lunes, 5 de marzo de 2018

El hombre pez. Jose Antonio Abella. Como el agua clara.




"Así fue como pudieron capturar al hombre pez. Entretenido en los trozos de pan que le lanzaban, no se percató de que las cuatro barcas habían cerrado con sigilo una almadraba en torno a él" 


El hombre pez 
Jose Antonio Abella 

Los hechos que se narran en “El hombre pez” ocurren en España durante la segunda mitad del siglo XVII; es decir, en el Siglo de Oro para la literatura y el arte; o Siglo del Barroco, tomado éste no sólo como estilo artístico, también como referencia a toda una época de la cultura europea. Una voz narradora en tercera persona acompaña la lectura dejando tras de sí  una sensación de orden. Eso sí, el esfuerzo del narrador por darle voz al hombre pez que es casi mudo es encomiable y digno de resaltar. Una voz narradora que hace de lazarillo al mutismo del protagonista, una guía que traslada la voz silenciosa del hombre pez a los lectores. El autor utiliza con habilidad el recurso epistolar para tejer el avance de la acción. 

Conviene dar unos apuntes sobre el contexto político, social y artístico del periodo para comprender un poco mejor los hechos que se narran en el relato, porque a pesar de que  parezcan extraños o fantásticos, no dejan de ser producto de su tiempo y las historias miradas con ojos permeables y adaptados al momento en el que ocurren encajan mejor que las historias examinadas con sañuda mirada de dron contemporáneo. El Barroco corresponde con un periodo histórico de enorme desarrollo cultural en el que sobresalen algunos de los artistas y científicos más destacados de la historia como Diego Velázquez (1599-1660), Rembrandt (1606-1669), Locke (1632-1704), Vermeer (1642-1675) o Newton (1642-1727). Lo cual no puede hacernos olvidar los horrores de las guerras que ensangrentaron los campos y ciudades europeas y trajeron periodos de hambrunas y epidemias que diezmaron la población. 

Las reinas y los reyes ostentaban un poder inmenso en la Europa del siglo XVII. Como muestra, el botón francés de Luis XIV, llamado el Rey Sol a semejanza del Dios Apolo por el apoyo que prestó a las artes y a la cultura. Reinó de 1638 a 1715, años en los que Francia floreció en la cumbre como el “sol con uñas.” Hasta se le suicidaban los cocineros cuando sus platos no conseguían la aprobación del monarca. Pero en Inglaterra, siempre tan suyos, siempre inventando leyendas negras españolas, las tropas victoriosas comandadas por Cromwell decapitaron al monarca Carlos I por traición en 1649. En 1680 se extinguía el pájaro dodo en Australia. No sería difícil que el hombre marino y sus delfines se cruzaran con algún barco negrero portugués camino del puerto de Lagos, en El Algarve, donde distribuían la carga de esclavos para toda Europa. En algún lugar del viejo mundo Stradivarius (1644-1737) perfeccionó el arte de la fabricación de violines para extraer a la madera tonalidades musicales no usadas hasta entonces. Lo que nunca se ha descubierto es el secreto del barniz utilizado por el célebre lutier. 





Durante el siglo XVII España estuvo gobernada por una monarquía absolutista. Reinaron los llamados Austrias menores, Felipe III (1598-1621), Felipe IV (1621-1665) y Carlos II (1665-1700). El imperio español ya era un gigante con pies de barro, la sociedad empobrecida se veía incapaz de mantener el esfuerzo bélico requerido por los distintos frentes de un imperio donde no se ponía el sol. Las guerras eran una sangría económica que empobrecía las sociedades y tierras peninsulares. La población española rondaba los ocho millones de habitantes a principios del siglo XVII y no hizo otra cosa que disminuir durante el Siglo de Oro como consecuencia de las numerosas dificultades del siglo. La ciudad más poblada era Sevilla, centro del comercio con América. Aunque Carlos II siempre ha tenido mala prensa, que si Rey Pasmado, que si hechizado o enclenque incapaz de dejar heredero; sin embargo, bajo su reinado se inicia una ligera recuperación económica y demográfica, claramente consecuencia de la Paz de los Pirineos de 1659 por la que terminan las pretensiones territoriales españolas en el extranjero, ajustando con buen criterio las ambiciones a los medios disponibles. 

La novela cuenta con un índice muy claro (como la autopista ancha que nos esparrama los ojos de asombro cuando los provincianos vamos a Madrid, la Villa y Corte, "rompeolas de todas las Españas") en el que seguir el hilo argumental. Podemos así recorrer paso a paso las andanzas del protagonista a lo largo de la novela sin riesgo a perdernos. Cada uno de los cuatro capítulos mayores, titulados de manera individualizada, cuenta con una entradilla, resumen del contenido al estilo de los relatos de la época a la que se refieren. Van acompañadas de unas ilustraciones deliciosas a modo de “portadillas interiores.” Unas letras capitulares de bella factura encabezan cada uno de los capítulos, dándole al conjunto un aspecto de cuidada edición. A destacar la ilustración de la portada, una sirena macho sin barbas que se alimenta de peces chicos.





"Y de nuevo el hombre pez surgió de las aguas, esta vez sin su cohorte de delfines"

El autor dedica la novela a su nieto Arturo que nació mirando al mar. Seguramente cerca del mar como Joan Manuel Serrat que nació en el Mediterráneo o el Lazarillo que dio el primer llanto en las aguas dulces del río Tormes porque su madre era molinera. Y dos citas, una del “Diario de un poeta recién casado” de Juan Ramón Jiménez relativa a la soledad del mar y la otra del Padre Feijoo referida a la historia extraña cuya narración va a comenzar y que nos dirigen a las arenas cálidas del sur peninsular, al pie de la junta de las aguas del mar Mediterráneo con las del océano Atlántico

Unos pescadores de Cádiz descubren en alta mar a un hombre que nada y se zambulle entre delfines. Le preparan una encerrona (una almadraba en argot marinero de los pescadores) entre unas cuantas barcas, lo atrapan en las redes y lo llevan a tierra firme. Es pelirrojo, de largas guedejas enmarañadas y barbas bermejas de varios días sin afeitar. Alto de estatura y musculoso de piernas y brazos de tanto batirse con las olas y las tempestades. Tatuada la piel por la naturaleza. Los pescadores lamentan que no tenga cola de pez, ya pensaban sacarle partido, pensaban pasearlo por el Mentidero y la plaza del Mercado como fenómeno de circo y retirarse de los peligros de la mar. Las rugosidades a modo de escamas que presentaba no iban a ser suficientes para dejar de pescar. Fuerte, pero manso y algo en el fondo de sus ojos que da confianza. Todas las esperanzas se derrumban al comprobar que en el puerto de pescadores los espera la autoridad; un notario de la Inquisición y un fraile franciscano se hacen cargo del hombre pez. Lo llevan a las dependencias del Santo Oficio para sonsacarle, pero lo único que sale de su boca muda, desentrenada de habla, es “Liérganes” que a ninguno de los presentes les dice nada. Al que sí le dice es a don Juan Fernández de Isla, a la sazón obispo de Cádiz y natural de Arnuero, villa situada a unas siete leguas de Liérganes, famosa por la fábrica de cañones para la armada. Advierte que si el hombre marino no ha sido acusado de herejía o judaísmo, la detención  contraviene la normativa, y eso es algo que el prelado no puede tolerar. Escribe una breve disposición para que el detenido sea trasladado al convento de San Francisco, lo cual le parece bien al notario de la Inquisición  y que sean otros los que lidien con el mudo. 




"Pensaban los pescadores pregonar su captura en el Mentidero y en la plaza del Mercado"

El obispo mueve su red de influencias y conocidos, escribe a don Domingo de la Cantolla, Secretario General de la Suprema Inquisición, que da la casualidad de ser natural de Liérganes para que recabe cualquier información sobre el caso en la zona. A vuelta de correo, quince días a caballo después, llega la respuesta de don Domingo de la Cantolla en la que se dice que con esa fecha ha escrito al párroco de Liérganes para que le cuente si ha habido noticias de algún hombre marino de piel escamosa. Total, nada que no supieran en Cádiz. Y poco más habían descubierto en el convento en el mientras tanto. Fray Servando de la Peña, compañero de celda del hombre salido del mar y experto en la poesía mística de Juan de la Cruz, dominico herido por un cervatillo huido, sólo le oye pronunciar: “Pan, vino y tabaco,” como si en vez del mar hubiera salido de una taberna. Si el medio poeta hubiera sido hombre de mar, habría sabido que era el habla de los delfines lo que él identificaba como “chasquidos de lengua, castañeteo de dientes, gorjeos cortos, como los de los gorriones, y chillidos largos, como los de ratones y conejos.” Y no hubo manera de que de sus cuerdas vocales desentrenadas al habla saliera nada más, y mira que los frailes intentaron enseñarle conceptos hondos como fe, esperanza y caridad o humildad, paciencia y castidad. Que para eso eran frailes. Pero no hubo manera. 

Otra cosa que aprendieron fue que el hombre silvestre venido del mar se aliviaba en cualquier sitio, como los perros chicos o los gatos sin domar. Un Azarías en la edad de la inocencia que dejaba los olores por donde quiera. Un día hasta mea en la pila del agua bendita para escándalo de la congregación de frailes y del obispo que ordena quitarlo de su vista para siempre. Ya no le interesa nada si viene del mar o de la luna. De Arnuero o de Liérganes. Pero he aquí que pronunciada la palabra Liérganes por el obispo como un latigazo y alzar la vista, de continuo baja, es todo uno. La mar de su infancia y una luz inmaculada, que confunde el aliento de Dios con la inocencia del hombre, sale de la mirada del hombre pez, del ángel, del diablo o de lo que sea. El obispo resuelve que la vía para asegurarse de qué tipo de ser se trata es hacerle un exorcismo, no sin antes abandonar las veredas menos transitadas,  pues por el camino angosto no se llega a ciudad grande. Al fin y al cabo nada se pierde por intentar extraer diablos de donde no los haya. De la misma forma que se puede vivir después de la extracción por equivocación de una muela sana.


Como el agua clara 
Que abaja del monte 
Así quiero verte
De día y de noche
Camarón de la Isla



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



7 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Me gustan todas las referencias de la entrada, incluidas la de Esquivias y ese magnífico vídeo.
En efecto: en el contexto queda claro que es una época de cambios, de salida de un mundo antiguo a uno moderno. Y allí, un sireno... al que quieren poner en valor con la exhibición de barraca.

Myriam dijo...

Me encantó tu contextualización histórica, Pancho.

Un abrazo

Myriam dijo...

¡Y Paco de Lucia! por supuesto.

Paco Cuesta dijo...

Gracias por este gran trabajo que pone negro sobre blanco época y entorno, con él la novela es más novela.
Un abrazo

La seña Carmen dijo...

Veo que a más de uno nos llamó la atención el sol con uñas del Esquivias.

No está nada mal eso de llevar las historias a la Historia que nos enseñaron en aquellos días...

José Antonio Abella dijo...

Magnífico comentario, con un perfecto análisis del contexto histórico y de los contrastes y claroscuros del Barroco que también se hallan en la novela. Muchas gracias.

Abejita de la Vega dijo...

Un placer nadar, digo pasar por aquí y leerte. Bien contextualizado.
Besos, Pancho.