jueves, 13 de junio de 2013

Me lavé las manos




Paseando por el retiro. Nicolas Muller 1950


La lectura de la trilogía de La lucha por la vida nos deja la imagen limpia de un escritor independiente, un espíritu libre que lucha por su idea de libertad en cada párrafo que escribe, con aciertos y errores, pero siempre con la sinceridad de su propuesta por delante.
Antonio Muñoz Molina se confiesa lector y seguidor de Pío Baroja en un precioso artículo publicado en el diario El País en 1996, a los cuarenta años de su marcha: “En l9l7, escribió: "Yo supongo que se puede ser sencillo y sincero, sin afectación y sin chabacanería, un poco gris, para que se destaquen los matices tenues; que se puede emplear un ritmo que vaya en consonancia con la vida actual, ligera y varia, y sin aspiración de solemnidad". Cuarenta años después de su muerte, día por día, en esas palabras encuentro el resumen de la literatura que me gustaría aprender a escribir”. 

La tierra de Madrid adquiere tonos ocres de tragedia para acoger en su seno el cuerpo sin vida de Pío Baroja la víspera del día de todos los santos. Sus amigos lo bajan a hombros desde su domicilio de la calle Ruiz de Alarcón, un puñado de admiradores,  desafiando al miedo y al ambiente de hostilidad franquista lo acompañan hasta el cementerio civil. Camilo José Cela es uno de los cuatro que cargan a hombros al novelista en el último viaje. Con el temblor de la  emoción que le embarga y las manos teñidas del barniz de la caja nos lo narra así: 


Quizás no debiera haberlo hecho pero, esta mañana, a la vuelta del cementerio, me lavé las manos porque la caja de muerto de Pío Baroja -pobre como corresponde a su último atuendo- desteñía. Miguel Pérez Ferrero se tiznó la cara y Hemingway, aún con las escamitas del catarro en la nariz, lloraba tras sus lentes artesanos, sus lentes de médico de pueblo o de viejo marino holgando en tierra firme. Casas y Val y Vera, los fieles, los cotidianos, los tenaces Casas y Val y Vera- amorosos ambos: uno, tímido y mínimo; el otro, gallardo y derrotado- paseaban atónitos, idos y sin consuelo, su soledad. El pintor Eduardo Vicente tenía serios los ojos y apagado el pitillo de picadura. Clementina Téllez, criada manchega, besó al muerto en la frente y en la mejilla. Los besos de Clementina Téllez, cocinera de oficio, besos violentos y populares, sonaron igual que enamorados e inútiles trallazos. Julio Caro se metió en el bolsillo un frasco con tierra del verde Bidasoa para la tumba. Algunas mujeres lloraban por los rincones por donde, ayer, aún, Baroja alentara. Llegaron los funerarios- colilla en la oreja, blusón de feriante, gesto de estar de vuelta de todos los misterios-y cargamos el muerto. Una voz que olía a ojén, se levantó:
 - Para esto hay que saber. Lo peor son las esquinas, doble sin miedo. Por la escalera abajo, Miguel Pérez Ferrero, Eduardo Vicente, Val y Vera y yo, tropezamos varias veces. Hemingway no bajó a Baroja. 
- Es demasiado honor para mí. Sus amigos.., sus amigos de siempre... 
 - Como Ud. guste. 


Como se puede comprobar en la imagen, el entierro de Pío Baroja despierta escasa expectación.  La gente tenía miedo de que la encasillaran si asistía al sepelio. 

En la calle había doscientas personas; parte eran los del Rallye ibérico, que preparaban sus automóviles para la carrera. Estaban también un ministro y algunos académicos. El duelo se despidió cien pasos más adelante, a los muros del Museo de Artillería. La mañana brillaba más bien fría y temerosa y la gente caminaba con las manos en los bolsillos, medio distraída y como disimulando; medio avergonzada y como esperando a que pasase el tiempo lo más aprisa posible. 





 Por el Retiro paseaban los niños ricos y los novios pobres: aquellos, displicentes y soñadores; estos, ilusionados y sobones. A Baroja hubiera sido mejor enterrarlo por la tarde y una semana más adelante, en su mes preferido: noviembre. Pero la muerte viene cuando viene. Baroja, en sus canciones del suburbio tiene un pasodoble profético: 
Esas tardes del Retiro, 
en pleno mes de Noviembre, 
me dan la impresión romántica 
de un mundo que desfallece. 

Por Ventas, en la antevíspera del día de Difuntos, lucían -azules, rojas, amarillas, blancas, de color malva, frescas y recién cortadas- las prietas y tiernas flores de los muertos. El paisaje por donde, años atrás, anduvieron a la busca Vidal, el “Bizco” y Manuel, se pintó, al correr del tiempo, con la mancha, dicen que civilizada, del hormigón. 




Por el camino del cementerio, los lapidarios y los imagineros golpeaban el mármol de los recuerdos y las perpetuidades. Por el Abroñigal saltaban los niños, los perros y los gorriones del suburbio, las hurañas, las delicadas, las asustadizas y bellas y cochambrosas bestezuelas que jamás pasan de la plaza de toros y de la casilla de los consumeros. Un avión cruzó, zumbando, sobre el Abroñigal; los niños no lo miraron; los perros no le ladraron; los gorriones no levantaron, cauta y espantadamente, el vuelo. En el cementerio se leen nombres conocidos y sobrecogedores, al lado de nombres ignorados y sobrecogedores también. En el cementerio se ven tumbas pulidas como mozas y tumbas amargas como viejas enfermas. En el cementerio se huele el vientecillo del campo abierto, se palpa la brizna de aire que lame la tierra de los muertos, la tierra que acongoja- y que estremece- pisar. 




 Don Pío quedó a la izquierda, según se baja. Sobre su ataúd cayeron las tres o cuatro coronas que le acompañaron. El frasco de magnesia que Julio Caro trajo lleno de tierra, no quiso abrirse. Los fotógrafos decían:"Apártense, por favor", y los que allí estábamos nos hicimos a un lado. Después nos fuimos. Ya en Madrid, Rafaelito Penagos subió a casa de Baroja -a las habitaciones a las que no quise subir- a ver si encontraba mi sombrero. Después, me llegué hasta mi casa a lavarme las manos-quizás no debería haberlo hecho- y a guardar media docena de flores que preferí que no anduvieran rodando. 

Camilo José Cela 
Papeles de San Ramadans, noviembre 1956 
Transcrito de la enciclopedia: Historia de la Literatura Española. Orbis




Don Pío estampillado.



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


7 comentarios:

Paco Cuesta dijo...

Magnífica recopilación-homenaje que invita a la re lectura.
Gracias,
Un abrazo

Myriam dijo...

Muy buen homenaje y cierre de lectura, Pancho.

Te cuento que los judíos nos lavamos las manos siempre a la salida de un entierro o visita a cementerio.

Un beso


Abejita de la Vega dijo...

Pensaba que te tocaba enterrar a Juan Alcázar y vas...y entierras a don Pío. El reportaje funerario de Cela es muy interesante, lo que no dice por ninguna parte es que se tratara de un entierro civil, qué escandalazo. Si le has dado al Google habrás visto que tuvieron el mal gusto de fotografiar a don Pío muerto.

Baroja no debía ser muy rico, en las fotos aparece en su casa, escribiendo y con abrigo, no ´tenía calefacción o era muy friolero, o era una manía.

Las florecillas republicanas estuvieron en el sepelio, qué bien escribe Cela.

Besos

Aldabra dijo...

Un homenaje bonito, recordar aquel día y abrirnos los ojos a los que desconocíamos tales datos.

Un placer.

biquiños,.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Ha sido un colofón magnífico a tu acertada aportación a la lectura de Baroja. Los entierros siempre dimensionan al autor pero, sobre todo, a la sociedad que los trata o los maltrata.
Gracias, Pancho.

Ele Bergón dijo...

Efectivamente D.Pío está enterrado, en el Cementerio Civil de Madrid, en el cuartel 4, Manzana 2A, Letra B.

Me costó un poco encontrarlo, pero allí descubrí su sobria tumba.

Homenaje merecido a este gran autor al que le debo la lectura de "Aurora Roja"

Un abrazo

Luz

Gelu dijo...

Buenas noches, pancho:

Hace días que me miro esta entrada y me he detenido en cada uno de tus enlaces.
Te escribiría diez folios, por lo menos.
La cita que escogía Muñoz Molina es de ‘Juventud egolatría’. Tenía Baroja 45 años, y siguió otros 39 años, viendo, aprendiendo, pensando y escribiendo.
Me ha gustado mucho el artículo con el escrito de Cela. Por cierto, las flores están localizadas, guardadas en una cajita.
Estupendas las fotografías y texto, tras la foto de Tineo -Asturias.
Como no has puesto música, Copio de:
OBRAS COMPLETAS II- Pío Baroja -Desde la última vuelta del camino II- MEMORIAS- Edición de José-Carlos Mainer

Pág.1004...”Verdi era de los músicos que más me gustaban. Yo recordaba bastante bien trozos de varias óperas suyas, sobre todo de La traviata, de Rigoletto y de El trovador. Las cantaba a solas, porque tenía la voz bastante ronca.”
Pág.1005..."De Rigoletto solía cantar la balada Questo o quella, con la letra:
La Costanza tirana del core
Detestiano qual morbo crudele.
Sol qui vuole si servi fidele
Non v’ha amor si non v’e libertà.

También le daba mil vueltas a la Donna è mobile y a la canción de El trovador:
Il balen del suo sorriso
D’una stella vince il raggio
Il fulgor del suo bel viso, novo infonde
A me coraggio.
Ah!, l’amor, l’amore ond’ardo,
La favelli, in mio favor
Sperda il sole diun suo sguardo
La tempesta del mio cor.

Y el célebre Miserere:
A che la morte ignora
e tarda nel venir.”

Te dejo Miserere ,
en las voces de Caruso
y
Frances Alda, tal vez como lo entonaba Baroja.

Abrazos

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