jueves, 11 de abril de 2013

La perfecta maravilla


"La Salvadora inclinó la cabeza y sintió en la mejilla el beso de los labios de Manuel"

El Beso.1907-8. Óleo sobre tela • Simbolismo.  Gustav Klimt. 



Aurora roja. Pío Baroja (3) 

Juan se gana en poco tiempo la confianza de las dos mujeres de su hermano Manuel. Su discurso cae bien entre las féminas de la casa. Les cuenta lo visto y lo vivido, las novedades de Londres, París y Bruselas. Había pasado las de Caín camino de Barcelona. Había ejercido de apuntador de cómicos ambulantes, pintor de retratos y restaurador de lienzos al óleo por las tierras del antiguo Reino de Aragón. Lo pasa regular en Barcelona, días de hambre y noches al raso le acompañan, tirado de mala manera en los parques de la Ciudad Condal. Las cincuenta pesetas que cobra de un retrato, le dan para alquilar una guardilla. Con el dinero que recibe por unos bustos de unos profesores del seminario,  se va a París. Se abre camino, trabaja de obrero. Hace sortijas y aprende. Coge nombre con un grupo escultórico que presenta en una exposición. Los periódicos hablan de él. 



 "Todos los días variaba el retrato; unas veces era la Salvadora melancólica; otras, alegre".



Tête penchée de femme, bronce. 1908. Obra de Pablo Gargallo

Modelar el busto de la Salvadora le ocupa un mes completo. Le cuesta dios y ayuda dar con la expresión exacta; mitad sonrisa, mitad melancolía. En ese tiempo Kis explora la casa. Descubre que su presencia suscita los gatunos bufidos de Roch. Las palomas con sus monótonos zureos le parecen tontas del bote. Unos gatitos blancos escapan. Las gallinas y el gallo andan a lo suyo, no ofrecen confianza que valga a perros señoritos de aristocrática procedencia británica. El burro, Galán, tampoco repara en canes aburridos. Sólo un galápago, que ni da ni toma, lo mira asombrado con ojos de besugo. En vista del escaso éxito con los animales de corral, se hace pirata y se une a una partida de perros callejeros que merodean por la calle Magallanes. 

Juan presenta tres obras a la exposición de escultura: Los rebeldes, una trapera y el busto de la Salvadora. La muestra es un éxito para el autor. La exposición deja ambiente que se cifra en varios encargos (nada raro es constatar que hasta el antitaurino más acérrimo y aclamado utilice expresiones salidas de la tauromaquia), el run run de las grandes tardes de toros. La gente abandona la sala hablando de escultura. Para celebrarlo, invita a merendar a todos los del "Equipo A" una tarde de mayo florido. Los dos Rebolledo y el señor Canuto se unen a los de casa al aproximarse a uno de los cementerios de la vecindad. Al autor le sale la vena poética y nos regala (como quien no quiere la cosa) una de las descripciones más bellas de las afueras de Madrid, otra más y ahí queda eso: “Y en el fondo, sobre el cielo de turquesa, el Guadarrama, muy azul, con sus cumbres de plata bruñida. Resplandecía el césped cuajado de flores silvestres, brillaban los macizos de amapolas como manchas de sangre caídas en la hierba, y en los huertos, entre las filas de árboles frutales, se destacaban con violencia las rosas rojas, los lirios de color venenoso, las campanillas de las azucenas y las grandes flores extrañas de los altos y espléndidos girasoles”. 

Sin embargo, como ya hemos señalado antes, en su constante afán de perseguir la armonía entre contrarios en todas sus vertientes, Baroja nos vuelve a sorprender con el contraste, con el chascarrillo gracioso bien adaptado al habla de las clases populares madrileñas. “Teorías... alegorías, chapucerías”, que diría el señor Canuto, rematadas con: 
 -¡Mátala! ¡Viva la niña!
Que en el fondo es el recurso a la tragedia, la muerte como generación de vida nueva, el “duelo de mordiscos y azucenas” de Federico:
 -“Señores: soy el amo de este establecimiento, en donde han tomado ustedes asiento y se les servirá un alimento con un buen condimento, que aquí hay un buen sentimiento, aunque poco ornamento, y si alguno está sediento, se le traerá un refrescamiento; conque vean este documento -y enseñó una lista de los precios - y ande el movimiento”. 


"los lirios de color venenoso"

 Bodegón de lirios. 1935. Obra de Benjamín Palencia

La reaparición de la Justa, bastante desmejorada y faltona a más no poder en el merendero,  es un puñado de ceniza arrojado sobre el paisaje. Viene a enturbiar la tarde. Se marchan a instancias de Manuel para evitar males mayores. 

Poco tiempo nos permite el autor disfrutar del estado de felicidad y beatitud en que la llegada de Juan ha sumido a los lectores y a la tropa que rodea a Manuel. Teme que nos quedemos en las nubes, contemplando las cumbres argentadas de la sierra del Guadarrama. Son hermanos de sangre pero cada uno parece provenir de una cepa distinta. Su llegada, además de favorecer la necesaria tensión narrativa, crea intranquilidad y desasosiego. Viene a perturbar la relativa paz en la que Manuel se ha instalado tras sufrir las cornadas del hambre y los sinsabores de los desequilibrios sociales. Juan se encara con su hermano a propósito del concepto de propiedad. Manuel, que lo máximo que ha llegado a tener es hambre, sueña con “tener un solar, aunque no sirviera para nada, sólo para ir allá y decir: esto es mío.” A lo que Juan le reprocha que “ese instinto de propiedad es lo más repugnante del mundo. Todo debía ser de todos”. 

Las teorías del hermano no parecen afectarle mucho porque,  a instancia de las mujeres, compra una imprenta, alquila un local, busca a Roberto de socio capitalista, gastan un dineral en adecentar el local,- los ahorros de ellas - y se instala. De la noche a la mañana montan el negocio, se convierte en burgués con todas las de la ley. No queda más que esperar que los clientes, ese elemento huidizo y caprichoso, entren en la imprenta a dar trabajo y - de paso - dar de comer al amo y a los asalariados. Tanto ajetreo repentino pasa factura a la salud de Manuel que cae malo. Unas calenturas terribles le acosan (o le escrachan): “Le pasaban los escalofríos por la espalda como soplos de aire helado” a pesar de tratarse del temido mes de agosto de Madrid. El médico pronostica que es debido al exceso de trabajo. Que no trabaje tanto y unas medicinas son el aporte del doctor como solución a los males. 



 "Le atendía la Salvadora con una solicitud de madre; se molestaba continuamente por él".

Horas de angustia. Julio Romero de Torres

La Salvadora se desvive por cuidarle,  Manuel se siente en deuda con ella. No así con su hermana, la Ignacia, que pretende llamar a la mujer del señor Canuto para cuidarle y que ella no abandone los múltiples quehaceres que permiten pagar las deudas de la imprenta recién inaugurada. Jesús se hace cargo de la imprenta durante la enfermedad. Una tarde bochornosa, de calor sofocante en la atmósfera, se desata la pasión. La humedad y el olor a tierra mojada plasmado en el ambiente, Manuel agarra a la Salvadora por la mano y le dice: “Déjame que te bese”. Ella siente unos labios que queman; él, una frescura deliciosa… 

“I feel wonderful 
because I see the love light in your eyes. 
And the wonder of it all 
is that you just don´t realize 
how much I love you”. 
Eric Clapton 







Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.   
  

 

8 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Una de las cuestiones básicas para comprender esta trilogía es ese manejo de Baroja para hacer entrar y salir a los personajes en la vida de Manuel. Juan es un perfecto ejemplo: de no contar para él a ser un resorte necesario para su propia madurez. La Justa otro: qué hubiera sido de Manuel y ella si hubieran seguido juntos...

Gelu dijo...

Buenas noches, pancho:

En esa época había ‘faltas imperdonables’ hasta para los padres. La Justa, no recurre a ellos ni cuando se ve enferma y abandonada.
Tampoco Manuel, que tanto había apreciado al señor Custodio; no vuelve a él ni en los peores momentos.
Manuel no tuvo energía suficiente para alejar a la Justa de esa vida, mientras vivió a su lado. La muerte de Vidal y sus consecuencias, estropea todo intento de mejora en la pareja. Don Pío, hace que el destino tampoco ayudase a sus personajes literarios.
- Las ilustraciones estupendas. ¡Qué obra maravillosa la de Gargallo!
- Dejo la canción que has elegido, interpretada por Eric Clapton y Mark Knopfler.
Me llamó la atención, la felicidad del grupo al ir al merendero y la tristeza del regreso.

Abrazos.

Abejita de la Vega dijo...

Baroja puede parecer fácil, pero no lo es en absoluto. Es de una densidad superlativa, más capas que una cebolla. Esta tercera parte lo es más todavía. Hay que sermuy barojiano para contarlo como tú.

Subrayo aquí como dices lo del beso de Salvadora y Manuel. Y esa ilustración de la mujer sentada al lado de un enfermo, así imagino yo a Salvadora. Manuel se ponía celoso...


Besos, Pancho.

Paco Cuesta dijo...

La sombra de Don Pío es alargada, como sucedió con Cervantes pasará tiempo hasta que otras luminarias la eclipsen. Apoyado en tus entradas, aun tengo a mano la Trilogía.
Gracias. Un abrazo

Aldabra dijo...

¡que tristísimo el cuadro de Romero de Torres!

biquiños,

Myriam dijo...

Algo que me gustó es que Manuel no abusa de la generosidad de Roberto, sino que se hace cargo de los gastos de instalación de la imprenta, con los ahorros. El que haya tenido una gripe, pues hombre, el estrés (por la responsabilidad que viene aparejada con su nuevo status de patrón, etc) y el excesivo trabajo en montar la industria, me parece de lo más natural.

Tienes mucha razón, ese pasaje que elegiste de la descripción de Madrid es muy lindo. Y en tu texto, resalta más.


Besos

Myriam dijo...

Otra cosa que me gustó del escrito de Baroja que señalas: la escena de Juan haciendo el busto de la Salvadora, tratando de captar su alma una y otra vez, mientras chalaba de sus experiencias en sus viajes. Me pareció una escena de mucha intimidad, serenidad y muy plástica, además.

Ele Bergón dijo...

El Beso de Klim es uno de mis cuadros preferidos, desde que lo contemplé, allí en el Belvedere. Supongo que esa ternura, esa pasión, esa entrega estará en el beso de Manuel y la Salvadora. Tendré que leer Aurora Roja, no sé el porqué siempre lo pospongo. Ya lo averiguaré.

Un abrazo

Luz