jueves, 10 de marzo de 2011

Madrid amanece

"Siempre hay que nombrar las calles y dar detalles de por dónde pasean los personajes si uno aspira a la inmortalidad".
La Gran Vía. Antonio López.

VIENE LA NOCHE. OSCAR ESQUIVIAS
JUEVES, 22 DE DICIEMBRE DE 2006

El capítulo narra todo lo que les pasa a los personajes protagonistas el día de la lotería de Navidad. Como si fuera una metáfora de la vida: unos nacen con estrella; los escasos afortunados que les toca el Gordo y otros estrellados; los que sobreviven a ras de tierra en la colmena de la gran ciudad. El autor busca y une los dos extremos del paréntesis en la eternidad que es la vida: los dos recién nacidos a los que Sara ayudó a alzarse a la luz ese día y la llamada de Burgos con la muerte a la puerta. Entre medias, relatos que presentan el desarrollo vital de los personajes con su paso por la niñez, adolescencia, madurez y decrepitud.

El núcleo del relato es el tiempo, pleno de horizonte para el que se abre a la vida y juez implacable para quien observa cómo el futuro se le achica porque ve desaparecer amigos, pelo, dientes, amores y control de sus cosas. Toda esta reflexión sobre la vida que nunca se termina de escribir, aparece envuelta entre estupendas opiniones sobre la literatura de tipos que sobreviven en la poesía porque la prosa les enferma o les deja a la intemperie.

En efecto, es veintidós de diciembre y de todas las casas sale el soniquete de la lotería cantada por los Niños de San Ildefonso. Todo parece girar en torno al sorteo ese día. Cuando sale el Gordo, la gente se alegra como si los millones les hubieran tocado a ellos. Benjamín observa las
evoluciones de Magaly, desde detrás de los visillos de la ventana de su casa. La dominicana friega el piso del locutorio que regenta en la acera de enfrente. Antes de su jubilación, fue el local de su negocio de lavandería. Cuando comprueba que termina, Benjamín se cala el gorro que le tapa las orejas, baja las escaleras y se mete en el local a pegar la hebra con Magaly, haciendo tiempo a que aparezca su amigo Cebrianitos. La dominicana está atareada con un montón de facturas y cuentas y no repara en el “pesao” de Benjamín. Por fin aparece Mildred, “La Negra”, para indicarle que ha dejado a su amigo, “la muerte en andador”, en la calle.

Se trata de otro burgalés al que tuvo de empleado en la lavandería cuando los internados y fondas de la zona empezaron a mandarle la ropa blanca. Félix Cebrián había estudiado en los paúles de Burgos. Trabajador y listo, pero con el defecto de que le gustaban las clientas; sobre todo las mujeres de los policías, por encontrarse al lado el cuartel de la Policía Armada. A pesar de ser más joven que Benjamín, está más achacoso; usa pañales y necesita a Mildred para que lo atienda. Ese día entran en un bar, se toman unos carajillos y hablan de cuando Jaime era un adolescente enfadado con el mundo. Leía los libros más gordos de la biblioteca y tecleaba la máquina con tal rabia que parecía un condenado a galeras. Llegó a escribir un libro raro, uno de esos que no tienen puntuación y que no hay quien lo lea. Desaseado y melenudo, se hace jevi y quiere ser misionero. Cebrianitos interviene para decir que ahora ya no es necesario irse al África a evangelizar negros porque España parece el país de los negros. Benjamín le dice que no sea racista, porque gracias a ellos está atendido, aunque él piense que lo que está es gobernado por la Negra. Entonces conoce a Sara, catequista, hija de policía y enfermera. Le dedica un poema en el que rima su nombre con vara y tara y el yo del poeta. Ella lo desinfecta y lo pasa por la peluquería.

Madrid desde Torres Blancas. Antonio López

Gracias a la divertida conversación entre la pareja, nos enteramos que Cebrianitos es hombre de pocas ideas, pero claras y bien argumentadas. Piensa que la poesía es una pérdida de tiempo porque no la entiende y no ha leído una novela en su vida: “¿Qué se puede aprender de ellas? Nada útil. Es tiempo perdido, fantasías escritas por un señor ocioso dedicadas a gentes desocupadas que necesitan el arrullo de los cuentos, como los niños. No, no, prefiero leer el periódico o escuchar la radio. En los paúles me enseñaron a desconfiar de la literatura y no nos permitían perder el tiempo con ella”. También nos enteramos de que Benjamín es creyente y de que sólo cruza Bravo Murillo, “la otra orilla” o zona de ricos, porque va a misa a San Antonio, por simpatía con los franciscanos, en paralelo a su aversión a los salesianos de Estrecho. Cebrianitos estudió para cura y tiene una visión muy particular de las religiones. Le dice a su amigo Benjamín, que cree que es católico: “En realidad, como casi todo el mundo, practicas una religión personal, lenitiva y autojustificatoria, de sastrería, que se ajusta a tus hechuras como un guante. Técnicamente se te podría calificar de hereje, como a la inmensa mayoría de los cristianos, curas, frailes y monjas incluidos”. Para él las palabras de San Pablo: “Todo me es lícito, pero nunca me haré esclavo de nada” son el motto de toda una vida.

Sara no está cansada esta mañana porque sólo ha tenido que asistir a dos partos, pero el dolor de cabeza aparece como cada día al amanecer. Recoge los libros dedicados que Mila le ha traído de Burgos. Está feliz porque ya tiene el regalo de Navidad para Benjamín. Además está segura de que le gustarán. Ella no ha vuelto a coger el metro desde que los cientos de muertos los puso el tren de cercanías desventrado por las bombas en mitad de las vías. Temerosa de las aglomeraciones, le parece que hay bombas en todas las maletas. Sólo coge el autobús, pero ya no lee porque se marea. Se siente más segura en su coche. Una nota le indica que Jaime no vendrá a comer. Tiene ensayo de El Mesías con el coro. Le pide que le acompañe a casa de sus padres a cenar por la noche. Cuando se acuesta, no puede dormir porque arriba parece que están de mudanza. Sube y Ruth le espeta que la noche antes había invitado a Jaime a acostarse con ella. Sara no está para cuentos.


Jaime cuenta en el trabajo la aventura de la noche anterior con la vecina. Algunos piensan que perdió una oportunidad porque desde que Clinton salió libre de culpa del affaire con la becaria, ya no es infidelidad conyugal hacérselo con una vecina. Comentan que Ruth había tenido una época que era la provocación andante con esos tacones que parecen romper las baldosas al andar y un amante distinto en cada aterrizaje. El atractivo le desapareció de repente y se convirtió en una vecina más; gritona y descuidada.

Su jefe, Andros, había heredado la mercería de sus padres. Jaime recordaba los expositores con carretes de hilos de todos los tipos y las maravillosas sorpresas que cada uno de los cajones guardaban y la precisión del lenguaje usado por las clientas. En su opinión se trataba de un pequeño mundo con su argot y vocabulario específico y especializado. Recuerda que en el colegio de los salesianos lo llamaban marica y él no se defendía. Coincidió con él en la Academia de Dibujo en la que ambos preparaban el examen de ingreso a la Facultad de Bellas Artes. Suspendieron los dos. Después de variados avatares con la tienda, el éxito terminó llegando y ahora presume de varias tiendas en centros comerciales. En Coslada tiene unos talleres que cuentan con modisto propio, repletos de trabajadoras búlgaras, que son madres solteras (En El Hereje, Cipriano Salcedo contrató viudas de más cerca). El ojito derecho de Andros es la tienda de lencería fina en la que Jaime trabaja, por eso él, en persona, ayuda en la instalación del escaparate. Lo que más le complace de la publicidad de la tienda es que las trabajadoras del amor pongan en sus anuncios eróticos de prensa: “Te recibo con picardías Teseo”.

En la calle Topete sube donde Clarita. Tiene setenta y está sorda como una tapia. Su casa parece un zoo de mascotas, alberga: hámsteres, conejos, periquitos y un perro que cambia de nombre según lo hace el presidente del gobierno y al que da las órdenes en inglés. Por teléfono discute con frecuencia con su hija Águeda. Miran fotos de cuando era joven. Se acuestan y se dan un revolcón, pero sobre todo se besan.

"Digan lo que digan, cuando más queremos y necesitamos a las madres es cuando nos hacemos viejos".

Clarita se empeña en acompañar a Benjamín a devolver Crimen y Castigo en la Biblioteca Nacional (perdón en la Biblioteca Central), que se nos enfada don Benjamín. Aquí ya le conocen por su manía de escribir en los libros. Una vez lo llevaron ante la directora por corregir con marcas rojas Rojo y Negro de Stendhal. Ese día conoció a Morris, un mozalbete colombiano poeta, que desprecia la novela. Tan sólo salva un párrafo de la Regenta: “Si no venía otra irrupción de barbaros, el mundo se pudriría de un día a otro. Lo lamentaba, pero lo encontraba muy divertido”. De Moby Dick: “Mientras giran a mi alrededor planetas nefastos de inagotable tristeza, en lo más profundo y recóndito de mi ser me baño en una mansedumbre eterna de alegría”. Morris acude a la tertulia del bar de los jamones colgando desde ese día. Clarita es la primera vez que está en una biblioteca y le dice que todos en ese lugar le riñen. Benjamín se muestra especialmente enfadado con Stendhal porque engaña a los lectores con unos títulos que no se corresponden con el contenido. Inmediatamente después lo pillan cuando quiere dejar la revista en la que escribe su hijo en la sección de periódicos. Se muestra contento por la buena disposición que muestra Morris a ir al concierto de Jaime. Clarita también quiere ir, pero Benjamín no lo considera oportuno. Va a asistir toda la familia y no es plan que lo vean con ella.

Cuando Sara despierta, come de dieta y se va a la piscina. En el vestuario hay una embarazada de seis meses, se sonríen.

"Hasta el telediario ha ofrecido imágenes de los ensayos parciales del Mesias participativo".

El coro Alastor ensaya en un local junto al Arbolito de Naranja. Lo dirige, con gran entrega, Vanessa de 25 años. La chica pertenece a alguna asociación religiosa y se pasa el día con los drogotas de Pitis. Es un gran honor que hayan seleccionado el coro para la función. Vienen como figuras estelares The Age of Enlightenment, dirigido por el prestigioso director Richard Egarr. Cuando Jaime llega a casa de sus padres después de haber ensayado, han avisado que al tío cura, Aurelio, lo han vuelto a ingresar. Como al día siguiente es la actuación del coro, deciden que Sara y Teresa viajen antes. Si no es grave, los demás irán al día siguiente tras la actuación. Benjamín firma la carta de Putin y le pide a Jaime que la eche al correo.




"Y ese llanto salado moja tu paladar
Madrid amanece a través del cristal
y te vuelve a recordar

qué solo estás
qué solo estás

qué solo estás
en medio de tanta gente
qué solo estás"
Hilario Camacho





Este comentario pertenece al club de lectura sobre la trilogía de Oscar Esquivias, basada en la Guerra Civil, que dirige desde La Acequia, Pedro Ojeda Escudero.

Como me dejé el libro del Hereje en el trabajo durante el pasado fin de semana y carnavales, no pude leer ni resumir el capítulo correspondiente a este jueves. Intentaré subir el resumen este domingo si hay tiempo.

8 comentarios:

Paco Cuesta dijo...

En una exposición pormenorizada como tú haces.las relaciones personales se aprecian en toda su dimensión

Merche Pallarés dijo...

¡Qué grande es Antonio López! Estupendo tu disección del capítulo. Besotes, M.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Tiempo y espacio: claves. Y los personajes se mueven por ellos, desorientados. En el fondo, Madrid tiene un plano cambiante.

Aldabra dijo...

Todos los personajes tienen una sombra interior que los cubre, unos porque ya están mayores y el fin puede estar cerca y otros porque, aún jóvenes, están un poco muertos en vida. Son unos personajes muy elaborados. Toda la novela está pensada hasta el mínimo detalle.
Excelente resumen.
Biquiños,

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

de entrada un relato como la vida misma... a mi opinión algo plano en sus inicios...ya veré más adelante. saludos

Abejita de la Vega dijo...

No he estado nunca en esas calles tristes que dan a Bravo Murillo pero me las imagino. En Madrid es fácil toparse con calles pobretonas , muy cerca de calles opulentas. El paseo de padre e hijo por esos "rizomas" es una pintura tan realista y tan buena como las de Antonio López.

El tiempo. El paso del tiempo es nuestro infierno, viene la tarde, no hay remedio. El futuro se nos achica, como tú dices, qué pena da, aunque nos parezca estar lejos del Cebrianitos meón.


Un abrazo

Antonio Aguilera dijo...

Celes, esta mañana he iniciado la lectura de Viene la noche. Una horita 35 páginas: es que soy lento porque voy anotando.

No he ocultado mi disgusto por la anterior, que me ha parecido bastante tediosa, por muchas alegorías que contuviera. Sólo su depurado estilo le ha salvado de volar al tejado del vecino.
Pero ésta es harina de otro costal.
Me ha gustado como Esquivias describe los aromas y casi sabores
de la habitación de Jaime (donde Sara prefiere no entrar, pese a la migraña), y el tufo a rancio de Benjamín. Creo que voy a disfrutar leyéndola

Felicitarte por tu titánico trabajo: Entradas de El Hereje, Habla popular de Lumbrares...

Yo en la otra vida quiero ser profesor de adultos. Abrazos

Ele Bergón dijo...

Sr. Pancho, muchas gracias por poner el enlace a mi carta. Espero no haberle molestado con mi mpertinencia.

Un saludo cordial

B.T.