miércoles, 23 de enero de 2013

Crecí volando





La Busca. Pío Baroja (7) 

La desaparición de Leandro sume a su padre, don Ignacio, en la más profunda desolación. Enfermo de desesperación, deja de atender la zapatería como dios manda. Como de los negocios dependen a menudo los que allí trabajan, a la Leandra no le queda más remedio que despedir a Manuel. Su madre no le deja estar ocioso ni un día, más pronto que tarde le busca empleo en un puesto de pan y verduras del Mercado del Carmen regentado por el Tío Patas, “un gallegazo pesadote como un buey”, pero típico gallego trabajador, emigrante ahorrador que partiendo de la nada había conseguido tirar palante de su trabajo como autónomo. A Manuel le asignan un jergón detrás del mostrador de la tienda entre un persistente olor a berza podrida. El sereno lo despertaba al amanecer en que  comenzaba la faena cotidiana de un tendero que duraba hasta el oscurecer. La tienda no vende mucho, pero lo suficiente para vivir. El trabajo le dura tres meses, justo el tiempo que su madre tarda en pedirle algún jornal para Manuel. Al Tío Patas le da la risa cuando escucha la petición de la madre: “El muchacho no gana el agua que bebe” es todo lo que obtiene como respuesta

"El hijo del tío Patas se entendía con su madrasta".

La cita. Picasso. 1901

A veces la sucesión del tiempo no es lineal en la narración, como en el flashback de la vida familiar del Tío Patas que más parece un culebrón, pero contada con la presteza y precisión de un cirujano. 

La luz encendida. Benjamín Palencia

Manuel pasa a trabajar de ayudante de hornero en una tahona. Rápidamente se observa que el autor sabe de lo que habla, no en vano él mismo regentó la propia de la familia durante un tiempo. No menos de cinco anotaciones antológicas sobre la luz del local nos dan una idea de la importancia que concede a la luz a la hora de definir los espacios y la atmósfera que en ellos se respira. En este caso su precisa y exacta descripción consigue que la tahona parezca un lugar poco saludable, insalubre y degradado: 
Tenía unas ventanas con cristales tan oscurecidos por el polvo y las telarañas, que no dejaban pasar más que luz turbia y amarillenta”. 
“En el cual no se veía más que allá en el fondo el cuadrado de luz de una ventana alta con unos cuantos cristales rajados y sucios, por donde entraba claridad triste”. 
 “Cuando los ojos se acostumbraban a la penumbra reinante, se veían […] en el techo, gruesas telas de araña plateadas y llenas de polvo”. 
“El sitio del horno era anchuroso, con las paredes recubiertas de hollín, negro como una cámara oscura; un mechero de gas brillaba en aquella caverna, sin iluminar apenas nada”.
 “El amasadero, menos negro, resultaba más sombrío que la cocina del horno; a su interior llegaba una luz pálida por dos ventanas que daban al patio, con los cristales empañados por el polvo de la harina”. 

 En la panadería Manuel se hace amigo de Karl, un alemán desertor del ejército diez años antes de que dé comienzo la Gran Guerra. Acostumbrado al trabajo duro del panadero: vivir al revés; trabajar de noche y dormir de día, bebe como un cosaco;  pero como buen alemán cumplidor, nunca falta al trabajo. Pasa la resaca manos a la obra, al calor del horno como si tal cosa. La benevolencia con la que Pío Baroja trata a este personaje tan secundario es llamativa. Resulta curioso que el único personaje que lea en la novela sea extranjero (hasta el momento porque después la nómina de personajes lectores aumentará como veremos). Lee a Balzac, Goethe y Heine. La mezcla de aguardiente y poesía romántica le inflaman el corazón del sentimentalismo de su raza.

El Superhombre le prestaba novelas de Paul de Kock

Como a Manuel los trabajos le duran dos meses, justo al llevar ese tiempo arrimado a la boca del horno, cae enfermo. Regresa con su madre que le atiende. Pasa dos semanas con calenturas altas. Los cuidados maternos, los días más agradables de su vida, le ayudan a recuperarse. Manuel lee durante su convalecencia – en modo alguno podía don Pío permitir que el único lector de la novela fuera el alemanote grandón de la tahona- . También pasea por el parque del Retiro. Hace un trato con el periodista que llaman el Superhombre, éste le da planas para copiar y - a cambio - le presta a Manuel novelas subidas de tono como Monjas y Corsarios de Paul de Kock. Pero la buena vida de convaleciente le dura poco. Cuando a nuestro protagonista le entran deseos de poner en práctica la teoría aprendida en los folletines por entregas con la hija de la patrona, una vecina los sorprende al comenzar las explicaciones prácticas y doña Casiana lo vuelve a echar de la pensión bajo amenaza de desollarlo si vuelve a arrimarse a ella. A su hija le propina una paliza que se le quitan las ganas de experimentar durante una temporada. Pero no tarda mucho la moza en echarse en brazos de un estudiante vecino, ello rehabilita la imagen dañada de Manuel en la casa de huéspedes. 

"Algunas de verde subido como Monjas y corsarios y Gustavo el Calavera"

De golpe y porrazo se encuentra de nuevo sin alojamiento estable. Manuel desanda el camino por el que había transcurrido su experiencia madrileña. Busca reconocerse en los escenarios familiares cien veces recorridos. De la tahona lo echan a piedra menuda al amanecer. Al pasar por el taller de zapatos comprueba que sigue cerrado a cal y canto todavía. Habla con Salomé que continúa con su eterna tarea, coser. Le cuenta que está preocupada por Vidal porque no quiere trabajar ni nada que se le parezca. Se junta con El Bizco, más malo que un dolor. Manuel no quiere juntarse con Vidal, pero no es dueño de sus actos, hay algo que dirige sus pasos hacia él. 

Cuando se encuentran, intercambian balbuceos, gruñidos de complicidad en lugar de palabras. Como si ya se hubieran dicho todo lo que tenían que decirse o retrocedieran a los orígenes de la especie, a las fases primitivas de la evolución en una extraña manera, pero útil, de llenar de palabras simples los silencios:
-“¡Eh, tú, Vidal -gritó Manuel. 
-¡Rediez! ¿Eres tú? -dijo suprimo. 
-Ya ves... 
-¿Qué te haces? 
-Nada; ¿y vosotros? 
-A lo que cae. Contempló Manuel cómo jugaban al cané. Cuanto terminaron una de las partidas, Vidal dijo: -Qué, ¿vamos a dar un paseo? 
-Vamos. 
-¿Vienes tú, Bizco? 
-Sí.” 

Pío Baroja corta la retirada a sus personajes, los aboca a una destrucción cierta. No existe para ellos la salvación a través del trabajo, la educación o la cultura. La incultura conduce al tribalismo, a la querencia del campanario. Cercados por el comunismo del hambre, roban para comer. “Vida extrasocial la suya”. Vivir sin trabajar conlleva robar la cabra del que sólo tiene una para vivir. Recoger cerdos muertos de las cunetas para comer cual aves carroñeras, con añadidos esporádicos de gatos y ratas como complemento de la dieta. 

 “A la luz roja del sol poniente brillaban las ventanas con resplandor de brasa”. Y al fervor de una botella de vino se conjuran; uno para todos, todos para uno, a defenderse entre sí en “La Sociedad de los tres”.


"Así crecí volando y volé tan deprisa 
que hasta mi propia sombra de vista me perdió, 
para borrar mis huellas destrocé mi camisa, 
confundí con estrellas las luces de neón".
Sabina&Serrat





 
Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

11 comentarios:

Aldabra dijo...

no sigo la lectura pero escucho la canción y me deleito con las pinturas.

biquiños,

Gelu dijo...

Buenas noches, pancho:

Estupendo trabajo. Mañana volveré.
Veremos las pruebas que me hace pasar el control para demostrar que no soy un robot.(Otros días son cuatro).

Saludos

pancho dijo...

Aldabra: En el nuevo disco de la pareja grabado en directo en el Luna Park de Buenos Aires es una de las canciones que vuelven a cantar. Es fácil buscar imágenes que cuadren un poco con el texto de esos grandes artistas.

Gelu: Creí que hacía meses que había quitado lo de las letras. Ahora he ido a quitarlo, esperemos que funcione. Perdona por el engorro de todas formas. Gracias por el aviso.

Un abrazo. Agradecido por vuestras visitas y comentarios.

Merche Pallarés dijo...

Sigo las peripecias de Manuel, especialmente en la tahona de cuya mugre no sé qué panes saldrían... Besotes, M.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Qué maravilla de comentario. Hay dos cosas que resaltar: cómo el trabajo es parte de la incertidumbre de la vida de estos personajes y esa precisión de cirujano de Baroja a la que aludes, que bien maneja el bisturí para llegar al punto exacto al que quiere llevarnos.
Excelente también la labor de ilustración que nos aportas.

Gelu dijo...

Buenas noches, pancho:

Me han encantado los dos dibujos de Ricardo Baroja. Estupendo el de Don Pío, que demuestra la exactitud en la frase de R.Gómez de la Serna:
“Cargado de espaldas como si un centenar de sus libros les pesase en ellas...”
y el que está al lado en el enlace, que parece dejarnos escuchar al Tabuenca:
“Ande la reolina! Hagan juego, señores...Hagan juego. Número o color...número o color ...hagan juego”
Con que humor describe Pío Baroja la aplicación de Manuel, -al querer llevar a la práctica las teorías aprendidas en los libros- con la sobrina de la patrona.
Qué estupendo el enlace de Picasso.
En el cuadro de 'El abrazo', nunca he acertado a ver -a la primera- el rostro del hombre.
No quiero olvidarme de la bujía de Benjamín Palencia, ni de la música que has elegido.
Todo excelente.

Un abrazo.

Abejita de la Vega dijo...

El único extranjero es el único que lee, sólo dos libros...pero lee. Borracho pero lee. Y reflexiona sobre la lectura, rarísimo. Karl existía, seguro, tal vez era uno de los panaderos que hacía el pan de Viena en la tahona de los Nessi Baroja. Un tipo muy especial que llamó la atención de don Pío.

No, no hay salvación para los miserables, sólo les espera la destrucción, amarga visión de la realidad.

Voy leyendo y paladeando tu entrada, tan minuciosa, un trabajo enorme pero...es que a ti te gusta mucho Baroja. Y se nota que disfrutas.

Ese Pío Baroja del cuadro parece que se va a doblar, pero no se dobla, bien lo sabía Ricardo.

Besos

Ele Bergón dijo...

Leí La Busca, hace ya mucho tiempo y aunque lo que lees se pierde en la memoria, siempre recordé esa relación tan poco común, o quizá, fuese mas frecuente de lo que se pansaba en aquella época, ese cruece de amantes que tiene la familia del Tío Patas. Puede que sea porque parece un culebrón, como muy bien apuntas.

¡Pobre Manuel! va de mal a peor. Baroja no le tregua a sus personajes.

Un abrazo

Luz

Pamisola dijo...

Mucho trabajo hay en estas entradas. Me gusta, además de todos los comentarios sobre este interesante libro, esa selección de dibujos y pinturas con las que les acompañas, sin olvidar las pildoritas musicales, que son muy aparentes y muy de mi gusto.
Mi más sincera enhorabuena.

Saludos.

Myriam dijo...

Especialmente me gustan las ilustraciones con las que has acompañado el texto y como no dejaste pasar de lado un guiño a la solución del cuarteto patudo.

Me pareció interesante en el relato de Baroja, como Manuel no desperdicia las ocasiones de ir accediendo de a poco a la lectura.

Muy bueno tu trabajo, como todos los de esta serie.

Besos

Paco Cuesta dijo...

Con notorio retraso pero os sigo.