de pantalla para pasar a otra instancia superior cuanto antes. Pero cuando lo para, aprovecha la oportunidad a fondo, no faltan palabras certeras y cortantes como una guadaña recién afilada, ni la descripción precisa de la ropa que viste Tool Morgan, el boxeador del cráneo rasurado en la cubierta de popa del Fortuny, el barco que lleva al Campeón y a su séquito: sudadera con capucha y bolsillo de canguro, boxers, gafas negras y botacas que pesan un pesar. El uniforme de maniobras. Herramienta Morgan viene acompañado de Tommy el preparador y de Annie, la relaciones públicas o CM. Ella es la que elige a Carlota Edberg de doce años de edad entre un tumulto de partidarios ruidosos y admiradores exaltados para que hable con el Campeón. Resulta ser hija de la capitana del barco. Confiesa no haber estado nunca en Megara, puerto prohibido. 

Boxear es bailar, romperle el baile al contrario, que baile al ritmo que marcas, como torear es atemperar una embestida en bruto, que el toro embista lento, cuanto más despacio mejor. La pelea contra el Caballo akusara será la última de su carrera. Se cortará la coleta al terminar. Al retirarse a descansar, un hombre le advierte que en su camarote está Carlota desnuda, los akusaras quieren cazarlo, hacer chantaje para forzarle a un tongo. Hay muchos intereses en el resultado de la pelea. 


"¡Malditos perros engañados por el agua!


Desde Megara han planteado la pelea como un acontecimiento único, una confrontación de razas y sistemas políticos, pero Campeón no quiere entrar en eso en la rueda de prensa. Hace de la pelea un retrato de su interior. Él pelea para sí mismo, lucha contra él mismo, contra el miedo a no vencer, contra el miedo a caer en el alcoholismo como su padre. “El boxeo es el miedo,” sentencia algo en lo que ha pensado mucho, como respuesta a Óscar Esquivias, el periodista de Sports TV. No se trata de un combate político por mucho que lo quieran desde Akúside. Tampoco pelea por dinero, por eso no le importa saber nada del contrario. Al final todos morirán y él alcanzará la gloria. 

Mientras tanto, en el desfiladero Rojo, Berteanak, el lugarteniente de Axiámaco, trata de convencerle de que incumpla la ley Nabula, no porque se trate de su hijo, sino por la patria. Los soldados lo piden. Aitor es su líder. Él se encargará de enterrar los cadáveres bajo diez metros de tierra para que nadie los vuelva a encontrar. Pero Axiámaco ni se lo plantea. Akúside es y sanseacabó. Nada importa que el Sílex sea una invención de hace una década o que la ley Nabula sea un precio pagado a los cíos lítias. Nada importa que la madre, Analecta, muera de disgusto. 

Padre e hijo con el fardo del muerto a cuestas se apartan del grupo, se cruzan las miradas como cornamentas y entablan una conversación que provoca un calambrazo de tragedia. El padre se ofrece a cambiarse por el hijo en la lapidación al alba. El hijo rechaza la oferta, tiene un destino manifiesto y lo quiere cumplir, su muerte significará la salvación del pueblo. El sacrifico del hijo para que los akusaras se conviertan en humanos, dejen de ser animales y asuman la entrada en la civilización.


Un coyote en el porche, una mecedora 
Un cuello de botella buscando un fan 
Unas horas tan muertas que no son horas 
La comanche de anoche que ya se va 
Un tren con mexicanos y cuatro notas 
Me están poniendo cuerpo de JJ
Joaquín Sabina





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


domingo, 29 de abril de 2018

Akúside (1). Ángel Vallecillo. Matar la muerte.




"Al reino lo llamaron Akúside, y a su mar, mar Alado."

Akúside (1)
Ángel Vallecillo 

Akúside es Euskadi con las letras cambiadas de sitio, le hace un lío grave a la hora del arqueo, un regate, como la suerte a la muerte. La palabra suena más rotunda y equilibrada. Las esdrújulas se pronuncian con más arrogancia y empaque. Deletrear el desorden, medir la tierra con pasos cargados de plomo. 

De las Vascongadas no queda ni rastro. Con los años las tres provincias que formaban una región cedieron a la ambición imperialista y la fuerza de los tiros por la espalda, secuestros, extorsiones mafiosas, exilios y coches bomba con los maleteros llenos de actas de defunción y muerte de inocentes. El nacionalismo es siempre expansionista. El primer contacto que uno recuerda con ciudadanos vascos es de principios de los años setenta. Eran los cazadores que venían vestidos con impecables ropas de caza, tocados con boina y portaban flamantes escopetas. Cuando tener una escopeta de caza era un lujo, tanto como ahora  una moto de gran cilindrada o algo así. Uno sabía que eran vascos porque hablaban en su lengua para que nadie se enterara de lo que decían. Se les notaba gente acomodada, arrogantes como los carlistones de Estella, espléndidamente retratados por Valle Inclán en Las Sonatas. Eran un acontecimiento en los pueblos pobres de interior porque pagaban dinerales por la caza y daban estupendos jornales a los lugareños que les hacían de guías o porteadores. Se conoce que el hambre, sudor y cansancio de los cazadores no iba con ellos o era un lema caducado. 

Lo primero que encontramos en esta novela es un prólogo aclaratorio, breve como un tweet, un exacto y conciso resumen del relato, el raro milagro  de la sencillez. Buena gana de sustos, para qué sorpresas en la lectura. En este prólogo se nos dice que la novela está dividida en tres partes. La primera es el Sílex, la prehistoria de la patria: veintinueve relatos breves que conforman el libro sagrado de los akusaras. La segunda corresponde con el presente de la República, la narración de los seis días anteriores de un combate de boxeo por el campeonato del mundo de los pesos pesados. La tercera son las memorias de Axiámaco, uno de los protagonistas de la novela; además del acuse de recibo del fracaso de la ley del Regreso con la oposición de los urbanitas a la vuelta a la vida idílica de la Arcadia sin móvil. 




"Cuando quisieron darse cuenta, Akúside había sucumbido a esa raza"

El Sílex lo debió escribir alguien desde el Sur porque todos los cuentos empiezan: “En el reino de Akúside, a orillas del mar Alado, en el norte, …” El relato que abre El Sílex habla del origen de Akúside colmado de sequías, diluvios y plagas mortíferas; la fragua donde se forjaron los comienzos. El esforzado pueblo penante construye barcas como arcas de Noé, de materiales diferentes,  para salvar a  gente de las aguas durante tres periodos distintos de la antigüedad. Al principio construyen una barca de madera, después la hacen de hierro y por último de piedra. El número mágico es el cien. Cien fueron los años que los akusaras arrumbaron más hacia el norte donde ellos son también basura del sur, antes de que los descendientes regresen a la Tierra Prometida que ya no reconocen como suya. Cien los azotes que se dan al roble seco. Cien días tarda en crecer la hierba gigante con cabeza de gato. Y cien son los días de espera de los hombres a sus mujeres. Los akusaras recién llegados son un pueblo de guerreros curtidos en el combate, pelean con los habitantes afeminados (en el sentido de acomodados que le da José Cadalso en las Cartas Marruecas), los expulsan y se instalan. El más fuerte de ellos quiere mandar y nombrar Sanhape a la tierra reconquistada, pero los hermanos no se lo permiten, le tienen envidia y lo matan. Lo meten en una caja, la llenan de plomo y la tiran al mar. Y así con plomo y óxido de mar en las zapatillas de los derrotados terminan todas y cada una de las veintinueve leyendas rudimentarias. 

Con plomo en los pies cae el último guerrero mestizo. Durante siete mil años los akusaras persiguen y matan a los aketom de sangre impura por llevar mezcla milenaria con los basuras del Sur. Muchos aketom se han exilado en el Sur a lo largo de los años, hartos de echar tierra nueva sobre los cadáveres de los suyos. Pero algunos no quieren irse porque allí han nacido y allí se han criado. Convertidos en material sobrante, los exterminan poco a poco. El último guerrero aketom es Oncbal Raal que propone lucha cuerpo a cuerpo con Ataekatadisaskunasu. El guerrero akusara, bestia parda acorazada sin cabeza y armado hasta los dientes decapita a Oncbal que se presenta a la lucha desigual desarmado y vestido de silencio. Lo meten en una caja, la rellenan de plomo y la tiran al mar. La noria macabra de los perdedores.    

Ochocientos cincuenta y ocho no es un número escogido al azar. Ésos fueron los asesinatos de la banda terrorista. 
Cada uno de los veintinueve relatos breves de tema diferente lleva dentro una enseñanza. Son un reflejo exacto de los hechos vividos: 
Matar al mensajero en El arpa del náufrago. Callar la verdad. 
La batalla del lenguaje, la guerra del idioma en Cultura y paz. 
La traición de los tuyos, el fuego amigo en El corazón de oro. 
La justicia extrema, la pena de muerte en El dilema de Calasar. 
Cortar por lo sano en El niño viejo. 
Que la gente no deje de odiar. El lloriqueo constante porque la alegría relaja el odio al enemigo. Que las armas sean imprescindible; los ejércitos, máquinas de odiar. Pedir y pedir hasta abrumar para llenar la buchaca en El perro y los sueños. 

Bandadas de pájaros que oscurecen el cielo. Viento maligno que desata enfermedades. La tierra fértil calcinada por devastadoras tormentas de fuego. Rayos que hacen perder la razón, que levantan las cabezas como el viento de levante y provocan desequilibrios mentales. Trabajos de Hércules, leyendas mitológicas forjadoras de rebeldía, verdadero espíritu de los habitantes aguerridos. Patria o muerte en El caparazón (La cabida). 

El origen de los eslóganes que vocean los ciudadanos. Las paredes embadurnadas, literalmente aplastadas de grafittis y propaganda que llama a cavar trincheras para enterrar allí la paz al grito inflamado de ¡No pasarán! ¿Dónde van a ir si el norte limita con los peligros de la mar y el sur es una plaga de salvajes? 




"Idos, no necesitamos a los débiles sino a los fuertes"

La ciudad sagrada de los akusaras tiene su origen en una cobra albina que el fanto Único Ultiades encuentra en el bosque. Construyen una muralla para que la cobra no escape aunque el reptil de sangre fría nunca lo intentara siquiera. Que limite sus movimientos al damero de sesenta y cuatro escaques. Más pronto que tarde se organizan excursiones de akusaras para admirar el prodigio de la cobra blanca. Como Copito de Nieve. Reconozco haber llevado a mis hijos cuando eran pequeños a ver la tristeza que emitían aquellos ojos de gorila albino detrás de cristales sucios y olor a excrementos de animal encerrado. Pronto alrededor de la cobra se organiza una corte de funcionarios perezosos, vírgenes, charlatanes y echadores de cartas que construyen casas para vivir cerca de la cobra que se extienden del mar Alado hasta los bosques. Hasta el rey Mirfias de visita real “dijo haber escuchado en su mirada albina los tambores de su destino.” 

Pero nada es eterno, así que un día una de las cuatro vírgenes que toman nota en la memoria de todos los movimientos de la cobra advierte a Único Ultiades que la serpiente ha trazado la última ese al bailar, ha numerado el baile dibujando un ocho tumbado y se ha quedado muerta para siempre. Incapaz de gritarle al pueblo la verdad, cambia la cobra muerta por una culebra albina y vuelta a empezar, a nadie le importa el gato por liebre.

Conspirando 
Vamos a matar la muerte 
Vamos a inventar 
Una canción 
Por la gente sin voz 
Que no quiere olvidar 
Entierros en Cádiz 
Comando en Madrid 
Soñando en Euskadi 
Con una frontera en Toulouse 
Y otra en Valladolid
Fito Paez/Joaquín Sabina



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.