jueves, 7 de diciembre de 2017

Don Juan Tenorio (y 6) José Zorrilla. Rey sin corona.





"Y las campanas doblando por ti están"

Don Juan Tenorio (y 6) 
José Zorrilla 

ACTO TERCERO 
El ritmo apresurado de los primeros actos se serena en la segunda parte. De los diálogos eléctricos pasamos a los largos soliloquios que reflejan el conflicto interior de don Juan. La tensión dramática se articula en torno a la salvación o condenación del protagonista y a la lucha interior por discernir entre alucinación y realidad, siempre bajo la amenaza del reloj de arena, el tiempo que se agota, el miedo a morir sin perdón. Como ya nos advirtió el autor en los créditos de la obra, Don Juan Tenorio es no solo un drama fantástico, también lo es religioso como acabamos y terminaremos de ver y comprobar. Si el capitán Centellas mató a don Juan en la calle, ¿a qué viene su aparición aún vivo en el acto final? Y qué decir del trasiego de cadáveres, espectros y sombras, planteando un conflicto de dimensiones teológicas sobre el verdadero momento de la separación del alma y del cuerpo. Doctores tiene la santa madre iglesia que lo sabrán responder. 

Don Juan sale a escena con la lentitud de los muertos que no conocen la prisa. Acude a la cita con la estatua de don Gonzalo. Siguen en el panteón de los Tenorio, las estatuas de don Gonzalo y doña Inés han bajado al suelo. Don Juan reflexiona en voz alta, se quita la culpa, él no es responsable de las muertes que se le imputan, fueron ellos los que tenían marcado el destino. Ellos fueron los que le salieron al camino conscientes de su destreza y ventura. Ahora siente el eco de las sombras: 
¡Oh! Arrebatado el corazón me siento 
por vértigo infernal…, mi alma perdida 
va cruzando el desierto de la vida 
cual hoja seca que arrebata el viento. 



"Fantasmas desvaneceos"

Siempre pensó que el alma moría al mismo tiempo que la vida, pero hoy siente los pasos de piedra de don Gonzalo tras los suyos. Duda de su esencia. Si todo es sueño, nadie le va a aterrar con engaños. Si es realidad, buena gana de intentar aplacar el enojo del cielo. En modo alguno se achica, da la cara para que se aclare si es realidad o sueño. El escenario se convierte en un aquelarre. Se abren los sepulcros. Los esqueletos envueltos en sudarios salen de las tumbas; las sombras, espectros y espíritus pueblan la escena. La mesa es un pandemónium, la capital del infierno: un plato de ceniza, una copa de fuego y un reloj de arena prestos encima de ella; rodeada de culebras, huesos y fuego. El valor y el sentido se van alejando de don Juan cuando la estatua de don Gonzalo le dice que su existencia se agota. Necio es quien no teme a la muerte. Ante el adiós definitivo el valor se trueca en pavor. Antes debe asistir al festín que la estatua le ha preparado. Fuego y ceniza, el futuro que le espera al salir de allí. Fuego en el que arderá eternamente, consecuencia de su mala vida, pago del desenfreno ciego. Sólo ahora que la sangre le hiela el corazón, comprende que hay otra vida más allá. Qué injusto es el cielo que no le deja ni tiempo para arrepentirse de sus treinta años de crímenes y delitos, se lamenta don Juan al ver que sólo unos granos de arena faltan por consumirse. Imposible que sólo un instante de contrición sirva para borrar tanta maldad acumulada. 

Don Juan asiste a su propio funeral, las campanas doblan por él. El sepulturero cava la fosa y los fieles cantan los responsos en honor a don Juan. El muerto está, el capitán Centellas lo mató a la puerta de su casa aunque él no quiera recordar. Ya solo pide: 
Dejarme morir en paz 
a solas con mi agonía 

La estatua ya no insiste más, le ofrece la mano de nieve, la negra mano huesuda para que le acompañe al infierno, pero don Juan reacciona en el último instante: 
¡Aparta, piedra fingida! 
Suelta, suéltame esa mano 
que aún queda el último grano 
en el reloj de mi vida. 


"Mi mano asegura esta mano que a la altura tendió tu contrito afán"


Justo cuando don Juan se dirige a Dios: “¡Señor,  ten piedad de mí!”, todas las sombras, esqueletos y seres del más allá se abalanzan sobre él y se abre la tumba de doña Inés que toma la mano libre de don Juan. Viene en nombre del cielo a perdonarle. Dios le otorga la salvación gracias a su intersección. Misterio cuya comprensión está solo al alcance de los justos. Cesan los responsos, para la música fúnebre, callan las campanas, las sombras regresan a las urnas, vuelven los esqueletos a sus tumbas y las estatuas se encaraman a los pedestales. Comienzan para don Juan las celestes venturas al tiempo que la estancia se ilumina con luz de la aurora por primera vez en la obra. 

Parece que el alma de don Juan va al purgatorio porque muere con perdón, es el Dios del perdón el Dios de don Juan Tenorio. El telón no cae hasta que los espectadores ven a don Juan morir a los pies de doña Inés. Mueren en el mismo acorde, los dos a la vez. Las almas vuelan en forma de llamaradas de sus cuerpos sin vida.


Yo el trovador cascado 
Tu la gran prima donna 
Tu reina sin corona 
Yo fuera de la ley 
 La canción que te escribo 
No es más que una postdata 
Si la bailas con otro 
No te acuerdes de mí
Joaquín Sabina



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


lunes, 4 de diciembre de 2017

Don Juan Tenorio (5) José Zorrilla. El tiempo tiene un ritmo.



     
"Los hierros más gruesos y los muros más espesos se abren a mi paso"

Don Juan Tenorio (5)
José Zorrilla

SEGUNDA PARTE (Cinco años más tarde)

ACTO PRIMERO

Ha muerto también doña Inés. Un escultor trabaja entre mármoles, da los últimos retoques al panteón de don Diego en cumplimiento de sus últimas voluntades. Qué difícil es no pegar un martillazo cuando la vida te ha puesto un martillo en la mano. En este cementerio se trabaja hasta de noche, a la luz tenue de las estrellas y de la luna clara. Ya descansan en estatua los personajes principales del drama. El escultor se despide de las esculturas recién estrenadas. Generaciones presentes y futuras de sevillanos las admirarán. Una vez terminado el trabajo, se alejará de la ciudad al alborear la jornada. Ruega a su obra que vele por la gloria del artista pues vivirá más que él. El afán de permanecer entre los vivos todo lo que se pueda. 

Don Juan regresa a su casa embozado y se encuentra conque ya no existe, en su lugar han alzado un cementerio que parece un museo de escultura. Se encuentra con el escultor del panteón por casualidad, hace un mes que ya lo dio por terminado. Lo pilla allí porque ha hecho de centinela, ha esperado a ver puesto el enrejado  todo alrededor para evitar que el vulgo salte a profanarlo. Le informa que la obra se ha podido hacer gracias a don Diego Tenorio que dejó toda su hacienda para construirla,  a condición de que en el panteón tuvieran sepultura los muertos por la mano de su hijo. Peor para el sol. “En su valor no ha echado el miedo su semilla” y no odia a nadie de los vencidos. Don Juan no comprende por qué el cielo le ha negado la penitencia cuando de rodillas, arrepentido, pidió clemencia.

A la luz de la luna clara resalta el mármol de Carrara. Lucen las estatuas de don Luis y del Comendador. A todos saluda: “Ya estoy aquí, amigos míos” (Tarradellas proclamando desde el balcón). Se detiene ante la estatua de doña Inés, muerta de sentimiento al volver al convento, según le comenta el escultor. La obra es extremada. Le da una bolsa con dinero para que esculpa su propia estatua cuando muera y para que le deje la llave para velar a los suyos.





"¡Mas si éstas que sombras creo/espíritus reales son,/que por celestial empleo/llaman a mi corazón!"

Reconoce que su padre actuó con corrección al emplear la herencia en levantar panteones, de otra manera nada hubiera existido, pues lo habría apostado a la carta más alta. Le pide a la estatua de doña Inés que le permita llorar a sus pies como cuando estaba viva. Pasa a hablar en tercera persona como si don Juan fuera ya el pasado. No pensó más en volver y al verla muerta le ruega que le prepare un trozo en la misma sepultura y que le mire llorando de hinojos. La rara blandura del hereje relapso que huele la chamusquina de las orillas.

Queda el pedestal desnudo. La estatua de doña Inés se envuelve de un vapor y desaparece entre la niebla espesa, al tiempo que su sombra recrecida aparece entre resplandores de oscuridad que ciega. Jinetes a caballo cabalgando sobre llamaradas de claridad.

Como el soliloquio con estatuas mudas no da para más y puede ser aburrido para el espectador escuchar tanto yoísmo, el autor inventa un interlocutor para pasar al diálogo (Como Orfeo y don Augusto Pérez). Aparece pues la sombra de doña Inés que lo oyó desde el más allá. Le cuenta que al morir ofreció su alma a Dios para reparar los daños causados por el alma impura de don Juan. Dios acepta la apuesta. O todo o nada. O se salvan los dos o  se condenan los dos. Ella sale del purgatorio para salvarse o condenarse juntos. La pelota está ahora en el tejado de don Juan. Si obra el bien, juntos estarán. Se juegan la eternidad. Desaparece la sombra entre la enramada espesa dejando a don Juan con cara de pez frío, estupefacto, otra vez solo en el camposanto. El Rey de los sepulcros exclama:
“¡Hasta los muertos así
 dejan sus sombras por mí”

Intenta convencerse de que todo es fruto de su imaginación alterada, pero algo hay porque ha desaparecido la estatua. Él mismo entregó una bolsa al escultor para esculpir la suya propia a imagen de la de doña Inés. Se revela contra las estatuas y las reta. Si su valor no vaciló contra los vivos, menos menguará contra los muertos:
¡Pasad vanos devaneos
de un amor muerto al nacer;
no me volváis a traer
entre vuestro torbellino
ese fantasma divino
que recuerda una mujer!

A la luz de las estrellas llegan Avellaneda y el capitán Centellas. Han reconocido a don Juan y se paran a hablar con él. Don Juan, la faz descolorida, vuelve en sí a hablar con gente, no sombras. Los invita a cenar a su casa para contarles su historia de los últimos tiempos. Invita también a la estatua de don Gonzalo para reafirmarse; él no teme a los muertos. No necesita porcelana para comer, es capaz de usar de plato a sus calaveras.

ACTO SEGUNDO

Han cenado, el misterio de la noche los guarda de las miradas. A la sobremesa don Juan cuenta la parte desconocida de su historia a Centellas y Avellaneda, cómo el mismo emperador le da permiso para volver a España cuando quiera. El heroísmo y valor desmesurado a su servicio han lavado la culpa. Regenerado y libre, la hacienda invertida en belleza de panteón, compra una casa a la misma justicia que había embargado a un desahuciado. Como paga al contado, favorece que la justicia se burle de la usura de los acreedores, ávidos de cobrar lo que se les debe. Hasta establecerse en Sevilla de la noche a la mañana, todo es posible en el mundo maravilloso del teatro.

Unos aldabonazos nerviosos y repetidos, cada vez más cercanos, interrumpen el brindis por el ausente propuesto por los invitados a pesar de que a don Juan no le convence brindar por la gloria de alguien que está en el más allá. El sólo cree en el éxito y la gloria de los mortales, no de los ya muertos. Como los golpes son cada vez más perentorios y cercanos, canda puertas y ventanas de la habitación: 
Ahora el coco, para entrar,
tendrá que echarlas al suelo,
y en el punto que lo intente,
que con los muertos se cuente,
y apele después al cielo.





"Mas ya me irrita por Dios,/el verme siempre burlado,/ corriendo desatentado/siempre de sombras en pos" 

La estatua de don Gonzalo traspasa la puerta sin abrirla llenando de miedo a los presentes. La jindama los paraliza primero y luego los desfallece. No volverán del estado de abandono hasta que la estatua desaparezca. Dios en persona le ha dado permiso para acudir al sacrílego convite y explicar la verdad. En el más allá hay una eternidad. Los humanos tenemos los días contados y don Juan ya puede dar por perdido el combate, cumple al día siguiente. Para que vea que el creador y dador de la vida y la muerte es clemente, le permite poner la conciencia en orden antes de que la boca se le llene de la tierra madre. Hasta para morir hay que tener tiempo. (Desaparece LA ESTATUA sumiéndose por la pared) después de quedar con Don Juan para una entrevista.

Magistral el intento de enseñar en romance lo que es imposible de explicar con palabras:
¡Cielos! ¡Su esencia se trueca,
el muro hasta penetrar,
cual mancha de agua que seca
el ardor canicular!

Lo achaca a que el antiguo amo de la casa y la bodega echó algo venenoso a las cubas del vino para provocar el ensueño milagroso de la sustanciación a través de las paredes. Duda de que el Dios infalible apruebe justicia tan desigual: cómo va a querer que en solamente un día salde la deuda con él contraída durante tantos años de maldad. Siguen los fenómenos paranormales. Ahora es la sombra de doña Inés la que aparece en la pared como un holograma plano (el president absent) para animarle a que tenga el valor de acudir a la cita con su padre el Comendador. Don Juan le pide que espere, que le ayude a distinguir la realidad de la quimera, las voces de los ecos, que le mande una señal de que aquello no es una locura para bajar tranquilo a la sepultura. Ojalá sólo sea un engaño preparado por Avellaneda y Centellas que han fingido el desmayo. Los despierta. Se muestran sorprendidos, como saliendo de un sueño profundo. Don Juan les pide los motivos de que las piedras se hayan animado para acotarle la vida. Ellos alegan que no tienen nada que ver. Como la mejor defensa es un buen ataque, le acusan de que fue él mismo quien les dio el bebedizo para perder el sentido y así poder decir que una estatua acudió a su exótico convite. La disputa por las estatuas vivientes y sintientes se encona y se retan a duelo, uno a uno o los dos contra uno. Salen a la calle a luchar a la vez que cae el telón.

El pescado está vendido, queda solo el remate final, como al escultor, pero hay que leer las obras hasta el the end porque a menudo las sombras se recrecen y éstas guardan la sorpresa final.

God's like a river, keeps on wantin' to flow 
Peeks on events and waits to will them you know 
Time has a rhythm when the love is the law 
Love is forever, baby, down in your soul
Van Morrison



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 30 de noviembre de 2017

Don Juan Tenorio (4) José Zorrilla. Vuelo de cometa.





"El diablo a las puertas del cielo"

Don Juan Tenorio (4) 
José Zorrilla 

ACTO CUARTO 

Se alza el telón del cuarto acto, no el más extenso, pero sí el primero en cuanto a cantidad de acción y desarrollo de la obra. Ciutti lleva a Brígida y a Inés desmayada a un cortijo distante una legua de Sevilla, con vistas al Guadalquivir. Don Juan llegará más tarde porque tiene asuntos que arreglar en la ciudad. Brígida llega emocionada por lance tan extremado. Molida por la cabalgada al no estar acostumbrada a montar. Ciutti le enseña un bergantín calabrés listo para zarpar en cuando reciba la orden de don Juan de escapar a Italia. Quiere hacerse el héroe, pero en modo alguno apencar con las consecuencias que seguramente conlleve encontrar morada en los infiernos. 

Doña Inés vuelve en sí del desmayo, desorientada. Brígida le recuerda que estaba leyendo la carta de don Juan cuando perdió el sentido, ambas se habían olvidado de las vidas, una leyendo y otra escuchando:  
Cuando don Juan, que os adora, 
y que rondaba el convento, 
al ver crecer con el viento 
la llama devastadora, 
con inaudito valor, 
viendo que ibais a abrasaros, 
se metió para salvaros, 
por donde pudo mejor. 

En sus brazos la saca del convento y en la quinta están salvadas del incendio, pero envenenado el corazón de algún encanto maldito. No acierta a saber si es amor lo que siente: 
Si esto es amor, sí, le amo, 
pero yo sé que me infamo 
con esta pasión también. 





"Estabais en el convento/leyendo con mucho afán"

Le propone a Brígida escapar antes de que aparezca porque no está segura de sus fuerzas cuando esté a su lado. Pero ya es tarde porque ya se oyen los remos y a don Juan en el suelo. Don Juan le dice que no se preocupe por el padre, ya sabe que está segura con él, libre de la cárcel sombría y respirando libertad. Le pide que lo escuche un momento. El ámbito se electrifica de la palabra envolvente. El aire de respirar se erotiza, se convierte en semilla de fuego que germina en el interior de la novicia al ver a don Juan rendido, postrado a sus pies: 
Mira aquí a tus plantas, pues, 
todo el altivo rigor 
de este corazón traidor 
que rendirse no creía, 
adorando vida mía, 
la esclavitud de tu amor. 

Doña Inés enloquecida le ruega que calle, le explota el cerebro y le arde el corazón. Ha bebido algún filtro infernal que rinde la virtud: 
Tal vez, poseéis, don Juan, 
un misterioso amuleto, 
que a vos me atrae en secreto 
como irresistible imán. 

En este momento ya ha entregado la cuchara del resistir es vencer. Una vez arriada la bandera del no pasarán, se ve arrastrada al despeñadero por la fuerza del huracán: 
Yo voy a ti como va 
sorbido al mar ese río. 

El amor que don Juan siente ya no es terrenal, se siente aún capaz de la virtud e irá a postrarse ante su padre, el Comendador, a pedirle la mano como manda la costumbre. Don Juan sufre una mutación trascendental. Es Dios quien hace de sanador, quien quiere ganarle para su causa a través de ella. El punto de inflexión, clímax  de la obra: pasa don Juan de burlador libertino a enamorado vencido por la fuerza del amor puro e inocente de doña Inés. Por algo corresponde con los versos que todo el mundo sabe de tantas veces repetidos: 
¡Ah! ¿No es cierto ángel de amor 
que en esta apartada orilla 
más pura la luna brilla 
y se respira mejor? 

El ruido de unos remeros al atracar interrumpe la melosa conversación. Don Juan abandona la estancia, debe atenderlos, no sin antes prometer una entrevista con el padre de Inés con las primeras claritas del día. Recibe a don Luis embozado hasta los ojos, con pinturas de guerra en el rostro, con la intención de lavar la fea mancha que ha dejado a doña Ana un imposible para los dos. O don Luis o don Juan, los dos no caben ya en la Tierra entera. ¡Cómo para caber en una ciudad! El duelo a muerte está servido. (!Guerra, guerra, guerra si esto no se arregla¡ como corean los taxistas enardecidos por las calles de Madrid) Será una guerra con bajas en la que no se admiten desmayos. Cuando ya las espadas amenazadoras están en alto y la barquilla lista para embarcar al vencedor, entra Ciutti en el aposento y les advierte que llega el Comendador con gente armada. Apremia a don Luis a que se esconda y le deje solucionar el asunto de doña Inés con su padre antes de batirse a muerte con él. 

Recibe de rodillas al indignado Comendador, inclinada la cerviz por primera vez en su vida. Don Gonzalo, enfermo de intransigencia fósil, no cree en el arrepentimiento ni en el repentino pavor a su justicia, algo insólito en un noble con espada al cinto. Exige un escarmiento por mancillar su honor en la cándida sencillez de su hija. De nada le sirve a don Juan humillarse, decirle que idolatra a su hija, que será su esclavo, que gracias a ella enderezará los pasos por la vereda de atrás. Lo que no consiguieron sermones de obispos, lo consigue su candidez. Incluso se muestra dispuesto a un periodo de penitencia. A una temporada de prueba como la que los gitanos le imponen a Andrés si quiere catar a Preciosa en la Gitanilla de Cervantes. Pero ni un resquicio de blandura en el tío de la vara. Don Gonzalo incide en su villanía, considera que todo es disimulo para sacar beneficio. Su decisión está tomada: antes matarla que entregarla. 




"Yo seré esclavo de tu hija/ en tu casa viviré"

Entra en escena don Luis que viene a buscar la muerte. Le echa en cara a don Juan que su delito no aminora por hacerse la víctima después de herir por detrás. Es más ladrón que el que huye después de robar. Que quede claro quién es la víctima y quién el victimario es. La prueba la tiene en que ha conseguido juntar dos iras, dos ansias de venganza, dos indignaciones ciegas: el padre de doña Inés y el vengador de doña Ana de Pantoja. Además que cuente una tercera; la justicia que espera fuera. 

Don Juan se siente acorralado, por primera vez en su vida abrumado. En vista de que todos sus sacrificios, la hacienda, que a su honor no se le da ningún valor, que todo se considera miedo, que ya nada sirve para quitar la deuda y que a su alma vuelven a hundir en el vicio, mata. Quita la vida de un tiro a don Gonzalo y a don Luis manda al infierno de una estocada certera. Desesperado, clama a Dios, le echa la culpa a los cielos de su huida hacia adelante: 
Llamé al cielo y no me oyó, 
y pues sus puertas me cierra, 
de mis pasos en la tierra 
responda el cielo, y no yo. 

 Se lanza al río, huye de la justicia en el bergantín calabrés. Cae el telón con doña Inés en escena, de rodillas ante el cadáver de su padre, lamenta que don Juan la haya abandonado. La escena se llena de voces que piden justicia en voz alta, pero doña Inés no quiere que sea contra su amado, don Juan.

She packed my bags last night pre-flight 
Zero hour nine AM 
And I'm gonna be high as a kite by then 
I miss the earth so much I miss my wife 
It's lonely out in space 
On such a timeless flight
Elton John




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


lunes, 27 de noviembre de 2017

Don Juan Tenorio (3) José Zorrilla. Maldita pared.





"Ya estoy frente de la casa de doña Ana"

Don Juan Tenorio (3) 
José Zorrilla 

ACTO SEGUNDO 

Ni don Luis ni don Juan están hechos para los barrotes que privan de libertad. El territorio ignoto les quema los pies, salen de él nada más entrar. Gracias a un alcalde prudente lo hace don Juan; la bolsa acaudalada de un pariente tesorero, no republicano sino real,  que paga la fianza de don Luis,  le permite estar ya delante de la reja de doña Ana de Pantoja para defender con destreza y valor a su prometida, la vida y el honor. Recaba la ayuda interesada de Pascual, fiero espadón, aragonés de pro, también fanfarrón y fiel servidor de doña Ana desde que ésta nació. Pero ni por esas las tiene todas consigo después de la primera derrota con un ser tan dañino como don Juan, hombre infernal, sin duda  ayudado por algún diablo familiar. Confiesa a Ana, al otro lado de la pared, los temores que le provoca un don Juan audaz como un león que actúa taimado como una serpiente sigilosa. Ella le disipa los temores “porque tengo cifrada en ti la gloria de mi existencia.” Concierta con ella que a las diez en punto lo deje entrar para velarla toda la noche, hasta la hora de la boda. Pasar la noche anterior velando a la novia. Vaya duelo, noche de peso (y contrapeso) para una rara despedida de soltero. 

Don Juan y los suyos se emboscan y detienen a don Luis en la calle antes de que entre en la casa para defenderla. La jugada es maestra pues esa noche don Juan ejerce de don Juan, ha de jugar a dos bandas y muestra su plena satisfacción por el lance que le deja uno de los  caminos expedito. 

Ciutti ha cumplido la misión encomendada. Brígida ha dado a Inés la carta de don Juan a cambio de su peso en oro y asegura que doña Inés lo seguirá como una cordera. La pobre garza de diecisiete abriles, hermosa como un ángel, siempre en el convento enjaulada no ha conocido más dicha que el claustro, el coro y Dios. Le ha hablado de la corte, del mundo, del amor y le ha dicho que don Juan es la pareja elegida por el padre, además de que se muere de amor por ella. A su corazón inflamado de deseo le faltan horas para pensar más en don Juan. 





"Sois joven, cándida y buena"



El relato de Brígida contiene tanta emoción que lo que empezó con una apuesta, un devaneo, ha encendido una llama que le quema el corazón. 

Al mismo infierno bajara 
y a estocadas la arrancara 
de los brazos de Satán 

Don Juan Tenorio sabe y quiere querer para extrañeza de Brígida que lo creía un libertino sin alma ni razón. 

De nuevo el oro de don Juan abre puertas, ahora las puertas de la casa de doña Ana. Lucía las abrirá a las diez. Todo ajustado al segundo, cronometrada la arena del reloj. A las nueve será el asalto al convento y a las diez en casa de Ana de Pantoja, la novia de don Luis. Todo listo para el jaque mate definitivo, sin margen de error posible porque unas chinas en los zapatos provocarían el derrumbe del entramado teatral. 

 ACTO TERCERO 

La abadesa considera a doña Inés una novicia aventajada. La abadesa envidia a doña Inés porque juega con ventaja al vivir ignorante de lo que hay más allá del recinto sagrado. La blanca paloma, el lirio gentil, siempre en mayo florido,  jamás apetecerá las tentaciones del mundo exterior gracias a la virtud de no saber. Pero algo ha pasado en el intelecto de doña Inés porque en lugar de que sus pláticas provoquen placidez y deseos de buscar la soledad de los claustros, le dan temblores en el alma, palidez amarilla y arreones cardiacos incontrolados al corazón. 

Brígida entra en la celda y cierra la puerta para hablar sin estorbos. Le pide a Inés que abra el libro de horas, un bello objeto personalizado cerrado con manecillas de oro. Se cae la carta de don Juan al manipularlo y ella se queda como inmutada, trémula, por su mente cruzan perdidos mil aleteos de sombras desconocidas. Desde que le descubrió el nombre del amante, el nombre  ejerce una fascinación que le nubla la razón y la imagen de Tenorio ocupa su pensamiento allí y en el oratorio. 




"Yo las ataré corto para que no vuelvan a enredar , y me revuelvan a las novicias"

Inés lee la carta a instancias de Brígida que le hace de agradadora, siempre interesada porque tiene prometido su peso en oro. Don Juan le informa de que los padres ya tienen la boda ajustada. Su amor por ella, que empezó por un chispazo ligero ya es hoguera voraz. Un amor que si no es correspondido, ya pueden tener listo el sudario mortal. Alma de mi alma, imán perpetuo de mi vida, perla escondida: la sucesión de halagos mimosos hacen mella en la novicia. Don Juan suplica en el escrito que si alguna vez mira al mundo suspirando libertad, allí estarán sus brazos para salvarla de la opresión. El esperará a la puerta lloriqueando de noche y de día. Tanta falsa sumisión hace las veces de filtro envenenado que daña el entendimiento de doña Inés. 

A las nueve en punto entra don Juan en la celda de doña Inés, la coge en brazos y vuelve a salir por donde entró. 

Inmediatamente después se presenta don Gonzalo en el convento,  con fuero para entrar en la clausura sin romperla y sin esperar por ser caballero de la orden de Calatrava. Quiere que la abadesa acelere la profesión de doña Inés, pues teme que don Juan manche su honor. Monta en cólera con el convento y todo lo que hay dentro cuando descubre la carta de don Juan en el suelo y la madre tornera informa de que ha visto cómo un hombre saltaba la tapia de la huerta para escapar.

Ahí está la pared 
 Que separa tu vida y la mía 
 Esa maldita pared 
 Que no deja que nos acerquemos 
 Esa maldita pared 
 Yo la voy a romper cualquier día 
Ya lo verás mi querer 
 Tú volverás ese día
Bambino




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Don Juan Tenorio (2) José Zorrilla. Algo que creer.





"El sepulcro, ¡juro a Dios!, por mi mano la he de abrir"

Don Juan Tenorio (2) 
José Zorrilla 

José Zorrilla y Moral dedica Don Juan Tenorio, drama religioso-fantástico, a don Francisco Luis de Vallejo, su mejor amigo y alcalde de Lerma; en Madrid marzo de 1844. Es decir, el autor advierte al lector o espectador de que lo que va a leer o ver es ficción representada. Un producto de su imaginación que nada tiene que ver con la realidad. Su intención es escribir teatro de evasión que además se meta en honduras metafísicas de difícil comprensión. ¿Por qué entonces la fama y el éxito instantáneo, desde la primera representación, de esta obra? La respuesta habría que buscarla en los versos con fuerza, rima consonante, sonoridad rítmica y el mito del Don Juan, tema enraizado en la memoria colectiva del español medio. Un entramado que mezcla los ingredientes fundamentales del teatro del Barroco. Los temas universales del honor, el amor, la amistad, la libertad. Todo ello realzado por una maquinaria que se ajusta perfectamente a una acción cronometrada en la que es necesario que nada falle. Sumadas las partes nos  da como resultado el festival teatral de la obra más representada y versionada del teatro español. 

La obra está dividida en dos partes: La primera parte se desarrolla en cuatro actos y la segunda ocupa los tres actos restantes. Cada uno de los siete actos está encabezado por un título que resume el contenido del acto: 

PRIMERA PARTE 

Primer acto: Libertinaje y escándalo 
Segundo acto: Destreza. 
Tercer acto: Profanación. 
Cuarto acto: El diablo a las puertas del cielo. 

SEGUNDA PARTE 

Primer acto: La sombra de doña Inés. 
Segundo Acto: La estatua de don Gonzalo. 
Tercer acto: Misericordia de Dios, y apoteosis del Amor. 


El autor explica en una nota breve que la acción se desarrolla en Sevilla, en 1545 durante el reinado de Carlos I y que los hechos ocurren siempre de noche, a la luz de la luna. Los cuatro primeros actos en una noche y los tres últimos en otra noche cinco años más tarde. 

Se alza el telón, estamos en la Hostería del laurel, regentada por Cristófano Buttarelli. Es Carnaval. Don Juan con antifaz escribe en una mesa y Buttarelli y Ciutti hablan del carnaval cuya algarabía penetra por la ventana del establecimiento y no deja concentrarse a un enfadado don Juan que (según el criado) escribe a su padre. Ciutti está contento con su amo don Juan: 

No hay prior que se me iguale 
tengo cuanto quiero y más 
tiempo libre, bolsa llena, 
buenas mozas y buen vino. 

Cuando don Juan termina de escribir, firma, plega y le da la carta a Ciutti con instrucciones para que la entregue en el convento de doña Inés, espere la respuesta de la dueña (una llave, una seña y una hora) y rápido como el viento esté de vuelta. Ojo con este detalle de la carta a doña Inés porque nos indica que ya tenía pensado conquistarla antes de la apuesta con don Luis Mejías.  




"Todo mi caudal perdí, dobla a dobla, una por una"

Es una constante que el planteamiento de la trama y la presentación de los personajes se den en las primeras escenas de una obra. Buttarelli y Ciutti dialogan mientras don Juan escribe. El autor aprovecha para presentarnos al protagonista, don Juan Tenorio, a través de un diálogo eléctrico entre dos secundarios. Ciutti lleva un año de criado con el amo, pero no sabe a ciencia cierta ni el nombre ni la procedencia. Esta indefinición deliberada lo convierte en un mito, una leyenda sin nombre. Tiene la nobleza de un infante, es rico, valiente como un pirata y culto. Le gusta escribir: “Largo plumea,” exclama Buttarelli

A continuación llegan don Gonzalo, padre de doña Inés, y don Diego, padre de don Juan, a la Hostería del laurel. Se han enterado de la cita que tienen don Juan y don Luis Mejías. Quieren observar sin ser vistos. Si las apuestas que circulan son verdad, “mejor muerta que esposa suya la quiero” Dice don Diego dolorido y sigue:
  
 […]Quiero ver 
 por mis ojos la verdad 
y el monstruo de liviandad 
a quien pude dar el ser. 

 Butarelli se muestra encantado de una clientela tan distinguida que no repara en gastos y paga por adelantado y sin consumir. Van llegando más personajes, ahora son el capitán Centellas y Avellaneda. El primero apuesta a que don Juan es el más calavera. Avellaneda pone su dinero en don Luis. 

Por fin, justo al dar las ocho campanadas, comparecen don Luis y don Juan a la cita que toda Sevilla y las campanas de la Giralda esperan. Una vez creada la expectación se presentan los dos contendientes en otro dialogo, momento álgido del acto, que marca el primer encontronazo de los contendientes:

Don Juan: Esa silla está comprada, 
                  hidalgo. 
Don Luis: Lo mismo digo, 
               hidalgo: para un amigo 
               tengo yo esotra pagada. 
Don Juan: Que ésta es mía haré notorio. 
Don Luis: Y yo también que esta es mía. 
Don Juan: Luego, sois don Luis Mejías. 
Don Luis: Seréis, pues, don Juan Tenorio. 

Se quitan las máscaras y pasan a relatar el último año de fechorías y maldades cometidas. Ambos fuera de España, don Juan elige Italia porque hay guerra y “donde hay soldados hay juegos, hay pendencias y fechorías.” En Roma arrasa, aumenta su fama de gallardo y calavera y tiene que huir a lomos de un mal rocín porque lo quieren ahorcar. Pasa otros seis meses en Nápoles donde la lía parda como dejó escrito en los versos inmortales del don Juan más insolente, pendenciero y descarado:

Por donde quiera que fui, 
la razón atropellé, 
la virtud escarnecí, 
 a la justicia burlé, 
 y a las mujeres vendí. 
Yo a las cabañas bajé, 
yo a los palacios subí, 
yo a los claustros escalé, 
y en todas partes dejé, 
 memoria amarga de mí. 

Don Luis no se achica, tampoco se ha quedado atrás en Flandes. La bolsa le dura un mes. Se une a una partida de bandoleros y desvalijan el palacio episcopal de Gante, entran a saco en las riquezas de la Iglesia. En el reparto siempre hay lío. Mata al jefe de la banda y se queda con el botín. Huye a la vecina Alemania donde mata a un fraile que lo delata. Pasa a Francia y en París se queda otro medio año donde a las francesas adoró y con los franceses riñó. Ahora está en Sevilla para cumplir con el compromiso ante el altar que tiene con Ana de Pantoja para el día siguiente. 




"Compré a fuerza de dinero/ la libertad y el papel"

En vista de que los dos han jugado al empate en maldad, que sea el papel escrito con la relación de iniquidades el que incline el fiel de la balanza a uno u otro lado. Las cifras son siempre frías porque detrás de los números hay tragedias personales, pero favorecen a don Juan tanto en muertos como en conquistas amorosas, sus amoríos recorren toda la escala social. Sin embargo, don Luis es un hueso duro de roer, reta más; queda por conquistar a una novicia a punto de profesar. Don Juan quiere y envida más, a ello unirá la novia de un amigo que esté a punto de casar. Será Ana de Pantoja, la prometida de don Luis, y en sólo seis días el semental todo lo hará

Don Gonzalo y don Diego que han escuchado enmascarados los discursos de los dos contendientes, saltan al ver tanta maldad, pero las amenazas de don Diego de llevar a su hija al sepulcro antes que ceder y de la existencia de un dios justiciero, son caricias para el hijo de un león. Largo me lo fiáis contesta don Juan: 

que yo no os he ido a pedir 
jamás que me perdonéis. 
Conque no paséis afán 
de aquí en adelante por mí, 
que como vivió hasta aquí, 
vivirá siempre don Juan. 

Antes de caer el telón del primer acto unos alguacilillos de ronda prenden a los dos, para que no haya asimetrías, por delaciones mutuas y falta de formalidad. Parece que a don Juan el futuro se le complica, se le pone más difícil cumplir la apuesta de la doble conquista amorosa. Han pasado muchas cosas sorprendentes y esto no ha hecho más que empezar.

Love is in the air, in the whisper of the tree 
Love is in the air in the thunder of the sea 
And I don't know if I'm just dreaming 
Don't know if I feel safe 
But it's something that I must believe in 
And it's there when you call out my name
John Paul Young




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



domingo, 19 de noviembre de 2017

La saga/fuga de J.B. (39) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Olores de revolución.






"A la puerta hay un hombre que alborota la noche y pide ser recibido"


La saga/fuga de J.B. (39) 
Scherzo y fuga 
Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

"¡Ay de los meantes contra el muro!"  es un lamento con tintes de amenaza que se desliza en algún momento de las Sagradas Escrituras y que al almirante John Ballantyne le ha llevado a la reflexión en momentos de dolor lacerante. ¡Qué acierto de palabras conjuntadas! Por eso Jota Be ha dedicado su vida a conjuntar palabras. Nada importa la calidad de la poesía ante la belleza de una  muerte entre alambradas de algodón. “El primo John dio la vida por Irlanda y Dios le tendió su mano y le llevó por encima de las nubes.” 

Las fuerzas de Villasanta mandan en son de paz a su capellán castrense, don Amerio, a parlamentar con los sitiados. Pactar mejor que derrotar, pactar hasta con los que te quieren destruir. Les propone un trato: si entregan al Cuerpo Santo y a Lilaila, el batallón pasará de largo. Piden al Cuerpo Santo porque Castroforte es indigno de albergarlo y a la mujer por traidora a la patria y a su marido. Según don Amerio, de nada le sirve al capitán haberse batido heroicamente en la batalla de Puentesampayo si en casa tiene una mujer que piensa por su cuenta. El engaño de un hombre es algo vergonzoso que un duelo a primera sangre limpia, pero que una mujer tenga ideas propias… Eso es difícil de asumir. Para ella el capitán Barallobre puede ser un héroe en el campo de batalla, pero no pasa de borrico de puertas para dentro. 

El lieutenant de la Rochefoucauld observa y escucha la conversación sin intervenir, el toma y daca dialéctico. Sopesa la conveniencia o no de cargar el trapo y tender los papalugos mientras juguetea entre las manos con la cabeza del bastoncillo. A Ballantyne le llevan los demonios el sobamiento porque se le asemeja al majestuoso fluido sonoro de un pavo real que corteja la pava apabullada. 



"Los hombres de mi clan, al recordarme, no tendrán que avergonzarse y esconder las miradas en la sombra"

La cólera enciende los colores y le hincha las venas de la cara a don Amerio. No soporta la visión de Lilaila con la espada en el regazo como si fuera la labor de costura. Hay maridos que mandan y esposas que obedecen y sanseacabó. “Y hay mujeres que no hallarán agua bastante para limpiar su cuerpo de las manchas dejadas en él por sus maridos.” Algo se ablanda en las manos vegetales del Canónigo don Amerio, traslúcidas y litúrgicas, ungidas de un poder capaz de fulminar condenaciones de perdón reservadas a la Santa Sede. Afuera los estudiantes gritan eslóganes de rima consonante y disparan contra las paredes de la casa mientras esperan alguna proclamación desde el balcón. Les advierte que los franceses ya conocen la fiereza española cuando se agarran a la vida hasta el último aliento como un numantino. Cuando alguien los lleva al límite,  se emborrachan de victoria, la lista de casos bélicos es larga, comienza en Berlín y puede acabar ese  mismo día en Castroforte del Baralla. Confían en los cañones dispuestos en las murallas, pero más en la ferocidad de las lampreas. Ningún soldado de Villasanta se atreverá a vadear el río Mendo porque desde chicos guardan en la memoria el miedo a las lampreas. 

El almirante sale a la ciudad seguido por docenas de voluntarios de primera hora con ganas de mambo, ansiosos por estrenar los cañones, deseosos de comprobar el efecto de los cañonazos en las masas compactas de los villasantinos sitiadores. Aquella noche duerme vestido. El repique de campanas respondido por el tam tam lejano de los tambores y el toque de trompetas del otro lado del río lo despiertan antes del amanecer. Han sacado los santos de sus capillas y los pasean en andas por las calles entre el fervor de la gente que se arrodilla y santigua a su paso. Cuatro marineros portan a hombros la urna con el Santo Cuerpo Iluminado. A primera vista se había hecho un buen trabajo en la momia, pero al tocarla queda entre los dedos una pulgarada de polvo grisáceo y áspero. Los presentes coinciden en que no se le pueden añadir extremidades a aquel tronco medio desintegrado, a aquello le falta consistencia. Deciden dar gato por liebre integral. La gente no dirá nada porque no se enterarán del cambiazo y por el cielo no hay que preocuparse, a las mañanas ya no le harán falta los quiquiriquíes de los gallos del amanecer. A menudo dicen una cosa y la contraria para dejar a salvo la libertad de elección. 




"Un olor más fino que el incienso y más penetrante que el de los nardos se expandió por aquellos ámbitos secretos" 

Con respecto al problema religioso que se plantea expone: “En ninguna parte está escrito que, para que un cuerpo sea venerable, haya de conservar la forma. Reducido a polvo, ¿quién duda que es el mismo cuerpo?” El problema radica en que la gente es tautológica: el cuerpo es cuerpo y el polvo es polvo. La solución estaría en la palabra. (“¡Intelijencia, dame el nombre exacto de las cosas!”JRJ) Si los deanes que se dirigen a la gente van cambiando de manera gradual Santo Cuerpo por Santas Cenizas, se puede asegurar que en dos generaciones se habrá logrado anular la noción de Santo Cuerpo por la de Santas Cenizas. El gato por liebre se habrá asentado en la memoria colectiva y para entonces no habrá más que cenizas en la urna. No parece difícil de conseguir con los peregrinos franceses o italianos que vienen todos los años, el problema sería con los peregrinos checos, los coptos o los etíopes que no peregrinan con tanta frecuencia debido a las dificultades que ponen los otomanos a pasar por sus fronteras. En este caso no queda más remedio que recurrir al cambiazo. O esto o lo otro. Ante la indecisión de los presentes, el canónigo da por recibido el consentimiento, manda poner el cuerpo de la doncella en el altar y traer una caja de zinc en la que meter los restos del Santo Cuerpo Iluminado. A ver si lo pueden dejar descansar en el interior de una huesa excavada en la cueva por los siglos de los siglos. 

La labor del forense no se paga con dinero. Le saca el paquete intestinal a través de un corte en forma de tau. La incisión de Amenhotep. Un aroma más penetrante que el de los nardos se expande por las estancias y llega a la Casa del Barco y al enemigo que no acierta a explicarse el perfume. Olor de santidad. Insinúa que las tripas se puedan vender como reliquias, el olor abona la santidad. El olor saca de sus retretes y de sus glorias a la señora viuda que aparece con la “vista nublada de realidades incompletas y de recuerdos íntegros” y anuncia que don Asterisco, el hombre que alborota la noche, pide ser recibido.

Paso de vencedores 
tierra en rescate; 
Clarines de la dignidad 
Sol del Obrero 
Campesino triunfador 
Hermano nuevo 
Olores de revolución 
Patria en barbechos 
Sangre que dejó correr savia en el río 
Río que he visto volver amanecido
María Dolores Pradera


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.