miércoles, 9 de enero de 2013

Por cantar... el rap del daño que hacen las banderas





Baroja. Dibujo de Rafael de Penagos

La Busca. Pío Baroja (4) 

Fiel a su manera de concebir la narración, el autor describe de manera magistral el espacio - la Corrala del Tío Rilo que será el nuevo alojamiento de Manuel -, la atmósfera, el ambiente que allí se respira y los personajes en general. En el corralón va a convivir con “el comunismo del hambre; […] todos los grados y matices de la miseria: desde la heroica, vestida con el harapo limpio y decente, hasta la más nauseabunda y repulsiva”. Emplea tanta fuerza en plasmar por escrito la cochambre y lo hace de una manera tan vívida que huelga toda explicación. Una vez terminada la lectura, dan ganas de volver a leer, –luego- coger los útiles de limpieza y ponerse manos a la obra en: recoger la basura, desatascar sumideros, drenar fétidos charcos de agua retenida; en definitiva, echar una mano en desescombrar, adecentar y ordenar el lugar para que esas gentes dejen de chapotear en la ciénaga

Es el ambiente en este reducto cerrado una metáfora del mundo, un imperio de truanes que se ahogan en un océano de vidas desgraciadas. Así lo afirma don Pío cuando señala sin disimulo: “Era la Corrala un mundo en pequeño, agitado y febril, que bullía como una gusanera”. Insiste con sencillez paradójica carente de impostura: “Era la Corrala un microcosmo; allí había hombres que lo eran todo, y no eran nada”. Añade a la pata la llana: “Era […] gente descentrada, que vivía en el continuo aplanamiento producido por la eterna e irremediable miseria”. Y sin fingir concluye: “Todos sentían una rabia constante, que se manifestaba en imprecaciones furiosas y en blasfemias. Vivían como hundidos en las sombras de un sueño profundo, sin formarse idea clara de su vida, sin aspiraciones, ni planes, ni proyectos, ni nada”.





La Corrala. Eduardo Vicente. 1940

Define el escenario físico con maestría singular, propia de un curioso observador, sin privarnos de un detalle: “Entre la cal y los ladrillos de las paredes asomaban, como huesos puestos al descubierto, largueros y travesaños, rodeados de tomizas resecas. […] en otro tiempo pintados de verde; pero, a consecuencia de la acción constante del sol y de la lluvia, ya no les quedaban más que alguna que otra zona con su primitivo color”. Sus conocimientos médicos bien reflejados: “El viento y el sol de Madrid, ese sol que saca ronchas en la piel, se encargaba de desinfectar aquella madriguera”. 

 

"Los hombres charlaban en mangas de camisa; alguno, sentado en el suelo, rasgueaba monótonamente en las cuerdas de una guitarra"
 Viejo guitarrista. Picasso. 1903

Como toda situación de pobreza es susceptible de empeoramiento, aparece una vieja mendiga que semeja la muerte andando, lleva la muerte consigo. Porta una lata y un cesto para recoger las limosnas de la desvergonzada opulencia. Así está definida la Muerte: “Su mirada era extraviada, su aspecto huraño, la cara llena de costras; uno de sus párpados inferiores, retraído por alguna enfermedad, dejaba ver en el interior del globo del ojo, sangriento y turbio”. Algo parecido a esos filipinos que salen de los sepulcros porque viven en las tumbas. Un horizonte amputado de esperanza que emborrona la raya que separa los vivos de los muertos. 

Una vez definidos el espacio, la atmósfera y la calidad humana que adorna a los personajes que por allí desfilan a diario, el autor personaliza las características en unos actores concretos que aparecen por primera vez; establece el conflicto con los ya conocidos y traza la materia narrativa de lo que queda de novela: El Corretor tiene una lechigada de chiquillos además de a La Milagros, una esbelta muchacha  de veinte años que se habla con Leandro. Rebolledo, un enano barbero, contrahecho e inventor y cuatro ciegos: el Sopistas, el Brígido, el Cuco y el Calabazas. El Zurro, un ropavejero que tiene un puesto en el Rastro y una hija, la Encarna, una moza flamencona de veinticinco que odia a la Milagros porque Leandro sólo tiene ojos para ella. 


Pío Baroja explica a calzón quitado sus obsesiones más íntimas en sus escritos. Por eso provoca en el lector emociones a manos llenas que a menudo son de rechazo. Pasa lo mismo que con la publicidad: cuando es comedida y equilibrada, se la mira. En cambio, si resulta excesiva y repetitiva, nada importa que sea impactante, provoca rechazo en el receptor. 

En la corrala se “trabajaba, se holgaba, se bebía, se ayunaba, se moría de hambre; […] se concertaban robos, se prostituían mujeres”, pero apenas se jugaba; sólo las niñas al corro. Los niños simulaban la suerte del don Tancredo, una presunta faena que nadie conoce, ni ha visto realizar en una plaza de toros. Si acaso en alguna charlotada. Pero que don Pío recoge por dos veces en escasas páginas como un ejemplo más de la mezquindad, marginalidad sin salida e inadaptación de sus criaturas en el submundo de la corrala donde cualquier intento de salvación a través de creencias, valores éticos o morales se ve truncado por un horizonte amputado de esperanza. Sólo faltaba eso, que siendo antialiado, antisemita, anticlerical y antidemócrata no fuera a ser también antitaurino; con lo fácil que es y lo de moda que está. Y, por lo que sabemos, también estaba. No obstante, qué necesarias son estas voces incómodas e independientes, a contrapelo de todo,  que como su paisano, don Miguel de Unamuno, no se casan con nadie y expresan sus verdades aunque duelan.

 “Si quieres hacer algo en la vida, no creas en la palabra imposible. Nada hay imposible para una voluntad enérgica”, aconseja Roberto a Manuel tras haber sido testigo de la caridad que impide rebelarse, alivia carencias y somete a los que reciben. “A lo lejos, cortando el horizonte, ondulaba la línea del campo árido” de un futuro aniquilado. 

A los dos o tres meses de trabajar en la zapatería de don Ignacio y de vivir en la corrala, Manuel se acostumbra a la mezquindad del barrio miserable, se encariña con lo feo. Los domingos, él y Vidal se juntan con el Bizco, un bruto, una alimaña digna de exterminio, lujurioso como un mono y hombre primitivo. Una joya con dientes que miraba al pasado y al futuro de un solo vistazo. Se establece una hostilidad sorda entre los dos. Se plantea el conflicto en la clásica dualidad entre contrarios, que Pío Baroja consigue armonizar en la narración. Manuel representa el talento y la maña; el Bizco, la fuerza y la brutalidad. Veremos el resultado del enfrentamiento más adelante. 



 Mujeres de la vida. Gutiérrez Solana. 1917.

Un sábado después de una bronca con la Milagros, Leandro propone a Manuel dar una vuelta por las Injurias. Como hay "gente del bronce" avisa a Roberto y Fanny que lleva revólver a la cita. En la taberna de la Blasa observan a una veintena de hombres que juegan y ven jugar al cané. Con su estilo directo, descarnado y sin rodeos describe las mujeres de la vida: “algunas dormitaban con la colilla pegada en el extremo de la boca. Entre la fila de viejas había algunas chiquillas de trece a catorce años, monstruosas, deformes, con los ojos legañosos; una de ellas tenía la nariz carcomida completamente, y en su lugar, un agujero como una llaga; otra era hidrocéfala, con el cuello muy delgado, y parecía que al menor movimiento se le iba a caer la cabeza de los hombros”. De vuelta a casa se hunden hasta las rodillas en el lodo infecto de la Corrala. 

“Escribir en Madrid es llorar”, sentenciaba con amargura Mariano José de Larra y cantar en las Ventas, soñar… 


"Por cantar... el bolero que canta mi portera. 
Por cantar... una rumba gitana y canastera. 
Por cantar... aquel tango de "el día que me quieras". 
Por cantar... "loco por incordiar" a los horteras. 
Por cantar... bajo la lluvia, sobre las aceras. 
Por cantar... el rap del daño que hacen las banderas. 
Por cantar... vallenatos que amansen a las fieras. 
Por cantar... hasta que salga el sol por Antequera.
Por cantar...con mi primo Panchito a su manera 
Por cantar...esa guitarra carabanchelera.
Por cantar...hoy en Pekín, mañana en Talavera".
Joaquín Sabina 
   





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


10 comentarios:

Ele Bergón dijo...

Me gusta eso que dices de cómo dan ganas de ir a limpiar toda esa podedumbre que tan bien nos describe D. Pío.

Quizá a mucha gente le produzca repulsión toda la cochambre que en ambiente y personajes nos describe el autor de La Busca, pero he de confesarte que a mi megusta leerlo y me atrae. Quizá sea por su prosa, así como descuidada, como dejándo caer las palabras llenas de una intensa fuerza.

Un abrazo

Luz

Merche Pallarés dijo...

¡Magníficas tus reseñas de esta parte del libro! Justo cuando dejé de leerlo porque tanta pobreza, tanta suciedad, tanta fealdad y tanto desespero existencial, me estaba deprimiendo horriblemente. Y, a estas alturas, bastante deprimente es el ambiente que nos rodea para ¡encima! regodearme con ese lado oscuro de la vida que aunque sé que existe, no quiero verlo. Cobarde que es una... Besotes, M.

Gelu dijo...

Buenas tardes, pancho:

Qué excelentes trabajos sobre 'La busca'.
Volveré a comentar. Voy a preparar mi entrada. Con estas vuestras lo ponéis muy difícil.
Estupendos de veras.

Un abrazo

P.D.: El dibujo de Rafael de Penagos parece un bordado.

pancho dijo...

Don Pío sabe cómo provocar al lector con su literatura, puede que también quiera ir en contra de los Modernistas de la palabra bien dicha que en esos años triunfaban en el mundillo literario, que tampoco podía ser muy influyente con más de la mitad de la población analfabeta.

Gelu, el dibujo está escaneado de una enciclopedia de Literatura que anda por casa, pero no sé qué le pasa al aparato que no hay manera de quitarle esos colores tan raros que le salen. La trama del papel parece un bordado, efectivamente.

Un abrazo y gracias por vuestra visita y comentario.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

La descripción de esa corrala (espacio y gente) es tan soberbia que todavía no comprendo cómo algunos le niegan a Baroja su condición de escritor de estilo.
En esa corrala está todo el alma humana...

Myriam dijo...

¡Excelente trabajo, Pancho! ¡Fenomenal!

Te felicito
Besos

Pamisola dijo...

Se me ha chafado el comentario lo intentaré de nuevo:

Me parece estupenda la entrada, las opiniones, las imágenes, y hasta la música final.

La descripciones que el autor hace de la Corrala, son tan auténticas y apabullantes que entras sin darte cuenta, eso es muy difícil.

Las descripciones de los ambientes a mí me parecen lo mejor del libro.

Saludos.

Abejita de la Vega dijo...

Las banderas no traen nada bueno y si es pirata peor ya ni te cuento.
Tu corrala, la del dibujo, representa ese trocito que se salva de la cochambre y la pereza. Son mujeres sonrientes y laboriosas, parecen felices.
Porque la corrala barojiana tiene mucho más de esa suciedad que nos dan ganas de limpiar. A ver una brigada bloguera armada de jabón, estropajo y bolsas de basura.

Besos, excelente trabajo,como dice el profe "soberbia".

Aldabra dijo...

me encantan los cuadros de la corrala y de las mujeres de la vida, hablan por sí mismos.

biquiños,

Paco Cuesta dijo...

Llego en tiempo de reprimenda para felicitarte por tan magistral entrada.
Intentaré recuperar lo perdido.
Gracias