jueves, 15 de noviembre de 2018

Cien años de soledad (9) Gabriel García Márquez. La vida es una apuesta.





"Fue también por esa época que se restauró también el edificio de la escuela."


Cien años de soledad (9) 
Gabriel García Márquez 

Al terminar la guerra, el general José Raquel Moncada es nombrado corregidor de Macondo. Ha llegado a general por méritos de guerra a la vez que el coronel Aureliano Buendía se enredaba entre las escombreras y los desfiladeros tortuosos de la revolución permanente, pero se considera antimilitarista. Piensa que los militares son unos holgazanes intrigantes, expertos en enfrentar a los civiles para medrar en el desorden. Su mérito no es menor: ha llegado a treguas con Aureliano Buendía para intercambiar prisioneros durante la guerra. Alguna vez hablan incluso de instalar un régimen patriótico y humanitario tomando lo mejor de cada doctrina: el sendero de la tercera vía de todas las guerras, camino incierto cegado maleza. 

Macondo prospera durante su mandato, Bruno Crespi construye un teatro que las compañías españolas incluyen en sus giras americanas. Se restaura la escuela. Viene don Melchor Escalona, un nuevo maestro ya de edad, representante de la vieja escuela, mandado desde la ciénaga y partidario de la doctrina de la letra con sangre entra. Aplica el castigo severo a los alumnos desaplicados. Aureliano Segundo y José Arcadio Segundo prueban el método radical de don Melchor. Remedios empieza a volver tarumba a los muchachos con su belleza. El negocio de repostería de Úrsula, ayudada por las manos piadosas de Santa Sofía de la Piedad, marcha como un tiro. En poco tiempo vuelve a llenar de oro las calabazas de debajo de la cama vaciadas por la guerra. “Mientras Dios me dé vida no faltará la plata en esta casa de locos,” asegura Úrsula de una casa cuyo gobierno se le escapa de las manos. 

Así están las cosas cuando aparece por la puerta, “macizo como un caballo,” Aureliano José. Ha empuñado la bandera del desertor de la revolución permanente en Nicaragua. Viene con la intención de casarse con Amaranta. Dispuesto a cualquier cosa con tal que ella baje los puentes levadizos de la fortaleza. No le importa que el pecado mortal engendre un armadillo. Al principio ella le da alguna esperanza al no echar la aldaba de la puerta de su dormitorio, hasta que un día al volver al cuarto la encuentra cerrada para siempre. La fortaleza ha aguantado el asedio, Amaranta, una  Buendía de buena casta, conserva la virtud intacta. No como Úrsula que al final cedió ante el acoso original de José Arcadio Buendía. 

La tensión se masca en el aire electrizado de Macondo. Se suspenden las riñas de gallos. El capitán Aquiles Ricardo asume el poder municipal. La pasión de Aureliano José por Amaranta se extingue sin dejar cicatrices. Sobrelleva la soledad como hacen los Buendía varones: en la tienda de Catarino o con mujeres ocasionales que le suministra Pilar Ternera, su madre biológica. Todos los hombres son iguales, se lamenta Úrsula: “Al principio se crían muy bien, son obedientes y formales y parecen incapaces de matar una mosca, y apenas le sale la barba se tiran a la perdición.” 

Las cartas augures echadas por Pilar Ternera vuelven a hablar, le dicen que morirá de viejo en brazos de Carmelita Montiel, mujer virgen de veinte años, siete hijos después. Una mala interpretación porque esa misma noche que lo espera en el cuarto de Pilar Ternera, Aureliano José muere de un tiro al corazón disparado por el capitán Aquiles Ricardo cuando guarda cola para asistir a la obra de José Zorrilla: “El puñal del zorro,” título modificado porque en Macondo llaman godos a los conservadores. El capitán Aquiles Ricardo cae desplomado cuando aún no ha terminado el eco del disparo homicida, atravesado por dos balazos de origen desconocido. Un grito coral cierra la noche: “Viva el partido liberal! ¡Viva el coronel Aureliano Buendía!” 





"Dispuesto a renunciar por Amaranta a una gloria que le había costado el sacrificio de sus mejores años."


Una mujer exuberante se presenta en la casa a los pocos meses del regreso de Aureliano José. Trae de la mano un niño de cinco años y dice que es hijo de Aureliano Buendía, quiere que Úrsula lo acristiane. Nadie duda de su precedencia porque es el vivo retrato de su padre. Lo llaman Aureliano - cómo si no-, pero con el apellido de la madre, al menos hasta que el padre lo reconozca. Antes de terminar el año otros nueve niños varones pasan por Macondo para que Úrsula los bautice, todos hijos de Aureliano Buendía. Se las ponen como a Felipe II y el que es gallo fino no dice que no a tanta gallina en el gallinero. Hasta diecisiete madres con otras tantas criaturas, según las cuentas de Úrsula, aspirantes a las aguas del Jordán, bautizadas y nombradas Aureliano

El uno de octubre unos mil hombres mandados por Aureliano Buendía atacan Macondo y detienen al general Moncada cuando intenta escapar amparado por la noche. Lo llevan a la casa preso hasta que sea juzgado por el consejo de guerra revolucionario. Úrsula extraña al hijo, parece un intruso vestido de militar y botas altas de cuero, espuelas embadurnadas de barro y sangre reseca. “Su rostro cuarteado por la sal del Caribe había adquirido una dureza metálica.” Un tipo duro capaz de todo. Entierran las bajas en la fosa común. Encarga a Roque Carnicero que meta prisa en los juicios sumarísimos y decreta las reformas judiciales. No hay tiempo que perder, es necesario que cuando lleguen los políticos se encuentren con hechos consumados, tierra quemada con todo lo anterior. Anula de un plumazo los títulos de propiedad de su hermano José Arcadio, restituye las tierras a sus legítimos propietarios anteriores. A Rebeca le da igual, su reino ya no es de este mundo. Aureliano Buendía siempre fue un descastado. Los juicios de guerra condenan a muerte por fusilamiento a todos los oficiales prisioneros del ejército regular. 

De nada sirve la movilización de las mujeres de los oficiales condenados unidas a las viejas fundadoras. Las mujeres de blanco que están a favor del general Moncada son las mismas heroicas participantes en la larga marcha por la sierra hasta Macondo, organizadas y dirigidas por Úrsula ante el tribunal piden al coronel Aureliano Buendía la amnistía para el general. Paso de perdedores para la nueva casta dirigente. Ellas sostienen que Aureliano odia tanto a los militares que ha terminado por superarlos en maldad. El general José Raquel Moncada es fusilado al amanecer. 

La guerra ocurre lejos. El coronel Gerineldo Márquez mantiene contacto con Aureliano Buendía a través del telégrafo dos veces por semana. Intercambio codificado en puntos y rayas que se va borrando en un universo de irrealidad hasta difuminar en la abstracción toda información de la guerra. Siente el hastío de una lejana guerra estancada. El costurero de Amaranta es su refugio, la compañía recíproca y un corazón indescifrable que rechaza la sumisión de aquel hombre investido de un poder arbitrario que gobierna por la fuerza bruta de las botas y el decreto, sin embargo, dispuesto a renunciar a todo por ella. Ella se encierra en su habitación a llorar su soledad hasta la muerte. Ruega que el rencor que contrae las pupilas,  disipa los colores y que comienza a anidar en su corazón contra Remedios, la bella, apenas una adolescente que parece retrasada mental, “pero ya la criatura más bella que se había visto en Macondo” no renazca en el odio africano que la llevó a desear la muerte de Rebeca




"Siempre había alguien fuera del círculo de tiza"


Aureliano Buendía entra en Macondo sin ruido, envuelto en una manta ruana a pesar del calor sofocante. Viene con tres amantes que le dan satisfacción rudimentaria en su eterna hamaca de noche o a la hora de la siesta. La guerra pasa por un momento crítico. Los políticos que la financian desde el extranjero desaprueban el radicalismo del coronel, pero eso a él no le inmuta. Embriagado de poder, traza un círculo de tiza de tres metros por donde quiera que va y en cuyo interior no entra nadie, ni su madre puede pasar la raya. Desde el interior decide el destino del mundo, sus deseos son órdenes para los edecanes que le rodean. 

Por esa época Aureliano Buendía convoca una segunda reunión de los principales comandantes rebeldes. La revolución da guarida a gentes que quieren llevarse la vida por delante, allí hay de todo: “idealistas, ambiciosos, aventureros, resentidos sociales y hasta delincuentes comunes.” A nadie importa su vida anterior. En medio de esa chusma abigarrada destaca el general Teófilo Vargas, una máquina entrenada para matar oponentes, una autoridad tenebrosa de malicia taciturna que suscita en sus partidarios un fanatismo demente. En unas horas se hace con el mando unificado que pretendía Aureliano con la reunión. A los quince días perece despedazado a machetazos en una emboscada urdida por los seguidores del coronel Aureliano Buendía, ya tiene vía libre para asumir el mando central el coronel. 



Well, I'd sooner forget, but I remember those nights 
Yeah, life was just a bet on a race between the lights 
You had your hand on my shoulder, you had your 
hand in my hair 
Now you act a little colder like you don't seem to care.
Dire Straits


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 7 de noviembre de 2018

Cien años de soledad (8) Gabriel García Márquez. Qué dulce gobierna el freno.




"Volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada"

Cien años de soledad (8) 
Gabriel García Márquez 

El coronel Aureliano Buendía encuentra la casa llena de alegría y vida nueva. Un coro infantil le da la bienvenida, su hijo Aureliano José le rinde honores militares disfrazado de oficial de alta graduación. Úrsula recoge a la viuda Santa Sofía de la Piedad y sus tres hijos. A la mayor la llaman Remedios y a los gemelos, que nacen cinco meses después, los llama Arcadio Segundo y Aureliano Segundo. La sangre fundadora recrece y hace genealogía. 

José Arcadio y Rebeca se mudan a la casa que el fusilamiento de Arcadio deja vacía en la plaza de Macondo. Una tarde de septiembre José Arcadio regresa de cazar, atiende el caballo, amarra los perros montaraces, deja el sartal de conejos en la cocina y al rato el estampido de un pistoletazo retumba la casa y cae muerto el coloso José Arcadio. El misterio del autor del disparo aún permanece. Del cadáver sale un hilo de sangre viajera, recorre las calles de Macondo, entra y sale de las casas, llega a la madriguera de los Buendía y regresa al origen cuando ya la sangre ha dejado de salir del oído derecho del cadáver. El cuerpo está intonso, sin herida ninguna y envuelto en un penetrante olor a pólvora que nadie logra quitar hasta que varios años después los empleados de la compañía bananera encapsulan la tumba con una coraza de hormigón. Sacar el cadáver y enterrarse en vida es todo uno para Rebeca. Sólo la criada Argénida tiene contacto con ella. Se le recuerda una salida de la casa, ya de bastante vieja, porque provoca un calor africano que atolondra a los pájaros que rompen los cristales de las ventanas y entran a morir en los dormitorios. Lo último que se le recuerda es que mata de un tiro a un ladrón que intentaba robar en la casa. El pueblo se olvidó de ella como se olvida a los muertos. 

Aureliano Buendía está con la mosca detrás de la oreja sobre las victorias de los liberales. Se alegra de las batallitas ganadas por no defraudar el júbilo de la población, pero él sabe que están perdiendo la guerra porque las tropas se están metiendo en la selva cada vez más, la lucha con la malaria y los mosquitos siempre se pierde,  como se pierde la pugna contra el legendario invierno ruso. Eso piensa él tumbado en su hamaca, espantando moscas a más de treinta y cinco grados de temperatura húmeda del Caribe. La situación no tiene pinta de cambiar mientras los políticos cabrones de su partido “estén mendigando un puesto en el Congreso.” 


"Tenía conciencia de estar acorralado contra el mar"


“Cuídate la boca.” Le dicen las cartas echadas por Pilar Ternera. A los dos días sobrevive de milagro a un café sin azúcar cargado con una dosis de nuez vómica capaz de matar un caballo. Úrsula se lo disputa a la muerte. Durante la convalecencia, envuelto en la neblina del veneno e inspirado por las muñecas polvorientas de Remedios, Aureliano vuelve a escribir. Plasma en sus escritos las experiencias de un guerrero en permanente peligro  de muerte. Reflexiona con Gerineldo Márquez sobre la guerra, Gerineldo pelea por el partido liberal, para honrar a los caídos, por los ideales liberales. Aureliano lucha por orgullo, según él mucho mejor que pelear por algo que significa poco o nada para la gente. Aureliano se siente dolido porque su partido le haya etiquetado como bandolero, por eso se niega a unir sus tropas rebeldes con las de interior. Al final se come el orgullo particular, deja a Gerineldo como jefe civil y militar de Macondo y se marcha en busca de los rebeldes del interior decidido a romper definitivamente el círculo vicioso de la guerra. 

Gerineldo tiene más cualidades para la acción militar que para el gobierno. Los asesores a menudo lo enredan en laberintos teóricos, pero consigue una paz rural a la sombra del campanario, una paz soñada por Aureliano para envejecer fabricando pececitos de oro. Gerineldo ha sentido atracción por Amaranta desde la niñez, pero ella siempre lo rechazó; primero, cuando su pasión solitaria por Pietro Crespi; luego, porque ya no quiere casarse con nadie y menos con él que le pide casamiento porque no puede casarse con Aureliano. El orgullo de los Buendía en el asta. 

Estando en Riohacha, Aureliano presiente la muerte de su padre, así se lo hace saber a Úrsula en una de las cartas que escribe a Macondo cada dos semanas. Úrsula decide sacarlo del patio, cambiarlo a una de las salas. Siete hombres como castillos son necesarios para llevarlo a la rastra. La estancia prolongada bajo el castaño ha desarrollado la facultad de aumentar de peso voluntariamente. “Un tufo de hongos tiernos, de flor de palo, de antigua y reconcentrada intemperie impregnó el aire del dormitorio cuando empezó a respirarlo el viejo colosal macerado por el sol y la lluvia.” Los últimos tiempos ya “casi pulverizado por la profunda decrepitud de la muerte,” sólo se comunica con Prudencio Aguilar. Para distraerse en las tediosas tardes de los domingos,  hablan de gallos de pelea. Él lo limpia, lo cuida, le da de comer y le trae noticias de Aureliano Buendía. 

José Arcadio Buendía muere durante su único sueño desde hace un tiempo: el sueño de los cuartos infinitos. Sueña que cambia de una habitación a otra exactamente igual hasta que Prudencio Aguilar le da en el hombro y vuelta a despertarse al revés hasta llegar al cuarto primero, el cuarto de la realidad en una galería de espejos paralelos. Aquel día José Arcadio Buendía no siente que Prudencio Aguilar le toca en el hombro y allí se queda para siempre. Úrsula ve llegar a Cataure tocado con un sombrero oscuro, el hombre pequeño del traje negro y hermano de Visitación que había desaparecido cuando la peste del insomnio. Viene al sepelio del rey. Le gritan al oído, le ponen el espejo en las fosas nasales y nada, no despierta. Ven caer una llovizna de minúsculas flores amarillas sobre Macondo. Caen tantas que tienen que abrir camino con un rastrillo y una pala para que pase el entierro. 



"Si volvió al castaño,  no fue por su voluntad sino por una costumbre del cuerpo."

Cuando Amaranta ve a Aureliano José afeitarse por primera vez, cómo le sangran las espinillas y cómo se corta el labio superior al arreglarse un bigote de pelusas rubias, siente que está empezando a envejecer. Desde el día en el que Pilar Ternera lo dejara en la casa para que Amaranta lo terminara de criar, el contacto de la piel disipaba el miedo a la oscuridad. Buscaba sentir la respiración de Amaranta al amanecer desde el día que descubre la desnudez y el estremecimiento que produce el contemplar el milagro de su intimidad. Cuando Amaranta descubre que la relación con el sobrino pasa de tontear con un niño a una peligrosa pasión volcánica otoñal de doncella madura, la corta de raíz. Aureliano José comprende el riesgo de la situación y se queda a dormir en el cuartel para evitar la tentación. Allí completa la instrucción militar bajo la tutela de Gerineldo Márquez,  consuela la abrupta irrupción de la soledad en la tienda de Catarino con mujeres que huelen a flores muertas que él convierte en la relación tormentosa con Amaranta en un esfuerzo de imaginación. 

En los mentideros políticos de Macondo circula el rumor de que los jefes liberales y el gobierno están negociando la paz. A cambio de la rendición, el gobierno ofrece tres ministerios, algunos diputados en el congreso y la amnistía a los rebeldes que entreguen las armas. El coronel Aureliano Buendía no está de acuerdo con el cambalache. Se presenta a caballo en Macondo con diez hombres elegidos, deshacen la guarnición, queman los archivos y huyen con Gerineldo Márquez y cinco oficiales. La operación es tan silenciosa que Úrsula sólo ve la polvareda de los jinetes al marcharse. Aureliano José se va con ellos. Durante el año siguiente de insumisión protagoniza siete alzamientos que significan otras tantas derrotas. 

Por esas fechas muere Visitación, fallece de muerte natural. Su última voluntad es que desentierren los ahorros de toda su vida, guardados debajo de la cama y se los entreguen a Aureliano Buendía para que continúe la guerra. Úrsula no los desentierra porque corren rumores de que han matado a Aureliano en un desembarco. Cuando ya lo dan por muerto, llega una carta desde Santiago de Cuba con la noticia de que está vivito y coleando. Le anima la idea de la unión de las fuerzas federalistas de América Central para barrer a los conservadores desde Alaska a la Patagonia.

Qué hermoso que es mi chalán  
cuán elegante y garboso 
 sujeta la fina rienda de seda 
 que es blanca y roja 
 qué dulce gobierna el freno 
 con sólo cintas de seda 
 al dar un quiebro gracioso 
 al criollo berevere
María Dolores Pradera



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 1 de noviembre de 2018

Cien años de soledad (7) Gabriel García Márquez. Liberar la mente.





"En mayo terminó la guerra."

Cien años de soledad (7) 
Gabriel García Márquez 

Ya hemos visto que la presencia de Pilar Ternera en la casa se convierte en una obsesión enfermiza para los varones del encaste Buendía, una señorona imprescindible para la procreación. También para Arcadio, su hijo sin saberlo, que sigue su rastro por el olor a humo que deja su ausencia, sin importarle la pérdida de muchos de sus encantos y el esplendor de su risa como consecuencia de la edad. Un día la espera tumbado en la hamaca (ese inconfundible objeto, fetiche de sensualidad en la novela) cuando va a la escuela a buscar a su hijo pequeño. Temblando de ansiedad “la agarró por la cintura con su tremenda fuerza hereditaria y sintió que el mundo se borraba al contacto de su piel.” A ella le hubiera gustado complacerlo, pero sabe que no puede. No le dice que sí, tampoco que no. Lo convence para que deje la puerta entreabierta por la noche cuando todos los gatos son pardos. Arcadio la espera en la oscuridad delirando de fiebre hasta que la puerta se abre. Aquella mujer no huele a humo. Siente la densidad de un cuerpo desconocido en la ausencia de luz. Pezones de hombre “y el sexo pétreo y redondo como una nuez, y la ternura caótica de la inexperiencia exaltada.” Es virgen y se llama Santa Sofía de la Piedad. Pilar Ternera le había pagado cincuenta pesos para que ocupara su lugar esa noche y desde entonces “se enroscó como un gato al calor de su axila.” Cuando Arcadio toma el cielo por asalto,  tienen una hija. 

Rebeca amansa la bravura amontonada de José Arcadio, le hace doblar el testuz y le templa la embestida basta. Le convierte en un animal sedentario, una enorme fuerza de trabajo domesticada. Ella es el descanso del cazador que caza venados, conejos y patos para comer lo que ella guisa. Un vientre de amor y sementera como dice Miguel Hernández. Un día comparten el guisado con Arcadio, el mandón del pueblo. Alguien se ha quejado de que José Arcadio ha invadido con sus bueyes las mejores tierras de labor del entorno. Las que no le interesan, les cobra una contribución por la fuerza de su escopeta y los perros de presa a los que azuza contra los malos pagadores cada sábado, el día de cobro. En realidad Arcadio no viene a casa de José Arcadio a impartir justicia, quiere participar del chiringuito mafioso para forrarse, la cosa nostra de Macondo. Le ofrece legalizar las tierras usurpadas a cambio del derecho al cobro de la contribución. El acuerdo es inmediato. En once meses de mandato de Arcadio, José Arcadio se hace con las tierras que se extienden a todo lo que alcanza la vista desde el patio de su casa. Arcadio cobra la contribución al resto de propietarios sin tierras apropiadas además de los derechos por enterrar los muertos en las tierras de José Arcadio. Todo sea por la casa de los Buendía. Por la casa de Pedro Páramo en Comala. 

José Arcadio Buendía hace de interlocutor mudo a los monólogos de Úrsula, como el perro Orfeo a Augusto Pérez. Le dice que le huele mal que Arcadio esté haciendo una casa nueva y que haya encargado muebles vieneses. “Eres la vergüenza de nuestro apellido.” Le amonesta Úrsula un domingo después de misa cuando lo ve jugando a las cartas con sus oficiales. Es entonces cuando se entera de que Arcadio ya tiene una niña de seis meses y Santa Sofía de la Piedad está en estado de buena esperanza. 




"Úrsula se sintió cohibida por la madurez de su hijo, por su aura de dominio, por el resplandor de autoridad que irradiaba su piel."

El coronel Gregorio Stevenson llega a Macondo a últimos de febrero, llega mandado por Aureliano Buendía para que le diga a Arcadio que la revolución ha fracasado, que la guerra va muy mal. Le aconseja que firme la capitulación si consigue que se respeten la vida y las propiedades de los liberales. Arcadio no da crédito al recién llegado, lo encarcela y decide defender la plaza hasta el último aliento. 

Las tropas del gobierno entran en Macondo a finales de marzo. La resistencia dura apenas media hora. No queda vivo ni uno de los hombres de Arcadio. Ellos matan a unos trescientos atacantes. El coronel Gregorio Stevenson, liberado y armado para luchar, vende caro su pellejo, se hace fuerte en el cuartel donde cae como un valiente. Arcadio es fusilado al día siguiente al amanecer después de un consejo de guerra sumarísimo. El capitán Roque Carnicero es el encargado de dirigir el pelotón de fusilamiento. “Cabrones. ¡Viva el partido liberal!” son las palabras postreras de Arcadio, cojonudismo numantino en Macondo

Todo tiene su fin, hasta las guerras más crueles terminan cuando los contendientes se hartan de matarse unos a otros. Es por mayo cuando se apagan las llamaradas de la contienda. La victoria trae adosado el escarmiento sobre los derrotados, como siempre pasa aunque lo nieguen. Como si fuera poco que de los veintiún hijos varones de los padres fundadores sólo queden dos coroneles para contarlo: Aureliano Buendía y Gerineldo Márquez. A las diez y veinte de un lunes la cuerda de presos entra en Macondo, se arrastran famélicos y pordioseros. Aureliano, el primer nacimiento de Macondo, viene condenado a muerte, será fusilado como lección, para espantar las veleidades revolucionarias de la población. Siempre con los brazos abiertos, como si fuera a despegar,  porque tiene las axilas empedradas de golondrinos. 

La piel de Aureliano irradia un resplandor de autoridad. El correo ha funcionado durante la revuelta, está enterado de los pormenores de la casa, cómo Amaranta ha dedicado su viudez de virgen a la crianza de su hijo Aureliano José. Ha madurado en el año de revolución. A Úrsula le conceden quince minutos de visita, tienen tantas cosas que contarse que se olvidan de las preguntas y respuestas tantas veces preparadas. Hablan de las cosas cotidianas, nada trascendentes. Al despedirse, Úrsula le entrega un revolver que tiene guardado en el corpiño. Aureliano le da un rollo de papeles sudados, con poemas escritos dedicados a Remedios, quiere que los queme. No quiere dejar versos en herencia. 

“Ponte piedras calientes en los golondrinos.” Son las palabras de despedida de una madre al hijo que van a fusilar al amanecer. Los días pasan y los milicos no ejecutan la sentencia, temen las consecuencias políticas en los pueblos de la ciénaga. También influye que nadie quiera formar parte del pelotón de fusilamiento porque circula el rumor de que los integrantes del pelotón serán asesinados uno por uno. En el correo del lunes llega la orden de fusilamiento en veinticuatro horas. La mala suerte quiere que el oficial que mande el pelotón sea Roque Carnicero que acepta porque no le queda otro remedio: “Nací hijo de puta y muero hijo de puta.” 




"Arcadio está construyendo una casa"

Algo no marchaba bien con sus poderes de presentir el futuro. Aureliano está expectante, pero no acaba de presagiar su fusilamiento. Le fallan en el momento crítico, cuando antes le habían salvado de once emboscadas. Lo único que sueña la noche de la víspera es que se le han reventado los golondrinos. Este recurrir al humor en el momento de más tensión no puede ser más cervantino. Los golondrinos de García Márquez son el escarbadientes de Cervantes. 

El martes al rayar el alba traen a Aureliano Buendía al muro del cementerio. Desde la ventana de su casa José Arcadio y Rebeca lo ven llegar con los brazos en jarras porque los nudos ardientes de las axilas le impiden bajarlos. Reconoce los pantalones pasados de moda que lleva puestos, eran suyos cuando era pequeño. “Tanto joderse uno – murmuraba el coronel Aureliano Buendía-. Tanto joderse para que lo maten a uno seis maricas sin poder hacer nada.” Hoy los ofendidos y eternamente enojados le cambiarían la letra a los murmullos. 

Fundido en negro crepuscular en Macondo. La rabia muta en una sustancia oscura y viscosa que le ciega y adormece la lengua. Regresa a la niñez de pantalones cortos conducido por su padre a la carpa de Melquiades a ver y tocar el frío hirviente del hielo. Al despertar sucede el milagro: José Arcadio apunta con la escopeta a Roque Carnicero con los brazos en alto rogando que no dispare. 

Allí empieza otra guerra. Aureliano Buendía junto a los seis soldados del pelotón de fusilamiento se van a Riohacha con la intención de liberar al general revolucionario Victorio Medina, condenado a muerte por el gobierno. Esfuerzo baldío porque cuando llegan, después de muchas penalidades, ya lo han fusilado. Los hombres le nombran general en jefe de las tropas revolucionarias del Caribe. Él acepta el cargo, pero no el ascenso. Logra reclutar y armar unos mil hombres que son exterminados en diferentes refriegas posteriores. Aureliano se exilia en el archipiélago de las Antillas. Las noticias sobre Aureliano se vuelven confusas. Empieza la leyenda del don de la ubicuidad del coronel. Los rumores tan pronto lo declaran victorioso en Villanueva como derrotado en la ciénaga o demorado por los indios Motilones. Los liberales lo señalan como aventurero; el gobierno, bandolero y le pone precio a su cabeza. Declara la guerra total al régimen desde Riohacha. El gobierno responde amenazando con fusilar a Gerineldo Márquez si no se repliega al oriente. Aureliano no se achanta, replica que en tres meses entrará en Macondo y si no lo encuentra vivo, fusilará a todo bicho viviente. A los tres meses entra victorioso en Macondo y el primer abrazo que recibe es el de su amigo el coronel Gerineldo Márquez.


You say you'll change the constitution 
Well, you know 
We all want to change your head 
You tell me it's the institution 
Well, you know 
You better free you mind instead
The Beatles



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


viernes, 26 de octubre de 2018

Cien años de soledad (6) Gabriel García Márquez. Hombres que mandan.




"Pietro Crespi había encontrado el amor. La dicha trajo consigo la prosperidad."

Cien años de soledad (6) 
Gabriel García Márquez 

La pasión desaforada que estalla entre José Arcadio y Rebeca atropella la razón, los lleva ante el altar de don Nicanor sólo tres días después del primer encuentro amoroso. Pasando por encima de la lealtad debida, la palabra dada, de la degradación que conlleva la endogamia y la descendencia disminuida como consecuencia de la consanguinidad. Úrsula condena el pecado entre hermanos; promete que no volverán a pisar su casa, como si hubieran muerto para ella. A Pietro Crespi que le vayan dando y si tanto le gusta la familia, puede pedir el sobrero; ahí le queda Amaranta sin usar. 

La pareja se va a vivir a una casa alquilada sin amueblar al lado del cementerio. Un alacrán pica a Rebeca en el pie la noche de boda, le adormece la lengua, pero no impide los gritos arrebatados de pasión sin abrir la boca, repetidos hasta ocho veces por noche y tres más a la hora de la siesta. Los vecinos ya temen que tantos gritos vayan a perturbar la soledad de los muertos. Aureliano es el único que se preocupa por la pareja cegada de deseo, hasta que José Arcadio aterriza y se pone a trabajar las tierras que lindan con la casa. 

En una casa amordazada por el luto, Úrsula no sabe qué pensar de la pedida de mano de Pietro Crespi a Amaranta. Para Aureliano no son horas de pensar en matrimonios, están en campaña electoral y suenan tambores de guerra. Su suegro le explica que los liberales son mala gente, partidaria de colgar a los curas, implantar el matrimonio civil y el divorcio, igualar los derechos de los hijos naturales y los legítimos y descuartizar el país en reinos de taifas. Por el contrario, los conservadores son gente de orden que defiende la autoridad, predicadores de la moral, misioneros de la fe de Cristo y dispuestos a mantener la unidad del país bajo una sola bandera. 

El día de las elecciones transcurre con normalidad. Aureliano y Apolinar vigilan para que nadie vote dos veces. Aureliano confiesa que si él fuera liberal, ese día habría ido a la guerra al ser testigo del pucherazo por la noche mientras juega con su suegro al dominó. Había en la urna tantas papeletas rojas como azules. Apolinar manda al sargento custodio que vacíe la urna, quite las papeletas rojas y la rellene con azules. Deja algunas rojas para evitar reclamaciones. Lo que realmente enfurece a la gente es que no devuelvan las escopetas de caza requisadas y los cuchillos de cocina decomisados para evitar altercados durante las elecciones. 




"El rigor del luto por la muerte de Remedios había sido relegado a un lugar secundario por la mortificación de la guerra"

Aureliano se pone en contacto con Alirio Noguera, un farsante homeópata, terrorista refugiado en Macondo y místico del atentado personal. Sostiene que en política lo único eficaz es la violencia. No le importa liquidar a los funcionarios del régimen con sus familias porque asesinar conservadores es un deber patriótico. Aureliano queda descartado como hombre de acción cuando le acusa de ser un matarife. La fiebre del liberalismo se extiende en Macondo con fuerza, no hay quien la apague. Ha prendido con brío en la escuela tutelada por Arcadio, ya un adolescente monumental. 

La guerra estalla a primeros de diciembre. Un pelotón con dos piezas de artillería entra en Macondo por la calle Mayor e impone el toque de queda. Fusilan a Alirio Noguera, descalabran a don Nicanor y matan a una mujer en plena calle. Aureliano organiza una operación descabellada. Junto a veintiún hijos varones de los padres fundadores desarman a la guarnición y fusilan al capitán y cuatro soldados; a continuación nombra a Arcadio jefe civil y militar de la plaza. Aureliano se nombra de golpe coronel y junto a su pequeño ejército de macondianos se echa al monte para unirse a las tropas revolucionarias de Victorio Medina. Salen al amanecer, sin tiempo siquiera de despedirse de sus mujeres. Se sabe cómo comienzan las guerras, no como acaban. 

Como buen perdedor Aureliano Buendía promueve treinta y dos alzamientos y los pierde todos. Son los focos insurreccionales de un hombre de acción que arriesga la vida, pero como juega a la chica, la puede perder por salvársela a los demás. Una guerra se declara para ganarla, si no la ganas, asumes que vas al talego como mal menor. Liga bien de semental, tiene diecisiete hijos con otras tantas mujeres distintas. Todos ellos malogrados por la guerra. A todos sobrevivió, se sobrepuso a emboscadas, fusilamientos y a envenenamientos con dosis capaces de matar a un caballo. Nunca permitió que le sacaran una foto. Lo único que recuerda su rebeldía es una placa envejecida en una calle de Macondo. La única herida que sufre es por accidente, después de firmar la paz. Muere de viejo. Bastante diferente a su sobrino Arcadio, hijo de su hermano José Arcadio, Maciste el coloso, y de Pilar Ternera, suministradora de hijos para el régimen, al que dejan en la retaguardia a salvo y bien protegido y se convierte en un cacique dictador que manda fusilar a los que faltan al respeto a la autoridad, obliga a llevar brazaletes rojos a todos los mayores de edad, prohíbe decir misa y tocar las campanas y aprieta los cepos a los presos. Cuando está a punto de dar la orden de fuego al pelotón que va a fusilar a Apolinar Moscoso, Ursula lo evita, se levanta como Agustina de Aragón contra la injusticia en un ataque de heroísmo, avergonzada de haber parido un fenómeno de circo. Lo destituye a latigazos y libera a los presos, como Espartaco

Úrsula toma el poder, restablece la misa de los domingos, suspende los brazaletes rojos, disuelve los partidos políticos, pero a cambio descubre la soledad del poder. Busca la compañía del marido atado al tronco del castaño, maldice la guerra que ha vaciado la casa, pero era como hablarle a un muerto. Decide soltarlo, el ya no se mueve del banquito, una fuerza superior lo mantiene amarrado al castaño. 




"Don Apolinar Moscote era otra vez una autoridad decorativa"

Pietro Crespi y Amaranta mantienen un noviazgo crepuscular, él acude todos los días al atardecer a la casa con una gardenia en el ojal. Le traduce sonetos de Petrarca mientras ella hace encaje de bolillos. Suspiran por las ciudades italianas antiguas “de cuya grandeza sólo quedaban los gatos entre los escombros.” Las urgencias del corazón de Pietro Crespi emergen con las lluvias aciagas de octubre. Le pide matrimonio a Amaranta y ésta lo rechaza con un garrotazo: “No seas ingenuo, Crespi -sonrió-, ni muerta me casaré contigo.” Pietro Crespi entra en un periodo de llanto y desesperación, recurre a todos los recursos de la súplica y la humillación, pero ninguno logra quebrantar la fortaleza de Amaranta. El dos de noviembre, día de todos los muertos, su hermano Bruno lo encuentra desangrado en la trastienda del negocio que ambos regentan con las muñecas abiertas. Úrsula dispone que se le vele en casa y  se le entierre al lado de Melquiades, a pesar de la oposición de don Nicolás a enterrarlo en tierra sagrada. Amaranta no le hace duelo, se encierra en casa. Se queda sin respirar hasta que cicatricen las úlceras del corazón. Para curar el arrepentimiento mete una mano en las brasas del fogón, una cura de burro. Una venda de gasa negra que llevará hasta la muerte es la única huella externa que le deja la tragedia. 

Úrsula comprende que a pesar de criar a Arcadio y a Rebeca sin privilegios ni discriminaciones por ser adoptados, lo empezó a perder desde que era niño, siempre solitario, solo se comunica con Visitación en su lengua. Únicamente Melquiades le echa el vistazo del gitano viejo, así que cuando un día en posesión del poder y enfrentado a la realidad de la vida adulta alguien en la tienda de Catarino le acusa de ser un lastre para el apellido Buendía no lo manda fusilar, algo que extraña a todos los acostumbrados a sus desafueros.

Yo sé que allí, 
 allí donde tu dices, 
no existen hombres que mandan, 
 porque no existen fantasmas 
 y amar es la flor 
 más perfecta que crece en tu jardín 
 en Albanta.
Luis Eduardo Aute




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


sábado, 20 de octubre de 2018

Cien años de soledad (5) Gabriel García Márquez. Aprender a matar.




"[...] y hacía una visita silenciosa a una Rebeca que parecía desangrarse dentro del vestido negro con mangas hasta los puños."


Cien años de soledad (5) 
Gabriel García Márquez 

Remedios llega a la pubertad una tarde de febrero y un domingo de marzo, apenas un mes más tarde, dice sí ante el altar levantado en casa de los Buendía por el cura don Nicanor Reyna. Dónde si no, si esta madriguera sirve para nacer, investigar, amar, odiar, matar o morir. Fue un mes de mucho ajetreo porque hubo que enseñarle a marchas forzadas a llevar un hogar, a lavarse sola, a quitarle la mala costumbre de orinarse en la cama y a inculcarle la obligación de guardar el secreto conyugal por mucho que el aturdimiento la convoque a aventar los secretos de alcoba. A partir del día del enlace se revela en ella el sentido de responsabilidad con las dos familias, la sencillez en el trato y el reposado dominio de sí misma que van a regir los escasos días que le restan por vivir, incluso en las circunstancias más adversas. Es Remedios la que tiñe de ocre el camino hasta José Arcadio Buendía atado al castaño como un galeote y le lleva el trozo más grande de la tarta nupcial. 

Rebeca es la única infeliz en la ceremonia. El domingo era también la fecha de su boda que hubo que aplazar porque el viernes anterior Pietro Crespi recibe una carta con la noticia de la muerte de su madre. Pero resulta ser una noticia falsa; su madre asiste a la boda, canta el aria triste preparada para su hijo en la boda de Aureliano. Pietro Crespi revienta cinco caballos para llegar a tiempo a su boda, pero sólo llega a las cenizas de la fiesta. Amaranta jura y perjura ante los evangelios que ella no ha tenido nada que ver con el desbarajuste que causa la noticia falsa. 

Don Nicanor tenía pensado regresar a la ciénaga después de la boda, pero decide quedarse en Macondo una semana más, espantado por la aridez de los habitantes que arreglan sus cosas con Dios directamente, sin necesidad de intermediarios en la tierra. Hay mucho que hacer para legalizar concubinatos, sacramentar moribundos o acristianar recién nacidos. Como nadie le hace caso y harto de predicar en el desierto, decide poner la primera piedra de un templo. Recorre las calles pidiendo en un platillo de cobre. Le dan mucho, pero quiere más, así que un domingo reúne a medio pueblo en torno a una misa al aire libre. Al podéis ir en paz y demos gracias a Dios, cuando los fieles se desparraman para volver a las ocupaciones cotidianas, sucede el prodigio de la levitación. Don Nicolás se eleva unos doce centímetros del suelo después de tomarse una taza de chocolate. Todos se asombran del carácter divino de la ascensión, todos menos José Arcadio Buendía atado al castaño. Para él la presencia de Dios entre los hombres se escapa a la razón, sólo creerá en su existencia si lo puede ver y tocar plasmado en un daguerrotipo de los suyos. En vano intenta evangelizarlo el padre Nicanor, para él creer es ver y no hay quien lo saque de ahí. Toma la iniciativa con sus martingalas racionalistas bien engrasadas, como “el granito bien engrasado” de la ministra que no quiere reñir con las piedras, que habla despacio y acentuando las sílabas. Don Nicanor, preocupado por su propia fe, deja de visitarlo, continúa tocando el tambor, dedicado en cuerpo y alma a la construcción del templo en un pueblo en el que nadie se había preocupado de construir uno. No lo habían necesitado, como no habían precisado de cementerio hasta la muerte de Melquiades




"Úrsula impuso un duelo de puertas y ventanas cerradas"

 Sólo Remedios se comunica con José Arcadio Buendía en un latín rudimentario recién aprendido. Lo cuida, le arregla la choza y se entretiene en quitarle los piojos y las liendres de los pelos y la barba. Torturando, aplastando animales pequeños con las uñas como dirían los padres predicadores contemporáneos. Hasta que un día muere ella “envenenada en su propia sangre con un par de gemelos atravesados en el vientre.” El culpable es un chorro de láudano que Amaranta había destinado a Rebeca. Se conoce que Remedios es un personaje incómodo que a García Márquez se le agranda entre las manos y que al cortarle la retirada, le da inmortalidad. Un soldado raso en mitad de generales que perdurará jovencita en la memoria colectiva del hogar de los Buendía.  

El porvenir de Rebeca queda vinculado a la construcción del templo. La boda con Pietro Crespi coincidirá con la inauguración. Úrsula contribuye generosamente para acelerar los trabajos. Calculan que tardarán tres años en terminarlo, los mismos que Amaranta no tendrá que preocuparse en matarla. Pietro Crespi, que no acepta la propuesta de Rebeca de fugarse juntos, hace otra aportación importante para la iglesia. Sigue convencido de la lealtad y confía en la palabra empeñada como un capital que no puede dilapidar. Remedios se encarga de los cuidados de Aureliano José, otro Buendía nacido de la relación extra conyugal de Aureliano con Pilar Ternera. 

Aureliano y su suegro, Apolinar Moscoso, juegan interminables partidas de dominó mientras Remedios habla de las cosas serias de la vida con su madre y sus hermanas. El vínculo con los Buendía afianza la autóritas de Apolinar que consigue una escuela del gobierno para que Arcadio ejercite su vocación de maestro. Desplaza el garito de Catarino a las afueras y clausura otras casas de escándalo. A través de la persuasión consigue que la gente vaya pintando de azul las casas del pueblo. Incluso la llegada de soldados armados deja de alzar en armas a la población. Aureliano se muestra orgulloso de la eficacia del corregidor. 




"Puso el daguerrotipo de Remedios en el lugar en  que se veló el cadaver"

La nueva pareja se hace querer en las dos familias. Consigue que Amaranta y Rebeca, recalcitrantes en su enemistad tejan juntas los vestiditos de la criatura cuando ella anuncia que está embarazada. Úrsula impone un duelo riguroso de casa cerrada a cal y canto cuando Remedios muere. Silencio cartujano durante un año y daguerrotipo de Remedios colgado en la pared con divisa negra terciada y velas que las generaciones posteriores mantienen encendidas, la santita de Macondo. Amaranta adopta a Aureliano José para compartir la soledad y aliviarla del láudano involuntario que mató a Remedios

El noviazgo de Pietro Crespi y Rebeca se convierte en costumbre y cansancio. Rebeca vuelve a comer tierra y a chuparse el dedo. De esta atmósfera viciada emerge la figura única de José Arcadio descomunal. Su entrada en la casa a la hora de más calor es un movimiento sísmico que sacude los cimientos de la casa. Saluda uno por uno a todos los presentes con un escueto, “Buenas,” y se tumba en la hamaca en la que duerme durante tres días seguidos. Al despertar engulle dieciséis huevos duros y se va a la tienda de Catarino donde levanta admiración entre las mujeres de tolerancia que se subastan sus favores. Su ritmo de vida no se acompasa con la familia, duerme de día y se pasa las noches en la tienda de Catarino exhibiendo su fuerza extraordinaria. Las mujeres exhiben su cuerpo poblado de tatuajes. Deja boquiabiertos a los parroquianos cuando dibuja un fresco de las hazañas sobrenaturales que le acontecieron. Ha comido a compañeros muertos en alta mar para sobrevivir, como los lestrigones en la Odisea,  derrotado a dragones que tenían en su vientre la armadura y las armas de un cruzado y ha visto la nave corsaria de Víctor Hughes “con el velamen desgarrado por los vientos de la muerte, la arboladura carcomida por cucarachas de mar y equivocado para siempre el rumbo de la Guadalupe.” 

Qué diferencia entre el muchacho que se fue con los gitanos al grandullón que come medio tostón para el almuerzo, se tira unas ventosidades que marchitan las flores o lanza unos eructos bestiales a la mesa. Salud en estado gaseoso. Rebeca sucumbe al primer encontronazo con aquella fuerza salvaje de la naturaleza. Al lado del protomacho Pietro Crespi es “un currutaco de alfeñique.” Cualquier pretexto es bueno para buscar la proximidad del hermano adoptivo. Un día, a la hora de la siesta, pasó lo que tenía que pasar entre dos fuerzas que se atraen con la fuerza de un ciclón, porque Rebeca es también muy mujer.


Se me esta acabando lo buena que soy 
Y me esta llegando lo malo por dentro 
Yo no se matar pero quiero aprender 
Para disipar todo el mal que me has hecho 
Y si llego ser asesina por ti 
Bajaras por esto 
Derechito al infierno
Felipe Gómez "Indio" Jiménez/María Jiménez





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 11 de octubre de 2018

Cien años de soledad (4) Gabriel García Márquez. Dedícate a mí.





"Remedios en el aire soporífero de las dos de la tarde"

Cien años de soledad (4) 
Gabriel García Márquez 

Amparo Moscote se acerca a la casa agrandada y recién restaurada con la excusa de visitar las reformas. Aprovecha un momento de ausencia de Amaranta para pasarle una carta Rebeca. Ella enseguida descubre que es de Pietro Crespi porque reconoce que la letra es de la misma mano que  las instrucciones de la pianola. Aureliano ve en la repentina amistad de Amparo y Rebeca una esperanza de alivio a su corazón por la ausencia de Remedios. Prendado de los ojos verdes, piel de lirio y la voz que le decía señor con el mismo respeto que a su padre la primera vez que acompañó a su madre en la visita a la casa de todos. 

Un mar de desolación arrasa el corazón febril de Rebeca como un tsunami descontrolado. Cae en el manglar del delirio. Aureliano, acompañado de sus amigotes, Magnífico Visbal y Gerineldo Márquez, ahoga sus penas en guarapo fermentado en la tienda de Catarino que ya no es tienda sólo, ha prosperado con Macondo. Ahora es una galería de cuartos de madera con “mujeres solas olorosas a flores muertas.” Beben con las mujeres sentadas sobre las piernas. Aureliano navega en una reverberación radiante. Pierde la memoria como en los tiempos de la peste del olvido y flota. Toma tierra en una madrugada ajena, en el cuarto de Pilar Ternera. Ella le lava la cara con estropajo y le quita la ropa embadurnada de fango y vómito “con una destreza reposada, sin el menor tropiezo, dejó atrás los acantilados del dolor y encontró a Remedios convertida en un pantano sin horizontes, olorosa a animal crudo y a ropa recién planchada.” Después se vacía en un manantial desatado que rompe las compuertas de interior. Pilar le promete servirle la niña en bandeja. La espina del amor solitario quiebra la armonía en la casa de los Buendía

Amaranta respira sin permiso, está también enamorada de Pedro Crespi. Su madre lo descubre en una pila de cartas sin mandar en el fondo de un baúl. Úrsula interviene para poner orden en aquel desbarajuste amoroso. Urge una aplicación de un 155 riguroso, una especie de duelo sin muerto hasta que las hijas desistan de sus esperanzas. José Arcadio Buendía tercia entre las partes, ya Pietro Crespi le parece un partido aprovechable desde el día que arregló la pianola que él había desbaratado. Como patriarca respetado de la casa de todos, José Arcadio Buendía toma una decisión salomónica: Pietro Crespi para Rebeca y accede al compromiso de Valeriano con una de las siete hijas de su enemigo Apolinar Moscoso. Además, Úrsula se llevará a Amaranta a la capital hasta que se le pasen las calenturas amorosas. Ella finge aceptar, pero en el fondo piensa que “Rebeca se casaría solamente pasando por encima de su cadáver.” 




"Remedios en la callada respiración de las rosas."

El asunto de Aureliano presenta contornos  menos épicos porque puede esperar a que a Remedios le llegue la edad. La muerte de Melquiades rompe la frágil armonía en la casa de los Buendía. Un buen ejemplo de la magistral técnica narrativa de Gabriel García Márquez, narración en estado salvaje, que repite una y otra vez a lo largo de Cien años de soledad. Primero nos cuenta el final para extenderse a continuación en el camino de agua que lleva a la tumba al primer muerto de Macondo. Melquiades viene a Macondo a buscar la muerte, como Juan Preciado fue a Comala. Busca el agua para morir en soledad porque somos agua. Narrado todo con su peculiar sentido del humor. Evita dramatismos y aspavientos trágicos al describir el deterioro físico progresivo que lleva a la muerte como acabamiento de la vida. Qué manera de describir la merma de las facultades físicas. Cómo la ceguera y la sordera le van retrayendo y arrinconando en la soledad de sus pergaminos. Cómo su porte de gitano viejo va degenerando “al aspecto desamparado propio de los vegetarianos.” Y deja indicios, antes de que sus allegados den tierra al patriarca gitano, del camino que seguirá la novela con esos pergaminos misteriosos que escribe y la declaración amorosa de Amaranta a Pietro Crespi, comprometido con Rebeca. Porque como sentenciaba Cervantes: “Donde una puerta se cierra, otra se abre.” Deja planteado un auténtico culebrón colombiano cuando Amaranta amenaza  a Rebeca, su hermana adoptiva, con  impedir el casamiento aunque la lleven al fin del mundo. En definitiva, estamos ante una breve pieza de brillantez cervantina, a la altura de la muerte de don Quijote. 

La ausencia de Úrsula y la presencia invisible del olor a Melquiades saturan la casa con la densidad del hueco y la soledad. Pietro Crespi la llena de juguetes de cuerda automáticos. José Arcadio Buendía regresa a sus viejos tiempos de alquimista, empeñado en inventar un mecanismo, basado en las leyes del péndulo, que los mantenga en movimiento permanente. José Arcadio Buendía ocupa el taller que Aureliano ha abandonado porque ahora dedica el tiempo a enseñar a Remedios a leer y a escribir. La llegada de aquel hombre le molesta al principio porque la aparta de sus juegos y muñecas. Luego queda seducida por las explicaciones sobre el sentido de las palabras. Le fascina dibujar casas y soles amarillos apareciendo detrás de las lomas. 




"Remedios en la clépsidra secreta de las polillas"

La amenaza bíblica de Amaranta acobarda a Rebeca. Las cartas echadas de Pilar Ternera hablan y dicen que no será feliz mientras sus padres sigan insepultos. José Arcadio Buendía corre en su ayuda, mueve Roma con Santiago hasta dar con la taleguita de los huesos que no veía desde los tiempos de la reconstrucción. Le dan tierra junto a Melquiades en una tumba improvisada y sin lápida por si después hay que exhumar y volver a enterrar, para que sea más fácil. La amistad con Rebeca le abre las puertas de la casa. Entra por la puerta principal como un tropel de cabras, pero se gana las bendiciones de los moradores porque echa mano en los trabajos más fatigosos, como Nadal en las inundaciones baleares. La resolana de su piel, la risa desordenada, atarantan a los jóvenes de la casa. Le dice a Aureliano con misterio: “Que eres bueno para la guerra-dijo- donde pones el ojo pones el plomo.” Y a Aureliano no le queda más remedio que reconocer al Buendía que está por venir, otro más a pesar en el suelo de la casa. 

Sin la vigilancia y cuidados de Úrsula, José Arcadio Buendía pierde la noción del tiempo y se levanta de la cabeza. Son necesarios una docena de hombres para reducirlo y atarlo al castaño del patio para que deje de destrozar el laboratorio, el taller y la casa. Cuando Úrsula y Amaranta regresan, lo encuentran en un estado de inocencia total, lo liberan de pies y manos y le hacen un chozo de palma, allí mismo al amparo del árbol, para protegerle de la intemperie.

El tiempo que te quede libre 
si te es posible, 
dedícalo a mí. 
A cambio de mi vida entera 
o lo que me queda 
y que te ofrezco yo.
José Ángel Espinosa/María Dolores Pradera



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.