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jueves, 8 de septiembre de 2011

Septiembre, tomates maduros y conclusiones a vuela pluma de la lectura colectiva de Gustavo Adolfo Bécquer

En Septiembre la maduración de los tomates se apresura.


Los ciclistas de La Vuelta a España ocupan el corazón de las ciudades.



Y suben a las cumbres como las águilas. En La Covatilla.


En Septiembre los pueblos se vacían de la gente que los llenó en Agosto por las fiestas.

Las noches más largas y frías, las horas de luz que decrecen porque al sol, perezoso, le cuesta dar la cara por los balcones de oriente son signos externos que nos advierten de la llegada de septiembre.

Los restos de arena de la playa en los zapatos, la conclusión del ciclo de las plantas del huerto que estos días, rendidas, se apresuran en su maduración, abandonando el verde del crecimiento con una rápida transición al rojo, un libro de Rimas y Leyendas de Bécquer con un cuaderno de notas, que nos han hecho compañía durante el verano, los ciclistas que recorren la geografía subiendo las cumbres y los quioscos atestados de nuevas colecciones nos indican que el tiempo de ocio y despreocupación del verano ha llegado a su fin.

Me imagino las palabras que GAB, maestro en crear atmósferas con menos palabras, emplearía para dibujar el ambiente de la vuelta a la rutina al desgaire; con despreocupada corrección, pero con la firmeza y solidez de los que tienen por oficio escribir bien y lo saben.

Valgan las anteriores palabras de presentación de estas notas que, a vuela pluma, la lectura del clásico romántico sugieren.

GAB quedó huérfano de padre a los seis años de edad y de madre a los once. Murió a los treinta y cuatro. Lo que en otros escritores correspondería a su obra de juventud, en Bécquer fue la única y definitiva. En muchas épocas de su corta vida vivió de sus escritos y colaboraciones en prensa. Conocemos su obra poética de milagro. Su conservación en un libro de cuentas y su título: “El libro de los gorriones” dan cuenta del poco apego que tuvo a su producción literaria. Prefirió el perfil bajo del vuelo sobresaltado y nervioso del gorrión a la majestuosidad del águila que planea sobre las cumbres.

El tiempo se suspende en los poemas y relatos de GAB. A esta atemporalidad contribuye el rigor en la forma y la pulcritud de su expresión, modelo de concisión que huye de lo extravagante y maestro de la precisión del lenguaje. Incluso cuando aborda temáticas de moda o nuevas para la época como sus relatos de temática oriental, las hace suyas adaptando las novedades a su manera de hacer las cosas: dejando brochazos para que sea el lector el que llene los silencios, porque a GAB se le entiende todo cuanto escribe. Bien diferente de otros contemporáneos que parecen malgastar las palabras vaciándolas de significado.

También es un maestro en llenar sus relatos de sonidos y sensaciones como las campanadas de las iglesias de Toledo en El Beso; asimismo, magistral la manera de resolver la transición de los ruidos de la naturaleza (el grito del búho, el siseo de los reptiles, el silbido de la serpiente, el aleteo de la penumbra o el temblor de la inspiración) a la música profunda y grave del Miserere. GAB tiene el talento de hacer que lo sobrenatural adquiera tintes de normalidad en su pluma.

GAB es un clásico porque es un símbolo sólido, manantial caudaloso de certezas al que acuden los poetas y demás creadores de la pluma en busca de inspiración, más allá de modas porque escribe con palabras capaces de descubrir la armonía entre los extremos, de resolver con acierto la tensión entre contrarios o la inquietud de la duplicidad. Armoniza los avances de su época con las tradiciones. El bien y el mal. Los soles y las nieves. Luces y tinieblas. Los rumores de la soledad o los ecos del silencio.

Nada mejor que terminar esta lectura colectiva de Bécquer llamando al amanecer
Rima LXII (56)


Al Amanecer
Primero es un albor trémulo y vago,
raya de inquieta luz que corta el mar;
luego chispea y crece y se dilata
en ardiente explosión de claridad.

La brilladora lumbre es la alegría,
la temerosa sombra es el pesar.
¡Ay! en la oscura noche de mi alma,
¿cuándo amanecerá?


Este comentario pertenece al grupo de lectura que desde
La Acequia dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 1 de septiembre de 2011

El Miserere. La prosa inquietante de Bécquer.






"Cuando los monjes llegaron al peristilo del templo, se ordenaron en dos hileras"



EL “MISERERE”
(LEYENDA RELIGIOSA [DE NAVARRA] ) 

Publicada en una única entrega en el diario El Contemporáneo el 17 de Abril de 1862. Los hechos tienen lugar en la Abadía de Fitero en un pasado impreciso de atmósfera medieval. En el ambiente contrito de la Semana Santa, los descendientes de Adán se dan golpes de pecho y piden perdón por el pecado original del que los engendró, al tiempo que ensalzan a quien se sacrificó por la redención de la especie.

La Leyenda es el mejor ejemplo de la mezcla de las tres artes: escritura, pintura y música, cuya fusión, GAB persigue en su literatura. El autor pinta con palabras precisas, como si si usara pinceles para escribir. La música grave y profunda es el eje del relato. Las desencajadas notas de un Miserere incompleto, compuesto por un peregrino tedesco, crean un ambiente de terror que crece con el desarrollo del Miserere y provocan un extasis de exaltación musical que conduce al compositor a la locura.

En efecto, el narrador encuentra por casualidad unos cuadernos antiguos de música, bastante deteriorados, en la biblioteca de la Abadía de Fitero. Aunque carece de formación musical, le gusta observar los grupos de notas e imaginarla. Se trata de las notas sin terminar de un Miserere, los primeros diez versículos del salmo, junto a unas anotaciones en alemán para los intérpretes que sustituyen a las que antes ha visto en italiano en las óperas: “Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía…, ¡fuerza!…, fuerza y dulzura “.
Un fraile lego, ya de edad avanzada que le acompaña en la biblioteca, le cuenta que en una noche inverniza de Jueves Santo, llama a la puerta de la abadía un romero, músico de oficio, que le había reportado renombre en su juventud. Su arte le había llevado a un crimen del que ahora de mayor quería redimirse. Desde el momento que el músico descubre el salmo: “Miserere mei deus”, su vida gira en torno a la búsqueda de la forma musical capaz de contener los sublimes versos de dolor del Rey Profeta: “Si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso que no hayan oído otro semejante los nacidos; tal y tan desgarrador que al escuchar el primer acorde los arcángeles dirán conmigo, cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al señor: “¡Misericordia!”, y el Señor la tendrá de su pobre criatura”.
Un campesino de los que escuchan al peregrino le pregunta por “El Miserere de la montaña”, que sólo escuchan los que de día y de noche guardan el ganado “entre breñas y peñascales”. Le cuenta la historia de un monasterio construido por un noble con la herencia que le correspondía a su hijo. Éste, de la misma piel del diablo y al verse desheredado, junto con otros de su calaña; destruyen, queman el edificio y pasan a cuchillo a los frailes el día de Jueves Santo cuando entonaban el Miserere. Desde entonces, todos los años por Jueves Santo, se oyen: “una especie de música extraña y unos cantos lúgubres y aterradores que se perciben a intervalos en las ráfagas del aire”.

Al recabar que el portento comenzaba en tres horas, el romero abandona el amor de la lumbre y desaparece en dirección al monasterio en una noche de perros en que el “viento zumbaba y hacía crujir las puertas, como si una mano poderosa pugnase por arrancarla de sus quicios”. Nada sobrenatural. Todo le parecía conocido, de haberlo vivido antes.

A continuación, GAB describe la iglesia que se encuentra el peregrino que, sentado sobre la mutilada estatua de una tumba, espera el portento. Y nos regala el prodigio de su prosa, una de sus mejores descripciones plenas de ritmo que consigue llenando el relato de sonidos que envuelven la noche y vibraciones que tiemblan en el aire como un aleteo de penumbras: “ Las gotas de agua que se filtraban por entre las grietas de los rotos arcos y caían sobre las losas con un rumor acompasado, como el de la péndola de un reloj; los gritos del búho, que graznaba refugiado bajo el nimbo de piedra de una imagen en pie aún en el hueco de un muro; el ruido de los reptiles, que, despiertos de su letargo por la tempestad, sacaban sus disformes cabezas de los agujeros donde duermen o se arrastran por entre los jaramagos y zarzales que crecían al pie del altar, entre las junturas de las lápidas sepulcrales que formaban el pavimento de la iglesia, todos estos extraños y misteriosos murmullos del campo, de la soledad y de la noche llegaban perceptibles al oído del romero…”. Y once campanadas precedidas por el ruido inexplicable de la maquinaria de un reloj que entre los escombros claman en la oscuridad preceden un relato de terror que, in crescendo, termina con el romero caído en tierra y sin conocimiento. Es testigo de la reconstrucción de la iglesia. Una insólita claridad azulada y medrosa ilumina las ruinas, como el resplandor fosfórico que se desprende espontáneamente de las osamentas de los cadáveres. Los escombros se animaron como si fueran los espasmódicos y desconocidos movimientos que la muerte imprime a los cadáveres. Las piedras buscaron sus compañeras, se tramaron y regresaron a su posición primitiva, la que los canteros le asignaron antes de la destrucción. Los altares, capillas, machones, arcadas y bóvedas se reedificaron.

Inmediatamente después, un acorde lejano de voces graves y solemnes, como salidas del seno de la tierra se eleva. El peregrino comienza a sentir miedo, los cabellos se le erizan de horror cuando al asomarse al abismo por el que se despeñaba el torrente ve los esqueletos de los monjes saliendo entre las grietas de las peñas cantando con voz grave, profunda y sepulcral tras ordenarse en dos hileras arrodillados en el coro: “¡Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam!”. Los monjes: “Mal envueltos en los jirones de sus hábitos, caladas las capuchas, bajo los pliegues de las cuales contrastaban con sus descarnadas mandíbulas y los blancos dientes las oscuras cavidades de los ojos de sus calaveras…”. La música acompañaba el compás de las voces del coro como el rumor distante del trueno, el zumbido del aire, el grito del búho, el roce de los reptiles inquietos y más que no puede explicarse ni concebirse. Las notas y acordes tan gigantes como las palabras terribles del salmo.

El músico sigue la ceremonia aterrado. Sus nervios saltan al impulso de una fuerte conmoción. Los dientes se agitan en su asiento y un frío le penetra hasta el tétano de los huesos al oír las espantosas palabras del Miserere: “In iniquitatibus conceptus sum: et in peccatis concepit me mater mea”. Seguidas de un alarido tremendo, gritos de dolor, lamentos del infortunio, aullidos de la desesperación, blasfemias de la impiedad, concierto monstruoso de los concebidos en la iniquidad y un relámpago de terror.

Los cadáveres se visten de carne, se rompe la cúpula y un océano de lumbre ilumina la iglesia cuando una gigantesca espiral de sonoro incienso se escucha en paralelo al versículo: “Auditui meo dabis gaudium et lœtitiam: et exultabunt ossa humiliata”, que hace latir violentamente las sienes del romero al tiempo que cae a tierra sin sentido.

El desconocido peregrino entra en la abadía al día siguiente. Los monjes le conceden licencia para quedarse a componer un Miserere inmortal, una obra de arte que borre sus culpas a los ojos de dios. Trabaja día y noche con actividad febril, pero le resulta imposible continuar más allá del último versículo que escuchó. Almacenó montañas y montañas de borradores inútiles que en nada se parecían a la música anotada. Su incapacidad para encontrar las notas precisas que pongan fin al salmo con la brillantez merecida le abocan a la locura y muere. Los frailes guardan el libro de música a su muerte. El narrador pone fin al relato dudando de su cordura ante las temibles palabras:  "In peccatis concepit me mater mea”. 




Este comentario pertenece al grupo de lectura que desde La Acequia dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 25 de agosto de 2011

¡ Es raro! y... Natural. Bécquer.

"Estaba loco, a los pocos días; muerto"
De aquí


¡ES RARO!
(NARRACIÓN)

Si el mismo autor prefiere “narración” a “leyenda” para titular el texto, los lectores no deberíamos cambiarlo. Aunque a primera vista la estructura narrativa del relato pudiera parecer similar a las leyendas, con un narrador que lo abre y lo cierra: el mismo autor o un yo literario proyección de su propia personalidad; en realidad, lo narrado pertenece al presente y carece del misterio y elemento fantástico de las narraciones becquerianas desarrolladas en el pasado.

El relato contiene una biografía, la típica “from rags to riches story” más una sorpresa final. El protagonista, Andrés, se rodea de sus animales favoritos: un perro y un caballo, que palian su soledad y lo hacen feliz. Sin la mujer, la felicidad no puede ser completa. Se enamora. La borrachera de amor le desborda y ella le traiciona, mata a sus otros dos amores. El mal trago de la mujer infiel le sume en el silencio de la desesperación y se deja morir.

El típico narrador becqueriano hace una introducción rápida en la que describe los personajes que recuerda de una reunión para tomar el té en casa de una amiga, en contraste con la parsimonia que se le supone al personaje que, sentado a la mesa, prepara la infusión. Una joven con perrito sin pedigrí, pero con la belleza de Ofelia, charla con un joven, pijo de aspecto y habla afectada, bajito de estatura y moreno, como cortado por el patrón hispano que te encoge con los hielos mesetarios y curtido por los aires y calores del estío. Antes de contarnos “esta historia que parece un cuento, pero no lo es”, traza en pocas palabras el esbozo o esquema con material narrativo apto para dar forma a una narración más larga.

El protagonista se llama Andrés. Su alma rebosa de cariño y sentimiento. Intactos de no haber hecho uso de ellos, por no tener con quien compartirlos. Huérfano casi al nacer, unos parientes se hicieron cargo de él. Consideraba la infancia como algo del pasado. Sentía alivio cuando algo o alguien se la recordaba. La orfandad y la obligación de ganarse el pan, le echaron al mundo bien joven. Trabajador incansable, de los que el alba de un día de cuarenta y ocho horas lo descubriría trabajando, no tardó en encontrar un empleo de magro salario, (parecido a los que no dan para vivir y que tanto abundan en este momento). Quiso la providencia que el mismo día, los gemidos de un perrito recién nacido vinieran a golpear su alma todo amor, para quererle, habitar su soledad y ausentarse de los lugares donde su presencia estorbaba.

Con la mejora de su situación económica, piensa en un caballo de compañero. Asiste a una corrida y se hace con uno de los caballos resabiados, preparados para la lidia. Andrés se siente feliz con sus dos animales en sus paseos por el camino de los carabancheles.

En vista de la holgura paulatina de su economía doméstica, se casa con Plácida, una joven aguadora que viene a llenar el hueco que aún quedaba en su corazón. Ante las sospechas de que alguien planea robarle, decide denunciar a la guardia civil. A la vuelta, alguien ha matado al perro. Ni rastro del caballo, ni de la mujer ni del criado. Desesperado, sospecha que la han secuestrado para exigirle un fuerte rescate. Se echa a los caminos en su búsqueda. A la pregunta repetida de si habían visto un hombre a caballo con una mujer a la grupa, conseguía la misma respuesta que le indicaba la dirección en la que escapaban.

A la entrada de una aldea, observa a unos paisanos listos a desollar su caballo que yacía muerto, reventado de tanto correr. Ante su pregunta, los presentes le informan de que la dama en modo alguno iba forzada, era ella la que instaba al jinete a huir: “¡ Pronto, pronto. Huyamos de estos lugares. No me veré tranquila hasta que los pierda de vista para siempre!“. Andrés lo comprende todo. Se vuelve loco, a los pocos días, muerto. Sin ninguna lesión física, pero herida de muerte el alma.

Los contertulios reaccionan con extrañeza y escepticismo. El joven cuenta el caso de su yegua, Herminia, que tropieza, se quiebra una pata y mata al jockey. Él se disgusta por las bajas, pero no hasta el extremo de la muerte. La dama del perrito refiere que ella quiere mucho a Medoro, pero que si le faltara, no llegaría a la locura. El señor que tomaba el té con parsimonia, corrobora la rareza del caso. Él mismo tuvo un duelo con un joven que se entendía con su mujer. Ahora comparten la casa y viaja con más frecuencia, no cree en las explosiones amorosas. ¡Es natural!

Observamos una cierta intención del autor de salir del pozo negro de la condición humana, de adoptar un punto de vista socialmente correcto. Por un lado, muestra su sensibilidad por los animales, concretándola en la crítica entre líneas hacia el mal uso que se hacía de los caballos en la lidia de toros bravos, característica común de los escritores románticos que incomoda a la reunión de gente acomodada. Sin embargo, sigue con su idea de poner de relieve los aspectos negativos de la mujer, como son la infidelidad y el interés (Por el interés te quiero, Andrés) ante la valoración anterior del hombre y su posterior reacción que le lleva al acabamiento y locura ante la traición. ¿ Es natural?

Este comentario pertenece al grupo de lectura que desde La Acequia dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

lunes, 15 de agosto de 2011

El Rayo de Luna. Bécquer, el poeta puro.

"Era un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles
cuando el viento movía las ramas".

EL RAYO DE LUNA
(LEYENDA SORIANA)

La leyenda se publicó en El Contemporáneo. Redujo el material a dos entregas, los días 12 y 13 de febrero de 1862, fiel a su idea de narrar lo esencial de las historias y dejar que sean los lectores los que llenen de contenido los silencios.

Entre la consideración que abre el relato: “yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia” y el comentario personal a modo de conclusión: “Manrique estaba loco […]. A mí por el contrario, se me figura que lo que había hecho era recuperar el juicio.”, se encierra una verdad triste; el poeta que enloquece porque siempre llega tarde al rayo de luna que desgarra la oscuridad como una banderilla de fuego, la poesía que puebla de presencia el miedo a la soledad aunque se ame, que habita de luz la espesura de las sombras y el misterio de la noche.

GAB sitúa la acción en la Soria de la Edad Media. Admite que lo narrado puede ser ficción o realidad y que le ocurre a Manrique, un noble aficionado a la poesía. En la Leyenda plantea la obsesión del caballero solitario por la mujer esquiva y su transformación e identificación con un rayo de luna.

Manrique, como buen noble, es un hombre de armas que adorna con su afición a las letras. Ama la soledad. Necesita su silencio para imaginar su mundo. Se pasa las horas muertas ensimismado, viendo el trascurrir del agua del río bajo el puente, contemplando el crepitar de las llamas de una lumbre o sorprendiendo al lado de una sepultura “alguna palabra de la conversación de los muertos”. Poeta tan puro que considera a todas las estructuras poéticas conocidas, moldes incapaces de albergar sus pensamientos fantásticos. A veces se quedaba las noches de insomnio mirando las estrellas, imaginando bellezas a las que no podía conocer ni amar. No estaba tan loco como Don Quijote y Sancho a cuya extravagancia hacían corro las gentes y seguían los muchachos, pero encaminado a ello iba porque hablaba y gesticulaba a solas.

Los hechos ocurren en una antigua fortaleza de templarios, semiderruida, al otro lado del Duero. La hierba espesa campaba a sus anchas. Hacía tiempo que se había apoderado, había cubierto la superficie de los huertos y jardines, en otra época labrados por los laboriosos religiosos guerreros. Las enredaderas trepaban por las ruinas y los troncos de los árboles y los álamos se abrazaban en el cielo, arrojando su sombra a los caminos colmando la umbría de humedad y frescor.

A media noche y la luna en lo alto, Manrique cruza el río por el puente. Descubre a una mujer de blanco que se esconde entre el follaje al final de una alameda sombría. La sigue con la rapidez de una saeta. Se lanza como un rayo tras de ella que huye como una sombra. Desbroza el camino para avanzar. Nadie. Oye sus pasos. Ha hablado en una lengua extranjera. La sigue a la carrera, “Unas veces creyendo verla, otras pensando oírla; ya notando que las ramas por entre las cuales había desaparecido se movían, aún ahora imaginando distinguir en la arena la huella de sus breves pies […]”. Puede oler su perfume por entre la maleza. Nadie.

Sube a San Saturio. Al tender la vista observa una barca que se aleja a la luz de la luna que riela en su estela. Se precipita en dirección al puente sólo para descubrir cómo su rastro se pierde por las calles de Soria.

Desvanecida la esperanza de dar alcance a los de la barca, no cede en su intento de encontrar su morada. Dirige sus pasos hacia el barrio de San Juan, por calles oscuras, tortuosas y estrechas de profundo silencio, sólo roto por los pisotones, refregones y bufidos de los caballos inquietos en sus cuadras que lo sienten al pasar. Le detiene un rayo de luz que sale de la ventana gótica de un caserón y choca con la pared de enfrente. Manrique espera el alba junto a la ventana. Con el día, un escudero aún medio dormido abre la puerta, asaltado por las nerviosas preguntas de Manrique. La explicación del escudero de que allí vive solo don Álvaro, aún convaleciente de las heridas de la campaña contra los moros, causan el asombro de un rayo cayendo a sus pies.

A partir de ese desengaño, su vida ya no es vivir. Los pliegues del vestido blanco le asaltan como una obsesión de día y de noche: “Noche y día estoy mirando flotar delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me están sonando aquí dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de sus ininteligibles palabras.” Su corazón le habla, le dice que la encontrará y “la gloria de poseerla excederá el trabajo de buscarla”. Azules sus ojos, negros sus cabellos para que floten en su alto talle. Voz suave como el rumor del viento en las hojas de los álamos y andar acompasado y majestuoso se la imagina. No concibe tanta identificación y amor no correspondido, por eso regresa al lugar donde la vio por vez primera dos meses más tarde.

En noche serena de luna llena, acariciada por el suave rumor de las hojas de los árboles, Manrique alcanza el claustro desierto y encamina sus pasos a la oscura alameda. Descubre el traje blanco de la mujer de sus sueños, a la que amaba como un loco. Entre temblores que crecen y aceleran sus pulsaciones descubre, al tiempo que estalla en una carcajada, que se trata de un rayo de luna que penetra como un rejón de luz por entre los árboles cuando el viento besa las ramas. Enloquece. Un escudero le propone vestirse de Don Quijote y echarse a los caminos, pero su locura es total, no admite recuperación. Sólo quiere la soledad: “Cantigas…, mujeres…, glorias…, felicidad…, mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué? Para encontrar un rayo de luna. “


Gustavo Adolfo Bécquer

Este comentario pertenece al grupo de lectura que desde La Acequia dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



domingo, 7 de agosto de 2011

El Beso. Bécquer y su contrafigura

"Entraron en la ciudad hasta unos cien dragones de aquellos, altos, arrogantes y fornidos, de que todavía nos hablan con admiración nuestras abuelas".


El BESO
(LEYENDA TOLEDANA)

La acción que narra la Leyenda tiene lugar en Toledo, en un periodo de tiempo de poco más de veinticuatro horas. El relato transcurre al ritmo de las campanadas de la campana gorda de la catedral de la ciudad ocupada por las fuerzas francesas. GAB llena de sonidos la transición a la noche: “ La noche había cerrado sombría y amenazadora. El cielo estaba cubierto de nubes de color de plomo. El aire, que zumbaba encarcelado en las estrechas y retorcidas calles, agitaba la moribunda luz del farolillo de los retablos o hacía girar con un chirrido agudo las veletas de hierro de las torres.”

Aunque la ocupación francesa y la lucha de los patriotas por la liberación sean tan sólo el fondo del relato, GAB no pierde ocasión de atacar al invasor al mencionar la agresión a los monumentos y los destrozos que realizan en las obras de arte.

Los franceses, efectivamente, habían ocupado los conventos, las casas más nobles e incluso las iglesias para alojarse en Toledo. A una hora bastante avanzada, los cascos bien herrados de los caballos de un centenar de dragones sacan chispas en el empedrado a medida que ascienden por las calles empinadas que desde La Puerta del Sol los lleva a la plaza del Zocodover. Llegan tan arrogantes y atractivos como cuentan las abuelas, el agotamiento de catorce leguas de camino no parece hacer mella en su apuesta figura. No había pasado media hora y ya el sueño había concluido su trabajo, ganando para su causa tanto a jinetes como monturas, acomodados y revueltos ambos sobre el enlosado de una iglesia.

Toledo era un poblachón destartalado y ruinoso para los que no sabían apreciar el arte. Los soldados franceses no debían destacar por su finura en vista de los destrozos y vandalismo con que se asimilaba su presencia. En la pequeña ciudad imperial primada no se hablaba de otra cosa que no fuera la llegada de los dragones. En el Zocodover se echaba de menos al oficial recién llegado. Cuando el bizarro capitán aparece por la plaza, comenta que no ha podido dormir por la noche; sin embargo, el insomnio es menor en compañía de una mujer. El sonido de una campana y una mujer arrodillada le habían desvelado a pesar del cansancio de las catorce leguas. Cuando el capitán les cuenta a los reunidos que ella es sorda, ciega y muda, los compañeros de armas ya han estallado en carcajadas. Uno de ellos le ofrece un harén de ellas de la iglesia de San Juan de los Reyes, dañada en la guerra. El oficial responde que la suya es castellana de pura cepa, que siente celos de la estatua compañera y que no la ha hecho “cien ciñascos” por no ser tomado por loco. Se citan para observarla esa misma noche y celebrarlo con auténtico champán traído de Francia.

Una docena de oficiales parten desde el Zocodover en dirección a la iglesia. Para paliar el frío, encienden una lumbre con leña extraída de la sillería del coro. El capitán de dragones les muestra la dama de sus pensamientos. Ellos se quedan turulatos ante tanta belleza. Se trata de doña Elvira de Castañeda, esposa de un guerrero que peleó en Ceriñola con el Gran Capitán. Bebido el champán; el capitán en silencio, incapaz de articular palabra, sin apartar los ojos de Elvira que parece cobrar vida y ruborizarse por el espectáculo sacrílego. Le ofrecen brindar y lo hace por el Emperador y las armas que le han permitido venir y cortejar a la mujer de un grande de España. Lejos de ver en el marido a un rival, lo considera como un ejemplo de mansedumbre. Le arroja una copa de vino, haciendo caso omiso a las advertencias de los demás sobre las consecuencias que pueden traer la provocación y las bromas a la gente de piedra.

Las estatuas para él no son masas informes de piedra inerte. El artista les insufla el hálito de vida que él puede sentir cuando bebe. Confiesa que las prefiere a las de carne y hueso, fuente y origen de miseria y podredumbre. Él ha sentido cómo le quemaban los besos de las mujeres materiales, volcán de lava. Necesita ahora del beso de nieve, beber del hielo que apague el infierno. Cuando se dirige a hacer suyo el deseo: besar el alabastro, cae desplomado con sangre que mana a borbotones de ojos y boca como consecuencia de la espantosa bofetada que le propina el guerrero blanco del frío.

Es destacable la típica adjetivación becqueriana; en este caso, agrupación de cuatro adjetivos en la descripción de la ciudad: “la ciudad de Toledo no era más que un poblachón destartalado, antiguo, ruinoso e insufrible” algo que no encontramos en su poesía. Asimismo, la repetición de la misma estructura de relativo en el mismo párrafo, dándole forma a una prosa sumamente elegante, repleta de sonidos, mientras los soldades descansan: “A la media hora sólo se oían los ahogados gemidos del aire que entraban por las rotas vidrieras de las ojivas del templo, el atolondrado revolotear de las aves nocturnas que tenían sus nidos en el dosel de piedra de las esculturas de los muros y el alternado rumor de los pasos del vigilante que se paseaba, envuelto en los anchos pliegues de su capote, a lo largo del pórtico”. O el indudable atractivo rítmico que representa para el lector el uso repetido de la estructura, determinante demostrativo más tres adjetivos que lo definen: “Unos cien dragones de aquellos, altos, arrogantes, y fornidos”. Lo volvemos a encontrar en: “Una mujer blanca, hermosa y fría como esa mujer de piedra que parece incitarme”.

GAB se recrea de nuevo en la elección del tema insólito para armar su relato. En El Beso nos encontramos con la mujer considerada como espíritu del mal, su belleza significa la perdición del hombre y le lleva a su muerte. Bien diferente de la mujer que encontramos en La Rosa de Pasión, que se sacrifica por su amor. Con la pulcritud en la expresión que le caracteriza, el autor da forma a una mujer volátil e inaccesible, envuelta en un halo de misterio medieval y fría como el mármol del que está hecha, pero por ello mismo, más atractiva para el hombre arrogante que es víctima del amor imposible. Hay quien dice que GAB dotó a su personaje protagonista con alguna de sus secretas aspiraciones; la dama imposible simboliza la inalcanzable perfección poética que le entretiene y a la que aspira.


"La mía es una verdadera dama castellana que, por un milagro de la escultura, parece que no la hayan enterrado en su sepulcro"

Este comentario pertenece al grupo de lectura que desde La Acequia dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

viernes, 22 de julio de 2011

Rosa de Pasión. Bécquer, el censor que no se autocensura

Dice Myr que entre judíos hay más violinistas que pianistas: siempre es más fácil cargar con un violín que con un piano a la hora de escapar de donde te quieren eliminar.


LA ROSA DE PASIÓN
(LEYENDA RELIGIOSA [DE TOLEDO] )

La elección de esta leyenda se debe a que es la segunda en mi libro, después de La Creación. Y ya la tenía anotada en borrador desde tiempo atrás, en el impasse de espera que tuvimos desde la terminación de la trilogía de Esquivias hasta Las Rimas.

Al hilo del trabajo de Myr sobre la leyenda, recuerdo de los días de colegio a un profesor que nos tenía informados de la evolución de la Guerra de los seis días. Sus comentarios eran siempre para elogiar la firme determinación de un pueblo pequeño y su capacidad de lucha. Aunque tenga razón al denunciar el estereotipo literario del judío avaro, en España no es tema recurrente ni común. Por el contrario, siempre se habla de la convivencia de las tres culturas poniendo como ejemplo la ciudad de Toledo antes de la expulsión.

Ignoro tanto las motivaciones que llevaron a GAB a elegir este tema, como los criterios con los que tuvo que trabajar en su temporada de censor de novelas: unos meses a partir de diciembre de 1864. Me inclino a pensar que entre ellas estuvo el exotismo, debido a la ausencia casi total de cualquier religión que no fuera la católica desde el S. XV en el país. Tampoco se puede descartar que hubiera un componente de provocación. Los poetas saben cómo hacerlo. De todas formas se cubre las espaldas desde el principio indicando que él únicamente hace las veces de mensajero de la historia que le refirió “una muchacha muy buena y muy bonita”.

El relato se publicó por vez primera y de entrega única el 24 de marzo de 1864 en el diario El Contemporáneo de Madrid.

Siguiendo la misma técnica narrativa de otras leyendas, el periodista advierte desde un primer momento que su mérito es únicamente recoger y poner blanco sobre negro un cuento que circula por la ciudad de Toledo desde no se sabe cuándo. Una tarde de verano una joven le cuenta al autor una historia antigua en un patio de Toledo. El narrador cuenta lo que recuerda del relato que ella le contó.

El judio Daniel Leví tenía su habitáculo encajonado entre una iglesia y una casa solariega. Gran trabajador, se pasaba los días doblado sobre su yunque haciendo labores de metal y aderezando cinchos viejos que cedía a los truhanes del Zocodover y a los escuderos pobres que trapicheaban con ellos. Sonrisa falsa. Siempre dispuesto a quitarse el bonete mugriento al paso de cualquier caballero principal desocupado o canónigo de La Primada. Ni un mal gesto ante las piedras de los muchachos o las viejas beatas que se presinaban al pasar delante de su casa como si fuera Satanás.


Fotograma del Violinista en el tejado.


Su hermosa hija, Sara, está en la habitación de arriba del taller. Tras la celosía, la ventana partida por columnas revestidas de hiedra que acompaña las ruinas. La gente no acaba de asimilar la asimetría de padre e hija, prodigio de belleza, tez blanca como el alabastro de un sepulcro. La dulce tristeza de las inteligencias precoces iluminan su rostro. Los suspiros del vago despertar del deseo hinchan su senos. Quiere permanecer libre. Vano deseo. No ha aceptado los deseos de los judios ricos por desposarla. Uno de los desdeñados le dice a Daniel que entre la comunidad judia se comenta que Sara se entiende con un cristiano. Daniel le confiesa que lo sabe todo. Le invita a una reunión un par de horas más tarde. Él no faltará a la cita.

Era Viernes Santo. El sueño había ganado para su causa a los cristianos asistentes a los Santos Oficios. Sólo los guardias del Alcazar y los gemidos del viento rompían el silencio. Un barquero espera impaciente abajo en el río. Cuando Sara aparece, la lleva a la otra orilla. Aquella noche ha habido mucho trasiego de gentes por el río. El barquero observa cómo se aleja en dirección a La Cabeza del Moro y no le quita la vista hasta que la ve desaparecer envuelta en las sombras de la noche.

Sara vacila un instante antes de dirigirse a las ruinas de una ermita de la que sólo quedan en pie las paredes laterales y algunas columnas cubiertas de hiedra. Allí espera Daniel colérico, animado por el espíritu de la venganza. Reunido con una multitud, preparada para la consumación del sacrificio que había estado rumiando días y días al ritmo del yunque de su taller.

Sara irrumpe en el templo y les dice que en vano esperan al cristiano porque ella lo ha advertido con antelación. Se sorprende de los artilugios de martirio que están preparando: una cruz, corona de espinas y clavos. Su padre la arrastra por los pelos hasta los pies de la cruz y la deja a merced de todos para que hagan con ella lo que quieran por perjurar de su religión y tradiciones. Ella es cristiana y aborrece a los de su raza y a su padre al que ha cambiado por otro, todo amor para los suyos, hasta el punto de morir por redimirlos y abrirles las puertas de la eternidad.

Al día siguiente Daniel abre la tienda como si nada hubiera pasado. Nadie volvió a ver la hermosura de  Sara recostada en su alféizar.

Para intentar descubrir de dónde salía la belleza de la flor, cavaron en las ruinas y descubrieron un cadáver que veneraron en la ermita durante largos años. A la flor la llamaron la Rosa de Pasión.

Gustavo Adolfo Bécquer

La Rosa de Pasión es uno de los mejores ejemplos de la prosa elegante y limpia de polvo y paja de GAB. Ya en el primer párrafo encontramos sus descripciones llenas de contrastes, en este caso una ciudad imperial en la que predominan callejas oscuras y tortuosas, espejo de las tres culturas: sombría casa solariega, antigua parroquia mozárabe y raquítica habitación del judio. Con justos y firmes brochazos consigue crear esa atmósfera decadente de las ciudades antiguas. Es destacable la descripción de la casa de Daniel: “Sobre la puerta de la casucha del judio, y dentro de un marco de azulejos de vivos colores, se abría un ajimez árabe, resto de las antiguas construcciones de los moros toledanos. Alrededor de las caladas franjas del ajimez, y enredándose en la columnilla de mármol que lo partía en dos huecos iguales, subía desde el interior de la vivienda una de esas plantas trepadoras que se mecen verdes y llenas de savia y lozanía sobre los ennegrecidos muros de los edificios ruinosos”.


La narración cuenta con numerosos ejemplos de la típica doble adjetivación de su prosa, que unidos por la conjunción “Y” dan ritmo a las descripciones, al tiempo que ayudan a una definición más exacta del sustantivo: sombríos y blasonados muros, sonrisa extraña e indescriptible, labios encendidos y rojos, musgoso y agrietado paredón de la calleja, viejo débil y humilde, camino estrecho y tortuoso, rocas oscuras y cortadas a pico… Observen cómo define los ojos de Sara: “Ojos grandes y redondeados de sombrío cerco de pestañas negras”. Ahora los de Daniel: “Ojos pequeños, verdes y casi ocultos”.

El relato es generoso en asociaciones cómo: sudor glacial, profundo silencio (x3), horribles dudas, hermosa hebrea, implacables enemigos, lejanas voces, torcidas revueltas, estrechos senderos, endiablada raza, magnífica catedral, premiosos goznes, dobles cerrojos y aldabas, dulce tristeza, eterna tristeza, secreto importante, desdeñado amante, espesas cejas, reprimida cólera, baratijas mohosas, santa indignación, generosa ira, fe inquebrantable, verdadero dios, infame obra, afrentosa cruz, misteriosos ritos, enérgica entereza, afrentosa cruz, misteriosos ritos, enérgica entereza, espíritu infernal y descarnados brazos.

Otro de los recursos que el autor suele utilizar para dotar de ritmo y cohesión interna a su prosa es la repetición seguida del mismo sujeto:Daniel, que ya no sonreía; Daniel, que no era ya el viejo débil y humilde…” seguidas en este caso de sendas subordinadas de relativo. O el ritmo trepidante que consigue en la repetición de formas verbales: "Dando órdenes a los unos, animando a los otros, disponiendo, en fin, con una horrible solicitud[…]”.

En definitiva, el autor nos ofrece un relato que no ignora que puede ser polémico; pero que se cuida de situar “hace muchos años”. Destaca por la evolución de Daniel que va del hombre de la sonrisa y mansedumbre proverbial que tiene que aguantar los ataques con piedras de los muchachos, los motes injuriosos y las viejas que se santiguan al pasar, al personaje sin entrañas que no duda en sacrificar a su propia hija antes de ver profanado su honor y el de su pueblo.




Este comentario pertenece al grupo de lectura que desde La Acequia dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

domingo, 17 de julio de 2011

El mundo, esa deforme criatura.

"Cansose Brahma de hacer experimentos, y abandonando el laboratorio, [...] tornó a montar sobre su cisne con el objeto de tomar aire."




LA CREACIÓN (POEMA INDIO)


Se publicó por primera vez y de una sola entrega en el periódico El Contemporáneo el seis de junio de 1861. El autor desarrolla su fantasía en una pieza poética escrita en prosa sobre un tema diferente en su obra, por lo alejado y exótico para la época: el orientalismo hindú. Hasta ese momento sólo presente en su vertiente más cercana del medievalismo árabe andaluz.

El narrador nos sitúa en el espacio con aparente precisión. Estamos cerca del Himalaya. Sus cumbres invisibles parecen tocar el cielo, perpetuamente coronadas por nubes oscuras que las ocultan. Otras nubes de ópalo cubren los valles de rocío. En las aguas del Ganges el cocodrilo verde se camufla entre las hierbas acuáticas. En tierra firme proliferan los árboles de la mala sombra que mata. Todo es contraste entre los moradores humanos de la habitan: luz y sombra; grandeza y pequeñez; perjurios y ternura.

“El mundo es un absurdo animado que rueda en el vacío para asombro de sus habitantes”: el narrador interviene para instarnos a oír la historia de la creación tal cual le fue revelada a un brahmín después de tres meses de ayuno. Brahma no tiene principio ni fin. Es como un círculo con cuatro caras. Cuando no había ni espacio ni tiempo, todo era él. Maya flotaba a su alrededor como una niebla confusa. Se cansó de tanto contemplarse. En medio de tanta eternidad, se aburría. Brahma es perfecto, no es vano como la mujer.

Brahma deseó y engendró a Maya. Creó infinidad de átomos microscópicos, como las motas de polvo encendidas que pueblan los rayos de luz que traspasan las sombras tupidas de los árboles. Este polvo de oro llenó el vacío de criaturas deseosas de glorificar al creador. Estos gandharvas arrancaron de Brahma la primera sonrisa. De ella brotó el Edén.

Los que le arrancaron la sonrisa no tardaron en aturdirle. El creador se retiró al lugar más apartado e impenetrable donde no llegan ni los ecos del silencio y se dedicó a la alquimia.

Si los miserables mortales pueden realizar transformaciones increíbles, imaginaos de lo que será capaz Brahma que es el principio de todas las cosas.

Crea los cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra junto a sus guardianes. A continuación, encierra en redomas transparentes los gérmenes de las cosas inmateriales: pasiones, deseos, virtudes, dolor, gozo, vida, muerte, bien, mal y las clasifica. De su casa sale humo negro en espirales y globos de fuego. La turba de rapaces que ensordecía los círculos inferiores del Paraíso, echan pronto en falta a su señor.

La imaginación y la curiosidad de los microscópicos cantores les lleva a trepar por las patas de los elefantes que sustentan los círculos del fuego. Por el hueco de la cerradura y las rendijas se sorprenden de la visión. En el interior del aposento había hombres a medio hacer, proyectos de monstruos, esqueletos, fragmentos y una marmita sobre un fuego inextinguible en mitad de la estancia que Brahma no da abasto a remover y agitar. Hace globos con un canuto que flotan sobre el abismo del universo. Son los astros que vemos flotar en el firmamento en las noches serenas.

Cuando Brahma se cansa de experimentar, sale a tomar el aire en su cisne. La turba de rapaces entra, manipula y enreda con todo en el laboratorio al observar que cierra la llave en falso. A sus anchas, sin que nadie se lo impida, deciden mezclar todos los ingredientes en la marmita, como en un caos. Cada llamarada azul o roja es recibida con júbilo y risotadas interminables. Los ingredientes tan dispares: grandeza y pequeñez o vida y muerte, mezclados contra natura, rabian entre sí en el interior del caldero.

Hecha la operación, uno de ellos hace un canuto con una pluma. Sopla asomándose al abismo y aparece un mundo deforme, achatado. Mezclados la nieve con arenales encendidos; humanidad con grandeza de dios y flaqueza de barros. El principio de muerte que todo lo destruye. Un mundo disparatado y absurdo. Los chiquillos que lo crean se saludan con una carcajada.

El alboroto despierta a Brahma. Su acento airado atruena en el cielo. Los gandharvas desaparecen. Únicamente su amago ha provocado el diluvio. Cuando levanta la mano para destruir la creación, el más travieso de ellos le ruega que no les rompa el juguete. Brahma es grave porque es Dios y les deja marchar alejados de su vista. Piensa que ese mundo en que los átomos se pelean unos contra otros tiene la vida corta en esas manos. Los chiquillos se ríen al marcharse. Desde entonces ruedan con él por el cielo. Brahma lo predijo: el juguete en sus manos no durará.

"Ese mundo no debe, no puede existir, porque en él hasta los átomos pelean con los átomos; pero marchad, os respeto; mi esperanza es que en poder vuestro no durará mucho."

En definitiva, Bécquer toma este breve relato de gran ritmo narrativo como un ejercicio de disfrute literario, no exento de un cierto mensaje. El tono humorístico que adopta, le quita seriedad al tema de la creación, al tiempo que pone de manifiesto su fantasía e imaginación. Nunca abandona un tono cómico al dibujarnos un dios juguetón como un niño, capaz de montar en su cisne para darse una vuelta por el aire. Siempre narrado con gran pulcritud, tratando de describir lo fantástico como si de la realidad se tratara.

Este comentario pertenece al grupo de lectura que desde La Acequia dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


domingo, 10 de julio de 2011

Este armazón de huesos y pellejo. Bécquer se confiesa.


Portada con sabor sevillano de una edición de la obra de
Gustavo Adolfo Bécquer

Este armazón de huesos y pellejo
de pasear una cabeza loca
se halla cansado al fin, y no lo extraño,
pues aunque es la verdad que no soy viejo,
de la parte de vida que me toca
en la vida del mundo, por mi daño
he hecho un uso tal, que juraría
que he condensado un siglo en cada día.

Así, aunque ahora muriera,

no podría decir que no he vivido;
que el sayo, al parecer nuevo por fuera,
conozco que por dentro ha envejecido.

Ha envejecido, sí; ¡pese a mi estrella!

Harto lo dice ya mi afán doliente;
que hay dolor que al pasar su horrible huella
graba en el corazón, si no en la frente.


Rima LVII de la edición publicada por sus amigos en 1871 y la 32 del Libro de los Gorriones.

El poeta defrauda a la muerte. No se considera derrotado porque mide la vida por la intensidad de lo vivido. Observa el deterioro de su cuerpo como consecuencia de una vida desordenada, pero no lo lamenta, ni se arrepiente, en todo momento ha sido consciente del daño: “Este armazón de huesos y pellejo / de pasear una cabeza loca”. El poeta se duele del envejecimiento del alma provocado por el dolor de los desengaños de la vida más que de las arrugas de la frente: “Que hay dolor que al pasar su horrible huella / graba en el corazón, si no en la frente“.

En efecto, el poema es una confesión. Como tal, el nucleo está en primera persona porque cada cual se suele confesar así, respondiendo de sus actos. Sin embargo, el poeta abre el poema en una tercera persona que no implica alejamiento al introducirlo con un determinante “este” que significa lo contrario. Retoma la tercera persona en el cuarteto que cierra el poema para dar el protagonismo del sujeto al desamor que avieja el alma más que el efecto del tiempo sobre el cuerpo.

Dieciséis versos de arte mayor, endecasílabos con licencia y rima consonante a excepción del noveno que es un heptasílabo. Se trata de una Octava Real y dos cuartetos que siguen el esquema: (A, B, C, A, B, C, D, D / A, B, A, B / A, B, A, B/. El poema destaca por la variedad de su métrica y rima en los que se apoya para conseguir el ritmo del poema, tan del gusto de los anteriores grandes poetas románticos.

Lo que más llama la atención a primera vista es la gran abundancia de formas verbales: diecisiete, en concreto, de las que cinco casos son Pretérito Perfecto Compuesto: ( he hecho, he condensado, he vivido, ha envejecido x2 ). La elección de este tiempo en un poeta tan cuidadoso en su expresión no puede ser casual. Es el que mejor se ajusta a su intención de expresar la acción de envejecimiento que el tiempo ejerce sobre las personas porque comienza nada más nacer, no se detiene y sus efectos se manifiestan y perduran en el presente. Tantos verbos y tan pocos adjetivos: (loca, cansado, viejo, nuevo, doliente y horrible ) le dan al poema una dan gran vivacidad narrativa.

Resumiendo, GAB elige rimas consonantes y formas estróficas clásicas que contrasten con un contenido expositivo a través de vocablos y expresiones de cariz coloquial, que no le alejen del lector, para arropar su confesión de una vida intensa ya vivida que le pasa factura desde el punto de vista físico. De ella no se arrepiente porque ha sido su elección ante la vida, la que ha ido desgranando libremente, como el escultor extrae la belleza del bloque informe de piedra o el poeta da forma al poema del magma universal de la poesía. Al mismo tiempo, se duele de las arrugas del alma, de los desengaños sufridos en las vueltas y revueltas del camino.





Este comentario pertenece al grupo de lectura que desde La Acequia dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 30 de junio de 2011

Voy contra mi interés al confesarlo. El prosaísmo de una rima de Bécquer






Gustavo Adolfo Bécquer de reclamo en el anverso de un billete con la mujer de la sombrilla en el reverso.

Voy contra mi interés al confesarlo,
no obstante, amada mía,
Pienso cual tú que una oda sólo es buena
de un billete del Banco al dorso escrita.
No faltará algún necio que al oírlo
se haga cruces y diga:
¡Mujer al fin del siglo diez y nueve,
material y prosaica!... ¡Boberías!
¡Voces que hacen correr cuatro poetas
que en invierno se embozan con la lira!
¡Ladridos de los perros a la luna!
Tú sabes y yo sé que en esta vida
con genio es muy contado el que la escribe
y con oro cualquiera hace poesía.

Rima XXVI de la edición publicada por sus amigos en 1871 y la 7 del Libro de los Gorriones.



El poema es un lamento. El poeta se dirige a una mujer cualquiera innominada a la que tilda de “amada mía” con un tono distante, indiferente; pero derrochando sinceridad y autocrítica: “Voy contra mi interés al confesarlo”, para lamentar el vasallaje de la poesía a los intereses del mercantilismo que se va apoderando del S. XIX. La prosperidad que se adivina desde el hondón de la miseria, desde el atraso secular de la sociedad española, también significa la deshumanización de la literatura, su sometimiento a la escala de valores que encabeza la rentabilidad del producto; a partir de ahora lo que cuentan son las cuentas, dejémonos de cuentos. En eso andamos y seguimos siglo y medio después.

En efecto, los catorce versos significan la rendición del poeta ante su amada, tomada aquí como oponente, como elemento material y fiscalizador de la pareja e insensible a los valores poéticos. Se trata de una mujer moderna para su tiempo, pero prosaica, en contraposición a la mujer idealista, amante de los sentimientos: “¡Mujer al fin del siglo diez y nueve, / material y prosaica!... ¡Boberías!”, o “Sin dejar de ser la seductora bruja que escondía bajo la falda una calculadora” (El blues de lo que pasa en mi escalera) como decía Joaquín Sabina.

Recrimina la actitud de los poetas que se envuelven en sus versos para reclamar lo imposible, como perros que se encaran con la luna. Tras el alejamiento de los versos centrales, al final el poeta se duele, regresando a la primera persona del primer verso: “tú sabes y yo sé”, del predicamento que consiguen algunos con mucho menos talento creador: “con oro cualquiera hace poesía”. El poema hay que entenderlo desde la mirada irónica de su autor. Critica la poesía desde dentro, como si tirara piedras sobre su propio tejado: “[…] una oda sólo es buena / de un billete del Banco al dorso escrita”.

Doce versos endecasílabos y dos heptasílabos con rima asonante significativa en los versos 2, 8 y 14 en palabras con hiato que suman: mía, bobería y poesía, le dan ritmo al poema. Se puede considerar una silva asonantada con alguna licencia.

Es reseñable la abundancia de formas verbales en presente de indicativo como si se tratara de un texto narrativo que intentara exponer un pensamiento, por ello mismo no exento de dinamismo: Voy, pienso, es (x2), hacen correr, se embozan, sabes, sé, escribe, hace. Igualmente es de destacar la habitual escasez de adjetivos en los poemas de GAB: buena, necio, material, prosaica; pero colocados con cuidado para ganar en expresividad a lo que ayudan las oraciones entre exclamaciones y el lenguaje coloquial en: ¡Boberías! Para nada el poeta abandona su estilo en esta composición, incluso se acerca más que nunca a los cánones clásicos que gobiernan la poesía en cuanto a forma y métrica. Disiento pues de lo leído sobre ella, tachándola de prosaísmo o de hacer poesía como si de prosa se tratara.

En resumen, GAB arremete contra los que únicamente hacen poesía al calor de los ingresos, contra la mujer interesada que pide cuentas de la productividad de los escritos del poeta y contra aquellos que sólo valoran lo que lleva adosado algún billete al dorso escrito. El poeta redacta con su desnudez habitual, dejando bien visible el fondo dolido de su alma. Qué moderna y actual se nos antoja esta reflexión de Hölderlin: ¿Para qué poetas en tiempos de miseria? Ignorando que lo que permanece es la palabra dicha y recogida en un escrito o que el poeta es el ser privilegiado, guía de la sociedad.


Este comentario pertenece al grupo de lectura que desde La Acequia dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.