jueves, 1 de diciembre de 2011

Un Dios triste y envidioso nos castigó

"Su cuerpo aprisionado en mis brazos tembló como sacudido por mortal aleteo."

SONATA DE OTOÑO.
MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN ( y 7)



Los celos de Concha surgen porque ve a Isabel y al Marqués compartir la misma ventana para observar la lluvia que golpea contra los cristales. Bradomín sabe cómo ahuyentarlos haciendo que Concha se sienta importante, la única para él. La lluvia les impide ir a Lontañón como habían planeado, para decepción de las niñas que miran llover enterradas en el fondo de una ventana.

El autor se detiene en el misterio que se esconde detrás de los escudos adosados a las fachadas de las casas nobiliarias. Bradomín recuerda que Candelaria le contaba el cuento del capitán Alonso Bendaña, fundador del Mayorazgo de Brandeso. Vistió de lobo a su enemigo, el Abad de Mos, lo soltó en el monte y murió atarazado por los perros. Dos enanos negros llevaron al infierno el cuerpo del capitán.

Trono de Carlomagno. Catedral de Aachen

En la tribuna tenían un escaño con alto espaldar, sólo la tía Águeda gozaba el privilegio de sentarse.

Como si se tratara de la entradilla de un titular que encabeza el capítulo, Bradomín señala que los hombres del linaje de los Brandeso son y han sido crueles; las mujeres, piadosas. Había habido tiempos mejores para la religión en el palacio, aquellos tiempos pasados en los que contaban con capellán propio. Bradomín recuerda que su tía Águeda contaba con un sillón de alto respaldo, reservado en exclusiva para ella en la tribuna ante el altar, a la derecha del sepulcro con estatua orante de un guerrero - semejante al del Beso de Bécquer – La luz de una lámpara tamizaba la penumbra, temblorosa como el tímido aleteo de un pájaro prisionero, exhausto de tanto querer escapar de su jaula.

Concha deposita unos floreros cargados de rosas a los pies del Rey Mago negro que llevó la mirra al Niño Jesús recién nacido en el pesebre de Belén. Ella y las niñas rezan el rosario. Luego, arrodilladas las tres, siguen rezando a los pies del sepulcro del guerrero. El abuelo de Concha, Miguel Bendaña, también está allí enterrado. Déspota y hospitalario, murió sin confesión, condenado por relapso y hereje. Había matado a un criado. Sus rezos intentaban sacarle del fuego eterno del infierno. Bradomín “veía en el cielo ya oscuro, la faz de la luna pálida y sobrenatural, como una diosa que tiene su altar en los dioses y en los lagos…”


A continuación, Valle nos deja ver de cerca las maniobras del último cortejo del Don Juan, el postrero suspiro antes del paso a la nada inmensa. Bradomín escribe en su alcoba a altas instancias reales. Concha quiere irse, Él le pide que se quede. Ella lo desea, pero al día siguiente es día de confesión y no quiere hacerlo con tanta carga de pecado. La desarma con la amenaza de salir del palacio y ella contraataca: se desnuda. Quiere atarle a su yunta para toda la vida que se agota. Y le azota con su pelo. Es el azote de Dios con voz de Satanás; la transfiguración en el mal.

“¡Yo muero!”, fueron las últimas palabras de Concha. Una exclamación hecha verdad completa, el definitivo ensayo de la muerte. Los perros aullaban a lo lejos, el viento ululaba como un alma en pena y unas nubes esporádicas tapaban a la luna. “Su cuerpo aprisionado en mis brazos tembló como sacudido por mortal aleteo”. Los besos huyeron de su boca fría. Sus párpados se entreabrieron tardos. Su cabeza cayó lívida sobre la almohada. Sus ojos angustiados y privados de la luz. El frío y el reposo que transmitían le aterraron.

Bradomín se precipita fuera de la fúnebre habitación. Quiere contar lo ocurrido a Isabel que duerme y no responde a sus llamadas. Ya en la cabecera le dice que Concha es incapaz de oírles, puede dejar a un lado inhibiciones y frenos. Se aparean e Isabel teme la aparición de Concha. El destino sonríe al don Juan con la “mueca macabra de esos enanos patizambos que a la luz de la luna hacen cabriolas sobre las chimeneas de los viejos castillos”.

Bradomín regresa a la habitación de la muerta. Aterrado al tocar las manos yertas, reza. El último refugio de los que ven que todo se acaba. Postrera esperanza de los vivos antes de cruzar la raya que los separa de la nada. El canto del gallo anuncia que el amanecer asoma la gaita por los balcones de oriente.

Bradomín coge la carga fúnebre entre estremecimientos. Valle nos obliga a hacer el camino del Marqués hasta la habitación de Concha, cargados con el peso mortal por los pasillos y estancias del palacio. Responde de esta manera al deseo de Concha. El miedo a la mirada extraviada del Nazareno del pasillo le hace retroceder con la carga. Los ojos de cera endurecida de Concha se entreabren mientras los suyos se cierran: “Cerré los ojos, y con el cuerpo de Concha aferrado en los brazos hui”. La huida arranca un mechón de cabellos que se enganchan en la puerta. Deposita el cadáver en la cama. Los gusanos salen de los sepulcros para comer los ojos que no existen de los fantasmas. Las lágrimas ruedan de las cuencas vacías. El Marqués se debate en un juego de Paraíso e Infierno. De ángeles celestiales y la mística del beso que abrasa a los labios helados impresos de muerte. Traición y lealtad sobre el tapete.



Massaguer

Concha es un recuerdo. Sobrevive en el aroma de los cabellos de su fantasma. Los sentidos se le revuelven en su memoria. El recuerdo de la muerta “me araña el corazón como un gato tísico de ojos lucientes”. Algo diabólico convierte el dolor en placer. Las bajezas humanas en expresión de lo sublime; lo vulgar en éxtasis místico.

Valle no podía concluir el relato con su dolor hecho placer sacrílego, el drama en la garganta y suspirando al galope el soplo helado de la muerte. El dolor es real en las niñas que querían darle “un susto de risa” a su madre con el milano muerto de la mano. Y nos enteramos de que el protagonista y – a la vez - voz narrativa de la historia guarda escopetas cubiertas de polvo (en lugar de arpas) en el ángulo oscuro del salón. Mata al milano como si quisiera matar a la muerte y al mismo tiempo proteger a las huérfanas del dolor. Pero no puede. Y llora por su impotencia como los ángeles caídos o el Zeus antiguo desplazado del Olimpo por la estirpe de los dioses nuevos. Llora mientras mira el púrpura del horizonte, el crepúsculo donde el sol tiene su tumba. También los conquistadores de corazón de mujer saben llorar aunque sólo sea por el orgullo perdido.

Y el gran poeta
bejarano Antonio Gutiérrez Turrión, ( y también de todo lo que tenga que ver con las letras castellanas - lo digo por lo de poeta y lo de grande) nos regala este poema surgido al paso, ( de "Lloré como un dios antiguo al extinguirse su culto") hoy mismo, en una tarde de finales del otoño. Dice que me lo dedica, pero yo cedo la dedicatoria a todo el grupo de lectura de La Acequia. Gracias, Antonio, en nombre de todos.


"Mal y tarde estoy cumpliendo
la palabra que te di cuando juré

escribirte una canción.
un dios triste y envidioso

nos castigó
por trepar juntos al árbol

y atracarnos con la flor de la pasión
por probar aquel sabor."
Joaquín Sabina




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

7 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Qué bien lo has definido: Concha es un recuerdo. Es una frase que define lo que sucede, es una frase que define al Marqués.

Myriam dijo...

Preciosa la dedicatoria de Antonio G.T y gracias a ti por cedérnosla.

Un abrazo

Aldabra dijo...

¡¡Como eran los celos en aquella época!!

¡Por mirar en la misma ventana!

Desde nuestra perspectiva actual, da la risa pero en aquella época en que todo estaba medido y valorado...

Bonito poema el que te regala Antonio.


biquiños,.

Abejita de la Vega dijo...

Esa frase de un dios con el culto extinguido...me dio mucho que pensar. ¡Qué fatuos pueden ser algunos hombres!

Un regalo valioso te hace el amigo.

Besos

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

Veo que seguís incansables con las tertulias literarias... yo por ahora solo observo...un abrazo

Paco Cuesta dijo...

Broche de oro, el tuyo, para una trágica historia.

María dijo...

El otro día no se envió el comentario; decía: yo también sólo observo y doy mi enhorabuena!