martes, 13 de abril de 2021

EPISODIOS NACIONALES. Trafalgar (3). Benito Pérez Galdós. Perder una hija.




"Tenía sobre sus costados, cuando yo le vi, 140 bocas de fuego, entre cañones y carronadas".



EPISODIOS NACIONALES 
Trafalgar (3) 
Benito Pérez Galdós 

El autor encaja en la trama principal las maniobras amorosas de Rosita, hija del matrimonio que ajusta a Gabriel de chico para todo a la edad de diez años. A Rosita se le amontonan los pretendientes de frase y calendario. Los padres de un joven marino de buena familia, pero con tara de apariencia, piden la mano de la jovencilla adolescente. Tarde, porque ella ya solo tiene ojos para las estrellas del oficial de artillería Rafael Malespina. Los pretendientes acuerdan batirse en duelo a primera sangre, vence Malespina que gana también los favores de ella y de los padres. Gabriel, el otro aspirante en la sombra que hubiera preferido que los dos hubieran fenecido en el lance de honor, siente por primera vez en qué consiste la diferencia de clase en una sociedad estamental, tan impermeable que a duras penas deja una rendija por la que ascender en la escala social. 

La amargura por el amor primerizo no correspondido le zarandea de realidad, sólo a través de la formación y del esfuerzo personal será capaz de colarse en la clase de los que toman las decisiones por los demás: “Comprendí que a nada podría aspirar en el mundo, y sólo más tarde adquirí la firme convicción de que un grande y constante esfuerzo mío me daría quizás todo aquello que no poseía”. Testigo directo de los vaivenes amorosos de la pareja, les hace de correo. Esta figura del joven Malespina será relevante a lo largo del relato porque se tiene que embarcar en la escuadra a pesar de no ser marinero, debido a la escasez de artilleros. Se gana el aprecio del criado adolescente cuando lo ve salir lívido de casa de Rosita, llorosa como una Rociito vejada, el día de la despedida. 



"Malespina rondaba la casa, lo cual observé yo varias veces, y tanto se habló en Vejer de estos amores". 

Malespina padre, coronel retirado, es otro personaje estrafalario, inventor de la bomba vírica, capaz de destruir la escuadra inglesa de un contagio. El viaje de Vejer a Cádiz es un relato intercalado al estilo del Quijote, una road movie plena de aventuras. En Conil paran a comprobar la legendaria escasez de las fondas y ventas de los caminos: “A los señores les dieron lo que había, y a Marcial y a mí lo que sobraba, que no era mucho”. Hacen noche en Chiclana, salen de buena mañana y a las once o así hacen su entrada por la Puerta de Tierra de Cádiz. 

Dos caballeros a lomos de buenas caballerías los alcanzan durante el viaje, resultan ser los dos Malespina, padre e hijo. Acompasan el paso, se escuchan y pegan la hebra. El que más habla es el viejo Malespina, testigo ocular de todas las guerras. El niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Introductor de las corridas de toros en Inglaterra a la manera española, sustituto del bull baiting (hostigamiento de toros) británico. “Otro toro y vengan esos cinco”. 

Galdós retrata la vuelta de Gabriel a Cádiz como un regreso a la memoria de la infancia, un fresco del recuerdo de su niñez. Lo aprendido en la primera infancia es lo que siempre perdura y se recuerda. Es recibido a naranjazos por las mujeres que recuerdan su pasado canalla, de merodeo desarraigado que roba para comer. Sólo han pasado cuatro años, pero cuatro años es mucho en un muchacho que ha pegado el salto a la adolescencia madura llena de granos rebeldes. Extraña los lugares porque ya no vive la misma gente, visita tabernas y bebe hasta caer redondo como una pelota, algo que vio hacer a los mayores. Ni rastro de su familia. El pasado idílico se le viene encima cuando se echa al mar en la Caleta y, abrazado por la caricia de las olas, nada durante más de una hora. Reza en la catedral vieja ante el muñeco de cera que puso su madre de exvoto. 

El personaje de doña Flora de Cisniega es retratado por Galdós de manera reseñable. Joven que ya no cumple los cincuenta, contrapunto de doña Francisca: “Enumerar los rizos, moñas, lazos, trapos, adobos, bermellones, aguas y demás extraños cuerpos que concurrían a la grande obra de su monumental restauración, fatigaría la más diestra fantasía”. Gasta polvos por almudes, experta en mostrar las carnes menos sensibles a la inexorable labor del tiempo. Dama española, nacionalista centrípeta inflamada de banderas, himnos y amor patriótico que se exalta con el estallido de los cañones y los bombardeos sobre los contrarios. Hoy los nacionalistas depositarios del ardor guerrero se exaltan con la quema de contenedores de la basura a falta de bombardeos sobre los contrarios. He aquí el negocio seguro para cualquiera en edad de emprender en esta España centrífuga. 

En ausencia de televisión, radio o internet, doña Flora y sus tertulianos desocupados son el trono de las noticias. Mete cizaña haciendo de menos a doña Francisca. Dos mujeres activistas: una patriota inflamada de banderas y honor nacional y otra hinchada de paz, ambas guerreras y rivales. Las dos coinciden en su oposición a la sumisión de Godoy a Napoleón y por no confiar el mando de la escuadra a un marinero español. 


"El uniforme del héroe demostraba, sin ser viejo ni raído, algunos años de honroso servicio". 

Cuando el brigadier Churruca visita a su viejo amigo don Alonso, cuenta con unos cuarenta y cinco años de edad, rubio de pelo largo recogido en una gran coleta, no moño. Un espíritu privilegiado al hablar. Da gusto leer cómo Galdós describe a los héroes; para que no parezca algo intercalado sin importancia y difuminado en el conjunto de la novela, le cede los trastos de narrar y nos regala un monólogo en el que revela los secretos de la escuadra naval, las intenciones de Villeneuve de salir a por los barcos ingleses a pesar de la inferioridad de la escuadra hispano francesa y la oposición de los oficiales españoles. Palabras que quedan grabadas a fuego en la memoria de Gabriel por causarle honda impresión. 

Doña Flora se encapricha de Gabriel (Un siglo antes que Humbert Humbert lo hiciera de Lolita y palmara de trombosis coronaria). Se opone a que se embarque. Quiere que se quede en tierra a limpiar la jaula del loro y hacerle de peluquero que no era poco en aquellas pelucas seguidoras de la moda de Paris, capaces de albergar nidos de pájaros entre los rizos, rastas, trenzas y jeribeques. Pero él siente la llamada de lo salvaje y prefiere embarcarse con los mayores: “Octubre era el mes y dieciocho el día” que se embarcan en el colosal Santísima Trinidad, el Escorial de las naves. “La vista se mareaba y se perdía contemplando la inmensa madeja que formaban en la arboladura los obenques, estáis, brazas, burdas, amantillos y drizas que servían para sostener y mover el velamen”. De bote en bote vamos tocando el fondo por el canal de Suez.


Hubiera preferido
Otra corbata?"
Fue niña, niña pija,
Ni siquiera varón!
Por fin, con veinte años,
Se la llevó un extraño,
Y no perdí­ una hija,
Gané un cuarto de baño
Joaquín Sabina




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 17 de marzo de 2021

EPISODIOS NACIONALES. Trafalgar (2). Benito Pérez Galdós. Cascarrabias.



 


"Ya no corrimos más por el patio ni hice más viajes a la escuela para traerla a casa"

EPISODIOS NACIONALES 
Trafalgar (2) 
Benito Pérez Galdós 

Una vez construida la voz narradora de la historia (al final hay otras voces secundarias de marineros que la complementan) y establecido el espacio en el que ocurren los hechos, el autor presenta a los personajes principales alrededor de los que se articula la narración, se trata de unos personajes de ficción extraídos de la vida real ocurrida unos setenta años atrás. Es curioso comprobar cómo los hechos narrados por Galdós son hoy considerados como auténticos, norma canónica de los libros de historia para explicar el final del siglo XVIII, la edad antigua del sentido de pertenencia a algo en lo que se va a sufrir, porque sentirse español significa sufrimiento y aguantar sin rechistar los pitidos a tus símbolos sagrados en las finales de fútbol, y que no se te ocurra criticar al ser superior hecho verbo del Catalonia is not Spain porque entonces eres un ñordo fascista colmado de odio cainita. Hace tiempo que el insulto y la selección de las palabras más hirientes se han  enseñoreado de los medios de comunicación y redes sociales para que la relación y el acuerdo sean imposibles.   

 En Trafalgar encontramos magníficos ejemplos de la capacidad de Galdós para la descripción física y psicológica de los personajes. El autor los presenta de una forma original,  reflejo de su genio único para tejer una novela. Unas semanas antes de “la del 21” (el 21 de octubre fue la batalla de Trafalgar), Gabriel se siente orgulloso porque su amo, don Alonso Gutiérrez de Cistierna, le pregunta si es hombre de valor, la primera vez que nadie le llamaba hombre. El valor se le supone, como a los toreros tremendistas, demostrado con creces en su comportamiento durante la batalla a bordo del buque insignia Santísima Trinidad. 

Don Benito Pérez Galdós, no un Pérez cualquiera, trata mejor a las mujeres que a los hombres. Doña Francisca es una mujer hermosa, pacifista de las que creen en la paz impuesta a través del miedo a la destrucción total, una bomba atómica que acaba con las grandes guerras: “Si todos pensaran como yo, no habría más guerras en el mar… y todos los cañones se convertirían en campanas”. Un temperamento iracundo en guerra que para defender a su marido no duda en atacar al sistema desde el rey emperador hasta los funcionarios encargados de gestionar la pensión magra del veterano de guerra. Conocemos muchas características físicas y de la personalidad de los personajes principales: Gabriel, don Alonso y Marcial, a través de diálogos con doña Francisca. Don Alonso es un descolado trasto viejo arrumbadito a la pared, enfermo y medio baldado, esperpento y estantigua. Marcial es un medio hombre, un mapa: “Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los merinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa, que no se parecía a la de ningún habitante racional de tierra firme”. Vamos, una historia de la marina escrita en sus cicatrices y mutilaciones, un claudicado, dedicado a dormir a su nieto con sus historias viejas, canciones y juramentos marineros. Doña Francisca sirve para que Marcial le cuente las fatigas, las batallas y derrotas sufridas contra el inglés taimado. En los diálogos vivísimos entre los personajes intuimos la realidad del estado de la nación y de la armada y un gran narrador, por supuesto. 

La lección de estos dos personajes estrafalarios, viejos lobos de mar jubilados, y un ayudante adolescente, restalla como un latigazo. Convocados al deber de defensa de la patria en peligro, como veteranos de guerra que responden a la llamada a filas, deciden irse a Cádiz a enrolarse en la armada para echar una mano aunque sea en la derrota, sin necesidad de que el estado y los políticos le den todo hecho.

 

"No necesito decir que se acabaron los retozos y los juegos; ya no volví a subir al naranjo, cuyos azahares crecieron tranquilos, libres de mi enamorada rapacidad"


No todo es acción y avance narrativo en Trafalgar a través de diálogos entrecortados y a la vez enlazados por observaciones del adolescente narrador, el texto está sabiamente combinado con paradas narrativas en las que se desvela el lirismo, la decepción y el desamor de la evolución de niña a mujer, pasado por la quilla del desprecio: “Un día mil veces funesto, mil veces lúgubre, mi amita se presentó ante mí con traje bajo.[…] ¡Y a todas éstas, ni una sonrisa, ni un salto, ni una monada, ni una veloz carrera, ni un poco de olé, ni esconderse de mí para que la buscara, ni fingirse enfadada para reírse después, ni una disputilla, ni siquiera un pescozón con su blanda manecita! ¡Terribles crisis de la existencia! ¡Ella se había convertido en mujer, y yo continuaba siendo niño!”. 

Tampoco faltan explicaciones con gracia andaluza sobre el léxico utilizado en la narración, plagado de términos propios de la jerga marinera: Cerrar el portalón de estribor es perder un ojo; quedarse sin la serviola de babor, mutilar un brazo; ponerse la casaca es emborracharse; apagar el fuego, perecer. No deja de ser una forma amena de que los de tierra adentro que vomitan en el inestable vaivén de un barco aprendan marinería: La mura de estribor, orzar o la andanada de sotavento. Vuela el Google por bulerías.



Now I'm down in a slump and I'm eating alone
I ruined the day with some friends on the phone
I never go out, I'm becoming a grouch
I just watch the TV and I drink on the couch
Rolling Stones



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 11 de marzo de 2021

EPISODIOS NACIONALES. Trafalgar (1) Benito Pérez Galdós. Si te doy mi palabra.




"A veces mediamos nuestras fuerzas en la Puerta de Tierra con grandes y ruidosas pedreas"


EPISODIOS NACIONALES 
Trafalgar (1) 
Benito Pérez Galdós 

Galdós dedica las primeras páginas de la novela, “Trafalgar”, a montar el andamio narrativo desde el que construir el relato de más envergadura de la literatura española: los Episodios Nacionales. En un primer momento planea narrar las aventuras y desventuras de Gabriel Araceli de 1805 a 1834, divididas en dos series de muletazos, de diez novelas por tanda, todas las veinte obras escritas en seis años, de 1873 a 1879. Después amplía los Episodios Nacionales ocurridos entre 1805 y 1880 a cuarenta y seis novelas una vez visto el éxito de la iniciativa. 

Gabriel siente cerca el aliento frío de la parca y coge un segundo aire limpio para dejar por escrito algo que recuerde su paso por el mundo a las generaciones venideras. Advierte que no será una narración bella porque su oficio no es escribir, pero sí ajustada a la verdad. Toma así el relato la forma de memorias, contadas en primera persona. “El amor santo de la patria” que le da asiento en tierra firme y a la cual volverá, será siempre el ideal, el impulso heraldo que guiará las reflexiones que ahora nacen. 

Los primeros hechos recordados corresponden a una derrota de la armada, una más de la ristra de victorias de la moderna flota inglesa sobre la española, ya achacosa y con menor potencia de fuego, en ese tiempo. Ocurren en Cádiz frente al mar porque allí nace nuestro protagonista en los últimos años del siglo XVIII. Cádiz es mar que invade la tierra y barcos de guerra que la defienden. Los primeros recuerdos son hombres heridos y barcos desarbolados, derrotados en la batalla naval del Cabo San Vicente por los ingleses en 1797. 

La infancia de Gabriel no vive de estar muerta, son recuerdos de juegos de niños en la playa de la Caleta. Los niños de Cádiz son marineros en tierra, hijos de la mar, peces libres sin pedigrí, lazarillos nacidos en el agua salada, como Lázaro apellidado de Tormes por nacer en mitad del río donde su madre lo parió porque era molinera. Gente del pueblo llano como Pablos de Quevedo. Nacer con aletas que recrecen en los muñones y aprender a nadar para ellos es obligatorio, les viene de serie. Comprenden el mundo por la parte liquida del planeta, la más hostil a los seres humano. Su catequesis en tierra es luchar a pedradas con bandas rivales para marcar el territorio como hacen los animales. 

Gabriel rejuvenece al echar la vista atrás como el Lázaro del evangelio que se levanta y aprende a andar con corazón trasplantado y sangre nueva: “Esta sangre, tibio y perezoso humor que hoy apenas presta escasa animación a mi caduco organismo, se enardece, se agita, circula, bulle, corre y palpita en mis venas con acelerada pulsación”. Los recuerdos van a sus progenitores, las personas que le cuidaron en su minoría de edad, un homenaje a su madre que era muy hermosa: “El único ser que compensaba la miseria de mi existencia con un desinteresado afecto”. El protagonista muestra así el agradecimiento al símbolo biológico de la madre por ser cimiento de la sociedad y muestra un profundo desprecio a su tío, borracho maltratador, que se hizo cargo de él al quedarse huérfano. Abandona el hogar por malos tratos que le llevan a engrosar las tribus de los niños de la calle de la Bahía, de los que nadie se ocupa porque niños es lo que sobra. De esta sociedad de descuideros del hampa lo saca una pareja de edad avanzada de Vejer de la Frontera por casualidad, cuando escapaba de una leva para la marina que se preparaba para la guerra, con necesidad de carne de cañón. Pasa cuatro años a su servicio, trabajando de paje para ellos, de los diez a los catorce que eran los que contaba en 1805.


Mi fama me precederá 
Hasta el infinito y más allá 
Y vive Dios que escrito está: 
"Si te doy mi palabra 
No se romperá"
Loquillo




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 4 de marzo de 2021

Inés del alma mía (3). Isabel Allende. Ganaría la luna.

 


"A Chile, la región aún inexplorada, cuyo nombre en lengua aymara, quiere decir "donde acaba la tierra"


Inés del alma mía (3)
Isabel Allende

La novela no concede un momento de tregua. La trama continúa plena de aventuras, en una mezcla sabia de historia y ficción, protagonizada por personajes que se enfrentan a episodios de traición, acoso, sexo y amor apasionado; unos ingredientes que aseguran la tensión narrativa y la atención del lector; en definitiva, el éxito del relato. Pedro de Valdivia lo abandona todo cuando decide embarcarse para el Nuevo Mundo. Deja mujer (atada a una promesa de vuelta rico o hecho cenizas en una vasija de barro), madre, familia y amigos compañeros de su vida. Se empeña en pagar el pasaje y en conseguir la autorización real, pues con ella en mano “la aventura se llamaba conquista, sin ella era asalto a mano armada”.

Las playas de arenas blancas y las ramas abiertas de las palmeras  tranquilas del Caribe los reciben con una calma engañosa. A poco que dejan la playa y se adentran en la ciénaga, el reposo desaparece y cae sobre ellos una atmósfera de “vapor malsano, un hálito de dragón”, poco sospechaban que tendrían que utilizar la espada victoriosa en Flandes e Italia contra la naturaleza lujuriosa, el invencible lodazal putrefacto que engulle a los hombres, hincha los vientres y provoca hambrunas verdes. Acosados, además, por esquivos y aguerridos indígenas antropófagos que disparan flechas ponzoñosas.

Unos meses de padecimientos más tarde Jerónimo Alderete y Pedro de Valdivia se desmarcan de la disparatada expedición de El Dorado (“el reino de Satanás”), y regresan al campamento base. Se reponen de los estragos del viaje fallido en La Española. Allí les llega la llamada de socorro de Francisco Pizarro cuyas tropas se hallan debilitadas por la partida de Diego de Almagro hacia el sur. Pizarro hace frente a la insurrección general de los incas con las fuerzas mermadas. Cuando Valdivia llega al Perú la rebelión ya ha sido sofocada, ayudado por las tropas de Almagro que, diezmado, ha vuelto de Chile. Valdivia se había embarcado en Panamá rumbo a Perú con cuatrocientos hombres y Almagro había regresado debido a la resistencia de los Mapuche y al malestar de la tropa por las penalidades extremas de la expedición. Tuvo que atravesar los hielos perpetuos de las cumbres andinas y las arenas ardientes del desierto. Valdivia confiesa que a él solo le mueve el idealismo, busca la gloria al marchar al sur. Cuando había alcanzado riqueza y seguridad en Cuzco, abandona a la narradora como dejó a su esposa en Extremadura. Luego se enfrentan los dos porque dos gallos no caben en el mismo corral: Almagro derrota a Pizarro en el sitio de Abancay.

Inés Suarez aprende tarde a leer y a escribir, pero se atreve a hacer crítica literaria. Desaprueba los términos vertidos por Alonso de Ercilla en La Araucana, en la que exalta a los Mapuche y acusa a los españoles de crueldad y ambición de riqueza. La crítica se centra sobre todo en lo mal que tratan a las mujeres: “Cada hombre tiene varias mujeres, a las que trata como bestias de trabajo y crianza”. También tienen aspectos positivos como su falta de codicia, la lealtad y el respeto a la palabra dada. “El peor castigo es el exilio, la expulsión de la familia y de la tribu, más temida que la muerte”. Le preocupa que sean los versos de Ercilla, inventores de la Historia, los que perduren en el futuro y que queden en el olvido las penalidades que las mujeres han pasado en Chile desde la época de las fundaciones y únicamente se recuerden las hazañas de los hombres en los campos de batalla.


"La ciudad, recién fundada por Francisco Pizarro en un gran valle, me pareció eternamente nublada"

Uno de los momentos cumbres y más tristes de la novela es la narración de la guerra civil entre Almagro y Pizarro, personajes de carne y hueso,  desde el punto de vista de los nativos. La autora vuelve a mostrar su capacidad para la  narración al encaramarse a la atalaya desde la que los indígenas observan; alejarse de los hechos para coger perspectiva es un hecho inteligente para así narrar mejor uno de los episodios más negros de la historia de España al llevar los viejos rencores a las tierras nuevas. Los incas ven incrédulos cómo los barbudos viracochas se destrozan entre ellos en la batalla de Las Salinas a las puertas de Cuzco, siguiendo las mismas consignas y al grito de “¡Viva el Rey y España!, ¡Santiago y a ellos!”. El enfrentamiento copia la ortodoxia y los ritos de las batallas en los campos europeos causantes de matanzas extraordinarias atizadas por pandemias de odio nuevo. Los indios espectadores, ciegos de mascar coca, hartos de comer carne salada y templados de beber chicha se lanzan como posesos contra los supervivientes viracochas rematando la faena con furor de inca rabioso en pecado original. Como consecuencia de la lucha fratricida de Trujillo contra Almagro (Cáceres versus Ciudad Real o los patos de las lagunas de Ruidera contra las cigüeñas negras de Monfragüe), Diego de Almagro es ejecutado por orden de Hernando Pizarro porque la costumbre dicta que el fracaso de una rebelión se paga con el patíbulo.

Durante la breve estancia en el corredor de la muerte, Almagro le cuenta a Valdivia las penalidades que sufrieron en una tierra donde “hasta los piojos desaparecían, y las pulgas caían de las ropas como semillitas. Nada crecía allí, ni un liquen, todo era roca, viento, hielo y soledad”. Se presenta como un vencedor sobre los elementos; la sed y el insoportable calor del desierto y los Mapuche, un pueblo irreductible que no rehúsa la guerra y busca la libertad, libertad, sólo libertad.



"Conseguí embarcarme hacia el sur con un grupo de frailes dominicos"

El viaje de Inés desde Panamá hasta el Perú dura siete semanas. Va en un grupo de frailes Dominicos siguiendo los pasos de Juan de Málaga a quien ya no quiere, pero tampoco olvida, todavía lo desea porque nadie le ha dado tanto gozo como él en estos años de castidad forzada. A bordo siente el acoso de los hombres, como si desprendiera el olor de una hembra en celo, atacada por lobos con el rostro de Sebastián Romero. El miedo al mal francés y a quedarse preñada sofocan el deseo y mantienen la virtud intacta, algo que el cuerpo no desea. Un Dios justo le perdonará la debilidad incitada por el aire caliente, los aromas y sabores del Caribe igual que perdona los agravios a los indios en su nombre.

Hay que volver a reconocer la habilidad innata de la autora para introducir temas sin amontonar información, incluidos los más candentes y complejos, sin violentar el texto. Pocas palabras le bastan para explicar la génesis del mestizaje en la América hispana aunque sea de manera superficial y sectaria, metiendo el dedo en el ojo. Aprovecha la lentitud del viaje de Inés Suarez de Lima a Cuzco para extender la fe indigenista, para dar de comer a la propaganda anti española de la leyenda negra: “Me contaron que las damas españolas del Perú ni siquiera se limpiaban el trasero solas”. Allá se irían las pijas que pasean los perritos lustrosos que mean todas las esquinas y los parques de España. Hay alguna página del libro que es un toro ya toreado de antemano (el Cazarratas de la novela), que no pasa de ser una máquina de consagrar creencias falsas y acusar de tontos e ignorantes a los nativos que ni siquiera conocen el valor de las piedras preciosas.

Las guerras dejan a los países empobrecidos y desordenados. Cuando Inés llega a Cuzco la posguerra ha comenzado a paso lento y cauteloso. Existe un rencor latente que aflora a la menor provocación. Se cerciora de que su marido, Juan de Málaga, ha perdido la vida en el campo de batalla, luchando en el bando de los vencedores. Francisco Pizarro la recibe en el palacio del Virrey, le da una bolsa de dinero para poder sobrevivir y manda que el Ayuntamiento le facilite una casa de protección oficial, “modesta, pero decente”. A partir de aquí es mujer libre y su vida se cruzará con la de Pedro de Valdivia y Rodrigo de Quiroga en la conquista de Chile que es lo que nos ha traído a esta novela.



"La relación con Pedro de Valdivia me trastornó. No podía vivir sin él, un solo día sin verlo me afiebraba, una noche sin estar en sus brazos era un tormento"

El asentamiento de Inés Suárez en Cuzco no significa reposo o sosiego para la protagonista principal. La novela entra en una fase de aventuras amorosas y cortejo fugaz que la llevan a los brazos de Pedro de Valdivia, un hombre entero de facciones viriles, “rostro abierto aunque severo, fornido, buen porte de guerrero, manos endurecidas por la espada pero de dedos largos y elegantes”, que no era poco en un paisaje varonil marcado por cicatrices y mutilaciones.

De la pasión al amor y la decisión de ambos, juntos como si fueran uno en un himno de amor, de marchar a la conquista de Chile dejamos la novela porque es marzo y nos tenemos que marchar a las aguas del cabo Trafalgar donde se libró la batalla marítima, de triste recuerdo, que abre los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.


J'irais jusqu'au bout du monde
Je me ferais teindre en blonde
Si tu me le demandais
J'irais décrocher la Lune
J'irais voler la fortune
Si tu me le demandais






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 25 de febrero de 2021

Inés del alma mía (2). Isabel Allende. Ya no levanta las manos.




"Dicen que todo está descubierto en esas partes del mundo"

Inés del alma mía (2) 
Isabel Allende 

La prosa de Isabel Allende es elegante y rítmica, cuidada con esmero. Hay algo de Bécquer en ella, parecida a la de Azorín en las enumeraciones: “La vida se reducía a rezos, suspiros, confesiones y sacrificios”. La vida en Plasencia durante la Semana Santa, a tiro de piedra de la catedral vieja “cubierta de escamas talladas”, es un retrato costumbrista exagerado donde procesionan encapuchados penitentes, se escuchan gemidos de flagelantes como los gritos y las voces nítidas de un partido de futbol sin gente en los estadios, se exhiben cuerpos cubiertos de llagas y contemplamos elevaciones del suelo. Se recrea la autora en la descripción del tópico superficial y la propaganda de la leyenda negra de una España ignorante y perezosa, poblada de seres envidiosos y violentos, de estigmas, procesiones y conventos y cómo no, la Inquisición, ni una apreciación positiva, Una España merecedora de ser lanzada a las fauces sedientas de las redes sociales,  la consigna es destruir la parte de la historia que molesta. Una visión afortunadamente ya superada por la investigación histórica seria. Se le agradece a la narradora que no rematara la mala faena con una corrida de toros y cañas en la plaza de la villa para completar el retablo contada por un lego. La autora considerará que ya ha abusado suficiente de la propaganda gratuita y del tópico que lo da todo hecho. 

No podía faltar la figura del don Juan, aquí de nombre Juan de Málaga, joven seductor con empaque de torero, putero y picaflor, un don Juan exento, desprovisto de la problemática del Tenorio de Zorrilla. El sartenazo que Inés le sacude en los morros por su infidelidad y rijosidad es la epifanía, los golondrinos en los sobacos de Aureliano Buendía o el calabazón del Lazarillo contra el toro del puente romano de Salamanca. Se acabó la tontería de hacer de menos y pegar a las mujeres. Esta mujer, Inés superwoman de armas tomar, se habría ganado la vida dónde y cuándo le hubiera dado la gana, hasta en el infierno aliada de Satanás. Además de costurera, sabe cocinar con gran éxito, ayuda a las monjas a atender a las víctimas de la peste en hospitales y a los heridos del cotidiano navajeo callejero. Inés Suárez es analfabeta y presenta trazas de medio bruja, una zahorí con el valioso don de descubrir el agua invisible en el subsuelo. 

Durante años sólo recibe unos cuantos mensajes de Juan desde Venezuela que le lee el cura del pueblo y que le ayuda a responder como amanuense. A fuerza de privaciones consigue ahorrar para el pasaje y obtener el permiso real para embarcar, difícil de conseguir pues había que demostrar limpieza de sangre y ser acompañada por persona de respeto. Inés convence a Constanza, quince años de edad como la princesa Leonor que se va a Gales a estudiar. El amor por Juan de Málaga ha desaparecido, pero Inés quiere ser libre en el nuevo mundo. 


"Para obtener mis papeles, dos testigos debieron dar fe de que yo no era de las personas prohibidas, ni mora ni judía, sino cristiana vieja". 

El hilo principal de la narración encarnado en las vivencias de Inés Suárez no es lineal, va y viene de unos personajes a otros. De repente toma un camino que puede parecer secundario, pero que confluirá con la trama principal al otro lado del charco. Pedro de Valdivia se cría en Castuera a unas cuarenta y cinco leguas de Plasencia. (Se hacían unas ocho leguas diarias al paso de una buena caballería, imposible recorrerlos en tres jornadas como dice la autora). La novela adquiere relevancia al ser una mujer la que protagoniza el viaje al nuevo mundo, aunque sea empotrada en un mundo de hombres rudos y pendencieros. 

Aparece también Francisco de Aguirre de Talavera de la Reina (la autora escribe que cerca de Toledo, las distancias no deben ser las mismas que en América), se hace amigo de Pedro de Valdivia en los invencibles Tercios de Flandes. Ambos saben leer y escribir, son unos fieras en la batalla. Comparten con el emperador Carlos V el 1500 como fecha de nacimiento. La crueldad es una virtud en la guerra. Participan en las campañas de Flandes e Italia. La compañía mandada por Valdivia detiene al rey de Francia, Francisco I en la legendaria batalla de Pavía. La sangre de diez mil soldados empapa el campo de batalla. Aprende que la guerra es una ciencia que requiere estudio y lógica para ganar, no sólo vehemencia y fogosidad de hombres como Francisco de Aguirre. 

Isabel Allende vuelve a caer en el tópico fácil en esta parte de la novela. Ahonda en el desprecio y ese hacer de menos todo lo conseguido por los militares y políticos españoles cuando en sus dominios no se ponía el sol. Los soldados de los tercios eran mercenarios, entre ellos estaban los feroces lansquenetes alemanes y suizos, cobraban la soldada tarde, mal y nunca. Ebrios de alcohol y sangre entran a saco y espada en Roma dispuestos a aplicar sin contemplaciones el derecho de victoria. Matan a destajo a todo bicho viviente, saquean, decapitan estatuas y personas, roban. “Durante los primeros ocho días fue tan cruel la matanza, que la sangre corría por las calles y se coagulaba entre las piedras milenarias”. Violan mujeres y niñas, torturan y profanan templos y reliquias sagradas. La rapiña dura sesenta días a pesar de que Valdivia y Aguirre ponen su espada a favor de las víctimas perdedoras. Aguirre obtiene del Papa Clemente VII el permiso para casarse con su prima a la que exige fidelidad sin correspondencia porque él no puede renunciar a las mujeres, al vino y a la espada. No parece que hubiera problemas de infidelidades porque aún se habla del mítico ardor de la pareja. Los vecinos se juntaban para apostar sobre la cantidad de asaltos amorosos de las noches toledanas a orillas del Tajo y del Alberche. 


-¡A mí, teutones hijos de puta!-gritaba aquel vasco tremendo, rojo de ira,  enorme, blandiendo la espada como un garrote"

Con la soldada y el saqueo los soldados imperiales no se ponen millonarios como toreros, pero sí lo suficiente para ponerse en marcha en el regreso a España. Pedro de Valdivia invierte en su patrimonio. Marina lo espera con diecisiete años de mujer hecha y derecha. Sin embargo, en asuntos de alcoba se parece a una oveja quieta que acaba por aburrir al marido. Durante unos años se dedica al ganado y las cosechas, a mirar al cielo a esperar la lluvia y a la lectura del Cid Campeador y autores como Solino y John Mandeville que le mantienen alerta y le hacen soñar en aventuras y fundación de ciudades nuevas. 

La autora juega con habilidad, arma un dialogo entre Jerónimo Alderete y Pedro de Valdivia en el que aquél le cuenta cómo “sesenta y dos zarrapastrosos caballeros y ciento seis exhaustos soldados de a pie” conquistan el imperio inca y le pone los dientes largos con la gloria y el oro de Atahualpa. Se convence de que su destino está allí, más allá de los mares. 

El capítulo termina con Inés recién llegada a Panamá, rodeada de animales y pasajeros rijosos, después de una azarosa travesía de tres meses de océano junto a su sobrina Constanza, una quinceañera que cae rendida a los encantos de Daniel Belalcázar, cronista y dibujante enviado por la corona y que le dobla en edad. Se casan al llegar a Cartagena. Inés Suárez se gana el respeto de la tripulación y resto de pasajeros poniendo en práctica sus conocimientos de cocina y de barbera, cauterizando heridas, componiendo huesos de los marineros después de una tormenta que causa estragos y a sartenazos como hiciera antes con Juan de Málaga. En Cartagena manda a mejor vida a un marinero llamado Sebastián Romera al pasarse de la raya.


"Fina cadencia en el anca,
brillante seda en las crines,
y el nervio tierno y alerta
para el deseo del amo.
Ya no levanta las manos
para luchar con la arena,
quedó plasmado en el tiempo
su andar de paso peruano".




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


sábado, 20 de febrero de 2021

Inés del alma mía (1). Isabel Allende. Las manzanas no huelen.






Inés del alma mía (1)
Isabel Allende 

Isabel Allende nace en Perú en 1942, hija de diplomático, primo hermano de Salvador Allende, mítico presidente de Chile que muere metralleta en mano defendiendo el Palacio de la Moneda y la democracia chilena. La autora tiene que exiliarse (el más terrible mal que le puede pasar a un ser humano) en Venezuela en 1975 porque el régimen excesivo de Pinochet no “tolera que exista un pensamiento libre y crítico que desafíe su propaganda”. La sobrina del presidente caído trabaja de periodista en Santiago, actividad que pretende continuar en Caracas con muchas dificultades porque no es lo mismo la austeridad y rigor chileno que la laxitud y flojera caribeña. De la necesidad y de la magia del mar Caribe hace virtud que la empuja a escribir novela, de aquí surge “La casa de los espíritus”, su obra maestra. 

La vida de Isabel Allende contiene un culebrón sudamericano. A poco que se indague en su biografía se observa que tuvo una infancia feliz, exenta de preocupaciones materiales. Se la puede considerar una privilegiada del sistema que recibe una educación exquisita, ve el mundo desde una posición pequeño burguesa que le permite tiempo libre para leer con bolígrafo y papel y aprender las estrategias de la escritura, eso no quiere decir que pueda vivir sin trabajar. Ni siquiera Bill Gates que nos quiere poner a comer hamburguesas sintéticas lo hace aunque pueda. Isabel Allende es una profesional de la escritura desde que tiene uso de razón, al estilo de los grandes autores hispano americanos como Julio Cortázar, Juan Rulfo, García Márquez o Vargas Llosa. Por citar a algunos que rompieron la vajilla y la precedieron en el oficio de retorcerle el cuello al cisne con excelencia en sus países respectivos. 

Isabel Allende levanta controversia cada vez que escribe una novela porque sus obras se convierten en superventas para los estándares del idioma castellano. A mi juicio es una escritora con oficio, gran capacidad de contar historias y con baraka. La suerte la encuentra trabajando. Construye artefactos narrativos sencillos que sigue a rajatabla. Le da al lector todo bien migado para que no tenga que volverse del revés para entender la lectura, leyéndola se pasa un buen rato. Hay quien la acusa de ser una simple escribidora, pero de las mejores, diría yo. Siempre hay celos y gente que le tiene gato cuando escuchamos estas apreciaciones de colegas de profesión que todo lo critican. Enseñar deleitando también es un arte, pues como afirmaba Cervantes, no siempre se está en los oratorios, la lectura tiene esa vertiente de liberación para el lector, un respirar y andar por las alamedas. La escritura como juego divertido, no ese semblante de cabreo permanente en el que algunos se asientan. Se nota que Isabel Allende se divierte al escribir. 

Mi ejemplar de “Inés el alma mía” es de tapa dura y presenta una portada espectacular que te gana por la vista. Un desnudo de mujer de aroma mediterráneo, espectáculo de sensualidad. La imagen está atribuida a Leopold Reutlinger, hacia 1890. Me recuerda a aquella descripción magistral de Gabriel García Márquez en “Cien años de soledad”: “Entonces comprendió que no era esa la mujer que esperaba, porque no olía a humo sino a brillantina de florecitas, y tenía los senos inflados y ciegos con pezones de hombre y el sexo pétreo y redondo como una nuez y la ternura caótica de la inexperiencia exaltada. Era virgen y tenía el nombre inverosímil de Santa Sofía de la Piedad”. Una mujer varonil (un marimacho, diría un castizo). Pedro Ojeda nos presenta el término “varona”, más académico. 

La autora nos advierte que la protagonista, Inés Suarez (1507-1580), nace en Plasencia, tierra fértil bañada por el río Jerte, a tiro de piedra de la frontera natural, la montaña que separa la llanura extremeña de la meseta castellana. Viaja a América a los treinta años de edad donde tuvo influencia política y poder económico. Añade que la razón que le decidió a escribir sobre Inés estriba en que ha sido una mujer olvidada durante cuatro siglos largos. Concluye que ella únicamente ha dado continuidad a hechos ciertos, narrados en las crónicas de la época y entregadas a los Dominicos por su hija Isabel de Quiroga en 1580. Hay cierto aroma cervantino en esta construcción del narrador en semejanza a los cartapacios de la Alcana de Toledo. 




A continuación, nos topamos con un mapa que representa la morfología alargada de Chile, el “largo pétalo de mar” de Neruda. La expedición de Valdivia (1540-1541), la época de los expedicionarios fundadores de ciudades. Si nos fijamos un poco es notable el mestizaje de nombres nativos araucanos y españoles: Chiuchiu, La Serena; Atacama, Santiago; etc. 

Sigue una ilustración en b/n de Manuel Ortega que reproduce un óleo de José Mercedes Ortega conservado en el Museo Histórico Nacional de Santiago de Chile en la cual vemos a Inés espada en mano animando con su presencia poderosa a los soldados en la defensa de Santiago. Las seis ilustraciones que preceden a cada uno de los capítulos en los que Allende divide la obra son de la edición de 1852 de “La Araucana” de Alonso de Ercilla. 

Aunque todo lo anterior sea novela, conviene destacar que el relato propiamente dicho no comienza hasta la página trece. Un largo prolegómeno de explicaciones para que el lector no se llame a engaño. El relato está en primera persona, Inés Suarez, conquistadora, capitana fundadora presiente que ha entrado en el tiempo de descuento y escribe las memorias. Ha sido testigo y vivido desde la primera hora la conquista y fundación de medio Chile. Ha enterrado a muchos de los suyos y esa tierra ya es suya. Macondo no es tierra de los fundadores hasta que no inauguran el cementerio. Ella ha enterrado a Catalina en Santiago, una criada quechua, de Cuzco, que la ha acompañado desde los tiempos del gran viaje hacia el sur. Inés tercia en el desorden del mundo nuevo, “donde no rigen las leyes de la tradición y todo es revoltura: santos y pecadores, blancos, negros, pardos, indios, mestizos, nobles y gañanes”. Llega a señora viuda del Gobernador, Rodrigo de Quiroga, conquistadora y fundadora del Reino de Chile. 

Una visita a la reproducción de las naves de Colón (la Santa María, la Pinta y la Niña) en Palos de la Frontera, debería ser obligatoria para cualquiera que quisiera tasar el valor de aquellos seres humanos que se decidían a cruzar los miles de kilómetros de océano en dirección oeste, siempre hacia la tumba del sol. Sólo los mejores, hombres y mujeres con la hierba entre los dientes, los más audaces, pendencieros ávidos de aventura se atrevían a embarcar en aquellas auténticas cáscaras de nuez. Algo parecido ocurre ahora con los que dicen que nada tienen que perder, llegan a las envejecidas playas mediterráneas desde los países jóvenes de más al sur en cayucos y pateras con camisetas de Messi y móviles de última generación en los bolsillos tras pagar un dineral por el embarque. En la actualidad el viaje de la emigración es desde el sur hasta el norte. El viaje es a un país más acomodado cuanto más al norte es el desplazamiento, ocurre también en todos los países tomados de uno en uno. Por lo que observamos las costumbres se mantienen sin cambio desde el siglo XVI. Primero viajan ellos, los más capaces de las razas autóctonas, que se abren camino en las dificultades y luego lo hacen ellas cuando consiguen los papeles, reclamadas por los varones desde los países de destino,  paliando así un poco el desequilibrio de sexo. Puede que huyan del hambre y de las guerras, como haría todo ser humano acuciado por la necesidad, pero el movimiento emigratorio es voluntario.

Lo dejamos con "un olor a almendras amargas", sin pasar de la primera página de la novela con una oración de súplica de Joan Manuel Serrat: 

Que las manzanas no huelen 
 que nadie conoce al vecino, 
 que a los viejos se les aparta 
 después de habernos servido bien.




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 8 de abril de 2020

Ulises (1) James Joyce (capítulo 1). Como un gángster que viva en España.




"¿Cuánto tiempo se va a quedar Haines en esta torre?"

Ulises (1) 
James Joyce (capítulo 1) 

La lectura completa de Ulises de Joyce es un trofeo único, se asemeja a la cabeza disecada de Bailaor en la pared de la casa de un torero. El toro que cualquier lidiador habría querido enlotar para darle fiesta y que Joselito, el Rey de los Toreros, hubiera podido seguir viviendo y liderando el escalafón otras cuantas temporadas más. Leer Ulises es también una cura de humildad para el lector. Aquí muere la prepotencia del lector aristocrático, aquí quiero yo ver a la aristocracia lectora agachar la cabeza y ofrecer la nuca desnuda al sacrificio, rendido ante la inteligencia de James Joyce en estado febril. Una novela exigente, ante la cual los espíritus más resistentes al sufrimiento se sienten desbordados por el glorioso caudal de continente y contenido indescifrable, para la mayoría entre los que me incluyo, que fluye entre sus páginas. He aquí unas notas tomadas al vuelo durante la lectura, con poco valor y sin mayor pretensión, uno no va a descubrir la rueda sobre el libro más comentado de la historia de la literatura. 

El gordo Buck Mulligan es el personaje mandón del relato. Mulligan estudia Medicina. Se nos presenta con ínfulas de padre predicador en este comienzo del relato que tiene lugar en la torre Martello a unas siete millas de Dublín. Su cara es difícil de mirar debido a su longitud caballuna. Los dientes son “blancos e iguales brillando acá y allá en puntos de oro”. Una suerte de Makinavaja cervantino con esa obsesión por los dientes: “Sólo con que pudiéramos vivir de buenos alimentos como éste […] no tendríamos el país lleno de dentaduras podridas y tripas podridas”. El pelo intonso, como los libros de segunda mano intactos que compras en el rastro, sin abrir siquiera. Pero aquí se refiere a la tonsura de los clérigos (untonsured hair)con mechones y canoso a vetas. Mulligan es un cura falso y judío, irreverente y blasfemo que se dispone a afeitarse como primera faena del nuevo día. Lleva una bacía de níquel quijotesca y los trastos de afeitar entre las manos. Nadie puede decir que don James no haya leído el Quijote o a santo de qué iba el irlandés a comenzar la novela con el baciyelmo quijotesco más ambiguo y misterioso. O al menos eso parece indicar al usurpar el yelmo que corona la cabeza del caballero andante, el otro aventurero y viajero por antonomasia, en tantas portadas para abrir el viaje de ida y vuelta de Ulises. 

Mulligan recibe el nuevo día con un Introibo ad altare dei, comienzo de las misas de antes. Se trata de una celebración extraña porque carece de feligreses, si acaso Stephen que le hace de monaguillo sumiso y un inglés llamado Haines. Tres personajes enjaulados en una torre que resisten durante una cuarentena, como ahora estamos medio mundo viendo la televisión y sin salir. La misa dura lo que Mulligan tarda en afeitarse. 

Es difícil que la primera página de una novela sea más universal y simbólica, dedicada a Jesucristo, el hijo de Dios hecho hombre y a don Quijote, dos de los influencers más célebres en la historia de la realidad y de la ficción. Mulligan: mitad Cristo; mitad don Quijote. 

Mojar la brocha, enjabonarse una de las mejillas y cuello por igual y con cuidado. La barbilla con cautela, la espuma en la navaja barbera, petición del moquero verdemoco de Stephen para limpiarla. Enjabonar la otra mejilla con la brocha y afeitarse por igual, con cuidado, sin hablar, seriamente para no darse un mal tajo y sangrar, sangre y llagas del católico. Volver a limpiar la navaja y plegarla, palparse la piel lisa con golpecitos de las yemas. Sentir el traqueteo del espejo y la navaja en el bolsillo donde están guardados. 

Stephen es un bardo verdemoco, un cuerpo escombro que limpiar de gusanera putrefacta, que usa pantalones de segunda mano o segunda pierna estrenados por cualquier sifilítico. A decir de Mulligan “Mata a su madre pero no puede ponerse pantalones grises”. Vive atado a los recuerdos de la muerte de su madre. Un tipo que vive en Villatontos con Conolly Norman dice que padece la parálisis general de los alienados. Stephen Dedalus, que huye de la limpieza y del agua, el limpiador de la bacía de Mulligan huele “la baba pegajosa de la espuma en que estaba metida la brocha”. “El siervo de los siervos”, el hijo de un inglés y una italiana. Stephen el palanganero. El leve olor a cenizas mojadas de su madre moribunda lo persigue, el espejo rajado lo delata. Se pasea por la torre con un bastón de fresno con la contera desgastada de tanto arrastrarlo. Las varas de fresno eran muy apreciadas porque de ellas los celtas sacaban las lanzas. Al final del capítulo Stephen se va de la torre, en ella quedan Haines y Mulligan al que cataloga de usurpador. Cuidado con el “Cuerno de toro, pezuña de caballo, sonrisa de Sajón”. 

Haines tiene el dinero por castigo, ha ido a un buen colegio inglés, antisemita nacionalista inglés que justifica la invasión inglesa de la isla esmeralda, le echa la culpa a la historia; “Después de todo, yo diría que uno es capaz de liberarse. Uno es su propio amo, me parece”. Un “oxonian” docto que habla gaélico para envidia de los irlandeses que lo ignoran, como la lechera que va a la torre a vender la leche recién ordeñada a granel. Haines le cae fatal a Stephen, sobre todo las pesadillas en las que habla en voz alta. Un recaudador de prepucios. 

Otro día (esperemos que sea antes de otro año) hablaremos sobre el narrador de este primer capítulo, que es lo más sorprendente de este complejo artefacto narrativo.

All that trouble all that grief that's why I had to leave 
Staying away too tong is in defeat 
Why I'm singing this song, why I'm heading back home? 
That's what makes the Irish heart beat 
I'm just like a hobo riding a train, 
I'm like a gangster living in Spain 
Have to watch my back and I'm running out of time 
When I roll the dice again if lady luck will call my name 
That's what makes the Irish heart beat