jueves, 4 de marzo de 2021

Inés del alma mía (3). Isabel Allende. Ganaría la luna.

 


"A Chile, la región aún inexplorada, cuyo nombre en lengua aymara, quiere decir "donde acaba la tierra"


Inés del alma mía (3)
Isabel Allende

La novela no concede un momento de tregua. La trama continúa plena de aventuras, en una mezcla sabia de historia y ficción, protagonizada por personajes que se enfrentan a episodios de traición, acoso, sexo y amor apasionado; unos ingredientes que aseguran la tensión narrativa y la atención del lector; en definitiva, el éxito del relato. Pedro de Valdivia lo abandona todo cuando decide embarcarse para el Nuevo Mundo. Deja mujer (atada a una promesa de vuelta rico o hecho cenizas en una vasija de barro), madre, familia y amigos compañeros de su vida. Se empeña en pagar el pasaje y en conseguir la autorización real, pues con ella en mano “la aventura se llamaba conquista, sin ella era asalto a mano armada”.

Las playas de arenas blancas y las ramas abiertas de las palmeras  tranquilas del Caribe los reciben con una calma engañosa. A poco que dejan la playa y se adentran en la ciénaga, el reposo desaparece y cae sobre ellos una atmósfera de “vapor malsano, un hálito de dragón”, poco sospechaban que tendrían que utilizar la espada victoriosa en Flandes e Italia contra la naturaleza lujuriosa, el invencible lodazal putrefacto que engulle a los hombres, hincha los vientres y provoca hambrunas verdes. Acosados, además, por esquivos y aguerridos indígenas antropófagos que disparan flechas ponzoñosas.

Unos meses de padecimientos más tarde Jerónimo Alderete y Pedro de Valdivia se desmarcan de la disparatada expedición de El Dorado (“el reino de Satanás”), y regresan al campamento base. Se reponen de los estragos del viaje fallido en La Española. Allí les llega la llamada de socorro de Francisco Pizarro cuyas tropas se hallan debilitadas por la partida de Diego de Almagro hacia el sur. Pizarro hace frente a la insurrección general de los incas con las fuerzas mermadas. Cuando Valdivia llega al Perú la rebelión ya ha sido sofocada, ayudado por las tropas de Almagro que, diezmado, ha vuelto de Chile. Valdivia se había embarcado en Panamá rumbo a Perú con cuatrocientos hombres y Almagro había regresado debido a la resistencia de los Mapuche y al malestar de la tropa por las penalidades extremas de la expedición. Tuvo que atravesar los hielos perpetuos de las cumbres andinas y las arenas ardientes del desierto. Valdivia confiesa que a él solo le mueve el idealismo, busca la gloria al marchar al sur. Cuando había alcanzado riqueza y seguridad en Cuzco, abandona a la narradora como dejó a su esposa en Extremadura. Luego se enfrentan los dos porque dos gallos no caben en el mismo corral: Almagro derrota a Pizarro en el sitio de Abancay.

Inés Suarez aprende tarde a leer y a escribir, pero se atreve a hacer crítica literaria. Desaprueba los términos vertidos por Alonso de Ercilla en La Araucana, en la que exalta a los Mapuche y acusa a los españoles de crueldad y ambición de riqueza. La crítica se centra sobre todo en lo mal que tratan a las mujeres: “Cada hombre tiene varias mujeres, a las que trata como bestias de trabajo y crianza”. También tienen aspectos positivos como su falta de codicia, la lealtad y el respeto a la palabra dada. “El peor castigo es el exilio, la expulsión de la familia y de la tribu, más temida que la muerte”. Le preocupa que sean los versos de Ercilla, inventores de la Historia, los que perduren en el futuro y que queden en el olvido las penalidades que las mujeres han pasado en Chile desde la época de las fundaciones y únicamente se recuerden las hazañas de los hombres en los campos de batalla.


"La ciudad, recién fundada por Francisco Pizarro en un gran valle, me pareció eternamente nublada"

Uno de los momentos cumbres y más tristes de la novela es la narración de la guerra civil entre Almagro y Pizarro, personajes de carne y hueso,  desde el punto de vista de los nativos. La autora vuelve a mostrar su capacidad para la  narración al encaramarse a la atalaya desde la que los indígenas observan; alejarse de los hechos para coger perspectiva es un hecho inteligente para así narrar mejor uno de los episodios más negros de la historia de España al llevar los viejos rencores a las tierras nuevas. Los incas ven incrédulos cómo los barbudos viracochas se destrozan entre ellos en la batalla de Las Salinas a las puertas de Cuzco, siguiendo las mismas consignas y al grito de “¡Viva el Rey y España!, ¡Santiago y a ellos!”. El enfrentamiento copia la ortodoxia y los ritos de las batallas en los campos europeos causantes de matanzas extraordinarias atizadas por pandemias de odio nuevo. Los indios espectadores, ciegos de mascar coca, hartos de comer carne salada y templados de beber chicha se lanzan como posesos contra los supervivientes viracochas rematando la faena con furor de inca rabioso en pecado original. Como consecuencia de la lucha fratricida de Trujillo contra Almagro (Cáceres versus Ciudad Real o los patos de las lagunas de Ruidera contra las cigüeñas negras de Monfragüe), Diego de Almagro es ejecutado por orden de Hernando Pizarro porque la costumbre dicta que el fracaso de una rebelión se paga con el patíbulo.

Durante la breve estancia en el corredor de la muerte, Almagro le cuenta a Valdivia las penalidades que sufrieron en una tierra donde “hasta los piojos desaparecían, y las pulgas caían de las ropas como semillitas. Nada crecía allí, ni un liquen, todo era roca, viento, hielo y soledad”. Se presenta como un vencedor sobre los elementos; la sed y el insoportable calor del desierto y los Mapuche, un pueblo irreductible que no rehúsa la guerra y busca la libertad, libertad, sólo libertad.



"Conseguí embarcarme hacia el sur con un grupo de frailes dominicos"

El viaje de Inés desde Panamá hasta el Perú dura siete semanas. Va en un grupo de frailes Dominicos siguiendo los pasos de Juan de Málaga a quien ya no quiere, pero tampoco olvida, todavía lo desea porque nadie le ha dado tanto gozo como él en estos años de castidad forzada. A bordo siente el acoso de los hombres, como si desprendiera el olor de una hembra en celo, atacada por lobos con el rostro de Sebastián Romero. El miedo al mal francés y a quedarse preñada sofocan el deseo y mantienen la virtud intacta, algo que el cuerpo no desea. Un Dios justo le perdonará la debilidad incitada por el aire caliente, los aromas y sabores del Caribe igual que perdona los agravios a los indios en su nombre.

Hay que volver a reconocer la habilidad innata de la autora para introducir temas sin amontonar información, incluidos los más candentes y complejos, sin violentar el texto. Pocas palabras le bastan para explicar la génesis del mestizaje en la América hispana aunque sea de manera superficial y sectaria, metiendo el dedo en el ojo. Aprovecha la lentitud del viaje de Inés Suarez de Lima a Cuzco para extender la fe indigenista, para dar de comer a la propaganda anti española de la leyenda negra: “Me contaron que las damas españolas del Perú ni siquiera se limpiaban el trasero solas”. Allá se irían las pijas que pasean los perritos lustrosos que mean todas las esquinas y los parques de España. Hay alguna página del libro que es un toro ya toreado de antemano (el Cazarratas de la novela), que no pasa de ser una máquina de consagrar creencias falsas y acusar de tontos e ignorantes a los nativos que ni siquiera conocen el valor de las piedras preciosas.

Las guerras dejan a los países empobrecidos y desordenados. Cuando Inés llega a Cuzco la posguerra ha comenzado a paso lento y cauteloso. Existe un rencor latente que aflora a la menor provocación. Se cerciora de que su marido, Juan de Málaga, ha perdido la vida en el campo de batalla, luchando en el bando de los vencedores. Francisco Pizarro la recibe en el palacio del Virrey, le da una bolsa de dinero para poder sobrevivir y manda que el Ayuntamiento le facilite una casa de protección oficial, “modesta, pero decente”. A partir de aquí es mujer libre y su vida se cruzará con la de Pedro de Valdivia y Rodrigo de Quiroga en la conquista de Chile que es lo que nos ha traído a esta novela.



"La relación con Pedro de Valdivia me trastornó. No podía vivir sin él, un solo día sin verlo me afiebraba, una noche sin estar en sus brazos era un tormento"

El asentamiento de Inés Suárez en Cuzco no significa reposo o sosiego para la protagonista principal. La novela entra en una fase de aventuras amorosas y cortejo fugaz que la llevan a los brazos de Pedro de Valdivia, un hombre entero de facciones viriles, “rostro abierto aunque severo, fornido, buen porte de guerrero, manos endurecidas por la espada pero de dedos largos y elegantes”, que no era poco en un paisaje varonil marcado por cicatrices y mutilaciones.

De la pasión al amor y la decisión de ambos, juntos como si fueran uno en un himno de amor, de marchar a la conquista de Chile dejamos la novela porque es marzo y nos tenemos que marchar a las aguas del cabo Trafalgar donde se libró la batalla marítima, de triste recuerdo, que abre los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.


J'irais jusqu'au bout du monde
Je me ferais teindre en blonde
Si tu me le demandais
J'irais décrocher la Lune
J'irais voler la fortune
Si tu me le demandais






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


1 comentario:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Trafalgar nos espera, pero antes das el adiós correcto a esta novela, mezcla sabia de narración de aventuras y visión de la sociedad desde la perspectiva de mujer, como bien dices.
En esta entrada tuya está todo.
Alonso de Ercilla escribe su obra de oídas. Es un gran poeta y construye una visión canónica de lo que se creyó ocurrido. Hoy sabemos que es literatura, de la buena, pero literatura.