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domingo, 31 de octubre de 2010

Diego Torres Villarroel (3)

Todos estamos en lista, preparados para embarcar.


Nada mejor que estos días en que los camposantos están concurridos también de vivos, visitados como si los cementerios fueran museos del descanso eterno, para sacar del ostracismo estas sentencias del genio de Torres Villarroel sobre la muerte. Que sirvan de conjuro de esa especie de carnaval de máscaras de origen sajón que tanto se ha asentado entre nosotros a costa de la tradición.

Convento de San Esteban
“No hay cosa que no sea sepultura para el hombre muerto. La tierra le pudre, el agua le deshace, el aire le enjuga, el fuego le seca, los gusanos le comen, los animales le despedazan, las aves le pican y los peces le tragan. Dos cosas no le pueden faltar al hombre: si vive, muerte; si muerte, sepulcro.”

“De nada se burla el tiempo tanto como de la vanidad de los muertos. ¡Qué presto borran los días la soberbia de los difuntos en los epitafios de las piedras!”

“No quiero elogios, porque son anuncio del túmulo, ni que me busquen las honras con los pies en la tumba; más quiero espantajo que pueda yo mirar, que estatua que no pueda ver.”


“Recetas de Torres añadidas a los remedios de cualquier fortuna”, Tomo 3.
Torres Villarroel


Cuando las campanas tocan a muerto, no tocan por otro, tocan por ti: un paso al frente para cubrir las mermas.
Torres de la catedral y de la capilla de la Universidad.

El sol cambia el color de la piedra de Villamayor. Catedral Nueva

Las fotos son propias.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Diego Torres Villarroel (2)


Torres Villarroel pasa por ser uno de los escritores españoles más prolífico y con más ingenio del Siglo XVIII. He aquí un par de muestras extraídas de algunos de sus textos. Genio y figura.


“El uso del coche es el más nocivo y éste es el trasto más enfermo que han inventado los hombres, porque cría sus cuerpos crasos, gotosos, reumáticos y fétidos, porque dentro de aquella estufa no respiran viento puro, si sorben más aire que el de las ventosidades que despiden, y regüeldos que escupen, y todo el hedor y hálito, que por pestífero arroja la naturaleza. “
“La vida natural y católica”, Tomo IV, 1751:
Diego de Torres Villarroel


En este palacio trabajó al servicio de La Casa de Alba y murió.


Es el amor un trasto, un chulo, un coco,
Que al más gigante espanta, muerde y pica,
Se entona, se enfurece, se repica
Y es un rapaz que no se limpia el moco,
No ha sabido pedir caca tampoco,
Que con ella nos mancha y nos salpica
Y es de tal travesura mi Marica
Que hace del más discreto el mayor loco.

“Sonetos morales a varios asuntos”, Tomo VII, 1752

A alguno de los antepasados de la anciana y mediática duquesa sirvió don Diego. Aquí en los toros esta última feria. Plaza de la Glorieta

domingo, 21 de marzo de 2010

Diego de Torres Villarroel

Fachada plateresca de la Universidad. En ella fue catedrático de Matemáticas don Diego

Hidrólogo, poeta, médico, meteorólogo, experto en apicultura, músico, catedrático de matemáticas, aprendiz de parapsicólogo, oráculo, vendedor ambulante, torero, astrólogo, bailarín, teólogo, clérigo, bordador, actor, dramaturgo… son sólo algunas de las actividades que don Diego Torres Villarroel (Salamanca, 1694 – 1770) emprendió a lo largo de su vida. Personaje que no dejó indiferente a nadie, movió pasiones que él mismo instigaba a favor o en contra en una ciudad cuya población en ese momento no iba más allá de 15.000 almas. A la popularidad que le adornó en vida – algunas de sus obras fueron auténticos best sellers - le sucedió el olvido, como suele acontecer con la mayoría de los escritores.

Don Diego fue un heterodoxo en su tiempo: transgredió los tabúes de la ortodoxia universitaria y jamás fue comprendido. Fue un magnífico del conocimiento científico, a menudo echando mano del habla de la calle, si con ello se hacía más inteligible.

Calle Libreros
Hijo de un librero de la ciudad, su infancia discurrió entre libros y pliegos impresos, en la calle Libreros, donde se alza la fachada plateresca de la Universidad. Con la excepción de unos cuantos años, vivió, trabajó y murió en Salamanca, de cuya Universidad fue catedrático de Matemáticas. Su muerte – cuando alcanzaba los 77 - tuvo lugar en el Palacio de Monterrey, pues venía siendo administrador de los Duques de Alba desde hacía unos veinte años. Sus restos descansan en la iglesia de los Capuchinos.

“Yo disculpo en la Universidad el poco amor con que me ha tratado; lo primero, porque soy en sus escuelas un hijo pegadizo, bronco y amamantado sin la leche de sus documentos. En sus aulas no se consienten ni se crían escolares tan altaneros ni tan ridículos como yo, ni en ellas se especulan ni practican los disparates y fantasías que yo agarré al vuelo por el mundo, cuando vagaba libre y alegre; y a la verdad, nunca me hallé con gusto ni me sentí con humor de aprender los arrebatamientos, profundidades y tristezas con que hacen los negocios de su sabiduría. Lo segundo, porque mi temperamento y mi desenfado es enteramente enemigo a la crianza y al humor de sus escolares, porque ellos son unos hombres serios, tristes, estirados, doctos, llenos de juicio, penetraciones y ambigüedades y yo soy un estudiantón botarga, despilfarrado, ignorante, galano, holgón y tan patente de sentimientos, que siempre que abro la boca, deseo que todo el mundo me registre la tripa del cagalar.”

Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego de Torres Villarroel 1752


Palacio Monterrey, donde murió. Propiedad de la Casa de Alba.



Iglesia de Capuchinos desde el parque de San Francisco.