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jueves, 1 de noviembre de 2012

La Casa de las Conchas




 


La Casa de las Conchas es la niña bonita de los monumentos salmantinos, la mocita guapa del barrio antiguo. Las conchas que adornan su fachada son lagrimas que resbalan por la tez morena clara de la piedra, labrada con mimo y precisión por las manos ásperas de los canteros antiguos. Cuando los astros se alinean, la luz se enamora de las conchas que asombran la pared. Las sombras se desparraman en tresbolillo por la superficie vertical como escorrentías de agua en una cristalera azotada por la lluvia.


  

Don Rodrigo Arias Maldonado –catedrático de la Universidad y miembro del Consejo de los Reyes Católicos – mandó construir esta casa a caballo de los S. XV y XVI para celebrar su enlace con María de Pimentel. Los repetidos motivos heráldicos del edificio nos recuerdan el vínculo entre las dos familias: la flor de lis de los Maldonado y las conchas de los Pimentel. El palacio perdió una de las torres en una de las dos reformas que sufrió durante el S. XVIII debido a un riesgo de desplome a causa de un problema de cimentación. Las dependencias interiores fueron recientemente remodeladas y adaptadas para albergar la Biblioteca Municipal. En el sótano, antiguas caballerizas, se habilitó una sala de exposiciones. 



La Casa de las Conchas es uno de los edificios más hermosos de Salamanca. Enclavada al extremo de la calle de la Rúa, frente a la iglesia de los Jesuitas, llaman la atención del viajero las trece filas de conchas de la fachada del palacio plateresco. A la luz del sol, que dora sus piedras, proyecta sobre ella hilos de sombras oblicuas que parecen flechas.Y las ventanas, dos partidas en cruz y otras por finísima aguja en forma de ajimez, lucen en sus arcos y antepechos sus menudas labores de gentil bordado. 
Y el patio es de veras primoroso también. Siempre que voy a Salamanca, le visito como a un viejo amigo. Ya nos conocemos los dos. Aquellos medallones elegantes y esbeltos, aquellas cinco lises del escudo de los Maldonados, antiguos señores de aquella casa encantada, la delgadez de palma de sus esbeltas y ágiles columnas, han oído más de una vez nuestras confidencias estudiantiles. 

Y de nuevo me he asomado al pozo. Aquel patio céntrico tiene una quietud de siglos. Construido según lo más probable en 1512, él ha visto surgir la decadencia de la ciudad gloriosa. Por allí desfilaron los tricornios de cuchara y las amplias capas escolares del S. XVII. Cerca de los estudios, vecina de la escuela, la Casa de las Conchas, nos cuenta con su silencio sus enormes pesares. Recientemente ha presenciado silbidos y protestas. Hoy sirve de tercera en amores. En estas tardes de mayo, al toque de la oración, desfilan ante ella las buenas salmantinas, rezadoras y beatas. Detrás, los estudiantes toman posiciones en el patio de la Clerecía. Y de buena gana la casa solariega de los Maldonados cedería sus lindísimas rejas para esos coloquios que hacen inolvidable la mocedad en las horas de tristeza. 

 Publicado el 9 de junio de 1909 en la revista: Alrededor del Mundo


 



La puerta estaba abierta; llamamos, sin embargo, y no nos respondieron... ¿Qué hacer en tal apuro, sabiendo, como sabíamos por la fotografía y el grabado, que el patio era bellísimo? Perdone el Sr. Conde de Santa Coloma: el partido que tomamos fue colarnos de rondón en su casa, bajo la salvaguardia de nuestras buenas intenciones... Y ¡qué patio vimos! Su estilo podía calificarse de mixto de gótico y mudéjar; las líneas generales tenían más de mudéjares que de otra cosa; en las ventanas y demás pormenores predominaba lo gótico. De una o de otra suerte, todo era allí gallardo, primoroso y del mejor gusto, causando verdadero asombro la prolijidad y esmero de la ejecución. Baste decir que la dura piedra semejaba trenzados de cuerdas como si fuese cáñamo, y hasta calados de encajes, como si fuera lino… De buena gana hubiéramos llevado más adelante nuestra exploración; pero no nos atrevimos a tanto, y salimos de aquella interesantísima casa como habíamos entrado en ella, llenos de respeto a su carácter señorial y religioso, y de admiración a sus bellezas artísticas. 

Pedro Antonio de Alarcón 
Detalle de una de las rejas de estilo gótico. 

domingo, 20 de mayo de 2012

Convento de San Esteban.


Alois Beer  Foto de finales del XIX

CONVENTO DE SAN ESTEBAN. SALAMANCA 

 Gracias al mecenazgo de Don Juan Álvarez de Toledo, segundo duque de Alba y obispo de Córdoba, los dominicos erigen el convento de San Esteban. Las trazas y primer arquitecto son de Juan de Álava. La fachada sin vanos permite desplegar la espléndida decoración de filigrana plateresca. La portada se organiza alrededor de un enorme arco que alberga un precioso retablo esculpido en piedra de Villamayor. En él destacan dos grupos escultóricos: El martirio de San Esteban, justo encima de la puerta y un Calvario en la parte superior. Ambos fueron labrados por Juan Antonio Ceroni en 1610. Los medallones que se reparten por la fachada son de la Casa de Alba.



"El gótico se va salmantinizando, hasta que asoma el plateresco en toda su pujanza. Y el plateresco es el comentario que hace la piedra, obediente y roja, a las inquietudes renacentistas de la ciudad". 

José Sánchez Rojas



Tomada desde el mirador de la torre del marqués de Villena.
En este Lazarillo de Tormes de 1959, había algunas  escenas rodadas en exteriores de la ciudad. 


"Salamanca no es un pueblo de un hombre, sino de muchos hombres; no de una generación sino de muchas. Y Salamanca despista. Las impresiones de los ojos, cargados de lecturas y de cronicones, no saben encararse con las piedras. La sensación que les da Salamanca no es la sensación libresca; como el sol ciega, las piedras se encienden en festival de luz, niegan su valor a Salamanca, que no es pueblo austero". 

José Sánchez Rojas. 



1991.

"Y gozaremos de la ciudad insigne/ que a París y Bolonia excede en letras". 
Lope de Vega



En estas tres última imágenes podemos observar cómo los cipreses que se alzan junto a la pared del convento de las Dueñas, suavizan y embellecen el austero aspecto de la Plaza del Concilio de Trento. 



Las dos últimas fotos B/N son de la colección de láminas: Salamanca ayer y hoy. Editadas por la Gaceta Regional  en 1991.




domingo, 8 de abril de 2012

Casa de la Salina





El Palacio de la Salina fue construido en el S. XVI por encargo de don Rodrigo de Mexia y su esposa doña Mayor de Fonseca. Su apellido se halla blasonado en los escudos con las cinco estrellas de los extremos de la fachada principal. Se desconoce el nombre del autor, si bien las dos plantas superiores se atribuyen a Rodrigo Gil de Hontañón. La fachada, abierta a la Calle San Pablo, presenta la originalidad de sus cuatro grandes arcos de medio punto en el cuerpo inferior que dan acceso a un zaguán visible desde la calle. Se puede observar que los cuatro arcos están descentrados con respecto a los cuerpos superiores. La Diputación se hizo con su propiedad en 1881 y desde entonces alberga sus dependencias. El nombre de Palacio de la Salina,  le viene dado porque durante bastantes años se almacenó la sal de la ciudad en un pozo interior que se puede visitar.

Oliván


La Casa de la Salina en 1836, antes de su adquisición por La Diputación.

 
Detalle del medallón de Cleopatra con la serpiente

"Junto al Tormes, por estos caprichos milagrosos del arte y del amor, florece la paganía a la vera de la austeridad de lo románico y de la solemnidad de lo gótico. La casa de La Salina, morada de un gran señor, es uno de esos juguetes caprichosos que se han escapado de la Toscana o de la Lombardía para deshacer la estúpida leyenda de la sequedad de los hombres de la llanura. Toda la casa es una sonrisa, porque la piedra salmantina es tan obediente que sabe sonreír".
José SÁNCHEZ ROJAS
Sensaciones de Salamanca
Imprenta Provincial, Salamanca, 1932

domingo, 11 de marzo de 2012

Palacio de Monterrey (2)




 
La admiración que la robusta planta del palacio renacentista provoca en el visitante, corre en paralelo a la decepción sentida cuando te informan de que su interior es un secreto al tratarse de una propiedad privada.

Ahora nos fijamos en estas tres imágenes del exterior de la torre. En la primera de Cándido Ansede ya se puede observar la cadena adosada a la pared por encima de la puerta de entrada que indica que el edificio ha sido aposento real. 






En esta foto de 2002 se puede observar el retranqueo de la puerta de entrada que deja visibles las ventanas de la primera y segunda plantas ricamente adornadas. La bandera con crespón negro en expresión de luto por la muerte del Duque consorte Don Luis de Aguirre. En la siguiente el detalle de los dentellones marcando la parte inacabada.


 
Gracias al libro de Julián Álvarez del Villar "Salamanca Desconocida" nos asomamos al interior del palacio recientemente restaurado con premio europeo incluido.


Salón del Rey.


Rincón de la chimenea en el salón verde.


Salón de los Ribera.
Los dos paisajes son destacables porque escapan al Ribera tradicional.



Comedor.
Destaca la techumbre mudéjar, esplendida y minuciosamente restaurada.



A vista de pájaro, el palacio parece naufragar, empequeñecido, en el bosque de piedra.

José Sanchez Rojas, Rojitas, para Don Miguel de Unamuno, da cuenta de una conferencia de Don Ángel de Apraiz en el Ateneo de Madrid sobre el Palacio de Monterrey. Le sirve de excusa para extenderse sobre su ciudad y ponerse estupendo sobre asuntos literarios, sociales y políticos relacionados con la tierra.

LA CASA SALMANTINA

Muy interesante fue la conferencia que dio en el Ateneo, el jueves, el ilustre catedrático de Teoría de Bellas Artes de aquella Universidad don Ángel de Apráiz. Versó la conferencia sobre la casa y la vida salmantinas en la época clásica del esplendor de la ciudad- Siglos XVI y XVII- aportando, entre otras cosas, datos muy curiosos acerca de la construcción del Palacio de Monterrey, anterior a 1539 y resucitando, con perfecta entonación, el colorido exacto de la vieja ciudad universitaria, todo bullicio y alegría, con el estruendo de su escolaresca, la animación de sus patios, la majestad de sus piedras y la agitación de su mocedad gravada en los vítores rojos de sus colegios.

Triunfó como erudito en su trabajo el Sr Apráiz y venció también como poeta. Como erudito porque fijó de una vez para siempre las fechas que traían de cabeza a los aficionados a este linaje de cosas, señalando como arqitecto de ese pasmo del arte Plateresco español que se llama el Palacio de Monterrey –hoy del patrimonio del Duque de Alba- a Fr. Martin de Santiago y a Rodrigo Gil de Hontañón. Porque supo encajar el dato y la fecha, y la menudencia anecdótica en la trama de su disertación, dándoles animación y vida. Porque su conferencia bien ordenada y meditada abarcó todos los órdenes de la vida social de aquel entonces. Y triunfó igualmente como poeta, esto es, como creador el Sr. Apráiz, porque supo darnos su imagen personal de la ciudad dorada, amapola roja en claustro seco, penetrando en las esencias españolas que hay dentro de las piedras salmantinas.

Yo cerraba los ojos escuchando la conferencia del joven catedrático y evocaba, con temblores de emoción, viejos rincones de la ciudad del Tormes, que descubro de nuevo cada vez que torno a contemplarlos, porque su visión baña de tal suerte en luz al espíritu, que le aniña y le presta siempre frescura. Y Salamanca es un pequeño compendio de toda la esencia española. Allá, junto al río, por las tenerías, oyendo el traqueteo molinero de las aceñas, discurre la vieja Celestina y por unas tapias sobre las que se destacan las formas elegantes y recortadas de los cipreses sube Calixto a contemplar los ojos verdes y anchos de la dulce Melibea. Y sobre la casita, es el colegio de los verdes, o de la merced, escribe siglos más tarde, el buen Tirso, las andanzas del célebre burlador sevillano. Y junto al colegio, el ángel de la veleta de la Magdalena sonríe a las riberas mimosas del claro río. Y enseguida comienzan las más angostas y quebradas donde pone Espronceda sus escenas de Estudiante. Y una iglesia románica esconde su fachada sobria detrás de otro Colegio. Y por la calle de los moros, discurre Esperancica la de la Tía Fingida, son sus dueñas de tocas alongadas. Y las bandurrias, y los cencerros, y las gaitas zamoranas, rompen la placidez del sitio con su estruendo endemoniado. Lo pícaro se funde con lo académico, y junto al parador donde viven los capigorrones, yergue su fachada la vieja escuela de Alfonso IX, envolviendo la vida a la ciencia y la mocedad a la vida.

Pero Salamanca es toda evocación. El puente nos habla del Lazarillo, y más allá del puente por el Zurguén, cantan sus trovas los lánguidos pastorcillos del S. XVIII, y como protesta, frente al Zurguén, los cerros gloriosos de Los Arapiles recortan la llanura. Pero el puente recuerda también a Teresa de Jesús, y al encendido frailecito de Fontiveros, y al diabólico don Diego de Torres –predecesor en paradojas del bueno de Don Miguel de Unamuno - que habla a sus amigos a la hora de la fresca después del soconusco, de las aguas milagrosas que remozan el cutis apergaminado en lides de amor.

Salamanca no es Castilla: es León. Y León tiene la blandura de Galicia, la zorrería lusitana y la sequedad, ya un poco apagada, del suelo de Castilla. Y León produce en lo urbano al salmantino y en lo rural al charro. Así, las piedras, que no son más que la proyección del espíritu de la ciudad en la ciudad misma, despista a esos espíritus curiosos, que como mi amigo Pedro de Répide, han ido a Salamanca en busca de la austeridad, de la secura, de la llaneza castellanas. Y Salamanca no es eso. Salamanca es la floración, la eterna floración del espíritu, que no se concreta nunca porque si madurase, se agostaría, y es el anhelo de la posibilidad frente a otras ciudades que son ya el fruto y la decadencia de una raza que vive de sus recuerdos.

Salamanca vive en eterna gestación. Es la gestación espiritual de una España futura. Si sus piedras hablasen – y yo sé que hablan al encenderse al fuego del sol – mejor cantarían los amores del escolar que la dura experiencia de los viejos. La tradición en Salamanca no se ha roto; de Fray Luis va a Unamuno; a Unamuno no sabemos quién le robará el cetro. Y Salamanca es con su Tormes para España, lo que es Coimbra con su claro Mondego para Portugal. Y lo que es Florencia con su Arno para Italia.

JOSÉ SÁNCHEZ ROJAS
La Nación 3-abril-1917.


La imagen a vista de pájaro esta escaneada del libro "Desde el cielo de Salamanca" editado por La Gaceta de Salamanca.

domingo, 15 de enero de 2012

Calle Zamora






Antier.
Excepto las caballerías y sus guías, el resto de la gente busca la acera sombría para caminar por la Calle Zamora arriba. 


Ayer. 1991
Cuando los coches, las aceras y el asfalto eran los amos de las calles.


Hoy.

Las calles peatonales han llenado las vías urbanas de granito, seña de identidad de las ciudades españolas en los años de la abundancia, maceteros gigantes en los que malviven árboles escuálidos, farolas como estorbos que rompen la crisma al paseante distraído y chirimbolos de todo tipo; pero también de gente despreocupada que ocupa todo el ancho de la calle porque la desaparición de las aceras quedará también como uno de los elementos distintivos de la época para los arqueólogos del futuro. En cierto sentido, hemos regresado a la ausencia de vehículos a motor del pasado, pero ausente para siempre aquel sabor añejo de la primera fotografía.


(CONTINUACIÓN)
"Como ellas saben el secreto de Salamanca y no son avaras de su saber, nos lo van transmitiendo esta noche alegremente, así que ponemos nuestro espíritu al contacto con el suyo, en el silencio.
La austeridad, la tristeza, el grave empaque, la pobreza rectilínea del razonamiento castellano, nada tiene que ver con estas piedras, que son versos blancos, floración del Renacimiento en la llanura, eco de Italia que no trajo sólo a Salamanca la ciencia de sus glosadores, sino la elegante sencillez de sus palacios y la ondulante gracia de las pláticas amorosas de sus damas y de sus cortesanos. Advertirlo bien. Cervantes viene a Salamanca y le enhechiza. Fray Luis, en el retiro de su quinta agustina de La Flecha, entre el estruendo de las murmuraciones del claustro murmurador que no le perdona su parentesco con Horacio, pulsa su lira pagana y elegante, con estrofas que estarían escritas en Florencia, si no fueran rimadas en Salamanca. Hurtado de Mendoza pone aquí sus pícaros. Sabe que el amor es ciencia de muchas caras, que los letrados pobretones justifican entre rosarios de argucias los achaques del hampa, que la ciudad del Tormes sabe más de picardías que de deberes. Torres y Villarroel sueña aquí todo linaje de enredos, discusiones y disparates. Unamuno, finalmente, en la soledad de su cuarto que parece una celda, empolla sus diabólicas paradojas en la ciudad tranquila, contagiado por el espíritu mozo que le envuelve y agita.
No. Salamanca no es ciudad de doctores, sino de muchachos. Es eternamente moza como sus estudiantes. Sus piedras incuban lentamente sueños de mocedad; están hechas para la confidencia y para el abandono. Notad que Salamanca es el pueblo de las rejas labradas y de los patios; que si sus doctores inician en la ciencia, sus mozas inician en el amor.

Pueblo de amor es Salamanca: contagiadas de muchachez están sus piedras doradas y nobles. Esta noche nos hablan ingenuamente. No en balde aprendió la nigromancia en las cuevas de San Ciprián Don Enrique de Villena. Nigromancia para quebrar sin peligros la honestidad de las doncellas, brujerías para que la dueña Celestina no meta en sus arcones sus ducados que tienen los estudiantes para sus francachelas, arte de magia para sonrosar el cutis, remozar el cuerpo, fortificar el brazo, gozar en toda sazón de garbo y apostura."(CONTINUARÁ)


José Sánchez Rojas

Salamanca. Septiembre 1912

domingo, 8 de enero de 2012

Palacio de Garci-Grande







Palacio de Garci-Grande. (Sede central de Caja Duero o de lo que hoy sea después de las fusiones bancarias).Secuencia gráfica y cronológica de un edificio con unas ventanas a chaflán -que miran a La Plaza de los Bandos y Calle Zamora- como elemento más significativo.



1991




Construido en el S. XVI



Foto de Georgina King




En el año 1912 el diario El Adelanto de Salamanca publicaba esta columna del periodista bohemio de corte valleinclanesco e indudable calidad literaria: José Sanchez Rojas. Un paseo por las piedras doradas de la ciudad: (El próximo domingo la continuación)



EL SECRETO DE SALAMANCA


“Oh Salamanca, entre tus piedras de oro aprendieron a amar los estudiantes”
(Unamuno; “Poesías”)


Esta dulce, esta apacible y sosegada noche de septiembre hemos salido a pasear unos cuantos amigos las viejas calles de Salamanca con Jacinto Benavente, el dramaturgo glorioso. El cielo está hosco y gris; por las calles viejas escondidas, silenciosas de la dorada ciudad del Tormes no circula nadie; está la noche henchida de placidez y de silencio. Y todos evocamos las viejas piedras con amor y todos recordamos las aventuras nocherniegas de estudiantes, y a todos nos habla con el mismo lenguaje de mocedad la ciudad doctora. Benavente calla, mira, recuerda otros viajes. El diálogo es perezoso y lánguido; cada uno entregado a su silencio, envuelve el espíritu gratamente en los recuerdos de su mocedad. Estamos en el patio de Escuelas Menores. Fray Luis, en el centro, diríase que rumia, por primera vez, la callada armonía de su oda al campo. Los viejos muros llenos de trazos rojos, de recuerdos de novatadas de la escolaresca, encendidos a la caída de la tarde por el sol que nunca se hartan de besarlos, descansan de sus horas de luz. Las almenas siguen dando guardia de honor a la fachada plateresca de la Escuela, femenina fachada de encajes, de encantadoras nimiedades, filigrana de piedra roja.

Seguimos nuestro paseo. Llegamos hasta el puente. Sigue cantando su canción de quietud el claro río, a los pies de la Peña Celestina. Mozalbetes pelan la pava a la vera de rejas luminosas. Una iglesia plateresca. Un palacio gótico esbelto, señoril, que parece fabricado en el aire por manos de hadas invisibles. La casa de las Conchas sutil, misteriosa, elegante, con los hierros labrados de sus rejas, mansión de ensueño de príncipes enamorados. Uno de esos jardines abandonados, melancólicos, tristes, que ha evocado el amigo Azorín. Las galerías, los arcos rasgados, las columnas de primorosos capiteles de Monterrey. La pirámide de torreones, oriental, de la Catedral Vieja. La torre del Clavero, gallarda, sirviendo de fondo a la estatua de Colón, es una plaza del Renacimiento. Piedras plácidas y mozas que no nos inquietan, piedras de Salamanca que sirven de escenario a estudiantiles amores, piedras que han sido cantadas a hurtadillas en un madrigal durante las horas robadas al estudio docto y grave de los cánones, van haciendo resbalar esta noche, sobre nosotros, toda la intensa poesía de su elegancia y de su dulzura. (Continuará)



José Sánchez Rojas


Salamanca. Septiembre 1912

jueves, 29 de septiembre de 2011

Plaza del Corrillo






 1880


La Plaza del Corrillo existe desde antes de la construcción de la Plaza Mayor. En su solar estaba la amplia, extensa y desigual (por inclinada) Plaza de San Martín, delante de la iglesia del mismo nombre. Allí aún se respira el sabor de la Salamanca antigua, sucia y vieja que contaron los viajeros del pasado que llegaban a la ciudad.

De antes recibía el nombre de Corrillo de la Yerba porque la gente lo evitaba para llegar a la plaza y, como consecuencia, las zarzas y los cardos se apoderaban de ella.

La armonía y perfección de la Plaza Mayor, que cautiva por el equilibrio y elegancia, contrasta con el caos y trazado irregular que explican la ciudad actual, contradicción y mezcla de modernidad y tradición. Ambas plazas son una síntesis de la ciudad de Salamanca



 
Mercado de la recoba. 1896


 
1902

 
Hoy

 
La escolaresca 

 
Y la soldadesca

 

Tradición y modernidad se funden en este rincón salmantino. Indiferencia a la salida del lance.



"Pero, no bien salimos de la Plaza Mayor, entramos en una plaza... mínima, que nos enamoró mucho más que la que dejábamos. Tanto nos enamoró, que si los hijos del país hubiesen oído nuestras celebraciones, las habrían considerado irónicas y burlescas! Porque se trataba de una plazoletilla triangular, de irregulares líneas y viejo y abigarrado caserío, donde no había dos balcones iguales, ni dos edificios simétricos, ni monumento alguno bueno ni malo;
nada, en fin, que fuese elegante, ordenado, lujoso, o tan siquiera limpio. Y en esto precisamente consistían su belleza artística, su encanto poético, su color histórico!
El Corrillo de la Hierba se llama aquel sitio. -Se lo recomiendo a toda persona de buen gusto que vaya a Salamanca. –Verá allí aglomeraciones de casas viejas, como las que figuran en las decoraciones teatrales o en los cuadros referentes a la Edad Media; verá allí un variado y grotesco repertorio de balcones, aleros, guardapolvos y barandajes sumamente característicos; verá puertas chatas, paredes barrigonas, ventanas tuertas, pisos cojos y tejados con la cabeza dada a componer, como no los encontrará en ninguna otra parte. Y ¡qué escenas localiza en aquel sitio la imaginación! […]

Además de los multiformes tenduchos que rodean la plazuela, y que le añaden animación y fuerza dramática, veíase a aquella hora una infinidad de puestos amovibles o matutinos; es decir, una multitud de lugareñas sentadas en el suelo, con su cesta de huevos al lado, y rodeadas de pollos, pavos y gallinas.
-Aquellas mujeres, vestidas con pesadísimos dobles refajos, y liadas en una especie de manta, parecían montones de lana de vivos colores, de cuyo fondo salían pregones tan agrios y desapacibles como el cacareo o los graznidos de las propias aves pregonadas.
Agréguese a esta algarabía el disputar de los hombres, los gritos de los muchachos, la charla de las criadas que hacían la compra, el ruido de los talleres, el son de unas campanas vecinas que tocaban a niño muerto, los perros ladrando, los pobres pidiendo limosna, bestias cargadas que iban y venían, y el correspondiente vocear del que las arreaba, y se formaría juicio aproximado del Corrillo de la Hierba, a las diez de la mañana de un día de octubre del ya casi octogenario siglo XIX."


Así Jose Sánchez Rojas en una crónica bien literaria de 1929:

Rasgado el arco de San Martín, sin la escalerilla típica, los porches del bien amado Corrillo salmantino, continúan siendo el último refugio de la escolaresca. ¡Viejos colmados del Fraile y de la Obdulia, cuanto sabéis vosotros de los jolgorios estudiantiles, cuando el dinero de la mesada, mil veces hurtado a la patrona, riñe su batalla para salir del bolsillo! Vinillo claro de los Villares, plato sabroso de picadillo, hornazos y empanadas recientes. Y después, la excursión a Tejares, los mesones solitarios de las barcas, el río espejándose en los olmos polvorientos y centenarios de las orillas; la mirada de la moza prometedora que sabe dar alegría para todo el día. Excursiones que en el Corrillo empiezan y rematan en el Corrillo; pegotes barrocos que encinchan la iglesia de San Martín, porches que conocieron los devaneos de don Diego de Torres Villarroel y las estadas de los pícaros hartos de la sabiduría rugosa de los libros, el Corrillo salmantino es hermano del Potro cordobés y del Zocodover toledano.

Pocas estampas salmantinas de trazo más claro y de relieve más saliente. En esta plaza ya crece la hierba cuando la ciudad anda dividida en bandos y el pobre San Juan de Sahagún no da paz a la mano y a la lengua tratando de volver la tranquilidad a los espíritus. Muy Siglo XVI esta plazuela, cuando la fábrica románica de San Martín no conoce aditamentos y pegaduras de épocas posteriores, en ella se celebran las francachelas de los grados y la buena suerte de los favoritos en escalar rejas y besar doncellas a hurtadillas. En el XVII sigue la tradición de sus colmados y tabernas, de sus callejones accesorios y de sus rincones ocultos a las miradas de los ociosos. En el XVIII, con don Juan Meléndez Valdés, solterón y siempre acompañado de la sobrina pecata que conociera Jovellanos, el Corrillo continua siendo, además del acceso natural a La Rúa que pone en relación el Centro con la Escuela y el pasaje más corto para el colegio del Espíritu Santo de los hijos de Loyola, el lugar frecuentado por los árcades que van a oír los discursos y alegatos forenses de don Juan al final de la plazuela y descienden luego las escalerillas para saludar al clérigo catarroso de Don José Iglesias de la Casa, que vive en La Plaza a la misma vuelta. En el XIX, los amigos de Toribio Núñez se reúnen bajo los soportales para romper el medallón de Fernando VII y los de Sánchez Ruano y Rodríguez Pinilla – auxiliados por los carboneros de Matilla de los Caños- vigilan a los carlistas en días de revueltas electorales. Y en el XX, la misa de doce de San Martín, oída por las bellas, borda los mejores ensueños estudiantiles al cobijo del arco que se rasgó.

El Corrillo salmantino, más grabado en la memoria de los mozos que el encaje plateresco de su escuela, es, para los que han estudiado y amado en Salamanca, el paraje que más gratamente se recuerda. Hace años, yendo nosotros al frente de una tuna por los pueblos del Norte, el alcalde de Bilbao nos recordaba, con emoción sincera, los figones del Corrillo. Y ellos y el café de La Perla, y los billares del Pasaje, y el picadillo de Tejares, y los bailes domingueros, a la caída de la tarde, de Villares y de Aldealengua, ocupaban en su espíritu un lugar al lado de los Arés y de los Dorado, de los Unamuno y de los Gil Robles. Una tempestad de aplausos de los muchos resonaba en el hall del Municipio bilbaíno cuando el alcalde terminó de evocar su juventud. Exaltemos el Corrillo; los cronistas oficiales, que vegetan entre infolios amarillentos, a espaldas de la vida, desconocen el Corrillo, acaso porque nunca han tenido juventud. Al lado del goce de las piedras de oro de los palacios y de las casonas hidalgas, hay que conocer un poco del vinillo del fraile para gustar del hechizo de aquella ciudad, que enhechizaba a Miguel de Cervantes, amigo de las algaradas de los patios y de las aceitunas sabrosas y de los vinos del Guadalcanal de las tascas y figones."
José Sánchez Rojas.


No podía faltar un recuerdo para Adares (Remigio González), poeta que la habitó y llenó con sus poemas, su larga barba blanca y su gorra campera durante décadas, ya en el décimo aniversario de su marcha.






"Aquí os dejo
mi imagen
pero os aseguro
que ella no lo sabe".


 (Adares, Mesa Reñida, 1989)


Las imágenes B/N están escaneadas de "El libro de oro de Salamanca". Colección de Enrique Sena.