miércoles, 14 de diciembre de 2016

Niebla (7) Miguel de Unamuno. Un engaño perfecto.








" Emprendería el viaje, ¿sí o no?"

Niebla (7) 
Miguel de Unamuno 

Por dos veces las mujeres que le cercan le sacan los colores. Augusto no es de piedra, en las distancias cortas se desmorona. Y por dos veces los de casa, Domingo y Liduvina, en vista de las trazas le aconsejan que se dedique a la política. Los políticos sí que saben surfear entre el oficio y el beneficio. También en doble ocasión Augusto ha soltado prenda a Rosarito y Liduvina con eso del largo viaje. Y como es hombre de palabra, se siente obligado a cumplir después de decirlo y pensarlo con calma. Ellas no se dan por enteradas de la decisión. 

Eugenia se presenta en casa de Augusto para agradecerle en persona el donativo de la hipoteca, encuentra a su hombre desconfiado y a la defensiva. Se enroca aún más en su torre cuando ella expone el argumento diabólico: “¿Cree usted que es fácil que después de lo pasado y sabiendo, como ya se sabe entre nuestros conocimientos, que usted ha deshipotecado mi patrimonio regalándomelo así, es fácil que haya quien se dirija a mí con ciertas pretensiones?” Ella sigue dale que te pego con la farsa, se hace la víctima; una lágrima furtiva de mujer fatal, hecha toda ojos húmedos, rueda por las mejillas. Es ella la que le desestabiliza, le hace ir y venir y dar más vueltas que un argandillo. 

Por mucho que lo intenta, Eugenia tiene difícil darle la vuelta a la situación, su mercancía está demasiado averiada. Su plan consiste en hacer al donador culpable, que sienta la culpa de ser generoso. No se explica bien el rechazo de una ayuda porque venga del enemigo que tiende la mano. 

Un ¿Qué hay? de Augusto al que llama a la puerta en el momento más inoportuno rompe el instante en que el hielo parecía comenzar a derretirse. Es Rosario la que aparece con el cesto de la ropa planchada, viene a dar razones a Eugenia para rasear el desnivel. Al final se igualan los trigos. Él también tiene a otra. Se pone el sombrero y abandona la casa garbosa. Baja las escaleras pisando fuerte. Desde un descansillo alza la vista y saluda con la mano sin pararse. La Rosario aguarda. Los diecinueve años tersos de frescura dan para llamarle infeliz y pobre hombre. El hombre nada pobre puede confiar en su febril juventud, más fiel que Orfeo

Domingo le aconseja que se case con las dos a la vez. El dinero todo lo compra. No hay Otelas entre ellas. Ellas hacen la vista gorda si en el conjunto va todo incluido, el comedero y vestidero sin tasa. Si lo sabrá él que lo ha visto en las casas que ha servido.




" Tú sabes que en Portugal eso de los fuegos artificiales, de la pirotecnia es una bella arte."


Unamuno también incluye en la novela pequeñas historias intercaladas, como Cervantes en el Quijote. Así puede considerarse el relato triste de la propia vida que don Antonio le cuenta a Augusto en el casino. El autor recurre a ejemplos distintos para explicar su visión de los diferentes tipos de paternidad. Resulta que Antonio se casa loco de amor con una mujercita reservada, callandrona y enigmática como una esfinge. Los ojos garzos y dulces, como dormidos, sólo despiertan para chispear fuego. Ella lo admite de novio en un repentino ataque epiléptico; en otro, dice sí ante el altar; y en otro más, se larga de casa con un hombre casado (como el marido de mi madre que se largó con la peluquera de Sabina). Poco después del abandono, Antonio hace por conocer a la abandonada con hija. Del emparejamiento nacen cuatro hijos. Sus amores son “unos amores secos y mudos, hechos de fuego y rabia, sin ternezas de palabras.” Amores sin romanticismo, pero duraderos, a la contra del ladrón que le robó lo más querido. La hija primera ya es mayorcita y se casará cualquier día. 

De la paternidad deseada a otra menos querida al principio, pero luego aceptada y agradecida. El caso de Víctor es paradigmático y representativo de los beneficios de la paternidad. El chiquillo recién llegado, el intruso lo llama, le tiene ciego. La discapacidad visual le traslada por asociación a los fuegos artificiales en versión portuguesa. Quien no ha visto Lisboa, no ha visto cosa boa. El fogueteiro tenía una mujer hermosa a la que exhibía para dar envidia a los demás, era inspiración y musa de sus composiciones pirotécnicas. Obras de arte efímeras como un chispazo fugaz de valentía ante los alfileres de colores, los pitones en puntas de un toro bravo. Un accidente con el material explosivo le dejan ciego para siempre. A ella, la belleza primera desbaratada. A pesar de su ceguera el sigue con su porte arrogante porque no puede ver el rostro desfigurado de ella, sigue siendo la mujer más guapa del mundo para él. Valora lo indecible que le sirva de apoyo y lazarilla. Eso le pasa a Víctor con Elena a pesar de darle al intruso o precisamente gracias a ello. 






"Éstos, éstos son los que nos hacen viejos"

Una ceguera semejante deriva al miedo de Augusto a mirarse en un espejo porque termina por dudar de la existencia propia. Darse cuenta de ser un sueño, un ente de ficción. No lo puede evitar por su manía a la introspección. Y si uno no se reconoce, tampoco lo hace con lo más cercano. Igual que uno no se da cuenta del envejecimiento y afeamiento sino en los hijos que son los que hacen a uno envejecer. Así que le recomienda a Augusto que no se case si es que quiere gozar de la ilusión de la eterna juventud. Que se quede soltero y solo al brasero de picón, para dedicarse a pensar como hicieron Descartes, Pascal, Espinoza, Kant e incluso Sócrates que despachó a Jantipa el día que iba a morir, ya en el lecho de muerte para que no le perturbase. Pero eso es una novela contada por Platón. O nivola. 

La calle no está para filosofías, le da una peseta a un pobre que le pide que distribuya la riqueza un poco porque dice que tiene siete churumbeles al sol. Qué otra cosa pueden hacer los pobres sino hacer hijos para los ricos. Otra manera distinta de paternidad. El pobre va corriendo a la taberna más cercana a invertir en vino la limosna.


We stood at the altar 
The gypsy swore our future was bright 
But come the wee wee hours 
Well maybe baby the gypsy lied 
So when you look at me 
You better look hard and look twice 
Is that me baby 
Or just a brilliant disguise
Bruce Springsteen









Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



4 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

¿Le gustaría a Unamuno el Boss?
Este pobre Augusto se ve envuelto en su propia indecisión e impulsado a cumplir su palabra. Para eso ha desarrollado la voluntad después de una vida sin sentido... Y qué mujeres las de esta novela, por cierto...

María del Carmen Ugarte García dijo...

Los pequeños relatos incluidos en la novela, el relato del fogueteiro y la anécdota o chiste del borracho son, cada uno en su estilo, dos joyitas de la narrativa popular pasada por pluma ilustre. ¡Qué bien conocía Unamuno este mundo literario tan cervantino!

Abejita de la Vega dijo...

Algo más que comedero y vestidito sin tasa pide una mujer. Hombres. Unamuno no dejaba de ser hombre de su tiempo, no estaba tan lejos de Domingo.
Las mujeres, tal vez tengan alma.
Un abrazo

Gelu dijo...


Buenas noches, pancho:

Augusto se mueve siempre en la duda, y en la inconsistencia de su pobre amor. Ve la sinceridad en la joven planchadora e intenta aprovechar la situación. Eugenia, es su elegida para esposa, aunque desconfíe de sus propios sentimientos y de los de ella.

Abrazos
P.D.: Estupendas las fotos, y la canción.