miércoles, 16 de octubre de 2013

Quien me la hace, me la paga.





"El hombre le contó que la poca gente que quedaba en el pueblo se había marchado cuando el pozo había dejado de dar " agua en condiciones"


INTEMPERIE (3) 
Jesús Carrasco 

El muchacho encuentra al macho cabrío decapitado, tirado en el pozo hondo y oscuro con las tripas fuera, todas las moscas del llano entraban y salían del pozo como los  invitados a un convite. El viejo moribundo le habla de la memoria, del entendimiento y de la voluntad, las potencias del alma según el catecismo. No quiere más sufrir, pero tampoco morir de hambre. Le manda al chico en busca de la cabra parda degollada, que la traiga al muro y aleje al resto. Las manos torpes e inexpertas del muchacho obedecen la orden del cabrero exhausto. Desuellan la cabra parda, la evisceran. Las tripas hinchadas desprenden las vaharadas pestilentes de la muerte, el hedor póstumo que corta la respiración. Atosigados por montoneras de moscas que acuden al festín sin ser invitadas, hace tiras con la carne y la tiende al aire para que oree y atiese. El cabrero le enseña a ordeñar, “otorgándole en ese instante la llave de una sabiduría perenne y esencial. La que extraía leche de las entrañas de los animales o hacía que de una espiga pudiera brotar un trigal”. 

 “Guárdate de la gente del pueblo”, le advierte el pastor al marchar con el burro a hacer la aguada a la luz de la luna en cuarto creciente. El muchacho da cabezazos de sueño en el burro. Al ser de día divisa el pueblo del pozo, la silueta de la iglesia inmovil ante la noche y los contornos imprecisos de tres cipreses mecidos por la brisa del amanecer. 


 "Encontró[...] vigas de madera caídas del techo abriendo grandes lucernarios que iluminaban montones de escombros"


La luz arranca formas nuevas al paisaje a medida que el día le va ganando terreno a la noche. Si hay perros en la aldea, pronto empezarán a ladrar. Teme a los perros agresivos con cara de amo, como el aguacil con cara de dóberman. En más de una ocasión tuvo que aguantar la presencia intimidatoria del dóberman con cara de alguacil cuando se oponía a las pervertidas pulsiones carnales del funcionario degenerado. Se orina encima de miedo. 

El pueblo está abandonado, tan yermo como el desolado paisaje de un planeta muerto. El interior de las casas huele a sombra y a aceitunas podridas. A través de los techos derruidos entra una claridad que deja ver las vigas podridas del armazón de madera venidas abajo. 



 "Tenía las manos incompletas y sus piernas estaban amputadas justo por debajo de las rodillas. Unas correas de cuero ennegrecido unían los muslos a una tabla de madera con cuatro cojinetes grasientos por ruedas"

Muerto de sed, no le hace ascos al agua limosa del pozo llena de lombrices y renacuajos. Hace un filtro con la camisa y bebe. Los retortujones sobrevienen casi instantáneamente, las ganas de vaciarse son permanentes. Echa de menos las comodidades de la casa. El agua como el chocolate no le quita el hollín, ni la capa de polvo y sudor que le cubre la cara. Llena las garrafas de agua con gran esfuerzo y se queda dormido a la sombra del burro. Cuando despierta, el sol le pega de plano y teme otra insolación. Desesperado, le propina un puñetazo al burro en la cabeza y chilla del dolor que le llega de los nudillos. Una voz humana le saca del alarido. Muerto de miedo, huye hacia el brocal del pozo como una fiera acosada. Teme a los de su especie, no le ofrecen ninguna confianza. La voz que trasciende el dolor de huesos viene de un tullido que se desplaza en una especie de tabla con cojinetes. Le ofrece comida y alojamiento en su fonda. El muchacho desconfía de que la caridad brote en mitad de la nada. Acosado por el hambre y la sed sucumbe a la tentación y sigue al mutilado hasta la casa repleta de víveres y agua fresca. Alucinación en el desierto. La abundancia de bebida y de comida, una tentación demasiado poderosa para rechazarla. Ni es un santo asceta el muchacho, ni es Simón del Desierto. Come de un potaje de berzas con alubias y unto rancio que el lisiado le ofrece. Como el agua de la cuba no está decantada, bebe vino de pitarra. El tullido le cuenta que vive solo en el pueblo desde hace un año. Los demás se fueron del pueblo cuando la sequía estropeó el agua del pozo. 



 Sancho le cuenta las penas a su burro sin nombre. Gustavo Doré

El chico se queda dormido a la mesa, sueña que le persiguen por túneles de pesadilla. En su sueño las paredes se estrechan y los techos son tan bajos que le aplastan contra el suelo, le hunden en la tierra madre, en el polvo, principio y fin de la existencia. Se siente fundido al magma originario y remoto que nos creó. Despierta esposado a una columna por una argolla con candado. Sabe que el  peligro es cierto si el tullido llega al alguacil con el chivatazo para cobrar la recompensa. Siente el peso de la responsabilidad, de él dependen ahora el cabrero moribundo y las cabras enfurecidas por la sed. Tiene que escapar, tiene que escapar e impedir que el lisiado llegue al alguacil. Consigue liberarse del grillete a costa de despellejarse la mano. Con la tarde ya rendida, acapara provisiones y se echa al camino tras unas huellas de herradura y las rodadas estrechas de la tabla del tullido. Se olvida de la mano herida y echa a correr, alcanza al burro cargado que tira del carricoche del tullido cuando ya la noche se cerraba a su alrededor. 

Una pedrada fallida dirigida al impedido rasga el aire y golpea al burro que se rebrinca y le cocea en la frente dejándole inconsciente, en estado comatoso. Se le plantea un dilema: o bien cargar con el lastre del inválido, “que gemía palabras resinosas que no terminaban de cuajar en ninguna expresión conocida”. Ello implica llegar tarde en ayuda del cabrero cuando más lo necesita o dejarlo allí tirado, como se merece, para que muera y sea pasto de las aves carroñeras. Se imagina que “El infierno que le esperaba al final de sus días no debía ser muy diferente del sufrimiento en el que vivía”. Su comportamiento es consecuencia de la crueldad feroz que aflige como un castigo a quien ha sentido el  miedo que paraliza. Una atávica inclinación al escarmiento que sale de las entrañas.

A pesar de que no aparenta compasión por el abandono del inválido, hay remordimiento en su interior. Busca la aceptación de los suyos, exige la parte de impunidad que ha visto en los mayores. No quiere ser un extraño en ese mundo. Al fin y al cabo ha copiado un modelo, el mundo adulto que ha vivido y padecido. Confía en que algún buhonero en tránsito lo encuentre y lo salve. 



"Distinguió también una cosechadora de madera y hierro como un caballo de Troya comido por la maleza"

Con las claras del día el chico descubre en el azul la silueta recortada del castillo. Encuentra los pertrechos del pastor tal como los había dejado, pero el lecho vacío. Llora. Sufre el desamparo, la ausencia, echa de menos el cobijo del hogar. 

 -Levántate, chico. - Le requiere el cabrero. 

Se abrazan como un peregrino o un exiliado que regresa. “Lo que vino a continuación no fue vergüenza. Acaso una distancia más acorde con las leyes de esa tierra y de ese tiempo. La semilla, en todo caso, estaba echada”. La ley del llano de los demonios. 

El cabrero le da otra lección, esta vez de tolerancia. Le recrimina haber abandonado al tullido medio muerto. Tienen que volver antes de que los cuervos y aves carroñeras lo descubran. También los malvados son hijos de dios. El viejo, un residuo de humanidad en el llano, siempre haciendo el bien, sigue el dictado del antiguo testamento. Rechaza el fanatismo irracional del joven, también de los que – cegados por la violencia- no se dignan a negociar, no respetan la vez, ni en su código entra el perdón ni la compasión. 

Antes de amanecer se ponen otra vez en marcha, el muchacho sueña con verdes praderas y abundancia de agua. La espalda del pastor, cruzada de latigazos infectados requiere cuidados. Sabe que sin alcohol la desinfección es imposible y la muerte acecha. Le pide al chico que le ponga una cruz en la tumba cuando la infección le venza. 

 La realidad  supera a la ficción en Los Olvidados de Luis Buñuel.
 "A mí el que me la hace,  me la paga".


  



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


6 comentarios:

Aldabra dijo...

Admiro vuestra constancia en las lecturas y en los comentarios.

biquiños,

Paco Cuesta dijo...

Intemperie lleva a numerosas reflexiones sobre el comportamiento: buenas, malas y peores, en cualquier caso humanas.
Un abrazo

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Qué dura es la vida cuando uno debe resguardare de la gente. Y qué cierto es que el cabrero se convierte en lección de vida, como bien apuntas.
Qué bien traída Los Olvidados.

pancho dijo...

Bueno, creo que las tiendas virtuales o físicas de artilugios de este tenor deben tener otros canales más apropiados de publicidad y venta que un blog tan sin pretensiones como éste.
Saludos

Abejita de la Vega dijo...

Gran lección de ética la del cabrero. No se puede dejar abandonado al impedido del carrito, aunque sea una mala bestia. El niño no está muy de acuerdo pero obedece.
Intestinos al aire, moscas que cubren las heridas y las llenan de infección, aguas infectas, terribles párrafos...Pero seguimos a ver en qué para todo esto.

Un placer leerte.

Un abrazo

Ele Bergón dijo...

Dentro de la dureza de ese vivir cotidiano de un niño, la relación que tiene con el cabrero, es tan tierna, desinteresada y generosa que creo el autor quiere demostrarnos que la maldad y la bondad pueden ir juntas porque en todo ser humano hay siempre parte de las dos. .

Por cierto, las fotos de las casas derruidas son también muy apropiadas y en consonancia con la lectura.

Un abrazo

Luz