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jueves, 6 de abril de 2017

A sangre y fuego. Los guerreros marroquíes. Manuel Chaves Nogales. Mapas de la oscuridad.







"Una punta de vanguardia del ejército rebelde formada por moros y legionarios se había infiltrado por uno de los pasos menos accesibles y avanzaba por la retaguardia de los milicianos."


A sangre y fuego 
Héroes, bestias y mártires de España. 
Los guerreros marroquíes 
Manuel Chaves Nogales 

La acción transcurre en la sierra de Gredos y en Madrid al principio de la guerra. Las fuerzas rebeldes han partido de Ávila para limpiar de rojos los pueblos de la sierra e intentar abrir otra vía en la marcha sobre Madrid por el valle del Tiétar. Los milicianos, mal armados con escopetas de caza, se fían de la protección natural que les ofrece la sierra. Una patrulla de lugareños detiene al moro Mohamed herido en una pierna. Mohamed deja fuera de combate a tres milicianos al ver la pobreza del armamento que portan. Pero no puede con el cuarto, un rocoso cabrero achaparrado, rápido como un jabalí que lucha a cabezazos, mordiscos y pedradas como los primitivos habitantes de las cavernas. Un goyesco duelo a garrotazos. Lo bajan medio muerto a lomos de una mula, lo curan con delicadeza y los mismos paisanos que lo detienen,  lo fusilan al amanecer. “El moro era del pueblo porque del pueblo eran los milicianos que lo habían capturado.” Y sanseacabó. De nada le sirve a Mohamed mendigar misericordia, ni la súplica y la sumisión de su “yo estar rojo yo estar república.” 

Cuando parece que el relato se va a quedar con los milicianos, cabreros, pastores y braceros de la sierra de Ávila, el autor nos vuelve a sorprender llevándonos a las tiendas en las que pernoctan los moros que apenas balbucean unas palabras de español primario. Allí lloran la ausencia de Mohamed, el soldado desgarbado y de ojos azules que vino de lejos a luchar contra los franceses que los humillan en su tierra y apoyan al gobierno republicano. El caíd odia a los oficiales que beben y cantan para celebrar la buena marcha de la campaña. El siente una pena honda por la pérdida de Mohamed, el amigo, uno de los más destacados guerreros de su tribu. Rechaza la bebida como buen musulmán, los oficiales le prometen las orejas de unos cuantos rojos como venganza. Siente desprecio por la celebración a costa de la sangre de sus compatriotas, siempre en la primera línea de fuego, usados como fuerzas de choque para romper al asalto las líneas enemigas. 





"Por un lobo muerto daban los alcaldes cinco duros; por un moro vivo deben dar lo menos cincuenta."


Los campesinos, los cabreros y pastores, los jornaleros del campo de los pueblos asentados en el valle, arrastrados por un odio feroz a los invasores, se muestran decididos a detener el avance de las tropas fascistas que se descuelgan de las atalayas y avanzan. Pero faltan armas: “No importa; iremos detrás de los milicianos y cuando caiga alguno cogeremos su fusil y seguiremos luchando.” Sin embargo, la realidad es mostrenca, al primer envite los ponen boca abajo. Se produce la desbandada y la represión feroz; son cazados como conejos por el monte. Los militares imponen la paz romana en tres días. Los campesinos y las gentes del campo regresan a sus labores cotidianas, a la esclavitud del trabajo de sol a sol. Abren el puño y extienden la mano. La guardia civil vigila y los falangistas organizan la vida de los pueblos, el escrutinio y la represión salvaje de la retaguardia. 

Transportan a los guerreros africanos a las posiciones de la Casa de Campo en las afueras de Madrid. En su interior anida el orgullo de una raza superior a “unos hebreos que no saben luchar.” Las riquezas de la gran ciudad, realzadas por la luz velazqueña de Madrid y la sed de venganza por tantos compañeros caídos en combate,  hinchan de ardor guerrero y coraje los pechos de los guerreros del Rif. Tienen al alcance de la mano la oportunidad de la venganza por tantas humillaciones sufridas en su tierra ante los fusiles europeos. 



"Abatidos por el plomo de los milicianos atrincherados caían unos tras otros los guerreros africanos."

No todo el monte es orégano; el primer día del ataque sobre las trincheras rojas comprueban que “no todos los españoles son miserables hebreos.” Allí hay entraña dura española, Agustina de Aragón  que se crece en el castigo, como el toro de Miguel Hernández, dispuesta a vender cara la derrota. Por donde atacan las fuerzas moras dejan huella en los parapetos. Hacen brecha, rompen las líneas a fuerza de muchas bajas, pero al no ser secundados con el éxito por los ataques de legionarios, falangistas y requetés, los embolsan y los hacen prisioneros al cortarles la retirada. Las trincheras que defienden la capital, cavadas con tanto esfuerzo por las entusiastas gentes de Madrid,  empiezan a dar su fruto; son también la tumba de muchos combatientes africanos. Los habrían acodado allí mismo, pero deciden prorrogar la vida un poco a las dos docenas de cabileños supervivientes. Los montan en una camioneta y les dan una vuelta por Madrid. Los rodean miles de personas, niños y mayores, como hacían con la estantigua de don Quijote y Sancho, como fenómenos de circo. Los miran como pobres bestias, seres inferiores engañados por los fascistas. El pueblo de Madrid de Pío Baroja los habría indultado, les habría perdonado la vida, pero los que hacen las guerras en su nombre deciden fusilarlos. La ley de la guerra es severa.


Robaron las linternas, 
 la lumbre en las cavernas, 
 no nos dejaron mapas de la oscuridad.
Vetusta Morla


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


sábado, 1 de abril de 2017

A sangre y fuego. El tesoro de Briesca. Manuel Chaves Nogales. Apareció la luna.




"Apenas chocaban con la férrea disciplina y la técnica profesional del ejército sublevado perdían su fuerza imponente y se deshacían como la espuma."


A sangre y fuego 
Héroes, bestias y mártires de España. 
El tesoro de Briesca 
Manuel Chaves Nogales 

El relato está ambientado en el avance de las columnas africanas sobre Madrid durante los primeros meses de la guerra civil. El tema central de la historia es el interés que el gobierno republicano pone en la conservación del patrimonio cultural y artístico. Un ejemplo de las dificultades y falta de un plan que preservara de la destrucción y del saqueo la riqueza artística nacional. No solo eso, el relato supone, como ocurre en la colección de historias breves, una muestra más de la maestría del autor para adaptar el material narrativo extraído de los acontecimientos reales al argumento de la historia. En este caso la perfecta asimilación a la narración y al tema principal de conceptos bien trabajados como el heroísmo y la creación de un héroe, predicar con el ejemplo, la desventura, el sacrificio inútil, la incapacidad de la palabra cuando hablan las pistolas, el escrutinio de los libros y de las obras de arte, la hoguera purificadora que reduce a cenizas en un rato lo que se tarda generaciones en construir, el papel de los intelectuales en la guerra: “Soy un cochino sentimental, un lamentable artista, tan blando y tan incapaz para la revolución como todos los artistas y todos los intelectuales.” Confiesa el camarada Arnal. 

“Salve usted todo lo que buenamente pueda” le dicen en Madrid antes de presentarse en Briesca en un coche con escolta de milicianos armados. Arnal es un artista joven, de los mejores pintores jóvenes del momento. Las bombas de la artillería franquista castigan el pueblo desde unos altos cercanos. Esperan el ataque de las tropas de infantería para el día siguiente al amanecer. El cometido nunca es fácil porque los comités revolucionarios de los pueblos son celosos de sus riquezas, se oponen a que nada salga de los pueblos. En Briesca el comité revolucionario le ha ordenado a un hombre que se encargue del escrutinio de los bienes y que eche al fuego todo lo que huela a iglesia y religión. Llegan al acuerdo de que todo lo incautado que tenga valor inmediato,  se lo quedará el comité que se lo llevará si hay que escapar. Arnal junto a dos miembros del comité se hacen cargo de las riquezas artísticas entre las que hay dos lienzos del Greco. Todo lo demás que no tenga valor de mercado, a la hoguera, no vaya a ser que la revolución no salga y se los vuelvan a pasar por los hocicos. La nueva fe popular empieza con fuego purificador. Arnal propone que las cosas se conserven aunque no sea más que para los museos de ateísmo o algo, pero nada, todo a la hoguera. 

Se dan prisa en hacer la clasificación pues las bombas fascistas arrecian y es probable el ataque por la mañana. Arnal y los dos miembros del comité asignados cambian los fusiles por picos y palas y entierran con gran trabajo (siempre es más fácil disparar) los tres paquetes en lugar secreto. Bajo tierra con las primeras claras del día. Luego retoman las armas y marchan al frente a partirse la cara con los fascistas. Arnal recoge en una bolsa unos pequeños objetos religiosos desechados. Objetos humildes, imágenes talladas por los pastores y labradores, productos de la piedad popular: estampas, exvotos, rosarios rústicos tallados a navaja en la soledad del campo. 



"Veinte millones de seres pertenecientes a una raza vieja en la civilización se precipitaban a la barbarie de las edades primitivas."

"La cosa va mal.” Exclama un miliciano nervioso en la plaza del pueblo. Hay que mandar las camionetas a recoger heridos, pero las camionetas han huido, los jefes se baten en retirada en dirección a Madrid. Las tropas fascistas han roto el frente por varios sitios y muchos milicianos embolsados han entregado la cuchara. Arnal es testigo de cómo un comandante intenta detener la desbandada a tiros en la plaza del pueblo. Pero los desertores son más y más malotes, lo ajustician y huyen también. Ahora ya él es el único que sabe dónde está enterrado el tesoro de Briesca, ve cómo mueren los dos miembros del comité que le ayudaron a enterrarlo. Echa a andar carretera de Madrid adelante bajo las balas y la metralla de la aviación enemiga junto al “rosario de fugitivos que a veces quedaba cortado por las ráfagas de plomo, como cuando se corta de un pisotón la procesión de un hormiguero.” 

Madrid aún no es el frente en ese momento, continúa siendo la retaguardia que recibe oleadas de voluntarios de todos los pueblos y comarcas de la España republicana. Los voluntarios de las regiones ricas llegan marciales con sus flamantes uniformes recién estrenados como si fueran a una boda. Los que proceden de la pobreza y escasez matan el hambre en la milicia por primera vez en su vida. Las vanguardias fascistas compuestas por soldados profesionales penetran en las líneas fervorosas de revolución que se deshacen como la espuma de las olas que mueren en la playa. Muchos tiran los fusiles y se vuelven a su tierra, otros se vuelven a Madrid a llenar los tugurios y tabernas. Era difícil convertir aquel entusiasmo antifascista campesino y obrero en soldados capaces de derrotar la disciplina de las tropas franquistas en el frente. Definitivamente, aquella masa de campesinos y obreros entusiastas no sabía hacer la guerra a campo abierto. Mientras tanto en la retaguardia se crea una burocracia formidable a la que se apuntan los huidos del frente para ejercer el control revolucionario. Hasta se crea el Grupo gastronómico de la FAI. Formado por los “más bizarros y heroicos de sus milicianos.” Las tropas de Franco a las afueras de Madrid



"Se murió sin saber que su gesto no había sido tan estéril como creyó."

El camarada Arnal pertenece a una de estas organizaciones de la retaguardia que crecen como un cáncer maligno. Su cometido no es fácil, pero su interior abriga alguna esperanza. Siente fascinación por el respeto que muestran estos soldados astrosos, de hambre milenaria, hacia la riqueza artística que les rodea y que no saben interpretar. El destrozo en el patrimonio es mucho menor del esperado. La guerra civil era una mala prueba para el materialismo histórico. 

A veces se pregunta para qué intentar salvar algo si ninguno de los tesoros ha servido para ahorrar un solo crimen. Si muere el hombre, que mueran sus creaciones. Para crear el hombre nuevo es mejor destruirlo todo, partir de la nada, lo viejo está infectado de maldad primitiva. Por eso ni se inmuta cuando el cielo de Madrid se convierte en humo y cenizas. Ardiendo por los cuatro costados debido a los bombardeos de la aviación fascista que convierte en bengalas los lienzos de Velázquez y Goya que se guardan en el palacio de Liria alcanzado por las bombas, presuntamente ordenado por su propietario, el Duque de Alba. “Nada debía hurtarse ya a la cólera de los hombres.” El contribuirá a la destrucción, que se pudran en la tierra los dos cuadros del Greco enterrados. 


Ahora lo único importante es ganar la guerra y a ello quiere dedicarse. Dimite de su cargo y se ofrece como combatiente. Lo nombran comisario político. El primer día en el frente es testigo de la desbandada causada en la tropa por el impresionante aparato bélico fascista. Potencia de fuego combinado de artillería, carros, aviones y la aguerrida infantería. El instante en el que todo cambia, el climax de la narración, sucede casi al final. La lección de heroísmo individual de un capitán del ejército que considera que cuatro meses de huida es suficiente. Armado de valor sin límite, coge una maquina ametralladora, se pone en la mitad de la plaza del pueblo con toda la munición que puede y allí espera a los fascistas. Vende cara su derrota, dispara hasta el amanecer que enmudece para siempre. Pero el acto de heroísmo no es en vano, contagia al comisario político, Arnal, que también cae bajo las balas enemigas. A partir de ese momento los milicianos dejan de escapar. Plantan cara y defienden Madrid. Y Madrid sitiado no se rinde hasta el final de la guerra. Un periodista americano compra por cinco dólares el dibujo con el secreto que Arnal se lleva a la tumba. El miliciano muerto vale dos obras del Greco.

Cuando llegó la noche, apareció la Luna, 
 y entro por tu ventana 
 que cosa más bonita cuando la luz del cielo, 
 ilumino tu cara 
José Alfredo/María Jiménez



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



jueves, 23 de marzo de 2017

A sangre y fuego. La Columna de Hierro. Manuel Chaves Nogales. Duelo salvaje.






"Encontró al borde del camino los cadáveres de dos hombres que habían sido fusilados por la espalda. Estaban cogidos de las manos fraternalmente."


A sangre y fuego 
Héroes, bestias y mártires de España. 
La Columna de Hierro. 
Manuel Chaves Nogales 

La Columna de Hierro es un relato complejo, una trama bien trazada que se enreda y crece en la verdad universalmente aceptada de que en una guerra o matas o dejas de vivir. El relato huye de la división entre buenos y malos, todos están empeñados en mandar e imponer la idea propia aunque sea a martillazos y cuando se estorba al dominante, sucede el fusilamiento como le pasa en la historia a los que se organizan para defender a los presos. Es reseñable también el toque de humor cervantino que acompaña la tragedia: Jorge, el piloto inglés que se pasa borracho la mayor parte de la historia, que se viene a España voluntario a matar al dragón fascista y se encuentra con una locura de fuego y sangre, un laberinto incomprensible de pasiones suicidas. Sobrepasado por el galimatías hispano de la guerra entre facciones. Pero, ¡ojo!, entiende que la disciplina es indispensable y al final será el justiciero vengador desde el aire. 

Los hechos luctuosos ocurren en la huerta valenciana, la tierra de Blasco Ibáñez poblada de naranjas redondas que quitaron mucha hambre en la guerra y la postguerra. Una de las zonas más ricas de España por la bondad del clima mediterráneo y la varias veces centenaria y acertada gestión del agua durante los meses de escasez. Los enrevesados cruces de caminos y senderos estrechos que curvean los campos de naranjos, las huertas feraces, las acequias y frutales es la tumba de la funesta Columna de Hierro. La Columna de Hierro es una cuadrilla de unos ciento cincuenta hombres armados hasta los dientes que siembran el terror en la retaguardia de la zona roja. Los hombres y mujeres de la tierra, gente de campo, huertanos bregados de manos encallecidas por horas de azada para arrancarle el fruto a la tierra: gente cabal de una sola palabra, acostumbrada a negociar las horas y la cantidad de agua para la huerta, fieles a la república, le cantan las cuarenta a los más revolucionarios que nadie. Le plantan cara a la justicia revolucionaria que mata en nombre del pueblo. 

La historia es un ejemplo claro de la guerra dentro de la guerra en el lado republicano y la eterna disputa entre republicanos, socialistas y comunistas por un lado y ácratas, anarco sindicalistas y trotskistas por otro. Los primeros defienden que es necesario dedicar todos los recursos para ganar la guerra y los otros apuestan por hacer la revolución, imponer su régimen aprovechando la debilidad del gobierno y hacer la guerra por su cuenta en la creencia de que el pueblo que quede después de las purgas les será sumiso. 






"Se mantuvo enhiesta mientras las demás se aplastaban contra la tierra."

En efecto, unos quince o veinte hombres armados y vestidos con chaquetones de cuero, gorros de piel con orejeras y aire de conquistadores irrumpen en el music-hall durante la actuación de una cupletista desnuda al grito de ¡Viva la Columna de Hierro! Jorge, el inglés de ojos claros, tristes como un perro resacoso, pasa las horas de permiso borracho como una cuba. 

La Columna de Hierro está formada por desertores de los frentes de Huesca y Teruel. Recorren los pueblos del Reino de Valencia sembrando el terror, dedicados al pillaje y destrucción. La mayoría de ellos son ex presidiarios,  parroquianos asiduos de los tugurios del Barrio Chino de Barcelona. Acogidos entre los pliegues de las banderas rojinegras de la FAI, se unen a las columnas de voluntarios que en los primeros momentos se echan al frente entusiasmados a defender la república. Una vez que se estabilizan los frentes, los líderes no tienen más remedio que sacrificar la utopía libertaria y convertirse en fuerzas disciplinadas, sometidas a la jerarquía. El mismo Durruti se convierte en un dictador implacable e inflexible con los desertores de su columna. Se le oye decir: “Para el traidor a la causa siempre hay una bala perdida.” Más pronto que tarde desaparecen de su tropa los que acuden al olor del botín. 

Uno de los destacamentos que se desgaja de la disciplina es la Columna de Hierro. Al principio son sólo unas pocas docenas de hombres, pero poco a poco se van uniendo más desertores y criminales que asolan la zona y se atreven a asaltar Castellón y Valencia entregándose al saqueo. 

La gente que llenaba el music hall se escabulle por las puertas de salida al ver la algarabía. Sólo quedan dentro el inglés borracho y Pepita la tanguista que se le arrima al calor de las libras esterlinas más valiosas que las pesetas republicanas. El Negus, uno de los subalternos del Chino, cobra en sordo. El inglés justiciero lo tira patas arriba de un puñetazo en la mandíbula poblada de barbas al intentar propasarse con una de las bailarinas. En vista del estropicio inesperado, el Chino le ofrece un sitio en la cuadrilla si lo que quiere es matar fascistas. Jorge acepta la invitación y se va con ellos, lo cargan en la caja del camión a dormir la mona y Pepita lo sigue. 

Desde la batea del camión cubierta por una lona Pepita escucha las disputas con los integrantes de los comités revolucionarios de las localidades por las que pasan. Los expedicionarios siempre los acusan de ser demasiado condescendientes con los contrarrevolucionarios. Consideran que los fascistas siempre se valen de compromisos y relaciones familiares para librarse del paseo. A mediodía llegan a Benacil. Allí los detienen en un parapeto. En Benacil gobierna un comité revolucionario mandado por Pepet, un republicano antiguo, huertano viejo y Tomás de secretario, afectado de retórica marxista. Afirman que no queda ni un fascista suelto, los han encerrado a todos. El orden del gobierno republicano funciona. Los hombres de la Columna de Hierro exigen el control de los presos y la entrega de las armas. No se ponen de acuerdo, pero los forasteros maniobran y llegan al centro del pueblo desierto. Descargan al inglés terciándolo a los hombros como un costal de trigo mientras que los miembros del comité discuten la nueva situación. Tomás, socialista, apuesta por hacer frente a la columna, los extirparán como hicieron con los fascistas. Piensa que esta gente es la mejor propaganda del fascismo. “Los pueblos por donde pasan esos bandoleros se tornan fascistas. Esos canallas son los mejores propagandistas de Franco.” 




“La vieja fe democrática tenía aún sus defensores.” 


Pepet señala que si no son capaces de detener a esa horda de asesinos, él se va a casa a esperar que lo degüellen las tropas de Franco. Pero no se resignan, van a luchar por la democracia y su república. Parten los emisarios en alpargatas a avisar a los huertanos de las alquerías y barracas. 

No resulta fácil convencer a su gente de que ahora tienen que luchar contra los que hasta entonces han sido sus compañeros de viaje revolucionario, pero la disciplina comunista y el fanatismo hacen milagros. Lucharán contra los ácratas con el mismo fervor que contra los fascistas. Ambos son enemigos de la dictadura del proletariado. 

En la cárcel se prepara la tremolina. Allí se presenta la Columna de Hierro a impartir la justicia revolucionaria: ejecutar a unos y liberar a otros. Oleadas de huertanos milicianos asedian a los forasteros bandoleros en la cárcel. Durante el fragor de la balacera, Jorge se une a ellos para luchar contra los fascistas que resultan ser los mismos que le transportaron la víspera en el camión. Los presos aprovechan la confusión para escapar con la ayuda de Pepita. A Jorge no le parece mal, ya los matarán luchando contra ellos noblemente en el campo de batalla. El Chino consigue escapar de la ratonera con la ayuda de Pepet y Tomás,  usados como escudos humanos. Luego los fusilan. Pepita sigue con la columna de los anarquistas. Los azuzará para que sigan matando en la creencia de que así los pueblos reaccionarán y se harán fascistas como mal menor. Así servirá a su causa. Se separan porque el inglés ha venido a España a matar fascistas y termina matando antifascistas. Respondiendo a la llamada del gobierno para acabar con las bandas armadas como la Columna de Hierro, un día los caza como a conejos desde el avión. Eso sí, el último disparo fue para Pepita, la fascista.

Lucha de gigantes 
Convierte 
El aire en gas natural 
Un duelo salvaje 
Advierte 
Lo cerca que ando de entrar 
En un mundo descomunal 

Siento mi fragilidad
Nacha Pop




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 16 de marzo de 2017

A sangre y fuego. La gesta de los caballistas. Manuel Chaves Nogales. Disparar balas de hielo.




"Crecían la violencia del ataque y la desesperación de la defensa"

A sangre y fuego
Héroes, bestias y mártires de España.
La gesta de los caballistas.
Manuel Chaves Nogales

La calamidad ha comenzado, Sevilla es la capital de la zona nacional durante los primeros momentos de la contienda. Los rebeldes echan el resto en la capital hispalense visto el fracaso de la revuelta en las principales ciudades españolas. Los militares a las órdenes de Queipo de Llano se hacen con el control de la ciudad, allí se han refugiado los señoritos y las gentes de derechas de la provincia. Las tropas de África ya están en la ciudad y se disponen a sofocar la lucha de los fieles al gobierno y de los revolucionarios de las zonas rurales que no se rinden.

El señor marqués y sus tres hijos, grandes como castillos, han reunido a cuarenta operarios del cortijo con armas y monturas en el patio del caserío para hacer la guerra antigua por su cuenta. Esperan nerviosos a que termine la misa de los señores. Dentro huele a alhucema quemada por el sacristán, Oselito, en el incensario. No hay niños ni mujeres de los amos en el cortijo, están en Biarritz, Cascáis o Gibraltar desde antes de la guerra. Allí solo queda la tía Conchita que a sus setenta años ya no le teme a nada ni a nadie porque ya le queda poco que perder. Las mujeres lloriquean desde la cocina cuando despiden a los hombres a caballo al grito de Viva España, secundado por un rotundo y Viva la Virgen del Rocío que el “pae Frasquito” lanza al aire al ser de la partida a última hora. La espada y la cruz.

De Sevilla dañada han salido camiones cargados con un centenar de regulares y moros y otro ciento de legionarios africanistas acostumbrados a matar para seguir viviendo. La limpieza étnica e ideológica como sistema de intimidación. Ellos son los señores del aire, los que reparten credenciales de supervivencia, apto o no apto para respirar. Una evaluación continua. Más atrás de las tropas motorizadas viene el Algabeño a caballo, rodeado de su cuadrilla y de los mejores caballistas de la aristocracia sevillana, cuando tener caballo era como tener un yate grande. “Las nubes blancas y redondas caminaban por el azul al mismo paso lento de la cabalgata.”



"Y así iba cumpliéndose por casas, calles y plazas, la horrenda justicia de la guerra."

Se dice que entre los cabecillas rojos está Julián, hombre de ideas y maestro de Carmona que estudió con Rafaelillo, hijo pequeño del marqués, como le señala uno de los criados que cabalga a su lado. Los rojos tienen una idea por la que luchar y morir. En cambio ellos son una fuerza de aluvión, como le pase algo al marqués, desaparecen. Como suele pasar con los acólitos de los dictadores, como pasó en España a la muerte del dictador, excepto en Cuba y Venezuela que ahí siguen agarrados al clavo ardiendo del ataúd del dictador para seguir mandando, incansables  como las pilas recargables…

Llegan al caserío de la Concepción, desvalijado, sin rastro de opositores. Los moradores han huido. Una ternerilla desjarretada enciende la ira de Jose Antonio el mayoral. La sacrifica para que deje de sufrir. También lo hace con el gitanillo que llevaban preso. Como Hitler animalista que amaba a sus mascotas, pero no le importó desbaratar una cultura milenaria, ni despenar a millones de seres humanos que le estorbaban para que dejasen de sufrir.

El miedo a las represalias había despoblado la campiña. Al mediodía llegan a Villatoro, también desierto. De algunas ventanas y balcones cuelgan banderas blancas de rendición. Los maderos negros de la techumbre de la iglesia humeantes todavía. Un hombrecillo desdentado de tez amarillenta les grita: ¡Arriba España! Y llora de alegría a los salvadores. Él les informará de todos esos hipócritas que ahora levantan la mano extendida al cielo cuando hace apenas veinticuatro horas le metían el puño cerrado por la boca. “Con la crueldad feroz del hombre que ha tenido miedo,” escondido y sabedor del peligro de estar detrás de las líneas enemigas. De la limpieza ideológica se encargarán los falangistas transportados en los camiones que en ese momento rugen por las calles desiertas del pueblo. Ellos son hombres de acción, fuerzas de choque que van a la búsqueda de bandas armadas. Las encuentran en Manzanal. Los rojos les tienden una emboscada en las calles del pueblo. Llegan al Ayuntamiento diezmados. La mitad de la expedición montada y sus cabalgaduras cae bajo el fuego enemigo. Las otras dos docenas se parapetan en el Ayuntamiento. Rafael y Julián dialogan, pero después de tantas muertes ya están envenenados, el pacto es imposible. Se matarán a mansalva, hablarán las armas hasta enmudecer. Dinamitarán el Ayuntamiento aunque dentro estén sus mujeres y sus hijos. Morirán como perros. Ni un paso atrás, el marqués y los suyos dispuestos a morir en una defensa desesperada, calarán la bayoneta y lucharán cuerpo a cuerpo. "Las batallas no se ven. Se describen luego gracias a la imaginación y deduciéndolas de su resultado. Se lucha ciegamente,  obedeciendo a un impulso biológico que lleva a los hombres a morir.En plena batalla no hay cobardes ni valientes.” Vencen los mejor armados, los que se han preparado mejor para matar en la guerra.


"Y aún tuvo alma para levantar la cabeza y seguir adelante."

Así ocurre en esta batalla que ganan los entrenados para luchar y salvar el pellejo. Llegaron los camiones cargados de regulares, legionarios y falangistas que levantan el cerco. Entre las fuerzas llegan también los caballistas mandados por el Algabeño, pintorescos guerreros representantes de otra época. Los toreros no son marcianos y los había de todas las ideologías, diestros y siniestros. Recuerden si no a los dos banderilleros anarquistas que fueron fusilados junto a García Lorca y al maestro Diosdoro Galindo. La resistencia solo sirvió para generar más encono en la máquina de guerra. Se combatió calle a calle, casa por casa y cuerpo a cuerpo con la bayoneta calada. La lucha fue dura y las represalias feroces. A los que no fusilaron en el acto, los llevaron presos a Sevilla. Entre ellos va Rafael porque sospechan que pretendía dejar escapar a Julián, el maestrito de Carmona. El destino de los dos antiguos compañeros de estudios fue diferente. A Julián le dan el paseo y a Rafael lo volvemos a ver una tarde al oscurecer en un hotel de Gibraltar, enredando la vida por la parte habitable del mundo, sintiendo en sus carnes el estigma de ser español, igual que si pesara como un agravio.

Me acusas de no dar nunca la cara 
Me acusas de escupir mirando al cielo 
Me acusas de que mi arma no dispara 
más que balas de hielo
Joaquín Sabina / Leiva



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 8 de marzo de 2017

A sangre y fuego ¡MASSACRE,MASSACRE! Manuel Chaves Nogales. Copias asesinas.





"Se sufre en las entrañas un tirón de descuaje como si le rebanasen a uno por dentro"


A sangre y fuego
Héroes, bestias y mártires de España.
¡MASSACRE, MASSACRE!
Manuel Chaves Nogales

Los primeros meses de la Guerra Civil son terribles. El golpe de estado del dieciocho de julio es un fracaso en la mayoría de las ciudades, las más populosas, las más industrializadas y prósperas permanecen fieles al gobierno y a la República. El triunfo del levantamiento de las tropas de guarnición en África, donde están las mejor pertrechadas y aguerridas, es clave en el devenir de los primeros momentos de la guerra. Franco cuenta con ascendente entre ellas porque allí transcurrió la mayor parte de su carrera militar. La tibieza y lentitud en la respuesta del gobierno permite el traslado a la península de esas fuerzas que inmediatamente emprenden la marcha sobre Madrid sembrando a su paso el terror en la retaguardia. Al mismo tiempo, otras columnas de tropas voluntarias parten de diferentes lugares rebeldes. La práctica de tierra quemada que usan provoca la reacción. Nadie se da mus y se entra en una espiral de violencia extrema imposible de parar.

Massacre es un reflejo en seco de ese círculo de ensañamiento  violento, aún con escasa intervención extranjera porque no había habido tiempo material de ponerla en marcha. Los levantiscos derrotan a las tropas gubernamentales en la sierra norte madrileña. Las columnas africanas se acercan a Madrid que queda sitiada por el norte, oeste y el sur. Únicamente el corredor del este le queda a los madrileños como vía de escape. Madrid recurre a la épica, el cojonudismo hispano que resiste atrincherado al grito del “No pasarán,” gracias al ingente trabajo de pico y pala de la población - verdaderos peones de brega - para defenderla. De villa y corte a checa en poco tiempo.

La guerra trastorna el orden de las costumbres diarias como ninguna otra cosa. Los pájaros de hierro que a menudo son recibidos con alboroto por los niños y templados saludos de los mayores, se vuelven indeseables aves de mal agüero porque en su vientre viaja una carga macabra de muerte y destrucción. Para las gentes de Madrid, tan habituadas al reparto de la suerte, un bombardeo es una lotería en la que el premio consiste en librarse de la metralla. Siempre cae lejos, nunca toca.



"En la guerra no se administra el sentimiento con la misma largueza que en la paz"

Debido a la superioridad nacional en el aire, el azar cada vez es más pródigo, cada vez se tienen en la mano más papeletas para que te toque. Las bombas siempre hacen carne. El subsuelo de Madrid se puebla de habitantes de la superficie en cuanto suenan las sirenas de la policía anunciando aviones cargados de bombas.

En Madrid funciona la Escuadrilla de la Venganza, formada por milicianos de primera hora, camisas viejas que se echan a la calle a rendir el Cuartel de la Montaña el día del levantamiento. Después marchan al frente con la moral alta a batirse contra el ejército de Mola en la sierra. Regresan envenenados de la crueldad primaria del “que padeciendo el miedo a morir, ha aprendido a matar y si la ocasión de hacerlo impunemente se le ofrece, no la desaprovechará. Es el miedo el que da la medida de la crueldad.” El escarmiento, la medida de la réplica. Estos milicianos íntimamente aterrorizados quieren proyectar el terror experimentado en el resto de la sociedad. Amedrentan al gobierno e imponen un régimen de terror a las organizaciones sindicales y partidos políticos. La mayoría de ellos son huidos del frente que se refugian en los sistemas de control de la revolución, recelosos de la lealtad de las fuerzas de seguridad del estado. Ungidos de justicia revolucionaria, decretan los crímenes útiles para la causa. 

Enrique Arabel es el jefe de la siniestra Escuadrilla de la Venganza. A su lado camina Valero, comisario político comunista que tiene encomendada la misión de controlar esa fuerza “sin freno en sus pasiones e instintos que, en nombre del pueblo y valiéndose del argumento decisivo de sus pistolas, sembraban a capricho el terror.”

Una joven denuncia al comandante de artillería en activo, Eusebio Gutiérrez, por fascista. Se desencadena la venganza, la revancha por los bombardeos sobre Madrid. Detienen de noche al comandante en una casa de baja nota tratando de huir de las represalias. Hay miles de madrileños viviendo con esta angustia permanente. Suponen que están organizados en lo que Mola llama la quinta columna que se unirá a las otras cuatro que marchan sobre la capital. Actuarán desde dentro como un caballo de Troya como asegura la propaganda de los fascistas. Esa misma noche lo fusilan en el kilómetro nueve de la carretera de La Coruña.

Arabel afirma que en Madrid hay miles de militares retirados y todos fascistas. Como ahora están desconfiados, escondidos y recelosos, será dificultoso y costoso detenerlos uno a uno. Idea tenderles una trampa. Los convoca a todos a una reunión en el Ministerio de Hacienda con la excusa de cobrar la paga: fascista el que no asista. Ese día detienen de una tacada a unos quinientos. Habrían sido más de dos mil si el gobierno no advierte de que ellos no han convocado a nadie. Entre los detenidos se encuentra Mariano Valero Hernández, padre de Valero y militar de graduación ya retirado. Cuando Arabel le propone salvarlo del paseo, Valero no accede al chantaje. Si es fascista, que lo pague. Valero sabe que Arabel se dedica al tráfico de detenidos.



"muertos y heridos confundidos, en su mayor parte mujeres y niños, se alineaban en el suelo esperando inútilmente a que los médicos y practicantes pudieran, al menos, reconocerles." 


Valero se echa a la calle a darle vueltas a la situación y el autor nos regala un valioso retrato del centro de Madrid durante los primeros días de guerra. Las calles atestadas de gente que desaparecen al oscurecer coincidiendo con el cierre de las tiendas. Valero se refugia en una taberna en la que suele comer y cenar. Por allí pasan Alberti, María Teresa León con su pistola al cinto, Bergamín y el poeta francés André Malraux, desbaratado y escuálido, jefe de una escuadrilla de aviones incapaces de defender la capital de los ataques por aire de los aviones nacionales. Vaga por las calles y se dirige al convento donde está su padre encarcelado. Le ofrece su ayuda, pero él no quiere nada. Se lamenta de haberse sacrificado toda la vida para darle educación y universidad y el hijo le sale comunista. Mientras tanto la aviación enemiga, que campa a sus anchas por los cielos de Madrid, hace un bombardeo a granel que causa unas quinientas muertes en veinte puntos distintos de la ciudad. En seco y sin avisar, los aviones arrojan bombas indiscriminadamente pillando desprevenida a la población. Una cae en una cola de mujeres que guardan la vez para comprar huevos. Provoca una escabechina de seis u ocho mujeres.

Las cuadrillas de la venganza rumian una reacción pavorosa: el asalto a las cárceles. “Massacre, massacre” grita con voz nueva la ancestral crueldad del celtíbero. Los hombres de acción se aprestan a la venganza. Arabel y Valero se dirigen a la cárcel de San Román, allí separan a ciento veinticinco militares de graduación y esa misma noche los fusilan. Antes hay un intento desesperado de Valero por ganarlos para su causa porque se necesitan militares profesionales en el frente a cambio de la vida, pero lo rechazan. Ni uno solo que honre el uniforme ni la lealtad debida al gobierno, ningún intento de detener el círculo vicioso de la violencia. El fuego descontrolado puede seguir su devastación, a nadie parece interesar hacer un cortafuegos.

En el parte oficial del día siguiente se consignan doscientas veintidós bajas a consecuencia de los bombardeos. Obran los nombres y apellidos de un centenar y “los ciento veinticinco cadáveres restantes no han sido identificados.”


Pobre del cantor que fue marcado 
 para sufrir un poco y hoy está derrotado. 
 Pobre del cantor que a sus informes 
 les borren hasta el nombre con copias asesinas. 
 Pobre del cantor que no se alce 
 y siga hacia adelante con más canto y más vida.
Pablo Milanés



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

martes, 28 de febrero de 2017

A sangre y fuego. Manuel Chaves Nogales. Sabor a soles.







A sangre y fuego 
Héroes, bestias y mártires de España. 
Manuel Chaves Nogales 

Mi ejemplar de A sangre y fuego está numerado. Tiene el número 1037 de una impresión de 2000, realizada por la Asociación de Libreros de Lance de Madrid en 2004. Edición conmemorativa de la XXVIII Feria del libro Antiguo y de Ocasión de Madrid. Se trata de una edición de lujo, muy cuidada, de pastas duras que seguro supera en calidad la edición original de Editorial Ercilla de 1937 por razones obvias de economía en tiempos de guerra. Uno de esos ejemplares que al pagarlo te quedas con la sensación de que te llevas a casa algo más valioso que el dinero que dejaste, como si fuera un cofre con tapa y un tesoro. Recuerdo que lo compré hace unos años en uno de esos mercadillos de libros que ponen en las playas para lectores al sol y que me atrapó desde el prólogo, conocía al autor de antes por la biografía de Juan Belmonte. 

El libro de nueve relatos breves cuenta, además,  con una introducción de Juan Bonilla (columnista, escritor, periodista), una nota del editor original y el prólogo del escritor. 

La portada es llamativa, parece un cartel de propaganda de la Guerra Civil, semejante a los que tanto ha visto cualquiera que se haya interesado un poco por este tema en la vida de lector o espectador de documentales. Después, el año de 1937 grabado en el lomo, lo cual indica que Chaves Nogales escribe las historias breves en el fragor de la batalla, cuando los cañones están echando humo, relámpago y fuego furioso. Lo confirma el lugar y la fecha al final del prólogo: Montrouge (Seine) de enero a mayo de 1937. 

Juan Bonilla etiqueta a Chaves Nogales en el escrito que encabeza el libro. Lo encaja en ese tipo de periodismo engendrado en A sangre fría de Truman Capote en el que el narrador es el auténtico protagonista del relato. Una manera de narrar que pide la vez para pegar el salto a la literatura. Auténtico periodismo de autor en el que el escritor pisa el terreno de la noticia para narrar lo visto y lo vivido, nunca escribir de oídas. Chaves Nogales tenía esta idea tan interiorizada que en la biografía que le escribe a Juan Belmonte, matador de toros, se hace magnetofón. Transcribe al papel tal cual las vivencias que el torero le cuenta sobre sí mismo. Una joya de la literatura poco conocida, como corresponde a lo relacionado con el toro bravo, la tauromaquia y los toreros. 




Chaves Nogales tenía madera de héroe aventurero, no duda en montarse en uno de aquellos cacharros para volar a Rusia y contar las condiciones de vida de los trabajadores rusos durante los primeros años de la Revolución Bolchevique. Fue tan honesto que advierte que lo allí contado es la visión de un pequeño burgués, humilde operario de la pluma. Sombrerazo a un autor que se baja del pedestal y pisa tierra firme. 

Juan Bonilla celebra el acierto en la elección del género; la fragmentación del relato breve le permite dar bandazos de una a otra de las facciones enfrentadas, huir de la propaganda que inunda el encontronazo y otorgar el papel protagonista a la gente de la calle, no a los mandamases que aturden y aburren al personal con su machaqueo propagandístico. Anota que el autor parece ausentarse de los relatos con el fin de realzar lo que de verdad importa: la fuerza de los hechos, a pesar de que A sangre y fuego no sea un libro periodístico. “La barbaridad que se adueñó de España durante la guerra, la poca importancia que tenía entonces la vida, la sordidez que imperó en este país de todos los demonios.” El autor pasa a ser un artesano que trabaja con material sensible, fácil de romper y desequilibrar por la influencia de las ideologías excesivas que campean a sus anchas durante los conflictos bélicos. 

En la semblanza que sigue a continuación leemos sobre el autor: “Chaves Nogales jamás ha militado en un partido político. Su credo es la democracia.” Recorre Rusia y Alemania para dar cuenta de los efectos que sobre la población tienen los regímenes totalitarios. Barruntando lo que le espera a España, emprende campaña contra los radicalismos, empeño en el que evidentemente sale derrotado, porque al poco se desatan todos los demonios encadenados en la orgía de sangre y fuego de la Guerra Civil. 

Chaves Nogales vive los acontecimientos en primera línea de la información, director de Ahora, el periódico de más amplia difusión del momento. Al comienzo de la guerra un Consejo Obrero Revolucionario se hace cargo del diario. A Sangre y fuego es fruto de sus experiencias personales, lo visto y oído por estar cerca. La breve semblanza afirma que la objetividad de Chaves Nogales es admirable y está convencido de que esta obra perdurará entre la extensa literatura sobre la Guerra Civil española y muchas de sus figuras anónimas aquí referidas serán “indispensable ingrediente de la levadura del porvenir.” 

Y llegamos al prólogo, escrito por el autor de la colección de nueve relatos breves, la auténtica joya sociológica y literaria de toda esta extensa introducción, pero necesaria para comprender la verdadera personalidad y dimensión de este autor incómodo y fundamental, silenciado sistemáticamente durante tanto tiempo. 

Me imagino a Chaves Nogales en la habitación de una pequeña pensión de las afueras de París tratando de escribir los relatos de A sangre y fuego entre exiliados, descartados de la sociedad imperante, revolucionarios italianos, popes rusos, judíos alemanes, desarraigados españoles, gentes todas de la Europa triste. Coge la pluma de nuevo con el corazón apretado y entre lágrimas amargas por el desarraigo del extranjero escribe estas historias que le permiten seguir viviendo el tiempo de descuento. 

Para qué se va a andar con chiquitas un autor castigado con la terrible soledad del exilio. Se presenta desde la primera línea con la sinceridad por bandera: “pequeño burgués liberal.” Proclamarse burgués sin complejos en periodo de guerra es declararse objetivo a eliminar por unos y otros. Elemento fusilable en un tiempo de embestida y espíritus fuertes que exige adhesiones inquebrantables. Él se considera trabajador intelectual que confecciona periódicos a los que contribuye escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos, novelas... Todo ello le permite ganarse la vida con holgura relativa. 




"Yo era eso que los sociólogos llaman un pequeño burgués liberal."


“El que lee mucho y anda mucho vee mucho y sabe mucho “ Dice don Quijote a Sancho en el capítulo del mono sabio. Chaves Nogales es un viajero incansable que no se deja engañar ni por la propaganda que todo lo envenena ni por la blandura cosmopolita. Obtiene palmadas en la espalda y reproches cuando cuenta que los obreros en Rusia viven mal y “soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer.” Y que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano. Así, entre elogios y censuras, va sacando adelante su “verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria.” En ello abundaba don Antonio Machado cuando sentenciaba: 
¿Tú verdad? no, la verdad; 
 y ven conmigo a buscarla. 
La tuya guárdatela. 

La semilla de las ideologías totalitarias había prendido con la fuerza de la peste en las tierras de España, roturadas y con barbecho bien hecho desde hacía trescientos años. La vieja fiebre cainita. Entre ser considerado una especie de abisinio desteñido en la España nacional o un kirgus de occidente entre los bolcheviques, prefiere tomar las de Villadiego y pasear por la parte aún habitable del mundo, a sabiendas del peaje que el exiliado, siempre en deuda, tiene que pagar en una época de estrechos nacionalismos. Con la obligación añadida de hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre, siempre mejor que aguantar el yugo en la tierra propia. 

Confiesa que el abandono de Madrid fue consciente. Dejan de interesarle las consecuencias de una guerra que dejará un país gobernado por la selección natural que siempre deja fuera a los mejores. Un país dirigido por alguien recién llegado de las trincheras, un dictador impuesto por la fuerza de las armas vencedoras, será un traidor a sus ideas porque si queremos subsistir después de matarnos a mansalva, no habrá otra manera sino organizar un estado entre ciudadanos de distintas ideas y aceptado por las naciones. Sea quien sea el ganador, la guerra traerá veinte años de miseria y hambre. Hará navegar a latigazos a los ciudadanos de forma cruel e inhumana hasta salir de la galerna. Fueron cuarenta años, pero acertó en lo esencial.


Con un sabor a todos los soles y mares, 
tu majestad de árbol que abraza un continente. 
A través de tus huesos irán los olivares 
abrazando a los hombres universal, fielmente.
Miguel Hernández/Joan Manuel Serrat



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.