Mostrando entradas con la etiqueta Aida Lafuente. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Aida Lafuente. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de mayo de 2014

Dejar las cosas en sus días (y 15), Laura Castañón.Hermano "pa" defenderte





"Yo tenía relaciones con muchas mujeres, pero con Claudia siempre volvía"

Dejar las cosas en sus días (y 15) 
Laura Castañón 

Efrén muestra su preocupación por la deriva radical que Claudia está tomando, rendida sin condiciones a un manojo de “ideas deshilachadas pero eficaces.” El doctor recela de ellas porque la tienen hechizada, le impiden albergar un atisbo de recuerdo de Andrés, su corazón pertenece a Ángel. A su entender se está convirtiendo en una “chíviri” (chicas jóvenes que abrazaban las ideas y la militancia roja). 

Aida había planeado un reportaje sobre los asturianos supervivientes de los trenes de cercanías cargados de muerte el once de marzo de 2004, con esa excusa iba a pasarse una semana de marzo en Madrid. Marisa ha superado la fase de “quimio”, será un buen momento para el encuentro de su novia con su padre. El libro con dedicatoria personal de Lorca es una obsesión. El cerco de la investigación de los frentes asturiano y madrileño se estrecha. Andrés sabe que su hijo le supera, pero le cuesta rendirse a la evidencia. Se muestra dispuesto a “hacer memoria”, pero solo de lo que le interese, en su biografía hay pozos oscuros, agujeros negros que se niega a desentrañar. 


"Las barricadas, las canciones, la estética de las banderas, la lucha codo con codo, imágenes que pasaban como los fotogramas de una película"

Paloma le dice que su abuelo mucha revolución, mucho ardor guerrero y bla, bla, bla, pero el treinta y cuatro le pilló en un pueblo de Salamanca cantando a coro el Conde Olinos dándole de beber a su caballo agua del mar, con lo salada que está. Todo el mundo sabía que se iba a liar gorda, pero no todos estaban dispuestos a dar el callo a la hora de la verdad, como quedó demostrado cuando los mineros asturianos se quedaron en la lucha más solos que la una. Le cuenta que  Claudia recibió su bautismo de fuego en Oviedo, se le murió un minero en los brazos y que habló con Aida Lafuente un día antes de su muerte. Efrén arriesgó para sacarla de Oviedo y llevarla de vuelta a Bustiello. 

Paloma y Claudia se vuelven a reunir en Gijón, ya después de la guerra. Inés cuenta con seis años y el único pensamiento de su madre gira en torno a su supervivencia, que a su hija no le falte una comida al día. Se reprochan mutuamente sus pasados tan marcados por la guerra, el desgarro y el abandono. Paloma huye a París al principio del conflicto siguiendo los pasos de dos hermanos gemelos franceses que habían llegado a Bustiello desde Comillas recabando información sobre las realizaciones prácticas del Marqués. Escapando del cadáver caliente de Eusebi. 

Los hechos se precipitan la noche que Paloma se va. Las cosas pasan deprisa en esta parte final de la novela. De buenas a primeras reaparece el Chano, hermano de leche de Paloma, para matar a Eusebi cuando le está dando una paliza. Los Lamartine han conseguido salvoconductos para llegar a Suances y coger un barco rumbo a Francia. Bilbao ha caído y es la única forma de salir. De paso le cuenta cómo salvó a otra de las trillizas después de sufrir una violación. Hay que contar las cosas tal como ocurren porque luego se nos olvidan. En un relato tan español y tan arcaico no podía faltar la anacronía, el caballero cargado de razones que se toma la justicia por su mano. Mantener a raya a los malos es justificable. El honor, el derecho a la venganza son verdades bíblicas, más asentadas en el subconsciente colectivo que el respeto a la justicia. 


 "A saber en qué asuntos habría andado en París y con quién."

Benilde muere de sospechosas molestias digestivas. Apenas tres días después de enterrada, Efrén se presenta en casa de Camino: 
-“Hace once años, seis meses y diecinueve días que no pienso en otra cosa que en volver a estar contigo.” 
 -“Siéntate” le responde ella, arropándose en la toquilla. 

A Andrés le bailaban cuatro años de su biografía que el justificaba con la enfermedad del olvido que supuestamente le aquejaba. Un hueco imposible de rellenar. Son muchos años de muro impermeable. Aida le advierte que no ha venido desde tan lejos para escuchar vaciedades. De sobra sabe que está contando lo que quiere, pero ella está entrenada para escarbar en el pasado. Andrés confiesa la necesidad de contar con un interlocutor que sepa escuchar. Se caen bien mutuamente durante la entrevista convertida en un toma y daca de agilidad intelectual. Andrés la gana para su causa al citar la historia de Aida Lafuente, la joven dinamitera asturiana, desconocida fuera del Principado. 


"Que fui amigo de Federico García Lorca; que me hice del Partido Comunista primero, y luego fui anarquista y luego una combinación de todo, y luego ya no fui nada, que era la única forma de ser yo."

La autora hilvana los dos hilos del relato haciéndolos converger en el desenlace final de la historia. Las últimas páginas son apasionantes, una novela en sí misma. La firmeza del avance de los dos frentes narrativos que se juntan seduce de manera especial. Una historia de perdedores que trasciende, de extraña generosidad marciana, de suplantación de personalidad y redención de olvido que cicatriza heridas profundas. Agudeza reflexiva que supera la trampa de las ideologías sectarias, disparos a bocajarro, escritura a manos llenas que desemboca en una catarata de acción trepidante y sin freno que merece ser recorrida por el lector que hasta aquí haya llegado sin que desvelemos el misterio que tiene sorprendente premio final.  Lean, lean ustedes y comprueben con sus propios ojos.


 ¡Ay hermanita! No tengas miedo,
Que el león no resulta tan fuerte y fiero.
¡Ay hermanita! Grande es tu suerte,
que tienes un hermano "pa" defenderte.
Basilio García Cabello - Ricardo Freire/Miguel Poveda





 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


sábado, 3 de mayo de 2014

Dejar las cosas en sus días (14), Laura Castañón. Rosa de oro





"Migio guardaba en los bolsillos de su discreción la clave de los pequeños misterios de la casa"

Dejar las cosas en sus días (14) 
Laura Castañón 

La llegada del criado Migio a la Casa de Pomar coincide con el nacimiento de Sidra. Es un auténtico operario de mantenimiento. Multiusos. Lo mismo hace de chófer de don Benito Montañés, llevándolo en el Minerva cuando sale fuera, que arregla la máquina de coser o poda el seto de boj del jardín. También sabe distinguir los pájaros por su canto, interpretar las nubes o injertar los cerezos. Es el encargado de ordeñar las vacas, de echarle de comer a los cerdos y les hace a los niños los mejores silbatos de boj. Es un hombre importante, sabio contrastado; sabe hacer muchas cosas con las manos. 

Aunque no lo parezca, debido a su proverbial discreción y lealtad de criado antiguo, conoce los secretos de la casa y sus moradores. Es como la sombra fresca que rodea una encina solitaria y poderosa en mitad del secarral. Había plantado cinco árboles en el jardín, uno por cada retoño de la casa. El sauce era su preferido, representaba a Manuel, el más mimado de todos desde que se fuera para siempre. Las camelias blancas estaban cada vez más lucidas desde que la locura había arrebatado a Sidra el juicio. La sombra de los árboles dedicados era el recordatorio de la alegría que un día había inundado la Casa de Pomar. El peral de Paloma estaba triste por el trato malo que el cojitranco le daba. 

Andrés tenía casi cien años de edad y a pesar de las dificultades para salir del taxi, abrir la puerta con cerradura temblorosa o distinguir el color de los billetes, gracias a Facebook había contactado con un sobrino de Preciosa Duarte que le había dicho que aún vivía. Había pasado veinte años en Méjico después de dos de cárcel y ya llevaba cuarenta residiendo en Madrid, ingresada ahora en una residencia de ancianos, regentada por unas monjas peruanas porque las mujeres españolas hace tiempo que dejaron de sentir la llamada de la vocación religiosa como la sentían de antes. 


"Recreaba en su imaginación cada uno de sus movimientos al otro lado de la puerta"

Se habían conocido embutidos en el mono azul que usaban los actores de La Barraca dirigidos por Federico García Lorca durante el proyecto cultural ambulante de las Misiones Pedagógicas. Se habían amado a la sombra de los árboles y sentido el esplendor en la yerba. Se vuelven a encontrar más de setenta años después y ella le llama Ángel mientras mantienen las manos entrelazadas. La próxima vez le traerá gominolas de osito y un ramo de flores, pero sabe que no habrá próxima vez. 

La autora se vale de un diálogo con Asier para hacernos saber que Bruno prefiere quedarse en su casa por Navidad a pasarla con ella. El la intenta convencer de que la trata mal, o si prefiere darle la vuelta, la maltrata. La consuela y le pide que deje de llorar por alguien que no la merece. 

La sombra del Marqués parecía proteger la cuenca minera de las sacudidas sociales exteriores. Los últimos años de la década de los veinte el tiempo parecía haberse detenido en Bustiello. La Casa de Pomar se ha convertido en un reducto de soledad porque apenas existe ya. Solo quedan:  Sidra medio loca, envuelta de continuo en su negro pañolón, y Claudia que mantiene el hueso de ciruela y la pasión por aprender que comparte con Andrés. Se comprometen a seguir unidos hasta el hueso que Claudia guarda en su bolsillo. Ahí fuera el cine rompe a hablar con El Cantante de Jazz. El Barcelona gana la primera liga española de fútbol, una paradoja, ahora que la fiebre nacionalista se empeña en jugar la catalana u otra. Se estrena El Perro Andaluz y en Pomar se dejan sentir las estrecheces económicas en contraste con la opulencia de Gustavo y Montserrat que insistía en amargarle la vida a Paloma. En abril de 1931 cambia el régimen político nacional al abandonar la monarquía el suelo español. 

"Allí el tiempo se había estancado"

También Aida siente la pena honda, el mordisco de la soledad por Navidad, algo que nunca pensó que sentiría. Su madre parece casada con el sindicato desde la muerte de su padre. Echa de menos lo que la gente cuenta de la algarabía que se prepara en las casas cuando las familias se reúnen. Ella la pasa en una residencia de ancianos acompañando al único eslabón que queda con vida de aquella vieja  Casa de Pomar. La extirpe se extingue, no dejarán rastro de haber existido cuando ambas desaparezcan. 

El diario de Claudia reseña el día dieciocho de abril del 1931 que el catorce se proclama la República, Claudia lo sabe porque Efrén se lo dice; coincide con su cumpleaños. Anota que desde que tiene el desarrollo se siente alegre y triste a la vez. Andrés le explica que eso son cosas de mujeres. Andrés sabe mucho, se siente orgullosa de el. Como señala don Efrén: “Esti manguán ya sabe más que yo…, con un orgullo… como si fuera su propio hijo.” Sidra está obsesionada en hacer guardia para evitar que estén juntos a solas. Ella los acusa de cortejarse. Claudia lo niega y añade que solo son buenos amigos, pero Sidra no se lo cree. 

"El paisaje de Pomar se modificaba sustancialmente"

 “Qué falta hacía aquí un Benito Mussolini con dos cojones”, era la expresión preferida de Eusebi cada vez que zanjaba una conversación con sus compañeros de mesa en los bares de Mieres que frecuentaba. Extrañaba la camaradería y el compañerismo de los espíritus afines, por eso marcha a Madrid, se aloja en casa de un hermano. Ni su padre ni Paloma sufren por la marcha del cojitranco, sienten alivio por quitárselo de en medio durante una temporada. Únicamente se ve afectada a su madre. 

El desánimo y el cansancio se apoderan de Aida cada vez que le da por observar la Moleskine con más de la mitad de las hojas repletas de anotaciones y creciendo. No encuentra el momento apropiado para pasarlas al ordenador y poner orden en el caos de notas, datos y expresiones. Tiene la sensación de que más que respuestas acumula más dudas y huecos a medida que indaga en los personajes cuyos huesos conforman su propia nómina de antepasados. 

Manena Fanjul, anarquista fusilada, es otro nombre que se trae entre manos. Piensa en todo mientras observa desde un bar la gran cantidad de gente que hace deporte en la playa durante el horario laboral en verano, probablemente prejubilados de banca o funcionarios públicos, aristocracia de la clase obrera y consecuencia del estado de bienestar. No deja una situación sin citar la autora. 


La novela pega un salto imprevisto de cincuenta páginas,  de golpe...

Claudia marcha a Oviedo con dieciséis años, se aloja en la pensión regentada por la señora  Romanita. Escribe a Ángel a diario, un par de veces por semana mete los folios en un sobre y los manda a una dirección de Madrid. Ángel le cuenta los viajes con las Misiones Pedagógicas, testigo de la miseria de las zonas rurales, está convencido de la necesidad de una revolución. Durante su ausencia ella rumiaba los momentos felices de los encuentros. Se esforzaba en leer los autores que el citaba como si fueran el evangelio revolucionario, la solución a todos los problemas. Descubre el Oviedo clandestino de los ácratas. Conoce a Gustavo Lafuente que pinta los carteles del teatro Campoamor y a su hija Aida Lafuente de su edad, La Rosa Roja de Asturias,  siempre sonriente y ágil. Se siente intimidada por su desenvoltura y desparpajo de barrio. Claudia prefiere la amistad de Candelas, una maestra de “ideas” que la instruye en su doctrina. Le descubre que los avances sociales de los mineros de Bustiello son un espejismo, en realidad encubren la sumisión al patrón. Son unos privilegiados. La gente de verdad es la que engorda en época de castañas y vive pared con pared con sus animales, bastante lejos de las casas limpias como la patena y con geranios en las ventanas. 

La niña del Albaicín era una rosa de oro
morena de verde trigo
y color de almendra sus ojos.
La niña del Albaicín vivía en un carmen moro
encerrada entre cancelas con llaves y con cerrojos.
Rafael de León, Manuel Quiroga/Miguel de Molina/Miguel Poveda





  

Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.