martes, 15 de enero de 2019

Cien años de soledad (14) Gabriel García Márquez. Soy naturaleza.







"Le vio otra vez la cara a su soledad miserable cuando todo acabó de pasar"


Cien años de soledad (14) 
Gabriel García Márquez 

La educación exige consenso entre las partes, la tarea de enseñar al que no sabe es ardua y está llena de incertidumbre. Eso le pasa a Úrsula en su cometido de educar a José Arcadio para Sumo Pontífice. Le asaltan las dudas de la eficacia de su método educativo a pesar de su dedicación sin tregua a la formación papal del tataranieto. Le echa la culpa de sus dudas a la mala calidad de los tiempos modernos. Ahora el tiempo vuela, se le escapa de las manos cuando antes pasaban muchas cosas en la lentitud de las horas. Le molesta dejar las cosas a medias, ahora que ha perdido la cuenta de los años y que estorba en todos los lados de la casa debido a unas cataratas que la tienen sumida en la más profunda oscuridad. 

Remedios -Meme la llaman- hermana menor de José Arcadio, llega casi al mismo tiempo a la edad de mandarla a las monjas para que le enseñen a tocar el clavicordio cuyas notas sustituyen a las de la pianola en la banda sonora de la casa. 

Perdido el sentido de la vista en la sombra de las cataratas, aguza los cuatro sentidos restantes para paliar los efectos de la discapacidad. Aprende a calcular la distancia de las cosas y las voces aguzando el oído. Los olores se definen en la tiniebla con una fuerza salvadora. Llega a distinguir los colores por la textura al tacto. Se las arregla para que la crianza de José Arcadio la ayude con los colores de los vestidos de los santos. 

La soledad de la decrepitud es clarividente para la memoria, Úrsula recapitula los acontecimientos de la casa desde la fundación. Sus pensamientos concluyen en la certeza de que Aureliano Buendía es un hombre incapacitado para el amor que nunca ha querido a nadie, todas las victorias y derrotas de su vida han sido guiadas por la soberbia. Ella lo sabe desde que lo oyó llorar en su vientre, el llanto de los no nacidos en el vientre de la madre significa incapacidad para el amor. Amaranta, en cambio, es la mujer más tierna que nunca haya existido, la dureza de su corazón se debe a "una lucha a muerte entre un amor sin medida y una cobardía invencible”. Y Rebeca enrocada en sí misma, a la que nunca amamantó, atesora la valentía que siempre quiso para su descendencia. 




"Era un recuerdo incierto, enteramente desprovisto de enseñanzas o nostalgias"

Todas estas cosas y otras más recuerda mientras prepara la maleta de José Arcadio, los cambios de mentalidad de los jóvenes que la rodean, cómo Fernanda reclama las sábanas de bramante que Remedios, la bella, se ha llevado asunta al cielo o cómo Aureliano Segundo llena la casa otra vez de borrachos cuando los cadáveres de los Aurelianos están aún calientes, como si los muertos fueran perros y no cristianos. Definitivamente la casa se va por el sumidero de la perdición. Úrsula duda entre echarse de una vez en la sepultura y que le echen la tierra encima o permitirse el instante de rebeldía que nunca tuvo y “Cagarse de una vez en todo, y sacarse del corazón los infinitos montones de malas palabras que había tenido que atragantarse en todo un siglo de conformidad”. 

Cuando José Arcadio y Meme se van a estudiar es como si sacaran un ataúd de la casa. Amaranta comienza a tejer su propia mortaja y Úrsula se ve relegada a las tinieblas. La antigua rutina no se recupera hasta que la compañía bananera no se va de Macondo años después. Fernanda se hace con el mando de la casa, la gobierna de una manera severa y autoritaria. La vara de medir amigos y enemigos es la compañía bananera. José Arcadio Segundo se topa con la necesidad de justificar su existencia por trabajar allí de capataz, padece la sarna de los forasteros, el abandono de los gallos de pelea es una cesión que apenas cuenta. Fernanda,  casi sin enterarse,  descubre que es una viuda con el marido vivo. Aureliano Segundo se va marchando al lado de Petra Cotes poco a poco al ver la estrechez de la casa. Un día Fernanda los descubre juntos en la cama y le pone los baúles en la estatua del poeta. A pleno día para que se entere bien la gente. Aureliano Segundo celebra la libertad regalada con una farra de tres días de duración. Se entrega a la concubina con la fogosidad de un adolescente. Petra Cotes encantada de dar con un hombre que hace el amor como si fueran dos. Cuanto más parrandero y botarate se vuelve, más desaforado es el paritorio de los animales y más ejemplares se sacrifican para dar de comer a los invitados. Los gallinazos atraídos por los huesos y las sobras tienen el pesebre asegurado en el muladar. 

Aureliano Segundo se vuelve “gordo, violáceo y atortugado” de tanta parranda y comilona. Los ecos de la abundancia y del despilfarro sin tasa llegan a los más glotones de la ciénaga y del litoral, todos deseosos de derrotar al comilón invicto. Un sábado, confundida entre los tragaldabas fabulosos, llega Camila Sagastume, una hembra totémica conocida como La Elefanta, gigantesca y maciza, pero adornada con la ternura de la femineidad. Comen durante tres días con breves descansos para dormir. Cuando Camila ve al contrincante al borde de la congestión, le ofrece tablas que él no acepta, le parece un desafío y sigue comiendo hasta que “cayó de bruces en el plato de huesos, echando espumarajos de perro por la boca, y ahogándose en ronquidos de agonía”. A las puertas de la muerte pide que lo lleven a casa de Fernanda para no morir en la cama de la amante. Allí se recupera milagrosamente y celebra el acontecimiento de la supervivencia con otra juerga. 




"Conoció con tanta seguridad el lugar en que se encontraba cada cosa, que ella misma se olvidaba a veces de que estaba ciega"

La casa se va pareciendo cada vez más a la mansión colonial de sus padres. Fernanda vive sola con tres fantasmas vivos y el fantasma muerto de José Arcadio Buendía. El coronel Aureliano Buendía es una sombra que sólo abandona el taller para orinar junto al castaño del patio. Únicamente permite la visita del peluquero cada tres semanas. Prende una hoguera con las muñecas de Remedios porque dice que le llenan el cuarto de polillas. Amaranta ve pasar la vida tejiendo su propio sudario. Gracias a la congestión, Aureliano Segundo vuelve al hogar. Aparenta ser un marido domesticado los dos meses de vacaciones de Meme. Ella parece no sufrir el sino solitario de la familia a pesar de que se encierra diariamente a practicar el clavicordio con disciplina inflexible. Pero la herencia calamitosa del padre se manifiesta con todo su esplendor cuando en las terceras vacaciones invita a cuatro monjas cuidadoras y sesenta y ocho compañeras a pasar una semana en la casa. La estancia es un desbarajuste. Organizan nueve turnos para comer y como sólo hay un excusado, Úrsula les compra unas bacinillas que eviten las colas, pero provoca otras para lavarlas. Las adolescentes incansables agotan a las monjas con sus juegos, carreras y cantos escolares. Úrsula les perdona los estragos al marcharse por el alivio de la partida. 

Por aquellos días José Arcadio Segundo reaparece en la casa, siempre pensativo y atravesado por una tristeza sarracena. Su vida es un enigma. Apenas se sabe de él que cría gallos de pelea en casa de Pilar Ternera y que pasa las noches con las matronas francesas, “una estrella errante en el sistema planetario de Úrsula”. En el planeta de los recuerdos no pertenece a la familia desde que Gerineldo Márquez lo llevara a ver la sonrisa de los fusilados. Era el único que tenía afinidad con Aureliano Buendía, con él se tiraba las horas muertas en el taller. “La invasión escolar había rebasado los límites de su paciencia”. Se encierra con tranca en el taller desde el día que Gerineldo Márquez se niega a secundarle en su guerra senil. 

Aureliano Buendía muere el martes día once con las aguas de octubre. Se hace naturaleza pegado al árbol de José Arcadio Buendía. El alboroto de los sapos y los grillos lo despiertan ese día a las cinco de la mañana. Se levanta y va a orinar al castaño, no oye las palabras incompresibles que le dirige el espectro del padre, sobresaltado por el chorro de orín que le salpica los zapatos. Vuelve al taller a continuar con su tarea de fabricar pececitos de oro después de pasar por la cocina a tomar el café que le prepara Santa Sofía de la Piedad. Se queda dormido en la hamaca después del almuerzo que Úrsula le lleva. Tiene la costumbre de nunca hacer nada hasta dos horas después de comer para evitar una congestión desde los tiempos de la guerra. Pospone el corte de pelo hasta el viernes. El sudor reseco revive las cicatrices de los golondrinos. José Arcadio Segundo no se presenta en el taller, es día de cobro en la compañía bananera. “El sol salió con tanta fuerza que la claridad crujió como un balandro”. El aire se llena de hormigas voladoras mientras termina de engarzar el segundo pescadito del día. A las cuatro y diez llega el circo, suenan los retumbos de los tambores mezclados con el júbilo de los niños. Aureliano Buendía revive la tarde prodigiosa que su padre lo llevó a conocer el hielo. Se arrima al castaño a orinar y se queda inmóvil con la cabeza entre los hombros como un pollito. Cuando la familia lo ve, ya estaban bajando los gallinazos, ya es naturaleza.

Huye de mí, caliente voz de hielo, 
 no me quieras perder en la maleza 
 donde sin fruto gimen carne y cielo. 

 ¡Dejo el duro marfil de mi cabeza, 
 apiádate de mí, rompe mi duelo! 
 ¡que soy amor, que soy naturaleza!
Federico García Lorca/Miguel Poveda


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


martes, 8 de enero de 2019

Cien años de soledad (13) Gabriel García Márquez. Me roba el alma.





"Aureliano logró saltar la valla del patio y se perdió en los laberintos de la sierra que conocía palmo a palmo"

Cien años de soledad (13) 
Gabriel García Márquez 

El tren trae el progreso a Macondo, acerca las vacaciones en la playa y llega para quedarse hasta que el ministro de turno decide que aquello es deficitario y lo clausura para siempre. Aureliano Triste hace de Melquiades benefactor y trae la luz eléctrica en el segundo viaje. Al cine le cuesta más asentarse porque la gente se siente estafada al tener que llorar dos veces por alguien al que han visto enterrar en la película anterior. “Ya tenían bastante con sus propias penas para llorar por fingidas desventuras de seres imaginarios”. Rechazan el gramófono porque lo consideran un truco mecánico incapaz de trasmitir la emoción de una banda de música. Sin embargo, el teléfono desconcierta hasta a los más incrédulos, lo califican como un derivado del gramófono por la manivela que los acompaña. Tantos adelantos juntos alteran las costumbres de las gentes, hasta el espectro de José Arcadio Buendía entra en erupción y rompe a andar por la casa a pleno día. 

A pesar de que Macondo no es buen sitio para logreros, saltimbanquis y equilibristas porque ya quedaron escarmentados de los gitanos, llega míster Herbert en el tren. Lo mismo vende una olla exprés que la salvación del alma en una semana. Mister Herbert regenta un negocio de globos cautivos que fracasan en Macondo. La gente lo considera un retroceso comparado con las alfombras voladoras de los gitanos ya probadas en vuelo real. 

Justo cuando ya se iba con la música a otra parte porque el hotel de Jacob tiene el completo, Aureliano Segundo, siempre dispuesto a trabar amistad,  lo invita a la casa y allí se queda. La gente observa cómo examina los bananos con la meticulosidad de un comprador de diamantes. Luego se deja ver cazando mariposas en el campo y al miércoles siguiente llegan en el tren diferentes científicos que exploran durante meses los mismos lugares por los que mister Herbert cazaba las mariposas. Antes de que los de Macondo se den cuenta, ya hay un pueblo aparte de casas de madera y tejados de zinc al otro lado de las vías del tren. Cercan el sector con una valla metálica electrificada contra la que se achicharran las golondrinas de un solo verano. Los recién llegados trabajan tanto, tan deprisa y con tantos recursos que en ocho meses los moradores veteranos madrugan para darse un paseo por lo nuevo y conocer su propio pueblo. 

Aureliano Buendía rechaza el ajetreo que tiene el origen en la invitación al gringo míster Herbert. Aburrido de que entren en el taller a saludarle por conocer una reliquia histórica o un fósil de museo, opta por atrancarse en su taller y desaparecer de la vida social, salvo las contadas ocasiones en que es visto sentado a la puerta de la calle. Aureliano Segundo, como siempre, se muestra encantado con aquella avalancha de forasteros: amplía la casa, aumenta los servicios a la mesa y organiza turnos para comer. Fernanda no tiene más remedio que atender a aquellos forasteros asilvestrados que le embarran la casa al entrar y le mean en el jardín como los perros a los árboles y las esquinas. Amaranta se retrae en la cocina como un monstruo asustado, como en los viejos tiempos ante el eructo volcánico de tanta gente. Úrsula centenaria, medio ciega y pasicorta, se acelera cuando presiente el alboroto de mercado que provoca cada nueva llegada del tren. Las prisas de las cuatro cocineras por tener la comida a punto para dar de comer y beber limonada a los forasteros que llegan atraídos por la peste del banano se hace costumbre. 



"Quitaron el río de donde estuvo siempre y lo pusieron con sus piedras blancas y sus corrientes heladas en el otro extremo de la población"

“Porque todo el mundo viene”, porque los hombres son animales de costumbre, vienen otros dos hijos de Aureliano marcados con la cruz de ceniza en la frente. Remedios, la bella, estancada en una adolescencia de rebeldía permanente, es la única que no se contagia de la fiebre del banano, “feliz en un mundo propio de realidades simples”. Harta de moños y peinetas, se rapa el pelo que le cuelga hasta las pantorrillas y le hace pelucas a los santos. Siempre inconsciente de que su cráneo pelado, los vestidos trasparentes, descubrirse los muslos para quitarse el calor, comer con las manos y chuparse los dedos perturba a los hombres. A los hombres le roba el alma y a su paso caen en un estado de calamidad, debido al olor natural que desprenden sus andares impregnados de fragancias peligrosas. A veces se encierra desnuda en el baño y se tira dos horas matando alacranes que caen del techo y después se echa agua de la alberca por encima con una totuma. Lo que para ella no es más que la repetición de un rito transparente, carente de sensualidad, un hacer tiempo hasta la hora de comer, significa la muerte sin agonía para un recién llegado que la observa desde el tejado. El mirón cae desplomado sobre el cemento. Al levantar el cadáver descubren que está empapado del perfume secreto, entonces se dan cuenta de que el olor de Remedios, la bella, persigue a los hombres más allá de la muerte. Así nace la leyenda del flujo mortal emanado por el cuerpo de Remedios Buendía. 

Los habitantes de Macondo comprueban que Remedios tiene poderes de muerte una tarde que Úrsula la deja ir con un grupo de amigas al juego novedoso de los bananos, “una distracción reciente recorrer las húmedas e interminables avenidas bordeadas de bananos, donde el silencio parecía llevado de otra parte, todavía sin usar, y era por eso tan torpe para transmitir la voz”. La fragancia mortal impregna el aire, las chicas son asaltadas por un tropel de machos feroces y rescatadas por los cuatro Aurelianos de la cruz de ceniza. Esa misma noche uno de los agresores que le había tocado el vientre muere destrozado por la coz en el pecho de un caballo en la Calle de los Turcos. 




"Por eso eran ellos los únicos que entendían que el joven comandante de la guardia se hubiera muerto de amor"

El nacimiento de José Arcadio y la intención de Úrsula de hacerlo Papa, desvían los cuidados, desatiende a Remedios y la deja por imposible. También Amaranta abandona la tentativa de hacerla una mujer de utilidad. Ya sólo esperan que algún hombre cegado por su belleza le robe el alma y cargue con ella. Un día de los que está abandonada a la buena de Dios, Fernanda le pide ayuda para doblar las sábanas de bramante, ven cómo el aire de las dalias y de los escarabajos vuela a Remedios revuelta en las sábanas desplegadas, la ven elevarse a las regiones del aire donde no llegan los pájaros que vuelan alto, como Don Quijote y Sancho en el capítulo de Clavileño

El asombro por la levitación dura poco, sustituido por el espanto del exterminio bárbaro de los Aurelianos, “cazados como conejos por criminales invisibles que apuntaron al centro de sus cruces de ceniza”. Aureliano Buendía comprende que las cosas han cambiado cuando contempla el embelesamiento de la gente por la llegada del primer coche que espanta los perros a bocinazos, conducido por el señor Brown. Los funcionarios son sustituidos por forasteros autoritarios y los policías por sicarios con machete. La gota que colma el vaso es la decapitación de un abuelo y el troceamiento de su nieto de siete años por un cabo de la policía porque le mancha el uniforme con una naranjada. El exterminio de los hijos marcados por la cruz de ceniza alcanza a dieciséis, todos menos Aureliano Amador que consigue ponerse a salvo en los laberintos de la sierra. 

La desaparición de la prole afecta a Aureliano Buendía. Deja de comer, abandona la fabricación de pescaditos de oro y anda como un sonámbulo arrastrando la manta por toda la casa. Le vuelven los ojos color de brasa que presagian el futuro, mueven las sillas de sitio y le privan de los afectos. Busca el pasado anterior a la guerra en la habitación de Melquiades, pero sólo encuentra escombros y una flora que surge de las pastas de los libros humedecidos y un “insoportable olor de recuerdos podridos”. Un día su madre, Úrsula, arrodillada junto al castaño de José Arcadio Buendía, le augura que va a morir pronto y eso le da un soplo de fuerza. Empieza a codiciar el dinero para promover la guerra total. Organiza una colecta colectiva (un crowdfunding que queda más cool).  Aunque los antiguos partidarios se esconden cuando lo ven acercarse a pedir dinero, consigue reunir con mucho ahínco más dinero del que Úrsula esconde en los calabazos enterrados debajo de la cama. Demasiado tarde para la revolución que dejaron sin terminar, incluso para Gerineldo Márquez ya hundido en la derrota miserable de la vejez. 


 De los cuatro muleros 
de los cuatro muleros 
de los cuatro muleros 
mamita mía 
que van al agua, 
que van al agua, 
el de la mula torda 
el de la mula torda 
el de la mula torda 
mamita mía 
me roba el alma 
me roba el alma.
Federico García Lorca/Estrella Morente






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Vicente Blasco Ibáñez. Grito de guerra.




"El valenciano Blasco Ibáñez es fuerte, enérgico, sencillo como un árbol, lleva como esencia de su tierra, y en el rostro el reflejo de un atávico rayo morisco"
Rubén Darío. 
Dibujo de Ramón Casas propiedad del Museo de Arte Moderno de Barcelona

Los cuatro jinetes del Apocalipsis
Vicente Blasco Ibáñez

Enredarse en la búsqueda de algo sobre la biografía de Vicente Blasco Ibáñez es como ver una película de acción trepidante. Nada es de extrañar que los críticos de diversas épocas no se pongan de acuerdo y duden en el intento de clasificarlo en la historia de la política, el periodismo o la literatura española, porque de todo fue y de todo quiso ser el número uno, “el puto amo” que diría un castizo. A menudo se le ha catalogado como una especie en sí mismo, un ejemplar único que resiste etiquetas, quizás porque su cosmopolitismo casa mal con el retraimiento nacionalista de sus compañeros de generación, dolidos por la humillación de Cuba y el hundimiento de todos los barcos con honra ante el poderío emergente del imperialismo yanqui. De hecho ha permanecido el blanquismo como una forma de hacer política, como se habla del gilismo o del torerismo y el torismo en la fiesta de los toros en la que no se pone el sol.

 Vicente Blasco Ibáñez nace en Valencia en 1867 y muere en Menton (Francia) en 1928. Su paisano Joaquín Sorolla, pintor valenciano ilustre, desarrolla sus capacidades para plasmar la luz y la riqueza ornamental entre 1863 y 1923. Unamuno da el primer llanto en la calle Ronda del barrio de Las Siete Calles de Bilbao en 1864, Valle Inclán en 1866, Pio Baroja y Azorín no verán la niebla  hasta 1872 y 1873 respectivamente. Emile Zola tenía ya veintisiete años y Gustave Flauvert ya había escrito Madame Bovary (1856) y Salambó (1862), por citar dos de sus influencias y referentes reconocidos por él mismo. Nace en un momento de crisis, de grave inestabilidad política por la pugna entre liberales y conservadores. Las lecturas de adolescencia le van perfilando su visión del mundo y de la sociedad del momento. Sus primeros relatos escritos en valenciano aparecen publicados en una revista local en 1883. Vicente Blasco Ibáñez se decanta en política por la democracia, el federalismo y la república. Vive y trabaja en Madrid durante parte de los años 1888-1890. Regresa a Valencia y ese mismo año tiene que huir a París por haber escrito algunos artículos encendidos contra Cánovas y por su activismo político contra el gobierno. En París sigue escribiendo, desde allí manda artículos más atemperados que revelan madurez y la fluidez creciente de su estilo y tono literario que continuará durante toda su carrera periodística.

De vuelta en Valencia, de regreso a los naranjales, funda el diario El Pueblo. Estamos en 1894 y el periódico dura hasta 1906. La vida de Blasco Ibáñez y su criatura van unidas, estos años coinciden con los años de mayor fecundidad literaria y periodística, también de compromiso político. Gracias al periódico es siete veces elegido diputado. Allí publica sus mejores novelas por entregas, como era costumbre en la época, durante los años de entre siglos: Amor y tartana, 1894; La barraca, 1898; Cañas y barro, 1905. El Pueblo es el trampolín que le abre horizontes a empresas de mayor calado. En él se refleja la pluma afilada de un luchador incansable, perseguidor implacable que se corresponde con ser perseguido y que le conduce a la cárcel varias veces por sus ideas enemigas de la monarquía que identifica con la opresión. Se confiesa revolucionario: “Soy un propagandista, un modesto sembrador de rebeldías contra lo existente, un enamorado de la revolución”. En 1909 viaja a América. En Buenos Aires es recibido como un héroe. Ahora sólo reciben así a los futbolistas que ganan copas. Desengañado de la inutilidad de los políticos, cansado de batallar, hastiado de los insultos, mentiras y ataques furibundos contra su persona se retira de la política.




La época aparece dañada por la pugna entre aliadófilos y germanófilos. El encontronazo se manifiesta en una lucha de propaganda que echa la culpa al otro de la carnicería de las trincheras donde se entierra una generación completa de jóvenes europeos, semilla que germina en los nacionalismos radicales y el comunismo más excluyente. La propaganda hace un trabajo de blanqueo que justifica la masacre de corazones inflamados de patriotismo. Blasco Ibáñez, conocido germanófobo, simplifica la complejidad del conflicto dividiendo de forma maniquea a los contendientes de la Primera Guerra Mundial en buenos y malos. En esencia, en sus reflexiones hay un victimario supremacista y víctimas humilladas, siempre se defiende mejor la idea desde el victimismo. La cuestión es que ellos lean lo que uno escribe, por eso huye de complejidades que hagan reflexionar, también es un arte saber crear literatura digerible, fácil de consumir. 

Escribir siempre es difícil, hacerlo y que además te lean es un milagro sólo al alcance de los elegidos. Blasco Ibáñez escribe Los cuatro jinetes del Apocalipsis en París con los alemanes a unas docenas de kilómetros de la ciudad en situación precaria, azotada por las penalidades de la guerra: frío, hambre, ausencia de servicios públicos esenciales dados por supuesto en tiempos de paz como la recogida de la basura o la limpieza de las calles. Todo para ganar la guerra y la banda sonora de una música monótona de cuatro pianos tocados por cuatro aprendices desde primeras horas de la mañana en su bloque de viviendas. Blasco vive en París durante toda la Primera Guerra Mundial. París es la retaguardia, pero está mucho más cerca del frente que otros que escriben de oídas desde sus lugares seguros, alejados de las bombas. Los cuatro jinetes del Apocalipsis se publica en El Heraldo de Madrid a lo largo de 1916 sin mucho éxito. Ya había dejado de existir su portalillo tal como él lo concibió y le dio vida, El Pueblo. Ese mismo año comienza su éxito mundial en libro de papel.

Blasco Ibáñez demuestra que está bien armado intelectualmente, que conoce los fundamentos teóricos que justifican el militarismo de unos y otros. Refleja en Los cuatro jinetes sus conocimientos y lecturas sobre las corrientes intelectuales que preocupan como el marxismo, el darwinismo o el cristianismo; explora los diferentes campos y lo explica con habilidad para caracterizar a los personajes que hilvanan el relato, no sólo los personajes principales, también los secundarios de calado como el ruso Tchernoff o el español Argensola. En general los personajes hablan a quemarropa, los argumentos que defienden están cargados de sectarismo y carencia de inteligencia. Defienden sus tesis como una verdad revelada. Vendedores de pócimas milagrosas dispuestos a morir por la idea como héroes envilecidos y sobrepasados por los acontecimientos.

El autor usa la conocida estructura narrativa de contar el pasado hasta un punto, en este caso la cita del protagonista, Julio Desnoyers, con Margarita, para después avanzar la historia narrando el presente en guerra desde ese momento en adelante.




"No es una guerra como las otras; con enemigos leales: es una cacería de fieras..."
Los cuatro jinetes del Apocalipsis de Alberto Durero.

Julio Desnoyers es un joven pintor argentino de veintisiete años (la edad en la que mueren los roqueros que dejan un bonito cadáver) que vive en París. Tiene una cita con Margarita a las cinco (en sombra) de la tarde en los jardines de la Capilla Expiatoria. Está recién llegado en barco de Buenos Aires y han pasado cinco meses desde la última vez que se vieron. París había pasado de “una primavera tímida y pálida, empezaba a mostrar sus dedos verdes en los botones de las ramas, sufriendo las ultimas mordeduras del invierno, negro jabalí que volvía sobre sus pasos” a pertenecer al verano.

“Todo París habla de la posibilidad de la guerra”. Allí cuenta con la ayuda de su fiel escudero español Pepe Argensola, “mezcla de amigo y de parásito”. Él es optimista, las cosas se arreglarán como otras veces, la gente no es tan bestia como antes. “Las guerras ya no son posibles en estos tiempos de adelanto”, se dice a sí mismo para espantar el malaje de la guerra. Además, acaba de atravesar el océano en un barco de bandera alemana, veinte días de agua sin tregua. El barco es un ensayo sobre la concordia en un mundo pequeño, en escala reducida, en el que conviven sin matarse gentes y animales de variadas razas y nacionalidades. Incluso celebran el rito de la sagrada bandera el catorce de julio francés. Había que ver a los súbditos del káiser festejando la revolución, la guillotina de los monarcas y cantando La Marsellesa como  un coro de agradadores ingenuos.

Para que haya narración, tiene que haber alguien que narre la historia. En Los cuatro jinetes del Apocalipsis esta función la cumple un narrador en tercera persona sin complicaciones que recorre los distintos escenarios por los que transcurren los hechos protagonizados por tres generaciones de la familia Desnoyers. El autor narra la parte final de la novela, la guerra cruda, mediante un viaje del padre, Marcelo Desnoyers, al corazón de los acontecimientos bélicos durante la batalla del Marne, seguramente para compensar un poco la deserción de sus deberes patrióticos al tomar las de Villadiego en la guerra de 1870. La espeluznante narración de los horrores de la guerra es, a mí juicio, la parte más pedagógica de la historia. Los campos teñidos de sangre seca, la carne talada de las docenas de miles de soldados usados como carne de cañón por los señores de la guerra, señores feudales de horca y cuchillo dispuestos a cambiar la historia a bombazos pone a los lectores a reflexionar. Una historia de amor secundaria y sin final feliz se diluye en las trincheras embarradas de la Primera Guerra Mundial. 



 Un clarin se oye 
peligra la patria 
y al grito de guerra 
los hombres se matan 
cubriendo de sangre 
los campos de Francia
Carlos Gardel




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.




jueves, 13 de diciembre de 2018

Cien años de soledad (12). Gabriel García Márquez. Cuando te vas.





"Todos los habitantes se echaron a la calle y vieron a Aureliano Triste saludando con la mano desde la locomotora"


Cien años de soledad (12) 
Gabriel García Márquez 

El matrimonio entre Aureliano Segundo y Fernanda del Carpio está a punto de naufragar a los dos meses de casarse. Cuando ella se entera de que él se ha hecho una foto con Petra Cotes vestida de reina de Madagascar, le entran los siete males de los celos, hace los baúles y se vuelve a la ciénaga. Aureliano Segundo tiene que prometerlo todo y abandonar a la concubina para que ella vuelva con el corazón herido y las maletas. Petra Cotes no muestra signos de preocupación porque él la abandone, ya volverá. Adopta la postura de una fiera en reposo. Conoce su fuerza porque ella lo hizo hombre, lo sacó del taller de Melquiades y lo moldeó a su gusto, como un ser vital y desabrochado, propenso a la juerga permanente y al despilfarro. Al calor de la parranda organizada por los amigotes la coronan soberana vitalicia de Madagascar. Ella experimenta el placer frío de la venganza consumada al tenerlo postrado a sus pies momentáneamente. Organiza un plan de espera sin desesperación; ante la resistencia masculina ella aparenta sumisión de pobre mujer abandonada, digna de lástima. 

Aureliano Segundo comprende pronto que Fernanda es una mujer perdida para el mundo; viene de una ciudad cerrada por cuyas calles aún traquetean las carrozas de los virreyes y el aire muere en los cipreses altos de los patios. No sale de su casa hasta los doce años cumplidos para entrar en el convento. Los padres venden hasta el colchón para pagar los gastos de una educación de reina durante ocho años seguidos. Cuando regresa de la burla del carnaval de Macondo, llora desconsoladamente encerrada en su cuarto hasta que Aureliano Segundo la encuentra, siguiendo el rastro del oficio de sus padres: tejedores de palmas fúnebres y su perfecta dicción del páramo, extraviado por desfiladeros de nieblas y laberintos de desilusión. El encuentro es para ella la fecha de su nacimiento; para él significa el principio y fin de la felicidad. 

Fernanda trae consigo un calendario con los días hábiles para el contacto sexual anotados. No pasan de cuarenta y dos al año una vez descontados los domingos, las fiestas de guardas, los primeros viernes, los sacrificios y los impedimentos cíclicos. A Aureliano le queda la esperanza de que el tiempo que todo lo cura, acabe por romper la alambrada hostil. No le permite el primer acercamiento hasta dos semanas después. En lugar de los pantalones de lona de velero que Úrsula había llevado al lecho nupcial, Fernanda, la mujer más bella de la tierra, se pone un camisón blanco, largo hasta los tobillos y mangas cerradas hasta los puños, “con un ojal grande y redondo primorosamente ribeteado a la altura del vientre”. Sólo con la fiebre de la reconciliación cede a los apremios varoniles, pero no consigue el reposo que Aureliano Segundo sueña cuando va a buscarla a la ciudad de los treinta y dos campanarios. 





"Se dolió de no tener los arrestos de la juventud para promover una guerra sangrienta que borrara hasta el último vestigio del régimen conservador"


Aureliano Segundo admite que visita a Petra Cotes, pero sólo para que sigan pariendo los animales. Fernanda lo acepta, finge que no conoce la realidad, con la condición de que no muera en la cama de la otra. Así se asienta el trío, sin estorbarse, durante años y años. 

Amaranta se incomoda con Fernanda por la dicción perfecta, esmerada, el uso de eufemismos políticamente correctos, el odioso lenguaje inclusivo para todo. Ella le habla en jerigonza:  
-Esfetafa -decía- esfe defe lasfa quefe lesfe tifiefenenfe asfacofo afa sufu profopifiafa mifierfedafa. Desde ese día se retiran el saludo y la palabra. 

Poco a poco Fernanda va cambiando las costumbres de la casa a pesar de la oposición de los Buendía. El acto cotidiano de la comida a la mesa adquiere la rigidez y solemnidad de una misa mayor. El rezo del rosario antes de cenar es obligatorio, liquida el negocio de los animalitos de caramelo, cierra las puertas de la casa siempre abiertas desde los años de la fundación y cambia el ramo de sibila y el pan candeal de la puerta por un nicho del Sagrado Corazón. Tan sólo permite al verso suelto de Aureliano Buendía, al que considera un animal apaciguado por los años, la costumbre de sentarse al atardecer a la puerta de la calle. 

Al primer hijo lo llaman José Arcadio y a la primera hija la bautizan Renata Remedios. Consideran al abuelo Fernando como un ser legendario que cada Navidad les envía un gran cajón de regalos que nunca son para jugar. Son los restos empaquetados del patrimonio familiar que poco a poco va trasladando el esplendor funerario, el cementerio familiar, de una casa a otra. El décimo envío es el último, cuando el pequeño José Arcadio está listo para ingresar en el seminario. En él viaja el cadáver del abuelo Fernando pestilente, ya mordido por los gusanos de la putrefacción e invadido por las moscas de los muertos. 

El gobierno organiza un acto para celebrar el tratado de paz de Neerlandia. Aureliano rechaza los honores porque el jubileo no puede ser más que una burla al coincidir con el carnaval. Lo único que quiere es que lo dejen con su paz de artesano humilde que fabrica pececillos de oro. Amenaza con pegarle el tiro que no le dio al presidente cuando debió hacerlo si aparece por Macondo, dolido porque hasta Gerineldo Márquez abandone por un rato su silla de paralítico y que intente convencerle de que aceptar la medalla de manos del presidente no debe ser tan malo. 




"Había pasado tanto tiempo desde que el sol momificó el pellejo vacío del último animal..." 

Admite una excepción, recibe en su taller a los diecisiete mozos que se reúnen con su padre atraídos por el ruido del jubileo, venidos desde todos los rincones del litoral. En los tres días que pernoctan en la casa causan trastornos de guerra: “Hicieron añicos media vajilla, destrozaron los rosales persiguiendo un toro para torearlo, mataron las gallinas a tiro, obligaron a bailar a Amaranta los valses tristes de Pietro Crespi, consiguieron que Remedios, la bella, se pusiera unos pantalones de hombre para subirse a la cucaña, y soltaron en el comedor un cerdo embadurnado de sebo que revolcó a Fernanda, pero nadie lamentó los percances, porque la casa se estremeció con un terremoto de buena salud”. Hasta José Arcadio Segundo les organiza una tarde de peleas de gallos y Aureliano Buendía se divierte con sus locuras y les regala un pescadillo de oro al marcharse de vuelta a sus quehaceres, pues todos son buena gente, hábiles artesanos y hombres de su casa. 

Aureliano Segundo ofrece trabajo a todos los primos al ver las perspectivas de parranda ofrecidas por tanto mocerío junto. Aureliano Triste se queda. Monta una fábrica de hielo, el sueño cumplido de José Arcadio Buendía. Como es el Miércoles de Ceniza, todos quedan marcados como las reses con una cruz de ceniza indeleble en la frente. Ese día van a misa por acompañar a Amaranta, antes de desparramarse por los pueblos del litoral. 

Aureliano Triste descubre que Rebeca aún vive medio momificada en la vieja casona desvencijada de la Plaza Mayor. Descubre cómo se las gasta cuando al ir a preguntar por el alquiler lo recibe a punta de pistolón militar, defendiendo el privilegio de la soledad. Por febrero vuelven los dieciséis hijos aurelianos. Le restauran por las bravas la fachada, puertas y ventanas en medio día de trabajo de manera atolondrada, pero no les permite tocar el interior. Rebeca les paga con monedas retiradas hace tiempo de la circulación. Entonces comprenden hasta qué punto vive desvinculada del mundo. 

De la segunda visita de los dieciséis aurelianos a Macondo, se queda Aureliano Centeno, uno de los mayores, marcado por la viruela y dotado de un pavoroso poder destructor. Fernanda le compra vajilla de peltre para que no acabe con todos los platos de la casa. Trabaja como un burro sin conocimiento y en poco tiempo la producción de hielo inunda el mercado local. Aureliano Triste piensa en extender el negocio a otras poblaciones de la ciénaga. Aureliano Segundo le financia y se marcha a traer el ferrocarril mientras Aureliano Centeno diversifica el negocio del hielo e introduce la fabricación de helados. Aureliano Triste aparece el invierno siguiente en una máquina de tren lanzando alaridos y saludando con la mano a la muchedumbre que le recibe. El tren que tantas calamidades y nostalgias traería a Macondo


 When you leave 
There's cordite in the air 
A ringing in the stillness 
Smoke drifting up the stair
Mark Knopfler





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Cien años de soledad (11). Gabriel García Márquez. El tiempo me va matando.




"Ya esto me lo sé de memoria. Es como si el tiempo diera vueltas en redondo y hubiéramos vuelto al principio"


Cien años de soledad (11) 
Gabriel García Márquez 

José Arcadio Segundo detesta la guerra y las maniobras militares desde el día que ve la sonrisa triste y los ojos sorprendidos del fusilado al meterlo, medio vivo, en la caja de madera rellena de cal. La visión lo empuja a la iglesia. Entra de monaguillo, de ayuda de Petronio, el sacristán. Le echa una mano a tocar las campanas y ayudar a la misa del titular de la parroquia, don Antonio Isabel. Cuida también de los gallos de pelea del cura en el patio de la casa parroquial, para disgusto de Gerineldo Márquez que ve cómo el pequeño Buendía aprende oficios repudiados por los liberales. A Úrsula no le parece mal que se meta cura, ya es hora de que entre un poco de Dios en la casa de locos. 

Don Antonio Isabel le enseña el catecismo mientras afeita el pescuezo a los gallos. José Arcadio Segundo aprende los trucos de los galleros junto a las martingalas teológicas que confunden al diablo y al Dios de los altares. Dos días antes de la primera comunión lo confiesa con la ayuda de una lista larga de pecados, le sorprende que le pregunte si ha cometido actos impuros con los animales, sabedor de su afinidad con Petronio que hace sus cosas con las burras. Los martes por la tarde lo acompaña, a él y su banqueta, en la visita semanal a los jumentos. Se aficiona tanto que no se le ve por la tienda de Catarino en mucho tiempo. Úrsula no le deja tener los gallos en la casa, pero tiene a su disposición la de Pilar Ternera, la otra abuela, que se la deja con tal de tenerlo cerca. Pronto gana con los gallos suficiente dinero para aumentar la ganadería gallinácea y procurarse satisfacciones de hombre. 

Aureliano Segundo se enclaustra en el cuarto de Melquiades hasta que Petra Cotes, “una mulata limpia y joven, con unos ojos amarillos y almendrados que le daban a su rostro la ferocidad de una pantera, pero tenía un corazón generoso y una magnífica vocación para el amor”, lo saca a empujones del ensimismamiento de los libros antiguos. Los dos gemelos comparten la mujer durante un tiempo. El trío comparte también la enfermedad de la mala vida que se pegan mutuamente y que curan por separado durante tres meses de sufrimientos secretos. 

Aureliano Segundo se convierte en un virtuoso del acordeón que le toca en una rifa amañada por Petra Cotes, la vendedora de los cupones. Los sonidos desafinados ocupan el patio de la casa, para disgusto de Úrsula que considera el acordeón un instrumento propio de mendigos herederos de Francisco el Hombre. Consigue el perdón de su hermano por compartir la mujer a escondidas, se casa con ella y están juntos hasta la muerte. 




"Nadie supo entonces en que momento empezó a tocar las campanas en la torre"

Cuando llega el primer hijo, Úrsula, ya centenaria y ciega de cataratas, se ofrece a cuidar al tataranieto. Hará de la criatura el hombre nuevo que regenere a la estirpe degradada. Si Dios le da vida suficiente, será Papa; lo alejará de las cuatro calamidades culpables de la decadencia de la familia: la guerra, los gallos de pelea, las mujeres de vida alegre y las empresas delirantes. 

Las celebraciones se hacen corrientes en la casa de los Buendía desde que Aureliano Segundo se hace cargo del hogar. Nada en la abundancia desde que se empareja con Petra Cotes. La mantiene de concubina con el consentimiento de Fernanda, convencido de las dotes mágicas que hace parir trillizos a las yeguas, poner dos huevos diarios a las gallinas y a los cerdos engordar del aire, sin gastar en comida. Su preocupación es gastar la riqueza acumulada y acompañar a Petra Cotes en el paseo entre los animales para que sucumban a la peste de la proliferación sin freno. 

Aureliano Segundo conoce a Petra Cotes por casualidad, como le ocurren todas las cosas extraordinarias de su larga vida. Forman una pareja frívola sin más preocupación que acostarse todas las noches y retozar hasta el amanecer. Se emboba tanto que sólo piensa en buscarse un trabajo que le permita mantenerla y “morirse con ella, sobre ella y debajo de ella, en una noche de desafuero febril”. Rechaza dedicarse a fabricar pescaditos de oro como el coronel Aureliano Buendía en su pacífica vejez; carece de la paciencia necesaria para convertir las monedas de oro que consigue con la venta en nuevos pececitos y así sucesivamente en un círculo vicioso de engarzar, incrustar láminas, montar, vender y vuelta a fundir sin conseguir beneficio, sin más recompensa que el trabajo de fabricar pececitos. 

Un día se da cuenta de que la gente de Macondo, harta ya de las rifas de conejos de Petra Cotes cuyo crecimiento incontrolado ha devenido en plaga, cambia los conejos por vacas que empiezan a parir trillizos y entra en un proceso de prosperidad delirante, llena de caballerizas, de pocilgas desbordadas y grandes extensiones de terreno y ganados. Como consecuencia, Macondo naufraga en un periodo de milagrosa bonanza económica. Las viejas casas de los fundadores fabricadas de barro y cañas son reemplazadas por casas de ladrillo, ventanas con persianas y pisos de cemento que hace más llevadero el calor del mediodía. 

José Arcadio Segundo lleva una existencia oscurecida, de bajo perfil, sin destacar en ningún cometido, ni siquiera como alborotador de gallera. No se le conoce mujer salvo la aventura precaria con Petra Cotes. Hasta que un día Aureliano Segundo le cuenta la historia fantástica del costillar carbonizado del galeón español encallado en el río. El galeón es una epifanía porque desde ese día se empecina en hacer el río navegable hasta Macondo. Vende los gallos, compra herramientas y recluta gente. Su hermano gemelo le financia la empresa descomunal de romper “las piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”, horadar montañas y nivelar cataratas. Al cabo de bastante tiempo aparece en una extraña balsa de troncos tirada desde las orillas por una veintena de hombres río arriba. Es la primera y última vez que una nave atraca en Macondo. Lo único ligeramente permanente que queda de aquella desventura, además de la llegada de Fernanda del Carpio, son las matronas francesas que alborotan con sus costumbres licenciosas a los varones del pueblo. La tienda de Catarino se vuelve vieja y cutre a ojos de la clientela. 





"Nunca reconoció el fracaso de su empresa sino que proclamó su hazaña como una victoria de la voluntad"

La hermosura de Remedios, la bella, es legendaria, hasta los hombres menos piadosos, los que dicen misas sacrílegas en la tienda de Catarino, van a misa por contemplar su belleza aunque sólo sea un instante, pues Úrsula la obliga a taparse la cara con una mantilla negra. Los que lo consiguen, pierden el sueño de forma instantánea. 

Las páginas dedicadas a la descripción de Remedios, la bella, son otra pieza maestra de Gabriel García Márquez. Qué calidad de estructura narrativa, qué riqueza de crudeza léxica albergan estos párrafos que provocan la muerte por desamor junto a la ventana del comandante. El triunfo de la belleza sobrenatural, tema usual del Barroco, que tapa el retraso intelectual de la joven hasta los veinte años, no sólo en leer y escribir, hay que vestirla y lavarla hasta bien avanzada la pubertad. Expresión de la libertad natural, candidez pura, pureza excepcional. Naturaleza en estado de inocencia arbórea, como José Arcadio Buendía. Cómo su hermano Aureliano Segundo le recomienda al comandante que se olvide de ella, las Buendía hembras son peores que las mulas, entrañas de pedernal. La degradación del soldado hasta morir por ella y su corazón de mármol frío: “Dice que se está muriendo por mí, como si yo fuera un cólico miserere”. 

La concentración exigida por la fabricación de pescaditos de oro avejenta a Aureliano Buendía más que todos los años de la guerra. Consciente de que “el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”, se desentiende de todos los asuntos de la guerra y la política. Sentadito en una piedra a esperar el paso de su entierro. No le inquieta ni el nombramiento de Remedios, la bella, como Reina del Carnaval, cuando en medio del jolgorio y explosión de alegría de la muchedumbre celebrando la belleza aparece una comparsa multitudinaria que acompaña a Fernanda del Carpio para proclamarla Reina de Madagascar. Aureliano Segundo equilibra las dos bellezas subiéndolas al mismo pedestal. El equilibrio se rompe al grito de ¡Viva el partido liberal! Unas descargas de fusilería ahogan el jolgorio y oscurecen los fuegos artificiales. La gente ve que los disparos salen de un escuadrón del ejército disfrazados de beduinos que acompañan a la reina, pero la verdad nunca se esclareció. Lo que queda en Macondo de aquella jornada es una fosa común con todos los cadáveres disfrazados de carnaval. Los dos hermanos gemelos ponen a salvo  a las dos reinas en medio de la confusión. Úrsula las cuida sin distingos. A los seis meses Aureliano Segundo la va a buscar donde vive con su familia y se casa con ella, las celebraciones duran veinte días.


El tiempo que va pasando, 
Como la vida, no vuelve más. 
El tiempo me va matando 
Y tu cariño será, será.
Jorge Cafrune



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



jueves, 29 de noviembre de 2018

Filek. El estafador que engañó a Franco. Ignacio Martínez de Pisón.





¿Quién sabe a qué fosa común o depósito de cadáveres fueron a parar sus restos, como suele ocurrir con los indigentes, fueron utilizados para las prácticas de Anatomía de los estudiantes de Medicina?

Filek 
El estafador que engañó a Franco 
Ignacio Martínez de Pisón. 

Cuando uno menos se lo espera, salta la liebre;  pero hay que salir de casa, patear el campo y sudar la gota gorda desde el amanecer para pillarla en la cama. Martínez de Pisón es un cazador de historias en los libros de otros. Lo que el autor demuestra es que dentro de todo escritor hay un gran lector. Un párrafo de unas diez líneas levantó la liebre de una historia. Paul Preston escribió una biografía de Franco en 1993, en ella cita a Filek, un austriaco con “von” delante, como el “de” del autor de apellido compuesto, que imprime nobleza o hidalguía de pobre como a don Quijote o de un caballero tieso por la calle Sierpes. Filek intentó engañar al Caudillo con un invento que producía combustible a partir de las aguas del río Jarama (famoso por los toros bravos que se criaban bravíos en su ribera y luego por la batalla ganada por las tropas republicanas durante la Guerra Civil, a decir de una copla de la época hubo italiano que en la huida llegó hasta Badajoz. Guadalajara no era Abisinia). El libro es un tocho de medio kilo de papel cuya lectura es un castigo, a mi pensar. 





La historia del estafador internacional Albert von Filek contada por Martínez de Pisón comienza en Madrid un par de meses antes del martes catorce de abril de 1931. Ese día las gentes de Madrid se echan a la calle a celebrar la proclamación de la República a la par que el rey Alfonso XIII se dirige en coche a Cartagena a embarcarse rumbo al exilio. Lo cuenta Josep Pla que esa misma mañana llega en tren a la capital desde Barcelona. Rafael Cansinos-Assens describe la atmósfera madrileña y la juerga que dura toda la noche en “La novela de un literato”. Josep Pla ve: “grupos de aspecto suburbial, con alguna mujer, ligeramente bebidos, con banderas, latas de petróleo, trozos de estatuas mutiladas o derribadas, que seguían gritando y cantando pero con aire de estar ya un poco cansados”. Este párrafo nos ofrece un ejemplo extraordinario de cómo contar la historia, de manera ágil, indagando en los escritos de autores coetáneos que la expresaron a través de testimonios directos y sensaciones propias. 

No es la primera vez que Filek vive en directo el destronamiento de un rey, ya había visto caer la monarquía austriaca en 1918 encarnada en el emperador Carlos. 

Charles de Foltz Jr en su obra “The Masquerade in Spain” cita a Filek por su relación con los aristócratas que apoyan a Sanjurjo en la asonada de 1932. Nada tiene de raro que un militar austriaco depurado se relacione con los militares monárquicos mandados a la reserva por la Ley Azaña. En esos momentos de la realidad social española los aristócratas gozaban de poca salud, eran los apestados, como ahora los políticos para la gente con un móvil en la mano. Escondían sus distinciones, arrancaban los escudos y blasones adosados a los edificios nobles quedando reducidos a viejas casonas manchegas sin más atractivo. No como Don Guido de Antonio Machado que repintaba los blasones y era maestro en refrescar manzanilla. Corpus Barga cuenta en “Paseo por Madrid” cómo propiedades del ejército y de la monarquía pasaban al patrimonio municipal, la vieja sociedad patricia perdía pujanza de un día para otro. 

Filek lo había vivido en Viena, humillado por su licenciamiento forzoso del ejército, considerado un paria por los suyos por no haber ganado la guerra, si al menos hubiera palmado… Así lo cuentan novelistas centroeuropeos, desconocidos para nosotros, muy reconocidos en su país, como Joseph Roth o Lernet-Holenia. Los soldados se convierten en mendigos, benefactores de la ración semanal de legumbres -la sopa boba- que les proporcionan las sociedades asistenciales. 





"Por una cuestión de cautela y de vergüenza, las autoridades no llevaron a Filek ante los tribunales".
Obra de Venancio Blanco

Particularmente interesante es la descripción de la situación política y social en el avispero de los Balcanes que lleva a la primera guerra mundial (sobre todo porque ya hemos leído demasiado sobre la guerra civil y posguerra). El desmoronamiento del imperio austro-húngaro y los diez millones de muertos que acaban con el sueño del progreso indefinido. Como para no estar preocupado por las escaladas de violencia entre Ucrania y Rusia que aquí parece que no existe o la doméstica con el auge de los nacionalismos. Nadie de aquellos que gritaban: ¡Guerra! ¡Guerra!, o ¡Viva la guerra! se imaginaba lo que se le avecinaba a aquellos corazones inflamados de nacionalismo y libertad. Lo señalaba de manera magistral Stefan Zweig: “Espíritu de sacrificio y alcohol, espíritu de aventura y pura credulidad, la vieja magia de las banderas y los discursos patrióticos […] ¿Quién en los pueblos y ciudades recordaba la guerra de verdad? A lo sumo cuatro viejos que en 1866 habían combatido contra Prusia… Por eso gritaban y cantaban en los trenes que los llevaban al matadero”. 

 El autor se imagina a Albert von Filek entrando en una leva de soldados húngaros a los veinticinco años. La única constancia de certeza es una lista publicada en un periódico local. Se imagina que luchó en el frente italiano sufriendo una severa derrota entre montañas nevadas y valles rellenos de lagos en las hondonadas. El punto de partida de esta novela de investigación periodística, como hemos señalado, es el año treinta y uno en España, momento crítico en la historia doméstica. Después, con la conocida técnica narrativa de contar las cosas desde atrás, nos presenta el recorrido del protagonista hasta ese momento. Luego, sus vivencias durante la Segunda República, la Guerra Civil desde una cárcel de Madrid, la liberación y más cárcel hasta su muerte en Hamburgo en el año 1952. La obra supone un ratón de biblioteca investigando en libros, registros, archivos o hemerotecas de periódicos locales antiguos de una época convulsa y clave en Europa porque en ese momento se configura la actual estructura geopolítica europea. Lean la novela si quieren una visión de la Guerra Civil desde una cárcel de Madrid y la posguerra de un buscavidas que vive sin dar ni golpe hasta volver a dar con sus huesos en la cárcel, contada con la capacidad de Martínez de Pisón para tramar historias de una forma rigurosa y con su prosa de altos vuelos.


Academia de corte y confección, 
Sabañones, aceite de ricino, 
Gasógeno, zapatos Topolino, 
El género dentro por la calor 
Para primores galerías Piquer, 
Para la inclusa niños con anginas, 
Para la tisis caldo de gallina, 
Para las extranjeras Luis Miguel 
Para el socio del limpia un carajillo, 
Para el estraperlista dos barreras, 
Para el corpus retales amarillos
Joaquín Sabina




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.