domingo, 11 de enero de 2015

El Quijote de Avellaneda (23) Alonso Fernández de Avellaneda. Tablas al ajedrez.





"Caminaron hacia la casa del fingido Archipámpano, a quien dieron los pajes luego aviso de las visitas que llegaban"

El Quijote de Avellaneda (23) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo XXXII 

A primera hora de la mañana don Carlos y don Álvaro deciden presentarse ante Su Majestad para besarle la mano después de oída la misa. Don Quijote quiere seguirles al socaire del run run que le convoca a no estarse quieto en casa, a guerrear sin pausa. Ellos le convencen para que se quede en sus aposentos, aunque no sin guarda por si se le ocurre escapar. 

Sancho también quiere guerra, ya está concentrado en ello. Le indica a don Carlos que si ve al escudero negro,  le recuerde que se apareje para la batalla de la tarde o al día siguiente. A continuación, asarán un gazapo o algo y después del desorden gastronómico pueden negociar, le desafiará a segar. Le puede dar dos o tres gavillas de ventaja. Ya lleva tiempo dándole vueltas al magín sobre la mejor estrategia a seguir en la batalla: llevará una gran bola de pez blanda de zapatero en la mano izquierda, cuando el rival descargue su puño con furia, se le quedará pegado. Sancho aprovechará el desconcierto del momento para arrearle mojicones en la nariz hasta dejársela roja de pura sangre. 



 "Aquí tiene vuesa alteza, señor de los flujos y reflujos del mar, y poderosísimo Archipámpano de las Indias océanas y mediterráneas,"

Rendida visita a Su Majestad y demás grandes de la corte, acuerdan con un familiar y amigo que llevarán ante ellos a don Quijote y Sancho a condición de que se hagan pasar por el gran Archipámpano de Sevilla y su mujer la Archipampanesa. Disponen que don Quijote y Sancho se presenten en su casa con parafernalia y boato vaticanos, en carroza y a la caída del sol. Don Álvaro Tarfe presenta a don Quijote ante el señor de los flujos y reflujos del mar, como la flor y nata de la caballería manchega y defensor de sus reinos, ínsulas y penínsulas. El Caballero Desamorado calla para hacer el momento más grave, hasta que llegue el silencio profundo. Que todos callen y le oigan. Se dirige al “magnánimo, poderoso y siempre augusto Archipámpano de las Indias, descendiente de los Heliogábalos, Sardanápalos y demás emperadores antiguos” con solemnidad episcopal. El ha venido a ser amigo verdadero, obligando a emperadores a “rendir vasallaje, enviar parias, multiplicar embajadores, ” a hacer treguas mientras esté en su casa. Para comprobar que su fama no es voz que se lleve el viento,  quiere en su presencia entablar batalla con Bramidán de Tajayunque y ofrecerle la cabeza del gigantón a Cenobia, reina de las amazonas. Sin olvidarse de la victoria que espera con el hijo del rey de Córdoba y hacer que el príncipe Periandro de Persia desista de los amores de la infanta Florisbella en beneficio de su amigo Belianís de Grecia. Que mande ir y venir de uno en uno y por orden, que los reta a todos, desafía y aplaza. 

Quedan todos en suspenso al oír tantos disparates seguidos tan bien concertados sin saber qué decir. Por fin el mismo Archipámpano le sugiere al menos dilatar el combate hasta después de consultarlo con Bramidán y los grandes. Y que se retiren las damas (los niños y las damas primero) por temor a que todas se vean afectadas por el soplo de Cupido. El Caballero Desamorado será para su hija la infanta. Aquí están sus casas y el uso de todo lo que hay dentro de ellas para su yerno. 


"Ahí tengo yo el imperio de Grecia, Babilonia y Trapisonda para cada y cuando que los quisiere"

Don Carlos le indica a Sancho que ha llegado su minuto de gloria, la hora de darse a conocer y pedir licencia para librar batalla con el escudero negro y así ser armado caballero andante. Sancho copia la misma solemne actitud que acaba de presenciar en don Quijote. Hincado de rodillas ante su amo, le pide licencia para hablar con el señor Arcadepámpanos unas palabras, pues andando días y viniendo días se dignará a concederle el orden de caballería con todos los haces y enveses. 

Obtiene licencia con la condición de no decir sandeces. Cada vez que diga alguna, Don Quijote le tirará del sayo de tapadillo para que se desdiga en público de lo dicho. Con la ceremonia y lentitud al hablar copiada del hidalgo, se calla hasta que todos hacen lo mismo. Se dirige al “magnánimo, poderoso y siempre agosto harto de pámpanos...” ganándose el primer tirón de sayo por confundir sin ton ni son al augusto Archipámpano. Se presenta Sancho Panza por delante y por detrás, escudero y marido de Mari Gutiérrez, cristiano viejo y no pagano como el príncipe Perianeo, ante todo que conste la casta de los Panza. Continúa su comunicación hablada con interrupciones frecuentes,  que Sancho no tiene la memoria del misal. Intenta huir de los gigantones como de la maldición. Allá se las entienda su señor con ellos. Su enemigo mortal es el escudero negro. A ése ni agua. No parará hasta lavarse las manos en su sangre negra. La batalla no será a espadas ni a palos,  que podrían hacerse daño sin querer. Ha de ser a mojicones y cachetes. Si alguna coz o bocado se escapa, san Pedro se la bendiga. “Si bien es verdad que puesto en mi rucio, tanto me lo soy como cualquiera.” 



"Como media noche era por hilo, los gallos querían cantar"


El escudero negro tiene ventaja: está bien descansado porque lleva tiempo de vida regalada; hace dos años que no pelea y eso no se olvida aunque no se practique, como el Ave María. Para compensar la balanza, el señor don Álvaro le echará unos antojos de caballo, (Vete tu a saber en qué consiste el hándicap) así errará los golpes y a escondidas puede sacudirle mil porrazos y obligarlo a presentarse ante Mari Gutiérrez para rogarle que le pida perdón y así, derrotado el enemigo y retirado el estorbo, ser armado caballero andante, ser feliz, dejar de sufrir burlas porque a perro viejo no hay cuz cuz. 

Don Quijote monta en cólera por las risas tan ligeras de los presentes, gente de importancia y de orden que rompe la seriedad debida. La audiencia teme una lluvia de cuchilladas. Interviene la Archipampanesa para pedir que le traigan a la reina Cenobia y así comprobar su peregrina belleza, que salvo la boca, de un jeme mayor que las presentes, le sobra hermosura en un pie para dar y regalar. 

Se retiran don Quijote y el acompañamiento con el consuelo de que “empezaban ya a conocerle y temerle los de la corte.” 

Negocié tablas al ajedrez: tu alfil por mis peones,
abrevé en los pezones con sal de la mujer de Lot,
antes de que tiñera noviembre mis habitaciones,
descorché otra botella con la viudita de Clicquot.

Allons enfants de la patrie,
maldito mayo de París,
vendí en Portobello los clavos de mi cruz,
brindé con el diablo a su salud.

Mi manera de comprometerme fue darme a la fuga.





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

 

4 comentarios:

Paco Cuesta dijo...

A distancia pero te sigo.
Un abrazo

PENELOPE-GELU dijo...

Buenas noches, pancho:

Reconozco que estos últimos capítulos he dejado de lado el texto completo de wikisource y sólo te leo a ti. Eso sí, leyendo despacio, fijándome bien en tus ilustraciones, y admirando tu puntualidad, constancia y bien hacer.

Un abrazo.

P.D.: Te diré, que cuando escuché la canción de Sabina -por primera vez-, me informé sobre la ‘Gran Dama del champán’. Me impresionó este cuadro, con su biznieta.
Ah!, y hay que beber cava.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Hay que reconocer el ingenio de Avellaneda en este pasaje: lo del Archipámpano y las sandeces de Sancho -con tirones incluidos- son para provocar todavía hoy la risa.

Abejita de la Vega dijo...

Sería interesante volver a leer despacio esta corte real con la corte ducal del Quijote no apócrifo cervantino. Seguro que había un público que prefería esta, más sal gorda, va a usted a comparar.
Un abrazo, con toda mi admiración.