jueves, 23 de abril de 2009

Del lago hirviente a un escarbadientes y la cabra Manchada

Ilustración de la edición de Joaquín Ibarra, 1780

CAPÍTULO L

DQ disiente de la opinión del canónigo de que los Libros de Caballería sean disparatados y faltos a la verdad. Tienen licencia real, han sido aprobados por las autoridades competentes y son leídos y celebrados por gentes de toda condición. Remata el hidalgo afirmando que tanta gente notable no puede estar equivocada a la vez. Un tanto enfadado, le pide al clérigo que antes de criticar lea los libros – no olvidemos que él mismo ha afirmado que no ha terminado ninguno - . Le viene a decir que no tiene derecho a criticar sin antes haber leído las obras que tanto detesta y critica.

A continuación DQ echa mano de toda su capacidad oratoria y con unas largas, retóricas y ampulosas interrogaciones que son capaces de dejarnos sin respiración a los lectores, se pregunta si puede haber mayor compensación y satisfacción que la del caballero que se lanza a un lago de pez hirviente, lleno de animales espantables; por debajo de la negrura obtiene como recompensa el goce de un campo que para sí quisiera el mismo Eliseo, el parisino. Un Locus Amoenus cuyos campos están floridos; los árboles, florida floresta; los pajarillos, pintados e infinitos; los arroyos, de agua fresca; las fuentes, de mármol y jaspe; las casas blancas, adornadas de conchas y cristal esmeralda; el castillo, de murallas de oro macizo: las almenas , de diamantes… En fin, que las riveras del Arlanzón se quedan pequeñas ante la belleza que se ofrece al caballero que se arriesgó a lanzarse a las “negreruras” sin reparar en peligros.

Cuando ya andábamos los “leyentes” en el más allá de tanto lujo y belleza, de un repentino e inesperado tirón nos pone los pies en el suelo de los mortales al “quedarse el caballero recostado sobre la silla, y quizá mondándose los dientes, como es costumbre” dejándonos con la miel en los labios, rodeados de doncellas deseosas de servirte a la menor orden y más leve insinuación: no sólo de árboles, fuentes y arroyos de aguas cristalinas va a vivir el Caballero Andante.

Le repite DQ, al prelado de alto rango, que lea los libros que critica para desterrar la melancolía y mejorar la salud si sufre achaques. Aunque él se encuentre metido en una jaula por loco; a poco que el cielo le ayude y no le sea esquiva la fortuna podrá ser emperador para ofrecerle a su escudero el condado que le tiene prometido. DQ aduce que los pobres tienen pocas posibilidades de mostrar gratitud; el agradecimiento sin obras vale de poco. Qué S se nos muestra aquí en esta sentencia el hidalgo. Qué razón tiene, pero qué materialista suena así tan crudamente enunciado.

S, con las antenas puestas, al oír que su amo duda de su capacidad para gobernar le dice que no se preocupe. Ya se encargará él de alquilar a alguien que lo haga. Mientras tanto él, a vivir de las rentas (clara referencia a los reyes que delegaban las cuestiones de estado en sus validos). A la sugerencia del canónigo de que para administrar justicia no sirve su escapatoria; ha de ser el Señor en primera persona quien la administre, siempre con el sentido común como referencia, le responde S que él no se considera menos que nadie: si alguien es capaz de gobernar, él también lo será.

El Canónigo se queda pasmado por la locura y necedad de ambos. En este momento aparecen los criados con la acémila del repuesto, sirviendo de transición para lo que va a suceder. Extienden un berrendo y comen todos a la sombra de unos árboles. El agradable sonido de una esquila de la cabra Manchada y la curiosa manera de hablarle el cabrero, como si fuera una persona, les priva de la siesta que todos estaban deseando después del paso lento, a ritmo de buey, del camino. A todos menos a S, que celoso porque vinieran un cabrero y su cabra guía a restarle protagonismo, se retira a seguir comiendo, echarse una buena siesta y a rumiar las buenas nuevas que le ha prometido su amo.

Este comentario pertenece al grupo de lectura del Quijote que coordina y dirige desde La Acequia el profesor D Pedro Ojeda Escudero y ya ha sido publicado en la misma.

9 comentarios:

Abejita de la Vega dijo...

El detalle del mondadientes tiene miga,sí. Y la manera que tiene el cabrero de hablar a la cabra...Un poco misógino el cabrero ¿no?
¡Bien por tu comentario!
Un saludo

Merche Pallarés dijo...

¡Estupendo comentario, como siempre, mi querido Pancho! Me quedo con la cabrita "Manchada" mirándo embalasadamente a su cabrero... (¡QUÉ FUERTE!). Muchos besotes, M.

Merche Pallarés dijo...

Embelesadamente... (lo escribí mal). Besotes, M.

pancho dijo...

Abejita: Es la grandeza del Quijote: nos transporta a lugares imposibles para luego ponernos los pies en el suelo y que no nos emocionemos demasiado. Pero siempre son los “adosados” los que minusvaloran a las mujeres. DQ adora a su Dulcinea.

Merche: Vas teniendo razón en la carga erótica del Quijote. En este capítulo hay referencias bastante evidentes. Don’t worry about mistakes. The other day I wrote in your blog: “Be responsible of …”

Antonio Aguilera dijo...

Yo también me fijé, como tú, en el detalle del Caballero del lago mondádose los dientes...........después de tan lujosa descripción de bellezas y ornamentos.
Se carga Cervantes el cuadro con el tipo sacándose las briznas de ternera cuando se acerca la más bella de todas; que tendría la moza que oler a rosas sin lavarse.

Me gusta, como a tí, sacarle juego al capítulo.

Gracias por tu fidelidad.

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

Sigo por estos lares, pero de otra manera...esta locura toca a cuerdos y no tan cuerdos...veamos que pasa ahora con el cabrero. Un saludo

pancho dijo...

Aguilera: El Quijote hay que leer y releer con mucha atención y despejao. Por eso es una obra cumbre: nunca terminas de verle aristas que la vez anterior pasaron desapercibidas.

Tucci: Me alegro que sigas con el Hidalgo. Hay que terminarlo como sea. Como bien dices, más que una locura es un desafío. De aquí a nada, empieza la segunda parte que es la más interesante...

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

¡Excelente comentario! Y, como ya te han dicho, bien visto el rasgo del mondadientes: dice tanto, con tanta carga literaria, sobre el hambre y la necesidad de fingir de los hidalgos españoles...
Quiero, además, reseñar la ilustración: que se añade a nuestra colección y muestra la de una de las ediciones básicas de la obra.
(perdón por el retraso, pero necesitaba un poco de descanso)

pancho dijo...

Pedro: No lo entiendo como retraso. No tenemos que llegar a tiempo a ningún sitio. Gracias a ti por pasrte y comentar.

La ilustración es de las que hay en mi libro. Bueno, a la mitad me cambié a otro que tiene las letras más grandes con anotaciones de Florencio Sevilla Arroyo.