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domingo, 2 de mayo de 2021

EPISODIOS NACIONALES. Trafalgar (y 5). Benito Pérez Galdós. Héroe sin ilusión.

 



"Don José María había forjado una leyenda de heroísmo y habilidad"


EPISODIOS NACIONALES 
Trafalgar (y 5) 
Benito Pérez Galdós 

Todas las guerras acaban porque no hay calamidad que cien años de soledad dure ni cuerpo humano ni zopilote que lo resista. A bordo de la patera pilotada por Marcial, vencidos y desarmados navegan ingleses y españoles, luchando unidos contra la tempestad que amenaza con engullirlos. Fijan la mirada en el hueco de agua que deja el Trinidad al desaparecer. Dan gracias al cielo que los protege por no formar parte de la terrible agonía del ejército de heridos abandonados por el triaje de selección darwinista cuando vienen mal dadas. 

Los recogen en el Santa Ana cautivo, desarbolado y sin timón, pero con el casco en mejores condiciones que el Santísima Trinidad. Allí se encuentran con Malespina que les cuenta con elocuencia el combate del San Juan de Nepomuceno contra seis barcos ingleses y el romance de valentía de Churruca que muere en sus brazos a la edad de cuarenta y cuatro con la entereza de los héroes de leyenda. Las Cortes de Cádiz, padres de la primera constitución española y europea, acuerdan que nunca falte en la Armada Real un navío con su nombre. Se alzan monumentos por todos los rincones y comarcas españolas en honor del héroe de Motrico. A España le caben muchos héroes en la cabeza. 

La intensidad del relato de Malespina, la excitación de los cañonazos y los gritos de los heridos le impiden conciliar el sueño durante la noche, sólo la fatiga del amanecer de una noche toledana le gana para su causa. Le despierta el mismo estruendo de cañonazos que le impidió dormir. La tripulación del Santa Ana se rebela, apresan a los ingleses guardianes, enarbolan el pabellón español y la emprenden a cañonazos contra dos navíos británicos, “con más ardor porque tienen menos vida que perder”. La suerte en forma de barcos aliados viene a socorrerlos. Como consecuencia de este segundo combate que no sale en los libros de historia, el Santa Ana queda más dañado, únicamente puede avanzar remolcado por el Themis, una fragata francesa. Un niño que guía a un gigante. La suerte se tuerce al oscurecer, se desatan los elementos, irritados como un dios antiguo destronado. “La mar, cada vez más turbulenta, furia aún no aplacada con tanta víctima, bramaba con ira, y su insaciable voracidad pedía mayor número de presas”. Una tormenta terrible los arrastra mar adentro. 

 El lastimoso estado físico de Malespina y Marcial sube un grado el estado de tristeza que invade a Gabriel y a su amo. El comandante Álava ordena que los heridos se trasborden al Rayo. Los heridos hacen cola para bajar a los botes salvavidas con el temor de que el Santa Ana no resista los embates de la tormenta. 

La voz embustera de Malespina padre rebaja la tensión a bordo del Rayo. El humor en mitad de la tragedia. Los enanos de Velázquez que divierten al Rey. Por él nos enteramos de que Gravina había llegado a puerto con algunas naves y él se había embarcado con la misión de recoger navíos desmantelados y rescatar prisioneros. Para heridas las de la guerra del Rosellón que él vivió “desde el introito hasta el Ite, missa est”, lo de su hijo no es más que un rasguño. La cabeza en permanente revolución del viejo Malespina le da vueltas de campana, inventa el barco de guerra a vapor, blindado con doble casco de acero impenetrable a las bombas inglesas. “Todos los mentirosos me parecen hombres de genio”, reflexiona Gabriel cincuenta años después al recordar el suceso para escribir las memorias de la manera más fiel posible y más ajustada a la realidad. 

El Rayo queda a merced de la naturaleza violenta. El viento huracanado hace imposible poner la proa rumbo a la Bahía de Cádiz. La pérdida del barco es inevitable. Un crujido espantoso y la parada en seco les indica que han hundido la quilla en un banco de arena. El barco se inclina a un costado y a otro, como el toro que pasa al torero cogido de uno a otro pitón como un muñeco de trapo, a merced de las olas furiosas a la vista de la desembocadura del río Guadalquivir entre Almonte y Sanlúcar. 



"La alta encina quiere convertirse en humilde hierba"

Una balandra enviada desde Chipiona al oír los cañonazos de auxilio los socorre. Marcial está demasiado débil para embarcarse en alguna de las lanchas, Gabriel duda entre irse o quedarse con Medio Hombre. La narración de la muerte de Marcial agarrado a los restos del Rayo, derrotado por la naturaleza hostil, y el monólogo a modo de confesión a Gabrielillo, es una cumbre de la literatura sentimental, apela a la emoción para provocar lágrimas en el lector. Ante una muerte así “al modo de perro o gato, no necesita de que un cura venga y le dé la solución, sino que basta y sobra con que uno mismo se entienda con Dios”, se pone un nudo en la boca del estómago que impide respirar. Marcial se va a toda vela y Gabriel pierde los sentidos cuando un violento golpe de mar sacude la proa y borra del mar los restos del arrogante barco de guerra. Mucho que llorar en este relato de Galdós

Un frío intenso, un escalofrío seco, recupera a Gabriel para el mundo de los vivos, reaparece tumbado en la arena de la playa agotado como un náufrago. Unos hombres lo observan con interés de expertos virólogos en periodo de pandemia y lo compadecen. Lo llevan a una casa donde se recupera cuidado por una vieja. A los dos días se despide y se marcha playa alante hasta Sanlúcar, allí se encaraba con un marinero hasta Rota donde se embarca para Cádiz. Se trata de un marinero veterano escarmentado del maltrato que reciben los marineros del Rey. No le extraña que los ingleses los derroten una y otra vez cuando la mayoría de los jefes de barcos del veintiuno no cobran desde hace meses. En lo del veintiuno estuvo en el Bahama mandado por Alcalá Galiano, otro héroe de leyenda que aguantó en pie dando órdenes sin mirarse las heridas ni importarle la sangre que le saltaba a la cara hasta que una bala rasa de calibre mediano le vuela la cabeza. 

Gabriel descubre en Cádiz la verdadera dimensión del desastre de la escuadra. Los salvados, sanos y heridos, son rodeados por una multitud ávida por conocer el paradero de los suyos. Observa que la supervivencia se vende cara, casi siempre gana la banca en el envite de la suerte. 

En esta parte final del relato, Galdos insiste en el comportamiento ejemplar de la población de Cádiz con los heridos de los dos bandos. Gabriel piensa que quizás se deba a la magnitud del desaguisado. Mientras Napoleón pierde batallas en el mar, las gana en tierra gracias a la superioridad de su ejército y a su genio de estratega militar. Napoleón ni se molesta por lo de Trafalgar, quizás medio satisfecho por la debacle de su aliado y futuro enemigo. 



"Sin perder tiempo salí de Medina Sidonia, decidido a no servir ni en aquella casa ni en la de Vejer".

Cuando parece que todo el pescado está vendido, Galdós nos sorprende con el as que guarda en la manga para el final. El ingrediente sorpresa del guiso. Una anagnórisis: la aparición sano y salvo de Rafael Malespina al que todos dábamos por muerto en un episodio de consternación general, mezcla de llantos, gritos y sollozos en la casa de doña Flora donde se hospedan doña Francisca, Rosita y don Alonso. Rafael Malespina se recupera en Sanlúcar y para allá salen a cuidarlo don José María y familia. A los dos meses se casan en Vejer y se mudan a vivir a Medina Sidonia. 

La cuenta atrás de don Alonso empieza con la derrota de Trafalgar y se acelera con la muerte de Marcial. Se siente abrumado por los reproches de doña Francisca como si hubiera sido suya la decisión de salir de puerto a romper el cerco de Cádiz y no del cojonudismo hispano de Gravina que echó un órdago a Villeneuve cuando éste acusó a los oficiales españoles de falta de valor en una reunión de coordinación. Don Alonso reza hasta el embarque en la nave que nunca ha de tornar. 

Gabriel no acepta la oferta de trabajar para los recién casados, Malespina y Rosita, y coge una diligencia para Madrid, villa, corte, confección y libertad, tumba de bastantes ismos, rompeolas de todas las españas. Ite missa est.

Encerrado en el tiempo
Ha perdido el valor
Para escapar de su celda
El héroe sin ilusión
Héroes del Silencio





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


viernes, 23 de abril de 2021

EPISODIOS NACIONALES. Trafalgar (4). Benito Pérez Galdós. No partas ahora.




"Me acordé de Cádiz, de Vejer; me acordé de todos los españoles"


EPISODIOS NACIONALES 
Trafalgar (4) 
Benito Pérez Galdós 

El amanecer del día veinte, víspera del combate naval, encuentra a la escuadra navegando hacia el Estrecho, un poco desordenada a causa del viento intenso del sudoeste. Gabriel contempla entusiasmado las maniobras y el ajetreo marinero más o menos experto en los puentes y cubierta del monstruo marino. Las primeras claras del día veintiuno les permiten divisar las siluetas amenazantes de los veintisiete navíos de la escuadra británica formada en dos columnas, encabezadas por el Victory y el Royal Sovereign mandadas por Horacio Nelson y Cuthbert Collingwood. Ayudados por el viento, dirigen las proas contra ellos como arietes que destrozan las puertas de las casas okupadas en unas cuantas embestidas. Villeneuve ordena virar en redondo a la escuadra aliada con el fin de recoger el viento a favor y así huir a puerto en caso de necesidad. Lo que consigue es desbaratar aún más la línea de la escuadra. Para Marcial, el viejo lobo marino, la orden es un sálvese quien pueda, sólo queda rezar y salvar el pellejo: “La línea es más larga que el camino de Santiago. Si el Señorito la corta, adiós mi bandera: perderíamos hasta el modo de andar, manque los pelos se nos hicieran cañones. Señores, nos van a dar julepe por el centro. ¿Cómo pueden venir a ayudarnos el San Juan y el Bahama, que están a la cola, ni el Neptuno ni el Rayo, que están a la cabeza? (Rumores de aprobación.) Además, estamos a sotavento, y los casacones pueden elegir el punto que quieran para atacarnos. Bastante haremos nosotros con defendernos como podamos. Lo que digo es que Dios nos saque bien, y nos libre de franceses por siempre jamás amén Jesús”. 

Al hilo del mediodía, Marcial le pega un tirón de orejas a Gabriel para que deje la miranda y eche una mano a la gente menuda a sacar sacos de arena de las bodegas y extenderla en la cubierta para que la sangre de los caídos no le salte a la cara de los guerreros durante el combate. Gabriel el arenero de un buque de guerra, la arena pesa mucho en alta mar. 

Cuando Gabriel termina los trabajos manuales, presencia con admiración la destreza y perfección de los movimientos amenazadores del barco almirante de la escuadra inglesa. Galdós regala a los lectores de las generaciones posteriores una definición monumental de la idea de patria y nacionalismo. Una pieza cuya lectura pone los pelos de punta al lector más escéptico, al lector más internacionalista: “Me representé a mi país como una inmensa tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar, hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto establecido entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender la patria, es decir, el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus hijos…”. Un Imagine de John Lennon con su “brotherhood of man” en versión española. No me extraña que Galdós no sea literatura de consumo ligero y moleste a los habitantes de las acomodadas tribus hispanas periféricas. 



"La idea de nacionalidad se abrió paso en mi espíritu"

El primer cañonazo retumba como una brutal agresión y la respuesta es legítima defensa. La narración a través de los ojos testigos de Gabriel Araceli, ya bicentenaria, ha hinchado de orgullo a generaciones de lectores, un subidón de adrenalina. Se pueden imaginar la magna lección de heroísmo desplegada por los dos veteranos jubilados y el joven adolescente que no llega ni a grumete, poco más que polizón en un barco de guerra que sólo cesa con el acto de arriar la bandera hecha jirones, más agujereada que una coladera y los ingleses abordando los restos del barco vencido. Gabriel transporta heridos a la cámara por debajo de la línea de flotación y de tiro, auxilia a su amo y a Marcial, hace de artillero durante el zafarrancho requerido por el medio hombre agigantado. 

La dimensión verdadera de los destrozos causados en el barco y en la población que lo habita se descubre cuando el fuego cesa, después de la batalla aparecen los daños en la ciudad flotante de más de mil hombres y la importancia de los hombres sanos que trabajan con las manos: los carpinteros, los achicadores de agua, los trasportadores de heridos y los sanitarios que los curan. A bordo del Santísima Trinidad se nos da gratis un ejemplo de cómo se gestiona una victoria, evitando hacer carne en el derrotado en un ejercicio de civilización que nos diferencia de las alimañas salvajes. Se honra a los caídos del bando contrario como si fueran bajas propias, según las leyes y los protocolos del mar. Se intenta evitar que los heridos se ahoguen cuando el barco se va a pique. Este saber rezar a los muertos confunde a Gabriel que siempre se había imaginado a los ingleses como una representación del diablo: “gentezuela aventurera que no constituía nación y que vivía del merodeo. Cuando vi el orgullo con que enarbolaron su pabellón, saludándole con vivas aclamaciones; cuando advertí el gozo y la satisfacción que les causaba haber apresado el más grande y glorioso barco que hasta entonces surcó los mares, pensé que también ellos tendrían su patria querida, que ésta les habría confiado la defensa de su honor; me pareció que en aquella tierra, para mí misteriosa, que se llamaba Inglaterra, habían de existir, como en España, muchas gentes honradas, un rey paternal, y las madres, las hijas, las esposas, las hermanas de tan valientes marinos, los cuales, esperando con ansiedad su vuelta, rogarían a Dios que les concediera la victoria”. 

Los ingleses intentan mantener a flote el Santísima Trinidad para llevarlo a Gibraltar y exhibirlo a los llanitos como fenómeno de feria, pero no lo consiguen porque el veintidós se desata un temporal que hace inútiles los trabajos de taponamiento de marineros y calderilla del mar. 

El tratamiento ontológico que Galdós hace de los caídos durante el combate a bordo del Santísima Trinidad merece comentario aparte. El autor no se escabulle como perro con cantazo, demuestra que la mejor vacuna contra la guerra es enseñar la muerte descarnada, los cientos de ataúdes ordenados por orden de lista en el palacio de hielo de Madrid. Hubo días durante esta pandemia que nos ha arruinado para varias generaciones en los que cayeron más de mil españoles con nombre y apellido y familias que ni los pudieron llorar, mientras en la retaguardia sólo había aplausos, canciones y mucha propaganda, censura de guerra, para tapar la tragedia. “Eran cuatrocientos, próximamente, y a fin de terminar pronto la operación de darles sepultura, fue preciso que pusieran mano a la obra todos los hombres útiles que a bordo había para despachar más pronto”. Dan agua a cuatrocientos muertos, comida para los peces, cuatrocientos golpes a la conciencia de los gobernantes en la desescalada de los cadáveres hasta el océano. La pauta completa de la nueva normalidad que se echa al ruedo. 


"Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de patria"

Galdós personaliza el horror en un cadáver horriblemente mutilado, casi irreconocible, pero por sus venas corre la misma sangre de Gabriel. La casualidad quiere que sea el tío que maltrató a su madre y a él en tierra. El tiempo da un escarmiento y una lección de humanidad a los bellacos, hay que estar más embrutecido para no separar a los vivos de los muertos y hacerlos naturaleza, proteínas para los atunes de la Bahía, al fin y al cabo acababa de comportarse como un héroe en el combate sin poder llegar al sálvese quien pueda. 

Al atardecer del veintidós de octubre los quinientos sanos que quedaban de los más de mil cien que se embarcaron con una misión que cumplir, inflamados de patriotismo en defensa de la patria en peligro, abandonan los trabajos de taponamiento de las vías de agua. O transbordan o mueren todos ahogados en el pecio. Los más de trescientos heridos sufren la peor parte del naufragio. 

Trafalgar es primordialmente el relato del desastre de la escuadra que deja indefensa a España y a América a merced de los ingleses y de otros que se reparten el botín. 

Se produce un apagón en los sentidos de Gabriel. Sin recordar cómo ni cuándo reaparece en una lancha pilotada por Marcial, recostado en el regazo de su amo don Alonso, mientras se alejan del hundimiento del Santísima Trinidad azotados por los lamentos y gemidos desesperados de los heridos que van al fondo del mar. El hundimiento de los barcos de guerra significa el fin del predominio de la escuadra española en los océanos, a poco más de una legua del cabo Trafalgar.


Demórate a ti, en la luz solar de este medio día
Donde encontraras con el pan al sol la mesa tendida.
Por eso muchacha no partas ahora soñando el regreso
Que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo.
Julio Cesar Isella, Armando Tejada Gomez/ Chavela Vargas



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 17 de marzo de 2021

EPISODIOS NACIONALES. Trafalgar (2). Benito Pérez Galdós. Cascarrabias.



 


"Ya no corrimos más por el patio ni hice más viajes a la escuela para traerla a casa"

EPISODIOS NACIONALES 
Trafalgar (2) 
Benito Pérez Galdós 

Una vez construida la voz narradora de la historia (al final hay otras voces secundarias de marineros que la complementan) y establecido el espacio en el que ocurren los hechos, el autor presenta a los personajes principales alrededor de los que se articula la narración, se trata de unos personajes de ficción extraídos de la vida real ocurrida unos setenta años atrás. Es curioso comprobar cómo los hechos narrados por Galdós son hoy considerados como auténticos, norma canónica de los libros de historia para explicar el final del siglo XVIII, la edad antigua del sentido de pertenencia a algo en lo que se va a sufrir, porque sentirse español significa sufrimiento y aguantar sin rechistar los pitidos a tus símbolos sagrados en las finales de fútbol, y que no se te ocurra criticar al ser superior hecho verbo del Catalonia is not Spain porque entonces eres un ñordo fascista colmado de odio cainita. Hace tiempo que el insulto y la selección de las palabras más hirientes se han  enseñoreado de los medios de comunicación y redes sociales para que la relación y el acuerdo sean imposibles.   

 En Trafalgar encontramos magníficos ejemplos de la capacidad de Galdós para la descripción física y psicológica de los personajes. El autor los presenta de una forma original,  reflejo de su genio único para tejer una novela. Unas semanas antes de “la del 21” (el 21 de octubre fue la batalla de Trafalgar), Gabriel se siente orgulloso porque su amo, don Alonso Gutiérrez de Cistierna, le pregunta si es hombre de valor, la primera vez que nadie le llamaba hombre. El valor se le supone, como a los toreros tremendistas, demostrado con creces en su comportamiento durante la batalla a bordo del buque insignia Santísima Trinidad. 

Don Benito Pérez Galdós, no un Pérez cualquiera, trata mejor a las mujeres que a los hombres. Doña Francisca es una mujer hermosa, pacifista de las que creen en la paz impuesta a través del miedo a la destrucción total, una bomba atómica que acaba con las grandes guerras: “Si todos pensaran como yo, no habría más guerras en el mar… y todos los cañones se convertirían en campanas”. Un temperamento iracundo en guerra que para defender a su marido no duda en atacar al sistema desde el rey emperador hasta los funcionarios encargados de gestionar la pensión magra del veterano de guerra. Conocemos muchas características físicas y de la personalidad de los personajes principales: Gabriel, don Alonso y Marcial, a través de diálogos con doña Francisca. Don Alonso es un descolado trasto viejo arrumbadito a la pared, enfermo y medio baldado, esperpento y estantigua. Marcial es un medio hombre, un mapa: “Figúrense ustedes, señores míos, un hombre viejo, más bien alto que bajo, con una pierna de palo, el brazo izquierdo cortado a cercén más abajo del codo, un ojo menos, la cara garabateada por multitud de chirlos en todas direcciones y con desorden trazados por armas enemigas de diferentes clases, con la tez morena y curtida como la de todos los merinos viejos, con una voz ronca, hueca y perezosa, que no se parecía a la de ningún habitante racional de tierra firme”. Vamos, una historia de la marina escrita en sus cicatrices y mutilaciones, un claudicado, dedicado a dormir a su nieto con sus historias viejas, canciones y juramentos marineros. Doña Francisca sirve para que Marcial le cuente las fatigas, las batallas y derrotas sufridas contra el inglés taimado. En los diálogos vivísimos entre los personajes intuimos la realidad del estado de la nación y de la armada y un gran narrador, por supuesto. 

La lección de estos dos personajes estrafalarios, viejos lobos de mar jubilados, y un ayudante adolescente, restalla como un latigazo. Convocados al deber de defensa de la patria en peligro, como veteranos de guerra que responden a la llamada a filas, deciden irse a Cádiz a enrolarse en la armada para echar una mano aunque sea en la derrota, sin necesidad de que el estado y los políticos le den todo hecho.

 

"No necesito decir que se acabaron los retozos y los juegos; ya no volví a subir al naranjo, cuyos azahares crecieron tranquilos, libres de mi enamorada rapacidad"


No todo es acción y avance narrativo en Trafalgar a través de diálogos entrecortados y a la vez enlazados por observaciones del adolescente narrador, el texto está sabiamente combinado con paradas narrativas en las que se desvela el lirismo, la decepción y el desamor de la evolución de niña a mujer, pasado por la quilla del desprecio: “Un día mil veces funesto, mil veces lúgubre, mi amita se presentó ante mí con traje bajo.[…] ¡Y a todas éstas, ni una sonrisa, ni un salto, ni una monada, ni una veloz carrera, ni un poco de olé, ni esconderse de mí para que la buscara, ni fingirse enfadada para reírse después, ni una disputilla, ni siquiera un pescozón con su blanda manecita! ¡Terribles crisis de la existencia! ¡Ella se había convertido en mujer, y yo continuaba siendo niño!”. 

Tampoco faltan explicaciones con gracia andaluza sobre el léxico utilizado en la narración, plagado de términos propios de la jerga marinera: Cerrar el portalón de estribor es perder un ojo; quedarse sin la serviola de babor, mutilar un brazo; ponerse la casaca es emborracharse; apagar el fuego, perecer. No deja de ser una forma amena de que los de tierra adentro que vomitan en el inestable vaivén de un barco aprendan marinería: La mura de estribor, orzar o la andanada de sotavento. Vuela el Google por bulerías.



Now I'm down in a slump and I'm eating alone
I ruined the day with some friends on the phone
I never go out, I'm becoming a grouch
I just watch the TV and I drink on the couch
Rolling Stones



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 11 de marzo de 2021

EPISODIOS NACIONALES. Trafalgar (1) Benito Pérez Galdós. Si te doy mi palabra.




"A veces mediamos nuestras fuerzas en la Puerta de Tierra con grandes y ruidosas pedreas"


EPISODIOS NACIONALES 
Trafalgar (1) 
Benito Pérez Galdós 

Galdós dedica las primeras páginas de la novela, “Trafalgar”, a montar el andamio narrativo desde el que construir el relato de más envergadura de la literatura española: los Episodios Nacionales. En un primer momento planea narrar las aventuras y desventuras de Gabriel Araceli de 1805 a 1834, divididas en dos series de muletazos, de diez novelas por tanda, todas las veinte obras escritas en seis años, de 1873 a 1879. Después amplía los Episodios Nacionales ocurridos entre 1805 y 1880 a cuarenta y seis novelas una vez visto el éxito de la iniciativa. 

Gabriel siente cerca el aliento frío de la parca y coge un segundo aire limpio para dejar por escrito algo que recuerde su paso por el mundo a las generaciones venideras. Advierte que no será una narración bella porque su oficio no es escribir, pero sí ajustada a la verdad. Toma así el relato la forma de memorias, contadas en primera persona. “El amor santo de la patria” que le da asiento en tierra firme y a la cual volverá, será siempre el ideal, el impulso heraldo que guiará las reflexiones que ahora nacen. 

Los primeros hechos recordados corresponden a una derrota de la armada, una más de la ristra de victorias de la moderna flota inglesa sobre la española, ya achacosa y con menor potencia de fuego, en ese tiempo. Ocurren en Cádiz frente al mar porque allí nace nuestro protagonista en los últimos años del siglo XVIII. Cádiz es mar que invade la tierra y barcos de guerra que la defienden. Los primeros recuerdos son hombres heridos y barcos desarbolados, derrotados en la batalla naval del Cabo San Vicente por los ingleses en 1797. 

La infancia de Gabriel no vive de estar muerta, son recuerdos de juegos de niños en la playa de la Caleta. Los niños de Cádiz son marineros en tierra, hijos de la mar, peces libres sin pedigrí, lazarillos nacidos en el agua salada, como Lázaro apellidado de Tormes por nacer en mitad del río donde su madre lo parió porque era molinera. Gente del pueblo llano como Pablos de Quevedo. Nacer con aletas que recrecen en los muñones y aprender a nadar para ellos es obligatorio, les viene de serie. Comprenden el mundo por la parte liquida del planeta, la más hostil a los seres humano. Su catequesis en tierra es luchar a pedradas con bandas rivales para marcar el territorio como hacen los animales. 

Gabriel rejuvenece al echar la vista atrás como el Lázaro del evangelio que se levanta y aprende a andar con corazón trasplantado y sangre nueva: “Esta sangre, tibio y perezoso humor que hoy apenas presta escasa animación a mi caduco organismo, se enardece, se agita, circula, bulle, corre y palpita en mis venas con acelerada pulsación”. Los recuerdos van a sus progenitores, las personas que le cuidaron en su minoría de edad, un homenaje a su madre que era muy hermosa: “El único ser que compensaba la miseria de mi existencia con un desinteresado afecto”. El protagonista muestra así el agradecimiento al símbolo biológico de la madre por ser cimiento de la sociedad y muestra un profundo desprecio a su tío, borracho maltratador, que se hizo cargo de él al quedarse huérfano. Abandona el hogar por malos tratos que le llevan a engrosar las tribus de los niños de la calle de la Bahía, de los que nadie se ocupa porque niños es lo que sobra. De esta sociedad de descuideros del hampa lo saca una pareja de edad avanzada de Vejer de la Frontera por casualidad, cuando escapaba de una leva para la marina que se preparaba para la guerra, con necesidad de carne de cañón. Pasa cuatro años a su servicio, trabajando de paje para ellos, de los diez a los catorce que eran los que contaba en 1805.


Mi fama me precederá 
Hasta el infinito y más allá 
Y vive Dios que escrito está: 
"Si te doy mi palabra 
No se romperá"
Loquillo




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.