lunes, 20 de mayo de 2013

Por tierras de España







Por tierras de España. Antonio Machado 

Madura el limonero de Sevilla en las tierras altas de Soria, al pie de los Picos de Urbión, donde nace el río Duero, padre y madre a la vez de casi todos los ríos de Castilla. Capea el temporal como puede en la tierra incognita de interior. Sube y baja de dos en dos los peldaños de los grises alcores. Las escaleras de la cruz de sus semejantes en guerra desde tiempos inmemoriales con el medio que les sustenta, la tierra donde descansa la esencia y pesa el recuerdo de los antepasados. 

El Dios de estas tierras somete a las criaturas, es sanguinario y cruel, peor que los demonios. Dota a sus criaturas de vicios y pecados, bajas pasiones que hay que castigar. Expulsados del idílico jardín, sufren todo tipo de calamidades para sobrevivir, vagan errantes por páramos baldíos, peñascales y barrancos. No es mejor la suerte del hombre en la ciudad, ahí tenemos los personajes de Pío Baroja, amigo del autor, que penan sin rumbo sus pecados por calles polvorientas y tabernas de horizontes amputados: 

 El numen de estos campos es sanguinario y fiero: 
al declinar la tarde, sobre el remoto alcor, 
veréis agigantarse la forma de un arquero, 
la forma de un inmenso centauro flechador. 

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta 
—no fue por estos campos el bíblico jardín—; 
son tierras para el águila, un trozo de planeta 
por donde cruza errante la sombra de Caín. 

Hoy es día de escuela, el profesor les habla a los alumnos del hombre malvado del campo y de la aldea, les explica la guerra que libra con su entorno, del precio del progreso, de la fragilidad de la vida y su misterio, una excepción maravillosa que hay que cultivar y que merece la pena proteger. Ante los peñascales infecundos, mordidos por el aire helador que viene del Moncayo, reflexiona con sus alumnos sobre España y su decadencia, ahonda en el conflicto hasta verle la raíz a los fuegos intencionados que acarrean deforestación, degradación de la tierra y más pobreza. Les propone como solución una tregua en la refriega, destensar los arcos de la guerra que oscurecen de ceniza un horizonte de trenes repletos de los hijos que vacían de vida los páramos malditos. Tensar los ojos de la resignación, levantar la mirada, dejar de llorar y que regrese a la tierra el asombro del labrador que no se rinde ante heladas ni pedriscos: 

El hombre de estos campos que incendia los pinares 
y su despojo aguarda como botín de guerra, 
antaño hubo raído los negros encinares,  
talado los robustos robledos de la sierra. 

Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares; 
la tempestad llevarse los limos de la tierra 
por los sagrados ríos hacia los anchos mares; 
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra. 



"Que bajo el pardo sayo esconde un alma fea"



Los padres de estas gentes ya buscaban el pan en otras tierras, huían de los gélidos inviernos de la estepa, guiaban los ganados trashumantes a la Extremadura del sur de clima más templado y soportable: 

Es hijo de una estirpe de rudos caminantes, 
pastores que conducen sus hordas de merinos 
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes 
que mancha el polvo y dora el sol de los caminos. 

El poeta no abandona la longitud y el ritmo prodigioso del verso alejandrino para expresar en profundidad y en toda su amplitud la miseria moral, el conflicto del hombre con el medio, los odios ancestrales generados por conciencias paralíticas, envidias que corroen por dentro las entrañas;  todo acentuado por la invasión de la pobreza. Los rostros renegridos de días al sol y noches pasadas al raso cogen el tren interminable del abandono, ponen rumbo al extranjero o a las costas de clima más benigno que roban la fuerza productiva del interior, su principal fuente de riqueza.

Los autores de la época eran auténticos patriotas. Se sentían en la obligación de identificar y exponer los problemas de España porque sufren en sus carnes y se duelen de la profundidad de la crisis de identidad. Se refugian en el poderío de la naturaleza para sentir el temblor de la creación. Machado acota el conflicto con la “ligereza alada” de sus versos, como pocos lo han hecho, como si estuvieran escritos hoy mismo, explicados a los lectores de tiempos y lugares diferentes con la claridad y cercanía de una clase de instituto. Es un placer escuchar sus explicaciones de maestro comprometido, Don Antonio. 

Extremoduro supo ver el ritmo de Rock and Roll de los versos alejandrinos de Antonio Machado. Desde Extremadura:  



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

6 comentarios:

Paco Cuesta dijo...

Refleja, con dureza extrema, a un hombre consecuencia del lugar que habita. Cuando sale de tierras sorianas dulcifica la expresión.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Tenía gran curiosidad en ver cómo abordabas a Machado. Y me gusta este sentido patriótico que le has dado.

Abejita de la Vega dijo...

Por esos páramos de asceta vivimos, Pancho. Y eso marca. No fue por estas tierras el bíblico jardín, vivimos entre "grises alcores", los abuelos de los "tesos mondos" de Delibes. Es más duro aquí ser patriota, como aquellos escritores mal llamados del 98.
¡Qué Soria tan pelada la de la foto! Ese enlace ofrece unas sorprendentes fotos.
Buen escrito el tuyo, hay que leerlo despacito.

Besos

Aldabra dijo...

no conozco a Soria... y mira que le tengo ganas!

biquiños,

Ele Bergón dijo...

Saco en conclusión al volver a leer a Machado que el poeta tiene una especie de amor-odio por esta tierra. Por otra parte no es de extrañar que lo sintiese, pues Soria le dio el amor y también se lo quitó.

Como dice Abejita, hay que leer despacio tu texto.

Un abrazo

Luz

Myriam dijo...

¡Qué fuerte este poema! , me parece estar ahí viendo y sintiendo como estos hombres recios transhuman el ganado a tierras con clima más benigno...