viernes, 17 de mayo de 2019

La saga/fuga de J.B. (y 45). Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Talón clavado en el cemento.




"Postaquasbam dilós, verocistem macles"

La saga/fuga de J.B. (y 45) 
Scherzo y fuga Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Jacinto Barallobre, herido de muerte, asciende tambaleante la Rúa Sacra sembrada de cadáveres. Alguno rebulle todavía. Se agarra a la flecha para evitar más desgarrones en el pecho. Las casas arden, la soldadesca se desquita de las bajas propias en el enemigo vencido. Aplican el derecho de victoria sin contemplaciones: despanzurran las preñadas, violan a las doncellas y castran a los pocos varones supervivientes. Las fuerzas de los Bendaña okupan la Casa del Barco. Beben y beben y vuelven a beber, ¡hala, hala!, el vino servido por mujeres subyugadas. Los cánticos broncos ruedan como truenos por el espacio vencido. Jacinto llega a la rastra hasta el Santo Cuerpo. Saca el ataúd del altar y baja unos cuantos escalones que parecen subir hasta la boca oscura. El peso le desgarra más los tejidos y la sangre se le viene a la boca. La piedra se cierra para siempre. 

Un cielo cárdeno como barriga de topo, gris de Albaserrada, abraza la soledad inmensa de la ciudad, mecida por el ritmo triste de la pleamar. Del norte llegan himnos corales que se acomodan al compás de habanera de las olas. El maelstrom de músicas se levanta a las escalas más altas “con los rugidos de leviatanes y serpientes submarinas”, justo en el momento en el que aparece don Jerónimo Bermúdez en la barca, vencedor del dragón Asclepiadeo. El Obispo se deja llevar por la barca ligera al Lugar Más Allá de las Islas. La brisa le riza los encajes. Así, hierático y solemne, habría llegado a su destino a no ser porque sus necesidades fisiológicas le obligan a remangarse los faldones de prelado separatista para hacer aguas menores en el océano. Los pliegues vuelven a su ser y el Obispo recupera la severidad una vez hecha la evacuación y efectuados los sacudidos de residuos pertinentes. 

La belleza de la tarde no le interesa un ardite al Canónigo Balseyro. Su barca al pairo, cargada de animales fabulosos, de nombres tan impronunciables como una transcripción fonética del gaélico, recorre el camino hasta el Círculo Oscuro de Aguas Tranquilas donde el Obispo estaba mareado de dar miles de vueltas al anillo acuoso. Reciben a John Ballantyne entre cánticos triunfales en gaélico. De entonces proviene la leyenda de la ruptura de la espada contra la rodilla herida y el traslado de los trozos a la gruta de Finngall. 



"Burujulalos lescita languovolcentes"

La embarcación del vate Barrantes llega al Circulo Tranquilo de las Aguas Oscuras cantando endecasílabos trocaicos, (heroicos puros) fragmentos de una Elegía a Castroforte Derrotada. Dios sabe lo que llevaría navegando y cantando con los cómputos extraños en esos atardeceres plomizos do Mare Tenebroso. 

Jacinto Barallobre se aproxima en una lancha fuera borda, la flecha clavada en el corazón y cargado con el Cuerpo Santo cuya sola presencia hace emerger los tesoros de la mar: almejas, mejillones, bígaros, quisquillas y gambas al ajillo, chopitos y calamares, además de otros moluscos no comestibles. También salen a superficie otros peces agresivos como el pez sierra o el pez espada que forman una alfombra vistosa representando la vida y la muerte de Santa Lilaila de Éfeso. Encima de la alfombra se desliza el fuera borda de Jacinto Barallobre. Al entrar en el círculo se levanta un muro impenetrable de peces que el marinero Barallobre ya había roto mil años atrás. 

Las primeras tinieblas se echan sobre la mar. La barca del Obispo se detiene y asume en forma y masa la barca del Canónigo. La barca de Ballentyne que les sigue se los traga sin esfuerzo. La suma y fusión de la embarcación de Barrantes con el vate a bordo es más dificultosa, el enganche perfecto se consigue a la segunda. El esquife fuera borda de Jacinto Barallobre se queda sin combustible. Al terminar la alfombra gloriosa, la barca múltiple tuvo que tantear varias veces, finalmente consigue la fusión perfecta y ser “ya para siempre un único y compacto Jota Be”. “Una contradictoria estructura áspera, inaccesible a la episteme”. El sol se hunde en sus abismos y el Santo Cuerpo se ilumina y gira sobre sí mismo con destellos intermitentes y pautados de faro. 

CODA 

El quiquiriquí de los gallos al amanecer despierta a José Bastida que se instala junto a la ventana con la Gramática de Bello y Cuervo en las manos para atrapar las primeras claras del día y leer. Un repentino crujido de las maderas unido a un ligero temblor, heraldo de un movimiento sísmico serio, lo envuelven en la impresión de estar flotando. Una sensación nueva para él, pues las leyes que regulan la navegación en líquidos y gases le inspiran escasa confianza. Sólo recuerda haber sentido algo parecido durante el sueño de las noches fluctuantes. Pero la percepción no es ilusoria, es como un movimiento reflejo en respuesta a un estímulo, en modo automático, sin que el cuerpo intervenga en la decisión. 



"astas,  astas, vistigar, delinquoslaia"

De repente Bastida pega un brinco y le grita a Julia que se levante, que se dé prisa, que se van de allí. Meten cuatro cosas revueltas en la maleta de manera precipitada y observa por la ventana la calle vacía y un gato que enarca el lomo y dice fu. Una arista parte en dos la lejanía del monte y oculta los arboles poco a poco. Se precipitan a la calle. Joseíño regresa a por la Gramática de Bello y Cuervo que había olvidado en la casa con las prisas. La gente se congrega en la Alameda, ellos se dirigen a la Rosaleda. Se tiran a tierra firme cuando ya la grieta se afirma, la ciudad se balancea y empieza a flotar. José besa a Julia detrás de las orejas y observa a Castroforte elevarse a las alturas. Cuando la ascensión llega a los quince metros, oyen al Poncio pontificar sobre las excelencias de su gestión. Le animan a tirarse, pero le vence el miedo. 

Mientras Castroforte y el Poncio se alejan, José Bastida y Julia cruzan un sembrado de girasoles y se internan en el monte, detrás de unos árboles Joseíño tumba a Julia sobre la hierba y “Losdila maila Juliaco vestí deleia, ascolia misteia tespedulentes, vim, hospodaslen, lailós…”. Al levantarse, Castroforte es una nube lejana, quizás el rey Artús proponga al pueblo la proclamación definitiva del Cantón Independiente, hasta que en el Reloj del Universo suene la hora del regreso.

salgo a la calle gritando 
salgo y no sé cuando vuelvo 
me siento como Fred Astaire 
clavando el talón sobre cemento
León Benavente



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 8 de mayo de 2019

La saga/fuga de J.B. (44) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Tierra firme.




"¿Sabe usted dónde está su hermana? Y Jacinto: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermana?"


La saga/fuga de J.B. (44) 
Scherzo y fuga.  Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Barallobre rechaza el simil de la granada estallante y los granos desparramados con la pasión desbordada y pone a pensar a la voz narradora que acepta la objeción; pero no elimina la comparación del todo, la aparca en la papelera de reciclaje para usarla en otro momento. La figura literaria no encuentra el sitio en la visita que don Acisclo, vestido con sotana nueva y sin violín, hace a Jacinto Barallobre a la mañana siguiente. El clérigo viene a interesarse por Clotilde. Barallobre lo recibe en la biblioteca llena de libros aspirantes al expurgo y la pira. Le responde con la hondura bíblica de Caín: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermana? La repregunta le lleva a pensar que la ha matado por asociación de ideas. Barallobre le explica que el significado de una frase no sólo depende de los significados independientes de las palabras que la conforman sino de las circunstancias coincidentes. En este caso concreto, la referencia es el hecho bíblico por todos conocido. Sin embargo, como ellos no son ni el Señor ni Caín, el traslado de significados no es pertinente. El Señor que todo lo sabe, pregunta por preguntar y Caín responde con otra pregunta absurda, como buen gallego. Lo que ocurre es que don Acisclo mezcla los niveles semántico y lingüístico que es como coger el rábano por las hojas. Don Acisclo asiente, embelesado por el poderío del razonamiento de Barallobre. Un Demóstenes auténtico: la oratoria como arte de dominar multitudes. Lo respeta como Vázquez de Mella respetaba a Castelar, el símbolo de la oratoria, aunque fueran de ideologías diferentes. 

“La juventud es el lugar de cita de todas las sandeces”, sentencia don Acisclo dispuesto a plantar cara dialéctica al Castelar de la oratoria ante un cigarrillo que le recuerda la juventud en México. Nadie sabe el paradero de Clotilde; Barallobre supone que se haya ido a Santiago, como siempre hace cuando algo le sale mal. La noche anterior había sido la noche triste para ambos: los dos se quedan compuestos y sin pareja. Don Acisclo ni sospechaba que Clotilde estuviera enamorada de Jesualdo desde niña y ahora se casa con Lilaila





" Los masones de Michel labraban piedras informes y sacaban de ellas arquivoltas, columnas geminadas, capiteles historiados, meros perpiaños."

Jacinto se retira de la escena un rato, va a buscar la cruz de Coralina Soto, una joya de valor incalculable de más de mil años de antigüedad para que se la entregue a Lilaila como regalo de boda, como Clotilde le había prometido. Le da también el icono para que se lo regale junto a la joya y que Bendaña lo vea todos los días de su vida, ahí radica la maldad. Una venganza inteligente al parecer del descreído don Acisclo que esboza una sonrisa cortesana al dejar la casa, no sin antes mostrar su preocupación por el efecto que cause el desengaño amoroso en Clotilde. Siempre tendrá expedito el camino del convento: “Allí podrá encontrar, trascendido a lo divino, el amor que apetece”. La suerte de Jacinto le importa un bledo, un hombre podrá encontrar otra mujer que le satisfaga sin mayor problema. 

Las campanas de Castroforte resuenan alegres el día de la boda entre Jesualdo y Lilaila. Jacinto observa desde la terraza la ciudad disuelta en la niebla espesa que flota como un velero sobre el río Baralla. Las guedejas se enredan en los magnolios del pazo de Bendaña. La tienda del Mariscal asoma la gaita más allá de los mirtos y laureles. Allí los Bendaña y los generales juegan a la guerra y el Mariscal se ríe de todas las victorias sobre el enemigo de los descendientes: unos, ahorcados; otros, quemados; algunos, entregados a los ingleses o pasados por las armas; Jacinto Barallobre, comprando su libertad y él sin poder hacer nada “porque no le era dado cambiar lo acontecido, aunque los protagonistas de las derrotas pasadas estuvieran junto a él, en la misma terraza”. Conjugando en pasiva, justamente porque habita un tiempo al que no pertenece. Concluye y resume don Jerónimo: “El tiempo es una invención humana, la definición de algo irreversible e impenetrable”. 



"Ballesteros improvisados corrían a los matacanes. Amparados en las almenas, los fusileros disparaban."

 El Canónigo Balseyro propone dejarse de filosofía y pasar a la acción. Ha llegado el momento decisivo de empujar sin tibieza, la hora de las arengas. Cada uno a los suyos como mejor sepa. El obispo se dirige a caballo hacia la muralla. El canónigo al balcón. El almirante y el Lieutenant bajan la Rúa Sacra hacía la Puerta del Mar donde se ha emplazado la mayor potencia de fuego. Jacinto se mete en los billares donde los muchachos del instituto se entrenan para el tour de Francia. Tanto los arenga para que les mole impedir que se lleven a Lilaila Aguiar, aunque sólo sea por los años que llevan haciéndose pajas a su salud, que salen en tromba a apedrear el tren con el corazón desgarrado e inflamado de lo suyo: la afrenta más insufrible, la mujer más bella de Castroforte arrebatada por un Bendaña. Jacinto los distribuye en grupos de tres y a su orden rompen los cristales de los vagones del tren y enardecidos siguen dándole gusto a la mano y se apedrean entre ellos en nombre de Lilaila, la fugitiva. Una piedra dirigida a Jacinto y una flecha derecha al corazón de Jerónimo Bermúdez se chocan en el aire y trocan los rumbos: la pedrada descalabra a Jerónimo Bermúdez y la flecha desgarra el pecho de Barallobre afectando los pulmones. 

El Vate Barrantes a bordo de la barcaza cañonera se aburre como una ostra de tanto esperar a que el enemigo aparezca por lo alto del camino con la mecha prendida en la mano. El tiempo acompañado del espacio inestable baila en la ceremonia de un tiempo anárquico que confunde la  mañana, la tarde y la noche. Cae al agua, sale del río y la leyenda le obliga a esconder el Santo Cuerpo Rúa Sacra arriba y vuelta a las aguas del Baralla


 Mirar atrás, reflexionar, pararse a pensar qué es lo que ha pasado 
Nos hemos equivocado 
En alta mar no hay nadie a quién preguntar si es que hemos naufragado 
O sólo hemos encallado
Igor Pascual





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


domingo, 21 de abril de 2019

La saga/fuga de J.B. (43) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Otro tipo de amor.



"Tenemos que buscar el verdadero Cuerpo Santo. Está aquí, en esta esquina, tapado por esta piedra"

La saga/fuga de J.B. (43) 
Scherzo y fuga Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Don Jacinto Barallobre y José Bastida se ayudan de pico y palanca para mover la losa del hueco en el que duermen el sueño eterno los restos de Santa Lilaila de Éfeso metidos en una caja de zinc. De la santa queda poco más que “una remota alusión a su forma corporal”, una grisura de cenizas y troncos de leña calcinados. Al pie del estuche funerario descansa el icono con el relato pintado del martirio de la muchacha a manos de los iconoclastas y la barca defendida de los ataques berberiscos por muros de lampreas. El misterio más insondable, el secreto mejor guardado de la esencia de Castroforte desvelado sin que se produzca un movimiento sísmico que rasgue las paredes de la cueva, ni un huracán vengador que borre del mapa a la ciudad de los dos ríos. 

No se le escapa a Barallobre que es la víspera de los Idus de marzo, la fecha de su fallecimiento prevista por los augures paganos. Como no quiere que le acusen de llevarse a la tumba el secreto de la santa, decide revelar a Clotilde cómo entrar y salir de la cueva, la única de la familia que le queda en el mundo. Suyos serán los beneficios que dejen los peregrinos cuando se sepa que las cenizas de Santa Lilaila han aparecido. Le queda además una renta mínima garantizada durante el resto de su vida a poco que salga en la prensa, medios de comunicación y primera página de Google en el siglo del prodigioso streaming en directo. Hasta puede que le salga un marido porque al parecer de Jacinto, Clotilde está aún de buen ver. Bajan las escaleras que parecen subir, entre paredes que tiemblan como cañaverales cuando les da el aire, voces premonitorias inaudibles y otras señales extrañas como los pechos rotos de la Venus de Milo y la cara de huevo quebrada de la Dama de Elche. El chorro de agua que mana de la entrepierna de la Venus Callipigia que la muchedumbre sedienta se lanza a beber como si se tratase de la Fuente de la Vida. Amén de otras señales premonitorias de estatuas sostenidas por pedernales carcomidos en cuyo hueco anidan los vermes que se trasmudan en falos de elefante o cuernos de Amaltea. Llegan a la sala de aspecto tétrico, con paredes de piedra desnuda porque no hay quien clave una punta en el granito duro. Un ara y dos sillas componen el mobiliario. Sentados en ellas hablan. Clotilde reparte pareceres: las cenizas le parecen asquerosas y el icono una mamarrachada, seguramente porque sus conocimientos sobre pintura bizantina sean más bien escasos. 

 En la soledad mística de la cueva, Barallobre le confiesa su dependencia: “Me hiciste la vida tan llevadera que hasta me ofreciste en la misma persona una madre, una hermana y un amante”. No es que Jacinto Barallobre esté en contra del incesto, a la vista está que la sociedad no se desmorona porque los padres se acuesten con las hijas y los hermanos se líen entre sí como ella admite. Jacinto la acusa de tramar con Bendaña la desaparición del libro de Góngora para que no pudiera entrar en Castroforte cuando las oposiciones. Ella se levanta de la silla dispuesta a armarle un escándalo a Jesualdo Bendaña delante de las Aguiar por el chivatazo. Jacinto se lo impide porque ante la inminencia de su muerte, “lo menos a que puede aspirar un moribundo es a llevarse consigo la verdad de su vida”. 


"De aquí a tu cuarto puede llegarme la muerte"

Las sospechas de que Jacinto y Clotilde no son hermanos se confirman cuando aquél descubre los retratos de su padre que Clotilde esconde, es su vivo retrato y ella no; seguramente ella sea hija del administrador, por eso su padre no la menciona en el testamento. Piensa que todo terminará cuando se case con Lilaila. Pero no, su carne le pertenece y eso le atormenta. Algo existe que le empuja a volver a Clotilde. Ella juega con ventaja; conoce los hechos desde siempre mientras que él sólo lo sabe desde el día anterior a través de uno de sus sueños reveladores, fundados en el Antiguo Testamento. Tuvo que dejar de creer para desembarazarse del sueño que le acusaba de acostarse con su hermana: el más tremendo pecado de los hombres. Ella también sufrió, fue víctima del amor, “como esas madres exclusivas que sólo saben manifestar su amor con una opresión servicial”. Su dedicación a la lingüística fue una liberación, por evitar esa ayuda atosigante porque ella no podía ayudarle al no saber francés ni alemán. Y ahora, una vez libre, siente revivir el deseo antiguo, la misma necesidad de ella que cuando llegaba de un viaje y la asaltaba para resarcirse de los días de ausencia. La quiere poseer sobre el mismo altar en el que la abuela engendró al padre. Las maniobras amorosas se desenvuelven entre el sí y el no y cuando ya ella está entregada como si hubiera un solo día para amar, la desprecia y le dice que se vista si no quiere pasar desnuda,“con el remangue encima de los huesos”, a la eternidad. 

Justo cuando va a tirar el cadáver a la fosa aparece la voz del narrador, la voz de la conciencia del coro de las tragedias griegas, para advertir que a la escena le falta consistencia. Barallobre le señala que “las pasiones son como granadas que, al estallar, desparraman los granos en todas direcciones”. La voz de Dios, de hondas resonancias bíblicas le insiste: “¿Por qué has matado a tu hermana?” Jacinto le contesta que estaba muerta desde el día que le tiró una plancha y falló, de eso hace ya diez años. Merece la muerte de un reptil por deshacer su noviazgo con Lilaila. El narrador le propone tachar y sustituir de los siglos lejanos de la máquina de escribir. Una lucha entre lo analógico y lo digital: tan fácil como un corta pega de los tiempos digitales. La gente tuerce el morro cuando huele en un libro el sesgo incestuoso de las relaciones. Un simple cambio de elementos narrativos y tenemos un relato distinto; hace que se pase de un incesto a un caso de amor exclusivo, tiránico. Como el que se da tantas veces entre muchas madres y hermanas. El narrador concluye que si en un texto no aparece la palabra incesto, nadie tiene derecho a una interpretación como tal. Propone la repetición de la escena de Clotilde en la cueva, en ella quedará retratada como una solterona virgen, una mujer normal algo rara. 

Entra de nuevo Clotilde en la sala de la cueva para repetir la escena después de arreglarse un poco y quitarse las huellas cárdenas del cuello. Las estatuas llenas de nidales de gallinas y huras de ratones le parecen horripilantes; las Venus desnudas, una porquería de solterones. Ya le gustaría a ella tener esos apolos con los atributos al aire. Pero se tiene que contentar con la Virgen del Perpetuo Socorro, para que luego digan que las mujeres imponen sus criterios. Clotilde se lleva una decepción al descubrir que el Santo Cuerpo no pasa de un montoncito de cenizas. ¡A ver cómo puede aquello desafiar la eternidad! Ahora comprenden cuando don Acisclo afirmaba que lo del Santo Cuerpo era una paparrucha, lo cual lleva a pensar, por analogía, que también el obispo Bermúdez y el Canónigo Balseyro sean un cuento chino. Sin embargo, fue Bastida el que sabía dónde estaba el Santo Cuerpo y lo sabía porque en alguna ocasión encarnó al Canónigo Balseyro y fue él mismo quien lo escondió. Por lo tanto fue también su abuelo el que engendró en Ifigenia a su padre en la cueva. 


"Quizá imaginara que el fuego de la pira que con tantos libros podía hacerse, llegaría al cielo como el humo de los holocaustos"

Clotilde le pide que no le recuerde la vergüenza de la familia, algo que no ha conseguido borrar durante toda su vida de decencia. Le ordena que al día siguiente le dé la cuenta a Bastida, no importa la mucha gramática que sepa. Como a las criadas: si no son de confianza, a la calle. Y sigue ordenando el cosmos. 

Durante poco rato porque cuando se agacha a mirar el cuadro, Jacinto le hunde el pico en el colodrillo. Acto seguido, intenta justificar el puntillazo certero haciéndose la víctima. Se declara sufridor de un acoso constante de ella que lo humillaba, comparándolo con la brillantez de Jesualdo. Le dice al narrador que matarla es excesivo; él la odia, pero no tanto como para escabecharla en la cueva. El intento de dulcificar  el castigo es inútil porque el odio sarraceno que le profesa le empuja a matarla. ¿Qué mejor momento que el día en el que puede morir? Morir matando es la venganza más completa. Morir después del crimen perfecto, una vez escondido el cuerpo del delito en el fondo del agujero donde se guardan las cenizas de Santo Cuerpo Iluminado.

If you want a lover 
I'll do anything you ask me to 
And if you want another kind of love 
I'll wear a mask for you 
If you want a partner, take my hand, or 
If you want to strike me down in anger 
Here I stand 
I'm your man
Leonard Cohen



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.




miércoles, 3 de abril de 2019

El color de los ángeles (y 3) Eva Díaz Pérez. Separar lo malo de lo bueno.




"El niño que pide un trozo de tarta a otros pícaros mientras lleva un cántaro a la fuente."

Dos golfillos y un negrito.  159 x 104 cm.
 Londres, Dulwich Picture Gallery. 


El color de los ángeles (y 3)
Eva Díaz Pérez

Los sevillanos celebran la beatificación de Fernando III el Santo un día de sol y moscas del mes de junio. Los caballeros maestrantes organizan corridas de toros y cañas en la plaza de San Francisco. Invitan a Murillo al palco de autoridades porque ha pintado el rostro del Rey Santo adivinando los rasgos del rostro por la momia reseca de siglos. El cuadro se convierte en un best seller, lo reproducen en estampas que el personal venera. Acude al espectáculo acompañado de Rodrigo con la intención de hacer acto de presencia y volverse a trabajar después de los primeros lances a la res. Allí se encuentra entre otros con el mercader flamenco Nicolás Omazur y con el canónigo Justino de Neve, mecenas y amigo, que le habla de un retrato y con quien se emplaza para comenzarlo sin dilación al día siguiente. El duque de la Florida le saluda efusivamente, personaje que cobra importancia de villano en la parte final de la novela, se completa así el amplio retrato de la sociedad sevillana del siglo XVII. El duque pertenece a la nobleza de más rancio linaje, no venida a menos porque se ha enriquecido en el comercio con Flandes.

La autora mueve los hilos narrativos con habilidad para contarnos cómo se conseguían encargos y se ganaban clientes sumergidos en la atmósfera de algarabía, entusiasmo o decepción de una corrida de toros y cañas. Es interesante la observación de los gustos del público a favor de los toreros a pie que se jugaban la vida cuerpo a cuerpo con el toro, en detrimento de los pomposos caballeros blindados que lidiaban a caballo y con rejones.

Juan es un esclavo singular, no lleva cadenas a la rastra, sabe leer, escribir y se distingue de los esclavos bozales, que apenas saben hablar, porque se expresa en castellano como un sevillano más. De lo conseguido con Rochela el Zurdo, trabajando en la picaresca, ahorra todo lo que puede para el día que su amo le conceda la carta de horro. Aspira a trabajar de criado para Rodrigo de Salazar cuando se independice del maestro Murillo. Por un lado está agradecido a Rochela el Zurdo porque consigue dinero fácil desplumando ricos incautos, pero por otro teme que su inclinación a hábitos sexuales torcidos pueda llevarlos al quemadero. Es un negocio peligroso y que mueve mucho dinero ya que está implicada gente principal. Tiene miedo a que lo pillen en algún renuncio o lo reconozcan por ser esclavo de Murillo.



"Era una anciana que representaba el invierno, pero una que no tenía que ver con las que había pintado en otras ocasiones, como la abuela que espulgaba a su nieto"

Vieja despiojando a un niño. 147 x 113 cm. 
Alte Pinakothek. Munich. 

Uno de los atractivos más destacables de la novela es la mezcla de tonos y estilos narrativos, junto a momentos de acción y de intriga semejante a una novela negra, hay paradas narrativas en las que la autora reflexiona sobre el arte de la pintura y su perduración en el tiempo. En efecto, cuando Murillo mejora un poco de lo suyo y puede bajar escaleras, se asoma al taller y a la cocina donde se le quitan las ganas de comer al ver a la esclava Juana que llora por su Juan. Se mira en el espejo que había regalado a Beatriz, el más lujoso que llegó en una galera de Venecia, se asusta un poco, allí ve reflejados los estragos de la edad. “Es un saco de huesos, un pellejo andante, un cuero viejo sin lustre, un odre vacío”. El paso del tiempo, la vida marcada en aquel rostro con arrugas y el miedo a mirarse por dentro. Será su tercer autorretrato, captará su propio fantasma para mirarse en el futuro.

Ya hemos visto que la novela tiene como escenario la ciudad de Sevilla. Se le puede considerar como un personaje más de la obra y no de los secundarios por el recorrido minucioso que la autora hace por todos los rincones. No podía faltar una descripción de la riqueza, representada por las casas en las que vive la nobleza clásica y la nueva clase aristocrática, proveniente de una burguesía enriquecida por la buena suerte en los negocios y el comercio con Flandes y ultramar. Eva Díaz Pérez nos la presenta en una visita que Murillo, acompañado de Rodrigo de Salazar, rinde al duque de la Florida. Poco se sospecha del lujo y esplendor interior al ver la austeridad de la fachada; de indudable influencia árabe son la sucesión de patios, jardines con cenadores, los templetes y las corrientes de agua constante procedente de los Caños de Carmona. Unos automatismos hidráulicos accionan las fuentes apagando las voces de la ciudad. Durante la fiesta se representan entremeses protagonizados por personajes ambiguos de dudosa moralidad para la época, pero que provocan carraspeos y carcajadas de complicidad en la audiencia. En este caso se presenta Juan Rana, famoso en la corte por divertir a los Austrias, el rey Felipe IV y su hijo Carlos. Murillo no se agota en el tópico de sus Inmaculadas como vamos viendo en esta novela.

Una visita del duque de la Florida al taller de Murillo desconcierta al maestro, al ayudante, a la criada y pone nervioso al esclavo Juan. El duque los sorprende por la hondura de sus comentarios sobre el arte de la pintura. El encargo de unos cuadros de ángeles disparan los sensores de las alarmas. Murillo considera que un cuadro sólo con ángeles es raro, resulta algo vacío, está acostumbrado a pintarlos como complemento de los cuadros religiosos, casi como orlas de sus lienzos. Que suenen los ángeles trompeteros.



"Moisés da de beber a su pueblo sediento gracias a la intercesión de Dios"

Moisés golpeando la roca de Horeb. 62,8 x 145,1 cm 
Hospital de la Caridad. Sevilla

La larga convalecencia da, además de resistir los dolores, para paseítos cortos por las dependencias de la casa y darle vueltas a la cabeza sobre asuntos del pasado. Recuerda la serie de ángeles pintados en aguada de tinta de bogallas guardados en el fondo de un baúl y los elogios vertidos por el duque erudito el día que fue a presentar los cuadros de santos para Marcela. Lo compara con los clásicos griegos, lo nombra Apeles sevillano, capaz de pintar seres divinos como simples mortales.

“En vuestros ángeles veo la belleza que duerme bajo la piel prohibida. ¡Qué hermosa carne la de los ángeles!”, le dice al maestro, poco consciente de la declaración de guerra que lleva implicita la frase. Murillo se niega a seguir pintando ángeles y anula el encargo. El duque se enoja y lo acusa de hipócrita y falso beato. Él no quiere más que besar los labios de los ángeles divinos. Desde entonces las aguadas descansan sin respirar en el fondo del baúl.

Lo que uno no quiere, ciento lo desea. Por trescientos ducados Rodrigo está dispuesto a pintar dónde, cuándo y lo que sea. Esa es la cantidad que le ofrece Juan, agente artístico, por acercarse a pintar al palacio del duque de la Florida. Recibe la oferta en el matadero de ganado donde ha ido a tomar nota del ambiente sórdido e irrespirable entre tripas, vísceras y desechos en el que trabajan los jiferos y atento a la suerte de los mozos en el toreo: apartan las reses recias para darle unos pases antes de pasar a manos de los matarifes. Juan y Rodrigo se presentan en los portalones del palacio del duque con los avíos de pintar cuando las campanas de San Marcos tocan a completas. El encargo consiste en pintar un mancebo afeminado de “delicado rostro lampiño, el cabello rubio y ensortijado, la piel blanquísima y el talle espigado”. Cuando Rodrigo ve la pluma del modelo, le dan ganas de salir corriendo, pero trescientos ducados y la promesa de más encargos le convencen de trabajar para esta gente principal que le gusta mirar. Al fin y al cabo él ya se ha definido como pintor de la Sevilla oscura.

Murillo decide cumplir con el encargo de Marcela a pesar del desencuentro con el marido. Ella acude a disculparse con el pintor e intiman un poco. Se cuentan cosas que rara vez han contado. Murillo la lleva por las iglesias y conventos donde cuelgan sus obras, se las explica y terminan en la iglesia de la Caridad en construcción, impulsada por Miguel Mañara, y donde tiene encargada una serie de lienzos sobre las obras cristianas de caridad.

Murillo vuelve a la iglesia de la Caridad cuando las obras están a punto de terminar. La iglesia es un puro contraste barroco entre el cielo poblado de ángeles de dos alas a punto de posarse en la tierra y el horror absoluto del pudridero de cuerpos agusanados después de la muerte en la silenciosa soledad de la cripta. Observamos de cerca los efectos de la competencia que estimula la creación de dos artistas sevillanos que en el fondo se admiran: Murillo y Valdés Leal. El mecenas capitalista es Miguel Mañara que ha cambiado la vida regalada que le corresponde de cuna por otra de mortificación en los frailes de la Caridad que se dedican a dar tierra a los despojos de los ahogados en el río y a los ajusticiados en los patíbulos. También recogen a los moribundos que agonizan en las calles para asistirlos en sus últimas horas en una enfermería que han habilitado en las antiguas atarazanas del puerto. Su presencia desprende santidad tras una vida disipada plagada de episodios pendencieros, adúltero aficionado al allanamiento de casas de virtud de doncellas hasta que un día ve desfilar su propio entierro como don Juan Tenorio.

El maestro pernocta en la celda contigua a la de Miguel Mañara, no pega ojo en toda la noche entre las disciplinas rigurosas que se aplica el santo y la obsesión por las pinturas de Valdés Leal, “maldito pintor del demonio”.




"Habéis pintado la Sagrada Cena y el pan ha dejado de ser pan de los apóstoles"

Sagrada Cena. 265 x 265 cm. 
Iglesia de Santa Maria la Blanca. Sevilla.

Rodrigo es especialista en pintar los ángeles del maestro. Luego pasa a la clandestinidad por miedo a que Murillo o alguien ajeno al negocio descubra sus mancebos galantes y angelitos de carnes mullidas. Juan entra de hoz y coz en el negocio turbio de Rochela el Zurdo porque le llena la faltriquera de maravedíes con poco esfuerzo.

Murillo se extraña de que Rodrigo no lo haya visitado en varios días, así que de paso para la fuente de la feria pasa por su obrador cerrado a cal y canto. No le da mayor importancia, piensa que estará enredado en el vicio de unos ojos de gata, como los gatos que desaparecen semanas enteras y aterrizan transidos, medio muertos. Sigue su paseo hasta la fuente de la feria para observar escenas de gente que bebe sedienta. Su objetivo es plasmar la contemplación en el cuadro de la peña de Horeb, fiel a su estilo de trasladar escenas cotidianas de la ciudad a sus cuadros de tema bíblico.

La novela se precipita hacia el desenlace final en capítulos breves que le dan vivacidad. Los corchetes aparecen por casa de Murillo preguntando por Juan de Santiago y Rodrigo de Salazar, acusados de un delito terrible. Han desaparecido sembrando inquietud en los de casa y dando motivos de cotilleo al implacable vecindario fisgón. Queman a Rochela y dos mozos doncellos en el campo de Tablada. Detienen a Juan en los cañaverales de Isla Mayor. Lo condenan a cien azotes de castigo; de verdad, no los de mosqueo de Sancho. Murillo le concede la libertad con la condición de que abandone Sevilla para siempre. Los duques desaparecen de Sevilla en vista de que la muchedumbre los busca para darles el merecido que su pecado nefando merece. Rodrigo se esfuma, nadie sabe nada de él. Lo encuentran ahogado en el río el día que inauguran la iglesia de la Caridad. Miguel Mañara se niega a enterrarlo en sagrado porque sospecha que ha cometido el peor de los pecados: “Se ha borrado a sí mismo, incapaz de soportar la vergüenza” de haber colaborado en la difusión del pecado. Mientras tanto la vida sigue en la ciudad, expectante por ver el ganador del derbi local entre Murillo y Valdés Leal, un Sevilla Betis del arte de la pintura

Los pasos cansados y temblorosos de anciano enfermo le llevan a la iglesia a rezar y servir a los pobres, a semejanza de Miguel Mañara, el primer día que sale de casa. Luego, si puede, quiere despedirse de sus cuadros, pero ya no tiene tiempo. Un perro que se espanta de un carruaje que va deprisa le golpea entre las piernas y cae. Un sudor frío se le apodera y entra en la nube negra entre dolores por la hernia agangrenada y el silencio. Él es el pintor del silencio que puebla sus obras, más difícil de captar que el ruido o el sonido. Nacer para perder o para disfrutar del silencio en un mundo en obras o ruido permanente. 

 Me hablas del ser humano, 
de Mr. Hyde y Dr. Jekyll cuerpo a cuerpo, 
dando paso a la ciencia 
capaz de separar lo malo de lo bueno; 
casi como los dioses 
que en él se miran como si fuera un espejo... 
pero a veces los mata 
y acaba convirtiendo el cielo en un infierno.
Luis Eduardo Aute



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


viernes, 22 de marzo de 2019

El color de los ángeles (2) Eva Díaz Pérez. Subir al cielo.





"Su maestro lo pintó tal y como era, con el pelo cortado a corro, las ropas raídas, los pies sucios, la roña en las piernas y las cáscaras de los camarones tiradas por el suelo"
Niño espulgándose(134 x 110) 
Museo de Louvre: Paris

El color de los ángeles (2) 
Eva Díaz Pérez 

Murillo viaja a Madrid invitado por su amigo y sevillano, Diego Velázquez (1599-1660), pintor de plantilla de la corte. Queda fascinado ante un lienzo del veneciano Tintoretto (1518-1574) que cuelga en el Salón de los Espejos del Alcázar Real, Velázquez le permite una copia. Desde lejos observa cómo el artista consigue pintar el sonido; de cerca, se fija en la fábrica de la obra, la tela del vestido de la mujer sólo existe en ese cuadro, poderosa creación original del artista. Piensa que él nunca llegará a la magnitud de los genios, sus cuadros no le sobrevivirán. Ante la obra de los grandes genios que Velázquez ha adquirido en sus viajes por Italia, duda de su arte y cae en el pesimismo. 

La fragilidad, la duda que muestran los genios de su arte, es tema de conversación entre los dos pintores. Velázquez reflexiona acerca de la perduración de su arte ante La expulsión de los moriscos, uno de sus cuadros preferidos. El mar brumoso y el cielo espectacular que había pintado a su llegada a Madrid como añorando los cielos crueles de Sevilla

Visitan el obrador instalado en los aposentos del infante Baltasar Carlos, el heredero pronto malogrado. Obsesionado por el niño al que adora, Velázquez lo pinta muchas veces. Le enseña también unos bocetos del rostro del Rey envejecido, agotado por la vida; Murillo admira la habilidad del maestro para dotar de expresión un rostro con apenas unos trazos. Postrado en cama, sin comer, con un vendaje apretado para intentar que las tripas vuelvan a su sitio y evitar la gangrena mortal de necesidad, recuerda la conversación con Velázquez sobre pintura la última noche que estuvo en Madrid un poco antes de morir. Le revela técnicas para reflejar las sombras y trucos como el de los espejos en Las Meninas que lo confirman como uno de los grandes genios de la época, “envidiaba la libertad y el atrevimiento de Velázquez”. Cómo él le sugiere que mezcle elementos religiosos y profanos, que pinte el aire, el instante o el silencio si quiere trascender a su época. 



" Murillo había pensado en pintarlas con las tinajas y lozas trianeras a sus pies salvando a la ciudad de un gran terremoto"
Santas Justa y Rufina(200 x 176) 
Museo de Bellas Artes de Sevilla

De vuelta a casa, el obrador bulle de actividad desde que sale el sol hasta más allá de la anochecida. El maestro recibe encargos en serie para las iglesias nuevas de América, siempre ajustando los pedidos a la salida de la Carrera de Indias y cruzando los dedos para que la flota se libre de la tormenta; reciente estaba el hundimiento de una galera con sus obras, entre las que naufragó una hermosa Inmaculada para un convento de Veracruz. El taller rebosa de ayudantes para enmarcar, moler pigmentos y de modelos que protestan por la inmovilidad o la posición forzada durante horas. Sin olvidarse de los hijos, encantados de tanto alboroto y que contribuyen a la algarabía. Murillo tiene cinco hijos más después de la epidemia de peste, pierde la segunda por enfermedad. A ellos hay que sumar a Juan de Santiago, hijo de la esclava Juana. Murillo se preocupa de que aprenda a leer y piensa concederle la libertad en cuanto alcance la mayoría de edad. El maestro se siente feliz del alboroto y las trastadas de los hijos en el taller, en contraste con el silencio y soledad después de la peste y que amenazó con destruirle. Confía en su ayudante Rodrigo de Salazar que llegó a la casa con ocho años y ya con quince considera que ha aprendido los secretos de la pintura y controla la marcha del taller. 

Murillo luchó por la creación de la Academia de Pintura a la manera italiana, buscando la unión de los artistas para luchar contra los impuestos y proporcionar un lugar en el que pintar desnudos al natural, evitando sucesos desagradables como el tráfico de cadáveres. El comercio con ultramar estaba de capa caída y el grandioso edifico de la Casa Lonja de Mercaderes había perdido utilidad. Era “una sombra del glorioso pasado de Sevilla”. Allí se localizaba la Academia de Pintura de la que comparte presidencia con Herrera el Mozo y donde se reúne para debatir con otros pintores sevillanos después del trabajo de los talleres artísticos. Coincide con Sebastián Llanos, Alonso Cano, Herrera el Viejo y Valdés Leal al que Murillo considera el mismísimo diablo. Tienen prohibido entrar armados por la fama de pendencieros que arrastran. La envidia y los celos profesionales eran la moneda acuñada entre ellos. 

Con la excusa de la llegada de unos dibujos encargados a un mercader flamenco, la autora nos regala otra estampa fiel de la atmósfera que se respira en el puerto de Sevilla. Le llegan grabados de artistas flamencos y alemanes como Durero, Rubens o Cornelis en los que encuentra inspiración para sus cuadros. Avispones y murcios proliferan al olor de la mercancía. Los relatos fantásticos de los marineros que llenan las tabernas después de tantos meses en alta mar. Los olores a especias de oriente que se propagan por la ciudad. No son buenos tiempos para la Carrera de Indias, pero todavía se celebra la llegada del Galeón de la China y las naves pequeñas, pero sólidas y más versátiles de los mercaderes flamencos. Murillo revela a Rodrigo que ya tiene en mente “Las bodas de Caná”. Pintará al esclavo Juan de Santiago “llenando los cántaros de agua. En el centro de la escena. ¡Será el protagonista de la celebración!”. Le anima a que se independice, que monte su propio obrador, él le presentará clientes y le cederá encargos, principios quieren las cosas. 





"- Y cómo lo pintaréis esta vez?
- Llenando los cántaros de agua..."
Las bodas de Caná (179 x 235)
Barber Institute of Fine Arts. Birminghan,  Reino Unido

Beatriz muere de parto el día de Nochevieja de 1663, afectada por las fiebres de la madre que entonces no se curaban. La criatura fallece unos días más tarde. De nuevo la tragedia visita la casa de los Murillo. El fallecimiento de la madre deja huérfanos a cuatro niños pequeños y le quitan las ganas de pintar. La sirvienta Dorotea se hace cargo de los niños. Un manto de tristeza se cierne sobre la casa del pintor. Hasta los niños parecen fantasmas, temerosos de romper el silencio que rodea a su padre. 

Un día Rodrigo de Salazar se alegra de que el maestro le mande comprar pigmentos y materiales para el cuadro de Santa Justa y Rufina que tiene encargado para el convento de los Capuchinos. Lo acompaña por las calles, plazas y mercados bulliciosos de Sevilla, Juan de Santiago, el esclavo que ha visto crecer en la casa del maestro. Juan admira el desparpajo de Rodrigo para regatear a los comerciantes el precio de aceites, pigmentos, lacas y lienzos. Rodrigo conoce por Juan los bajos fondos de Sevilla; el mercado subterráneo del vicio de las gentes principales de la ciudad, a pesar de su procedencia, porque Murillo lo sacó de los niños de la calle, asiduos a la sopa boba de los conventos. La Sevilla oscura de los pecados escondidos, ese mundo de perros callejeros es lo que Rodrigo quiere pintar. 

Pasan el río y en Triana compran loza para el cuadro, pues Murillo piensa pintar las santas de alfareras, salvando a la ciudad de un terremoto que había sacudido Sevilla cien años atrás. Después se detienen en una taberna a almorzar. Allí se resuelven los negocios turbios y los marineros próximos a embarcar se desquitan hasta el amanecer de las privaciones de altamar. María la Mondonguera regenta la taberna. Les sirve unas tajadas de bacalao cocinadas con aceite de oliva en vez de grasa de tocino por ser viernes de Cuaresma. Luego un plato de camarones que a Rodrigo le recuerda el cuadro que el maestro pintó mientras se espulgaba cuando apenas tenía ocho años y trabajaba de esportillero del mercado y estaba recogido por el párroco de San Bartolomé. Admiraba “cómo había conseguido templar hasta la furia de la luz de esa tierra, pues era tanta su pericia que todo lo convertía en dulzura”. 

La muerte de Beatriz desbarata la vida del artista. La primera vez que sale de casa lo hace al alba para seguir su huella por los lienzos que ella visitaba habitualmente por las iglesias de Sevilla para no olvidar a sus hijos muertos durante la peste. La salida es un ejercicio de meditación sobre la pintura, los olores atrapados y el amor recordado entre soles y sombras. Llora arrodillado sobre su tumba. De vuelta a casa decide coger los pinceles de nuevo y continuar la más hermosa de sus Inmaculadas, el encargo de su amigo Justino de Neve con el rostro de Beatriz antes de que se difumine en el olvido. 

El mes de marzo lo pasa convaleciente de la hernia. Le duele menos, pero debe continuar en cama si quiere curarse. La habitación huele a cerrado, sólo se asoma a la ventana para tomar aire. Se nota que ha mejorado porque tiene hambre. Recuerda cuando su esclavo Juan lo llevaba a los lugares de reunión de los pícaros para pintarlos al natural, haciéndose pasar por un negro bozal, hablando la jerga negresca como los esclavos de primera generación. Él es esclavo ladino que habla español de primera lengua como cualquier sevillano. Murillo conoce de sobra que esos niños de la calle son carne de galera, abocados al hambre o a la muerte. Se siente satisfecho de pintar el lado amable de la miseria, siempre buscando la belleza, lo único que salva a los ricos y a los pobres. Pintor de una felicidad falsa.


Yo quise subir al cielo para ver 
y bajar hasta el infierno 
para comprender 
qué motivo es 
que nos impide ver 
dentro de tí 
dentro de mí.
Triana



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 13 de marzo de 2019

El color de los ángeles (1) Eva Díaz Pérez. Fuego te daré.




"Los desposorios místicos de Santa Catalina" (1682)
Museo de Cádiz
Bartolomé Esteban Murillo


El color de los ángeles (1) 
Eva Díaz Pérez 

“Sus cuadros respiraban”,  aventura el narrador al inicio de la novela. Una carga de profundidad de extraordinario efecto expansivo. Un sujeto y un verbo de predicación completa y sentido pleno es suficiente para poner al lector a pensar, aunque a primera vista parezca que se puede respirar aire limpio o lo contrario: aire viciado o tóxico. Una sentencia que va más allá de la sinestesia. Las obras de Murillo respiran; luego están vivas, no muertas. Éste es precisamente uno de los temas centrales de la novela: la obsesión del artista por la recepción de su obra siglos después de creada, pintar el tiempo en un instante para que no le afecte el futuro. 

La autora redacta los comentarios de un crítico experto en pintura a través de la mente de su creador original. Una poderosa voz narradora en tercera persona recuerda los momentos más importantes de su vida de artista mientras se pasea por sus lienzos expuestos, contemplando, comentando, repasando su obra para mejorarla en el próximo encargo. 

En efecto, el primer capítulo, “Azul de ultramar”, es la medida de la novela. Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682) tiene ya más de sesenta años, se encuentra muy malito, aquejado de una hernia, pero sigue trabajando. La acción tiene lugar en un obrador de Sevilla en el siglo XVII una mañana fría del mes de enero. El pintor tropieza con los avíos de pintar y cae de un andamio instalado junto al lienzo en el que trabaja: Los desposorios místicos de Santa Catalina (4.41 x 3.15. m). Los recuerdos de su vida pasan por su mente como una película, cómo siendo aprendiz del maestro Juan del Castillo recogía barro del Guadalquivir cuando bajaba la marea. Luego lo mezclaban con conchas molidas y esa era la primera imprimación de los lienzos. Por eso los cuadros olían a mar. Conseguir el azul ultramar y el albayalde mezclado con ocres para obtener el tono tostado y curtido de la piel de los santos y el color rosado de la carne tierna de los ángeles. Y qué decir del asombro que le causaba los avances de Rodrigo de Salazar, su discípulo preferido. En eso pensaba cuando pierde el pie en el andamio. 




"Descubrió en ella el color de pelo que buscaba para la Magdalena"

"Magdalena penitente"
Museo del Prado 

Bartolomé es hijo de un afamado barbero de Sevilla, experto en el uso de la lanceta y enfermedades de los marineros que llegaban a puerto agotados de los viajes oceánicos. Su madre guarda las sanguijuelas propias del oficio en un pozo de agua limpia en el patio. Es el más pequeño de catorce hermanos, el juguete de la casa que se siente orgulloso cuando sus hermanos mayores lo admiten en los juegos. Se constata aquí el esfuerzo evidente de la autora por contarnos los juegos infantiles de los niños del siglo XVII. De entonces le proviene a Bartolomé la identificación del color y olor de la muerte, por ser testigo de cómo afectaban enfermedades como el romadizo, el garrotillo o las fiebres tercianas a los pacientes de su padre. La desnarigada ronda los aposentos entre apostemas, zaratanes y podagras que llevan la muerte. 

La autora nos regala algunos retratos fieles, bien documentados, de las calles de Sevilla: “Así que corría de un lado para otro viendo el trasiego popular del callejón, con sus escenas de vendedores de mercancías, pícaros esportilleros, aguadores y criadillas zalameras que miraban con descaro al mozo guitarrista”. Da pinceladas breves que levantan la curiosidad del lector, como esas insinuaciones fugaces a Juan, el hijo de Juana, esclava que Beatriz había traído al matrimonio en la dote y que había comprado en el mercado de Las Gradas. Lo rodea de un misterio que irá desvelado poco a poco a lo largo de la historia. 

La inundación de Sevilla llega hasta la catedral. La familia la sufre subida en la azotea. Ven cómo la fuerza desbocada del agua derriba las paredes, abre las tumbas, rompe ataúdes y arrastra cadáveres de vivos y muertos. Ven la propia muerte desde bien cerca. Sus padres mueren cuando Bartolomé y los otros hermanos son aún muy niños. Postrado en cama recuerda cómo su hermana Ana, ya casada con Juan Agustín, se hace cargo de él. Recuerda también los tañidos de las campanas que le hacían soñar y la música de tambores y chirimías que anunciaba la llegada y salida de la flota de Indias. 

El Guadalquivir ya no es lo que era. Las inundaciones habían dejado demasiado barro en el lecho y los barcos encallaban antes de llegar a puerto. La flota había cambiado el río Guadalquivir por el puerto de Cádiz

Conoce a Beatriz de Cabrera, joven doncella de una familia de plateros de Pilas. Como Murillo ya ejerce de pintor y lo ve todo a través de sus lienzos, la encuentra normal, difícil de captar porque nada tiene que destaque o domine en el rostro. Se casan y pronto se cambian de casa a una más grande con capacidad para acoger el obrador del joven pintor que cada vez recibe más encargos. Nadie como él pinta la carne sagrada de los ángeles y santos, copiada del color de sus hijos que van naciendo uno detrás de otro. Beatriz siente celos del rostro y porte de una Magdalena que está pintando y que le llevan a sospechar que su marido pinta más que carne inocente de ángeles. 

Murillo conoce a Catalina en una iglesia, la observa y la sigue hasta la plaza de San Francisco donde están quemando ropas demasiado caras e indecorosas de las tiendas por orden del rey Felipe IV. Queda fascinado por ella, tiene la Magdalena penitente que busca, “en ella se unían la virtud de la santa y el vicio de la pecadora”. La sigue en el barrio de tolerancia para pintarla al natural, le fascinan la mirada mística y la melena que trasladará a una de sus inmaculadas, la señora más divina. 

La autora aprovecha la ocasión de la búsqueda de la mirada de la inmaculada para dejarnos un retrato lúcido de los bajos fondos de Sevilla. El secreto mejor guardado de la pintura de Murillo es la copia del natural de rostros y gestos de personajes de la calle. Se vuelve a topar con Catalina en la quinta del marqués de Lafuente, por fin mujer servida y probada por una sola boca, pero ya con los síntomas de la peste. 

El aire se puebla de hedor a carroña descompuesta cuando las aguas de las riadas bajan de nivel. Al principio piensan que proviene de los perros y ratas ahogados en el río, pero pronto descubren que la causa son los cadáveres de apestados en sótanos y bodegas de Triana que son enterrados en secreto para que no afecten a la flota de Indias próxima a zarpar. Cuando la flota despliega las velas, se pregona que la peste se ha establecido en Sevilla. Llegan a morir mil personas al día. La tragedia y el hambre se apoderan de la ciudad como consecuencia del desabastecimiento, provocado por la clausura de las puertas de la ciudad, el aislamiento. Sigue a continuación una descripción descarnada de una ciudad acosada por la peste. Un moridero. La vida de verdad con su dolor y miseria. La muerte como parte de la vida.




"Sabía que ella [Isabel Francisca] era el Niño Jesús que llevaban la Virgen y San José cuando huían a Egipto"
Murillo. 1650.  (210x166)
Instituto de Artes de Detroit

En casa de Murillo se reza por Sevilla enferma. La peste no hace distingos y se ceba en toda la gente sin reparar oficio o condición. Golpea con fuerza al cabildo que procesiona el día de Corpus en una procesión triste y desangelada por las calles vacías de Sevilla como si fuera el viático. Ese mismo día el niño chico, José Felipe, el miembro más frágil de la familia arde en fiebre y le descubren bubas en las ingles. La peste entra en la casa de los Murillo. El doctor Sigüenza nada puede hacer por salvarle, solo rezar al Dios que castiga a los más inocentes por sonreír. Lo entierran en una fosa común del Arenal. Mueren también las dos hijas dejando la casa diezmada,  justo cuando había pasado lo peor y apenas morían siete personas al día en el Hospital de la Sangre. Se celebran corridas de toros para celebrarlo. 

Beatriz se consuela de la perdida de sus hijos visitando las iglesias y conventos donde cuelgan los lienzos que su marido ha pintado. En los niños y ángeles están las caras de ellos. La peste obliga a quemar todo lo de la casa, picar las paredes y volver a encalar para evitar contagios. Sevilla se llena de hogueras que no salvan almas de herejes sino que purifican el aire y alejan la peste.

Apoyá en el quicio de la mancebía, 
miraba encenderse la noche de mayo. 
Pasaban los hombres 
ella sonreía, 
hasta que en su puerta paré mi caballo. 
Serrana me das candela 
y ella te dije gaché. 
Ven 
y tómala en mis labios 
que yo fuego te daré. 
Bajé el caballo 
De cerca te ví 
y fueron dos verdes luceros de Mayo tus ojos pa' mí.
De León/Valverde/Quiroga/Carlos Cano


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.