La Plaza de los Bandos está vinculada a la historia de la ciudad. Toma su nombre de las luchas sangrientas y rencillas entre familias nobles de Salamanca en las postrimerías de la Edad Media. La plaza surge en el solar dejado por la desaparecida iglesia de Santo Tomé.
A un lado se encuentra la casa de María la Brava. La leyenda habla de una madre coraje que persigue hasta vengar la muerte de sus hijos. En el curso de las luchas de los bandos salmantinos, encuentra y mata a Los Manzano en una posada de Viseu. El regreso lo hace cargada con las cabezas de los vencidos que arroja sobre las losas de los sepulcros de sus hijos en la iglesia de Santo Tomé. La casa data de mediados del S. XV. El escudo con corona abierta nos revela el ascendiente real de su propietario. En efecto, el marido de María la Brava, Don Enrique Enríquez de Sevilla, era tercer nieto del rey Fernando III.
"Saliendo por el arco de la calle Zamora o por el de Pérez Pujol, se llegaba en pocos minutos a mi casa. Casi siempre iba corriendo, porque me había entretenido con alguien y había que estar en punto a las horas de comer y cenar. Llamar por teléfono a los padres y decir: “Oye, que no voy a cenar”, eso era algo que no se concebía. Mi casa estaba en la Plaza de los Bandos, en ella nací y viví hasta poco después de acabar la carrera, cuando me vine a Madrid en busca de otros horizontes. Mi casa ya no existe, la tiraron hace unos años, sin que nadie me avisara. Era de tres plantas, con miradores planos, yo vivía en el
primero. Ahora hay un Banco. Me hubiera gustado llegarme a sacar una foto por lo menos, antes de que entrara en acción la piqueta. Aunque qué más da, de qué sirve una foto metida en un cajón, cuando todas las demás cosas han cambiado o se han perdido para siempre. Desde el balcón de mi casa veía la iglesia del Carmen, donde me bautizaron, allí enfrente, junto a la casa de doña María la Brava.
He jugado mucho en la Plaza de los Bandos, para los niños de aquel tiempo no entrañaba peligro jugar en la calle. Lo he recordado así en mi novela El cuarto de atrás:
"Jugábamos a tantas cosas en aquella plaza, a los dublés, al pati, a las mecas, al juego mudo, al corro, al monta y cabe, al escondite inglés, a chepita en alto: también había juegos de estar en casa, claro, de ésos sigue habiendo, pero los de la calle se están yendo a pique, tos niños juegan menos en la calle, casi nada, claro que también será por los coches, entonces había muy pocos. En aquella plaza sólo tenía coche un médico que se llamaba Sandoval, y era un acontecimiento cuando llegaba, nos bajábamos de las bicicletas, las madres se asomaban al balcón con gesto de apuro: “¡Cuidado, que viene el coche de Sandoval!”, y eso que él mismo ya entraba con cuidado, a treinta por hora".
primero. Ahora hay un Banco. Me hubiera gustado llegarme a sacar una foto por lo menos, antes de que entrara en acción la piqueta. Aunque qué más da, de qué sirve una foto metida en un cajón, cuando todas las demás cosas han cambiado o se han perdido para siempre. Desde el balcón de mi casa veía la iglesia del Carmen, donde me bautizaron, allí enfrente, junto a la casa de doña María la Brava.
He jugado mucho en la Plaza de los Bandos, para los niños de aquel tiempo no entrañaba peligro jugar en la calle. Lo he recordado así en mi novela El cuarto de atrás:
"Jugábamos a tantas cosas en aquella plaza, a los dublés, al pati, a las mecas, al juego mudo, al corro, al monta y cabe, al escondite inglés, a chepita en alto: también había juegos de estar en casa, claro, de ésos sigue habiendo, pero los de la calle se están yendo a pique, tos niños juegan menos en la calle, casi nada, claro que también será por los coches, entonces había muy pocos. En aquella plaza sólo tenía coche un médico que se llamaba Sandoval, y era un acontecimiento cuando llegaba, nos bajábamos de las bicicletas, las madres se asomaban al balcón con gesto de apuro: “¡Cuidado, que viene el coche de Sandoval!”, y eso que él mismo ya entraba con cuidado, a treinta por hora".
Carmen Martín Gaite.
Rutas de Salamanca en mi recuerdo
Coto cerrado de mi memoria.
Selección y edición de Charo Ruano











