jueves, 8 de septiembre de 2011

Septiembre, tomates maduros y conclusiones a vuela pluma de la lectura colectiva de Gustavo Adolfo Bécquer

En Septiembre la maduración de los tomates se apresura.


Los ciclistas de La Vuelta a España ocupan el corazón de las ciudades.



Y suben a las cumbres como las águilas. En La Covatilla.


En Septiembre los pueblos se vacían de la gente que los llenó en Agosto por las fiestas.

Las noches más largas y frías, las horas de luz que decrecen porque al sol, perezoso, le cuesta dar la cara por los balcones de oriente son signos externos que nos advierten de la llegada de septiembre.

Los restos de arena de la playa en los zapatos, la conclusión del ciclo de las plantas del huerto que estos días, rendidas, se apresuran en su maduración, abandonando el verde del crecimiento con una rápida transición al rojo, un libro de Rimas y Leyendas de Bécquer con un cuaderno de notas, que nos han hecho compañía durante el verano, los ciclistas que recorren la geografía subiendo las cumbres y los quioscos atestados de nuevas colecciones nos indican que el tiempo de ocio y despreocupación del verano ha llegado a su fin.

Me imagino las palabras que GAB, maestro en crear atmósferas con menos palabras, emplearía para dibujar el ambiente de la vuelta a la rutina al desgaire; con despreocupada corrección, pero con la firmeza y solidez de los que tienen por oficio escribir bien y lo saben.

Valgan las anteriores palabras de presentación de estas notas que, a vuela pluma, la lectura del clásico romántico sugieren.

GAB quedó huérfano de padre a los seis años de edad y de madre a los once. Murió a los treinta y cuatro. Lo que en otros escritores correspondería a su obra de juventud, en Bécquer fue la única y definitiva. En muchas épocas de su corta vida vivió de sus escritos y colaboraciones en prensa. Conocemos su obra poética de milagro. Su conservación en un libro de cuentas y su título: “El libro de los gorriones” dan cuenta del poco apego que tuvo a su producción literaria. Prefirió el perfil bajo del vuelo sobresaltado y nervioso del gorrión a la majestuosidad del águila que planea sobre las cumbres.

El tiempo se suspende en los poemas y relatos de GAB. A esta atemporalidad contribuye el rigor en la forma y la pulcritud de su expresión, modelo de concisión que huye de lo extravagante y maestro de la precisión del lenguaje. Incluso cuando aborda temáticas de moda o nuevas para la época como sus relatos de temática oriental, las hace suyas adaptando las novedades a su manera de hacer las cosas: dejando brochazos para que sea el lector el que llene los silencios, porque a GAB se le entiende todo cuanto escribe. Bien diferente de otros contemporáneos que parecen malgastar las palabras vaciándolas de significado.

También es un maestro en llenar sus relatos de sonidos y sensaciones como las campanadas de las iglesias de Toledo en El Beso; asimismo, magistral la manera de resolver la transición de los ruidos de la naturaleza (el grito del búho, el siseo de los reptiles, el silbido de la serpiente, el aleteo de la penumbra o el temblor de la inspiración) a la música profunda y grave del Miserere. GAB tiene el talento de hacer que lo sobrenatural adquiera tintes de normalidad en su pluma.

GAB es un clásico porque es un símbolo sólido, manantial caudaloso de certezas al que acuden los poetas y demás creadores de la pluma en busca de inspiración, más allá de modas porque escribe con palabras capaces de descubrir la armonía entre los extremos, de resolver con acierto la tensión entre contrarios o la inquietud de la duplicidad. Armoniza los avances de su época con las tradiciones. El bien y el mal. Los soles y las nieves. Luces y tinieblas. Los rumores de la soledad o los ecos del silencio.

Nada mejor que terminar esta lectura colectiva de Bécquer llamando al amanecer
Rima LXII (56)


Al Amanecer
Primero es un albor trémulo y vago,
raya de inquieta luz que corta el mar;
luego chispea y crece y se dilata
en ardiente explosión de claridad.

La brilladora lumbre es la alegría,
la temerosa sombra es el pesar.
¡Ay! en la oscura noche de mi alma,
¿cuándo amanecerá?


Este comentario pertenece al grupo de lectura que desde
La Acequia dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Habla popular de Lumbrales (93)

Las zarzas hacen fortuna al amparo del abandono.






Machar el ajo: El ruido que hacen las cigüeñas con el pico y torciendo el cuello.
DRAE: machacar el ~ una cigüeña.
1. loc. verb. crotorar.
DCT: Machacar el ajo: Hacer ruido las cigüeñas con el pico.





Machimbrar: Unir.
No está en el DRAE.
No está en el DCT.
BDE: Machihembrar; 1765-83.

Machorras: 1.- Animales que no han quedado preñados en su tiempo. 2.- La oveja que los mozos matan en las fiestas no importa que sea estéril.
DRAE: 2. f. Hembra estéril.
4. f. Sal. Oveja que en festividades o bodas se mata en los pueblos para celebrar la fiesta.
DCT: mismo significado
BDE: 1495, propiamente, “tan incapaz de concebir como un macho”.


Machón: Pilar o columna que sostiene el techo. Pilar de un puente.
DRAE: mismo significado.
DCT: mismo significado
BDE: 1734.



Puente del Ojo sobre el Río Camaces

Macoco:
Golpe que se da con los nudillos de la mano en la cabeza de los muchachos.
No está en el DRAE.
No está en el DCT.

Madera: De alguien que es poco trabajador se dice que "tiene mala madera".
DRAE: ser alguien de mala ~, o tener alguien mala ~.
1. locs. verbs. coloqs. Rehusar el trabajo, ser perezoso o de condición aviesa.
No está en el DCT con esta acepción.
BDE: 1220 – 50. Del latín MATERIA “madera de árbol”. Por vía culta: materia, 1220 – 50; “pus”, 1495.

Magarza: Manzanilla silvestre, amarga y basta; mala hierba en los sembrado.
DRAE: 1. f. Planta herbácea anual, de la familia de las Compuestas, con tallo ramoso, de cuatro a seis decímetros de altura, hojas en forma de corazón, pecioladas, partidas en gajos de margen serrado y contornos redondeados, flores de centro amarillo y circunferencia blanca en ramilletes terminales, y fruto seco y anguloso con una sola semilla. Es olorosa, común en España, y el cocimiento de las flores suele emplearse como antiespasmódico y emenagogo.
No está en el DCT.



Majá:
Lugar hecho de cañizos donde duermen y se albergan las ovejas. Originalmente se utilizaban cañizos de madera con los huecos rellenos de escobas para que hicieran solana a los animales. Actualmente los cañizos son altos y metálicos, terminados en punta para que sirvan de protección y evitar que entre el lobo a prepararla.
No está en el DRAE con esta acepción.
No está en el DCT.
BDE: Majada: 1182. Común al castellano con el portugués: malhada y hablas pirenaicas. Probablemente de un MACULATA derivado en el romance hispánico del latín MACULA “tejido de mallas”, con el sentido de lugar donde pernocta el ganado, rodeado de redes” (tal como redil deriva de red).





Majadal:
Lo más sano de una finca, reservado para echarle la comida al ganado en invierno. “El majadal dio este año una yerbazá”.
DRAE: 1. m. Lugar de pasto a propósito para ovejas y ganado menor.
No está en el DCT.



Majo:
Traje de los domingos. “La gente guarda los majos y sólo los saca para la fiesta”.
No está en el DRAE con esta acepción.
DCT: Majos: Ropa de domingo o sin estrenar que se pone solamente el día de fiesta.
BDE: Voz popular de origen incierto. Quizá sea derivada de majar “fastidiar”, por la impertinencia del chulo. Mas para ello sería preciso que nada tuviera que ver con el adjetivo maho (con h aspirada) que los judíos españoles emplean en el sentido de “tranquilo, manso, suave, blando”, y que ha de ser de origen semítico.

Maleto: Enfermedad epidémica leve.
No está en el DRAE.
No está en el DCT.

Mameluco: Insulto que significa bruto. "Anda, mameluco, quítateme delante".
DRAE: 2. m. coloq. Hombre necio y bobo.
No está en el DCT.
BDE: Del árabe manluk “esclavo, sirviente” (participio de malak poseer).


El color verde aceituna en algunas palabras o expresiones indica que son de reciente incorporación, posterior a Mayo de 2007.



Abreviaturas utilizadas:
DRAE: Diccionario de la Real Academia Española.
DCT: Diccionario del Castellano Tradicional.
BDE: Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Joan Coromina.

jueves, 1 de septiembre de 2011

El Miserere. La prosa inquietante de Bécquer.






"Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras"



EL “MISERERE”
(LEYENDA RELIGIOSA [DE NAVARRA] ) 

Publicada en una única entrega en el diario El Contemporáneo el 17 de Abril de 1862. Los hechos tienen lugar en la Abadía de Fitero en un pasado impreciso de atmósfera medieval. En el ambiente contrito de la Semana Santa, los descendientes de Adán se dan golpes de pecho y piden perdón por el pecado original del que los engendró, al tiempo que ensalzan a quien se sacrificó por la redención de la especie.

La Leyenda es el mejor ejemplo de la mezcla de las tres artes: escritura, pintura y música, cuya fusión, GAB persigue en su literatura. El autor pinta con palabras precisas, como si si usara pinceles para escribir. La música grave y profunda es el eje del relato. Las desencajadas notas de un Miserere incompleto, compuesto por un peregrino tedesco, crean un ambiente de terror que crece con el desarrollo del Miserere y provocan un extasis de exaltación musical que conduce al compositor a la locura.

En efecto, el narrador encuentra por casualidad unos cuadernos antiguos de música, bastante deteriorados, en la biblioteca de la Abadía de Fitero. Aunque carece de formación musical, le gusta observar los grupos de notas e imaginarla. Se trata de las notas sin terminar de un Miserere, los primeros diez versículos del salmo, junto a unas anotaciones en alemán para los intérpretes que sustituyen a las que antes ha visto en italiano en las óperas: “Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía…, ¡fuerza!…, fuerza y dulzura “.
Un fraile lego, ya de edad avanzada que le acompaña en la biblioteca, le cuenta que en una noche inverniza de Jueves Santo, llama a la puerta de la abadía un romero, músico de oficio, que le había reportado renombre en su juventud. Su arte le había llevado a un crimen del que ahora de mayor quería redimirse. Desde el momento que el músico descubre el salmo: “Miserere mei deus”, su vida gira en torno a la búsqueda de la forma musical capaz de contener los sublimes versos de dolor del Rey Profeta: “Si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso que no hayan oído otro semejante los nacidos; tal y tan desgarrador que al escuchar el primer acorde los arcángeles dirán conmigo, cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al señor: “¡Misericordia!”, y el Señor la tendrá de su pobre criatura”.
Un campesino de los que escuchan al peregrino le pregunta por “El Miserere de la montaña”, que sólo escuchan los que de día y de noche guardan el ganado “entre breñas y peñascales”. Le cuenta la historia de un monasterio construido por un noble con la herencia que le correspondía a su hijo. Éste, de la misma piel del diablo y al verse desheredado, junto con otros de su calaña; destruyen, queman el edificio y pasan a cuchillo a los frailes el día de Jueves Santo cuando entonaban el Miserere. Desde entonces, todos los años por Jueves Santo, se oyen: “una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire”.

Al recabar que el portento comenzaba en tres horas, el romero abandona el amor de la lumbre y desaparece en dirección al monasterio en una noche de perros en que el “viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarla de sus quicios”. Nada sobrenatural. Todo le parecía conocido, de haberlo vivido antes.

A continuación, GAB describe la iglesia que se encuentra el peregrino que, sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, espera el portento. Y nos regala el prodigio de su prosa, una de sus mejores descripciones plenas de ritmo que consigue llenando el relato de sonidos que envuelven la noche y vibraciones que tiemblan en el aire como un aleteo de penumbras: “ Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del búho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen en pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que, despiertos de su letargo por la tempestad, sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen o se arrastran por entre los jaramagos y zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos estos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche llegaban perceptibles al oído del romero…”. Y once campanadas precedidas por el ruido inexplicable de la maquinaria de un reloj que entre los escombros claman en la oscuridad preceden un relato de terror que, in crescendo, termina con el romero caído en tierra y sin conocimiento. Es testigo de la reconstrucción de la iglesia. Una insólita claridad azulada y medrosa ilumina las ruinas, como el resplandor fosfórico que se desprende espontáneamente de las osamentas de los cadáveres. Los escombros se animaron como si fueran los espasmódicos y desconocidos movimientos que la muerte imprime a los cadáveres. Las piedras buscaron sus compañeras, se tramaron y regresaron a su posición primitiva, la que los canteros le asignaron antes de la destrucción. Los altares, capillas, machones, arcadas y bóvedas se reedificaron.

Inmediatamente después, un acorde lejano de voces graves y solemnes, como salidas del seno de la tierra se eleva. El peregrino comienza a sentir miedo, los cabellos se le erizan de horror cuando al asomarse al abismo por el que se despeñaba el torrente ve los esqueletos de los monjes saliendo entre las grietas de las peñas cantando con voz grave, profunda y sepulcral tras ordenarse en dos hileras arrodillados en el coro: “¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!”. Los monjes: “Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras…”. La música acompañaba el compás de las voces del coro como el rumor distante del trueno, el zumbido del aire, el grito del búho, el roce de los reptiles inquietos y más que no puede explicarse ni concebirse. Las notas y acordes tan gigantes como las palabras terribles del salmo.

El músico sigue la ceremonia aterrado. Sus nervios saltan al impulso de una fuerte conmoción. Los dientes se agitan en su asiento y un frío le penetra hasta el tétano de los huesos al oír las espantosas palabras del Miserere: “In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea”. Seguidas de un alarido tremendo, gritos de dolor, lamentos del infortunio, aullidos de la desesperación, blasfemias de la impiedad, concierto monstruoso de los concebidos en la iniquidad y un relámpago de terror.

Los cadáveres se visten de carne, se rompe la cúpula y un océano de lumbre ilumina la iglesia cuando una gigantesca espiral de sonoro incienso se escucha en paralelo al versículo: “Auditui meo dabis gaudium et lœtitiam: et exultabunt ossa humiliata”, que hace latir violentamente las sienes del romero al tiempo que cae a tierra sin sentido.

El desconocido peregrino entra en la abadía al día siguiente. Los monjes le conceden licencia para quedarse a componer un Miserere inmortal, una obra de arte que borre sus culpas a los ojos de dios. Trabaja día y noche con actividad febril, pero le resulta imposible continuar más allá del último versículo que escuchó. Almacenó montañas y montañas de borradores inútiles que en nada se parecían a la música anotada. Su incapacidad para encontrar las notas precisas que pongan fin al salmo con la brillantez merecida le abocan a la locura y muere. Los frailes guardan el libro de música a su muerte. El narrador pone fin al relato dudando de su cordura ante las temibles palabras:  "In peccatis concepit me mater mea”. 




Este comentario pertenece al grupo de lectura que desde La Acequia dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


lunes, 29 de agosto de 2011

Anotaciones gráficas de un viaje por el Norte de Italia: Milán


La contemplación del Duomo y la amplitud de la plaza sobrecoge el ánimo. La fachada es una escultura inmensa que se alza al cielo de la Lombardía.


El edificio inmenso de la estación de tren recibe a los visitantes de la ciudad entre expresiones de admiración. La magnitud de Milán y las distancias de la gran ciudad aconsejan tomar transportes públicos para moverse por ella.

La moderación de la fachada de La Scala contrasta con el gran Leonardo que parece observar el teatro desde su pedestal en mitad de la plaza. Enfrente están las arcadas de la lujosa Galleria Vittorio Emanuele II







La austeridad de la basílica de San Ambrogio.




Las calles comerciales repletas de compradores y observadores en la ciudad asociada a los más famosos diseñadores italianos.


La Vía Dante es una calle peatonal que se abre a una plaza en la que destaca el monumento dedicado a Garibaldi con el Castillo Sforzesco al fondo, haciéndole la cobertura.









El biscione o "gran culebra" es uno de los símbolos de la ciudad.



Puerta esculpida del Duomo.


Una última vista de la catedral antes del regreso.

jueves, 25 de agosto de 2011

¡ Es raro! y... Natural. Bécquer.

"Estaba loco, a los pocos días; muerto"
De aquí


¡ES RARO!
(NARRACIÓN)

Si el mismo autor prefiere “narración” a “leyenda” para titular el texto, los lectores no deberíamos cambiarlo. Aunque a primera vista la estructura narrativa del relato pudiera parecer similar a las leyendas, con un narrador que lo abre y lo cierra: el mismo autor o un yo literario proyección de su propia personalidad; en realidad, lo narrado pertenece al presente y carece del misterio y elemento fantástico de las narraciones becquerianas desarrolladas en el pasado.

El relato contiene una biografía, la típica “from rags to riches story” más una sorpresa final. El protagonista, Andrés, se rodea de sus animales favoritos: un perro y un caballo, que palian su soledad y lo hacen feliz. Sin la mujer, la felicidad no puede ser completa. Se enamora. La borrachera de amor le desborda y ella le traiciona, mata a sus otros dos amores. El mal trago de la mujer infiel le sume en el silencio de la desesperación y se deja morir.

El típico narrador becqueriano hace una introducción rápida en la que describe los personajes que recuerda de una reunión para tomar el té en casa de una amiga, en contraste con la parsimonia que se le supone al personaje que, sentado a la mesa, prepara la infusión. Una joven con perrito sin pedigrí, pero con la belleza de Ofelia, charla con un joven, pijo de aspecto y habla afectada, bajito de estatura y moreno, como cortado por el patrón hispano que te encoge con los hielos mesetarios y curtido por los aires y calores del estío. Antes de contarnos “esta historia que parece un cuento, pero no lo es”, traza en pocas palabras el esbozo o esquema con material narrativo apto para dar forma a una narración más larga.

El protagonista se llama Andrés. Su alma rebosa de cariño y sentimiento. Intactos de no haber hecho uso de ellos, por no tener con quien compartirlos. Huérfano casi al nacer, unos parientes se hicieron cargo de él. Consideraba la infancia como algo del pasado. Sentía alivio cuando algo o alguien se la recordaba. La orfandad y la obligación de ganarse el pan, le echaron al mundo bien joven. Trabajador incansable, de los que el alba de un día de cuarenta y ocho horas lo descubriría trabajando, no tardó en encontrar un empleo de magro salario, (parecido a los que no dan para vivir y que tanto abundan en este momento). Quiso la providencia que el mismo día, los gemidos de un perrito recién nacido vinieran a golpear su alma todo amor, para quererle, habitar su soledad y ausentarse de los lugares donde su presencia estorbaba.

Con la mejora de su situación económica, piensa en un caballo de compañero. Asiste a una corrida y se hace con uno de los caballos resabiados, preparados para la lidia. Andrés se siente feliz con sus dos animales en sus paseos por el camino de los carabancheles.

En vista de la holgura paulatina de su economía doméstica, se casa con Plácida, una joven aguadora que viene a llenar el hueco que aún quedaba en su corazón. Ante las sospechas de que alguien planea robarle, decide denunciar a la guardia civil. A la vuelta, alguien ha matado al perro. Ni rastro del caballo, ni de la mujer ni del criado. Desesperado, sospecha que la han secuestrado para exigirle un fuerte rescate. Se echa a los caminos en su búsqueda. A la pregunta repetida de si habían visto un hombre a caballo con una mujer a la grupa, conseguía la misma respuesta que le indicaba la dirección en la que escapaban.

A la entrada de una aldea, observa a unos paisanos listos a desollar su caballo que yacía muerto, reventado de tanto correr. Ante su pregunta, los presentes le informan de que la dama en modo alguno iba forzada, era ella la que instaba al jinete a huir: “¡ Pronto, pronto. Huyamos de estos lugares. No me veré tranquila hasta que los pierda de vista para siempre!“. Andrés lo comprende todo. Se vuelve loco, a los pocos días, muerto. Sin ninguna lesión física, pero herida de muerte el alma.

Los contertulios reaccionan con extrañeza y escepticismo. El joven cuenta el caso de su yegua, Herminia, que tropieza, se quiebra una pata y mata al jockey. Él se disgusta por las bajas, pero no hasta el extremo de la muerte. La dama del perrito refiere que ella quiere mucho a Medoro, pero que si le faltara, no llegaría a la locura. El señor que tomaba el té con parsimonia, corrobora la rareza del caso. Él mismo tuvo un duelo con un joven que se entendía con su mujer. Ahora comparten la casa y viaja con más frecuencia, no cree en las explosiones amorosas. ¡Es natural!

Observamos una cierta intención del autor de salir del pozo negro de la condición humana, de adoptar un punto de vista socialmente correcto. Por un lado, muestra su sensibilidad por los animales, concretándola en la crítica entre líneas hacia el mal uso que se hacía de los caballos en la lidia de toros bravos, característica común de los escritores románticos que incomoda a la reunión de gente acomodada. Sin embargo, sigue con su idea de poner de relieve los aspectos negativos de la mujer, como son la infidelidad y el interés (Por el interés te quiero, Andrés) ante la valoración anterior del hombre y su posterior reacción que le lleva al acabamiento y locura ante la traición. ¿ Es natural?

Este comentario pertenece al grupo de lectura que desde La Acequia dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 18 de agosto de 2011

Habla popular de Lumbrales (92)




 
Las lanchas de piedra de las puentes que salvan El Froya descansan en el hondón de la memoria como símbolo que puebla las dos orillas de armonía salvadora. Manantial de recuerdos que fluye bajo sus ojos.


Lóbado: Enfermedad del carbunco en el ganado vacuno.
No está en el DRAE.
No está en el DCT.

Lobo: Además del animal legendario, se aplica a quien siempre está comiendo.
No está en el DRAE con esta acepción.
No está en el DCT con esta acepción.
BDE: 1050. Del latín LUPUS.

Lomba (tirarse a la): Tumbarse a la larga boca arriba. “Los segadores se tumbaban a la lomba un rato cuando acababan la surcá”.
No está en el DRAE con esta acepción.
No está en el DCT con esta acepción.
BDE: Loma (1074) y Lomba (912)

Lombardo: Lagumán, vago. “Está hecho un lombardo, tol día tumbao a la lomba sin nada de provecho que hacer”.
No está en el DRAE con esta acepción.
No está en el DCT con esta acepción.

Lombo: Lomba, altura pequeña y prolongada. El grupo mb permanece en algunas palabras
como restos del antiguo dialecto leonés. En la toponimia lumbralense aparece en varios nombres como el Lombo la Cibrera, el Lombo los Rollos (en la imagen) e incluso el Lumbo Valdesancho.
DRAE: 1. m. desus. lomo (‖ parte inferior y central de la espalda). U. en Salamanca.
DCT: Parte convexa de un monte o cerro, ya sea en la cima o en la ladera.
BDE: Aparece en 912, en 969 ya se encuentra la forma evolucionada, lomo.

Longares: Persona excesivamente alta y delgada.
No está en el DRAE.
No está en el DCT.

Longo (chorizo): Así se llaman a los chorizos hechos con las tripas más gordas y largas del marrano. Son los que mejor se curan y por lo tanto, los mejores de la matanza.
No está en el DRAE con esta acepción.
No está en el DCT

LL

Llares: Cadena gruesa sujeta a un pasador colocado a cierta altura en el tiro de la chimenea y que en el otro extremo está provista de dos ganchos, uno para acortar o alargar las llares y otro para colgar el caldero a la lumbre para calentar agua o prepararle la comida a los animales. En Lumbrales sobre todo a los cerdos.
DRAE: 1. f. Cadena de hierro, pendiente en el cañón de la chimenea, con un garabato en el extremo inferior para colgar la caldera, y a poca distancia otro para subirla o bajarla. U. m. en pl.
DCT: Cadena que, sujeta al techo del hogar, cuelga hasta la llama para sostener el perol o pote dentro del fogón.
BDE: Hacia 1500. Abreviación de cadenas de los llares; llares es forma leonesa por lares “hogar”, procedente del latín LARES “los dioses familiares”, “el hogar doméstico”.


Llevarse:
Escarearse la cara debido al frío. “Date de esta crema que tienes la cara llevá del aire”.
No está en el DRAE con esta acepción. No aparece esta acepción entre las veintitrés.
No está en el DCT.
BDE: Hacia 950. Del latín LEVARE “aliviar”, levantar”, “desembarazar”.
En la Edad Media se decía levar, presente lieva: cambiado éste en lleva, se extendió después la ll- a todo el verbo.

Llovisnear: Lloviznar. Rasgo vocálico característico del habla de la zona.
No está en el DRAE.
No está en el DCT.


M

 

Machá: Hacha común, destrala. “Coge la machá chica y vamos a cortarle al ganao”
No está en el DRAE.
No está en el DCT.







Machar:
Machacar. “Me tienes que ayudar a machar este saco de almendras, después ya te puedes ir”.
No está en el DRAE.
No está en el DCT.
BDE: 1490, de donde a macha martillo, 1438.

 

Abreviaturas utilizadas:
DRAE: Diccionario de la Real Academia Española.
DCT: Diccionario del Castellano Tradicional.
BDE: Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Joan Coromina.


 

La foto del Lombo los Rollos es de la página de Ricardo.