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jueves, 22 de marzo de 2012

Mujer de sombras y melancolía

" Bradomín, que no se diga de los caballeros españoles, que habéis ido a lejanas tierras en busca de una princesa, para vestirla de luto"

Imagen del cielo de Covadonga, desde la cueva.

MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN. VALLE-INCLÁN
SONATA DE INVIERNO (6)


El latín litúrgico de una misa al amanecer reconforta el corazón de los soldados convalecientes de las heridas recibidas en la batalla. Agradecidos por tener la suerte de seguir viviendo. Son mozos de los pueblos, curtidos en trabajos en el campo que duran de sol a sol, enfermos de melancolía. Obligados a abandonar la azada, empuñan el fusil. Los soldados heridos de la partida de Fray Ambrosio llegan al convento abatidos, murmurando, renegados por la derrota y la traición que baja de las cumbres. Su valor no es suficiente contra dos compañías republicanas de Ciudad Rodrigo. Bradomín, tiritando por la fiebre, les acompaña. Desnuda su alma en la oración que apague las calenturas del pecado. Recibe el alta, pero Sor Simona no le permite despedirse de Maximina, su celda es clausura.

Valle se muestra esquivo y ambiguo al tratar de Maximina. Utiliza una estudiada ambigüedad para provocar y confundir al lector. Sabemos que murió desde el principio: “Por guardar eternamente un secreto, que yo temblaba de adivinar, buscó la muerte aquella niña a quien lloraré todos los días de mi vejez”. Después en la lectura nos lo relata en metáfora: “Por la luna del cielo iba la luna sola, lejana y blanca como una novicia escapada de su celda. ¡Era la hermana Maximina!" Sobre si era hija de Bradomín, tendremos que fijarnos en tres exclamaciones a cada cual más breve, dos suyas: ¡Pobre hija! Y ¡Es feúcha! varias veces repetida; y otra de Sor Simona y que él no niega: ¡Lo sabía usted!. Nos muestra el lado oscuro del cerebro humano. Dota a su creación de delirio de amoralidad, deseo irrefrenable, demencia sexual, locura…

Su mutilación provoca lástima. Se vale de ella y de su invalidez para montar a caballo y alejarse. Los mismos once carlistas menos un brazo regresan a
Estella. Se aloja en casa de una viuda y su hija que le cuidan. La fiebre persiste y con ella la búsqueda de polisílabas acumuladas que expresan el decaimiento y la postración del proceso febril y que contribuyen - al mismo tiempo- a dotar de musicalidad al párrafo, más allá de su vertiente semántica y conceptual: “Algunas veces un confuso delirio me embargaba, y las ideas quiméricas, funambulescas, ingrávidas, se trasmudaban con angustioso devaneo de pesadilla”.


"El sol matinal dejaba ver un camino entre álamos secos y un fondo de montes sombríos manchados de nieve"

Fray Ambrosio, herido de nuevo en la frente, le visita. Bradomín rechaza cuatro onzas de las cien que le devuelve. Puede quedárselas a cambio de misas aplicadas a la victoria que se vislumbra cada vez más lejana y enloquece como el aleteo atolondrado de un pájaro privado de su nido. La causa se derrumba. La lucha por el mando es feroz. Son frecuentes los navajazos por la espalda y las traiciones en la retaguardia. Los soldados mueren en el frente para que los generales luzcan más estrellas en las hombreras. Bradomín le confiesa su alegría porque no ganen los suyos. ¡Cómo lo vería! La causa es un nido de asechanzas y traiciones.

El fraile le informa de que la condesa no quiere verle. Se entera por las cuidadoras ocasionales de que el Conde de Volfani aún respira, parado y quedo como una planta, pero todavía retiene vida. La Condesa le cuida y le mima como una jardinera o una Santa Isabel. Bradomín la admira por el amor póstumo tras la vida que le guarda. Vuelve Fray Ambrosio para trasmitirle que la Condesa admite una única visita de despedida. La resolución es una sombra de tristeza que cubre su alma.

Apoyado en el brazo del fraile van a la casa del Rey. Aquí se localiza la escena final de una Sonata que empieza en la casa del Señor inmortal en la tierra y termina en el suelo que pisan los mortales. Jirones de sol comienzan a derretir la sombra de blanca tristeza que amortaja su alma. Su lucha se enfoca ahora a provocar lástima de su merma física, hacer poesía de su manquedad y gustar del “perfume mortuorio de aquel adiós que iba a darme María Antonieta”. Su lamento por no haber podido dar la vida por la Reina Margarita allí presente levanta un murmullo de admiración entre el auditorio femenino que borda escapularios para los soldados del frente.

La Reina le sugiere que escriba sus memorias ahora que su manquedad le dejará tiempo para escribir. Y a fe que le hace caso porque qué si no estamos leyendo. Afortunadamente es el brazo sano el que empuña la espada y la pluma. Un obispo apoya la propuesta con la salvedad de no ensalzar los pecados y vicios como si fueran hazañas. Como hizo el impío “filósofo de Ginebra” (Rousseau) en sus Confesiones, enturbiando el claro manantial de su doctrina.

A estas alturas de la vida Bradomín, desengañado y cercado por la muerte, mira con ironía su compromiso con la gravedad de los hombres y mujeres que se citan en la Historia. Ya sólo espera diversión para descumplir sus días.

Su tía, la Marquesa de Tor, le aconseja que se marche como antes ya lo había hecho - con escaso éxito - la Princesa, madre de María Rosario. No están las órdenes hechas para obligar al Marqués de Bradomín. Le advierte de que no intente separar a María Antonieta de su marido, que respete su decisión de sacrificarse por el Conde: “Sombra detenida por un milagro delante de la muerte”. Un tanto contrariado, le afea la imagen de crueldad que de él tienen en la familia. Varios cientos de páginas después descubrimos la redondez de las Sonatas, junto a la tía recién aparecida y ganada para su causa:

- “¡Calla!... Eres el más admirable de los Don Juanes: Feo, católico y sentimental”.

María Antonieta interrumpe el intercambio familiar de reproches para asegurar que por nada del mundo abandonará a su marido. El par de perros que preceden al Rey relajan la tensión. Un abrazo del monarca, como si nada le faltara, le conmueve en la hora amarga de la despedida: “Si la guerra no me había dado ocasión para mostrarme heroico, me la daba el amor al despedirse de mí, acaso para siempre”. Bradomín se adentra en la noche que no acaba. La escasa vida que le resta, enredada entre las zarzas que le salen al camino, seducido por el aleteo de las alondras de la penumbra que le guían a la luz del mundo oscuro. Trasteando con el bulto también oscuro de la muerte.


"Por ver volar los peces de colores
hicimos agujeros en el agua
preocupados en los alrededores
siempre en la dimensión equivocada.

Mujer de sombras y melancolía
volvamos al Edén que nunca has ido
a celebrar con las copas vacías
el gusto de no habernos conocido".

Sabina/Serrat









Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 15 de marzo de 2012

Perseguí quimeras


"Por la sombra del cielo iba la luna sola, lejana y blanca como una novicia escapada de su celda"



MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN. VALLE-INCLÁN

SONATA DE INVIERNO (5)

Bradomín conmueve a la adolescente quinceañera que le cuida cuando le dice que la poda de un miembro regenerará el tronco viejo. Se adormece al sentir el terciopelo de los ojos de la niña poblados de sueños. De nuevo el autor sondeando los límites de lo prohibido.

“¡Viva Dios, Viva el Rey!” es el grito medieval que le llega de la calle y une a la gente de fe inquebrantable. Son los vítores que le recuerdan la guerra, la misión incumplida y que le acercan a la realidad de brazo amputado: “Un dolor sordo que me fingía tenerlo aún, pesándome como si fuese de plomo”.

Sobresaltado por la fiebre y el dolor remoto del brazo que no existe, se despierta al atardecer. Sor Simona se presenta en la casa con la satisfacción del deber cumplido. Trae con ella los rusos que el Cura de Orio tenía prisioneros. El cura se ha librado por poco de hacer de Infanta Carlota: arañazos en la cara.


Massaguer

Valle-Inclán se esfuerza en acomodar no sólo el ritmo a la expresión, también la elección de las palabras y asociaciones de nombres, adjetivos y verbos:

“Seguía oyéndose el toque vibrante y luminoso de la corneta que parecía dar sus notas al aire como un despliegue de bélicas banderas. Yo sentí alzarse dentro de mí el ánimo guerrero, despótico, feudal, este noble ánimo atávico, que haciéndome un hombre de otros tiempos, hizo en éstos mi desgracia. ¡Soberbio Duque de Alba! ¡Glorioso Duque de Sesa, de Terranova y Santángelo! ¡Magnífico Hernán Cortés! Yo hubiera sido alférez de vuestras banderas en vuestro siglo. Yo siento, también, que el horror es bello, y amo la púrpura gloriosa de la sangre, y el saqueo de los pueblos, y a los viejos soldados crueles, y a los que violan doncellas, y a los que incendian mieses”.


El párrafo es un ejercicio de búsqueda de fórmulas y combinaciones que dan a la prosa un atractivo formal indudable. El autor arriesga porque no elige el camino fácil. En lugar de adjetivos como: infame, asesino, violador o torturador - que serían los apropiados y probablemente los seleccionados por cualquier autor en su sano juicio para definir la infamia que se narra -, escoge: soberbio, magnífico y glorioso con objeto de provocar confusión con su ironía en el lector, al tiempo que libera a la literatura de ataduras. Resulta claro que el autor busca el embellecimiento de su prosa a través de la provocación, y nadie podrá decir que esa acumulación de palabras con connotaciones negativas sea un muro que el autor ponga entre el lector y la imagen que quiere dibujar. Se trataría entonces de algo aburrido y tedioso: Literatura pesada y anticuada, siendo Valle-Inclán ejemplo de todo lo contrario, sus frases son tan rítmicas y hermosas, que
parecen invitar a la lectura y relectura.

Bradomín habla con la elocuencia hueca de un Demóstenes inflamado de patrioterismo. Oradores de mítines de trinchera que convocan y calientan el oído sectario y selectivo de los ya convencidos del mensaje de antemano.

Los prisioneros son padre e hijo. El padre viajero es el mismo ruso que la Niña Chole había intentado seducir a bordo de la fragata, Dalila, y que había provocado una situación de celos en Bradomín: bello pecado, “regalo de los dioses y tentación de los poetas”.

Por la noche hay batalla en el cercano Santuario de San Cermín. De mañana, empiezan a llegar las consecuencias: heridos de bala, despojos humanos incapaces de valerse por sí mismos, escombros tristes del fanatismo, maldicientes espejos empañados de la muerte, vástagos de la derrota. Hijos del agobio. El Marqués pasa el día con el ánimo abatido, apesadumbrado por la mutilación y hundido por el goce de algunas viejas amigas. Sólo el cerco a Maximina, la niña que le atiende, le saca del sopor de la derrota. El bálsamo de sus ojos aterciopelados y tristes, la frialdad de sus labios de novicia y un "te quiero" de sumisión le dejan solo con la blanca luna, sombra blanca y lejana que el cielo arroja.

"Perseguí quimeras por la acera del desamor
Ya no es primavera
Qué temprano se pone el sol
No tengo banderas
La que tuve se destiñó."
Sabina/Serrat





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 8 de marzo de 2012

La noche calza sus botas de metal


La gente se agrupaba en las calles para gritar entusiasmada:
-¡Viva el rey de los buenos cristianos!



MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN. VALLE-INCLÁN
SONATA DE INVIERNO (4)

Una borrasca de nieve y agua castiga Estella. La ciudad santa del Carlismo respira al ritmo de los clarines que acompañan a la tropa que se ha juntado para la guerra. A la espera de las escaramuzas que los justifique, hay tiempo para noches de amor adúltero y juego hasta el amanecer.

Mientras Bradomín exhibe sus dotes amatorias en el tálamo clásico de los hidalgos navarros ignorantes de la “teología de Aretino”, las primeras luces del día sobre Estella nevada sorprenden a los frailes facciosos de timba en casa de Fray Ambrosio. La luz natural y la llegada del Marqués ponen fin a la partida. El sonido metálico de las herraduras de los caballos de las Lanzas de Borbón resuena al golpear el empedrado de la plaza. Ni el agua ni la nieve son obstáculos para la campaña. Con la Caballería de Borbón en casa, el Rey Carlos decide salir de campaña. El Conde de Volfani y Bradomín le acompañan.

Llegan a Zabalcín con el ánimo de dejar expedito el camino de Oteiza que ocupa la tropa alfonsina, pero el mal tiempo les obliga a parar antes de cumplir la misión. El Rey decide regresar a Estella esa misma noche, de incógnito y acompañado de Volfani y Bradomín. El resto se queda, inflamados de patriotismo carlista y ponderando “el valor sereno de los castellanos y el coraje de los catalanes y la acometida de los navarros”.

Ya en Estella, encaminan sus pasos al caserón de la Duquesa de Uclés, una antigua bella bailarina. A la puerta les recibe un anticuado y renombrado en su día picador de toros bravos. Las malas lenguas le vinculan a la Duquesa y por lo tanto competencia del Marqués de Bradomín en los favores de la noble dama. A pesar de que ella siempre lo haya negado, tildando las insinuaciones de calumnias mal intencionadas, el picador se acaricia los tufos y pregunta ceceando en el contrapunto jocoso ante la gravedad de la situación:

-¿Pero estamos seguros de que no es vino lo que tiene?

Al Conde Volfani le ha dado un trabajo en casa de la bailarina, gitana de ojos morunos que había mandado al convento a una hija suya y de Bradomín. La Duquesa se ha arruinado por la Causa: cien lanceros de Don Jaime y sus monturas dependen de sus dineros. El picador con pata de palo que anuncia su llegada “despertando los ecos del caserón”, se encarga de la devolución del afectado a su casa.

Los lamentos del Rey por la más que probable muerte de Volfani en su incursión nocturna en la retaguardia y el frío viento del Norte les acompaña en el regreso junto a sus tropas. Muchos pasan la noche de timba. Bradomín le da vueltas a unas palabras del Rey, le recuerdan su juventud italiana, a María Rosario, el primero y único amor de su vida y su huida cobarde de la muerte de la niña que recogió moribunda del pavimento del palacio Gaetani. Se ampara en la partida de cartas de los fieles soldados del cuartel real, una vez comprobada la incapacidad de la luna de disipar la nube negra de sus pensamientos perdidos en su propio laberinto.

"Sentí en el brazo izquierdo el golpe de una bala y correr la sangre caliente por la mano adormecida"

Ya de mañana comienza la guerra para el Marqués. La misión a cumplir que el Rey le encomienda, consiste en impedir que el cura de Orio mate a dos rusos que tiene retenidos. Cuando pretende llegar al guerrillero con diez lanceros escogidos, una bala de los alfonsinos que viene hacia él le arrebata el ánimo al intentar cruzar el río crecido. Tiene que retroceder. Sor Simona, una monja exclaustrada con ojos de superiora fundadora, le reconoce y le obliga a curarse. La orden del Rey bien puede esperar porque el brazo herido no espera.



“Nos detuvimos ante una de esas hidalgas casonas aldeanas con piedra de armas sobre la puerta y ancho zaguán donde se percibe el aroma del mosto, que parece pregonar la generosa voluntad”. Bradomín ya no saldría de ella sino con un miembro menos: “El orgullo, mi gran virtud, me sostenía”.


"Luces de alma en pena en mi noche de viejo"

El autor se dilata en contarnos cómo se corta un brazo afectado de gangrena y cómo el Marqués no emite ni un grito de dolor. Aguanta con una entereza tal que causa admiración en los presentes: “No exhalé una queja ni cuando me rajaron la carne, ni cuando me serraron el hueso, ni cuando cosieron el muñón”. Enfebrecido, cercado por la niebla de la fiebre, se desvanece como se hunden en la penumbra del sueño los protagonistas heridos en las películas, al cuidado hasta recuperarse, de la chica enamorada del héroe. En los momentos de lucidez que deja la modorra de la fiebre del convaleciente, sus pensamientos vuelan como la alondra que rompe la negritud de la noche, estimulados por la sombra de Maximina que no se separa de su cabecera, sentada en una sillita baja de enea pasando entre sus dedos las cuentas del rosario.


"La noche que yo amo es un sótano oscuro
donde van los marinos que quieren naufragar.

Hay siempre algún borracho sujetando algún muro,

llamas de madrugada y te dejan entrar.

Los profetas urbanos salen de sus guaridas
cuando la noche calza sus botas de metal"

Joaquín Sabina e Hilario Camacho





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


El dibujo en B/N es de la página Noticias Carlistas


jueves, 1 de marzo de 2012

Con el alba tendrás que marcharte


"Ese dinero no es para mí, yo no soy un ladrón [...] Tengo desde hace tiempo comprometida a la gente".




MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN. VALLE-INCLÁN
SONATA DE INVIERNO (2)

La reina Margarita inspira en sus partidarios ciega lealtad medieval, hasta el extremo de morir por ella en una especie de galanura religiosa. Borda escapularios junto a sus damas para los soldados del frente que es como rellenar jarrones de rosas frescas en tiempos de paz. Le pide a Bradomín que salve al Rey de los traidores que le rodean y le regala un escapulario para que lo proteja de las balas enemigas que vengan hacia él.

El Marqués cruza la mirada con María Antonieta de Volfani, una de las damas de la Reina. Sus ojos negros y ardientes le aceleran los latidos del corazón como si regresara a los veinte años.

La educación de los infantes y la historia de España entran en escena. Se habla de falta de liderazgo que ponga un objetivo claro en el horizonte, capaz de aunar voluntades entre tanto reino de taifas, lógico en tiempos de incertidumbre. Bradomín es un mítico capitán de lealtad probada e inquebrantable. Los presentes se disponen a escuchar sus aventuras.


"Era una lealtad de otros siglos la que inspiraba Doña Margarita"


Terminada la tertulia, sale a la calle con el incordio de no haber tenido la oportunidad de estar a solas con la Condesa. Fray Ambrosio se ofrece a guiarle a su casa.


Cuando ya parecía que sabíamos todo de las Sonatas, Valle nos vuelve a sorprender en otra de sus genialidades. Sucede una conversación, fiel reflejo de la situación del Carlismo. El Rey se posiciona contra las ideologías excesivas de algunos de sus seguidores más fieles: los curas facciosos. Bradomín para en seco una conversación que intenta adentrarse en la opacidad del misterio de los radicalismos. El Rey no se toca. Aún quedan jerarquías a la hora de desvelar el origen auténtico del fanatismo exclusivo y excluyente.

A la magra luz mortecina de un farol parpadea la temblona cabeza tonsurada del exclaustrado, Fray Ambrosio. El chantaje tiene su momento. La aristocracia debe aportar a la Causa. Los vicios, sus líos de faldas de Don Juan, le cuestan cien onzas. La guerra tiene sus servidumbres y la soldada de sus hombres no admite demora. El fraile es capaz de matar antes de pedir. Le da la vuelta a toda posición moral en el planteamiento mejor trenzado de las cuatro Sonatas. Ante esta jugada maestra del fraile, a Bradomín no le queda otra opción sino claudicar, comerse el orgullo, ceder al chantaje y apoquinar.

María Antonieta no se lo pone fácil esta noche. Le recibe con desdén. Aunque el final lo sepamos, Bradomín no se repite en las distancias cortas. Despliega una maniobra distinta. Dos cuerpos que se desean en la batalla del amor, un hombre y una mujer en pie de guerra. “Los ojos místicos que algunas veces se adivinan bajo las tocas monjiles, en el locutorio de los conventos”. El regreso del marido plantea el reparto entre tres. Aquella noche, “María Antonieta fue exigente como una dogaresa, pero yo fui sabio como un viejo cardenal que hubiese aprendido las artes secretas del amor, en el confesonario y en una corte del Renacimiento”.

La mañana tardó en llegar justo lo que dura una larga noche de reconciliación y de desagravio entregada a la recuperación del tiempo perdido. Peor para el sol.


"peor para el sol
que se mete a las siete en la cuna
del mar a roncar
mientras un servidor
le levanta la falda a la luna[...]
en mi casa no hay nada prohibido
pero no vayas a enamorarte,
con el alba tendras que marcharte,
para no volver
olvidando que me has conocido
que una vez estuviste en mi cama…
hay caprichos de amor que una dama
no debe tener”
Joaquín Sabina







Las fotos que ilustran el comentario están tomadas de la página Noticias Carlistas.


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde
La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 23 de febrero de 2012

La razón y el deseo

"Los clérigos son acérrimos partidarios de Santa Cruz"



SONATA DE INVIERNO (2)
MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN. VALLE-INCLÁN


Fray Ambrosio afirma que el seminarista recién llegado daría más que hablar que Don Ramón Cabrera si contara con una partida de cincuenta hombres. La conversación se desliza por terrenos de táctica militar. Convienen en que el valor es más productivo con organización y disciplina, pero concluye en que si contara con mil hombres a su mando, aseguraría la victoria de la Causa. Se enredan en preferencias de grandes líderes carlistas: Zumalacárregui o Don Miguel Gómez. Bradomín interviene para zanjar la discusión: “El mejor general es la ayuda de Dios”. Y Valle se luce a continuación en la descripción del ambiente de una sacristía en la que ocurren muchas cosas: “Las campanas dejaron oír su grave son, y el viejo sacristán se levantó sacudiéndose la sotana donde el gato dormitaba. Entraron algunos clérigos que venían para cantar un entierro. El seminarista vistiose el roquete, y el sacristán vino a entregarle el incensario: el humo aromático llenaba el vasto recinto [...]”

Fray Ambrosio le recuerda al Marqués que fue su maestro de latín en el Monasterio de Sobrado y como no se cree el cuento de su conversión e internamiento en el convento, el autor nos da a conocer los principios de su escritura. Sus escritos son literatura y bien poco tienen que ver con la realidad. La realidad es para vivirla, no para escribir ficción. Si acaso, realidad pasada por el genio creador del autor como si se tratase del Discurso de las Armas y las Letras de Don Quijote.


"Eran Lanceros Castellanos que volvían de una guardia fuera de la ciudad"

Como había nevado en Estella, Bradomín no puede rechazar la invitación de alojamiento en su casa que Fray Ambrosio tan generosamente le ofrece. Recorren el viejo empedrado de las calles de la ciudad leal, “arca santa de la Causa”. Antes de llegar se hacen a un lado para dejar paso a los Lanceros Castellanos, descendientes de los garrochistas del campo charro salmantino que aprendieron a alancear guiando toros bravos. Dejaron su oficio y se unieron a Don Julián Sánchez y a los aliados en su lucha contra Napoleón en estas tierras. Su estampa legendaria brilla como los Dragones franceses en la Plaza del Zocodover de la ciudad de Toledo. Gustavo Adolfo Bécquer ya nos lo había contado en la leyenda El Beso antes que Valle-Inclán. Prodigio de expresión sonora: “Entre el cálido coro de los clarines se levantaban encrespados los relinchos, y en el viejo empedrado de la calle las herraduras resonaban valientes y marciales, con ese noble son que tienen en el romancero las armas de los paladines”.

El autor nos transporta de la quimérica estampa y legendario esplendor de los Lanceros de Castilla a la gruñona “lengua de escorpión” del ama de llaves, que franquea la puerta a la pareja de frailes, y se ganan un rapapolvo por ponerle perdido del barro de las botas los suelos recién fregados, limpios como el jaspe.

Bradomín se desviste de su hábito y deja ver otro “zuavo pontificio” que tapó para escapar del maldito Cura Santa Cruz, por el que los frailes sienten verdadera veneración. Fanático del Carlismo auténtico, camisa vieja de la Causa desde los albores de la Primera Guerra, no esta “farsa de masones actual”. Le ofrece una onza de oro para que le acerque a los aledaños de la Condesa Volfani.

Es un día triste de lluvia en la Ciudad Santa del Carlismo. De la calle llegan las ráfagas de aire y agua que golpean los cristales. El toque monótono de las campanas que convoca a la novena y las cornetas que marcan el ritmo de las actividades de los cuarteles se desvanecen tras las ventanas de las casas. Los huecos de la Plaza vacía se agrandan azotados por la lluvia. Dos soldados chorreando se apresuran a cruzarla.



"El Cura ahora nos cuesta la pérdida de Tolosa"

Bradomín
tiene cita con el Rey a quien presenta sus respetos. Ante el reproche de no haber fusilado al Cura Santa Cruz, le repone que su actitud les ha venido bien porque ha dividido a las tropas republicanas al tener que atender dos frentes. Saluda al Obispo de la Seo de Urgel, altivo como los obispos feudales. Temiendo el castigo de un sermón del prelado por la historia que de su vida ha contado a los clérigos, le da la razón como a los tontos. Comen ambos a la mesa frugal del Rey que claramente ha fracasado en la promesa que su abuelo, El Bearnés, hiciera a sus seguidores de comer gallina con frecuencia: quimera de poetas.



"Y, después de llover,
Un relámpago va
deshaciendo la oscuridad
con besos, que antes de nacer,
morirán.
Ayer Julieta denunciaba a Romeo,
Por malos tratos, en el juzgado,
cuando se acuestan la razón y el deseo
llueve sobre mojado!"
Paez/Sabina.





Las tres ilustraciones de la entrada están tomadas de esta página.

Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde
La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 16 de febrero de 2012

Nada que ocultar


"Nuevo Epaminondas de quien, andando los siglos, narrará las hazañas otro Cornelio Nepote"



SONATA DE INVIERNO.
MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN. VALLE-INCLÁN

Valle reafirma el punto de vista del narrador en el comienzo de esta Sonata de Invierno. El narrador nos cuenta desde la vejez su vida pasada. A veces, narra desde un presente que conoce el futuro. Crea un cierto grado de incertidumbre consciente en la dualidad Valle-Marqués de Bradomín; en la novela deja manco a Bradomín, en clara referencia a su propia mutilación. El autor hace literatura del conflicto del narrador, como ya había hecho Cervantes en el Quijote.

Podemos considerar las Sonatas como obras independientes, pero las sucesivas y frecuentes referencias a las anteriores las hace ser una obra unitaria.

Bradomín anciano –con los cabellos argentados de luna- hace recuento de sus días. Ha sobrevivido a todos sus amores. Hubo de todo entre ellas: Unas murieron en sus brazos; otras recurrieron a la epístola para despedirse; el resto, o bien murieron de viejas, o cuando ya le habían olvidado. Ahora ya sólo le resta llorar la muerte de la niña que le cuidó y que se llevó el secreto de sus amores tardíos a la tumba.

El autor nos desvela el final de la trama, de la misma forma que lo había hecho con Concha y la carta en la Sonata de Otoño. No importa el desenlace para tener al lector enganchado a la lectura, otros deberán de ser los ingredientes que nos convoquen a seguir leyendo, la misma estrategia que había ensayado con Concha.

La juventud del Marqués de Bradomín ha sido una hoguera de pasiones y de grandes llamas atizadas por el amor. En una frase sin rodeos nos sitúa en la coordenada espacio temporal de la historia: “Yo acababa de llegar a Estella, donde el Rey tenía su Corte”. Nos encontramos en la Tercera Guerra Carlista. Se respira derrota de la causa, que coincide con la decadencia del veterano soldado que siente un cerco de acabamiento y el frío de la vejez. Lamenta no haber sido capaz de renunciar al amor y así evitar la muerte de la chiquilla.



"Destacaba en medio de su séquito, admirable de gallardía y de nobleza, como un rey de los antiguos tiempos".

Y huyendo, como ya hiciera en su aventura mejicana, se presenta en la Corte de Estella, justo a tiempo de asistir a la misa mayor. Es la excusa perfecta para mostrar de nuevo la fascinación que Valle siente por los ropajes de la realeza, la misma que antes había sentido por la liturgia religiosa y los atuendos eclesiásticos. El porte del Rey Don Carlos es el único capaz de encajar con apostura en la armadura tallada a mano por el más aventajado de los orfebres milaneses, arrastrar el manto de armiño o ceñir la corona de piedras preciosas de los reyes godos medievales, grabadas a fuego en los códices antiguos. Bradomín no entiende las palabras de un fraile preconciliar que arenga los tercios reales. Sin embargo, le cautiva la sonoridad y el ritmo de aquella lengua remota e intacta cuyas raíces remiten a los ecos primitivos y misteriosos del origen ancestral de las txalapartas: “Yo las sentía leales, veraces, adustas, severas” como las personas que las pronuncian. Un canto al bilingüismo y una defensa auténtica de la riqueza que aporta la diversidad de lenguas en un territorio, siempre que sirvan para alejarnos del fantasma de la incomunicación.




Caricatura de Sirio

El Marqués carlista, embutido en un disfraz de cartujo, se coloca a la sombra de una columna, al tiempo que cruza la mirada con una dama del cortejo real. Se encuentra con Fray Ambrosio en la sacristía mientras uno de los dos sacristanes viejos -gente de cogulla- avivan la brasa del incensario. El fraile es un veterano de la primera Guerra Carlista que reconoce a Bradomín. Éste relata la historia de su vida. Ante las reticencias de Fray Ambrosio a admitir que entrara en el convento como acto de contrición, confiesa que: “El arrepentimiento no llega con anuncio de clarines como la caballería”. Añade que en el convento ha conseguido dominar todas las pasiones menos el orgullo. La entrada de un seminarista al que Fray Ambrosio alaba por ser valiente como un león, interrumpe el relato y también este comentario hasta la semana próxima, dios mediante y no júpiter tronante.


"Me falta un corazón
me sobran cinco estrellas
de hoteles de ocasión
donde dejar mis huellas,
con nada que ocultar,
con todo por delante,
Goliat era un patán,
David era un gigante"

Joaquín Sabina







Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde
La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.