jueves, 31 de marzo de 2016

Andarás perdido por el mundo (5) Oscar Esquivias. El arpa eólica. Locura creativa.





¡Ah, si vos supierais de lo que yo sería capaz! Barrunto algo revolucionario, que va más allá de toda imaginación. Pero me falta valor..."


Andarás perdido por el mundo (5) 
Oscar Esquivias 
El arpa eólica 

París, diciembre de 1823, el señor Cherubini, director del Conservatorio,  reina en la escuela de música como el pastor de un rebaño grande de ovejas. Un mastinazo suelto y sin bozal amedrentando al género lanar. Pasea su importancia por los pasillos, siempre pendiente del menor ruido. Escondido detrás de la mata, aparece en el momento más inesperado. Los muchos años de experiencia le han dotado de invisibilidad, de la capacidad de atravesar paredes como un fantasma. ¡Cuánto tienen las paredes que callar! Testigas mudas de cómo aquel profesor no devuelve el libro de la biblioteca, el bedel malencarado mea en los tiestos del pasillo o el afinador de pianos se beneficia a un jovencito estudiante esbelto como un gladiolo. Hoy ya le habrían abierto un change. La experiencia también le sirve para adivinar los problemas antes de que se produzcan y así poder evitarlos. Por eso y por ser un gran compositor le admira Maurice Pons, viejo músico que lo tuvo que dejar por la convulsa situación social del país. Los conflictos redujeron sus posesiones de forma drástica, hasta la indigencia. No tuvo más remedio que aceptar un trabajo de tono menor: afinador de pianos en el Conservatorio, incluso antes de su fundación, cuando era la Escuela de Música de la Guardia Nacional. 

 “Yo ya soy viejo y he vivido muchas decepciones.” Se presenta el veterano Maurice Pons, afinador de pianos y voz narradora del cuento, como tanteando un poco el camino hacia la tumba. A la manera de los narradores de Gustavo Adolfo Bécquer en algunas de sus leyendas más nombradas, mezclado con las maneras del Marqués de Bradomín, feo católico y sentimental, vencido por los años y la conquista de jovencitas, pero de la otra manera. 

Maurice es testigo de una conversación en la biblioteca del conservatorio entre Cherubini y Héctor Berlioz, veinte años recién cumplidos, una revelación erudita de conocimientos musicales y de la Historia Sagrada, para iniciados es la mezcla fantástica de instrumentos quiméricos (raros de cojones diría un castizo),  la Biblia, ópera y el silencio cargado de tensión narrativa a la espera del trueno, casi instantáneo, cuando la tormenta está encima. Maurice sabe tratar a los talentosos jóvenes artistas, que hartos de recibir portazos y promesas incumplidas, caen rendidos a los pies del experto adulador. 




"Los cementerios están llenos mi caro amigo"


El viejo afinador va a visitarle a un edificio noble, de planta palaciega que “según se ascendía por la escalera, ésta se iba estrechando, perdía la alfombra, el barniz de sus tablones, la fina labra de la barandilla, y conducía ahora a unos pasillos tenebrosos donde se multiplicaban los tabucos de alquiler, llenos de toses tuberculosas, lloros de niños hambrientos, peleas conyugales y otros sonidos terribles propios de la Sinfonía de la Pobreza, la más interpretada en nuestra desventurada ciudad.” Berlioz lo recibe en un chiscón hermético con un hedor insoportable y a la vez con unas corrientes frías inexplicables. El imperio creador del doctor Frankestein. El camaranchón es una especie de gabinete de instrumentos extraños, laboratorio de sonido de un lutier loco por la música en constante lucha por llegar al interior de la melodía, a la fuente donde nace el misterio del sonido armónico. Descubre abortos de instrumentos innombrables como el guitarrocorno o el tubacello, pero la joya de la corona es un arpa que descansa en un ángulo oscuro, un artefacto de cuerda que funciona con el aire de unos fuelles activados a pedal que hacen vibrar las cuerdas y produce unos sonidos escalofriantes, como maullidos de gato o el estruendo de una galera desencuadernada en mitad de una tormenta. 

La portera que llama a la puerta de manera imperiosa se impone y detiene el concierto aterrador. Trae una carta de su hermana Nanci. Por ella nos enteramos de la procedencia del músico joven y su plaga de vida. Su padre le da la asignación mensual al doctor Amussat que sólo se la trasladará a cambio de la asistencia a las clases de medicina. No es nuevo en Oscar Esquivias recurrir con magisterio al género epistolar como forma de avanzar en el relato. Sólo una carta es necesaria para enterarnos de sus circunstancias familiares. Un padre preocupado por el abandono de los estudios y por la dedicación exclusiva a la música de un hijo incendiado por la pasión de la música. 




"Mamá le implora que te rescate de París, dice que la ciudad te ha engullido como la ballena de Jonás"


Berlioz se presenta encolerizado en el despacho del doctor para exigirle la asignación paterna. El doctor Amussat se muestra inflexible, no admite blandura. De nada le sirve apelar al hambre y a las deudas contraídas, únicamente le dará el dinero si reanuda las clases. De momento le ofrece un trato para paliar el hambre: por cada fiambre completo que le traiga al hospital le dará diez francos a cambio. Si es un trozo, la parte proporcional. 

El músico hojea la sección del obituario de un periódico y ve que entre las bajas del día se encuentra madame Rusconi, célebre soprano en sus años jóvenes. Dispone encontrarse con Maurice a las puertas del cementerio de Père-Lachaise a media noche. Con el cadáver de madame Rusconi en la casa de la calle Saint-Jacques, barrio universitario de la Sorbona, concluye el relato, pero antes de cerrar la historia y el libro está el intento de resurrección del material sobrante. La redención de la carne inerte para el arte de la música que recuerda aquel solemne Miserere de la Abadía de Fitero de la leyenda de Bécquer. Merece la pena dedicar un rato a leer el tramo final del cuento con sorpresa. Es notable la habilidad del autor para la descripción del horror sin cargar las tintas, ni recrearse en los aspectos escabrosos del asunto cuando lo tenía todo a favor con el engendro macabro de la genialidad malvada, basado en el movimiento primario de la inspiración y la expiración que permite respirar y vivir. Otra muesca más en la narrativa de Esquivias.


Alone I limp through town 
A lost cowboy at sundown 
Got my monkey on a leash 
Got my ear tuned to the ground 
My faith's been torn asunder 
Tell me is that rollin' thunder 
Or just the sinkin' sound 
Of somethin' righteous goin' under
Bruce Springsteen





El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



3 comentarios:

Óscar Esquivias dijo...

¡Mil gracias! Aquí te dejo, como regalito, un ejemplo de la música exaltada y macabra del joven (y genial) Berlioz: https://www.youtube.com/watch?v=jxcRfyzBfyU

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Me gusta que te hayas fijado en este narrador que, a diferencia de otros, solo es testigo de lo que sucede y no protagonista. De ahí que el relato pueda cobrar un camino diferente.
Este cuento es una delicia, tan diferente al resto: como si al protagonista (Berlioz), que es como tantos personajes de Esquivias, se le mirara desde dentro pero muy enclavado en su época.

Abejita de la Vega dijo...

El narrador Pons da un vuelco al relato y el jovencito Berlioz se torna en Frankenstein musical con su arpa diabólica y su cadáver recién extraído. ¿Cómo sonará la voz de un cadáver? Sinfonía fantástica y terrorífica ma non troppo.

Buena interpretación.

A mí eso en inglés...

Un abrazo, Pancho.