domingo, 2 de noviembre de 2014

El Quijote de Avellaneda (9) Alonso Fernández de Avellaneda. Compartimos el aire.





 "No pudo Sancho alcanzar a su amo, por mucha diligencia que se dio para hacello, hasta a la salida de la ciudad, donde le halló parado frontero el Aljafería."

El Quijote de Avellaneda (9) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo XIV 

Don Quijote sale de Zaragoza “corrido de la grita de los muchachos que lleva tras sí.” Sancho le alcanza en la Aljafería, a las afueras de la ciudad, acompañado de un soldado y de un venerable ermitaño que se encaminan a Castilla. El primero viene de Flandes y el clérigo de Roma. El soldado, Antonio Bracamonte, viene tieso, pobre de pedir porque ciertos fragutes lo han desvalijado en los confines de los estados. El soldado tiene malas pulgas; a una observación de Sancho le sacude media docena de espadazos en sordo que le tiran del burro de buenas a primeras. Lo habría coceado de no ser por la intervención de don Quijote que con el lanzón sobre el pecho del soldado le exige debido respeto a su criado. 

Sancho monta en cólera ante semejante humillación, le salen espumarajos por la boca. Pide que le dejen solo con el soldado. El ermitaño no puede con él de colérico que está. Se manifiesta así:
 -¡Cuerpo de mi sayo, señor don Quijote! ¿Yo no le dejo a vuesa merced en sus aventuras, sin hacerle ningún estorbo? Pues, ¿por qué, siendo así, no me deja a mí también con las que Dios me depara? ¿Cómo quiere que aprenda yo a vencer los gigantes? Y, aunque este pícaro no lo es, bien sabe vuesa merced que en la barba del ruin se enseña el barbero. 



 "Y si tienes por ahí a mano o en la faltriquera, alguna gruesa cadena de hierro, póntela al cuello para que parezcas a Ginesillo de Pasamonte y a los demás galeotes que envió mi señor Desamorado cuando Dios quiso fuese el de la Triste Figura, a Dulcinea del Toboso"
1950-Quebec-Chagor


Demostrando así la completa quijotización del criado que admite que con unas cuantas lecciones en un par de tardes y en ayunas sería un buen caballero andante, tan perfecto como lo haya del Zocodover al Alcana de Toledo. El soldado se aviene a darse por vencido como pide Sancho y a fumar la pipa de la paz en vista de la desproporción de los contendientes, no sin antes comprometerse a cumplir la voluntad del escudero de presentarse de rodillas ante su mujer,  Mari Gutiérrez, futura gobernadora de Chipre y todas las alhondiguillas, para presentarle los respetos de vencido por su marido en semejanza a los galeotes liberados que don Quijote envió a Dulcinea.  

-“Quien anda entre leones, a bramar se enseña.” Sentencia don Quijote en señal de aprobación, comprometiéndose a graduar a su escudero de caballero andante tras superar unas cuantas lecciones. Saca de las alforjas unos relieves de carne de carnero para repartirlas con el soldado y comienzan a caminar todos juntos, en buena armonía, al ritmo lento y sostenido que demanda el camino andado y por andar. 

Al llegar a Ateca, don Quijote les dice a bocajarro a sus compañeros de camino que ellos tienen que alojarse forzosamente en casa de su amigo el clérigo Mosén Valentín. Como los dos acompañantes no van muy sobrados de bolsa, aceptan la invitación. Antonio, de los Bracamontes de Ávila, ilustre familia y fray Esteban, natural de Cuenca que regresa de Roma. La iglesia y el ejército en armonía y buena compañía. 

 
"Tengo yo más villanos como él apaleados que he bebido tragos de agua desde que nací."

1926-1927 París

Mosén Valentín da una cordial bienvenida al espejo de la caballería andante, al fiel escudero y a la compañía. Sancho se interesa por la salud de la mula castaña que tuvo quimera con el macho del médico. Don Quijote y su escudero dan cuenta de las aventuras con el gigante Bramidán, acaecidas tras la derrota sufrida con el tosco e intratable melonero morisco de Ateca y subalternos. Ante la duda de Mosén Valentín sobre la gigantesca desproporción de Bramidán, Sancho le responde que “es imposible mienta un gran personaje, de quien se lee en los mapamundis se come cada día seis o siete hanegas de cebada.” 

Antonio cuenta su vida en la milicia, cómo marchó a Flandes en respuesta a la “inclinación a la guerra que me comunicaron con la primera leche” su linaje de los Bracamonte. Testigo del sitio de Ostende, conserva dos balazos en los muslos y el hombro medio torcido de una bomba de fuego que el enemigo arrojó sobre los elegidos soldados que intentaban el primer asalto al muro. Les dibuja con yeso el cerco de la ciudad flamenca con gran exactitud de torreones, plataformas y diques. Les refiere los nombres de los grandes hombres que intervinieron en la batalla para agrado de los presentes que son curiosos, sobre todo Sancho al que Ostende le suena a otro gigantazo como el Rey de Chipre. Se extraña que no hubiera en esas tierras un caballero andante como su amo que diese su merecido al bellacazo que se atreve a causar tal desaguisado entre los criados. Se gana el reproche de don Quijote por su ignorancia en Geografía. 

"Vieron sentados a su sombra dos canónigos del sepulcro de Calatayud, y un jurado de la misma ciudad"

El anfitrión interrumpe la plática al observar que hay materia narrativa para mil noches, otro duque artista que intenta rentabilizar el gasto del alojamiento. Reparte las habitaciones y las camas. Cada mochuelo a su olivo. Por la mañana intentarán convencer a don Quijote de que abandone su locura, sagrado baluarte, que se deje de caminos polvorientos y vuelva a su tierra, no vaya a morir como las bestias insensitivas en algún barranco, descalabrado y aporreado. En vano lo intenta porque don Quijote más madruga para ponerse en marcha en ayunas en dirección a Madrid. 

Cuando el sol comienza a herir y a sugerencia del ermitaño, deciden pasar a la sombra de unos sauces frondosos, al pie de una hermosa fuente de agua fresca y sestear hasta la caída del sol, cuando el calor y la inclemencia de los rayos de sol se moderan. 

Puede que a ti te guste o puede que no
pero el caso es que tenemos mucho en común.
Bajo un mismo cielo, más o menos azul,
compartimos el aire
y adoramos al sol. 
 Joan Manuel Serrat

 


 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
Las ilustraciones están tomadas de aquí
 

4 comentarios:

Paco Cuesta dijo...

Tal vez no hubiera sido una apuesta arriesgada quijotizar, como dices, a Sancho. Sería digno complemento a su otra vida como gobernador.
Un abrazo

Ele Bergón dijo...

Hola Pancho

He dejado de leer el Avellaneda y ya no os sigo. Admiro vuestra constancia y quién sabe si algún día me da por leerlo.

Toda lectura tiene su tiempo y creo que este no es el el mío para leer este Quijote que no me acaba de gustar.

El Sanchico me empujó a leer algunos capítulos y me quedé en el IV.

Choque de manos del Sanchico y un beso de la Ele

Luz

Pedro Ojeda Escudero dijo...

es quijotización es producto del refrán: Un loco hace ciento... sin embargo, a este don Quijote no hay quien lo sanchifique...

María del Carmen Ugarte García dijo...

De la panza sale la danza, pero ¿quién no ha soñado alguna vez con vencer gigantes y a la mañana busca en el desván algo que se parezca a un lanza?