lunes, 20 de mayo de 2013

Por tierras de España







Por tierras de España. Antonio Machado 

Madura el limonero de Sevilla en las tierras altas de Soria, al pie de los Picos de Urbión, donde nace el río Duero, padre y madre a la vez de casi todos los ríos de Castilla. Capea el temporal como puede en la tierra incognita de interior. Sube y baja de dos en dos los peldaños de los grises alcores. Las escaleras de la cruz de sus semejantes en guerra desde tiempos inmemoriales con el medio que les sustenta, la tierra donde descansa la esencia y pesa el recuerdo de los antepasados. 

El Dios de estas tierras somete a las criaturas, es sanguinario y cruel, peor que los demonios. Dota a sus criaturas de vicios y pecados, bajas pasiones que hay que castigar. Expulsados del idílico jardín, sufren todo tipo de calamidades para sobrevivir, vagan errantes por páramos baldíos, peñascales y barrancos. No es mejor la suerte del hombre en la ciudad, ahí tenemos los personajes de Pío Baroja, amigo del autor, que penan sin rumbo sus pecados por calles polvorientas y tabernas de horizontes amputados: 

 El numen de estos campos es sanguinario y fiero: 
al declinar la tarde, sobre el remoto alcor, 
veréis agigantarse la forma de un arquero, 
la forma de un inmenso centauro flechador. 

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta 
—no fue por estos campos el bíblico jardín—; 
son tierras para el águila, un trozo de planeta 
por donde cruza errante la sombra de Caín. 

Hoy es día de escuela, el profesor les habla a los alumnos del hombre malvado del campo y de la aldea, les explica la guerra que libra con su entorno, del precio del progreso, de la fragilidad de la vida y su misterio, una excepción maravillosa que hay que cultivar y que merece la pena proteger. Ante los peñascales infecundos, mordidos por el aire helador que viene del Moncayo, reflexiona con sus alumnos sobre España y su decadencia, ahonda en el conflicto hasta verle la raíz a los fuegos intencionados que acarrean deforestación, degradación de la tierra y más pobreza. Les propone como solución una tregua en la refriega, destensar los arcos de la guerra que oscurecen de ceniza un horizonte de trenes repletos de los hijos que vacían de vida los páramos malditos. Tensar los ojos de la resignación, levantar la mirada, dejar de llorar y que regrese a la tierra el asombro del labrador que no se rinde ante heladas ni pedriscos: 

El hombre de estos campos que incendia los pinares 
y su despojo aguarda como botín de guerra, 
antaño hubo raído los negros encinares,  
talado los robustos robledos de la sierra. 

Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares; 
la tempestad llevarse los limos de la tierra 
por los sagrados ríos hacia los anchos mares; 
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra. 



"Que bajo el pardo sayo esconde un alma fea"



Los padres de estas gentes ya buscaban el pan en otras tierras, huían de los gélidos inviernos de la estepa, guiaban los ganados trashumantes a la Extremadura del sur de clima más templado y soportable: 

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes, 
pastores que conducen sus hordas de merinos 
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes 
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos. 

El poeta no abandona la longitud y el ritmo prodigioso del verso alejandrino para expresar en profundidad y en toda su amplitud la miseria moral, el conflicto del hombre con el medio, los odios ancestrales generados por conciencias paralíticas, envidias que corroen por dentro las entrañas;  todo acentuado por la invasión de la pobreza. Los rostros renegridos de días al sol y noches pasadas al raso cogen el tren interminable del abandono, ponen rumbo al extranjero o a las costas de clima más benigno que roban la fuerza productiva del interior, su principal fuente de riqueza.

Los autores de la época eran auténticos patriotas. Se sentían en la obligación de identificar y exponer los problemas de España porque sufren en sus carnes y se duelen de la profundidad de la crisis de identidad. Se refugian en el poderío de la naturaleza para sentir el temblor de la creación. Machado acota el conflicto con la “ligereza alada” de sus versos, como pocos lo han hecho, como si estuvieran escritos hoy mismo, explicados a los lectores de tiempos y lugares diferentes con la claridad y cercanía de una clase de instituto. Es un placer escuchar sus explicaciones de maestro comprometido, Don Antonio. 

Extremoduro supo ver el ritmo de Rock and Roll de los versos alejandrinos de Antonio Machado. Desde Extremadura:  



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Esa agonía es vuestro triunfo





"Habló del gran deseo de cariño del desheredado, de su aspiración, nunca satisfecha: de amor". 

La familia del anarquista el día de la ejecución. Obra de Eduardo Chicharro

 


Aurora roja. Pío Baroja (7) 

Juan tosía mucho. Aquejado de fiebre, el médico le receta paseos al aire libre. La Salvadora y la Ignacia le protegen y le cuidan. Ésta ha amenazado que si sus amigos, los anarquistas, aparecen por casa, los despachará a escobazos. Juan vive por y para la idea. Vende sus esculturas y dona el importe para la causa. Durante la convalecencia lee libros de contenido ácrata y escribe. Se le echa de menos en las tertulias anarquistas de la taberna del Chaparro. 

Cuando la enfermedad parece remitir, Manuel pasa una noche entera paseando por las calles de Madrid, escuchando y conversando con el Madrileño, Prats y el Libertario. Oliendo a éter, se les une Caruty por el camino. Hablan y hablan sobre los nombres míticos del anarquismo catalán. El madrileño los desacredita y cuenta el caso de la bomba de Cambios Nuevos; nadie está exento de la jindama, el miedo es libre y renegaron de la idea. 

El Libertario lo tiene claro: “Al terrorismo de Estado no hay más remedio que contestar con el terrorismo anarquista” 
El Madrileño cuenta el caso de un amigo que ha escrito en negro sobre fondo blanco un catecismo ácrata que reza: 
 «-¿Qué es la dinamita, niño?» «La dinamita es una mezcla de arena y de nitroglicerina, que se hace detonar por medio de la cápsula de un fulminante.» 
«-¿Cómo se prepara la dinamita, niño?» «Se prepara primero la nitroglicerina, tratando la glicerina con una mezcla en frío, de ácido nítrico y de ácido sulfúrico, y luego se mezcla con una substancia inerte.» 
El chico sabía cómo se hacían todas las bombas y todos los explosivos. Cuando al padre lo llevaron a Montjuich, nos solía decir: «Yo no sé si me matarán; pero tengo un consuelo, que mi hijo sabe hacer dinamita.» 


  "Ya con la Mano Negra, que no era mas que un comienzo de asociación obrera, el Gobierno cometió un sinfín de atropellos y quiso ver en ella una cuestión de bandolerismo..."

El comité. Luis Granell

De tanto hablar y hablar se les echa encima la claridad del amanecer sin enterarse. “La luz fina y velada de la mañana iba filtrándose entre las nubes de un gris de estaño”. Ya en la calle Ferraz, después de despedirse de los compañeros de amanecida, piensa Manuel: “Hay algo de loco en todos ellos. Habrá que separarse de esta gente”. 

Los activistas de Aurora Roja organizan un mitin de propaganda. Pretenden que Grau, director del periódico ácrata, El Anarquista, participe, pero les da largas. Cuando comprenden que el periodista lo que les da son calabazas, lo critican, lo tildan de traidor, burgués vendido al capital, vendedor de periódicos como si fueran pastillas de chocolate. Le falta compromiso con la idea. El Madrileño razona convencido: “Cuando se tiene temperamento de burgués, pone uno una tienda de ultramarinos, o una zapatería, o cualquier cosa; todo, menos un periódico anarquista. Cuando uno es partidario del amor libre y enemigo del matrimonio, no se casa; cuando se predica contra la propiedad, no se trabaja para reunir cuatro cuartos”. Prats y el Madrileño se enzarzan por su pasión, por su particular visión del anarquismo, con la misma pasión y convencimiento con la que discutían por las tabernas los aficionados partidarios de Belmonte o Joselito durante la edad de oro del toreo. Juan y el Libertario los separan para evitar que lleguen a las manos. 

Manuel se ofrece a gestionar a través del Aristas la celebración del mitin en el céntrico teatro de la Zarzuela, pero su intento fracasa, muere manso en la arena de la playa. Al Libertario le parece indecente que un obrero se deje la piel por dos pesetas en trabajos de sol a sol, mientras un cómico gane ocho duros diarios diciendo "una porción de sandeces y cosas incongruentes” para distraer a los burgueses mientras hacen la digestión. El Aristas le replica en voz alta y sin complejos que a él nada le roban, que el arte devuelve con creces la inversión. Sin otra alternativa, el mitin tiene que ser en el Barbieri. 

Juan, Manuel y la Salvadora llegan temprano al teatro en un coche. Los dos primeros oradores que actúan de teloneros aburren al personal asistente. El autor los describe como si fueran los animales del zoo. ¡Qué pocos son los que tienen cara de persona! ¡Qué pocos con bondad! Con esta raza no se va a parte ninguna – se lamenta amargamente el Libertario. 

A continuación toma la palabra un periodista joven que se dirige a los presentes con aires de superioridad, resulta un vende humo que inflama el corazón de la audiencia con frases campanudas y hueras; sin embargo, está convencido de portar en “la cabeza el Sancta Sanctórum de la anarquía”. Enardece el teatro con sus palabras de desprecio a todos los sociólogos socialistas, a todo el mundo por no afiliarse a la Anarquía, los termina de incendiar con su latiguillo final: “Al poder de las armas -dijo-, opondremos nosotros nuestra austeridad; si ésta no basta, a las armas contestaremos con las armas; y si la fuerza del Gobierno quiere arrollarnos y exterminarnos, recurriremos al poder destructor de la dinamita”. 

Un andaluz, tejero de profesión y mirada atravesada, despotrica contra los obreros intelectuales que hablan mucho y hacen poco, como el orador que le precede. Pone de modelo a imitar a un maestro anarquista que recorre la Serranía de Ronda enseñando a leer y a escribir por una panilla de aceite y un currusco de pan. Así lo despacha don Pío sin contemplaciones: “Se veía que era un hombre fanático y feroz. Tenía una mandíbula de lobo, unos músculos maseteros abultados, de animal carnívoro, y al hablar se le contraían las comisuras de los labios y se le fruncía la frente. Se comprendía que aquel hombre, irritado, era capaz de asesinar, de incendiar, de cualquier disparate”. 




"Se les mató porque eran propagandistas de la idea"

Garrote vil, pintado por Ramón Casas en1894, óleo sobre tela de medianas dimensiones (127 x 166,2 cm) que se conserva en el MNCRS (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid) y que retrata una de las últimas ejecuciones públicas que hubo en Barcelona, la del reo, sentenciado a muerte por crimen pasional, Aniceto Peinador.

Sube a la palestra un hombre grueso, cachazudo y calvo que se toma la Biblia al pie de la letra. Para él no existen metáforas que valgan, ni imágenes literarias, ni entiende de comparaciones. El Arca de Noé le parece una tomadura de pelo. Según su sentir, podían haber dejado que se ahogaran los chinches, las garrapatas, las cucarachas y las pulgas, sobre todo las molestas pulgas, un insezto tan inútil y traidor. 

Baroja ha sabido preparar con maestría y meticulosidad el momento de Juan, la actuación estrella del mitin. En contraste con el hombre rechoncho y mofletudo precedente, su aspecto escuálido de niño enfermizo capta la atención de los espectadores, emociona a la audiencia con el tono natural y la fluidez de su voz cálida e insinuante: “La anarquía -dijo- no era odio, era cariño, era amor; él deseaba que los hombres se libertasen del yugo de toda autoridad, sin violencia, sólo por la fuerza de la razón”. “Él quería que las pasiones, en vez de ser constantemente reprimidas por una férula implacable, fuesen aprovechadas como fuerza de bienestar”. Seduce a los presentes con sus metáforas: “Sólo lo libre es hermoso -exclamó; y en una divagación pintoresca dijo-: El agua, que corre clara y espumosa en el torrente, es triste y negra en el pantano; al pájaro se le envidia en el aire y se le compadece en la jaula. Nada tan bello como un barco de vela, limpio y preparado para zarpar”. Cuando les habla del amor, lágrimas azules ruedan por el rostro de la Salvadora. Su voz adquiere la algodonosa entonación de la ternura al comprobar el efecto de sus palabras en los asistentes, las mejillas encendidas como sintiendo en carne propia todas las injusticias que se ciernen sobre los desheredados. Alguien salta como un resorte desde el fondo del patio de butacas, es Caruty que grita:  ¡Viva la Anarquía! ¡Viva la Literatura!, un poco antes de que una pareja de la Guardia Civil le ponga los grilletes. Juan pone punto y final al emocionante alegato. La gente sale del discurso conmovida, con lágrimas en los ojos, los corazones embargados por la emoción que han vivido en vivo y en directo. 

"Here's to you, Nicola and Bart  
Rest forever here in our hearts  
The last and final moment is yours  
That agony is your triumph"
Joan Baez 


Joan BAEZ * here's to you * por art-worlddiffusion

Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

sábado, 11 de mayo de 2013

Autorretrato




"Mi verso brota de manantial sereno" Antonio Machado


CAMPOS DE CASTILLA. ANTONIO MACHADO 

Solamente unos apuntes para situar la obra de Antonio Machado en su circunstancia personal e histórica. Antonio Machado Ruiz nace en Sevilla en 1875 en el seno de una familia culta. Segundo hijo del matrimonio formado por el folklorista Antonio Machado ÁlvarezAna Ruiz, ésta sobrevive tres días al Miércoles de Ceniza del veintidós del dos de 1939 en que el poeta entrega su alma y su cuerpo en Collioure (Francia). El ambiente del hogar era propicio a una educación orientada a la cultura y a la literatura. 

 La figura del abuelo, Antonio Machado Núñez, es importante porque es él quien mantiene a la familia. En 1883 se trasladan todos a Madrid tras la estela del abuelo catedrático. Allí entra en la Institución Libre de Enseñanza que le influye en su orientación cultural y educativa y a cuyos profesores siempre recordará, sobre todo a don Francisco Giner de los Ríos. 

La muerte de su padre y de su abuelo en 1893 y 1895 obliga a los hermanos Machado, Manuel y Antonio, a trabajar para contribuir en la diezmada economía familiar que tal desgracia provoca. De esta fecha, 1893, datan sus primeras colaboraciones literarias en prosa – sus poemas iniciales no aparecen hasta 1901. Su primer viaje a París es en 1899, los dos hermanos trabajan durante varios meses en la editorial Garnier. En 1902 vuelve a la capital francesa y conoce a Rubén Darío con el que traba una gran amistad y le guía en su amanecer a la poesía. De 1907 a 1912 ocupa la plaza de catedrático de francés en el instituto de Soria. Conoce a Leonor con trece años y se casan dos años más tarde, en 1909. Leonor Izquierdo fallece en 1912 a los dieciocho recién cumplidos tras penosa enfermedad, después de una tercera estancia en París durante el año 1911, becado por la Junta de Ampliación de Estudios, que la enfermedad de ella acorta. La época soriana de cinco años siempre será recordada por el poeta como la más feliz de su vida. 

De 1912 a 1919 trabaja en Baeza. En Segovia, hasta 1932, donde colabora con la Universidad Popular y de nuevo Madrid hasta finales del 36 en que el ejército republicano lo instala en Valencia. En abril del 38 pasa a Barcelona y en Enero del 39,  junto a su madre, su hermano José y su cuñada emprenden el camino hacia el exilio francés bien ligero de equipaje. 

Campos de Castilla aparece en la primavera de 1912. Constituye un éxito ya desde el primer momento de su gestación, buena prueba de ello es que recibiera por adelantado trescientas pesetas y que la tirada de la primera edición fuera de dos mil trescientos ejemplares. Ya quisieran los poetas actuales estar en unas condiciones similares. 



En el Patio de la Giralda de Sevilla madura el  limonero.


El poema Retrato ve la luz por vez primera el uno de febrero de 1908 en el diario El Liberal. Por lo tanto el autor es un hombre maduro de treinta y tres años, la edad de Cristo, hace recuento de su vida hasta ese momento y presagia su final. Está instalado en Soria, tiene trabajo estable por vez primera en el Instituto y hace unos meses que siente las mariposas del amor revolotear en sus entrañas. A la fuerza su estado emocional tiene que influir en el poema. Retrato honra, se ajusta como anillo al dedo al contenido del poema. Además de retratar su vida con poesía plena de decideras imágenes literarias, el poeta describe su apariencia física y su personalidad, defiende su concepto de poesía y los poetas. Expresa su respeto a las rutinas, a cumplir con el trabajo que libera y la serenidad del que afronta el final de los finales porque nada debe ni a él le es debido. 

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, 
y un huerto claro donde madura el limonero; 
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla; 
mi historia, algunos casos que recordar no quiero. 

El cuarteto de versos alejandrinos que pone en suerte el poema (catorce sílabas de rima consonante) es un modelo de sencillez de bronce, serenidad cincelada a conciencia porque los primeros versos de todo poema son la carta de presentación, la declaración de intenciones de lo que luego vendrá, y porque son tan puros que parecen salidos de la nada. Imposible abarcar tanto significado con tan pocas palabras. El resumen de todo lo vivido concentrado en cuatro versos que huyen del discurso impostado, versos exentos de cualquier atisbo de retórica afectación, pero cargados de ritmo, de duende andaluz, cadencia y compás. La coordenada espacial bien definida en esa rima tan brillante, puro contraste de tantos sentidos, entre Sevilla y Castilla. Identifica Castilla con Madrid en un tiempo en que la capital del reino pertenecía a Castilla la Nueva. El tiempo hilvanado entre la niñez en una casa noble de vieja raigambre sevillana (dotada de patio y huerto, por supuesto), la juventud alocada de la bohemia madrileña y el misterio de lo que se deja escondido en un rincón del desván de los recuerdos, que nos empuja a descubrirlo. 




Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
 —ya conocéis mi torpe aliño indumentario—, 
más recibí la flecha que me asignó Cupido, 
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario. 

Confiesa que nada tiene en común con la tradición literaria de los malditos donjuanes. Nada que ver con el seductor de vida disoluta, luego arrepentido, don Miguel de Mañara,  ni tampoco con el “feo católico y sentimental”, Marqués de Bradomín. Amó a las mujeres que se dejaron amar. La mirada del poeta no se detiene en banalidades, va más allá de su aspecto astroso y descuidado. “Cenicienta” lo motejaban los alumnos por tener las cenizas del cigarro salpicadas por la ropa. 

De la personalidad de su padre, "Demófilo", amigo de Joaquín Costa“folklorista liberal, anticlerical, francmasón, determinista y abogado excomulgado” (Alejandro Bermúdez Vivas),  recibió en herencia su carácter rebelde, esas gotas de sangre jacobina que le cerraron tantos caminos profesionales y obligó a la familia a mudarse de residencia y a afrontar periodos de penurias económicas. Aunque conoce su doctrina, no es sectario, tampoco doctrinario, sabe debatir: defiende lo suyo y respeta al oponente. Huye de esos hombres de cabeza mediana que embisten contra todo aquello que no les cabe en la cabeza. Con su limpio compromiso a favor de la República, a favor de la democracia, pasó a la historia como un ejemplo de decencia, de buena gente: 

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, 
pero mi verso brota de manantial sereno; 
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, 
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. 



"¿Soy clásico o romántico? No sé"
Monumento a Bécquer en el Parque de María Luisa de Sevilla.

En las tres estrofas siguientes define su concepto de poesía. Sus estudios de francés, dos estancias en París, la amistad con Darío y el estilo de su propio hermano Manuel le han orientado hacia el Modernismo y las corrientes francesas del momento, el Simbolismo, basadas en la aparente sencillez que requiere versos más depurados y limpios. A través de la enseñanza de los mejores maestros encuentra su propia personalidad, su voz poética que se afirma en la pausa:  “A distinguir me paro las voces de los ecos”. Su espíritu tembloroso de rebeldía le guía a desvelar su misterio a la luz del día, le desvía del coro de grillos, gente lunera, que esperan la anochecida para entonar el canto viejo y repetido, molesto y sin gracia como el monótono crack, crack del cascanueces. 

Su herencia es un verso suelto que desentona en los caminos trillados de la poesía. El futuro no existe para el poeta si no es en el verso limpio, trabajado de desnudez que abre nuevas veredas. Le aterra el olvido. Su esperanza de salvación son los versos que le recuerden, como se recuerda la mano que blandió la espada y no la fragua, ni el herrero que la forjara. 

[…]Dejar quisiera 
 mi verso, como deja el capitán su espada: 
 famosa por la mano viril que la blandiera, 
no por el docto oficio del forjador preciada. 

Su poesía surge del diálogo de tú a tú con su otro yo, al arrimo de la lucha de caínes y abeles, de la eterna tensión interior de demonios y arcángeles disecados que nos asalta en cada revuelta. El poeta agradece a la voz interior el camino recto, la llave que abre de par en par la puerta grande del secreto de la bondad y canda el odio para siempre a la “sombra de Caín”. 

Converso con el hombre que siempre va conmigo 
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—; 
mi soliloquio es plática con ese buen amigo 
que me enseñó el secreto de la filantropía. 

Sus escritos han sido fruto de la meditación, de la coherencia y compromiso con la vida. Agradece el trabajo que la dignifica, que te viste y  procura manutención y alojamiento. El poeta puede morir tranquilo, ligero de equipaje como mueren los poetas que nada deben y todo son debido porque legan sus versos, la tierra labrada lista para fructificar en vates y trovadores de generaciones posteriores. También en los poetas y cantautores de la Democracia que descubrieron en su compromiso y fidelidad con la legalidad un símbolo. Convirtieron sus imágenes poéticas en verso claro de un futuro mejor. 

Machado pasa a tinta indeleble su poesía, su retrato interior, las palabras que brotan de su manantial sonoro que no terminan con el último viaje del poeta, sino que acompañan a los vivos. De sus labios salieron dos palabras el día en que la muerte ganó definitivamente la partida,  ya perdida de antemano, apenas un mes después de abandonar España: “Adiós, madre” y en su bolsillo un verso: “Estos día azules y este sol de la infancia”, que hace del futuro que se agota un bucle, un regreso al asombro, al alba de las primeras claridades. 


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

martes, 7 de mayo de 2013

Peor es morirse de hambre




"El anarquismo se consideraba siempre en vísperas de un cambio total, de una revolución completa"

La familia del anarquista el día de su ejecución. Conciencia tranquila. 1897. Óleo sobre lienzo. 310 x 221,5 cm. Museo de Bellas Artes de Asturias. Oviedo.  


Aurora roja. Pío Baroja (6) 

Reaparece don Alonso, El Titiri, viejo amigo titiritero y aventurero de las novelas anteriores, hecho todo un policía de verdad. Antes de llegar a guardián del orden vocea el cinematógrafo del señor Salomón que, a cambio de sus voces, le da vestido y comida regular. Vivía este señor Salomón con su mujer y dos hijas y no era feliz, pues como sentenciaba el Salomón de la biblia: “La mujer es más amarga que la muerte”. En un pueblo camino de Murcia, las fuerzas vivas de la localidad los apedrean y tienen que correr por unos problemas de censura. Lo llevan preso a Madrid y se libra de la cárcel con la condición de hacerse policía y pillar al Bizco que ha vuelto a matar. La víctima ahora es La Galga. Afectado de los males del tifus, muere. Como no tiene padre, ni madre, ni perrito que le ladre, lo tiran a un hoyo “ante la mirada azul, clara y serena del cielo”.  Pero qué mala muerte le da a este personaje tan entrañable don Pío, no se  merece este final.

Existe en Madrid un edificio noble de pasillos trazados a lo largo y amplias galerías que alberga a la vieja dama de los ojos vendados, adusta y severa, ataviada con toga negra y encargada de impartir justicia entre los agraviados y agraviadores de la sociedad, siempre rodeada por un manojo de “curiales, alguaciles, escribanos, relatores, prestamistas, corredoras de alhajas, hombres buenos, abogados de fama y abogados de poyete..., una larga procesión de sacacuartos y escamoteadores” que le quitan la venda de sus ojos de gata para desvirtuar las escrituras del libro de la ley con más interpretaciones que la biblia. 





Baroja ha tallado el personaje del Bizco como si fuera la personificación del mal, dotado de una porción de comportamientos y cualidades negativas, a cual peor, a lo largo de la trilogía. De más malo que un dolor, o peor que la carne el pescuezo lo hemos calificado. Una vez detenido, juzgado y a la espera en el corredor de la muerte, confinado en la soledad de las últimas horas, lo redime. A instancias de Juan, Manuel va a visitar al Bizco humanizado. A pesar de no mostrar ni un asomo de arrepentimiento en sus entrañas, le dota de la potestad de pensar y de sentir gran tristeza, una enorme tristeza, lo cual lo diferencia de los animales. “La vagancia había sido para su alma como una hemorragia del espíritu. Su poca inteligencia se había esparcido en las cosas como se esparce el perfume en el aire”. Solo le pide que no le hagan daño en el viaje final. En cumplimiento del último deseo del condenado, varios componentes del grupo de la taberna del Chaparro van a visitar a uno de los sacerdotes del patíbulo, verdugo oficial del reino. Cuenta con catorce o quince ejecuciones a la espalda, un oficio mardesío que tiene que pagar los arreos propios de la faena del ajusticiamiento: “Estas correas las he tenío que pagar yo” - se lamenta el verdugo. Un oficio que “er malo pero peó e morirse de jambre”. Confiesa con la pesadumbre e impotencia del que ha probado la mar de oficios para nada: “He sío sordao en Cuba durante muchos años; he sío herraor, barbero, carretero, vendeor de juguetes..., ¿y qué?, no podía viví”. El ejecutor de sentencias de Francia está mejor considerado (seguro que también tiene más guillotinas que afilar), dispone de treinta mil reales de jornal y le queda una buena jubilasión. El corazón de Pío Baroja desborda ternura para describir a los desheredados, el oficio de verdugo. Le da voz a los seres más marginales y arrinconados de la sociedad, desbroza una senda que después seguirán Luis Berlanga (1963) y Basilio Martín Patino (1977) en el cine. El verdugo es el administrador de la justicia, la espada justiciera del derecho, el brazo tonto de la ley, cuando la pena a aplicar es la máxima. Por similar motivo se había apiadado antes de Jesús y del señor Canuto, y de su afición a profanar tumbas de cementerios abandonados. 

Morales resulta ser un buen gestor de la imprenta. Con buen criterio empresarial se le ocurre que un encuadernador al pie de casa le vendría bien al negocio, ello le atraería clientela y ahorrarían trabajo y gastos de transporte. Manuel está de acuerdo con la sugerencia y se dirige a casa de Jacob a proponerle el negocio. Este viejo conocido es un negociante duro de pelar. Va a lo suyo, llora y se queja para conseguir las mejores condiciones. No le interesan las discusiones de política, son cosas de otra raza, de otra religión, pero acepta el desafío y se instala. 




 "Ya no me importaría ser golfo, no tener dinero; habiendo leído la Historia de la Revolución Francesa, creo que sabría ser digno...".

Manuel abandona la tertulia de la taberna del Chaparro, más que nada porque El Bolo, zapatero de portal, bajito, rechoncho, muy feo y afectado por una leve cojera, le presta La Historia de la Revolución Francesa de Jules Michelet y se engolfa en la lectura de los miles y miles de páginas reunidas en siete tomos. El Bolo es un republicano desencantado que odia a los socialistas porque, a su parecer, le han robado la base obrera a su partido. Ahora es ácrata, agradecido por el apoyo y  respeto que prestan  a Pi y Margall. Pero la discusión política en serio es la que traen entre manos Morales y Juan. Morales es un socialista leído que cree que la lucha de clases es el motor de la historia y el artífice del progreso. Juan, en cambio, alega que el progreso se produce como consecuencia de la victoria de la rebeldía contra la autoridad. Afirma sin complejos: “La autoridad era todo lo malo; la rebeldía, todo lo bueno; la autoridad, era la imposición, la ley, la fórmula, el dogma, la restricción; la rebeldía era el amor, la libre inclinación, la simpatía, el altruismo, la bondad...” 

Ante la hondura de los razonamientos de uno y otro, Manuel escucha y se inclina por una postura práctica de eclecticismo. Por un lado, no le agradan los que pretenden convertir el mundo en un hormiguero de funcionarios, pero tampoco le parece de recibo el todo o nada postulado por los ácratas. Esperar la revolución como el “santo advenimiento, como un maná, como una cosa que vendría sin esfuerzos pesados y molestos” es una quimera. El mismo radicalismo extremo fatiga a la larga. El resultado final es un dogmatismo como otro cualquiera. Las discusiones solían terminar como el rosario de la aurora, como terminan todas las quimeras en las que el odio por el otro predomina; tildando a los contrarios de imbéciles locos que hay que sanar, o recomendando lecturas que curan del fanatismo que te acosa o recordando el paso por el ministerio correspondiente para cobrar el precio de la traición, creyéndose todos apóstoles, seres superiores. (Qué curioso que hace más de un siglo ya se desbarrara tanto como  ahora, o más). 

Impresionante documento dirigido por Basilio Martín Patino. En 1977 aún quedaban estos ejecutores de sentencias: 






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


sábado, 4 de mayo de 2013

Apuesta por lo que amas * Actualización




 "Te dejo,  amor,  en prenda el mar"


La marca del meridiano. Lorenzo Silva (4) 

La acción constituye un elemento sustancial de la novela policiaca y el autor, siempre atento a los tópicos del relato, nos sorprende con una escena de acción trepidante a la mañana siguiente. Un X5 sigue a Lucimara en su rato de deporte habitual. Ellos evitan que se la lleven en un número de película. Los hechos se precipitan, el ritmo de la historia se acelera. 

La enorme cantidad de datos personales obtenidos por la policía a través de la “pizarra en la nube” de las redes sociales, unidos a la habilidad del equipo de Bevilacqua para lanzarlas como una avalancha repentina,  descomponen las débiles defensas de la joven brasileña, la desarman, mostrándose dispuesta a colaborar. Una llamada de López le lleva a Santander al día siguiente. En un portal de vuelos baratos encuentra un billete desde Reus. El trabajo se amontona, el caso se enreda con varios frentes abiertos. Como Vila no es Dios y entre sus virtudes no consta el don de la ubicuidad, delega en Chamorro la parte catalana. Los protocolos y la coordinación entre los diferentes cuerpos policiales requieren mano diestra y tacto para evitar que los celos profesionales manden al garete la investigación. 

López le recibe en el aeropuerto de Santander. Durante la comida le pone al día del operativo. Nada como una botella de Rioja por pareja para desatar las lenguas y limar aristas en el encuentro. Acostumbrado a mandar y dirigir, experimenta un alivio al ponerse a la orden. Incluso le requisan el móvil para que la relajación sea más completa. 

Diecinueve agentes de las fuerzas especiales de la Guardia Civil ocupan una casa contigua desde primera hora de la mañana. Tienen planeado actuar contra un alijo de drogas a la luz de la luna. La operación del asalto a la casa se realiza con rapidez y pulcritud. Caen seis guardias civiles –Salazar entre ellos-, cuatro narcos y trescientos cincuenta kilos de coca. La visión de los guardias civiles cazados en la operación, humillados y cabizbajos, le deja un poso de tristeza, “una mezcla de desazón y repugnancia; desazón por ellos y por su hundimiento y repugnancia por el mundo que buscaba y lograba corromperlos”. 

Llegan a Santander capital con los detenidos bien entrada la madrugada. Con tanto trajín nocturno el amanecer se les echa encima sin contemplaciones. Tienen que interrogar a los detenidos. López resulta un experto interrogador, forjado en los días de plomo del norte cuando todo tenía que estar bien atado, “teniendo enfrente a leguleyos batasunos entrenados para descuartizar picoletos”. A media mañana interroga a Oleiros, un cabo que trabajó durante diez años con Robles en el norte y eso une de por vida. Confiesa que se ha metido en esto porque el sueldo no le llega. Tiene una mujer enferma, un hijo discapacitado y trampas que pagar. Para Bevilacqua estos son los casos más difíciles porque el detenido lleva treinta y cuatro años intachables de servicio y la derrota en la mirada. 



 "Mientras caminaba sobre la arena, mi memoria se retrotajo a los años que había pasado a la orilla de aquel mar"


Bien diferente es la actitud de Salazar. A media tarde, después de una siesta reparadora, López le pone en suerte a un Salazar insolente, exaltado como un cocainómano y lanzando denuestos a diestro y siniestro. Bevilacqua sigue la táctica del poli bueno, Robles se la enseñó y da resultados. El brigada va directo al grano, solo le interesa la parte que tenga que ver con Robles. Acusa el golpe, se duele en el castigo cuando le cuenta que suya es la última llamada registrada en su móvil. Duro de pelar, no se viene abajo. Perro viejo, dispone de recursos y contraataca: “Coño ahora lo veo. ¿De qué vas, con la suavidad esa que te gastas? Me estás haciendo chantaje, ¿es eso? Acabáramos. ¿De verdad piensas que voy a caer así como así? Ya habrás visto que tengo abogado”. Sin embargo, la posibilidad de verse entre rejas, acusado de asesinato, desmorona su defensa.  El guardia malo canta, le pone el nombre de Roberto sobre la mesa, éste había llamado a Salazar para que tranquilizara a Robles inquieto al observar que en el lío de la prostitución había menores involucradas y eso era delito de los gordos. El interrogatorio se lo apunta el policía, constituye una muesca más en la culata del revólver del vaquero Bevilacqua. 

Una vez concluido el trabajo de Cantabria, nuestro policía protagonista regresa en avión a Cataluña. Su equipo le espera en el aeropuerto de Reus. Un río de melancolía se desborda ante sus ojos al comprobar que sus enseñanzas no han caído en saco roto. Se siente orgulloso de la madurez y competencia que han alcanzado sus hombres en los quince años que lleva transmitiendo las mismas enseñanzas que a él Robles le enseñó. Contempla las cuatro generaciones de investigadores como una cadena a la que falta el primer eslabón, el que corresponde a Robles, roto. 

A partir de la operación cántabra los acontecimientos se precipitan, apuntan al desenlace. La cúpula policial decide actuar sin dilación para evitar que los sospechosos borren pruebas. Caen quince hombres –Roberto entre ellos-, siete mujeres y dos policías en la redada. Vila se salta las reglas con Jessi, una de las descarriadas detenidas, le aconseja al soltarla: “Vuelve con tu gente, dondequiera que esté, […] Olvídate de todo esto. Nunca estuviste. Nunca sucedió”. 

Algo escondido, hasta ese momento apaciguado, se le revuelve en los adentros cuando Roberto suelta el nombre de Tomás Valero, el Travolta, durante el traslado. Éste es el hombre, el animal que todos llevamos dentro, los demonios del pasado que apresan el aire y te cortan el resuello. Bevilacqua se confiesa con Virginia. Le da cuenta del alivio que supuso su llegada a Barcelona después de tres años de ambiente hostil en el País Vasco, sintiendo en la nuca el aliento frío del odio, “alacranes capaces de plantar cara hasta la última bala cuando ibas a por ellos, y morir matando”. Robles le descubre la manga ancha, hacer la vista gorda a cambio de información y “favores” que él siempre rechazó. Conoce a una chica, su mujer se entera y divorcio al canto: su mejor compañera convertida en su peor enemiga de la noche a la mañana y un giro radical a su modo de vida. Virginia le agradece la confianza tomándole la mano (en el primer contacto físico del relato entre los dos). 



"Solo la arena y el mar. La arena sobre la que cayó el hidalgo, el mar que le vio perder su ventura". 

 Herreros. 1964


Tras el desenlace luctuoso, ajuste de cuentas según el código de conducta de la justicia paralela del hampa (no revelemos más por no restar suspense a los lectores que hayan llegado hasta aquí, y no hayan leído la novela), el autor propone una coda final que se corresponde con la importancia que la víctima adquiere en una novela policiaca. Una explicación del silencio del protagonista, hilo conductor del final del relato y -al mismo tiempo- un as guardado en la manga del autor para meternos en la lectura de una novela bien ligada y dotada de una vivacidad, fluidez y ritmo narrativo extraordinarios desde la primera página. Un secreto perturbador que capta la atención de los lectores desde los primeros pasos del relato y que desentraña, con guiño cervantino incluido, sobre la misma arena y frente al mismo mar testigos mudos ambos de la derrota de don Quijote en lucha con su alter ego, el Caballero de la Blanca Luna. La lucha entre el bien y el mal que todo hombre lleva en las entrañas en la que Robles lleva la peor parte: paga con su vida su inclinación hacia el bien al no querer convertirse en un canalla. 

Imágenes poderosas, no exentas de emoción,  acompañan el final, como lo es ver al curtido brigada llorando frente al amor, abrazado a Virginia lo suficiente para sentir y sentenciando: “Ningún hombre que se muera sin haber llorado alguna vez frente al mar puede decir que ha vivido”. 

Y antes de que La marca del meridano haga mutis por el foro, antes de que el señor de los blogs nos eche de su casa por pesado y por pasarnos de largo de la extensión normal de una entrada, me gustaría reseñar la belleza de los términos sacados de la tauromaquia y la naturalidad con que el autor los utiliza en esta novela tan viajera, amén de la riqueza léxica que le otorga al relato. Es probable que al autor le dé igual la vaca y el hijo de la vaca brava, pero con el uso de este léxico hace mucho más por la conservación del animal más libre que pasta en la península que muchos que viven de su cría. He anotado: 
Lidiar con este embolado (19) 
Ya lo dijo el torero. Ha de haber gente pa to (37) 
A la juez te la pongo en suerte cuando quieras (57) 
Echarnos un capote (216) 
Vestidas para matar o morir (246) 
A las once os lo pongo en suerte (349) 
Con la misma mansedumbre de un Miura (362) 
Sus mozos de espadas (371) 
Me echó un capote (378) 
No le pierdas la cara nunca.

* Este mundillo de los blogs que ocupa nuestros días como una adicción,  da diariamente muchas satisfacciones que vienen de parte de los lectores habituales y comentaristas -por supuesto-. A veces y sin pretenderlo porque el cupo de vanidad del yo personal ya está más que bien cubierto por los fieles,  ocurre lo sorprendente. Los autores demuestran que también son personas normales que pisan el suelo de los vivos y restándole tiempo a su actividad de escribir, se bajan del ficticio pedestal de la fama, usan la herramientas de internet para  recuperar y sumar ese tiempo al acercarse  a los lectores: Gracias a Lorenzo Silva por sus palabras y enlaces tan generosos en nombre del grupo de lectura de La Acequia  



"YOU LOCK THE DOOR
AND THROW AWAY THE KEY
THERE'S SOMEONE IN MY HEAD BUT IT'S NOT ME.
AND IF THE CLOUD BURSTS, THUNDER IN YOUR EAR
YOU SHOUT AND NO ONE SEEMS TO HEAR.
AND IF THE BAND YOU'RE IN STARTS PLAYING DIFFERENT TUNES
I'LL SEE YOU ON THE DARK SIDE OF THE MOON".
Pink Floyd



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

domingo, 28 de abril de 2013

Siempre están reunidos




"Un perro vagabundo le lamía las manos y Jesús le acariciaba y le dirigía largos discursos"

Toulouse Lautrec

Aurora roja. Pío Baroja (5) 

El trabajo empieza a llegar a la imprenta y Manuel pasa de la haraganería a una actividad febril que le mantiene ocupado, súbitamente, incluso por las noches. Un día que las gestiones le llevan por el centro de Madrid, descubre a Jesús de mala manera, borracho como una cuba. Le insulta, le acusa de burgués dominado por la Salvadora. En lugar de irse a casa, Manuel se va con él y una criada a comer. Paga Jesús que tiene dinero fresco. La comida se alarga hasta el amanecer. La Salvadora le espera cosiendo. Él sale de casa de nuevo para el trabajo y observa cómo Jesús le habla  a un perro vagabundo en la calle

Una tarde oscura y lluviosa del mes de febrero un carruaje se detiene a la puerta de la imprenta. De él se baja Roberto, el socio capitalista. Le ofrece trabajo fino para el negocio: una edición de un libro con grabados, cuadros de estadísticas y números, lo cual constituye un reto para la habilidad profesional de Manuel. Que Roberto ha prosperado, es algo que su porte al andar delata sin querer. Sin embargo, sus ideas han retrocedido, rayan en la desvergüenza, con el fascismo indecente. Defiende la anarquía, pero solo para los elegidos, las élites; a los demás que le vayan dando, a la canalla se le aplica la ley de vagos y maleantes: “Siempre habrá suplementos de hombres que suden por el sabio, por la mujer bonita, por el artista…” Roberto ha ganado dinero y conquistado una mujer de bandera, pero no tiene bastante. Quiere el poder, dominar a su antojo a los demás. Opina que a España le sentaría bien un despotismo progresivo, “un dictador que dijera voy a suprimir los toros, y los suprimiera; voy a suprimir la mitad del clero, y lo suprimiera; y pusiera un impuesto sobre la renta, y mandara hacer carreteras y ferrocarriles, y metiera en presidio a los caciques que se insubordinan, y mandara explotar las minas, y obligara a los pueblos a plantar árboles...” Qué peligrosos se me antojan estos iluminados, amantes del gesto autoritario de la prohibición, de la imposición por decreto. Ya de paso mandamos al matadero a una raza completa de animales únicos, leemos los libros que tu digas, nos censuras las películas, llenamos las cunetas de todos los que estorban, te instalas en el poder, nos impones tu lengua y llenas la linde de mojones, mugas y pasos fronterizos vigilados, no sea que la chusma vaya a contaminar tu aristocrático porte. 


"Luego, ya entrenado, Caruty cantó canciones socialistas y otras de café-concierto de Bruant [...]



La contratación de un gerente para la imprenta alivia la carga de trabajo de Manuel. En casa desempiedran el patio y plantan un par de parras además de una higuera achaparrada. Kis y Roch terminan por hacer buenas migas. Las gallinas cacarean, el gallo se gallardea y Manuel no avanza en asuntos amorosos. Un velo invisible se interpone entre él y la Salvadora. A Jesús, al señor Canuto y a otros les da por profanar tumbas de los cementerios cercanos para llevarse lo poco de valor que tengan los muertos. Cuando los descubren, le pide a Manuel cincuenta pesetas para quitarse de en medio, para bajarse al moro. 

La nómina de adeptos al sanedrín de Aurora Roja se amplía. Canuty es un revolucionario de los de la guillotina bien a punto, habla con acento francés y debe estar enfadado con el mundo de continuo: “Quisiera ver a mi padre, a mi madre y a mis hermanos ahorcados en un jardín reducido” son sus credenciales. Se le inflama el corazón cantando cánticos revolucionarios, pero termina entonando canciones del café-concierto de Bruant. 


"Había heridos gritando y la mar de señoras desmayadas, y una niña de diez o doce años muerta"


Un judío ruso, Ofkin, comisionista y vendedor de perfumes en París, manifiesta su apego a la mezcla de esencias. Su anarquismo es cuestión de química y síntesis artificiales. Para Manuel “la anarquía de aquel señor era también algún producto químico, encerrado en un frasco”. Habla la jerga meridional mediterránea, mezcla de francés, castellano e italiano. 

El Libertario cuenta el caso de un paisano andaluz, hijo del sacristán del pueblo, “simpático y modesto, lo que es bastante raro en un andaluz” (don Pío haciendo amigos de nuevo) y admirado por las parisinas a causa de su aire bárbaro. Curtido en las minas de carbón de Gales, un día lo descubre portando una bandera roja en una de las frecuentes manifestaciones en París provocadas por las protestas del caso Dreyfus. “-Creía en la Anarquía como en la Virgen del Pilar” proclama Prats. Juan le repone que “en todo lo que se cree, se cree lo mismo”. 




 "cuando el entierro de las víctimas, parece que se le ocurrió subir a lo alto del monumento de Colón con diez o doce bombas, y desde allí irlas arrojando al paso de la comitiva".  
Jose María Torrecilla


Skopos el griego conoció a anarquistas de renombre como Angiolillo o Paulino Pallás y fue testigo de la bomba en el Liceo de Barcelona. Vivió de primera mano el turbión de gente espantada, con los ojos desencajados que se precipitaron en avalancha fuera del teatro después de la explosión. Conciben el Anarquismo como una nueva religión. Manuel se siente a disgusto en aquel ambiente de destrucción. 

El cementerio de La Patriarcal está abandonado. Hace tiempo que los cipreses perdieron su venerable aspecto detrás de los altos tapiales derruidos. El abandono ha hecho estragos entre los sepulcros. Las tumbas y los caminos, en otro tiempo bien cuidados y trazados, parecen una selva espesa. Las matas de zarzas agigantadas, los jaramagos, las ortigas amenazantes, los cardos y labrestos se habían apoderado de la soledad de los muertos. Era el triunfo de la naturaleza salvaje y de la hierba espesa que crece más alta en los cementerios. Ni el silencio quedaba en el campo santo. Manuel y Rebolledo acompañan al agente Ortiz, viejo conocido que reaparece, a levantar acta de la desidia. 


 ¿Y qué decir del manager audaz y decidido
que no me recibió, que siempre estaba reunido?
Hoy, moviendo la cola, se acercó como un perro
A pedir que le diéramos vela en este entierro
Joaquín Sabina





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.