miércoles, 15 de febrero de 2017

Novelas Ejemplares La española inglesa (y2) Miguel de Cervantes. Nada que esconder.




"Confieso mi culpa, si lo es haber guardado este tesoro a que estuviese en la perfección que convenía para parecer ante los ojos de Vuestra Majestad"


Novelas Ejemplares 
La española inglesa (y2) 
Miguel de Cervantes 

Además de Clotaldo, el padre secuestrador, y de Catalina, la madre cómplice que acepta el regalo de Isabela, la familia cuenta con Ricaredo, hijo de unos doce años, que la consiente y quiere como hermana. Pero a medida que crecen, el amor fraternal se va convirtiendo en “ardentísimos deseos de gozarla y de poseerla.” Sin embargo, la senda del amor y del deseo a menudo es un campo minado de espinas y rémoras. 

El autor plantea el romance como una carrera de obstáculos a superar. El primero es el compromiso previo del joven con una doncella escocesa, también católica clandestina y de buena familia. Lejos de venirse abajo, decide postularse y presentar batalla. Un día, harto de comer pan amargo y de tanto llorar de amor por las esquinas, se arma de valor y le declara a Isabela su deseo de recibirla por esposa a escondidas de los padres. La respuesta es acerada, ella no quiere y no puede romper con la promesa de estricta obediencia que le ha hecho a los nuevos padres. Sin su consentimiento no habrá boda. 

Abrir el corazón y sanar todo es uno. Dispuesto a aceptar las condiciones, pide licencia a los padres y éstos aceptan cambiar la riqueza de la familia escocesa por la virtud conocida de Isabela. Ahora queda pasar el trámite de la Reina todopoderosa, señora de vidas y haciendas. Ellos sólo temen el castigo por ser católicos. La pretendida se presenta ante la soberana, el rostro un cielo estrellado, el sol y la luna los ojos. Los cortesanos quieren ser todo ojos para admirar tanta belleza. La Reina se hace querer por cercana a la esclava: “Habladme en español, doncella, que yo le entiendo bien, y gustaré dello.” Cómo les sentaría a los stiff upper lips (flemáticos, impasibles) británicos que su reina se rebajara a la categoría de súbdito esclavo extranjero, el eslabón más bajo de la escala social. La Reina impera, ordena e impone que Ricaredo se haga merecedor del tesoro que Isabela esconde. Exclama: “Felice fuera el rey batallador que tuviera en su ejército diez mil soldados amantes que esperaran que el premio de sus victorias había de ser gozar de sus amadas.” 




"[...]entró en el río de Londres con su navío, porque la nave no tuvo fondo en él que la sufriese" 


Ricaredo se hace a la mar como capitán de un navío corsario. La expedición resulta una senda jalonada de éxitos. Su intención es mostrar su valentía ante el enemigo y cumplir con ser cristiano, no causar daño a los hermanos de religión sean de donde sean. (Una brotherhood of man del Imagine de John Lennon) Pronto se hace con el mando de los navíos de corso por la muerte del general. En una confusa batalla naval al abordaje, guerra de banderas incluida, en la que luchan a cara de perro y valen todas las argucias por ir en ello la propia vida, hunden una galera frente a la costa mediterránea española. Se hacen con un navío que transporta un importante botín. Matan a muchos turcos y liberan a los cristianos españoles a los que embarcan en un bajel y da cuatro escudos por cabeza en una mezcla de crueldad, firmeza, valentía y magnanimidad. Excepto una pareja de españoles que, a su petición, llevan a Londres,  allí llegan ocho días más tarde gracias al viento favorable que hincha las velas extendidas, envueltos de una mezcla de alegría por el botín y tristeza por la muerte del general. Tardan otros ocho días en vaciar el vientre gigante del navío español repleto de riquezas varado en la desembocadura del Támesis por no tener el río fondo que le aguante. 

“Dádivas quebrantan penas,” dicen sentenciosas las gentes al ver tanta riqueza. Ricaredo ablanda así el corazón de hierro de la Reina, pero al mismo tiempo son lanzas que atraviesan el corazón de los envidiosos. Los gaditanos padres biológicos reconocen a su hija, Isabela. La prueba es un lunar negro bajo la oreja derecha. Ricaredo ruega y la Reina le promete la mano de Isabela en cuatro días. 

Cuando parece que los vientos favorables llevan a buen puerto los deseos de Ricaredo, surge otra nueva dificultad. No hay camino sin curvas. La belleza de Isabela dejaba enamorados por las esquinas. El alma de Arnesto abrasada cada vez que sus requiebros sólo reciben desdén. Su madre, camarera real asignada a la formación de Isabela, cede al chantaje del hijo de que se dirija a la Reina pidiéndole un aplazamiento de dos días más a los cuatro que faltan para la ceremonia de pedida de Ricaredo. Si la respuesta es contraria a sus intereses, como lo fue, la muerte cerrará las puertas de la vida, protagonizará un hecho escandaloso. 

Arnesto desairado se presenta en casa de Ricaredo armado con todas las armas para desafiarlo a duelo, “a todo trance de muerte.” Ricaredo, que nunca rehúsa un desafío, lo acepta. Cuando ya las espadas están en alto, aparece una tropa de hombres mandada por la Reina para detener el combate y llevarse a Arnesto preso a un castillo. La camarera y madre en vista del fracaso de su gestión ante la soberana, envenena a Isabela con tósigo de efecto fulminante. El milagro de hermosura se torna monstruo de fealdad: la garganta y la lengua hinchadas, denegridos los labios, ojos turbados, voz ronca y pecho apretado. Enterada la Reina, les hace dar los polvos del unicornio y gracias a los médicos reales, los antídotos y la ayuda de Dios logran salvarla. 

Ricaredo se la lleva a casa con permiso de la Reina. Crece su amor por ella. Le musita al oído hermosas palabras de amor para pedirla: “Si hermosa te quise, fea te adoro” y la besa en el rostro feo “no habiendo tenido jamás atrevimiento de llegarse a él cuando hermoso.” Entre océanos de lágrimas de todos los presentes. 

Dos meses tarda Isabela en empezar a recobrar la antigua belleza. La Reina condena a Arnesto a seis años de destierro y a su madre a pagar diez mil escudos de oro por el envenenamiento, además del despido de empleo y sueldo. Clotaldo pide licencia para casar a Ricaredo con Clisterna, la doncella escocesa. Ricaredo manifiesta el deseo de asegurar su conciencia en un viaje a Roma. Pide el plazo de un año (como el año que los estudiantes americanos toman antes de entrar en la universidad). Isabela y sus padres parten para España. Llegan a la barra de Cádiz en treinta días con el contento de las gentes que los vieron partir cautivos. Después a Sevilla donde el padre vuelve a su antiguo oficio de mercader tras la llegada del dinero y la venta de algunas joyas, regalo de la Reina. Alquilan una casa frontera al convento de Santa Paula. 



"Discurrieron aquella noche en muchas cosas, especialmente, en que si la Reina supiera que eran católicos, no les enviaría recaudo tan manso."

Pero no se vayan porque cuando parece que ya está todo el pescado vendido aún quedan cosas que contar. Tenemos a Isabela de casa al convento y del convento a casa, ganando indulgencias y guardando la ausencia de su amante de manera rigurosa, eclipsando la hermosura a la vista de los demás ansiosos por verla. Queda el sorprendente arreón final en el que Cervantes saca de la chistera una carta inesperada que alarga la historia. En ella, Catalina, la madre adoptiva de Isabela, cuenta que Arnesto ha matado a Ricaredo a traición en Francia. La noticia es como un latigazo por dentro para Isabela que se hinca de rodillas ante un crucifijo y hace votos de meterse monja, ya teniéndose por viuda. 

Pasados dos años, llega el día de tomar los hábitos. Vestida con las mejores galas se reúnen los miembros de la nobleza y personas principales de Sevilla para contemplar, aunque sólo sea fugazmente, la belleza de la novicia que tantos meses había estado eclipsada. 

Justo en el crítico momento, cuando ya tenía un pie en el umbral del convento, decidida a crucificarse sobre los dos maderos curvos de la ausencia de César Vallejo, llega el clímax, ese momento culminante en el que el relato gira. Aparece Ricaredo que con poderosa voz de ultratumba, vestido de cautivo rescatado, la detiene. Clama desde detrás de las líneas enemigas que mientras él esté vivo, ella no puede ser religiosa, entre la estupefacción general de los presentes y los gritos y aplausos de los lectores. ¡Qué poderío esta escena! La aparición del séptimo de caballería en el último momento cuando ya los sioux agarran por los pelos las cabelleras rubias de los granjeros sitiados. Lo demás se lo pueden imaginar. Ricaredo cuenta sus andanzas por toda Europa. El encontronazo con Arnesto y sus secuaces que lo dejan por muerto. La visita a Roma donde se afianza en la fe. La vida de cautivo en Argel. La liberación, la venida a Sevilla, la boda con Isabel para siempre y el retoñar de la felicidad.



Look into your heart, 
You will find 
There's nothin' there to hide 
Take me as I am, 
Take my life 
I would give it all, 
I would sacrifice
Bryan Adams






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


4 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

En efecto: esa carrera de obstáculos y el final final era el sello de la estructura de la novela bizantina. A los lectores les gustaban estas cosas siempre que terminaran bien, claro...

La seña Carmen dijo...

Buena relectura de un clásico que siempre gusta.

"Mind the gap", donde los ingleses se apañan con tres palabras nosotros necesitamos un montón: "Atención, estación en curva...." La longitud respecto al inglés era una auténtica pesadilla cuando debíamos traducir algún formulario en aquellos primeros tiempos de la informática.

¿Por qué conocer y hablar la lengua del otro siempre se ha considerado un rebaje?

Abejita de la Vega dijo...

El amor puesto a prueba y las aventuras de los enamorados llenaban las notas de desocupados lectores afortunados de no tener que ganarse duramente el pan
Son historias inverosímiles para lectores que aceptaban dócilmente las mayores inverosimilitudes.
Un placer leer tu excelente entrada. Un abrazo.

Abejita de la Vega dijo...

llenaban las horas