miércoles, 16 de octubre de 2013

Quien me la hace, me la paga.





"El hombre le contó que la poca gente que quedaba en el pueblo se había marchado cuando el pozo había dejado de dar " agua en condiciones"


INTEMPERIE (3) 
Jesús Carrasco 

El muchacho encuentra al macho cabrío decapitado, tirado en el pozo hondo y oscuro con las tripas fuera, todas las moscas del llano entraban y salían del pozo como los  invitados a un convite. El viejo moribundo le habla de la memoria, del entendimiento y de la voluntad, las potencias del alma según el catecismo. No quiere más sufrir, pero tampoco morir de hambre. Le manda al chico en busca de la cabra parda degollada, que la traiga al muro y aleje al resto. Las manos torpes e inexpertas del muchacho obedecen la orden del cabrero exhausto. Desuellan la cabra parda, la evisceran. Las tripas hinchadas desprenden las vaharadas pestilentes de la muerte, el hedor póstumo que corta la respiración. Atosigados por montoneras de moscas que acuden al festín sin ser invitadas, hace tiras con la carne y la tiende al aire para que oree y atiese. El cabrero le enseña a ordeñar, “otorgándole en ese instante la llave de una sabiduría perenne y esencial. La que extraía leche de las entrañas de los animales o hacía que de una espiga pudiera brotar un trigal”. 

 “Guárdate de la gente del pueblo”, le advierte el pastor al marchar con el burro a hacer la aguada a la luz de la luna en cuarto creciente. El muchacho da cabezazos de sueño en el burro. Al ser de día divisa el pueblo del pozo, la silueta de la iglesia inmovil ante la noche y los contornos imprecisos de tres cipreses mecidos por la brisa del amanecer. 


 "Encontró[...] vigas de madera caídas del techo abriendo grandes lucernarios que iluminaban montones de escombros"


La luz arranca formas nuevas al paisaje a medida que el día le va ganando terreno a la noche. Si hay perros en la aldea, pronto empezarán a ladrar. Teme a los perros agresivos con cara de amo, como el aguacil con cara de dóberman. En más de una ocasión tuvo que aguantar la presencia intimidatoria del dóberman con cara de alguacil cuando se oponía a las pervertidas pulsiones carnales del funcionario degenerado. Se orina encima de miedo. 

El pueblo está abandonado, tan yermo como el desolado paisaje de un planeta muerto. El interior de las casas huele a sombra y a aceitunas podridas. A través de los techos derruidos entra una claridad que deja ver las vigas podridas del armazón de madera venidas abajo. 



 "Tenía las manos incompletas y sus piernas estaban amputadas justo por debajo de las rodillas. Unas correas de cuero ennegrecido unían los muslos a una tabla de madera con cuatro cojinetes grasientos por ruedas"

Muerto de sed, no le hace ascos al agua limosa del pozo llena de lombrices y renacuajos. Hace un filtro con la camisa y bebe. Los retortujones sobrevienen casi instantáneamente, las ganas de vaciarse son permanentes. Echa de menos las comodidades de la casa. El agua como el chocolate no le quita el hollín, ni la capa de polvo y sudor que le cubre la cara. Llena las garrafas de agua con gran esfuerzo y se queda dormido a la sombra del burro. Cuando despierta, el sol le pega de plano y teme otra insolación. Desesperado, le propina un puñetazo al burro en la cabeza y chilla del dolor que le llega de los nudillos. Una voz humana le saca del alarido. Muerto de miedo, huye hacia el brocal del pozo como una fiera acosada. Teme a los de su especie, no le ofrecen ninguna confianza. La voz que trasciende el dolor de huesos viene de un tullido que se desplaza en una especie de tabla con cojinetes. Le ofrece comida y alojamiento en su fonda. El muchacho desconfía de que la caridad brote en mitad de la nada. Acosado por el hambre y la sed sucumbe a la tentación y sigue al mutilado hasta la casa repleta de víveres y agua fresca. Alucinación en el desierto. La abundancia de bebida y de comida, una tentación demasiado poderosa para rechazarla. Ni es un santo asceta el muchacho, ni es Simón del Desierto. Come de un potaje de berzas con alubias y unto rancio que el lisiado le ofrece. Como el agua de la cuba no está decantada, bebe vino de pitarra. El tullido le cuenta que vive solo en el pueblo desde hace un año. Los demás se fueron del pueblo cuando la sequía estropeó el agua del pozo. 



 Sancho le cuenta las penas a su burro sin nombre. Gustavo Doré

El chico se queda dormido a la mesa, sueña que le persiguen por túneles de pesadilla. En su sueño las paredes se estrechan y los techos son tan bajos que le aplastan contra el suelo, le hunden en la tierra madre, en el polvo, principio y fin de la existencia. Se siente fundido al magma originario y remoto que nos creó. Despierta esposado a una columna por una argolla con candado. Sabe que el  peligro es cierto si el tullido llega al alguacil con el chivatazo para cobrar la recompensa. Siente el peso de la responsabilidad, de él dependen ahora el cabrero moribundo y las cabras enfurecidas por la sed. Tiene que escapar, tiene que escapar e impedir que el lisiado llegue al alguacil. Consigue liberarse del grillete a costa de despellejarse la mano. Con la tarde ya rendida, acapara provisiones y se echa al camino tras unas huellas de herradura y las rodadas estrechas de la tabla del tullido. Se olvida de la mano herida y echa a correr, alcanza al burro cargado que tira del carricoche del tullido cuando ya la noche se cerraba a su alrededor. 

Una pedrada fallida dirigida al impedido rasga el aire y golpea al burro que se rebrinca y le cocea en la frente dejándole inconsciente, en estado comatoso. Se le plantea un dilema: o bien cargar con el lastre del inválido, “que gemía palabras resinosas que no terminaban de cuajar en ninguna expresión conocida”. Ello implica llegar tarde en ayuda del cabrero cuando más lo necesita o dejarlo allí tirado, como se merece, para que muera y sea pasto de las aves carroñeras. Se imagina que “El infierno que le esperaba al final de sus días no debía ser muy diferente del sufrimiento en el que vivía”. Su comportamiento es consecuencia de la crueldad feroz que aflige como un castigo a quien ha sentido el  miedo que paraliza. Una atávica inclinación al escarmiento que sale de las entrañas.

A pesar de que no aparenta compasión por el abandono del inválido, hay remordimiento en su interior. Busca la aceptación de los suyos, exige la parte de impunidad que ha visto en los mayores. No quiere ser un extraño en ese mundo. Al fin y al cabo ha copiado un modelo, el mundo adulto que ha vivido y padecido. Confía en que algún buhonero en tránsito lo encuentre y lo salve. 



"Distinguió también una cosechadora de madera y hierro como un caballo de Troya comido por la maleza"

Con las claras del día el chico descubre en el azul la silueta recortada del castillo. Encuentra los pertrechos del pastor tal como los había dejado, pero el lecho vacío. Llora. Sufre el desamparo, la ausencia, echa de menos el cobijo del hogar. 

 -Levántate, chico. - Le requiere el cabrero. 

Se abrazan como un peregrino o un exiliado que regresa. “Lo que vino a continuación no fue vergüenza. Acaso una distancia más acorde con las leyes de esa tierra y de ese tiempo. La semilla, en todo caso, estaba echada”. La ley del llano de los demonios. 

El cabrero le da otra lección, esta vez de tolerancia. Le recrimina haber abandonado al tullido medio muerto. Tienen que volver antes de que los cuervos y aves carroñeras lo descubran. También los malvados son hijos de dios. El viejo, un residuo de humanidad en el llano, siempre haciendo el bien, sigue el dictado del antiguo testamento. Rechaza el fanatismo irracional del joven, también de los que – cegados por la violencia- no se dignan a negociar, no respetan la vez, ni en su código entra el perdón ni la compasión. 

Antes de amanecer se ponen otra vez en marcha, el muchacho sueña con verdes praderas y abundancia de agua. La espalda del pastor, cruzada de latigazos infectados requiere cuidados. Sabe que sin alcohol la desinfección es imposible y la muerte acecha. Le pide al chico que le ponga una cruz en la tumba cuando la infección le venza. 

 La realidad  supera a la ficción en Los Olvidados de Luis Buñuel.
 "A mí el que me la hace,  me la paga".


  



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 9 de octubre de 2013

Protegidos por la luna





"Pensó en la reguera, el arroyo en el que el pueblo vertía sus aguas fecales"

INTEMPERIE (2)
Jesús Carrasco 

El burro y el perro, las cabras, el cabrero y el muchacho emprenden la marcha. El chico no es partidario de que el día recién comenzado sea otra vez almuerzo, camino e insolación. Tras dos horas de ruta la cuadrilla de la muerte se detiene. El cabrero se quita el sombrero, se limpia el sudor y haciendo visera con la mano otea el horizonte, lía un cigarrillo, silba al perro para que junte las cabras y retoman el oficio de andar hasta que al mediodía el calor se hace insoportable, el muchacho enajenado por la sed, desaparecida la  alegría de su mirada. Sucede la desolación por el agua huida, la tierra sedienta, una impresionante descripción de la sequía: “Una multitud de pequeñas vías fluviales, como un delta en miniatura, que escapaban hacia la charca ausente. Una carrera más allá de la sombra de los juncos abortada por el sol y la tierra sedienta. Un esfuerzo inútil escrito en los suaves sedimentos arenosos”. 

El cabrero consigue agua procedente de un regato que le recuerda la pestilencia de la reguera donde el pueblo vierte las aguas fecales. La altura y espesura de los juncos, los ailantos y yerbas ásperas que cortan como espadas. La comitiva se apretuja en el contorno sombreado de unos alisos solitarios. Se disputan el sitio oscuro como si más allá de la sombra hubiese un abismo. El cabrero le enseña al muchacho cómo y dónde segar las hierbas para hacer lías y encerrar el ganado. 


"Con la ayuda del perro reunieron al rebaño y lo metieron en el redil"


Con la tarde claudicante termina la faena de la siega. Cae rendido. Cena leche con pan y duerme. Apenas prendido el sueño, el cabrero le despierta ya con la caballería cargada. Se impone la huida, es la ley del llano. Debe aparcar el cansancio, caminan hasta que las primeras claridades del amanecer diluyen las sombras de la noche oscura, apenas iluminada por la luz tenue de una incipiente luna en cuarto creciente. Toman un breve respiro antes de ascender una loma sorteando unas cepas malogradas. Les acompaña el hedor de un lazareto de animales, su origen es la osamenta de un buey en medio de un osario, un saco hediondo de malos olores que se expandía a su alrededor. Allí se instalan, en lo más degradado del llano, en el cementerio de animales, la carne putrefacta les protege del peligro que viene del sur. 

El cabrero mata una rata mientras come en el interior de la res muerta. Protegidos por la luna la desuella, la asa a la lumbre y la comparte con el perro. Solo le queda media garrafa de agua, unas almendras y algunas pasas, “pero ni el viejo las ofreció, ni el muchacho las pidió”. 

A la luz de “una luna que todavía no aclaraba el suelo que pisaban”, reanudan la marcha por el mismo camino, siempre rumbo al norte. El muchacho se abandona a los recuerdos del pueblo, cuando el llano era un mar de cereales y su padre el guardagujas del tren que llegaba dos veces al día a cargar el grano del silo. Antes de que la gente tuviera que acomodarse a las nuevas leyes de la tierra seca. Al desarraigo que vacía los pueblos y los llena de casas abandonadas; a la desolación, compañera inseparable de la despoblación, primo hermano del páramo estéril. Paisaje bélico de derrumbe y saqueo, de caciques, de miseria y de pobreza. Son los mismos páramos de asceta de Machado, las tierras para el águila por donde cruza errante la sombra de Caín.   Las zarzas se adueñan del embarcadero de ganado y tapan las vías. Solo los que consiguen el agua profunda, a fuerza de ahondar los pozos, permanecen en el pueblo. Entre ellos, el alguacil y el cura. Su familia no tiene nada, pero se quedan porque tampoco tienen ningún sitio donde ir a parar. Las manos y una docena de gallinas con tres lechones que corretean por el corral de la casa del guardagujas sin trabajo completan su única y exigua riqueza. El muladar en el que hacen noche es más agradable que el maloliente aroma que desprendía una vieja fábrica de vinagre también abandonada. 



 "Un espacio de tierra apisonada en el que deambulaban una docena de gallinas y tres lechones"

Hambrientos, muertos de sed y agotados llegan a un castillo que se alza en medio de la tierra más pobre y yerma. El muchacho hace la aguada con la caballería a un pozo cercano, al pie de una alberca visible desde el castillo. Da de beber a las cabras- lo primero-, más tarde, cenan una embuelza de almendras rancias y de pasas; tumbado boca arriba lee el cielo mientras espera que le rinda el sueño. Los recuerdos de la primera vez que su padre le llevó ante el alguacil le sumen en la oscuridad del llanto. 

Tampoco en Intemperie podía faltar un personaje aficionado a la lectura. El cabrero lee la Biblia. El cabrero no resulta ser un santo varón, pero al menos se preocupa de dar sepultura a los muertos, como veremos cuando el relato vaya más avanzado. Silabea las palabras a medida que las va señalando con el dedo en un libro desgastado por el uso. 

Hay conejos en los aledaños del castillo. El muchacho se muestra contento de poder prestar su conocimiento de caza con bicho. El viejo lo rechaza por miedo a ser descubiertos, a que vean la lumbre para asarlos desde lejos. Saltan las alarmas en su inconsciente, la visión del cabrero meando, la bragueta humedecida y el glande enrojecido le traen recuerdos de acoso, le ponen de uñas contra el mundo de los adultos. Escapa al depósito del agua. Se queda dormido. El perro le despierta al amanecer. Decide abandonar al pastor y seguir solo su camino. Con la lata de sardinas para el agua pone rumbo al norte, deja el castillo a sus espaldas. Apenas emprendida la marcha, decide desandar el camino reptando porque escucha el petardeo familiar de una moto con sidecar y el galope de dos caballos que le acompañan. 



"En un tiempo cuya medida ya no controlaba, alcanzó la sombra"


El miedo le hace mearse encima. Se esconde en la torre. Le prenden fuego al interior con las pajas de la albarda y los aperos de la caballería. Máxima tensión en el llano. El humo asfixia todo intento de vida en la parte de arriba; abajo, las llamas abrasan y reducen lo vivo a silencio y cenizas: todo un infierno incompatible con la vida. El muchacho busca un respiradero en el hueco de una saetera cegada con piedras, se anuda a la pared como una sombra. Sobrevive al acoso de las llamas y a la asfixia de la humareda. Fuera esperan el golpe seco de un fardo al desplomarse. El viejo reza con los ojos cerrados. Acurrucado en el hueco del torreón, el chico imagina los nidos ennegrecidos de hollín, cubiertos de ceniza, los huevos malogrados. Le vence el sueño allí arriba y se queda dormido. No alcanza a interpretar la sinrazón de la tortura a la que le están sometiendo. Entumecido por la inmovilidad del hueco, lo despiertan a media noche la voz debilitada y las toses apagadas del viejo apaleado. “La luna creciente iluminaba débilmente la llanura arrancándole algunos matices azulados a la tierra”. 



 "Corría una brisa tibia aderezada con el rumor de unas cabras nerviosas"


Poco tarda en descubrir la magnitud de los destrozos, peor que la devastación de una guerra: seis cabras degolladas, ni rastro del macho cabrío, el perro desaparecido, garrafas de agua vaciadas son las secuelas del odio envenenado, encarnación de la maldad que adorna la actuación de los hijos de Caín. 

Cercado por el hambre y acosado por el cansancio, el muchacho se desvive en ayudar al cabrero. Le cura las heridas de la espalda, sin mirarse el sufrimiento propio, olvidándose del cansancio colosal y la sed primitiva que le asalta. A pesar de que la dureza del tramo permite pocas alegrías, surge una sonrisa forzada en los labios (incluso en las situaciones más hostiles y peliagudas aflora el humor), por la lectura del magistral relato de las calamidades del ordeño de una cabra en las manos inexpertas del chico, dejamos a la procesión de las desdichas mermada de efectivos, desmejorada de salud hasta la próxima semana. 

La lucha por la vida en los barrios de las afueras. Atajos sin retorno, carreteras suburbiales que te meten de patas en el infierno:  


 "nos hicimos unas fotos
de cabina en tres minutos…,
parecemos la cuadrilla de la muerte.
Protegidos por la luna
cogieron prestado un coche,
me dejaron en mi queli y se borraron
por las venas de la noche"
Sabina 





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 2 de octubre de 2013

Marcharse bien lejos






"Se preguntó si habría algo en la línea que unía su posición con ese norte total que pudiera convenirle"

INTEMPERIE. 
Jesús Carrasco


Mi número pertenece a la quinta impresión, mes de febrero, tan solo uno después de la publicación en enero, indudable reflejo del éxito editorial de la novela. Apenas una escueta dedicatoria: “A la memoria de Nicolás Carrasco Royano nos separa del hoyo de tierra arcillosa que sirve de escondrijo al muchacho protagonista del relato. Tendría sentido que Nicolás fuera el  padre del autor porque la muerte de los padres nos despoja del escudo protector ante la parca. Su huida del mundo de los vivos nos coloca en la primera línea de fuego, un paso al frente para cubrir las bajas. Nos deja a la intemperie, como esa cabra u oveja solitaria recién esquilada de la portada. Nada hay más desvalido que un animal ovino sin rebaño, o un ser humano sin su tribu alrededor  y despojado de su ropa, la lana protectora. 

Ni lugares ni personajes tienen nombre propio en esta novela, tampoco los hechos ocurren en un tiempo definido. Sin embargo, en contra de lo que pudiera pensarse, en ningún momento de la lectura se tiene la sensación de que la historia sea transgresora de alguno de los pilares básicos en los que descansa un buen relato. El narrador define a los personajes por su relación anterior con el protagonista, un muchacho de corta edad que se ha escapado de casa, medio enterrado en el suelo arcilloso y tapado por un brazado de ramas secas de olivo, restos de la poda. La acción transcurre en el llano, una llanura seca, vacía de todo menos del sol de plomo que ajusticia a los transeúntes. Los indicios nos llevan a pensar que los hechos se refieren a algún lugar del norte de Andalucía o sur de Extremadura durante el Franquismo, años cincuenta: “Los niños le recibieron [al gobernador] agitando banderitas de papel y en la celebración se sacrificaron varios corderos. Quienes lo habían vivido describían el automóvil como si de un objeto mágico se tratara”. 



"Los niños le recibieron agitando banderitas de papel y en la celebración se sacrificaron varios corderos"


El miedo atenaza al muchacho empozado en un hueco del olivar. Reducidas sus capacidades físicas por la inmovilidad, mermados sus sentidos, solo escucha, huele,  siente y - por supuesto - piensa. Por eso se siente orgulloso de haber reunido “en torno a él a los hombres del pueblo, a todos los brazos curtidos y poderosos que hundían los arados en la tierra y llenaban los doblados de grano”. Entre los miembros de la partida de búsqueda que baten el olivar, distingue la voz del tabernero, la del arriero siempre de paso, del deseado cartero y la del espartero. Imagina a su padre servil, siempre al rabo del alguacil e identifica al maestro cuando le mea encima por la música que prepara;  el característico ruido membranoso que hace al sonarse los mocos en el pañuelo extendido. Calcula que debe llevar unas siete u ocho horas acurrucado, en posición fetal con la ropa humedecida del orín del maestro. Calcula las escasas posibilidades de llegar a la fuente sin ser visto y decide esperar a la protección de la noche. La estancia en el subsuelo, en el agujero de dimensiones tan reducidas, le pone en contacto con sus habitantes: cucarachas, escarabajos, zapateros y lombrices. 

Cuando decide salir del zulo, las estrellas reinan en el cielo azulado sin fisuras y “lo que se extendía frente a las plantas de sus pies era para él, sencillamente, tierra incógnita”. El muchacho sabe leer el cielo de noche y busca los rastrojos para avanzar sin dejar huella de pisadas que lo delaten. La Estrella Polar le guía hacia el norte, le aleja del alguacil y de su padre. Marcharse y que le olviden, escapar al silencio es su propósito primordial, nada le importa que la huida le devuelva al punto de partida, para entonces sus puños serán una roca indestructible. El hambre, la sed y el resplandor de la hoguera de un cabrero le atraen. El anciano que se hace el dormido,  lo siente justo cuando está a punto de robarle el zurrón. El muchacho observa sorprendido la habilidad del anciano renqueante para manejar las cabras y ordeñarlas, haciendo equipo con el perro bien amaestrado y obediente a los silbidos del amo, al rayar el alba, “cuando la bóveda se aclaraba sobre sus cabezas extinguiendo los últimos luceros”.

El sol del medio día arroja la sombra fosca de una palmera al lado del tronco. El adolescente fugitivo sufre los rigores estivales del sol plomizo del llano. Salta de sombra en sombra buscando la protección de almendros y palmeras en las horas centrales del día. 

Sed. 
 
La lengua pegada al paladar reseco. Recuerda la permanente lucha por el agua en casa, las largas hileras de cántaros idénticos esperando el turno al pie de la fuente con caudal cada vez más menguante cuando apretaba la sequía al final del verano. La sed y el cansancio le derrotan. Agotado cae rendido y duerme. El despiadado sol del llano le golpea con el mazo. Delira. “Se siente atrapado en su cabeza y solo le aguarda esperar la muerte”. Su piel es un ojal de cuero curtido. El cabrero lo descubre y le ofrece agua de un cacillo que cae de golpe en su interior y lo atraganta. La mirada ausente, enredada en algún lugar de sus pesadillas mientras “la luz del ocaso enrojecía el contorno de las cosas transformando lo real”. 


 "Caminaba a lo largo de la fila de cántaros que las mujeres habían ido dejando a la espera de turno"

El cabrero le aplica un emplasto sobre la cabeza, remedio casero que le salva de la insolación severa. Ya de noche puede levantarse, “tambaleándose como un junco en cuya punta se hubiera posado un tordo bien alimentado”, se echa y lee el cielo. Los dolores le impiden comer, pero el hambre vence al dolor. En el silencio incierto de una noche sin luna se da cuenta de los errores y falta de planificación de la fuga, todo a merced del impulso primitivo “para soportar el infierno de silencio en el que vivía” y confiado a su conocimiento del llano. Se considera tan hijo de aquella tierra como las perdices y los olivos. 

El hocico húmedo del perro le despierta al amanecer. Siente la cara llena de ampollas, pero con menos tirantez de la piel gracias al emplasto del cabrero. Observa la liturgia de albardar el burro paso a paso. “Le servirá de aprendizaje para el resto de su vida y que con el tiempo, pasaría a formar parte de un ritual mayor: el del oficio y el tránsito”. Nos descubre así el autor que el protagonista va a sobrevivir a la fuga y que el burro será su compañero en la aventura de lo que le reste por vivir.


Lo primero que quise fue marcharme bien lejos;
en el álbum de cromos de la resignación
pegábamos los niños que odiaban los espejos
guantes de Rita Hayworth, calles de Nueva York. 

Joaquín Sabina 






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
 

lunes, 9 de septiembre de 2013

Desde el sur de la esperanza





 Momento en que el presidente del COI da cuenta de la eliminación de la candidatura de Madrid desde un estrado que recordaba los aires oscuros de los tiempos de la URSS.


Los Juegos Olímpicos de 2020 hablarán japonés. Y visto lo visto, será difícil que los testigos directos de los Juegos del 92 veamos de nuevo una alineación astral tan favorable como en el 1986 para que vuelvan a hablar la lengua de Cervantes. Ad calendas graecas. 

Noventa y seis venerables ancianos acomodados, miembros del COI, reunidos en sanedrín en un hotel de Buenos Aires el sábado por la tarde, se encargaron de pinchar la burbuja de las ilusiones olímpicas que habían hinchado los medios de comunicación del país al unísono, de golpe y porrazo. La eliminación a las primeras de cambio formaba parte de los imposibles, algo que no entraba en la cabeza de ninguno de los componentes del numeroso séquito que acompañaba a la candidatura de Madrid 2020 al evento bonaerense y que tuvieron que regresar con las orejas gachas después de la derrota. En peores condiciones que hace cuatro años. 






El sopapo fue mayúsculo por inesperado y por la altura de los componentes de la delegación. ¿A santo de qué se lleva de apoyo a la excepción, a los más altos de la raza cuando todo el mundo sabe que por aquí somos más bien bajitos y morenos achaparrados? 

Como dar lanzadas a moro muerto no está bien visto, intuyo que el COI ha hecho un favor a más de uno, en vista de cómo está el personal por la labor de cortar la mano a todo aquel que la meta en la caja sin permiso. 

Los políticos vieron en la Olimpiada la solución ideal, sin sufrimiento,  a los problemas que nos acucian, cayendo en el error tantas veces repetido de dedicar todas las energías a la organización de eventos espectaculares, que a menudo pasan haciendo caminos sobre la mar. Es hora de dedicarse a lo que importa sin  engañosas ayudas olímpicas. Personalmente lo siento por los deportistas que perderán el maná prometido, pero sus logros serán más valiosos porque salen del sacrificio extremo en tiempos de austeridad. 

Avanza el mes de septiembre y no hay manera de sacudirse la pereza de retomar el pulso al blog. Al menos esta pequeña aportación con la esperanza de que nos alivie de tanto luto. Como cantó ayer noche Loquillo, animal de Rock and Roll,  en un gran concierto en la Plaza Mayor. 







domingo, 30 de junio de 2013

Por aliviar el luto



 


 Huella de la intolerancia religiosa durante el S. XVI en Utrecht



Con la llegada de los rigores estivales el mundillo de los blogs entra en una fase de quietud, como  en un periodo de hibernación. Pasa que con el cambio de rutinas, se pierde el ritmo bloguero y la motivación de leer y escribir con vistas al blog disminuye, en algunos casos desaparece al fallar la herramienta y los instrumentos de internet. Como tampoco es plan estar de luto tanto tiempo seguido, lo aliviaremos con estas pequeñas reflexiones surgidas a vuela pluma sobre el comienzo de El Hereje de Miguel Delibes:   


Utrecht
                       
La iglesia se sirve de la Inquisición como instrumento para garantizar la ortodoxia católica. Pero no solo se preocupa de asuntos religiosos, así, vemos en la novela que también ejerce control sobre los libros prohibidos por ella: incurrir en el delito de venderlos o difundirlos era castigado con dureza. Igualmente se opuso a la introducción del tabaco cuyo consumo empezaba a extenderse por todas las capas de la sociedad. No todo eran prohibiciones, también velaban por la salud de las gentes, algún aspecto positivo tenía que tener tanta privación de libertad. Con la perspectiva que da el paso del tiempo, bien podemos concluir que el pueblo siempre tiene razón; en ninguna de las dos imposiciones tuvo éxito, la verdad solo tiene un camino. 



 Los españoles no tenemos buena fama por ahí fuera, algunos antepasados fueron opresores.

El Hereje presenta en su composición una gran mezcla de muchos y variados ingredientes que el autor trenza con su mirada cervantina de experto narrador. Aúna profundos asuntos de religión que atormentan la conciencia de los protagonistas con temas banales como la caza, las peleas entre adolescentes en los internados para ganarse el respeto o la manera de satisfacer los apremios de naturaleza lúbrica de las distintas clases sociales. 


 Al igual que otras ciudades holandesas, Utrecht está cursada por abundantes canales

Cipriano Salcedo se siente un ser despreciable. No llega a entender que haya alguien que nazca para odiar. Al pecado original de odio a su padre se le une un sentimiento similar hacia Teodomira. El ingreso en la secta le proporciona el amparo que echa de menos en el hogar. Su entrega en cuerpo y alma al conventículo tiene su origen en ese sentimiento de desamparo. 



Pues eso: Destruyamos paredes que separan en lugar de construirlas


El Preámbulo de El Hereje es un acercamiento a la historia de la religión en Europa durante el siglo XVI, cuando los caminos de los creyentes cristianos se bifurcan. Su precisión resulta sorprendente para un lector medio que no sea experto en la materia. Se trata de un tema que se suele pasar de puntillas en los planes de estudio, a pesar de su importancia para la configuración posterior de Europa. En modo alguno puede caer en el olvido la influencia que en esos tiempos tiene la religión y el papel que juega en Europa para la evolución de una sociedad feudal, rígidamente estratificada, a otra de componentes más democráticos y amables con los desheredados. A mi juicio, el capítulo representa un ejemplo perfecto de cómo se aprende más a través de la lectura a la que se llega voluntariamente y por convencimiento que con la lectura por obligación o por estudio. El autor se cuida de ofrecernos con detalle y profundidad, para el no iniciado, el marco religioso e histórico en el que se desarrolla la historia. 

 Aparcamiento de bicis, paraíso de los vehículos de dos ruedas

La presencia del doctor, don Francisco Almenara,  llama la atención en el capítulo primero. Considerado sabio – atesora más de trescientos libros en sus estanterías-, tiene aspecto de Mago Merlín con su luenga barba canosa. Su importancia radica en los esfuerzos, basados en remedios caseros y en una lección de ginecología del S. XVI, para que doña Catalina dé a luz con el fin de evitar la afrenta de la esterilidad en la pareja, sobre todo en la mujer. No tener descendencia era considerado una degradación para ellas. La primera obligación de toda mujer era dar descendencia. El precursor de ginecólogo trabaja en equipo con el marido, don Bernardo, y con su mujer, Catalina, para intentar mantener la estirpe de los Salcedo. Y lo consiguen a costa del fallecimiento de la madre. 



 Los pingüinos de pega y el que esto escribe  les deseamos a los comentadores, lectores y visitantes que le jueguen la vuelta a los  calores como mejor puedan,  los demás, haremos igualmente lo que podamos.


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
 

martes, 18 de junio de 2013

De luto blanquinegro

 



 Último partido en el Helmántico: 19 de mayo contra el Tenerife (2-2).



 Entrega de los últimos premios García Traid, temporada 2012-13



 Al parecer Hidalgo se cansó de pilotar aviones



 La agonía dura cinco años. Concentración en la Plaza Mayor a favor de la Unión.

 
La muerte forma parte de la vida, sabedora de su superioridad, la ejerce sin contemplaciones de ganador despiadado sobre los más débiles primero. Hoy le ha tocado a la Unión Deportiva Salamanca. Su merodeo ha durado varios años, el acoso implacable de las deudas ha terminado por hundirla. 


El frío del Helmántico era proverbial

Hoy ha sido un día difícil para los miles de aficionados del equipo unionista. La tristeza invade los corazones blanquinegros de los seguidores de la Unión en un día oscuro, que amaneció gris y que quedará marcado en los anales de las desgracias colectivas de la ciudad. 


 Corazones blanquinegros

Son varios los acontecimientos ocurridos en un corto periodo de tiempo que ensombrecen el horizonte de esta ciudad antigua. Primero muere la “Caja” debido al saqueo continuado del dinero de los pequeños ahorradores por parte de unos directivos incapaces y sin escrúpulos. A continuación la Fundación Sánchez Ruipérez clausura la puerta de entrada a la biblioteca infantil, que con noventa mil volúmenes y gran vivacidad de gestión era una auténtica referencia nacional. Cada vez son menos numerosos los aviones que aterrizan en el aeropuerto de Matacán porque - según dicen- las cuentas no salen. ¿Cómo van a salir si cada vez queda menos gente joven ? El Adelanto, periódico decano de la ciudad, echa el cierre de la noche a la mañana y sin avisar. Solo por citar los sucedidos más recientes,  porque la tragedia comenzó hace bastante tiempo, sobre todo en las escasas fábricas localizadas en estos parajes del Oeste. 



Todo comienza en 1923

Los noventa años de andadura del equipo local han hecho historia, dejan un poso de tristeza en el corazón de los unionistas desperdigados por los cinco continentes. Los aficionados recuerdan y no paran de contar las gestas de los doce años en la primera división del fútbol nacional. A partir de ahora ya todo es pasado porque ni la esperanza queda cuando el futuro no existe. 


 Esta tarde,  los más fieles se resisten a abandonar el barco hundido






jueves, 13 de junio de 2013

Me lavé las manos




Paseando por el retiro. Nicolas Muller 1950


La lectura de la trilogía de La lucha por la vida nos deja la imagen limpia de un escritor independiente, un espíritu libre que lucha por su idea de libertad en cada párrafo que escribe, con aciertos y errores, pero siempre con la sinceridad de su propuesta por delante.
Antonio Muñoz Molina se confiesa lector y seguidor de Pío Baroja en un precioso artículo publicado en el diario El País en 1996, a los cuarenta años de su marcha: “En l9l7, escribió: "Yo supongo que se puede ser sencillo y sincero, sin afectación y sin chabacanería, un poco gris, para que se destaquen los matices tenues; que se puede emplear un ritmo que vaya en consonancia con la vida actual, ligera y varia, y sin aspiración de solemnidad". Cuarenta años después de su muerte, día por día, en esas palabras encuentro el resumen de la literatura que me gustaría aprender a escribir”. 

La tierra de Madrid adquiere tonos ocres de tragedia para acoger en su seno el cuerpo sin vida de Pío Baroja la víspera del día de todos los santos. Sus amigos lo bajan a hombros desde su domicilio de la calle Ruiz de Alarcón, un puñado de admiradores,  desafiando al miedo y al ambiente de hostilidad franquista lo acompañan hasta el cementerio civil. Camilo José Cela es uno de los cuatro que cargan a hombros al novelista en el último viaje. Con el temblor de la  emoción que le embarga y las manos teñidas del barniz de la caja nos lo narra así: 


Quizás no debiera haberlo hecho pero, esta mañana, a la vuelta del cementerio, me lavé las manos porque la caja de muerto de Pío Baroja -pobre como corresponde a su último atuendo- desteñía. Miguel Pérez Ferrero se tiznó la cara y Hemingway, aún con las escamitas del catarro en la nariz, lloraba tras sus lentes artesanos, sus lentes de médico de pueblo o de viejo marino holgando en tierra firme. Casas y Val y Vera, los fieles, los cotidianos, los tenaces Casas y Val y Vera- amorosos ambos: uno, tímido y mínimo; el otro, gallardo y derrotado- paseaban atónitos, idos y sin consuelo, su soledad. El pintor Eduardo Vicente tenía serios los ojos y apagado el pitillo de picadura. Clementina Téllez, criada manchega, besó al muerto en la frente y en la mejilla. Los besos de Clementina Téllez, cocinera de oficio, besos violentos y populares, sonaron igual que enamorados e inútiles trallazos. Julio Caro se metió en el bolsillo un frasco con tierra del verde Bidasoa para la tumba. Algunas mujeres lloraban por los rincones por donde, ayer, aún, Baroja alentara. Llegaron los funerarios- colilla en la oreja, blusón de feriante, gesto de estar de vuelta de todos los misterios-y cargamos el muerto. Una voz que olía a ojén, se levantó:
 - Para esto hay que saber. Lo peor son las esquinas, doble sin miedo. Por la escalera abajo, Miguel Pérez Ferrero, Eduardo Vicente, Val y Vera y yo, tropezamos varias veces. Hemingway no bajó a Baroja. 
- Es demasiado honor para mí. Sus amigos.., sus amigos de siempre... 
 - Como Ud. guste. 


Como se puede comprobar en la imagen, el entierro de Pío Baroja despierta escasa expectación.  La gente tenía miedo de que la encasillaran si asistía al sepelio. 

En la calle había doscientas personas; parte eran los del Rallye ibérico, que preparaban sus automóviles para la carrera. Estaban también un ministro y algunos académicos. El duelo se despidió cien pasos más adelante, a los muros del Museo de Artillería. La mañana brillaba más bien fría y temerosa y la gente caminaba con las manos en los bolsillos, medio distraída y como disimulando; medio avergonzada y como esperando a que pasase el tiempo lo más aprisa posible. 





 Por el Retiro paseaban los niños ricos y los novios pobres: aquellos, displicentes y soñadores; estos, ilusionados y sobones. A Baroja hubiera sido mejor enterrarlo por la tarde y una semana más adelante, en su mes preferido: noviembre. Pero la muerte viene cuando viene. Baroja, en sus canciones del suburbio tiene un pasodoble profético: 
Esas tardes del Retiro, 
en pleno mes de Noviembre, 
me dan la impresión romántica 
de un mundo que desfallece. 

Por Ventas, en la antevíspera del día de Difuntos, lucían -azules, rojas, amarillas, blancas, de color malva, frescas y recién cortadas- las prietas y tiernas flores de los muertos. El paisaje por donde, años atrás, anduvieron a la busca Vidal, el “Bizco” y Manuel, se pintó, al correr del tiempo, con la mancha, dicen que civilizada, del hormigón. 




Por el camino del cementerio, los lapidarios y los imagineros golpeaban el mármol de los recuerdos y las perpetuidades. Por el Abroñigal saltaban los niños, los perros y los gorriones del suburbio, las hurañas, las delicadas, las asustadizas y bellas y cochambrosas bestezuelas que jamás pasan de la plaza de toros y de la casilla de los consumeros. Un avión cruzó, zumbando, sobre el Abroñigal; los niños no lo miraron; los perros no le ladraron; los gorriones no levantaron, cauta y espantadamente, el vuelo. En el cementerio se leen nombres conocidos y sobrecogedores, al lado de nombres ignorados y sobrecogedores también. En el cementerio se ven tumbas pulidas como mozas y tumbas amargas como viejas enfermas. En el cementerio se huele el vientecillo del campo abierto, se palpa la brizna de aire que lame la tierra de los muertos, la tierra que acongoja- y que estremece- pisar. 




 Don Pío quedó a la izquierda, según se baja. Sobre su ataúd cayeron las tres o cuatro coronas que le acompañaron. El frasco de magnesia que Julio Caro trajo lleno de tierra, no quiso abrirse. Los fotógrafos decían:"Apártense, por favor", y los que allí estábamos nos hicimos a un lado. Después nos fuimos. Ya en Madrid, Rafaelito Penagos subió a casa de Baroja -a las habitaciones a las que no quise subir- a ver si encontraba mi sombrero. Después, me llegué hasta mi casa a lavarme las manos-quizás no debería haberlo hecho- y a guardar media docena de flores que preferí que no anduvieran rodando. 

Camilo José Cela 
Papeles de San Ramadans, noviembre 1956 
Transcrito de la enciclopedia: Historia de la Literatura Española. Orbis




Don Pío estampillado.



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.