sábado, 5 de marzo de 2011

Pongamos que hablo de Madrid

Portada


VIENE LA NOCHE. OSCAR ESQUIVIAS
JUEVES, 21 DE DICIEMBRE DE 2006

Dos jóvenes agachados que empuñan sendas pistolas son el centro de atracción de la fotografía de la Agencia Efe. Un guardia civil de mediana edad con tricornio parece el instructor de una tropa armada que posa para el fotógrafo. El grupo destaca por sus trajes elegantes y camisas blancas, un tanto abigarradas por los correajes que sujetan las cartucheras de la munición de los flamantes mosquetones. Sólo uno vestido de militar. Todos con brazaletes blancos a juego con las camisas.

Una dedicatoria a Almudena Grandes y a Eduardo Riestra junto a un verso del INFIERNO, CANTO V de Dante que dice en castellano: “Amor, que a todo amado a amar obliga”, nos introduce directamente al turno de noche del hospital en el que Sara trabaja.

Contraportada

El relato presenta una estructura circular. Los hechos ocurren en las calles de Madrid y en un hospital del norte de la capital mestiza de gentes de Quito o Marraquech. Como un dolor de cabeza recorre el barrio de Tetuán de Madrid, capaz de las torres de Florentino que hacen guardia desde su atalaya de la Plaza de Castilla y de las calles con edificios sin ascensor, humedad y olor a meados de viejos de pensión mínima que agonizan en sus casas y jóvenes desempleados que inundan las calles de bocanadas espesas de hachís y litronas de cerveza compradas en el chino de la esquina, que parece no cerrar ninguna de las veinticuatro horas del día. La novela pone al descubierto las miserias humanas, el Madrid de los barrios obreros, de los perdedores a ojos de los que se pasan la vida esclavizados al trabajo, como si el dinero fuera la única meta en la vida.

Rápidamente llama la atención el uso reiterado que el autor hace de los paréntesis, como si con ello quisiera poner de manifiesto algo que los personajes piensan, pero que no dicen por no ofender o por cortesía.

Sara es una enfermera que trabaja en un hospital del norte de Madrid. Cuando entra al turno de noche, se le olvida el dolor de cabeza que casi siempre regresa al terminar la jornada, con las luces de la mañana. Entonces sabe que la solución es tomarse un sobre de Ibuprofeno antes de meterse en la cama. A veces, se acuesta en el sofá del salón porque el olor a Jaime que impregna la habitación le provoca nauseas.

Una celadora rellenita que se viste a su lado porque termina su turno, rechaza que Sara se preocupe por ella con un descarado: “A ti qué te importa?" Su amiga Mila que trabaja en la sección de recién nacidos, le da dos libros que le encargó de Burgos, firmados por el autor un tanto sosainas.

Jaime va a cenar a casa de sus padres cuando Sara tiene turno de noche. Viven en un edificio antiguo sin ascensor del barrio de Tetuán. Ya en el portal, les recoge el buzón repleto que su padre, Benjamín, deja así adrede para que viéndolo atestado, los repartidores de publicidad no echen más “correo comercial”.

En el mueble de la entrada hay un belén con las figuras colocadas sin orden ni concierto, cada una mira para su lado como si no supieran que su posición correcta es mirando al portal. El aspecto de sus padres ha cambiado últimamente; mientras que su madre se ha modernizado, tiñéndose el pelo, su padre parece cada vez más encogido y avejentado, arrugado como un sapo viejo y malhumorado. Teresa no para en casa, se apunta a todos los cursos sobre cosas inútiles a ojos de Benjamín, como: yoga, taichí o medicinas orientales . A las once y media, Jaime coge la bolsa de la basura y se despide.

Ese día Benjamín le acompaña en su paseo de vuelta. Jaime ya no escribe poesía porque se ha convencido de que no sirve. Su padre piensa que para poeta vale cualquiera. Lo único necesario es tener acné, pelos largos y fumar como una coracha. Cuando llegan a Bravo Murillo se consideran en otro mundo, las luces de Navidad encendidas y plena de actividad. Unos con traje, que han celebrado la cena de empresa, van ya beodos. Dos se besan y se meten mano sin ningún pudor en mitad de la acera. Uno de ellos hace un río de orín que llega a la calzada y otro vomita la cena. Unos ecuatorianos beben cerveza en botellas de a litro en un banco y otros marroquíes expelen bocanadas de humo de hachís que los pone a tono. Benjamín Tobes considera que antes Madrid era capital de algo, ahora no hay más que extranjeros y mendigos que se buscan la vida por las calles.

"Nada que esté por encima de la planta baja tiene interés para él".

Como si hubiera un interés en exhibir la miseria, un pobre baboseante coge el teléfono descolgado y lo repone en su sitio después de besarlo. El mundo de Jaime no llega más allá de la altura de sus ojos. Como escaparatista que es, se conoce todos los comercios y locales comerciales de Bravo Murillo y Cuatro Caminos, pero no le preguntes por las alturas de los edificios. Benjamín quiere enseñarle el bar de la tertulia literaria a su hijo al principio de Reina Victoria, pero en realidad le urge entrar al servicio por la próstata. Jaime no se imaginaba una tertulia en un lugar con jamones y riestras de ajos colgando.

Carolina, adolescente de diecisiete años, se había puesto de parto aquella noche. Su novio, Fernando, la había llevado en la moto cuando le dio un vahído en la gasolinera en la que ella trabaja. Sara está pendiente de ella. Llega su madre al hospital y le monta un número al novio alto de las patillas. No sabía nada del embarazo de su hija. Los guardias de seguridad tienen que intervenir para apaciguarla.

"Ruth sonríe mientras el chucho mea a jeringazos contra la rueda de un coche"

Cuando Jaime se despide de su padre a la puerta de su casa, éste le da una carta que le ha escrito a Vladimir Putin. Su vecina azafata de arriba, Ruth, que está paseando a su perro Fito, le invita a tomar algo en el “Arbolito de Naranja”. Se trata de un garito de ecuatorianos en el que hay que llamar para que te abran. La clientela está compuesta por hombres. La vecina le confiesa que se los ha tirado a todos, por eso es allí tan popular. Quiere hacer lo mismo con Jaime, pero la rechaza junto a los doscientos Euros que llega a ofrecerle. Se lleva a casa a un joven de pelo recogido en una trenza y barrigón.

A Jaime “esta noche le toca comer techo”. La encerrona de Ruth, la música de arriba y los ruidos ayudan al insomnio. Recuerda el coro del Mesías con cierto remordimiento por no haberlo repasado. También, la carta enrevesada y las digresiones de su padre a Putin (con lo fácil que resulta el esquema: sujeto, verbo y complemento). Tres avemarías y presinarse le rinden al sueño.

Sara contempla desde la habitación de relax cómo van subiendo de altura los cuatro edificios que como jaulas están construyendo en la Ciudad Deportiva del Real Madrid. Desecha la idea de tomarse el ibuprofeno de rigor, el dolor le hace sentir viva.


"El sol es una estufa de butano
la vida un metro a punto de partir
hay una jeringuilla en el lavabo
pongamos que hablo de Madrid, de Madrid"
Joaquin Sabina



Este comentario pertenece al club de lectura sobre la trilogía de Oscar Esquivias, basada en la Guerra Civil, que dirige desde La Acequia, Pedro Ojeda Escudero.

8 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

El lector de la trilogía intentará encontrar lógica argumental: la hay, pero a un nivel profundo. El arranque de la novela es excelente: contemporaneidad en la que late el pasado. Qué pulso interior el de los personajes (de ahí, como bien has visto, los paréntesis).

Cornelivs dijo...

Esta tarde medio me he podido escapar de mis ocupaciones, querido Pancho, esto es terrible, casi tengo abandonado el blog y apenas tengo tiempo para nada. Hoy me paso por tu blog, estoy encantado de leerte de nuevo.

Feliz tarde de domingo.

Un abrazo.

Asun dijo...

Al principio parece que no hay ninguna conexión entre este libro y los otros dos de la trilogía, pero según vamos avanzando en su lectura van a apareciendo varios nexos de unión que no habríamos imaginado.

Besos

Ele Bergón dijo...

" Pongamos que hablo de Madrid" y de Madrid del Tetuan de las Victorias, habla ahora este libro. El autor creo que conoce muy bien este barrio. Para mi fue uno de los primeros que visite la primera vez que vine a Madrid, tenia entonces ocho años. Ha cambiado mucho y Esquivias nos deja un buen retrato de lo que es esta parte de la capital de España en el año 2006.

Ya he terminado el libro y ya comentare.

Un abrazo

Luz

Aldabra dijo...

Óscar nos vuelve a sorprender en esta novela con unos personajes intensos y profundos, con un toque sórdido y oscuro.
Voy todavía por la mitad pero ya estoy totalmente enganchada. Quizá de las tres, esta última es la que más rápido se lee, tal vez porque se nos hace más cercana al estar ambientada en momentos recientes.
No sé qué pasará de ahora en adelante en la historia pero así, en principio, no entiendo porqué esta novela forma parte de esa trilogía ya que me parece que nada tiene que ver con las anteriores. Habrá que esperar al final para dar una opinión definitiva.
Biquiños,

Paco Cuesta dijo...

El traslado inicial de la acción a Madrid, me parece todo un símbolo.

Merche Pallarés dijo...

Como dice PACO, el traslado a Madrid del "infierno" es todo un símbolo. Aún no lo he acabado pero sigo ahí. Besotes, M.

Myriam dijo...

jejeje, Aldabra ya se enterará el nexo que tiene esta novela con las dos anteriores, pero no se lo vamos a revelar, nos. que la hemos leido ya dos veces completa y que hemos completado nuestra tarea analística.

Si, ya la apertura de la novela engancha. Y la próxima vez que esté en Madrid me haré un soberano recorrido bien detallado con toma fotos incluida de estas calles, por las que he pasado a la ligera.

Un abrazo