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jueves, 1 de diciembre de 2011

Un Dios triste y envidioso nos castigó

"Su cuerpo aprisionado en mis brazos tembló como sacudido por mortal aleteo."

SONATA DE OTOÑO.
MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN ( y 7)



Los celos de Concha surgen porque ve a Isabel y al Marqués compartir la misma ventana para observar la lluvia que golpea contra los cristales. Bradomín sabe cómo ahuyentarlos haciendo que Concha se sienta importante, la única para él. La lluvia les impide ir a Lontañón como habían planeado, para decepción de las niñas que miran llover enterradas en el fondo de una ventana.

El autor se detiene en el misterio que se esconde detrás de los escudos adosados a las fachadas de las casas nobiliarias. Bradomín recuerda que Candelaria le contaba el cuento del capitán Alonso Bendaña, fundador del Mayorazgo de Brandeso. Vistió de lobo a su enemigo, el Abad de Mos, lo soltó en el monte y murió atarazado por los perros. Dos enanos negros llevaron al infierno el cuerpo del capitán.

Trono de Carlomagno. Catedral de Aachen

En la tribuna tenían un escaño con alto espaldar, sólo la tía Águeda gozaba el privilegio de sentarse.

Como si se tratara de la entradilla de un titular que encabeza el capítulo, Bradomín señala que los hombres del linaje de los Brandeso son y han sido crueles; las mujeres, piadosas. Había habido tiempos mejores para la religión en el palacio, aquellos tiempos pasados en los que contaban con capellán propio. Bradomín recuerda que su tía Águeda contaba con un sillón de alto respaldo, reservado en exclusiva para ella en la tribuna ante el altar, a la derecha del sepulcro con estatua orante de un guerrero - semejante al del Beso de Bécquer – La luz de una lámpara tamizaba la penumbra, temblorosa como el tímido aleteo de un pájaro prisionero, exhausto de tanto querer escapar de su jaula.

Concha deposita unos floreros cargados de rosas a los pies del Rey Mago negro que llevó la mirra al Niño Jesús recién nacido en el pesebre de Belén. Ella y las niñas rezan el rosario. Luego, arrodilladas las tres, siguen rezando a los pies del sepulcro del guerrero. El abuelo de Concha, Miguel Bendaña, también está allí enterrado. Déspota y hospitalario, murió sin confesión, condenado por relapso y hereje. Había matado a un criado. Sus rezos intentaban sacarle del fuego eterno del infierno. Bradomín “veía en el cielo ya oscuro, la faz de la luna pálida y sobrenatural, como una diosa que tiene su altar en los dioses y en los lagos…”


A continuación, Valle nos deja ver de cerca las maniobras del último cortejo del Don Juan, el postrero suspiro antes del paso a la nada inmensa. Bradomín escribe en su alcoba a altas instancias reales. Concha quiere irse, Él le pide que se quede. Ella lo desea, pero al día siguiente es día de confesión y no quiere hacerlo con tanta carga de pecado. La desarma con la amenaza de salir del palacio y ella contraataca: se desnuda. Quiere atarle a su yunta para toda la vida que se agota. Y le azota con su pelo. Es el azote de Dios con voz de Satanás; la transfiguración en el mal.

“¡Yo muero!”, fueron las últimas palabras de Concha. Una exclamación hecha verdad completa, el definitivo ensayo de la muerte. Los perros aullaban a lo lejos, el viento ululaba como un alma en pena y unas nubes esporádicas tapaban a la luna. “Su cuerpo aprisionado en mis brazos tembló como sacudido por mortal aleteo”. Los besos huyeron de su boca fría. Sus párpados se entreabrieron tardos. Su cabeza cayó lívida sobre la almohada. Sus ojos angustiados y privados de la luz. El frío y el reposo que transmitían le aterraron.

Bradomín se precipita fuera de la fúnebre habitación. Quiere contar lo ocurrido a Isabel que duerme y no responde a sus llamadas. Ya en la cabecera le dice que Concha es incapaz de oírles, puede dejar a un lado inhibiciones y frenos. Se aparean e Isabel teme la aparición de Concha. El destino sonríe al don Juan con la “mueca macabra de esos enanos patizambos que a la luz de la luna hacen cabriolas sobre las chimeneas de los viejos castillos”.

Bradomín regresa a la habitación de la muerta. Aterrado al tocar las manos yertas, reza. El último refugio de los que ven que todo se acaba. Postrera esperanza de los vivos antes de cruzar la raya que los separa de la nada. El canto del gallo anuncia que el amanecer asoma la gaita por los balcones de oriente.

Bradomín coge la carga fúnebre entre estremecimientos. Valle nos obliga a hacer el camino del Marqués hasta la habitación de Concha, cargados con el peso mortal por los pasillos y estancias del palacio. Responde de esta manera al deseo de Concha. El miedo a la mirada extraviada del Nazareno del pasillo le hace retroceder con la carga. Los ojos de cera endurecida de Concha se entreabren mientras los suyos se cierran: “Cerré los ojos, y con el cuerpo de Concha aferrado en los brazos hui”. La huida arranca un mechón de cabellos que se enganchan en la puerta. Deposita el cadáver en la cama. Los gusanos salen de los sepulcros para comer los ojos que no existen de los fantasmas. Las lágrimas ruedan de las cuencas vacías. El Marqués se debate en un juego de Paraíso e Infierno. De ángeles celestiales y la mística del beso que abrasa a los labios helados impresos de muerte. Traición y lealtad sobre el tapete.



Massaguer

Concha es un recuerdo. Sobrevive en el aroma de los cabellos de su fantasma. Los sentidos se le revuelven en su memoria. El recuerdo de la muerta “me araña el corazón como un gato tísico de ojos lucientes”. Algo diabólico convierte el dolor en placer. Las bajezas humanas en expresión de lo sublime; lo vulgar en éxtasis místico.

Valle no podía concluir el relato con su dolor hecho placer sacrílego, el drama en la garganta y suspirando al galope el soplo helado de la muerte. El dolor es real en las niñas que querían darle “un susto de risa” a su madre con el milano muerto de la mano. Y nos enteramos de que el protagonista y – a la vez - voz narrativa de la historia guarda escopetas cubiertas de polvo (en lugar de arpas) en el ángulo oscuro del salón. Mata al milano como si quisiera matar a la muerte y al mismo tiempo proteger a las huérfanas del dolor. Pero no puede. Y llora por su impotencia como los ángeles caídos o el Zeus antiguo desplazado del Olimpo por la estirpe de los dioses nuevos. Llora mientras mira el púrpura del horizonte, el crepúsculo donde el sol tiene su tumba. También los conquistadores de corazón de mujer saben llorar aunque sólo sea por el orgullo perdido.

Y el gran poeta
bejarano Antonio Gutiérrez Turrión, ( y también de todo lo que tenga que ver con las letras castellanas - lo digo por lo de poeta y lo de grande) nos regala este poema surgido al paso, ( de "Lloré como un dios antiguo al extinguirse su culto") hoy mismo, en una tarde de finales del otoño. Dice que me lo dedica, pero yo cedo la dedicatoria a todo el grupo de lectura de La Acequia. Gracias, Antonio, en nombre de todos.


"Mal y tarde estoy cumpliendo
la palabra que te di cuando juré

escribirte una canción.
un dios triste y envidioso

nos castigó
por trepar juntos al árbol

y atracarnos con la flor de la pasión
por probar aquel sabor."
Joaquín Sabina




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 24 de noviembre de 2011

La mujer que yo quiero, me ató a su yunta

Massaguer. La Habana 1921



SONATA DE OTOÑO.
MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN (6)


La llegada de las niñas y de Isabel se deja notar en las estancias del palacio y en la naturaleza de la relación entre los amantes. Bradomín y Concha actúan delante de ellas para que no sospechen, como si fuera otra actuación superpuesta a la ficción del relato. Practican una cura rústica (también de humildad) a Don Juan Manuel al que dejan acostado en la habitación del obispo, envuelto en paños de vinagre (y rosas) para las heridas. Concha sigue con su tarea de alisar con un peine de marfil la melena de matrona veneciana que, destrenzada, cae suelta sobre los hombros de la niña, siempre más romántico que rasparse con piedra pómez los callos y las asperezas de los pies metidos en agua caliente, por ejemplo. El ovillo de lana crece entre juegos y risas de las jovencitas mientras la madre y la prima Isabel secretean. Hablan del pasado en voz baja al calor de la lumbre del salón atendida por el Marqués. Los troncos se van consumiendo al tiempo que crece el montón del borrajo, como si fueran las cenizas del amor cuando éste termina.

Con Isabel aparecen los celos que matan y que quiebran la serenidad que la presencia de las niñas aporta al ánimo de la madre. Valle los muestra en el gesto de Concha: “Se llevó el pañuelo a los ojos y después lo desgarró con los dientes”. Sólo una sonrisa de él es suficiente para conjurar el maleficio y que las rosas de sus mejillas florezcan renacidas. Bradomín – como todo veterano Don Juan que se precie- sabe cómo hacer que la mujer que está a su lado se sienta importante. “Pensaba en ti” - le dice cuando Concha le ve pensativo.

Concha le muestra al Marqués una carta de su madre, doña Soledad, que es como las arañas negras que la persiguen por los pasillos del palacio. En ella la acusa de ser mala madre y peor mujer, de conducirse entre el escándalo y de estar irremediablemente condenada. Bradomín la quema, no quiere leer las lágrimas del desamor. Su madre es una santa, pero no tolera el desorden y eso es Concha para ella.

Valle recurre a la carta como una estrategia para describirnos a la madre y el origen de los amores, dos elementos que dan espesor narrativo al relato.

A continuación un capítulo breve - como todos en estas Sonatas- en el que parece que no pasa nada, pero pasa de todo y desfilan casi la totalidad de los personajes de la novela en el breve espacio del mirador, como si fueran los actores que entran y salen del escenario en una obra de teatro. Aquí se sienten los temblores de la inspiración en el hecho creador. Lo explicamos con un poco de calma, cada vez más convencido de que hay más deleite literario e intensidad en un pequeño fragmento de Las Sonatas que en tochos completos de literatura vendida al peso en las estanterías del supermercado. "¡Aquí Carabel! ¡Aquí Capitán!" . La alcoba de Bradomín se abre a un salón con tres puertas que dan al mirador en el que juegan las niñas ruidosas. Más allá, en el jardín, aparece y desaparece el Abad de Brandeso que se pasa por el exterior del palacio con dos perros. Viene a presentar sus respetos a la aristocracia. Las voces repetidas del tonsurado ponen el ritmo al relato: "¡Aquí Carabel!, ¡Aquí Capitán!" Todo pasado por el recuelo de la extraña lucidez del duermevela del Marqués de Bradomín - la voz narradora- y las tres puertas cerradas. El Marqués no ve lo que ocurre, sólo lo escucha y lo siente. Sorprendentemente, se despierta cuando cae el silencio en la terraza. Florisel abre las puertas y las niñas acuden a besar al tío Bradomín. Don Juan Manuel se ha marchado con las primeras luces del alba. Su traje de madera puede aún respirar en el exterior y crecer tranquilo; que bicho malo, tarda en morir. Relato demasiado amable para ser verdad porque “el moscardón verdoso de la pesadilla daba vueltas sin cesar, como el huso de las brujas hilanderas”: descripción surrealista del pozo hondo de los malos sueños que salen a la luz por laberintos inquietantes de tinieblas. Valle prefiere la tensión, el juego de contrarios para dotar
la narración de armonía y equilibrio. Y al final los dos pichones menos dos alas por cabeza, metáfora al revés del Don Juan irredento al que nadie de los nacidos y nacidas pudo cortar las alas ni uncir a su yunta para labrar juntos los surcos de una besana sentimental. Bien distinto a este otro que canta Serrat:

"La mujer que yo quiero, me ató a su yunta,
para sembrar la tierra de punta a punta [...]

La mujer que yo quiero, me ató a su yunta:
pero, por favor, no se lo digas nunca".
Joan Manuel Serrat




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Vi la luna en cuarto creciente

"Llegando a la encrucijada de tres caminos, donde había un retablo de ánimas [...] Asustado el potro de Don Juan Manuel , dio una huida y el jinete cayó".

Gutierrez Solana

SONATA DE OTOÑO.
MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN (5)

El tramo del relato que hoy analizamos en esta lectura, que pretende ser atenta, es un compendio de las virtudes que adornan a Valle-Inclán como narrador. Una síntesis de lo mejor de su escritura. Va desde el gesto cotidiano de entornar el libro que estamos leyendo sobre la mesa para no perder la página, hasta el diálogo sereno de la madre con las hijas, al tiempo que les desenreda los largos cabellos. Para unir los dos extremos el autor recurre al desarrollo de una secuencia cuajada de vértigo, ritmo trepidante, acción de cine americano que tanto agrada a los espectadores jóvenes y a la mezcla de sueño y realidad. La armonía de la narración conseguida a través de la fusión de expresiones populares y del lenguaje aristocrático y linajudo. Expresión de lo más sublime y lo banal o el escaso brillo de las ocupaciones ordinarias.

Concha y Bradomín encienden la llama de la pasión a la luz de la luna en cuarto creciente. La claridad del día echa una mano para que el sueño le venza en los brazos de ella. Al despertar ella siente vergüenza de que la muerte le sorprenda de esa manera. Debe ser terrible que el sentimiento de culpa no te abandone ni más allá de la muerte. Sus manos están tan frías como la palidez de cera de una Dolorosa. Concha lanza suspiros agónicos y él la besa “temblando como si fuera a comulgar la vida” (qué expresión más de Rubén Darío).

Los libros religiosos que únicamente el obispo abría, llenan las estanterías y contagian de doctrina y catecismo la atmósfera de la biblioteca. Bradomín ha elegido un libro de sermones. Don Juan Manuel le advierte de que se va a quedar ciego y tonto como el abuelo que también se pasaba los días leyendo. Al menos no quemó los libros y le tapió la biblioteca como le hicieron a Don Quijote los que bien le querían. A continuación, pide vino que bebe con largura y sosiego de un vaso pesado y antiguo. Piensa que si Concha bebiera muchos así, no estaría como está, consumida y ensayando su propia muerte a cada instante.

Concha le comunica a Bradomín que Don Juan Manuel le espera. Las gentes de las aldeas lo recibirán bajo palio porque es privilegio de su linaje. Hablan de la estirpe de los Montenegro de Galicia, descendientes de una emperatriz alemana. Los antepasados del Marqués hunden sus raíces en la batalla de Roncesvalles. También –cómo no- en Roldán que engendró a Paladín de una sirena.



Caricatura de Massaguer. 1927


La fuente que cantaba al fondo del laberinto como un pájaro escondido es testigo de la marcha de Javier al caer la tarde. Los rayos del sol de otoño, agotados y próximos a morir, penetraban hasta el fondo del mirador, dorados al traspasar las emplomadas vidrieras que lo flanquean. Javier - voz narradora- nos cuenta lo que recuerda de un sueño de Concha, perdida en el laberinto y nublada por las tinieblas del pecado de Satanás. Incapaz de encontrar la salida, un arcángel la guía con su luz. Las lágrimas de diamante que rodaban entre sus dedos eran el purgatorio que la salvaba del infierno. La novela gira en este punto. Lo hace desde la imaginación desbordada que surge de los veneros más caudalosos de los sueños y nos transporta al suelo firme que pisan los vivos que pueblan las aldeas de Galicia para dejarnos la descripción costumbrista de su paisaje, poblado de caseríos dispersos, molinos lejanos escondidos detrás de las parras frondosas cargadas de racimos de uvas, montañas azules con la primera nieve en las cumbres, pastores y mujeres que cantan y viejos cansados que con parsimonia pican la yunta de vacas que, remolonas, mordisquean la yerba más alta y cencía de las cercanas cunetas. Todo dispuesto para encajar la magnífica aparición de Don Juan Manuel detrás de la cuesta, como un emperador romano con su montecristo flotando. Y Bradomín que se aleja, después de despedirse, como lo hacían los cruzados de su dama “que le lloraba en su castillo al claro de la luna”. Al aire la melena merovingia romántica a la manera de Zorrilla y Espronceda. “¡Hoy los años me han impuesto la tonsura como a un diácono, y sólo me permiten murmurar un melancólico adiós!” - confiesa apenado el Marqués.

Valle cierra el capítulo, tan intenso y lleno de todo, con el mismo recuerdo, evocando las fuentes sin alma que siguen cantando como los pájaros escondidos al fondo de los laberintos.

Bien distinto es el ritmo que el autor imprime al capítulo en que se narra la ida y vuelta de Don Juan Manuel, pinturero, fanfarrón y garboso en su caballo tordo, falso, montaraz y duro de
boca. Acompañado de unas expresiones diferentes como el “paso castellano de sus mulas” (¡qué expresión tan rotunda!) y la “temblona claridad” (que suena tan sonora como “temblorosa”, ésta más culta y poética). La caída del jinete en una secuencia de cine de acción:los zarzales que orillaban el camino producían un ruido sordo cuando el cuerpo de Don Juan Manuel pasaba batiendo contra ellos. Era una cuesta pedregosa que baja hasta el río y, en la oscuridad, yo veía las chispas que saltaban bajo las herraduras del potro. Al fin, atropellando, por encima de Don Juan Manuel pude pasar delante y cruzarme con mi rocín en el camino”. Valle remansa el relato del vértigo de la caída recurriendo al refugio de Concha: "¡La pobre era tan buena, que parecía estar siempre esperando una ocasión propicia para poder asustarse!"

Un nuevo regreso al sosiego. Tras el susto, la calma que sigue a la tormenta, porque intenso es el contraste entre el galopar de un caballo desbocado que corre sin rienda arrastrando al jinete y Concha, entretenida en peinar los cabellos de sus hijas. Así de inesperados e impredecibles son los sueños que como una metáfora de la vida se abren a otra realidad cuando los párpados se espesan y se cierran sumergiéndonos en la realidad paralela de los sueños.


"I pictured a rainbow
You held in your hands
I had flashes
But you saw then plan
I wondered out in the world for years
While you just stayed in your room
I saw the crescent
You saw the whole of the moon!
The whole of the moon!"
Mike Scott




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Me acuso de morirme sin tu boca


SONATA DE OTOÑO.
MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN (4)


El campo estaba poblado de vendimia y sementera un día de principios de otoño. Concha desnuda las rosas del jardín y le ofrece los pétalos a Bradomín. Había llovido toda la noche y los verdes del vetusto jardín resaltaban exultantes de vicio en el tardío, como el enfermo exhausto que, con bríos renovados, renace a la vida tras recibir una trasfusión de sangre salvadora. La brisa de la mañana acariciaba y hacía temblar las flores, trazando “en el terciopelo de la yerba, huellas ideales y quiméricas como si danzasen hadas invisibles”.

Concha y Bradomín se sientan en un banco cubierto de hojas secas, metáfora triste del tiempo en común que caduca. Florisel, el tiempo por vivir, pasa por delante de ellos con su jaula de mirlos. Concha lanza una sonrisa extraña acompañada de un estremecimiento. Bradomín siente frío.

Los poseedores del viejo Palacio de Brandeso del S. XVIII tienen recia raigambre. El marqués lo recorre de la mano de nieve de Concha y recuerdan que él acudía con su madre hace veinte años. Águeda, la madre de Concha, le enseñaba estampas del Año Cristiano. Los salones están adornados con cortinajes de damasco, espejos nebulosos y retratos familiares. Los pasos resuenan como en las iglesias desiertas. “En el fondo de los espejos el salón se prolongaba hasta el ensueño como en un lago encantado, y los personajes de los retratos […] parecían vivir olvidados en una paz secular”. Y su prosa que no es espejismo de agua en el desierto, aguanta la prueba del nueve del implacable y cruel paso del tiempo por su autenticidad, a pesar del esplendor de su preciosismo.

Concha tiembla al anochecer y se acuesta. Hablan de tiempos pasados. Nos enteramos que el suyo fue un matrimonio descompensado por la edad y que Bradomín había sido su maestro en todo. Concha tenía el encanto de otro tiempo, purificado por la divina palidez de enferma. Sabe que se muere y sólo anhela que Javier (por qué Xavier, que uno ni sabe cómo pronunciarlo) no le abandone hasta que el alma se separe del cuerpo. Sabe cómo provocar los celos de ella. Primero insinuándole que tiene algo que ver con Florisel y luego contándole que a la tierna edad de once años ya comenzó sus escarceos amorosos cuando su tía Augusta se enamoró de él. Dejan para otro día la destrucción de las cartas de amor que heredarán sus hijas. Como si fueran amores adúlteros al descubierto, pero sólo cuando ya nada importa.


La venida de Bradomín al palacio significa el renacimiento de los amores. La oportunidad última que le queda al amor de salvarse del naufragio en medio de la tiniebla que se cierne en el entorno. Nunca la había visto tan feliz, con esa mezcla del blancor de la palidez de la enfermedad y la calidez de los labios fríos de los amantes. La atrevida armonía entre contrarios de Valle en plenitud.

Los venerables cipreses orillan el camino al cementerio. Recorrido a la inversa que descubre la luz al final del camino de vuelta; cuento alegre para Bradomín y tristeza del final de la vida de Concha.

Aparece la voz de don Juan Manuel. No puede pasar, lleva prisa. Ellos se besan hasta que el canto de los mirlos desunen sus bocas.



“En el silencio de la noche, aquel ritmo alegre y campesino evocaba el recuerdo de las felices danzas célticas a la sombra de los robles”. Eran los cantos de los mirlos que animan a Concha a cantar. Ella se cansa, él la sostiene y “ella mordió mis labios con sus labios marchitos”. De nuevo Valle desvela el misterio con las palabras exactas entre el paraíso y el infierno, entre el desierto y el diluvio que inunda el relato de armonía .

"Me acuso de morirme sin tu boca,
confieso que desde que te has
marchado
solo bailo en las fiestas donde tocan
la musica del vals de los ahorcados."

Joaquín Sabina




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 3 de noviembre de 2011

Maestra en confundir al diablo y al dios de los altares


SONATA DE OTOÑO.

MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN (3)

Bradomín es un personaje mujeriego y libertino. Un santo por lo civil. Acude a casa de Concha a despenarse del desgobierno de años de vida disoluta que deja su huella en el universo de ceniza que puebla de gris y de tiempo plateado su cabeza. Viene a resucitar los temblores del amor en la edad tardía. La sangre de Concha se revuelve en la sepultura cuando ya se creía curada de todos los espantos. Encuentra su triunfo en las exequias del amor. El amor, que siente el aleteo de las mariposas en el estómago, obra el milagro como si fuera el agua bendita que borra el sentimiento de pecado.



“Amorosa y complaciente, echó sobre mí el velo oloroso de su cabellera. Yo respiré con la faz sumergida como en una fuente santa, y mi alma se llenó de delicia y de recuerdos florecidos”. El erotismo ungido por el atractivo de lo sacrílego y las palabras sagradas del hecho religioso fundidas en el relato: la faz, el velo, la fuente santa y el alma que se separa de los cuerpos en una inmensidad de espacio de luz y sensualidad. “La mariposa de aceite que alumbraba los pies lívidos y atarazados de Jesús Nazareno”.

Ella entonces se sometía feliz. Valle narra el éxtasis de la reunión, como colofón del proceso de conquista y maniobras del cortejo cuya desembocadura son unos párrafos de gran altura mística: “Sus sienes maceradas, sus párpados de cera velando los ojos en las cuencas descarnadas y violáceas, le daban la apariencia espiritual de una santa […] los senos eran dos rosas blancas aromando un altar”. Y lo hace sin abusar ni abrumar con la simbología religiosa; con la gracilidad, sutileza y, a un tiempo, firmeza de la prosa exquisita de los elegidos. Como si el tiempo se detuviera, o no importara, en la consumación de la carne como hecho espiritual, los gallos cantan dos veces en la transición a la claridad del alba. También Bécquer parece respirar los átomos de la luz de la mañana: “Una escala luminosa de polvo llegaba desde el balcón al fondo de la cámara”.

Los gallos del alba los sorprenden dormidos al amanecer y concluye el relato del misterio del clímax de la relación con la confesión: “Yo confieso que no recordaba haberla amado nunca en lo pasado, tan locamente como aquella noche”. Después aparece Florisel para dotar de serenidad y equilibrio a la narración. La aparición del preadolescente de doce años supone una ruptura en el relato. Sabe hacer tantas cosas como sabía el Azarías de Delibes: Correr el cárabo, arrollar a la niña chica o afear las fosas nasales del señorito. Florisel adeprende mirlos o enseña al hurón. Nos marcharemos todos al universo gris de las cenizas cuando llegue el momento del viaje definitivo. Morirse no debe ser tan grave. “Y se quedarán los pájaros cantando” como decía Juan Ramón. Como se quedan los mirlos en el manzanero que les da cobijo y manutención.

"Se llamaba Herejía
cómo voy a saber
si me engañaba
cuando me mentía.

Maestra en confundir
al diablo y al rey de los altares,
me citaba en los bares
con fuegos malabares
y luego se olvidaba de acudir."
Joaquín Sabina







Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde
La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

domingo, 23 de octubre de 2011

Labios sin ánima

Dibujo-caricatura de Valle-Inclán aparecido El País Gallego, Santiago de Compostela. 1891.


BREVES CONSIDERACIONES BIOGRÁFICAS Y LITERARIAS (2)

Valle-Inclán es considerado como un escritor que escapa a su tiempo. Supera las modas literarias de finales de siglo y primeras décadas del XX e inspira a las corrientes vanguardistas de escritores, a pesar de que afirme que las vanguardias son una farsa y que fue Goya quien inventó el esperpento. Sin embargo, recurre al habla popular y castiza del costumbrismo, a los ambientes rurales y a los neologismos, nada de ello desdeña para ir más allá, profundizar en las estructuras y superarlos. Tiene que ver esto con su espíritu errante, no en vano es, junto a Maeztu, el único miembro de su generación que viaja a América. Capaz, pues, de acotar el alcance de la independencia de América desde ambos puntos de vista.

Valle escribe en un ambiente de concienciación del mundo obrero, de explosión demográfica y de episodios de hambre. La grave situación crea focos de tensión a comienzos del S. XX.

Como buen escritor gallego, su prosa es armonía, ligazón y cadencia. Consigue que el contraste de las sombras con la claridad no deslumbre al lector. Maneja el tiempo narrativo para no abrumarle con descripciones monótonas. Corre el velo del enigma , pero no desvela el misterio. De ahí que a veces se le considere un escritor elitista cuya comprensión esté reservada a minorías, a la comunidad de iniciados en su escritura.

La Carga. Ramón Casas

SONATA DE OTOÑO.
MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN (2)

El autor quiere que el viaje hasta la casa de Concha sea breve, que el tiempo del camino pase desapercibido, como quien no quiere la cosa. Desde el nombre brioso del criado, Brión, hasta la premura con la que se echaron presurosos al camino, todo parece apuntarlo. Y llena de sonidos la madrugada con el canto de los gallos, el ladrido de los perros, los rebaños de ovejas, sus balidos y las palomas cuyo zureo les acompaña de lejos en el viaje. Nueve leguas de una larga jornada gallega, subiendo montes y vadeando valles hasta “los cedros y los cipreses, que contaban la edad del Palacio”, brillante imagen de la decadencia que además pinta las sombras de blanco.

Pero antes les dan posada en un molino. La secular Galicia rural hospitalaria, acostumbrada desde antiguo a dar cobijo al peregrino que transita el Camino de Santiago a cumplir con el Apostol, les recibe. La molinera prende la lumbre para secar las ropas de los acosados por la lluvia y en las cuadras del molino, las caballerías comen un pienso y se recuperan del cansancio. Tornan al camino con más lluvia y un manojo de hierbas olorosas para Concha que ahuyente de la casa el buitre carroñero de la muerte.

Llegan a la puerta del jardín sombrío, avejentado, esquilmado y musgoso de tanta agua que empantana los campos a la hora en que las sombras alargadas están a punto de separarse de los cuerpos, en paralelo a la vida de Concha. Bradomín comprende en la penumbra de su “mirada muda” que el aleteo de los pájaros acecha la separación de los vivos y los muertos.

Dos muestras de la mezcla de religión y erotismo con prosa rítmica: “yo la vestía con el cuidado religioso y amante con que visten las señoras devotas a las imágenes de que son camaristas” y “La llama al surgir y levantarse, ponía en la blancura eucarística de su tez, un rosado reflejo, como el sol en las estatuas antiguas labradas en mármol de Pharos”. El refinamiento erótico en el envés del strip tease: “Sacó los pies fuera de la cama, los pies blancos, infantiles, casi frágiles, donde las venas azules trazaban ideales caminos a los besos”.

Varios ejemplos de doble adjetivación que parecen sacados de las leyendas de Bécquer: “Lomas yermas y tristes; ovejas blancas y negras; vino rojo y alegre, alegre y picaresco como un libro de antiguos decires, verde y oloroso cementerio, verde sombrío casi negro de los árboles venerables, santas y buenas noches, me acerqué a Concha trémulo y conmovido, lánguido y feliz desmayo".

"No permita la virgen que tengas poder
sobre lágrimas, egos, haciendas,
cuando labios sin ánima quieran querer-
te al contado liquida la tienda".
Joaquín Sabina




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

domingo, 16 de octubre de 2011

Peces de entorno rural























BREVES CONSIDERACIONES BIOGRÁFICAS Y LITERARIAS



Don Ramón María del Valle - Inclán , (1866 – 36) vivió setenta años para contar, a caballo de los dos siglos, dividió su vida casi a partes iguales entre el S XIX y el XX. Procedente de una familia de hidalgos campesinos, pronto cambió su nombre de Registro Civil: Ramón Valle y Peña, por el primero más sonoro, más ajustado a su personalidad y a su eterna búsqueda literaria.

Cuando Valle – Inclán nace, Bécquer tiene ya treinta años y está próximo a morir. Pardo Bazán es una jovencita adolescente de quince; Galdós, un joven tímido de 23 que ya trabaja de periodista en Madrid y Zorrilla se ha establecido en la capital después de su estancia en Méjico. De sus compañeros, contemporáneos de profesión, los que más se aproximan a su edad son Unamuno (1864) y Rubén Darío (1867); el resto, como Azorín, Machado, Maeztu, Gómez de la Serna, Marañón, Castelao, Bagaría, Pérez de Ayala, Ortega, Juan Ramón o Azaña son bastante más jóvenes. Quizá sea esa la razón del respeto y ascendiente que todos le tuvieron, con la excepción de Unamuno del que se cuenta la anécdota que una vez que los presentaron en una calle de Madrid no tardaron ni cien metros en salir dándose voces uno al otro.




Paradójico y contradictorio, sus filias oscilan entre el carlismo y el comunismo estalinista. Ideas siempre sometidas a su independencia y singularidad, porque su entrega a cualquier cosa que emprendiera no tenía doblez. Su subjetividad, su ingenio y sus ocurrencias eran tan grandes que no se concebía sometido a la disciplina de ningún molde. Se cuenta que cuando su amigo, el presidente
Manuel Azaña, le inventó un cargo, nombrándole Conservador General del Patrimonio no paró de incordiar hasta que le nombraron otra cosa en Roma, para tenerle lejos.

La multitud de anécdotas que aún circulan sobre él, han contribuido a desvirtuar su imagen y presentarlo de manera fragmentada y superficial, cuando la lectura de su extensa producción literaria, a pesar de empezar a escribir tarde, nos habla de su laboriosidad, categoría y calidad.

Valle Inclán. Retrato de Zuloaga

De bien joven viajó a Méjico (1892). Allí hizo amistad con Rubén Darío con el que coincidió en la necesidad de renovación de la literatura hispánica y trabajó de periodista. La publicación de Las Sonatas le colocan entre los renovadores literarios del momento. La defensa a ultranza de sus creencias, casi siempre a contrapié de lo socialmente aceptable y aceptado, le llevan a la desmesura en sus opiniones, a la discusión y al insulto. Como consecuencia de un rifirrafe con su amigo periodista, Manuel Bueno, pierde un brazo. Vivió años de bohemia y extrema pobreza, aceptada por él como pago a su insumisión, tanto política como literaria.

Siguiendo los pasos de Galdós y Pio Baroja cultiva la novela histórica, tan realista como permite su subjetividad apasionada en la forma de tratar los hechos históricos y escribe y publica la trilogía carlista.

Su retorno a Méjico en 1922, inspira Tirano Banderas, su mejor novela. Su transfiguración literaria está en marcha. Su mirada a ras de tierra le permite descubrir el realismo despiadado y penetrar en los estratos más profundos de la realidad.


Caricatura de Luis Bagaría.


SONATA DE OTOÑO.
MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN


Hay muchas novelas que comienzan con una carta. La originalidad del comienzo de Sonata de Otoño radica en que se trata de una que ya no existe, del recuerdo nostálgico de tres pliegos blasonados ya perdidos hace mucho tiempo. Y”Aquellas manos pálidas, olorosas, ideales, las manos que yo había amado tanto, volvían a escribirme como otras veces” ejemplo de sinestesia y metonimia que tanto gustan al autor y que a mí me recuerdan a aquellas otras manos de la primera página de Pedro Páramo, tantas veces leído: “Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo”. Las manos nobles de las hermanas monjas de Concha: “A través de las rejas me alargaron sus manos nobles y abaciales de esposas vírgenes”. También “se tapaba los ojos con la manos”. “En las manos pálidas de la que guiaba, distinguía el rosario: Era de azabaches y la luz y las medallas de lucientes oros. Y sus dedos apéndices de las manos: “[…] las cuentas del rosario pasaban con lentitud devota entre sus dedos pálidos”.

Si la prosa es ritmo, he aquí una muestra inmejorable: “Era una esperanza indecisa y nostálgica que llenaba mi vida con un aroma de fe: Era la quimera del porvenir, la dulce quimera dormida en el fondo de los lagos azules, donde se reflejan las estrellas del destino."
Los espacios se nos construyen con las breves pinceladas imprecisas de los brumosos días gallegos y la jornada de nueve leguas que los separa: Viana del Prior y Palacio de Brandeso. El resto corresponde a la imaginación del lector.

Gran modernidad en este modernista de estilo en la extensión de los capítulos. Son textos de excelente factura, sacados de las narraciones que se publicaban en los periódicos a principios de siglo XX y ajustados al espacio reservado para el folletín, en semejanza a la actual fragmentariedad de lo publicado en internet, cuya extensión ideal no debiera exceder de lo que ocupan una pantalla o dos, a menos que quieras abusar de la confianza del lector y a riesgo del insulto (figurado) en un medio en el que hay tanto y tan variado a la vista.

Tampoco le desagrada al autor mostrarnos el hecho de hincar las rodillas como gesto de sumisión por excelencia. Así lo hacen Bradomín ante dios, a la sombra de una columna y lo repite Concha en señal de humillación antes de la entrega sin reservas, cuando se llora por amor con los labios helados y los temblores del que se siente cercado por la muerte.

Amor, religión y muerte fuertemente entrelazados como eje por el que se desliza la narración: amor de Concha que se muere atormentada por los prejuicios de una relación pecaminosa.

Este primer tramo de la historia está narrado principalmente en pretérito imperfecto de indicativo. Aparece el pretérito perfecto simple para marcar el avance narrativo en dos momentos: la visita al convento de las hermanas de Concha y la vuelta a casa: salí, lo penetré, me arrodillé y llamaron, me incorporé y abrí. Paradójicamente abre el relato en presente, con una declaración: “Mi amor, estoy muriéndome y sólo deseo verte”, que parece abarcar el relato en toda su amplitud. Expresión tranquila del que es consciente de que todo se acaba, y como Don Quijote, se acuesta para morir.

"En Comala comprendí
que al lugar donde has sido feliz
no debieras tratar de volver. "
J. Sabina




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.