jueves, 30 de abril de 2009

Reunión de pastores y un autorretrato cervantino

Dibujo de Gerardo Trives

CAPÍTULO LI (primera parte)

No fueron necesarios muchos ruegos para que el cabrero se sentara con el grupo a comer. Las carreras que la cabra Manchada, líder del rebaño, le había hecho dar en su búsqueda le habían despertado el apetito. Bien acomodados ambos, ya sosegados del sofocón, se dispone el cabrero a contar el cuento que acredita “que los montes crían letrados y las cabañas de los pastores filósofos” como había afirmado el cura y,”hombres escarmentados” como él había remachado.

A no más de tres leguas de donde se encuentran había un rico labrador viudo, cuya honradez no le iba a la zaga a la riqueza. La belleza que su hija Leandra atesoraba, trascendía el ámbito local y social; hasta la misma Corte habían llegado noticias de tanta hermosura.

Como era de suponer, los pretendientes hacían cola a la puerta del labrador rico. Entre ellos estaban Anselmo y el que esto cuenta, Eugenio. Los dos, paisanos y de familias que en nada desmerecían a la de la joven. Como no había forma de que la balanza se desequilibrara en ningún sentido, dejó el padre que fuera Leandra la que decidiera a qué carta quedarse. Quiso la mala suerte que la joven decidiera la miseria de ambos, al marcharse con un tal Vicente de la Rosa que se había enrolado en los tercios a la tierna edad de doce años, de vuelta tras haber estado sirviendo durante otros tantos. Se las arreglaba para engañar a los incautos con el “guisado” que hacía de sus tres llamativos uniformes, a todos menos a los labradores que bien saben que: “No es oro …”

Embobados dejaba a los aldeanos, que hacían corro para escuchar los países que había visitado y cómo, de tanta despoblación que había causado con su espada, se hacía necesaria una nueva repoblación de moros españoles. Enseñaba a sus paisanos heridas invisibles de los arcabuzazos recibidos. Mostraba tal arrogancia en su porte y expresión, que hablaba de tú a los iguales; ni al rey debía nada. Cantautor sin sustancia, pero que con el oportuno marketing, - hacía hasta veinte copias de sus temas - , no le faltaba el éxito.

Nada es de extrañar pues, que la joven, inexperta Leandra cayera rendida a sus pies sin ni siquiera solicitud previa; teniendo en esta empresa más éxito que en ninguna de las que él se auto atribuía.

A los tres días de ausentarse ambos de la aldea apareció ella medio desnuda en una cueva, desvalijada y con el honor intacto, lo cual admiró a todos y sirvió de consuelo al padre “pues le habían dejado a su hija con la joya que, si una vez se pierde, no deja esperanza de que jamás se cobre.” Inmediatamente después la internó en un convento local para que el tiempo borrara la mala fama creada. La gente atribuyó a su desenvoltura y a la natural inclinación de las mujeres, que, por la mayor parte, suele ser desatinada y mal compuesta.”

Como consecuencia de la profunda decepción que sufrieron porque la luz de sus ojos languideciese en un monasterio, Anselmo y Eugenio deciden dedicarse al pastoreo de ovino y caprino “dando vado (aliviando) a nuestras pasiones.” Añorando o despotricando de Leandra. Otros muchos pretendientes de la joven los imitaron, llenando el paraje de atajos de ovejas y cabras, pastores y cabreros celebrando su hermosura o vituperando y maldiciendo su condición.

Mientras Anselmo con su rabel, sólo se queja de ausencia, Eugenio prefiere echar pestes de la ligereza, inconstancia y doblez de las mujeres. Esta fue la razón por la que él hablara a Manchada de la forma que todos oyeron. Para resarcir a todos los oyentes del tiempo empleado en escucharle, les invita a seguir comiendo y bebiendo en su majada cercana.

En la descripción del soldado veterano de los Tercios, no por edad sino por permanencia en los mismos, subyacen datos autobiográficos del autor. Se refleja el indudable atractivo que para los lugareños debían de tener aquellos soldados que habían visto mucho mundo. Narradores de batallas y victorias que llenaban de orgullo al español en una época que España era la primera potencia militar. Completamente distinto de los veteranos, mutilados de la guerra de Cuba, que narraban derrotas y enfermedades la mayoría de las veces, como aquellas narraciones plenas de amargura, que escuchábamos de niño de uno de ellos.

Este comentario pertenece al grupo de lectura del Quijote que coordina y dirige desde La Acequia el profesor D Pedro Ojeda Escudero y ya ha sido publicado en la misma.

10 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Si no autorretrato, al menos Cervantes sí conocía a la perfección el personaje, en efecto.
Buen resumen de los aspectos esenciales.
Saludos.

Manuel de la Rosa -tuccitano- dijo...

Estoy contigo en lo de los datos autobiógraficos del autor, me imagino que tanto tiempo en el ejército le tuvo que marcar y mucho... dejando la impronta del marino con un amor en cada puerto y sin escrúpulos... saludos y buen puente

pancho dijo...

Pedro: Lo del autorretrato fue influencia de los autorretratos quijotescos. Circulan teorías por ahí, no sé si muy ciertas, de que algo de conquistador y mujeriego sí que tenía D Miguel.

Tucci: Este tocayo tuyo era un figura: se la llevo a la cueva sin solicitud previa, provocando una emigración que despobló los pueblos , fijando de población los montes que se llenaron de cabras, ovejas, cabreros y pastores.

Abejita de la Vega dijo...

Buenísimo el comentario y lo que destacas en colorado...ahí está la madre del cordero.
Un abrazo

Abejita de la Vega dijo...

Algo de autorretrato puede tener el soldado fanfarrón que encandila a Leandra inmaculada.Aquellos soldados de los Tercios eran temibles...
Otro abrazoo

pancho dijo...

Abejita: ...la madre del cordero y la del cabrito, que también había en aquel monte. Aunque en este caso la concepción se hace harto complicada. Según el narrador, quedó intacta la moza en la cueva.
Gracias por los dos abrazos y otros dos para ti.

PENELOPE dijo...

Buenas tardes, Pancho:

Veo que tanto el Profesor Ojeda, como tú y los demás lectores de La acequia insistís en llamar al soldado Vicente de la Rosa. En mi libro, de Don Quijote, pone Vicente de la Roca.
Ahora no tengo a mano, ningún otro ejemplar para cotejar.
No entendía por qué decías a Manuel de la Rosa, lo de tocayo, hasta que he caído.
¿Dónde está el error?.

Saludos. Gelu

pancho dijo...

Penélope: Tengo dos Quijotes a mano y en los dos pone De la Rosa. Acabo de leer el comentario de Aguilera, que también dice que en el suyo dice De la Roca. Me gusta más la posibilidad de que pueda ser un antepasado de Tucci.
Saludos

PENELOPE dijo...

Buenas noches, Pancho:

Mi libro es del Círculo de Lectores, edición No abreviada, agosto 1969.
Con ilustraciones de Gerhart Kraaz,
Notas aclaratorias de José Mª Castro Calvo.
Quizás no tenga ninguna importancia, pero cuando tenga oportunidad, lo comprobaré con otros ejemplares que guardo.
Nunca había leido el Quijote con tanto detenimiento, como ahora por internet, con el profesor Ojeda. Pensaba que no sería capaz de seguirlo, pero sin darme cuenta me he visto en La acequia siguiendo casi con puntualidad, los textos y los comentarios.

Saludos. Gelu

Jan Puerta dijo...

Apreciado pancho...
En los detalles se esconde todo.
En la edición que recientemente compré (“usado” Editorial Sopena 1968) el cual estoy usando para incorporarme a la lectura del mismo figura como Vicente de la "roca".
Un abrazo