"A veces mediamos nuestras fuerzas en la Puerta de Tierra con grandes y ruidosas pedreas"
EPISODIOS NACIONALES
Trafalgar (1)
Benito Pérez Galdós
Galdós dedica las primeras páginas de la novela, “Trafalgar”, a montar el andamio narrativo desde el que construir el relato de más envergadura de la literatura española: los Episodios Nacionales. En un primer momento planea narrar las aventuras y desventuras de Gabriel Araceli de 1805 a 1834, divididas en dos series de muletazos, de diez novelas por tanda, todas las veinte obras escritas en seis años, de 1873 a 1879. Después amplía los Episodios Nacionales ocurridos entre 1805 y 1880 a cuarenta y seis novelas una vez visto el éxito de la iniciativa.
Gabriel siente cerca el aliento frío de la parca y coge un segundo aire limpio para dejar por escrito algo que recuerde su paso por el mundo a las generaciones venideras. Advierte que no será una narración bella porque su oficio no es escribir, pero sí ajustada a la verdad. Toma así el relato la forma de memorias, contadas en primera persona. “El amor santo de la patria” que le da asiento en tierra firme y a la cual volverá, será siempre el ideal, el impulso heraldo que guiará las reflexiones que ahora nacen.
Los primeros hechos recordados corresponden a una derrota de la armada, una más de la ristra de victorias de la moderna flota inglesa sobre la española, ya achacosa y con menor potencia de fuego, en ese tiempo. Ocurren en Cádiz frente al mar porque allí nace nuestro protagonista en los últimos años del siglo XVIII. Cádiz es mar que invade la tierra y barcos de guerra que la defienden. Los primeros recuerdos son hombres heridos y barcos desarbolados, derrotados en la batalla naval del Cabo San Vicente por los ingleses en 1797.
La infancia de Gabriel no vive de estar muerta, son recuerdos de juegos de niños en la playa de la Caleta. Los niños de Cádiz son marineros en tierra, hijos de la mar, peces libres sin pedigrí, lazarillos nacidos en el agua salada, como Lázaro apellidado deTormes por nacer en mitad del río donde su madre lo parió porque era molinera. Gente del pueblo llano como Pablos de Quevedo. Nacer con aletas que recrecen en los muñones y aprender a nadar para ellos es obligatorio, les viene de serie. Comprenden el mundo por la parte liquida del planeta, la más hostil a los seres humano. Su catequesis en tierra es luchar a pedradas con bandas rivales para marcar el territorio como hacen los animales.
Gabriel rejuvenece al echar la vista atrás como el Lázaro del evangelio que se levanta y aprende a andar con corazón trasplantado y sangre nueva: “Esta sangre, tibio y perezoso humor que hoy apenas presta escasa animación a mi caduco organismo, se enardece, se agita, circula, bulle, corre y palpita en mis venas con acelerada pulsación”. Los recuerdos van a sus progenitores, las personas que le cuidaron en su minoría de edad, un homenaje a su madre que era muy hermosa: “El único ser que compensaba la miseria de mi existencia con un desinteresado afecto”. El protagonista muestra así el agradecimiento al símbolo biológico de la madre por ser cimiento de la sociedad y muestra un profundo desprecio a su tío, borracho maltratador, que se hizo cargo de él al quedarse huérfano. Abandona el hogar por malos tratos que le llevan a engrosar las tribus de los niños de la calle de la Bahía, de los que nadie se ocupa porque niños es lo que sobra. De esta sociedad de descuideros del hampa lo saca una pareja de edad avanzada de Vejer de la Frontera por casualidad, cuando escapaba de una leva para la marina que se preparaba para la guerra, con necesidad de carne de cañón. Pasa cuatro años a su servicio, trabajando de paje para ellos, de los diez a los catorce que eran los que contaba en 1805.
Mi fama me precederá
Hasta el infinito y más allá
Y vive Dios que escrito está:
"Si te doy mi palabra
No se romperá"
Loquillo
Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequiacoordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
"A Chile, la región aún inexplorada, cuyo nombre en lengua aymara, quiere decir "donde acaba la tierra".
Inés del alma mía (3)
Isabel Allende
La novela no concede un momento de tregua. La trama continúa plena de aventuras, en una mezcla sabia de historia y ficción, protagonizada por personajes que se enfrentan a episodios de traición, acoso, sexo y amor apasionado; unos ingredientes que aseguran la tensión narrativa y la atención del lector; en definitiva, el éxito del relato. Pedro de Valdivia lo abandona todo cuando decide embarcarse para el Nuevo Mundo. Deja mujer (atada a una promesa de vuelta rico o hecho cenizas en una vasija de barro), madre, familia y amigos compañeros de su vida. Se empeña en pagar el pasaje y en conseguir la autorización real, pues con ella en mano “la aventura se llamaba conquista, sin ella era asalto a mano armada”.
Las playas de arenas blancas y las ramas abiertas de las palmeras tranquilas del Caribe los reciben con una calma engañosa. A poco que dejan la playa y se adentran en la ciénaga, el reposo desaparece y cae sobre ellos una atmósfera de “vapor malsano, un hálito de dragón”, poco sospechaban que tendrían que utilizar la espada victoriosa en Flandes e Italia contra la naturaleza lujuriosa, el invencible lodazal putrefacto que engulle a los hombres, hincha los vientres y provoca hambrunas verdes. Acosados, además, por esquivos y aguerridos indígenas antropófagos que disparan flechas ponzoñosas.
Unos meses de padecimientos más tarde Jerónimo Alderete y Pedro de Valdivia se desmarcan de la disparatada expedición de El Dorado (“el reino de Satanás”), y regresan al campamento base. Se reponen de los estragos del viaje fallido en La Española. Allí les llega la llamada de socorro de Francisco Pizarro cuyas tropas se hallan debilitadas por la partida de Diego de Almagro hacia el sur. Pizarro hace frente a la insurrección general de los incas con las fuerzas mermadas. Cuando Valdivia llega al Perú la rebelión ya ha sido sofocada, ayudado por las tropas de Almagro que, diezmado, ha vuelto de Chile. Valdivia se había embarcado en Panamá rumbo a Perú con cuatrocientos hombres y Almagro había regresado debido a la resistencia de los Mapuche y al malestar de la tropa por las penalidades extremas de la expedición. Tuvo que atravesar los hielos perpetuos de las cumbres andinas y las arenas ardientes del desierto. Valdivia confiesa que a él solo le mueve el idealismo, busca la gloria al marchar al sur. Cuando había alcanzado riqueza y seguridad en Cuzco, abandona a la narradora como dejó a su esposa en Extremadura. Luego se enfrentan los dos porque dos gallos no caben en el mismo corral: Almagro derrota a Pizarro en el sitio de Abancay.
Inés Suarez aprende tarde a leer y a escribir, pero se atreve a hacer crítica literaria. Desaprueba los términos vertidos por Alonso de Ercilla en La Araucana, en la que exalta a los Mapuche y acusa a los españoles de crueldad y ambición de riqueza. La crítica se centra sobre todo en lo mal que tratan a las mujeres: “Cada hombre tiene varias mujeres, a las que trata como bestias de trabajo y crianza”. También tienen aspectos positivos como su falta de codicia, la lealtad y el respeto a la palabra dada. “El peor castigo es el exilio, la expulsión de la familia y de la tribu, más temida que la muerte”. Le preocupa que sean los versos de Ercilla, inventores de la Historia, los que perduren en el futuro y que queden en el olvido las penalidades que las mujeres han pasado en Chile desde la época de las fundaciones y únicamente se recuerden las hazañas de los hombres en los campos de batalla.
"La ciudad, recién fundada por Francisco Pizarro en un gran valle, me pareció eternamente nublada"
Uno de los momentos cumbres y más tristes de la novela es la narración de la guerra civil entre Almagro y Pizarro, personajes de carne y hueso,desde el punto de vista de los nativos. La autora vuelve a mostrar su capacidad para la narración al encaramarse a la atalaya desde la que los indígenas observan; alejarse de los hechos para coger perspectiva es un hecho inteligente para así narrar mejor uno de los episodios más negros de la historia de España al llevar los viejos rencores a las tierras nuevas. Los incas ven incrédulos cómo los barbudos viracochas se destrozan entre ellos en la batalla de Las Salinas a las puertas de Cuzco, siguiendo las mismas consignas y al grito de “¡Viva el Rey y España!, ¡Santiago y a ellos!”. El enfrentamiento copia la ortodoxia y los ritos de las batallas en los campos europeos causantes de matanzas extraordinarias atizadas por pandemias de odio nuevo. Los indios espectadores, ciegos de mascar coca, hartos de comer carne salada y templados de beber chicha se lanzan como posesos contra los supervivientes viracochas rematando la faena con furor de inca rabioso en pecado original. Como consecuencia de la lucha fratricida de Trujillo contra Almagro (Cáceres versus Ciudad Real o los patos de las lagunas de Ruidera contra las cigüeñas negras de Monfragüe), Diego de Almagro es ejecutado por orden de Hernando Pizarro porque la costumbre dicta que el fracaso de una rebelión se paga con el patíbulo.
Durante la breve estancia en el corredor de la muerte, Almagro le cuenta a Valdivia las penalidades que sufrieron en una tierra donde “hasta los piojos desaparecían, y las pulgas caían de las ropas como semillitas. Nada crecía allí, ni un liquen, todo era roca, viento, hielo y soledad”. Se presenta como un vencedor sobre los elementos; la sed y el insoportable calor del desierto y los Mapuche, un pueblo irreductible que no rehúsa la guerra y busca la libertad, libertad, sólo libertad.
"Conseguí embarcarme hacia el sur con un grupo de frailes dominicos"
El viaje de Inés desde Panamá hasta el Perú dura siete semanas. Va en un grupo de frailes Dominicos siguiendo los pasos de Juan de Málaga a quien ya no quiere, pero tampoco olvida, todavía lo desea porque nadie le ha dado tanto gozo como él en estos años de castidad forzada. A bordo siente el acoso de los hombres, como si desprendiera el olor de una hembra en celo, atacada por lobos con el rostro de Sebastián Romero. El miedo al mal francés y a quedarse preñada sofocan el deseo y mantienen la virtud intacta, algo que el cuerpo no desea. Un Dios justo le perdonará la debilidad incitada por el aire caliente, los aromas y sabores del Caribe igual que perdona los agravios a los indios en su nombre.
Hay que volver a reconocer la habilidad innata de la autora para introducir temas sin amontonar información, incluidos los más candentes y complejos, sin violentar el texto. Pocas palabras le bastan para explicar la génesis del mestizaje en la América hispana aunque sea de manera superficial y sectaria, metiendo el dedo en el ojo. Aprovecha la lentitud del viaje de Inés Suarez de Lima a Cuzco para extender la fe indigenista, para dar de comer a la propaganda anti española de la leyenda negra: “Me contaron que las damas españolas del Perú ni siquiera se limpiaban el trasero solas”. Allá se irían las pijas que pasean los perritos lustrosos que mean todas las esquinas y los parques de España. Hay alguna página del libro que es un toro ya toreado de antemano (el Cazarratas de la novela), que no pasa de ser una máquina de consagrar creencias falsas y acusar de tontos e ignorantes a los nativos que ni siquiera conocen el valor de las piedras preciosas.
Las guerras dejan a los países empobrecidos y desordenados. Cuando Inés llega a Cuzco la posguerra ha comenzado a paso lento y cauteloso. Existe un rencor latente que aflora a la menor provocación. Se cerciora de que su marido, Juan de Málaga, ha perdido la vida en el campo de batalla, luchando en el bando de los vencedores. Francisco Pizarro la recibe en el palacio del Virrey, le da una bolsa de dinero para poder sobrevivir y manda que el Ayuntamiento le facilite una casa de protección oficial, “modesta, pero decente”. A partir de aquí es mujer libre y su vida se cruzará con la de Pedro de Valdivia y Rodrigo de Quiroga en la conquista de Chile que es lo que nos ha traído a esta novela.
"La relación con Pedro de Valdivia me trastornó. No podía vivir sin él, un solo día sin verlo me afiebraba, una noche sin estar en sus brazos era un tormento"
El asentamiento de Inés Suárez en Cuzco no significa reposo o sosiego para la protagonista principal. La novela entra en una fase de aventuras amorosas y cortejo fugaz que la llevan a los brazos de Pedro de Valdivia, un hombre entero de facciones viriles, “rostro abierto aunque severo, fornido, buen porte de guerrero, manos endurecidas por la espada pero de dedos largos y elegantes”, que no era poco en un paisaje varonil marcado por cicatrices y mutilaciones.
De la pasión al amor y la decisión de ambos, juntos como si fueran uno en un himno de amor, de marchar a la conquista de Chile dejamos la novela porque es marzo y nos tenemos que marchar a las aguas del cabo Trafalgar donde se libró la batalla marítima, de triste recuerdo, que abre los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós.
J'irais jusqu'au bout du monde
Je me ferais teindre en blonde
Si tu me le demandais
J'irais décrocher la Lune
J'irais voler la fortune
Si tu me le demandais
Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequiacoordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
"Dicen que todo está descubierto en esas partes del mundo"
Inés del alma mía (2)
Isabel Allende
La prosa de Isabel Allende es elegante y rítmica, cuidada con esmero. Hay algo de Bécquer en ella, parecida a la de Azorín en las enumeraciones: “La vida se reducía a rezos, suspiros, confesiones y sacrificios”. La vida en Plasencia durante la Semana Santa, a tiro de piedra de la catedral vieja“cubierta de escamas talladas”, es un retrato costumbrista exagerado donde procesionan encapuchados penitentes, se escuchan gemidos de flagelantes como los gritos y las voces nítidas de un partido de futbol sin gente en los estadios, se exhiben cuerpos cubiertos de llagas y contemplamos elevaciones del suelo. Se recrea la autora en la descripción del tópico superficial y la propaganda de la leyenda negra de una España ignorante y perezosa, poblada de seres envidiosos y violentos, de estigmas, procesiones y conventos y cómo no, la Inquisición, ni una apreciación positiva, Una España merecedora de ser lanzada a las fauces sedientas de las redes sociales, la consigna es destruir la parte de la historia que molesta. Una visión afortunadamente ya superada por la investigación histórica seria. Se le agradece a la narradora que no rematara la mala faena con una corrida de toros y cañas en la plaza de la villa para completar el retablo contada por un lego. La autora considerará que ya ha abusado suficiente de la propaganda gratuita y del tópico que lo da todo hecho.
No podía faltar la figura del don Juan, aquí de nombre Juan de Málaga, joven seductor con empaque de torero, putero y picaflor, un don Juan exento, desprovisto de la problemática del Tenorio de Zorrilla. El sartenazo que Inés le sacude en los morros por su infidelidad y rijosidad es la epifanía, los golondrinos en los sobacos de Aureliano Buendía o el calabazón del Lazarillo contra el toro del puente romano de Salamanca. Se acabó la tontería de hacer de menos y pegar a las mujeres. Esta mujer, Inés superwoman de armas tomar, se habría ganado la vida dónde y cuándo le hubiera dado la gana, hasta en el infierno aliada de Satanás. Además de costurera, sabe cocinar con gran éxito, ayuda a las monjas a atender a las víctimas de la peste en hospitales y a los heridos del cotidiano navajeo callejero. Inés Suárez es analfabeta y presenta trazas de medio bruja, una zahorí con el valioso don de descubrir el agua invisible en el subsuelo.
Durante años sólo recibe unos cuantos mensajes de Juan desde Venezuela que le lee el cura del pueblo y que le ayuda a responder como amanuense. A fuerza de privaciones consigue ahorrar para el pasaje y obtener el permiso real para embarcar, difícil de conseguir pues había que demostrar limpieza de sangre y ser acompañada por persona de respeto. Inés convence a Constanza, quince años de edad como la princesa Leonor que se va a Gales a estudiar. El amor por Juan de Málaga ha desaparecido, pero Inés quiere ser libre en el nuevo mundo.
"Para obtener mis papeles, dos testigos debieron dar fe de que yo no era de las personas prohibidas, ni mora ni judía, sino cristiana vieja".
El hilo principal de la narración encarnado en las vivencias de Inés Suárez no es lineal, va y viene de unos personajes a otros. De repente toma un camino que puede parecer secundario, pero que confluirá con la trama principal al otro lado del charco. Pedro de Valdivia se cría en Castuera a unas cuarenta y cinco leguas de Plasencia. (Se hacían unas ocho leguas diarias al paso de una buena caballería, imposible recorrerlos en tres jornadas como dice la autora). La novela adquiere relevancia al ser una mujer la que protagoniza el viaje al nuevo mundo, aunque sea empotrada en un mundo de hombres rudos y pendencieros.
Aparece también Francisco de Aguirre de Talavera de la Reina (la autora escribe que cerca de Toledo, las distancias no deben ser las mismas que en América), se hace amigo de Pedro de Valdivia en los invencibles Tercios de Flandes. Ambos saben leer y escribir, son unos fieras en la batalla. Comparten con el emperador Carlos V el 1500 como fecha de nacimiento. La crueldad es una virtud en la guerra. Participan en las campañas de Flandes e Italia. La compañía mandada por Valdivia detiene al rey de Francia, Francisco I en la legendaria batalla de Pavía. La sangre de diez mil soldados empapa el campo de batalla. Aprende que la guerra es una ciencia que requiere estudio y lógica para ganar, no sólo vehemencia y fogosidad de hombres como Francisco de Aguirre.
Isabel Allende vuelve a caer en el tópico fácil en esta parte de la novela. Ahonda en el desprecio y ese hacer de menos todo lo conseguido por los militares y políticos españoles cuando en sus dominios no se ponía el sol. Los soldados de los tercios eran mercenarios, entre ellos estaban los feroces lansquenetes alemanes y suizos, cobraban la soldada tarde, mal y nunca. Ebrios de alcohol y sangre entran a saco y espada en Roma dispuestos a aplicar sin contemplaciones el derecho de victoria. Matan a destajo a todo bicho viviente, saquean, decapitan estatuas y personas, roban. “Durante los primeros ocho días fue tan cruel la matanza, que la sangre corría por las calles y se coagulaba entre las piedras milenarias”. Violan mujeres y niñas, torturan y profanan templos y reliquias sagradas. La rapiña dura sesenta días a pesar de que Valdivia y Aguirre ponen su espada a favor de las víctimas perdedoras. Aguirre obtiene del Papa Clemente VII el permiso para casarse con su prima a la que exige fidelidad sin correspondencia porque él no puede renunciar a las mujeres, al vino y a la espada. No parece que hubiera problemas de infidelidades porque aún se habla del mítico ardor de la pareja. Los vecinos se juntaban para apostar sobre la cantidad de asaltos amorosos de las noches toledanas a orillas del Tajo y del Alberche.
-¡A mí, teutones hijos de puta!-gritaba aquel vasco tremendo, rojo de ira, enorme, blandiendo la espada como un garrote"
Con la soldada y el saqueo los soldados imperiales no se ponen millonarios como toreros, pero sí lo suficiente para ponerse en marcha en el regreso a España. Pedro de Valdivia invierte en su patrimonio. Marina lo espera con diecisiete años de mujer hecha y derecha. Sin embargo, en asuntos de alcoba se parece a una oveja quieta que acaba por aburrir al marido. Durante unos años se dedica al ganado y las cosechas, a mirar al cielo a esperar la lluvia y a la lectura del Cid Campeador y autores como Solino y John Mandeville que le mantienen alerta y le hacen soñar en aventuras y fundación de ciudades nuevas.
La autora juega con habilidad, arma un dialogo entre Jerónimo Alderete y Pedro de Valdivia en el que aquél le cuenta cómo “sesenta y dos zarrapastrosos caballeros y ciento seis exhaustos soldados de a pie” conquistan el imperio inca y le pone los dientes largos con la gloria y el oro de Atahualpa. Se convence de que su destino está allí, más allá de los mares.
El capítulo termina con Inés recién llegada a Panamá, rodeada de animales y pasajeros rijosos, después de una azarosa travesía de tres meses de océano junto a su sobrina Constanza, una quinceañera que cae rendida a los encantos de Daniel Belalcázar, cronista y dibujante enviado por la corona y que le dobla en edad. Se casan al llegar a Cartagena. Inés Suárez se gana el respeto de la tripulación y resto de pasajeros poniendo en práctica sus conocimientos de cocina y de barbera, cauterizando heridas, componiendo huesos de los marineros después de una tormenta que causa estragos y a sartenazos como hiciera antes con Juan de Málaga. En Cartagena manda a mejor vida a un marinero llamado Sebastián Romera al pasarse de la raya.
"Fina cadencia en el anca,
brillante seda en las crines,
y el nervio tierno y alerta
para el deseo del amo.
Ya no levanta las manos
para luchar con la arena,
quedó plasmado en el tiempo
su andar de paso peruano".
Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequiacoordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
Isabel Allende nace en Perú en 1942, hija de diplomático, primo hermano de Salvador Allende, mítico presidente de Chile que muere metralleta en mano defendiendo el Palacio de la Moneda y la democracia chilena. La autora tiene que exiliarse (el más terrible mal que le puede pasar a un ser humano) en Venezuela en 1975 porque el régimen excesivo de Pinochet no “tolera que exista un pensamiento libre y crítico que desafíe su propaganda”. La sobrina del presidente caído trabaja de periodista en Santiago, actividad que pretende continuar en Caracas con muchas dificultades porque no es lo mismo la austeridad y rigor chileno que la laxitud y flojera caribeña. De la necesidad y de la magia del mar Caribe hace virtud que la empuja a escribir novela, de aquí surge “La casa de los espíritus”, su obra maestra.
La vida de Isabel Allende contiene un culebrón sudamericano. A poco que se indague en su biografía se observa que tuvo una infancia feliz, exenta de preocupaciones materiales. Se la puede considerar una privilegiada del sistema que recibe una educación exquisita, ve el mundo desde una posición pequeño burguesa que le permite tiempo libre para leer con bolígrafo y papel y aprender las estrategias de la escritura, eso no quiere decir que pueda vivir sin trabajar. Ni siquiera Bill Gates que nos quiere poner a comer hamburguesas sintéticas lo hace aunque pueda. Isabel Allende es una profesional de la escritura desde que tiene uso de razón, al estilo de los grandes autores hispano americanos como Julio Cortázar, Juan Rulfo, García Márquez o Vargas Llosa. Por citar a algunos que rompieron la vajilla y la precedieron en el oficio de retorcerle el cuello al cisne con excelencia en sus países respectivos.
Isabel Allende levanta controversia cada vez que escribe una novela porque sus obras se convierten en superventas para los estándares del idioma castellano. A mi juicio es una escritora con oficio, gran capacidad de contar historias y con baraka. La suerte la encuentra trabajando. Construye artefactos narrativos sencillos que sigue a rajatabla. Le da al lector todo bien migado para que no tenga que volverse del revés para entender la lectura, leyéndola se pasa un buen rato. Hay quien la acusa de ser una simple escribidora, pero de las mejores, diría yo. Siempre hay celos y gente que le tiene gato cuando escuchamos estas apreciaciones de colegas de profesión que todo lo critican. Enseñar deleitando también es un arte, pues como afirmaba Cervantes, no siempre se está en los oratorios, la lectura tiene esa vertiente de liberación para el lector, un respirar y andar por las alamedas. La escritura como juego divertido, no ese semblante de cabreo permanente en el que algunos se asientan. Se nota que Isabel Allende se divierte al escribir.
Mi ejemplar de “Inés el alma mía” es de tapa dura y presenta una portada espectacular que te gana por la vista. Un desnudo de mujer de aroma mediterráneo, espectáculo de sensualidad. La imagen está atribuida a Leopold Reutlinger, hacia 1890. Me recuerda a aquella descripción magistral de Gabriel García Márquez en “Cien años de soledad”: “Entonces comprendió que no era esa la mujer que esperaba, porque no olía a humo sino a brillantina de florecitas, y tenía los senos inflados y ciegos con pezones de hombre y el sexo pétreo y redondo como una nuez y la ternura caótica de la inexperiencia exaltada. Era virgen y tenía el nombre inverosímil de Santa Sofía de la Piedad”. Una mujer varonil (un marimacho, diría un castizo). Pedro Ojeda nos presenta el término “varona”, más académico.
La autora nos advierte que la protagonista, Inés Suarez (1507-1580), nace en Plasencia, tierra fértil bañada por el río Jerte, a tiro de piedra de la frontera natural, la montaña que separa la llanura extremeña de la meseta castellana. Viaja a América a los treinta años de edad donde tuvo influencia política y poder económico. Añade que la razón que le decidió a escribir sobre Inés estriba en que ha sido una mujer olvidada durante cuatro siglos largos. Concluye que ella únicamente ha dado continuidad a hechos ciertos, narrados en las crónicas de la época y entregadas a los Dominicos por su hija Isabel de Quiroga en 1580. Hay cierto aroma cervantino en esta construcción del narrador en semejanza a los cartapacios de la Alcana de Toledo.
A continuación, nos topamos con un mapa que representa la morfología alargada de Chile, el “largo pétalo de mar” de Neruda. La expedición de Valdivia (1540-1541), la época de los expedicionarios fundadores de ciudades. Si nos fijamos un poco es notable el mestizaje de nombres nativos araucanos y españoles: Chiuchiu, La Serena; Atacama, Santiago; etc.
Sigue una ilustración en b/n de Manuel Ortega que reproduce un óleo de José Mercedes Ortega conservado en el Museo Histórico Nacional de Santiago de Chile en la cual vemos a Inés espada en mano animando con su presencia poderosa a los soldados en la defensa de Santiago. Las seis ilustraciones que preceden a cada uno de los capítulos en los que Allende divide la obra son de la edición de 1852 de “La Araucana” de Alonso de Ercilla.
Aunque todo lo anterior sea novela, conviene destacar que el relato propiamente dicho no comienza hasta la página trece. Un largo prolegómeno de explicaciones para que el lector no se llame a engaño. El relato está en primera persona, Inés Suarez, conquistadora, capitana fundadora presiente que ha entrado en el tiempo de descuento y escribe las memorias. Ha sido testigo y vivido desde la primera hora la conquista y fundación de medio Chile. Ha enterrado a muchos de los suyos y esa tierra ya es suya. Macondo no es tierra de los fundadores hasta que no inauguran el cementerio. Ella ha enterrado a Catalina en Santiago, una criada quechua, de Cuzco, que la ha acompañado desde los tiempos del gran viaje hacia el sur. Inés tercia en el desorden del mundo nuevo, “donde no rigen las leyes de la tradición y todo es revoltura: santos y pecadores, blancos, negros, pardos, indios, mestizos, nobles y gañanes”. Llega a señora viuda del Gobernador, Rodrigo de Quiroga, conquistadora y fundadora del Reino de Chile.
Una visita a la reproducción de las naves de Colón (la Santa María, la Pinta y la Niña) en Palos de la Frontera, debería ser obligatoria para cualquiera que quisiera tasar el valor de aquellos seres humanos que se decidían a cruzar los miles de kilómetros de océano en dirección oeste, siempre hacia la tumba del sol. Sólo los mejores, hombres y mujeres con la hierba entre los dientes, los más audaces, pendencieros ávidos de aventura se atrevían a embarcar en aquellas auténticas cáscaras de nuez. Algo parecido ocurre ahora con los que dicen que nada tienen que perder, llegan a las envejecidas playas mediterráneas desde los países jóvenes de más al sur en cayucos y pateras con camisetas de Messi y móviles de última generación en los bolsillos tras pagar un dineral por el embarque. En la actualidad el viaje de la emigración es desde el sur hasta el norte. El viaje es a un país más acomodado cuanto más al norte es el desplazamiento, ocurre también en todos los países tomados de uno en uno. Por lo que observamos las costumbres se mantienen sin cambio desde el siglo XVI. Primero viajan ellos, los más capaces de las razas autóctonas, que se abren camino en las dificultades y luego lo hacen ellas cuando consiguen los papeles, reclamadas por los varones desde los países de destino, paliando así un poco el desequilibrio de sexo. Puede que huyan del hambre y de las guerras, como haría todo ser humano acuciado por la necesidad, pero el movimiento emigratorio es voluntario.
Lo dejamos con "un olor a almendras amargas", sin pasar de la primera página de la novela con una oración de súplica de Joan Manuel Serrat:
Que las manzanas no huelen
que nadie conoce al vecino,
que a los viejos se les aparta
después de habernos servido bien.
Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequiacoordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
"¿Cuánto tiempo se va a quedar Haines en esta torre?"
Ulises (1)
James Joyce (capítulo 1)
La lectura completa de Ulises de Joyce es un trofeo único, se asemeja a la cabeza disecada de Bailaor en la pared de la casa de un torero. El toro que cualquier lidiador habría querido enlotar para darle fiesta y que Joselito, el Rey de los Toreros, hubiera podido seguir viviendo y liderando el escalafón otras cuantas temporadas más. Leer Ulises es también una cura de humildad para el lector. Aquí muere la prepotencia del lector aristocrático, aquí quiero yo ver a la aristocracia lectora agachar la cabeza y ofrecer la nuca desnuda al sacrificio, rendido ante la inteligencia de James Joyce en estado febril. Una novela exigente, ante la cual los espíritus más resistentes al sufrimiento se sienten desbordados por el glorioso caudal de continente y contenido indescifrable, para la mayoría entre los que me incluyo, que fluye entre sus páginas. He aquí unas notas tomadas al vuelo durante la lectura, con poco valor y sin mayor pretensión, uno no va a descubrir la rueda sobre el libro más comentado de la historia de la literatura.
El gordo Buck Mulligan es el personaje mandón del relato. Mulligan estudia Medicina. Se nos presenta con ínfulas de padre predicador en este comienzo del relato que tiene lugar en la torre Martello a unas siete millas de Dublín. Su cara es difícil de mirar debido a su longitud caballuna. Los dientes son “blancos e iguales brillando acá y allá en puntos de oro”. Una suerte de Makinavaja cervantino con esa obsesión por los dientes: “Sólo con que pudiéramos vivir de buenos alimentos como éste […] no tendríamos el país lleno de dentaduras podridas y tripas podridas”. El pelo intonso, como los libros de segunda mano intactos que compras en el rastro, sin abrir siquiera. Pero aquí se refiere a la tonsura de los clérigos (untonsured hair)con mechones y canoso a vetas. Mulligan es un cura falso y judío, irreverente y blasfemo que se dispone a afeitarse como primera faena del nuevo día. Lleva una bacía de níquel quijotesca y los trastos de afeitar entre las manos. Nadie puede decir que don James no haya leído el Quijote o a santo de qué iba el irlandés a comenzar la novela con el baciyelmo quijotesco más ambiguo y misterioso. O al menos eso parece indicar al usurpar el yelmo que corona la cabeza del caballero andante, el otro aventurero y viajero por antonomasia, en tantas portadas para abrir el viaje de ida y vuelta de Ulises.
Mulligan recibe el nuevo día con un Introibo ad altare dei, comienzo de las misas de antes. Se trata de una celebración extraña porque carece de feligreses, si acaso Stephen que le hace de monaguillo sumiso y un inglés llamado Haines. Tres personajes enjaulados en una torre que resisten durante una cuarentena, como ahora estamos medio mundo viendo la televisión y sin salir. La misa dura lo que Mulligan tarda en afeitarse.
Es difícil que la primera página de una novela sea más universal y simbólica, dedicada a Jesucristo, el hijo de Dios hecho hombre y a don Quijote, dos de los influencers más célebres en la historia de la realidad y de la ficción. Mulligan: mitad Cristo; mitad don Quijote.
Mojar la brocha, enjabonarse una de las mejillas y cuello por igual y con cuidado. La barbilla con cautela, la espuma en la navaja barbera, petición del moquero verdemoco de Stephen para limpiarla. Enjabonar la otra mejilla con la brocha y afeitarse por igual, con cuidado, sin hablar, seriamente para no darse un mal tajo y sangrar, sangre y llagas del católico. Volver a limpiar la navaja y plegarla, palparse la piel lisa con golpecitos de las yemas. Sentir el traqueteo del espejo y la navaja en el bolsillo donde están guardados.
Stephen es un bardo verdemoco, un cuerpo escombro que limpiar de gusanera putrefacta, que usa pantalones de segunda mano o segunda pierna estrenados por cualquier sifilítico. A decir de Mulligan “Mata a su madre pero no puede ponerse pantalones grises”. Vive atado a los recuerdos de la muerte de su madre. Un tipo que vive en Villatontos con Conolly Norman dice que padece la parálisis general de los alienados. Stephen Dedalus, que huye de la limpieza y del agua, el limpiador de la bacía de Mulligan huele “la baba pegajosa de la espuma en que estaba metida la brocha”.“El siervo de los siervos”, el hijo de un inglés y una italiana. Stephen el palanganero. El leve olor a cenizas mojadas de su madre moribunda lo persigue, el espejo rajado lo delata. Se pasea por la torre con un bastón de fresno con la contera desgastada de tanto arrastrarlo. Las varas de fresno eran muy apreciadas porque de ellas los celtas sacaban las lanzas. Al final del capítulo Stephen se va de la torre, en ella quedan Haines y Mulligan al que cataloga de usurpador. Cuidado con el “Cuerno de toro, pezuña de caballo, sonrisa de Sajón”.
Haines tiene el dinero por castigo, ha ido a un buen colegio inglés, antisemita nacionalista inglés que justifica la invasión inglesa de la isla esmeralda, le echa la culpa a la historia; “Después de todo, yo diría que uno es capaz de liberarse. Uno es su propio amo, me parece”. Un “oxonian” docto que habla gaélico para envidia de los irlandeses que lo ignoran, como la lechera que va a la torre a vender la leche recién ordeñada a granel. Haines le cae fatal a Stephen, sobre todo las pesadillas en las que habla en voz alta. Un recaudador de prepucios.
Otro día (esperemos que sea antes de otro año) hablaremos sobre el narrador de este primer capítulo, que es lo más sorprendente de este complejo artefacto narrativo.
All that trouble all that grief that's why I had to leave
Staying away too tong is in defeat
Why I'm singing this song, why I'm heading back home?
That's what makes the Irish heart beat
I'm just like a hobo riding a train,
I'm like a gangster living in Spain
Have to watch my back and I'm running out of time
When I roll the dice again if lady luck will call my name
Jacinto Barallobre, herido de muerte, asciende tambaleante la Rúa Sacra sembrada de cadáveres. Alguno rebulle todavía. Se agarra a la flecha para evitar más desgarrones en el pecho. Las casas arden, la soldadesca se desquita de las bajas propias en el enemigo vencido. Aplican el derecho de victoria sin contemplaciones: despanzurran las preñadas, violan a las doncellas y castran a los pocos varones supervivientes. Las fuerzas de los Bendaña okupan la Casa del Barco. Beben y beben y vuelven a beber, ¡hala, hala!, el vino servido por mujeres subyugadas. Los cánticos broncos ruedan como truenos por el espacio vencido. Jacinto llega a la rastra hasta el Santo Cuerpo. Saca el ataúd del altar y baja unos cuantos escalones que parecen subir hasta la boca oscura. El peso le desgarra más los tejidos y la sangre se le viene a la boca. La piedra se cierra para siempre.
Un cielo cárdeno como barriga de topo, gris de Albaserrada, abraza la soledad inmensa de la ciudad, mecida por el ritmo triste de la pleamar. Del norte llegan himnos corales que se acomodan al compás de habanera de las olas. El maelstrom de músicas se levanta a las escalas más altas “con los rugidos de leviatanes y serpientes submarinas”, justo en el momento en el que aparece don Jerónimo Bermúdez en la barca, vencedor del dragón Asclepiadeo. El Obispo se deja llevar por la barca ligera al Lugar Más Allá de las Islas. La brisa le riza los encajes. Así, hierático y solemne, habría llegado a su destino a no ser porque sus necesidades fisiológicas le obligan a remangarse los faldones de prelado separatista para hacer aguas menores en el océano. Los pliegues vuelven a su ser y el Obispo recupera la severidad una vez hecha la evacuación y efectuados los sacudidos de residuos pertinentes.
La belleza de la tarde no le interesa un ardite al Canónigo Balseyro. Su barca al pairo, cargada de animales fabulosos, de nombres tan impronunciables como una transcripción fonética del gaélico, recorre el camino hasta el Círculo Oscuro de Aguas Tranquilas donde el Obispo estaba mareado de dar miles de vueltas al anillo acuoso. Reciben a John Ballantyne entre cánticos triunfales en gaélico. De entonces proviene la leyenda de la ruptura de la espada contra la rodilla herida y el traslado de los trozos a la gruta de Finngall.
"Burujulalos lescita languovolcentes"
La embarcación del vate Barrantes llega al Circulo Tranquilo de las Aguas Oscuras cantando endecasílabos trocaicos,(heroicos puros) fragmentos de una Elegía a Castroforte Derrotada.Dios sabe lo que llevaría navegando y cantando con los cómputos extraños en esos atardeceres plomizos do Mare Tenebroso.
Jacinto Barallobre se aproxima en una lancha fuera borda, la flecha clavada en el corazón y cargado con el Cuerpo Santo cuya sola presencia hace emerger los tesoros de la mar: almejas, mejillones, bígaros, quisquillas y gambas al ajillo, chopitos y calamares, además de otros moluscos no comestibles. También salen a superficie otros peces agresivos como el pez sierra o el pez espada que forman una alfombra vistosa representando la vida y la muerte de Santa Lilaila de Éfeso. Encima de la alfombra se desliza el fuera borda de Jacinto Barallobre. Al entrar en el círculo se levanta un muro impenetrable de peces que el marinero Barallobre ya había roto mil años atrás.
Las primeras tinieblas se echan sobre la mar. La barca del Obispo se detiene y asume en forma y masa la barca del Canónigo. La barca de Ballentyne que les sigue se los traga sin esfuerzo. La suma y fusión de la embarcación de Barrantes con el vate a bordo es más dificultosa, el enganche perfecto se consigue a la segunda. El esquife fuera borda de Jacinto Barallobre se queda sin combustible. Al terminar la alfombra gloriosa, la barca múltiple tuvo que tantear varias veces, finalmente consigue la fusión perfecta y ser “ya para siempre un único y compacto Jota Be”. “Una contradictoria estructura áspera, inaccesible a la episteme”. El sol se hunde en sus abismos y el Santo Cuerpo se ilumina y gira sobre sí mismo con destellos intermitentes y pautados de faro.
CODA
El quiquiriquí de los gallos al amanecer despierta a José Bastida que se instala junto a la ventana con la Gramática de Bello y Cuervo en las manos para atrapar las primeras claras del día y leer. Un repentino crujido de las maderas unido a un ligero temblor, heraldo de un movimiento sísmico serio, lo envuelven en la impresión de estar flotando. Una sensación nueva para él, pues las leyes que regulan la navegación en líquidos y gases le inspiran escasa confianza. Sólo recuerda haber sentido algo parecido durante el sueño de las noches fluctuantes. Pero la percepción no es ilusoria, es como un movimiento reflejo en respuesta a un estímulo, en modo automático, sin que el cuerpo intervenga en la decisión.
"astas, astas, vistigar, delinquoslaia"
De repente Bastida pega un brinco y le grita a Julia que se levante, que se dé prisa, que se van de allí. Meten cuatro cosas revueltas en la maleta de manera precipitada y observa por la ventana la calle vacía y un gato que enarca el lomo y dice fu. Una arista parte en dos la lejanía del monte y oculta los arboles poco a poco. Se precipitan a la calle. Joseíño regresa a por la Gramática de Bello y Cuervo que había olvidado en la casa con las prisas. La gente se congrega en la Alameda, ellos se dirigen a la Rosaleda. Se tiran a tierra firme cuando ya la grieta se afirma, la ciudad se balancea y empieza a flotar. José besa a Julia detrás de las orejas y observa a Castroforte elevarse a las alturas. Cuando la ascensión llega a los quince metros, oyen al Poncio pontificar sobre las excelencias de su gestión. Le animan a tirarse, pero le vence el miedo.
Mientras Castroforte y el Poncio se alejan, José Bastida y Julia cruzan un sembrado de girasoles y se internan en el monte, detrás de unos árboles Joseíño tumba a Julia sobre la hierba y “Losdila maila Juliaco vestí deleia, ascolia misteia tespedulentes, vim, hospodaslen, lailós…”. Al levantarse, Castroforte es una nube lejana, quizás el rey Artús proponga al pueblo la proclamación definitiva del Cantón Independiente, hasta que en el Reloj del Universo suene la hora del regreso.
salgo a la calle gritando
salgo y no sé cuando vuelvo
me siento como Fred Astaire
clavando el talón sobre cemento
León Benavente
Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequiacoordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
"¿Sabe usted dónde está su hermana? Y Jacinto: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermana?" La saga/fuga de J.B. (44)
Scherzo y fuga. Capítulo 3
Gonzalo Torrente Ballester
Barallobre rechaza el simil de la granada estallante y los granos desparramados con la pasión desbordada y pone a pensar a la voz narradora que acepta la objeción; pero no elimina la comparación del todo, la aparca en la papelera de reciclaje para usarla en otro momento. La figura literaria no encuentra el sitio en la visita que don Acisclo, vestido con sotana nueva y sin violín, hace a Jacinto Barallobre a la mañana siguiente. El clérigo viene a interesarse por Clotilde. Barallobre lo recibe en la biblioteca llena de libros aspirantes al expurgo y la pira. Le responde con la hondura bíblica de Caín: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermana? La repregunta le lleva a pensar que la ha matado por asociación de ideas. Barallobre le explica que el significado de una frase no sólo depende de los significados independientes de las palabras que la conforman sino de las circunstancias coincidentes. En este caso concreto, la referencia es el hecho bíblico por todos conocido. Sin embargo, como ellos no son ni el Señor ni Caín, el traslado de significados no es pertinente. El Señor que todo lo sabe, pregunta por preguntar y Caín responde con otra pregunta absurda, como buen gallego. Lo que ocurre es que don Acisclo mezcla los niveles semántico y lingüístico que es como coger el rábano por las hojas. Don Acisclo asiente, embelesado por el poderío del razonamiento de Barallobre. Un Demóstenes auténtico: la oratoria como arte de dominar multitudes. Lo respeta como Vázquez de Mella respetaba a Castelar, el símbolo de la oratoria, aunque fueran de ideologías diferentes.
“La juventud es el lugar de cita de todas las sandeces”, sentencia don Acisclo dispuesto a plantar cara dialéctica al Castelar de la oratoria ante un cigarrillo que le recuerda la juventud en México. Nadie sabe el paradero de Clotilde; Barallobre supone que se haya ido a Santiago, como siempre hace cuando algo le sale mal. La noche anterior había sido la noche triste para ambos: los dos se quedan compuestos y sin pareja. Don Acisclo ni sospechaba que Clotilde estuviera enamorada de Jesualdo desde niña y ahora se casa con Lilaila.
" Los masones de Michel labraban piedras informes y sacaban de ellas arquivoltas, columnas geminadas, capiteles historiados, meros perpiaños."
Jacinto se retira de la escena un rato, va a buscar la cruz de Coralina Soto, una joya de valor incalculable de más de mil años de antigüedad para que se la entregue a Lilaila como regalo de boda, como Clotilde le había prometido. Le da también el icono para que se lo regale junto a la joya y que Bendaña lo vea todos los días de su vida, ahí radica la maldad. Una venganza inteligente al parecer del descreído don Acisclo que esboza una sonrisa cortesana al dejar la casa, no sin antes mostrar su preocupación por el efecto que cause el desengaño amoroso en Clotilde. Siempre tendrá expedito el camino del convento: “Allí podrá encontrar, trascendido a lo divino, el amor que apetece”. La suerte de Jacinto le importa un bledo, un hombre podrá encontrar otra mujer que le satisfaga sin mayor problema.
Las campanas de Castroforte resuenan alegres el día de la boda entre Jesualdo y Lilaila. Jacinto observa desde la terraza la ciudad disuelta en la niebla espesa que flota como un velero sobre el río Baralla. Las guedejas se enredan en los magnolios del pazo de Bendaña. La tienda del Mariscal asoma la gaita más allá de los mirtos y laureles. Allí los Bendaña y los generales juegan a la guerra y el Mariscal se ríe de todas las victorias sobre el enemigo de los descendientes: unos, ahorcados; otros, quemados; algunos, entregados a los ingleses o pasados por las armas; Jacinto Barallobre, comprando su libertad y él sin poder hacer nada “porque no le era dado cambiar lo acontecido, aunque los protagonistas de las derrotas pasadas estuvieran junto a él, en la misma terraza”. Conjugando en pasiva, justamente porque habita un tiempo al que no pertenece. Concluye y resume don Jerónimo:“El tiempo es una invención humana, la definición de algo irreversible e impenetrable”.
"Ballesteros improvisados corrían a los matacanes. Amparados en las almenas, los fusileros disparaban."
El Canónigo Balseyro propone dejarse de filosofía y pasar a la acción. Ha llegado el momento decisivo de empujar sin tibieza, la hora de las arengas. Cada uno a los suyos como mejor sepa. El obispo se dirige a caballo hacia la muralla. El canónigo al balcón. El almirante y el Lieutenant bajan la Rúa Sacra hacía la Puerta del Mar donde se ha emplazado la mayor potencia de fuego. Jacinto se mete enlos billares donde los muchachos del instituto se entrenan para el tour de Francia. Tanto los arenga para que les mole impedir que se lleven a Lilaila Aguiar, aunque sólo sea por los años que llevan haciéndose pajas a su salud, que salen en tromba a apedrear el tren con el corazón desgarrado e inflamado de lo suyo: la afrenta más insufrible, la mujer más bella de Castroforte arrebatada por un Bendaña. Jacinto los distribuye en grupos de tres y a su orden rompen los cristales de los vagones del tren y enardecidos siguen dándole gusto a la mano y se apedrean entre ellos en nombre de Lilaila, la fugitiva. Una piedra dirigida a Jacinto y una flecha derecha al corazón de Jerónimo Bermúdez se chocan en el aire y trocan los rumbos: la pedrada descalabra a Jerónimo Bermúdez y la flecha desgarra el pecho de Barallobre afectando los pulmones.
El Vate Barrantes a bordo de la barcaza cañonera se aburre como una ostra de tanto esperar a que el enemigo aparezca por lo alto del camino con la mecha prendida en la mano. El tiempo acompañado del espacio inestable baila en la ceremonia de un tiempo anárquico que confunde la mañana, la tarde y la noche. Cae al agua, sale del río y la leyenda le obliga a esconder el Santo Cuerpo Rúa Sacra arriba y vuelta a las aguas del Baralla.
Mirar atrás, reflexionar, pararse a pensar qué es lo que ha pasado
Nos hemos equivocado
En alta mar no hay nadie a quién preguntar si es que hemos naufragado
O sólo hemos encallado
Igor Pascual
Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequiacoordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.