miércoles, 10 de diciembre de 2014

El Quijote de Avellaneda (15) Alonso Fernández de Avellaneda. ¿Necesitas a alguien?





"Suba señora reina y ponga los pies sobre mí"


El Quijote de Avellaneda (15) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo XXII 


"¡Ay, ay que me matan!" Exclama Sancho cuando apenas se ha internado veinte pasos en el bosque. La ayuda encabezada por don Quijote acude al primer repiquete de broquel. Se embosca Sancho sigiloso, con más miedo que vergüenza, todos los sentidos en alerta, prestos a dar la alarma al menor atisbo de peligro, como un centinela en tensión. Una lastimera voz femenina que proviene de una mujer en camisa, atada de pies y manos a un pino, corta el aire. Le mete más miedo en el cuerpo:

 “¡Ah, hermano labrador! ¡Por amor de Dios, quitadme de aquí!” 

Acosado por el miedo, a Sancho se le nubla la vista. Sin reparar en daños, se tira a plomo del rucio. Desanda el camino, arrollándolo todo. Se tropieza con las matas, cae, se levanta y grita:  

“¡Socorra, socorra, señor don Quijote, que matan a Sancho Panza!”

Los compañeros tratan de restar importancia a la causa de tanta jindama. Aún vive para contarlo y ahorra el trabajo de enterrarle en los montes de Oca. Sancho toca madera, Rex Judeorum. Lo que ahora toca es buscar su pollino y su caperuza extraviados en medio de tanta zozobra. Y si hay tiempo y buena voluntad, socorrer el alma del purgatorio que ha visto con sus propios ojos, atada a un árbol y pidiendo socorro a gritos. 

Medroso y medio escondido tras las sayas del ermitaño se adentran en el bosque oscuro, guiados por los gritos de socorro de la mujer. Recuperan el pollino y la caperuza entre los aspavientos de Sancho agradecido, como si hubieran venido de otros mundos. Después aparece la mujer atada medio desnuda. A don Quijote le parece Cenobia, la amazona, perdida en una cacería persiguiendo un jabalí. La atan unos jayanes desalmados después de robarle el caballo y desvalijarla. 


 "y a fe que no esté sola; que siempre éstas andan a bandadas como palomas"

De nada sirve que el soldado señale que conoce a la cincuentona de las casas de mala nota localizadas en la calle Bodegones de Alcalá. “Visitada de estudiantes novatos que la henchían las medidas y bolsas.” Inconfundible por la cicatriz que le cruza la cara, según propia confesión de la mozona, hecha por un capigorrón, “Que mala se la dé dios en el ánima.” No hay quien le quite a don Quijote de la cabeza que se trata de la princesa Cenobia, él la proclamará Reina de Chipre en cuanto dé buena cuenta de Bramidán de Tajayunque. 

XXIII 

Bárbara cuenta cómo el estudiante Martín la engañó. Estuvo viviendo de mantenido un año y medio sin gastar “ni blanca suya y muchas mías.” Le propone irse a Zaragoza donde tiene parientes ricos y casarse con ella. Ella lo vende todo por ochenta ducados y le sigue. Al llegar al bosque la desvalija y la deja atada como la descubren. Sancho apoya al estudiante agresor. A su modo de entender no hizo nada raro al llamarla puta, bruja hechicera y vieja. Ojo con la brujería. Bárbara ya ha sido juzgada y absuelta por la denuncia de una vecina verdosa de envidia. Ella se vengó con su perro. Sancho muerde el miedo, se consume por dentro al escuchar la mala suerte del animal mezcla de todas las razas ladrando a la puerta de nadie. Excalibur del Siglo de Oro. Donde menos se espera salta la liebre de la compasión. 

Sancho se carga de razones para la ira. Iracundo como un tigre de la Hircania,  se desnorta insultando, atacando a la desalmada le sale lo peor de la jacundia, de la fértil huerta escatológica sembrada de ventosidades, regüeldos con olor a rábanos serenados. Lluvia de gargajos. Mocos verdes cuajados, bien amasados de días por barbilampiños de cara relamida. 


 "Yo soy Sancho Panza, escudero andante del invicto don Quijote de la Mancha, flor, nata y espuma de la andantesca escudería"

Llegan a una aldea con mesón donde son recibidos por los dos alcaldes del lugar, extrañados por la visión de semejante estantigua, un ser como don Quijote, vestido con todas las piezas de la armadura, semejante a los judiazos despavoridos, que están hartos de observar de cerca y de lejos en el Retablo del Rosario. 

Al verse rodeado por público tan curioso, numeroso y receptivo, toma la palabra aristocrática y les endiña un discurso importante de caballero andante auténtico, que ahonda en la esencia de la nación española, los eternos valores  incontestables que imprimen carácter racial. La lista de los reyes godos, restos de don Pelayo. Todo arranca en los montes de Asturias: “Valerosos leoneses, reliquias de aquella ilustre sangre de los godos, que, por entrar Muza por España, perdida por la alevosía del conde Julián, en venganza de Rodrigo y de su incontinencia y en desagravio de su hija Florinda, llamada la Cava, os fue forzoso haberos de retirar a la inculta Vizcaya, Asturias y Galicia,” sustancia y núcleo de la Marca Hispania, tierras visigodas al sur de los Pirineos que se juntan para vencer al invasor en los pasos accidentados de Roncesvalles, liderados por el emperador Carlomagno, enterrado en Aquisgrán, corazón de Europa, entre Bélgica, Holanda y Alemania. 


"Del nació el valor con que los filos de vuestras cortadoras espadas tornaron cumplidamente a recobrar todo lo perdido y a conquistar nuevos reinos y mundos, con envidia del mismo sol"

Con los mejores de Asturias 
Sale de León Bernardo 
Todos a punto de guerra 
A impedir a Francia el paso. 

Los habituales del lugar se sorprenden de un orador tan destartalado pero con tan bien hilado discurso. Todos quieren tratar con el elemento discordante. El ermitaño le hace hueco, les aparta diciéndoles que está loco, lo llevan a la casa de los orates de Toledo. Le ayudan a desvestirse y promete vestir a Bárbara con un rico vestido en cuanto entren en la bien murada ciudad de Sigüenza, a una jornada de camino. Ella se lo agradece, al tiempo que lamenta no tener quince años cumplidos y ser más hermosa que Lucrecia. Le promete compensarle “con un par de truchas que no pasen de los catorce, lindas a mil maravillas y no de mucha costa” en cuanto lleguen a Alcalá. Pero don Quijote no entiende esta música de los bajos fondos. 

Do you need anybody
I need somebody to love
Could it be anybody
I want somebody to love
Would you believe in a love at first sight
Beatles 



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

El Quijote de Avellaneda (14) Alonso Fernández de Avellaneda. El diablo en el corazón.






"Cuando el ermitaño y Bracamonte oyeron semejantes dislates a don Quijote, y ponderaron los visajes y afectos con que lo decía, lo tuvieron totalmente por loco"
El Quijote de Avellaneda (14) 
Alonso Fernández de Avellaneda 
Capítulo XXI 

Uno de los canónigos que escuchan la historia con el aliento entrecortado, alaba la narración; a su modo de entender, apacible en la forma y prodigiosa en el desenlace piadoso. Promete solicitar la entrada en la cofradía devota del rosario por las muchas indulgencias que en ella se ganan. Habría continuado la fervorosa historia de no ser por la intervención de Sancho saliendo de través, agitando el  rústico ideario repleto de buenas intenciones para su prole. El escudero hace votos de mandar a sus Sanchicos, en caso de que Mari Gutiérrez se los dé, a desasnarse a Salamanca para que no se queden burros como su padre. Pero ojo con dedicarse a la buena vida y a malgastar la hijuela de la familia. Que “juro que le tengo de dar, si tal hace, con este cinto más azotes que caben higos en un serón de arroba.” ¡Menudo es Sancho cuando se enfada! 

"Gansos que ocupan veinte leguas de tierra no pasan tan presto"

Uno de los canónigos le propone a Sancho que les cuente algo de su cosecha, a tenor de las buenas trazas que presenta la clara expresión para contar la historia de su propia familia. Pero no le sale más que una retahíla de frases hechas sin orden ni concierto, una sucesión de chascarrillos parecidos a las letanías que acompañan al rezo del rosario: “Erase que sera, que en hora buena sea, el bien que viniere para todos sea, y el mal para la manceba del abad, frío y calentura para la amiga del cura, dolor de costado para la ama del vicario, y gota coral para el rufo sacristán, hambre y pestilencia para los contrarios de la Iglesia.” Para enfado de don Quijote aburrido que escucha y ve que no acaba de arrancar. Su cuento no pasa del preámbulo con rima. Un rey y una reina deciden ir a Castilla la Vieja a comprar gansos para invertir el mucho dinero que amontonan. El negocio es claro: comprar por dos en Castilla la Vieja y vender por cuatro en Toledo. Compran tantos gansos que forman una cola de veinte leguas. El problema se presenta a la hora de pasar la hilera de gansos por un río sin puente. Deciden construir uno de palo para que pasen de uno en uno. La operación del paso de la gansada por el puente dura unos dos años. Sancho consume la paciencia de los oyentes, pero se niega a dar por pasados los gansos. El desenredo de una lista de espera tan larga, acumulación de veinte leguas de gansos,  lleva su tiempo. La audiencia se descoyunta de risa de lo malo que es el cuento.


"Lo que me parece -dijo el rey- es que hagamos hacer luego en este río una puente de palo, tan angosta que sólo pueda pasar por ella un ganso; y así, yendo uno tras otro, ni se nos descarriarán, ni tendremos trabajo de pasarlos todos juntos".

Así, riendo hasta que el sol les niega la luz para comunicarla a las antípodas se despiden y separan los canónigos, cada uno sigue su camino, sin prisa al caminar.

XXII 

A media legua del pueblo en que tenían planeado hacer noche, escuchan los doloridos lamentos de una mujer procedentes de un pinar bien tupido, espeso como bosque: “¡Ay de mí, la más desdichada mujer de cuantas hasta agora han nacido! ¿Y no habrá quien me socorra en esta tribulación, en que la fortuna por mis grandes pecados me ha puesto? ¡Ay de mí, que, sin duda, habré de perecer aquí esta noche, entre dientes, garras y colmillos de alguna de las muchas fieras que semejantes soledades suelen poblar!”



"ha traído presa a mi íntima amiga la sabia Urganda la desconocida, y la tiene llena de cadenas, atada a una rueda de molino de aceite, la cual voltean dos ferocísimos demonios; y cada vez que la pobre sabia llega abajo y la coge la piedra por el cuerpo, da aquellas terribles voces."


Don Quijote se imagina la cueva del sabio Frestón que tiene presa a Urganda, atada de pies y manos con cadenas a la piedra de un molino de aceite. Cada vez que la estruja contra la piedra fría volteada por dos feroces demonios, lanza esos horribles gritos de dolor. El ermitaño y el soldado lo consideran loco de atar. Les cruje el alma al escuchar semejantes dislates adornados con la prolija descripción de los tormentos afligidos a Urganda, echa puré entre los mecanismos de estrujar la aceituna de una almazara. Los acompañantes siguen hurgando en la locura del hidalgo, metiendo cizaña, provocando la continuación del disparate. El desvarío que no pare. Será la mujer herida, asaltada, desvalijada y abandonada medio desnuda lo que removerá el adormecido espíritu aventurero de don Quijote y levantará el ritmo narrativo e interés de la novela, agazapada en los cerros de Úbeda durante varios capítulos por la irrupción de los cuentos intercalados.

La explicación juiciosa y simple de los acompañantes no convence a don Quijote. Su reino no es de este mundo. Las torpezas de los humanos que las resuelvan ellos. Su poderoso brazo aristocrático no se detiene en las minucias de la ciénaga donde nacen, se reproducen y mueren los seres vivos. Su sagrada misión de caballero andante camina por la senda cegadora de la luz. Conquistar el cielo por asalto, los espacios imposibles de la paz.

Sancho, repolludo en su rucio, se remanga, pisa el barro de la tozuda realidad. Se dirige a su amo deslumbrador, encaramado en un buen alazán andaluz y revestido con todas las piezas de su armadura nueva. Está convencido de que solo tomando la iniciativa en la aventura podrá ascender a la egregia posición de caballero andante. Se ofrece voluntario, de avanzadilla, a internarse en la espesura del bosque oscuro para comprobar el origen verdadero de los lamentos. Si pilla descuidado al bellacazo, lo traerá a su presencia agarrado de los cabezones. En caso de que durante el curso de la batalla las cosas se tuerzan, la fortuna le dé la espalda y por no llevar chaleco antibalas, muera, les ruega a los presentes que sepulten a él y a su pollino en la misma sepultura, como hermanos de leche en la vida y en la muerte. Y puestos a pedir,  que los acerquen a los montes de Oca, al pie de la Argamesilla, su pueblo natal y que se detengan “en ella siete días con sus noches, en honra y gloria de las siete cabrillas y de los siete sabios de Grecia; lo cual hecho, iremos alegres nuestro camino, habiendo empero almorzado primero lindamente.”



"si acaso muriéremos en la demanda yo y mi fidelísimo jumento, suplico a vuesa merced, por amor del señor san Julián, abogado de los cazadores, que nos haga entrar juntos en una sepultura; que, pues en vida nos quisimos como si fuéramos hermanos de leche, bien es que en la muerte también lo seamos.

Don Quijote que aunque metido en la harina de la locura, no tiene un pelo de tonto, no puede hacer milagros. Los muertos ya hicieron el gasto, solo se descumplen años en los recuerdos de los aún vivos. Bendice a su escudero con todos los grandes nombres del Antiguo Testamento. Le desea la suerte que Josué, Sansón, David y Gedeón tuvieron contra los contrarios por serlo de dios y su pueblo elegido.

El ermitaño y el soldado se mueren de la risa al presenciar el sainete que monta el escudero,  medroso en extremo. Los temblores del miedo sacuden a Sancho con fuerza al adentrarse en lo espeso del bosque. Arrepentido de haber pedido licencia a su amo para deshacer entuertos, así se expresa: “¡Cuerpo non de Dios con ellos, y aun con la puta perra que me hizo pedir tal licencia, ni tratar de meterme en estos ruidos y buscar perro con cencerro.” Una cosa es predicar y otra es dar trigo.

Dejamos la historia en este punto con Sancho haciendo un ensayo general por si las moscas, por comprobar qué ocurriría en caso de que la cosa se pusiera fea en lo oscuro del bosque, como los simulacros de emergencia que se hacen en los institutos todos los años con cientos de alumnos saliendo en estampida ordenada de las aulas a deshora. Por si acaso.


She's got the devil in her heart
But her eyes they tantalize
She's gonna tear your heart apart
Oh her lips they really thrill me
Beatles
 


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 26 de noviembre de 2014

El Quijote de Avellaneda (13) Alonso Fernández de Avellaneda. Hora de volver a casa





"Quiso Dios acabase sus días, ordenando juntamente el cielo fuese el de su muerte el mismo en que fué el de la Priora y a la misma hora"

El Quijote de Avellaneda (13) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo XX 

Como es natural, los padres de Gregorio se muestran encantados de recibir a quien dice traer noticias de su hijo desaparecido. El fervoroso recién llegado se arrepiente del regreso porque volver a casa supone un impedimento para sus planes de descifrar el código escondido de la querencia (¡Los encuentros cuerpo a cuerpo ayudan a derribar el  alto  muro de las medianías!); profesar, meterse religioso de la misma religión de la Priora. Por  su mente se desliza la penitencia que compensa la culpa,  hasta merecer el perdón, los agravios de la soledad, las madrugadas solitarias de carmín. Informa a los padres de que Gregorio ha padecido mucho desde su alzamiento en rebeldía, desde su declaración de independencia unilateral, desde que huyera de la obediencia y de la casa para salirse con la suya, el santo y la limosna. Señala que el hijo volvería si la vergüenza se lo permitiera. 

Cuando oye las alabanzas que en la casa proclaman la anchurosa santidad de Luisa, que corroboran la virtud que le otorgan las gentes del lugar, se le cargan de plomo las ojeras, le entra un paroxismo mortal. Medio reclinado en la silla, con la guardia baja por el desmayo, la madre descubre al hijo. Exclama entre aspavientos:
 “¡Ay, hijo de mis ojos, y qué disfraz es el con que has querido entrar en esta tu propia casa!” 


 "Alborotose luego la casa, corriendo las nuevas de la vuelta de don Gregorio por el barrio"

 
El padre se pregunta si pensaba hacer lo mismo que san Alejo hizo con sus padres en el medievo, en el siglo V, entre Siria y Roma  que vivió. El barrio se alborota con la noticia de la vuelta de Gregorio, como se conmocionaba Triana cada vez que Juanito Belmonte, “El Pasmo de Triana”, se paseaba por su barrio, entre los suyos, al otro lado del río después de una gran faena en cualquier plaza de España. Él piensa que vive una ilusión del demonio. Tras unos días de reposo, le ruega a su madre que pida cita con la Priora y le haga saber que ha regresado con hábito de penitente peregrino después de haber estado en Roma, donde reparten los carnés de arrepentido, y haber ganado la absolución papal de las mocedades cometidas durante la ausencia del hogar. La madre cumple el encargo con diligencia y traslada la respuesta de la aceptación de la madre superiora como “la medicina que más convenía al consuelo de su hijo y a su salvación.” 

Pasan ambos la noche en oración con similares deseos de saber los sucesos del otro. Apunta el narrador - no olvidemos que es el ermitaño quien narra el cuento- que “No tiene, señores, mi ruda lengua palabras con que explicar bastantemente la turbación de las con que se saludaron al primer encuentro los dos felices amantes, ” en caso de que las lágrimas que inundan los ojos de ambos les permitan verse uno al otro. Turbado el, encalmada ella, no aciertan a saber si están o no están, si su ser despega o aterriza. 




 "Se fue contentísimo a ser religioso en la misma ciudad, profesando en la religión que tomó, con notables demostraciones de virtud"

Ante ella tan de cerca, se reblandece por dentro, se acusa de cometer ofensas y sacrilegios contra el cielo solo merecedores del infierno más crudo. No comprende el misterio “cómo yéndoos conmigo, os quedastes acá, y, quedándoos acá, os fuistes conmigo.” Se acusa de ser el malo, el sacrílego, el traidor y peor de los hombres, semejante a Lucifer en el pensamiento por ponerlos en la esposa del mismo Dios, cielo suyo y niña de sus ojos. 



El regreso al convento 1868 
Óleo sobre lienzo. 54,5 x 100,5 cm
Eduardo de Zamacois y Zabala

Ella se queda consoladísima al oír  del autor de sus desventuras el relato ininterrumpido del desenfreno, además del abandono de la senda de la condenación. Su alma se serena porque ambos acuerdan emprender uncidos el camino de la reparación con una perpetua penitencia de ayunos y disciplinas. Concedido el recíproco perdón, él solicita a sus padres la licencia para ser religioso y les ruega que cedan los bienes a los pobres porque en su poder jamás se menoscaban las haciendas. “Repartieron las haciendas en los conventos de la Priora y de su hijo, con ejemplo de todos, muriendo cargados de años y buenas obras.” Llega a Prior de convento queriendo el cielo que los planetas se alineen para que la muerte de ambos sea el mismo día y a la misma hora. Y así se cumplió: “Murieron con notables señales de su salvación”

 Lend me your comb
It's time to go home
I got to go past
My hair is a mess
Your mammie will scold
Your pappie will shout
Unless we come in
The way we went out
Beatles 



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 20 de noviembre de 2014

El Quijote de Avellaneda (12) Alonso Fernández de Avellaneda. ¿Qué quieres que haga?





"Tomó don Gregorio de mano de su amigo más de quinientos reales, y con ellos y muy bien vestido se salió de Badajoz a pie para Mérida, ciudad que dista poco ella"


El Quijote de Avellaneda (12) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo XVIII 

Dos años de buena vida y desparrame son suficientes para acabar con la bolsa y bastante de la vida. Gregorio pierde hasta la camisa en el juego. A la intemperie, a cuerpo gentil se queda por las calles de Lisboa. Venden los caballos y se deshacen de esclavos y negros. Hasta que llega el día en que no les queda ni prenda ni pieza que empeñar. El casero los desahucia por fallar al pago. Pobres de pedir limosna por las calles y puertas de los pueblos, comiendo de la caridad de los vecinos, vuelven a Castilla a pie. Todo es camino que se agranda al caminar. Tampoco las cicatrices ayudan a andar. Al cabo de unos días atraviesan Portugal. Llegan a Badajoz donde se alojan en el hospital de los pobres. Comen mendrugos de pan duro sobrante de los mendigos allí residentes. Lloriquea ella por la virginidad perdida, vierte lágrimas de amargura por la situación de pobreza extrema en la que se encuentran. Qué atrás queda su vida anterior, la perdida abundancia de una priora de convento. 

El administrador del hospital se ablanda, se compadece de ellos y les ofrece su casa para comer por caridad. Les busca alojamiento de alquiler. Luisa se interesa por los bordados que hacen las vecinas, dispuesta a trabajar de bordadora. Confiesan que se mueren de hambre a pesar de su habilidad con las agujas: hacen pajaritos con las manos. Una de las bordadoras le ofrece trabajo para dos o tres días, mientras Gregorio se queda encamado por no malgastar energías y pasar mejor el hambre. Carecer de calzado obliga. 

El rico mancebo pone los ojos en Luisa, le parece la “más bella mujer y más digna.” Se aficiona a ella. Le da un doblón para cenar y promete doblarlo si emplea las noches en darle gusto. La necesidad es “poderoso tiro para derribar las flacas almenas de la mujeril vergüenza,” obliga mucho. 

Recurre a una intermediaria para que le allane el camino del corazón. Ofrece una saya de famoso paño a la vecina más vieja, que sabe más de estos ensalmos que de los salmos de David, si convence a la joven de que acceda a sus deseos y acepte sus ofertas. El buitre de la lujuria que huele la blandura de la debilidad a lo lejos, extiende sus alas sobre la necesidad. Gregorio da su consentimiento a que su mujer acceda a la proposición deshonesta del mancebo rico, pero que le saque todo lo que pueda en dineros y joyas. Todo sea por sustentarse y vestirse. 


"Si acabáis con doña Luisa que corresponda a mis ruegos y acete mis ofertas, os prometo, a ley de quien soy, de daros una saya de famoso paño, sin otras cosas de consideración."

Ponen tienda de entretenimiento para mancebos ricos de ciudad, hasta que una noche sucede una cruel pendencia con resultado de homicidio entre sus pretendientes. Castigan a Gregorio al destierro a la no muy lejana ciudad romana de Mérida. Pretexto perfecto, pues ya había pensado en abandonarla por estar cansado de ella. Sancho ve la oportunidad de que su jefe ejerza, que pase de las palabras a los hechos y deshaga este entuerto de la monja abandonada y sola. Hasta Antonio el soldado los acompañará, pero solo cuando sepan el paradero exacto, no vaya a ser que al llegar haya volado la pieza. 

Capítulo XIX 

Gregorio desvía el destino de sus pasos a Madrid donde entra a servir a un clérigo, caballero con hábito, olvidándose de su dama. Ella decide volverse a su ciudad vestida de peregrina, pedir ayuda para ir a Roma, rogar perdón a su santidad y tratar de volver al convento “donde enmendar, como deseaba; ” expulsar al fuego de las entrañas que le abrasaba por el camino en cuatro meses de pasar calamidades. Se mete en el monasterio del que salió al verlo abierto. Cae a tierra media muerta cuando la virgen le llama por su nombre. Le reprende por su regreso, su atrevimiento de apóstata. La humilla por su maldad, para luego salvarla por la infinita misericordia de su hijo, obligada por las solemnidades celebradas, las oraciones y los rosarios rezados cuando era lo que debía, antes de caer en el pecado, los cuatro años de ceguera de amor y desenfreno. La virgen se ha hecho cargo de la dirección del convento durante la ausencia en la que la mala madre abandonó a su suerte a las hermanas. 



"Alzóse luego, entróse en el claustro, pidió por el predicador y, puesto en su presencia, empezaron sus ojos a decirle lo que su lengua no acertaba"

Se une a las demás monjas en los rezos de maitines como si nada hubiera pasado. Para enmendar su sacrilegio, ella se disciplina en un ejercicio de gozo y dolor de forma que ni las malas intenciones ni los pensamientos impuros vuelvan a tomar asiento. Que el delicado cuerpo castigado por el cilicio de continuo pague los agravios que ha infligido al espíritu. Agradece a la bondad que tras la noche no venga la noche más larga: la eternidad sin esperanza del fuego eterno. Dispuesta a perseverar en el arrepentimiento, a consagrar el resto de su vida a la penitencia. 


 "Por las entrañas de Dios os ruego que digáis a esos señores si gustan de hacerme limosna"

 Al salir de la Iglesia. 

Gregorio oye a un predicador dominico engolfarse a deshora en alabanzas a la virgen y su misericordia. Halla en su brazo ayuda para salir del cieno de sus torpezas y bestiales apetitos. Se impone ir a Roma vestido de peregrino con basto sayal. A la vuelta enflaquecido, macilento, triste, desfigurado y saqueado por una cuadrilla de desalmados piensa volver a casa, a su amantísima patria. Pasa por el convento, pide limosna y se entera de que Luisa ha vuelto a ser la priora. Disfrazado y pobre de pedir entra en la casa como hijo pródigo, fingiendo que solo quiere recabar noticias de sus padres, le dice a un criado que ha conocido a Gregorio en Nápoles. 


All of my life,
I've been searchin' for a girl
To love me like I love you.
Oh, now.. but every girl I've ever had,
Breaks my heart and leaves my sad.
What am I, what am I supposed to do.
Beatles 

 


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

 

jueves, 13 de noviembre de 2014

El Quijote de Avellaneda (11) Alonso Fernández de Avellaneda. Susurros al oído.






"sin parar jamás hasta que llegaron a la gran ciudad de Lisboa, cabeza del ilustre reino de Portugal."


El Quijote de Avellaneda (11) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo XVI 

Sancho lamenta que el soldado rechace el “matolaje” ofrecido para las necesidades venideras. Eso no lo hacen los reyes, ni los mismos caballeros andantes que son lo mejor del mundo. Qué se puede esperar de quién viene de Cambray, mala tierra estéril; productora de estopilla que provoca un continuo ay, ay, ay; malísima de comer porque causa torzón al que la prueba. 

Don Quijote promete vengar la infamia de nuestra España y deshonra del arte militar. Sacará la alevosa sangre de las venas del soldado infame el día que lo tope. 

Antonio Bracamonte continúa con el muestrario de telas del cuento como un astuto  vendedor de alfombras bereberes capaz de venderte arena en el desierto. Por la mañana la agraviada le reprocha a su marido Japelín el atrevimiento de enfrentarse a ella cuerpo a cuerpo en su cuarentena. Ella se extraña de que no le hablara por la noche y que un hombre tan prudente fuese incapaz de contener el deseo desordenado. Le disculpa el silencio por el empacho que le dio el propio atrevimiento. 

Hecho un frenético ávido de venganza, Japelín ordena ensillar su alazán español, jura no regresar a casa hasta encontrarle, así se esconda en las entrañas de la tierra del Etna miserable. Loco de furia, veloz como el viento,  alcanza al mísero español sin fuste  en una hora. Sin mediar palabra lo atraviesa con el venablo de hierro forjado en las fraguas de Milán. 

La narración del desquite rápido genera olas de entusiasmo entre la audiencia. Don Quijote aprueba la prontitud de la vendetta. Sancho también apoya la celeridad en la impartición de justicia, como justa compensación del delito cometido. Si hiciera falta, él mismo lo ahogaría con un diluvio de gargajos, como en los tiempos de Noé. 

Japelín se vuelve a casa, un poco consolado por la venganza servida en plato frío. La tragedia continúa. El desaguisado de muerte que concluye la historia y que pone a todas las almas de patas en el infierno para regocijo de los canónigos oyentes,  que así ven cumplido el veredicto condenatorio del padre prior por abandono del hábito religioso. No se ultraja al cielo en vano. 

Don Quijote cambiaría la parte final del relato por otro morir: “Un bel morir tutta la vita onora.” Unas páginas finales que merecen ser leídas completas, salidas del desenlace del teatro barroco, que resumen el ideal de una sociedad machista. El honor mancillado, la culpa de la mujer: “Seré aborrecible a tus ojos, pesada a tus oídos, desabrida a tu gusto, enojosa a tu voluntad e inútil finalmente a todas las cosas de tu provecho.” Ser creyente para ser creíble. 


"yendo cada día creciendo de virtud en virtud, llegó a ser tan famosa en ella, que por su oración, penitencia y recogimiento"

La actriz María Guerrero como -Doña Inés-. 
Óleo sobre lienzo. 1.155 x 0.74 cm. 
Museo del Prado. Madrid.  


XVII 

El ermitaño toma la palabra para contar otro cuento con monja protagonista, modelo de las maniobras del enamoramiento entre rejas; la querencia en las paredes del convento. Sor Lucía tiene veinticinco años también y ya es la madre superiora de la congregación, con fama bien ganada en la comarca de honestidad, virtud y rara belleza. Don Gregorio ejerce de mozo rico y discreto galán; primo alejado de la priora, se habían criado juntos. Acude a visitar a la perlada con agrado y se presta gustoso a hacer de recadero con otra hermana interna de otro convento, le lleva unas curiosas flores de seda. Nacido “para servir hasta los perros desta dichosa casa.” Se agradecen mutuamente las deferencias; él, gozoso por merecer su presencia, se le llenan de lágrimas los ojos amorosos que causan profunda turbación en el corazón femenino de la religiosa. La despedida equívoca con deseos y licencia para volverse a ver, enamora a Gregorio que no halla sosiego. “tampoco el corazón incendiado de la priora que pasó toda la noche con la misma inquietud porque lo que a las mujeres se dice una vez, se lo dice a solas él diez [el demonio].” 





"Pasaron la vida muchos días, acudiendo en aquella ciudad a todo cuanto apetecían sus ciegos sentidos, como fuese de entretenimiento, disolución y fausto, sin perder fiesta ni comedia la gallarda forastera"


Bella y Canto. 
Óleo sobre lienzo, 65,5 x 42,5 cm. 
Colección privada. 
 

 El mal de la despedida encama al mozo, lo aprieta al lecho con fuerza. Un nuevo recado le da bríos para acudir a otra visita al convento, impulsado por la pasión amorosa, recobra nueva vida, gozo, aliento renovado y esperanzas al besar su mano desnuda entre rejas. Ella confiesa que ha disimulado un amor con no poca violencia de su voluntad, forzada al ser mujer y religiosa,  cabeza responsable de las internas de la casa. Gregorio afirma sentirse contento de sus visitas diarias a horas diferentes para disimular. Las idas y venidas enamoradas duran seis meses. 

Planean la huida a algún reino extraño donde gozar sin zozobra del dulce fruto de sus amores. Con la “seguridad que dan los primeros sueños, que por serlos, son más profundos” parten a caballo, no sin antes haber desvalijado la caja del convento por valor de mil ducados ella. Él afana otros mil del cofre familiar, más otros mil de préstamos que no piensa devolver ( mal asunto, no devolver lo que debes). Las primeras luces del día los encuentran a seis o siete leguas camino de Lisboa. Caminan sin parar hasta la ciudad de la luz donde alquilan una casa. La amueblan “comprando juntamente para el servicio della un negro y una negra.” Pasan dos años de vida regalada en la capital del reino portugués, entre galas, convites, fiestas y juegos a los que Gregorio se entrega sin tasa. 


Closer,
Let me whisper in your ear,
Say the words you long to hear,
I'm in love with you.
 

The Beatles




  Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 6 de noviembre de 2014

El Quijote de Avellaneda (10) Alonso Fernández de Avellaneda. Maltratada y mal querida





"Un domingo de Cuaresma dirigió acaso los suyos a oír un sermón en un templo de padres de Santo Domingo"

 "Semana Santa en Sevilla". 1876. 
Museo de San Francisco.
José Jiménez Aranda

El Quijote de Avellaneda (10)
Alonso Fernández de Avellaneda
Capítulo XV

Bien acomodados a la sombra fresca de los sauces, los presentes escuchan sin perder palabra el trágico suceso que el soldado Antonio Bracamonte les cuenta con solemnidad perdida. Japelín es un acaudalado noble flamenco de Flandes, estudia leyes con aprovechamiento en la universidad de Lovaina. A la edad de veinticinco hereda toda la hacienda familiar al quedarse huérfano de padre y madre y se precipita al abismo de una mocedad pródiga en convites y borracheras “que en aquella tierra se usan mucho.” 

Un domingo de cuaresma escucha la inflamada oratoria de un padre Dominico que le llega con fuerza al corazón. Sale del sermón convertido, claudicante y dispuesto a dejar la vanidad, la pompa del mundo y meterse a fraile de la insigne y severa religión de los Predicadores. Llevaba diez meses de hábito cuando el diablo, general adversario que da vueltas como león rabioso buscando a quien tragarse, trajo a la universidad a dos antiguos amigos que le persuaden de dejar la ceguera del convento y recuperar la libertad. Volver a los estudios y retomar la hacienda que está manga por hombro desde su ausencia. Consideran que como solo lleva diez meses de muerto en vida entre las cuatro paredes,  no le será gravoso enmendar el yerro. Se ve convencido por las “razones frívolas y pestilenciales avisos que aquel falso amigo y verdadero enemigo de su bien le había dado.” 




 "Volvió tras esto Japelín a tomar posesión de su hacienda, y comenzó a seguir de nuevo el humor de sus compañeros, andando de día y de noche con ellos, sin hacerse convite o fiesta en toda la ciudad donde los tres disolutos mancebos no se hallasen."

Un sibarita. 1879. 
Óleo sobre tabla. 24.5 x 15.8 cm. 

Esa misma noche decide volver a casa. Lo habría hecho ocho días antes si no hubiera sido por el qué dirán y su propia reputación. Le comunica al padre prior su fatiga para llevar los trabajos de la orden, aguantar la austeridad de la clausura, tolerar el recorte drástico en el gasto, vestir lana, no comer carne (cómo se parecen estos frailes a los modernos ascetas evolucionados de ahora). Dormir a plazos, despertarse para los rezos como los mahometanos. Además había dado palabra de casamiento a una dama. El prior escucha las palabras que evidencian su fracaso, lamenta el escaso provecho sacado a los diez meses de ejercicios espirituales continuados, impartidos por el mismo en el convento, el poco eco de sus consejos para vencer al demonio en la guerra cruel, la eterna lucha desplegada con las fuerzas del mal que intentan confundir a los creyentes, adheridos como lapas al incansable empeño de persuasión en pro del abandono de la religión y regreso a las ollas de Egipto, la confusión del siglo. El prior le amenaza con el castigo que comporta el abandono de los hábitos, como lo han hallado todos los que antes lo hicieron. Ya lo dijo el profeta: “Vocaví, et renuistis; ego quoque in interitu vestro ridebo.” Las razones débiles están forjadas en la fragua infernal gobernada por Satanás. 

En un postrer intento de volverlo al redil, le propone que se lo piense tres o cuatro días, retirado en oración. El prior promete ayuda, rezar junto a todos los demás frailes de la casa para que “su Majestad” conceda la misericordia de vencer la infernal tentación. El obvia la sugerencia y no hubo “convite o fiesta en toda la ciudad donde los tres disolutos mancebos no se hallasen.” Japelín pide la mano y se casa con la hija de un pariente, interna en un monasterio. Matrimonio de dos recién salidos del convento. Pronto se embarazan. A los seis meses tiene que marchar a Cambray y Bruselas para hacerse cargo de la herencia de un pariente cercano, también noble adinerado. Japelín regresa a los tres meses, al recibir correo de que su mujer está con los dolores del parto. Piensa llegar para el bautizo que es lo que importa: acristianar al niño. 

En el camino de vuelta se encuentra con un soldado de los tercios españoles que va a Amberes a pasar unos días de permiso con sus amigos. Pertenece a la guarnición del castillo de Cambray. Lo invita a hacer noche en su casa de Lovaina, pues se confiesa “muy aficionado a la nación española” (Podemos ser aficionados a cualquier cosa, como buenos flamencos). 



 
"mi brazo, mi fortuna y buena estrella
echaron hoy su resto
en darme un hijo de una diosa bella,
por quien es, noble y mozo,
mil parabienes y contentos gozo."

El primer hijo. 
Óleo sobre lienzo. 61 x 76 cm.
José Jiménez Aranda

La alegría reina en todos los rincones de la casa porque la señora ha parido esa noche un niño varón como mil flores. Para que pueda ser báculo de su senectud, como confiesa Japelín ante su dama que le parece al soldado la más bella criatura que ha visto en todo Flandes. Come poco el invitado, prendado de los ojos y la hermosura de pechos algo descubiertos “que usan más llaneza las flamencas en este particular que nuestras españolas.” 

A la sobremesa Japelín echa mano al clavicordio y entona una canción propia. En ella da las gracias a la vida por la suerte de amar y gozar a la bella diosa que le ha dado un hijo hermoso. Se retiran a sus aposentos; el soldado, abrasado en el fuego y rabiosa concupiscencia. Ofende a Dios, le es infiel a su nación y agravia la nobleza del anfitrión. Ni los peligros y graves inconvenientes que le acechan pueden con su ceguera. Se levanta a media noche y sin decir palabra ejecuta su desordenado apetito sobre la recién parida. De madrugada y sin haber pegado ojo,  sale de la casa. 


Tú no has de ver consumida,
cómo la vida
pasó de largo,
maltratada y mal querida,
sin ver cumplida
ni una promesa,
le dice mientras
cepilla el pelo
de su princesa.
 
Joan Manuel Serrat




 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


domingo, 2 de noviembre de 2014

El Quijote de Avellaneda (9) Alonso Fernández de Avellaneda. Compartimos el aire.





 "No pudo Sancho alcanzar a su amo, por mucha diligencia que se dio para hacello, hasta a la salida de la ciudad, donde le halló parado frontero el Aljafería."

El Quijote de Avellaneda (9) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo XIV 

Don Quijote sale de Zaragoza “corrido de la grita de los muchachos que lleva tras sí.” Sancho le alcanza en la Aljafería, a las afueras de la ciudad, acompañado de un soldado y de un venerable ermitaño que se encaminan a Castilla. El primero viene de Flandes y el clérigo de Roma. El soldado, Antonio Bracamonte, viene tieso, pobre de pedir porque ciertos fragutes lo han desvalijado en los confines de los estados. El soldado tiene malas pulgas; a una observación de Sancho le sacude media docena de espadazos en sordo que le tiran del burro de buenas a primeras. Lo habría coceado de no ser por la intervención de don Quijote que con el lanzón sobre el pecho del soldado le exige debido respeto a su criado. 

Sancho monta en cólera ante semejante humillación, le salen espumarajos por la boca. Pide que le dejen solo con el soldado. El ermitaño no puede con él de colérico que está. Se manifiesta así:
 -¡Cuerpo de mi sayo, señor don Quijote! ¿Yo no le dejo a vuesa merced en sus aventuras, sin hacerle ningún estorbo? Pues, ¿por qué, siendo así, no me deja a mí también con las que Dios me depara? ¿Cómo quiere que aprenda yo a vencer los gigantes? Y, aunque este pícaro no lo es, bien sabe vuesa merced que en la barba del ruin se enseña el barbero. 



 "Y si tienes por ahí a mano o en la faltriquera, alguna gruesa cadena de hierro, póntela al cuello para que parezcas a Ginesillo de Pasamonte y a los demás galeotes que envió mi señor Desamorado cuando Dios quiso fuese el de la Triste Figura, a Dulcinea del Toboso"
1950-Quebec-Chagor


Demostrando así la completa quijotización del criado que admite que con unas cuantas lecciones en un par de tardes y en ayunas sería un buen caballero andante, tan perfecto como lo haya del Zocodover al Alcana de Toledo. El soldado se aviene a darse por vencido como pide Sancho y a fumar la pipa de la paz en vista de la desproporción de los contendientes, no sin antes comprometerse a cumplir la voluntad del escudero de presentarse de rodillas ante su mujer,  Mari Gutiérrez, futura gobernadora de Chipre y todas las alhondiguillas, para presentarle los respetos de vencido por su marido en semejanza a los galeotes liberados que don Quijote envió a Dulcinea.  

-“Quien anda entre leones, a bramar se enseña.” Sentencia don Quijote en señal de aprobación, comprometiéndose a graduar a su escudero de caballero andante tras superar unas cuantas lecciones. Saca de las alforjas unos relieves de carne de carnero para repartirlas con el soldado y comienzan a caminar todos juntos, en buena armonía, al ritmo lento y sostenido que demanda el camino andado y por andar. 

Al llegar a Ateca, don Quijote les dice a bocajarro a sus compañeros de camino que ellos tienen que alojarse forzosamente en casa de su amigo el clérigo Mosén Valentín. Como los dos acompañantes no van muy sobrados de bolsa, aceptan la invitación. Antonio, de los Bracamontes de Ávila, ilustre familia y fray Esteban, natural de Cuenca que regresa de Roma. La iglesia y el ejército en armonía y buena compañía. 

 
"Tengo yo más villanos como él apaleados que he bebido tragos de agua desde que nací."

1926-1927 París

Mosén Valentín da una cordial bienvenida al espejo de la caballería andante, al fiel escudero y a la compañía. Sancho se interesa por la salud de la mula castaña que tuvo quimera con el macho del médico. Don Quijote y su escudero dan cuenta de las aventuras con el gigante Bramidán, acaecidas tras la derrota sufrida con el tosco e intratable melonero morisco de Ateca y subalternos. Ante la duda de Mosén Valentín sobre la gigantesca desproporción de Bramidán, Sancho le responde que “es imposible mienta un gran personaje, de quien se lee en los mapamundis se come cada día seis o siete hanegas de cebada.” 

Antonio cuenta su vida en la milicia, cómo marchó a Flandes en respuesta a la “inclinación a la guerra que me comunicaron con la primera leche” su linaje de los Bracamonte. Testigo del sitio de Ostende, conserva dos balazos en los muslos y el hombro medio torcido de una bomba de fuego que el enemigo arrojó sobre los elegidos soldados que intentaban el primer asalto al muro. Les dibuja con yeso el cerco de la ciudad flamenca con gran exactitud de torreones, plataformas y diques. Les refiere los nombres de los grandes hombres que intervinieron en la batalla para agrado de los presentes que son curiosos, sobre todo Sancho al que Ostende le suena a otro gigantazo como el Rey de Chipre. Se extraña que no hubiera en esas tierras un caballero andante como su amo que diese su merecido al bellacazo que se atreve a causar tal desaguisado entre los criados. Se gana el reproche de don Quijote por su ignorancia en Geografía. 

"Vieron sentados a su sombra dos canónigos del sepulcro de Calatayud, y un jurado de la misma ciudad"

El anfitrión interrumpe la plática al observar que hay materia narrativa para mil noches, otro duque artista que intenta rentabilizar el gasto del alojamiento. Reparte las habitaciones y las camas. Cada mochuelo a su olivo. Por la mañana intentarán convencer a don Quijote de que abandone su locura, sagrado baluarte, que se deje de caminos polvorientos y vuelva a su tierra, no vaya a morir como las bestias insensitivas en algún barranco, descalabrado y aporreado. En vano lo intenta porque don Quijote más madruga para ponerse en marcha en ayunas en dirección a Madrid. 

Cuando el sol comienza a herir y a sugerencia del ermitaño, deciden pasar a la sombra de unos sauces frondosos, al pie de una hermosa fuente de agua fresca y sestear hasta la caída del sol, cuando el calor y la inclemencia de los rayos de sol se moderan. 

Puede que a ti te guste o puede que no
pero el caso es que tenemos mucho en común.
Bajo un mismo cielo, más o menos azul,
compartimos el aire
y adoramos al sol. 
 Joan Manuel Serrat

 


 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
Las ilustraciones están tomadas de aquí