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miércoles, 20 de marzo de 2013

Al alba






"Una beatitud augusta resplandecía en el cielo, y la vaga sensación de la inmensidad del espacio, lo infinito de los mundos imponderables, llevaba a sus corazones una deliciosa calma..."



Mala Hierba. Pío Baroja (8) 

Prueba de que el negocio del juego marcha viento en popa es que el Calatrava invita a gastos pagos a Manuel y a su pariente, Vidal, a una casa de citas un domingo por la tarde. Allí se presenta la Justa, una vieja conocida de La Busca, hija del trapero que ponía pucheros en los mástiles de las banderas. En su casa había pasado Manuel los mejores ratos de su deambular por los bajos fondos madrileños. Regresan al baile de la Bombilla y recuerda los malos momentos que pasó al verla bailar con el Carnicerín. Con posterioridad, éste la deshonra y le pega una enfermedad venérea. “Manuel sentía una tristeza dolorosa, el aniquilamiento completo de la vida”. Se van juntos a su casa. En una noche fría y estrellada, la Justa y Manuel se reajustan. Él le promete sacarla de aquella vida, regeneración que no se cumple. Manuel continúa con la casa de juego, ella rueda por los cafés, colmados y casas de citas de la capital. Se acostumbran a esa vida. Ya sea por pereza o por miedo,  no cambian. La convivencia se deteriora porque la Justa tiene prontos, le arma escandaleras y le dan arrechuchos que se le pasan pronto. 




 "Yo fui deshonrada por un señorito: vivía en Zaragoza y entré en la vida"

Chulos y chulas. Gutierrez Solana.

Pío Baroja compone a continuación un capítulo magistral que aparece por sorpresa y que define por sí solo a un gran novelista, para narrar la muerte de Vidal a manos del Bizco en los aledaños del río Manzanares. Solo un grito lejano lo aparta definitivamente de los amigos cuando las últimas palpitaciones del sol cuajan la tierra de tonos trágicos de color azafrán. El relato abarca veinticuatro horas que tienen de todo, un puñado de páginas al galope, de ritmo frenético. Numerosos ingredientes gobernados con maestría singular. Su habilidad para deslizar la pluma por temas y asuntos tan complejos y diversos es impresionante: un fusilamiento, un ajuste de cuentas, cuadros costumbristas de gran vigor y fuerza narrativa; bien adobados con música popular: cante jondo y danzón cubano. El habla popular, el lenguaje descarnado de un forense junto a pinceladas de hondo lirismo, reflejo del acabamiento: “Tenía clavada la navaja en el cuello, cerca de la nuca. Calatrava tiró del mango, pero el arma debía de estar incrustada en las vértebras”. “Las últimas claridades de la tarde se reflejaban en los ojos, muy abiertos”. 

En efecto, en veinticuatro horas Manuel es testigo mudo de dos formas distintas de hacer justicia con idéntico resultado. Se tropieza con la muerte por partida doble. Sale del teatro acompañado de Vidal y sus parejas respectivas: la Flora y la Justa. Al amanecer se unen a un público estrafalario “de cómicos, trasnochadores, coristas, prostitutas, subidos en coches simones, y una turbamulta de golfos y de mendigos”. Al alba hacen eco en los desmontes de las afueras de Madrid las descargas de los fusiles, rompen el silencio de la mañana y el alma de un reo abandona el cuerpo acribillado que se desmorona sobre el suelo, desmadejado como un muñeco de trapo. 

La Flora no es la primera vez que presencia un ajusticiamiento público, tiempo atrás ya había visto el cuerpo sin ánima de la Higinia tras el par de vueltas al garrote del verdugo. Duermen un poco y a mediodía salen para el merendero de la señora Benita en el Saltillo. Comen, cantan, bailan, viven y sienten quebrar el hilo frágil que ata a Vidal a la existencia. Por capítulos como éste  la lectura de Baroja apasiona a lectores de épocas diferentes.


 "(Los tranvías) venían atestados de gente y fueron los tres en la plataforma"

Tranvía en las afueras. 1953. Acuarela sobre papel. 65 x 54 cm. Colección particular. Madrid


Al día siguiente contaban los papeles el crimen del Saltillo. El miedo a verse involucrados invade los corazones de Manuel y la Justa que se mudan de casa para despistar. Bien sea por el temor de la muerte de su primo o por un impulso interior, Manuel se siente con bríos para cambiar de vida. Encuentra trabajo en una imprenta, pero la vida civilizada le dura lo que tarda la Justa en aburrirse de esperarle en casa. Una semana tarda ella en desaparecer. Su huida le afecta; entra en un periodo de abatimiento del que lo saca una pareja del orden que lo lleva detenido. El traslado al calabozo se hace en un tranvía lleno hasta la bandera de transeúntes. “Dicen que la soledad y el silencio son como el padre y la madre de los pensamientos profundos. Manuel, en medio de la soledad y el silencio, no encontró la idea más insignificante en su caletre”. El jornal de la imprenta recién cobrado le sirve para hacerse con un banco, tomarse un café con el agente de guardia de la prisión y coger aliento para pasar el mal trago del encierro. Declara ante el juez toda la verdad. Se convence de que siempre es mejor decirla que te la arranquen. En la celda recibe la visita del Garro y del Calatrava que le reprende por cantar: 

 “-Merecías estar aquí siempre -exclamó Calatrava-, por panoli, por boceras”. 

La maldición del Cojo no se va a cumplir porque Manuel tiene suerte. Hay gente importante interesada en que el juez eche tierra sobre el asunto y que no se hable más. Pocas cosas hay que se le queden a Pío Baroja en el tintero sin criticar. Tampoco la justicia se libra, sometida al interés político del ministro de turno que impide investigar el Círculo porque uno de los dueños es el director de un periódico. Éste amenaza con hacer campaña en contra del político si se destapa la trama del chiringuito. Los tejemanejes, los intereses de unos y otros, los líos de faldas benefician de rebote a Manuel que se ve en la calle a condición de ayudar a la policía a buscar al Bizco. “¡Qué admirable maquinaria! Desde el primero hasta el último de aquellos leguleyos, togados y sin togar, sabían explotar al humilde, al pobre de espíritu, proteger los sagrados intereses de la sociedad haciendo que el fiel de la justicia se inclinara siempre por el lado de las monedas...” - Reflexiona el autor amargamente-. 


"Empujando al rebaño de humildes y de miserables al matadero de la justicia aparecían el usurero, el polizonte, la corredora de alhajas, el prestamista, el casero..."

La justicia. Gustavo Pascual

A partir de aquí la novela vuela hacia el final, se desliza por los lugares conocidos desde antiguo por Manuel a la busca-siempre a la busca- del Bizco. El rastreo por los aduares de las afueras de Madrid entre traperos, hojalateros, taberneros compinchados y serenos soplones lo dirige el cabo Ortiz. A pesar de su instinto natural de persecución, como de perro de presa, no dan con el escondido; lo cual no deja de ser otra sorpresa para el lector que en vista de las escasas páginas que restan por leer,  ya solo espera con avidez la detención del asesino para poner un punto y final lógico al relato. 

A cambio nos regala un final distinto y sorprendente. Un fundido en dos concepciones de la santidad. Manuel odia la creación, se muestra enfadado con el mundo. Dispuesto a ponerle dinamita, reducirlo a una escombrera y que de ella resurja el nombre nuevo. El hombre encaramado en un orden superior fuera del alcance de injusticias y miserias. 

Pero hete aquí que regresa a escena Jesús regenerado, se aparece como un resucitado en olor de santidad para poner punto y final definitivo: “No más odios, no más rencores. Ni jueces, ni polizontes, ni soldados, ni autoridad, ni patria. En las grandes praderas de la tierra, los hombres libres trabajan al sol. La ley del amor ha sustituido a la ley del deber, y el horizonte de la humanidad se ensancha cada vez más extenso, cada vez más azul...” 

Gran final, tan amplio y espacioso como aquel inolvidable de Valle Inclán:"Lloré como un dios antiguo al extinguirse su culto". En contraste con la atmósfera opresiva de la guardilla de techos bajos de Roberto que abría la novela, un nuevo hombre gobernado por la ley del amor. Nuevo día, radiante primavera recién estrenada que surge de la descomposición del invierno oscuro del alma. Pocos se podían imaginar un final tan corrosivo. Yo no.

"Si te dijera, amor mío, 
que temo a la madrugada, 
no sé qué estrellas son éstas 
que hieren como amenazas 
ni sé qué sangra la luna 
al filo de su guadaña. 

Presiento que tras la noche 
vendrá la noche más larga, 
quiero que no me abandones, 
amor mío, al alba, 
al alba, al alba". 
Luis Eduardo Aute






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

miércoles, 13 de marzo de 2013

En pie de guerra el cojo y el ciempiés








"Y la bella bailaba con la cara enfurruñada y los dientes apretados, dando taconazos, haciendo que se dibujaran sus caderas poderosas al replegarse la falda". 

Alegrías. 1917. Óleo y temple sobre lienzo. 161 x 157 cm. 




Mala Hierba. Pío Baroja (7) 


La denuncia social es un ingrediente activo en la trama de la novela, lo vamos comprobando en el avance de la misma y en la progresiva concienciación de los personajes. Pío Baroja introduce este elemento de una forma natural, sin perturbar el desarrollo del argumento ni dar tres cuartos al pregonero. Al fin y al cabo, su objetivo primordial es escribir literatura atractiva para el lector, no política, ni sociología. Sin embargo, en modo alguno se le puede acusar de tibieza ni de que no eche su cuarto a espadas y menos aún de falta de compromiso y definición. 

El sacristán de la iglesia de San Sebastián los encuentra en el interior, los echa de allí a cajas destempladas y los entrega a las fuerzas del orden. Jesús se escabulle. El Hombre-boa y Manuel conocen los calabozos, semejantes a jaulas o chiqueros de ganado. A media noche las influencias desenchiqueran a Manuel. Recurre a sus conocidos de la prensa, el llamado cuarto poder que por esos años aún lo conserva y lo ejerce. No como ahora, que como no hay quien se gaste un euro en un periódico, su poder se ha difuminado. De una patada a la rúa y a vivir tropa. Allí enjaulados se quedan don Alonso, la Chata y la Rabanitos; a malcomer gratis que no es poco. Manuel tiene la libertad, pero con la libertad se come poco. Se tiene que conformar con unas nueces que guarda y que comparte con él un veterano de la Guerra de Cuba que le cuenta batallas de los rigores y miserias sufridos en la Manigua. 

El repatriado conserva en formol cierta querencia a los cuarteles, recuerdos militares de la guerra perdida, la sangre derramada sobre las blancas arenas del Caribe, nostalgias de la sombra de los altos, quiméricos penachos del cocotero. El toque de clarines y cornetas de la diana de un cuartel cercano les interrumpe el sueño. Un disparo se suma a la alboreada. Un suicida remacha los clavos de su propio ataúd, cansado de hacer sombra, se aparta para siempre del camino. El repatriado lo saquea. Lleva el botín a Marcos Calatrava, un pirata pata palo, perista y socio de Vidal, el primo de Manuel. Le tocan cinco duros en el reparto. Vidal está echaíto a perder. Abandonó la zapatería de su familia para ser un hampón delincuente que teme al Bizco, más malo que la carne el pescuezo. Pero la familia es la familia: le presta su casa, comen juntos y le cambia de ropa. El sueño tarda en llegar por la noche, Manuel extraña las sábanas, ya ha perdido la costumbre de dormir en la comodidad de una cama blandita. 

Despertar entre sábanas blancas es un lujo oriental, Manuel no se lo puede creer. Sabe que es verdad cuando recuerda los sucesos del día anterior. Sale a la calle como un pincel con la ropa que el primo le presta. Con la vieja hace un rebujón, lo ata con una guita y Vidal se encarga de lanzarlo a un solar por encima de una pared. Manuel se siente incómodo con ropas que no corresponden a la clase trabajadora, inadecuadas para trabajar con las manos, la única herramienta de trabajo que conoce. Como si a cada paso escuchara a la gente reprochándole su impostura: 

 -“No eres de los nuestros”. 




"Si hay que hacer una granujada, casi casi, prefiero vivir así"

La taberna. 1940-1945. Óleo sobre lienzo. 88 x 126 cm. Colección Silvia Manrique. Madrid 

Eduardo Vicente


El gesto de Vidal es un símbolo revolucionario, rompe la barrera de las clases sociales. Considera el trabajo como un castigo, no una recompensa. Trata de explicarle a Manuel que a través del trabajo uno se hace viejo y nada, sigue probe como siempre. Se hace necesario tomar el atajo del engaño, trabajar en el alambre, dar la cara sin correr riesgos, sin exponerse a recibir los mamporros si vienen mal dadas. Engañar o trabajar; no hay más alternativa. 


"En sus ojos brillaba la pasión del juego"


Vidal le explica los trucos para prosperar entre la negritud del mundillo del juego:Ganar dinero cuando se está en un sitio donde lo hay es lo más mollar de la vida”. Los jugadores deambulan como abducidos por la secta. El silencio en los garitos del vicio se respeta más que en una iglesia. “El juego es la única religión que queda” -sostiene Vidal-. “Eran aquellos, tipos de miseria y sordidez horrible; […] En sus ojos brillaba la pasión del juego”. 

El dinero tiene poder. “Poderoso caballero es don Dinero / Pues que da y quita el decoro / Y quebranta cualquier fuero,” sostenía Góngora y aprueba Manuel que no pone reparos a tocar su poder y librarse del ejército. Matarse en África en lucha con los moros es cosa de pobres. Sin embargo, algo habita en su interior que le amonesta. La voz de la conciencia que le ayuda a discernir entre el bien y el mal. 




"Se alistó en el batallón de voluntarios que iba a Cuba"

Por el Garro, un policía sobrecogedor, casado con la Chana que ejerce de perista y timadora profesional, conoce la trayectoria vital del Calatrava. De estudiante malogrado había pasado a cura arrepentido antes de recalar en el cuerpo de la Sanidad Militar en Filipinas. A todos timando, hace carrera en el arte de la estafa y de la mala vida cobrando el barato en los chabisques de Manila, antes del regreso a Madrid. En la guerra de Cuba se distingue por su valor, pero pierde la pierna y su modus vivendi. Por su primo, Vidal, conoce las aventuras y desventuras del Maestro, un ciempiés más listo y letrado en gramática parda que el cojo Calatrava. Se codea con la aristocracia, alterna en el Palacio Real con duques y marqueses. “Pasa los días leyendo y tocando la guitarra”. Que representa el súmmum de la buena vida para Manuel.


"En guerra están la baba y el carmín, 
el duermevela y la pesadilla, 
el chevalier y el puercoespin, 
la extremaunción y las espinillas. 

Están en guerra el cojo y el ciempiés, 
los ascensores y el purgatorio, 
mañana es vispera del día después 
pasado flores en velorio"
 J. Sabina





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 7 de marzo de 2013

Metáforas en la nuca




"Vestía un gabán remendado y mugriento, en la cabeza una boina  y encima de ésta un sombrero duro de ala grasienta"
El vagabundo. 1940-1945. Óleo sobre lienzo. 90 x 73 cm. Colección Silvia Manrique. Madrid 

Eduardo Vicente

Mala Hierba. Pío Baroja (6) 

Manuel pasa en la cama la mañana resacosa. Siente vergüenza de haber abandonado al compañero de barra de la noche anterior y sale a la calle a buscarlo, pero nadie sabe nada de él. Al día siguiente tampoco va a la imprenta ni Jesús vuelve a casa. Como si hubiera desaparecido, desorientado y sepultado por un alud de nieve que borra los caminos que llevan a la Puerta del Sol. 

Al tercer día de convalecencia no resucita, pero se acerca al trabajo por la tarde. El Cojo ha despedido a Jesús que lejos de reformarse, sigue con su vida disoluta, acodado como siempre a la barra de la taberna. Al fervor de unas copas de aguardiente se conjuran, se prometen afecto inquebrantable, amistad a prueba de abandono. Celebran el reencuentro con más aguardiente, hasta que el cuerpo aguanta en vertical. Sin un botón en el bolsillo, borrachos como cubas, la casera los echa de la casa. Los niños les hacen corro y les tiran bolas de nieve al pasar. A lo lejos destaca la negrura entre la nieve. La nube negra se apodera de sus actos. 


 "Entraron los dos en la taberna y bebieron otras copas de aguardiente"
  La taberna. 1959. Óleo sobre lienzo. 140 x 128 cm. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia. Madrid. 
 
Despiertan en un cobertizo ateridos de frío. Jesús enfermo, aquejado de una tos fea. Manuel sale de la madriguera a buscar algo de comer. El Hombre- boa le invita. Compran comida con la última peseta que le queda en el bolsillo y se va con ellos. Les entretiene con sus historias de titiritero en América. Llueve a cántaros. Acurrucados en un rincón no pegan ojo durante la noche. Comen de la caridad. Como no les gusta el ambiente del depósito de mendigos, vuelven a las Injurias. Encuentran una casucha vacía y se instalan. De mañana ven a las gentes que madrugan, salen a la busca: “Era gente astrosa: algunos, traperos; otros, mendigos; otros, muertos de hambre; casi todos de facha repulsiva. Peor aspecto que los hombres tenían aún las mujeres, sucias, desgreñadas, haraposas. Era una basura humana, envuelta en guiñapos, entumecida por el frío y la humedad, la que vomitaba aquel barrio infecto. Era la herpe, la lacra, el color amarillo de la terciana, el párpado retraído, todos los estigmas de la enfermedad y de la miseria”. 

El sol es un disco rojo sobre la tierra negra. Don Alonso pertenece a la estirpe de los Quijano de leyenda, los antiguos hidalgos de adarga en astillero, que venden las tierras para comprar libros de caballería. Como no les entra en la cabeza juntar para mañana, le desagrada que se hable mal de los ricos en su presencia. Se codeó con ellos en su paraíso ficticio mientras tuvo con qué en los años de abundancia. A los pobres siempre les quedará la esperanza de la maldición bíblica, la falta de futuro y salvación para ellos, la imposibilidad de pasar por el ojo de la aguja de los que atesoran, amontonan posesiones y maldades como sostiene Jesús que hace de profeta resabiado: “Si le quita usted al rico la satisfacción de saber que mientras él duerme otro se hiela y que mientras él come otro se muere de hambre, le quita usted la mitad de su dicha”. 

Se reconocen en los asiduos de los asilos. Se familiarizan con los medios de explotar la caridad oficial y la espesa densidad del abatimiento: “La atmósfera se caldeó pronto en la sala, y el aire impregnado de olor de tabaco y de miseria, se hizo nauseabundo”. 



"Salieron todos los que habían pasado allí la noche y se desparramaron por aquellos andurriales"

Afueras de Madrid. 1934-40. Acuarela sobre papel Canson. 44,5 x 64 cm. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid 
 

Cuando aún brillan los focos eléctricos como globos de luz en el aire negro de la noche, los mendigos de la inclusa se desparraman por las calles de Madrid. La claridad opaca del amanecer deja entrever la enorme desolación de los alrededores madrileños. Las chimeneas y las calderas de los trenes braman con estentóreos alaridos. 

Una hilera de coches vacíos espera a los viajeros del tren. Los cocheros han hecho una lumbre para espantar el frío de este invierno que se prolonga. Manuel tiene suerte, consigue unas perras al ayudar a un señor a cargar unos bultos. Enfrente del Museo del Prado ven al Hombre-boa corriendo a todo meter detrás de un simón. Se dedica a lo que salga; a vender libros verdes o a pedir limosna. Les invita a cenar y a beber aguardiente con la peseta y media que, como toda fortuna, le queda en el bolsillo. Lo necesitan si quieren pegar el ojo en una casucha llena de okupas gitanos y mendigos. En este momento envidian a los caracoles que llevan la casa a cuestas, así no tienen que pagar posada. “El destino para el hombre es como el viento para la veleta” destaca sentencioso el Hombre-boa con la esperanza de que un golpe de viento inesperado cambie para mejor el rumbo de los pobres.



"Me entra una desazón cuando estoy en el mismo sitio, que tengo que echar a andar. ¡Ah! el campo".

'Descendiendo Rojo-Gris', 1968. (Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla)

Luis Gordillo

La dureza de la tierra húmeda de la Casa Negra es su cama: “Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de harapos y de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban a las mujeres en la semioscuridad y se oían sus gruñidos de placer”. Una mañana de abril al clarear el día, echa a arder la Casa Negra. La columna de humo que se alza sobre los tejados tarda poco en confundirse con las nubes. El avance de la luz pasa a limpio la negrura de la noche, borra los tonos grises del amanecer. En este marco de desolación se van delimitando y definiendo los contornos políticos, visiones diferentes de la situación social. El Hombre-boa ha conocido la abundancia, ha ganado mucho y malgastado más. Ahora pide limosna, como también lo hace Jesús. Jesús tenía trabajo, pero la bebida le sepulta en una vida disoluta, incompatible con la disciplina exigida por un puesto de trabajo. A pesar de que la pobreza extrema los reúne, algo entre los dos los diferencia: mientras don Alonso aún tiene esperanza de que un golpe de suerte los redima del abismo de su pobreza, Jesús lo ve todo negro cuando sentencia: “La civilización está hecha para el que tiene dinero, y el que no lo tiene que se muera. Antes, el rico y el pobre se alumbraban con un candil parecido; hoy, el pobre sigue con el candil, y el rico alumbra su casa con luz eléctrica; antes, el pobre iba a pie, el rico a caballo; hoy, el pobre sigue andando a pie, y el rico va en automóvil; antes, el rico tenía que vivir entre los pobres; hoy vive aparte, se ha hecho una muralla de algodón y no oye nada. Que los pobres chillan, él no oye; que se mueren de hambre, él no se entera…” El chirrido de los carros tirados por bueyes torpones, el cacareo de las gallinas ponedoras y el lejano ladrido de los perros que se encaran con la luna interrumpen una de las conversaciones más interesantes de la novela desde el punto de vista del compromiso social de los personajes. 


"Porque invertir en latas de sopa boba 
es como barnizar el propio ataúd, 
te hubiera dado más de lo que me robas 
le dije al norte cuando me fui pa´l sur. 

Con dos o tres metáforas en la nuca 
y una gota de plomo en el lacrimal, 
mi dueto del cuá-cuá con el pato Lucas 
rodó por los baretos de la ciudad". 
Joaquín Sabina y Pancho Varona 





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

sábado, 2 de marzo de 2013

Sevino




 "De lejos llegaba el rumor de panderetas y de cánticos; de cuando en cuando una voz chillona"

Vendedor navideño. 100 x 81 cm. Colección Museo Municipal. Madrid 

Eduardo Vicente



Mala Hierba. Pío Baroja (5) 

Los vecinos del parador se rigen por un código propio de comportamiento. Toleran que Jesús se amontone con la Sinfo, pero de ninguna manera admiten que dejen tirada a la Fea –una de las suyas- en la estera del suelo y la abandonen para parir como si fuera una alimaña. Como la Sinfo desaparece del parador porque sabe lo que le espera si se queda, la lanzan a la vida según cuentan las malas lenguas. 

El día de Nochebuena por la tarde no se trabaja en la imprenta, pero sí lo hace la Beneficencia. Jesús y Manuel siguen la estela de tres señores de negro que llevan caridad por el parador de las miserias humanas. Así se reconocen mejor en la realidad que les rodea; las desgracias, una detrás de otra, se habían cebado en una señora hidrópica. Como “los todo de hoy nada han de ser” se cumple más veces de las que salen a la estampa, la única mano que le echaron fue al cuello. Unos antiguos criados, carniceros de profesión, le dan un montón de huesos y las sobras de las comidas a cambio de que les componga unos mantones de manila. Caso conmovedor, revancha de folletín lacrimógeno por escribir en su interior. 

Una niña huérfana con su hermanito de dos o tres años a su cargo roba para comer. Jesús hace honor a su nombre, vuelve a ser un buen samaritano y le ofrece su casa, igual que antes se la había ofrecido a Manuel al llegar a la imprenta. Ella acepta como también lo había hecho nuestro protagonista. 



Cementerio de Montparnasse

El Aristón vive en el parador. Sigue con su manía de acompañar la soledad de los muertos en el viaje del que jamás han de volver. Por eso todos los domingos se da un paseo por el cementerio. Es un buen hombre y enterrar a los muertos es una obra de misericordia. Hoy es día de tarea porque la Nochebuena lo ha sido mala para un vecino. A la luz de dos velas descansa un hombre muerto en un cuartucho contiguo mientras de lejos llega el rumor de una mujer borracha que toca la pandereta y canta “Ande, ande, ande la marimorena…” Lo de siempre: el muerto al hoyo y… 


 Los novios. 1960. Antonio López

Manuel desaparece momentáneamente del relato. Por lo tanto puede parecer un capítulo prescindible; pero si nos fijamos, tiene su razón de ser. En el “mientras tanto” que diría Carmen Martín Gaite, la narración avanza por caminos paralelos que de repente se entrecruzan. Cervantes introduce relatos independientes en El Quijote, novelillas intercaladas que a duras penas tienen engarce con la trama principal. Pío Baroja usa este recurso técnico, pero utilizando personajes secundarios conocidos para rematar tramas sueltas que habían quedado en el aire. Presenta la novelilla con formato y contenido de folletín, sigue los cánones clásicos de planteamiento, nudo y desenlace tan del gusto de los lectores mayoritarios de la época y de todas las épocas. Así consigue un doble objetivo - por un lado- atar los cabos sueltos del relato y -por otro- abrir nuevos caminos a la historia con la convergencia de Roberto y Esther. ¡Ay el amor! Ese ceguezuelo que rompe todas las barreras y allana los caminos. 



 "Esther se abrazó a su cuello, un sollozo largo de dolor y de deseo le hizo temblar de la cabeza a los pies"

 Los novios. 1964

La llegada de la Salvadora y el hermanito pequeño influye en las costumbres de Manuel y de Jesús; éste deja de beber. Les lleva la comida al trabajo en una cesta. Con el dinero que ahorran, compran una máquina de coser. Pero la vida ordenada les dura menos que un suspiro. Un día de invierno frío, de claridad opaca en el cielo y nieve en el suelo, les quema en el bolsillo el sobre del jornal quincenal, recién recibido. La llamada de los caminos por hacer les provoca; lo impredecible, la fascinación de nuevos mundos les convoca: les aburre la rutina del trabajo diario que les da de comer. Los brindis de la cena les da alientos para explorar el Polo Norte. Unas copas de aguardiente más allá les da la puntilla, derrotados, listos para el arrastre y vuelta al ruedo. “Los copos de nieve danzando ante sus ojos, le mareaban”. Manuel sale a la calle haciendo eses. Suele pasarle a los que frecuentan más tabernas que bibliotecas. Los copos de nieve nueva tapan las huellas recortadas a la luz de las farolas. Abandonado Jesús en su derrota etílica, Manuel invita a una vendedora de periódicos y a su perro Sevino a tomar chocolate con ensaimada agria, un rato más tarde al baile del frontón. Como el aguardiente y el baile no acompasan, pronto se van a su casa en la calle de La Paz a hacerla verdadera, dejando el rastro en la nieve. “Manuel temblaba de emoción al pensar que llegaba el momento trágico”. “Empujaron una puerta de cristales, y en la escalera oscura desaparecieron...” Lo que allí pasara pertenece a la intimidad. Si Don Pío no nos  lo cuenta, a santo de qué vamos nosotros a desvelar el misterio.

"So hard to find my way, 
Now that I'm all on my own. 
I saw you just the other day, 
My how you have grown, 
Cast my memory back there, 
Lord Sometime 
I'm overcome thinking 'bout 
Making love in the green grass 
Behind the stadium with you 
My brown eyed girl 
You my brown eyed girl"
Van Morrison




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

lunes, 25 de febrero de 2013

Sentaíllo en una piedra

 


 "Más lejos se extendia el paisaje árido y sus lomas calvas, amarillentas"

 Benjamín Palencia


Mala Hierba. Pío Baroja (4) 

De repente se hace de día en Madrid (fallo de continuidad en la narración –qué tiquismiquis me he vuelto-), salen de la estación del Norte. Manuel se muestra decidido a seguir los consejos de Roberto: hay que aprender un oficio, especializarse en algo para poder trabajar, lo mismo que le repetimos a distintos alumnos de épocas diferentes como un disco rayao. Como no debían abundar las escuelas de formación profesional tiene que “entrar de aprendiz sin ganar nada”. De nuevo rodando por el valle de lágrimas. De la mano de Roberto visitan a Sandoval, un periodista de mediana edad, rechoncho, perezoso como un turco (de nada se priva el autor). Vive en la calle del Pez, entre la cochambre, en medio del desorden. Les escribe una carta de recomendación para una imprenta regida por un cojo malencarao, más malo que la carne el pescuezo, que cocea al hablar y ensarta jaculatorias y rosarios de blasfemias, pero en el fondo tiene buen corazón. Al segundo día, cuando comprueba que Manuel es espabilado y aprende rápido el trabajo, le ofrece un jornal y alojamiento en la imprenta. Jesús es aquí quien hace del buen samaritano que le da de comer. Tampoco falta un judío “flaco y muy moreno, con barba negrísima, que trabajaba con una rapidez asombrosa” al que da guerra y no cesa de tomarle el pelo. 

Sánchez Gómez, el cojo, es jefe y obrero a la vez. De su imprenta salen nueve publicaciones diarias. Sabe nadar y guardar la ropa, más listo que el hambre. Es un ejemplo de diversidad. Igual hermana el individualismo con el colectivismo, que le falta al gobierno y a los curas o defiende la iglesia, ese arca santa, guardián de las esencias patrias o ejerce de conservador impenitente. 


 "Manuel siguió en su tarea de distribución de letras, y Jesús y Yaco en la de componer"


Entre los redactores de Los Debates destaca Ernesto Langairiños, ”Nombre dulce y sonoro, algo así como una brisa fresca una tarde de verano. ¡Langairiños! Un sueño”. Otro antiguo residente de la pensión de doña Casiana: un Bayardo de la gimnasia. Le llaman El Superhombre porque siempre está hablando del superhombre de Nietzsche, siempre próximo a llegar como el mesías deseado. Sus aires de superioridad y de distinción compensan la mala impresión que ofrece su aspecto desarrapado. Su estilo literario es irónico y dislacerante, lacónico como un ser o no ser shakesperiano. 

Sampayo es el propietario del periódico. Varias veces gobernador. Con la colaboración de su media naranja, una mujer de bandera, puede conseguir cualquier cosa del ministro. “En los Gobiernos civiles por donde pasó el matrimonio no quedaron ni los clavos”. Paga poco, tarde, mal y nunca a los redactores González Parla y Fresneda  que se sostiene en pie de milagro, siempre con pelos de hambre. 

La única vez que Fresneda osó levantarle la voz a su jefe fue cuando el hambre apretaba, cuando éste le dio largas, le prometió recomendarle al ministro en lugar de pagarle un salario digno, explotó: “Para morirse de hambre, señor Sampayo, no se necesitan recomendaciones”. El inesperado rabotazo del redactor se oyó en todo Madrid. 

En primavera Manuel ha aprendido a componer líneas con facilidad. El ascenso de categoría laboral lleva aparejado un aumento de jornal que le negocia Jesús con el jefe. La cantidad le da para cambiar de aposento. Jesús le lleva al parador de Santa Casilda, un caserón con tres patios en el que alquila un cuartucho sin puerta, una silla de paja rota y una cama. Por la ventana se extiende el paisaje árido, y sus lomas calvas, amarillentas, se escalonan hasta perderse en el horizonte. Enfrente sobresale el cerrillo de los Ángeles, con su ermita en la punta. 


 "Dos hermanas muy golfas, muy zarrapastrosas, pintadas, chillonas, embusteras, liosas, pero alegres como cabras"

Dermarche gitane. Anglada Camarasa. 1902

El autor se extiende en describir la miseria que campea en el caserón, como antes había hecho con la corrala del Tío Rilo. Ahora más focalizada en personajes concretos, la miseria moral de sus vecinos de habitáculo. Un carpintero que se emborracha y maltrata a su hija. Manuel se encara con la madre y se la tiene que envainar con el padre de “aspecto feroz, un entrecejo abultado y el cuello de toro”. El propio Jesús que parecía un nazareno de pura buena persona que era, se da a la bebida y se nos revela como una mala pécora de puertas para adentro. Vive amontonado con la Sinfo, la hermana agraciada, y entre los dos dan mala vida a La Fea. Manuel, que es también huérfano, discute con Jesús porque no respeta a su familia. Dos gitanos viejos, “muy zaragateros y muy ladrones”, tienen dos hijas. Una de ellas ciega que baila y canta flamenco. 


 "En su narración, Prim, el señor Juan Prim -como decía él- tomaba dimensiones épicas". 
 "El General Prim atravesando las trincheras del campamento de Tetuán”

Con Jacob hay un evidente acercamiento por parte del autor. Tiene un padre que cuenta batallas y admira las hazañas del General Prim en África. Le hace gracia su acento de castellano antiguo. Para compensar que antes lo había definido como “avaro y sórdido hasta perderse de vista”, ahora “habla lleno de imágenes” y sabe imitar el graznido de los cuervos que se reúnen en bandadas numerosas los días de mercado. Sabe tocar un guitarrillo de tres cuerdas que acompaña a las canciones árabes de su Fez natal. 

Pío Baroja en sus relatos recrea en miniatura el acaecer diario de la sociedad con las  vicisitudes que sus gentes sufren en su trajín diario para sobrevivir. Es curiosa su forma de exponer evidencias de una manera tan objetiva que llega incluso a la crueldad porque así es la realidad. Indiferente a la incomodidad que ello le pueda reportar en su mundo. Sin embargo,  bien sabe él dónde están los límites.  Su manera de concebir la literatura apasiona porque junto a las vueltas y revueltas de sus personajes deja plasmado el sentir del pueblo llano. Siempre atento a dar y quitar. Un ejercicio constante de ten con ten donde nunca falta una mezcla de lo nuevo con lo viejo, fascinación por la modernidad y respeto a la tradición. En definitiva, que como todo gran novelista que se precie, nos introduce en su relato para vivirlo,  disfrutarlo y emocionarnos. 





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Tren azul






"El supuso que se podría convertir aquel trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso a trabajar con fe."

 Piornos en flor. 1951. Óleo sobre lienzo. 65 x 81 cm. Museo de Bellas Artes de Bilbao. 




Mala hierba. Pío Baroja (3) 

Kate vuelve a casa por Navidad. La hija de la Baronesa y del marido flamenco reconoce a Manuel nada más verlo, él se siente halagado. Su presencia cambia las costumbres de la casa. La madre se modera sobre todo en sus salidas nocturnas. 

El día de Año Nuevo Manuel acompaña a Kate y a su madre al teatro. A la salida observa que Roberto los sigue. Al día siguiente le da una carta para que se la entregue a Kate. Manuel hace de confidente y de cartero. Piensa que el amor es una cosa extraña porque es testigo de cómo ella escucha embelesada, con el corazón en un puño y el alma en un hilo, cualquier cosa que Roberto dice. Cuando la Nena regresa al colegio, se restauran las malas, las viejas costumbres de la casa. Se restablece el desorden habitual. 

En la calle Ancha asisten a una reunión en casa de la Coronela, una amiga cubana que conoció en La Habana de sargenta. Tiene una amiga que se llama Lulú que recita de mala manera unos poemas modernistas y les baila un tango con bisagra incluida, que es la parte científica fundamental del tango. Mingote es quien le enseña la gracia de los movimientos. Su padre se muestra quejoso de que le hayan recortado la pensión de ochenta a setenta duros mensuales. Por eso las hijas se tienen que dedicar al baile, las artes escénicas y todo lo demás… 


"El público, efectivamente, pedía bisagra, y que un poco más o menos de zarandeo era cosa de material"

 El tango de la corona

Se juega cuando aparecen los crupieres de gesto severo y rigidez de autómata. Aquello se puebla de gente de la más extraña apariencia. Un desfile de los representantes más genuinos de las artes del engaño. Chanchulleros procesados por fechorías cometidas en las últimas colonias de Cuba y Filipinas. Políticos de gabela súbitamente enriquecidos. Estafadores y timadores enfermos de enriquecimiento súbito por saqueo masivo de las arcas públicas. Qué manera tan fina de definir lo que cualquier castizo llamaría “casaputas”: “Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante. No reinaba el silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería alborotadora de un burdel: se jugaba y se amaba discretamente. Como decía la coronela, era una reunión muy modernista”. 

Horacio es un tipo peculiar con ideas propias. Vive “encenagado en los pantanosos campos de la sociología y de la antropología”. Explica la degeneración de la raza hispana por la escasez de lluvia. No hay más que comparar un esbelto rubio de ojos azules norteño con el prototipo bereber moreno, bajito y peludo de los países del mediodía. Está en posesión de una teoría personal cogida por los pelos. Explica el hambre como producto del analfabetismo; la agresividad hispana, por los trece millones que no saben leer ni escribir. Según su manera de ver las cosas, mientras unos emplean el tiempo en entender y en discurrir la lectura y la escritura; otros lo usan en dar salida a sus instintos fieros. Como consecuencia,  crece el crimen y el apetito aumenta, resultando con ello un aumento de consumo de pan y de su precio por avalancha de demanda. 

Como era de esperar, el dinero del harinero, don Sergio, se escurrió pronto en la harina de la manirrota Baronesa. El primo Horacio, que había entrado de puntillas en la casa, termina por quedarse después de cenar; eso significa otra boca más que alimentar, al tiempo que es la causa del corte de envíos del harinero. La merma de ingresos obliga al grupo a mudarse de planeta, a la calle del Avemaría, pero el desbarajuste que reina en el nuevo alojamiento fuerza a la Baronesa a empeñar hasta los muebles. Don Sergio respira por la herida de Horacio. Éste se hace el sajón y abandona la casa. Don Sergio exige control de gastos, método y régimen para seguir sufragando.


"Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos [...} sabía embellecerlo todo" 

Bodegón y paisaje tras de la ventana. 1968. 


La Baronesa decide alquilar una casa en Cogolludo para huir de las tentaciones de Madrid. Chucha se va con un sajón que siente la nostalgia del cocotero. Quince días de trabajos forzados de Manuel y la Baronesa tarda la casa en dar la cara, los mismos quince en tener a Kate entre ellos. Manuel trabaja en serio por primera vez en su vida para dejarlo todo a un andar, presentable. Se bate el cobre con los yerbajos del corral. Se bate en retirada con los nidos de avispas. Prepara un trozo de huerta a fuerza de ímprobos esfuerzos y sudores. Siembra, pero al mes lo da por perdido porque no le nace nada más que unos geranios y ajos que planta una criada. Kate pone unos tiestos que prosperan y acoge a un gato abandonado. Sin embargo,  nada se nos dice de los tres perros de la casa madrileña. Don Pío se debió olvidar de su existencia. 



La estancia en Cogolludo dura lo que tarda el calcáreo en aburrirse de soltar la gallina, cuando ésta se cansa de cantar, sucede el deshaucio, el desalojo por falto pago. Regresan a Madrid. Malviven. La Baronesa y Kate cogen un tren cuajado de emigrantes rumbo a Flandes. Como ya vamos conociendo que el autor sabe que el latín sirve para llamar egabrenses a los naturales de Cabra, sospechamos que tras la imagen de la llegada del tren retemblando a la estación está su fascinación por la modernidad, que tras estos párrafos habrá un giro en el relato, de la misma forma que lo había con los atardeceres rojos de la novela anterior de la trilogía: “Oyeron de pronto a lo lejos los silbidos agudos de un tren, aparecieron las linternas roja y blanca de la locomotora, fueron agrandándose en la oscuridad rápidamente, retembló la tierra, pasó la fila de vagones rechinando con una algarabía infernal, surgió una bocanada de humo blanco con incandescencias luminosas, cayó un diluvio de chispas al suelo y el tren huyó y quedaron tres farolillos rojos y uno verde danzando en la oscuridad de la noche, hasta que se escabulleron en seguida en las sombras”. 

De nuevo el hombro de Roberto, su ángel de la guarda particular, aparece en la estación para enjugar sus lágrimas de tristeza y soledad.


"El tren 
sube a mi tren azul 
su dulce chimenea te puede dar 
algo que hace tiempo buscas tú"
 R. Mercado; J.C. Molina





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
     
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