sábado, 20 de octubre de 2018

Cien años de soledad (5) Gabriel García Márquez. Aprender a matar.




"[...] y hacía una visita silenciosa a una Rebeca que parecía desangrarse dentro del vestido negro con mangas hasta los puños."


Cien años de soledad (5) 
Gabriel García Márquez 

Remedios llega a la pubertad una tarde de febrero y un domingo de marzo, apenas un mes más tarde, dice sí ante el altar levantado en casa de los Buendía por el cura don Nicanor Reyna. Dónde si no, si esta madriguera sirve para nacer, investigar, amar, odiar, matar o morir. Fue un mes de mucho ajetreo porque hubo que enseñarle a marchas forzadas a llevar un hogar, a lavarse sola, a quitarle la mala costumbre de orinarse en la cama y a inculcarle la obligación de guardar el secreto conyugal por mucho que el aturdimiento la convoque a aventar los secretos de alcoba. A partir del día del enlace se revela en ella el sentido de responsabilidad con las dos familias, la sencillez en el trato y el reposado dominio de sí misma que van a regir los escasos días que le restan por vivir, incluso en las circunstancias más adversas. Es Remedios la que tiñe de ocre el camino hasta José Arcadio Buendía atado al castaño como un galeote y le lleva el trozo más grande de la tarta nupcial. 

Rebeca es la única infeliz en la ceremonia. El domingo era también la fecha de su boda que hubo que aplazar porque el viernes anterior Pietro Crespi recibe una carta con la noticia de la muerte de su madre. Pero resulta ser una noticia falsa; su madre asiste a la boda, canta el aria triste preparada para su hijo en la boda de Aureliano. Pietro Crespi revienta cinco caballos para llegar a tiempo a su boda, pero sólo llega a las cenizas de la fiesta. Amaranta jura y perjura ante los evangelios que ella no ha tenido nada que ver con el desbarajuste que causa la noticia falsa. 

Don Nicanor tenía pensado regresar a la ciénaga después de la boda, pero decide quedarse en Macondo una semana más, espantado por la aridez de los habitantes que arreglan sus cosas con Dios directamente, sin necesidad de intermediarios en la tierra. Hay mucho que hacer para legalizar concubinatos, sacramentar moribundos o acristianar recién nacidos. Como nadie le hace caso y harto de predicar en el desierto, decide poner la primera piedra de un templo. Recorre las calles pidiendo en un platillo de cobre. Le dan mucho, pero quiere más, así que un domingo reúne a medio pueblo en torno a una misa al aire libre. Al podéis ir en paz y demos gracias a Dios, cuando los fieles se desparraman para volver a las ocupaciones cotidianas, sucede el prodigio de la levitación. Don Nicolás se eleva unos doce centímetros del suelo después de tomarse una taza de chocolate. Todos se asombran del carácter divino de la ascensión, todos menos José Arcadio Buendía atado al castaño. Para él la presencia de Dios entre los hombres se escapa a la razón, sólo creerá en su existencia si lo puede ver y tocar plasmado en un daguerrotipo de los suyos. En vano intenta evangelizarlo el padre Nicanor, para él creer es ver y no hay quien lo saque de ahí. Toma la iniciativa con sus martingalas racionalistas bien engrasadas, como “el granito bien engrasado” de la ministra que no quiere reñir con las piedras, que habla despacio y acentuando las sílabas. Don Nicanor, preocupado por su propia fe, deja de visitarlo, continúa tocando el tambor, dedicado en cuerpo y alma a la construcción del templo en un pueblo en el que nadie se había preocupado de construir uno. No lo habían necesitado, como no habían precisado de cementerio hasta la muerte de Melquiades




"Úrsula impuso un duelo de puertas y ventanas cerradas"

 Sólo Remedios se comunica con José Arcadio Buendía en un latín rudimentario recién aprendido. Lo cuida, le arregla la choza y se entretiene en quitarle los piojos y las liendres de los pelos y la barba. Torturando, aplastando animales pequeños con las uñas como dirían los padres predicadores contemporáneos. Hasta que un día muere ella “envenenada en su propia sangre con un par de gemelos atravesados en el vientre.” El culpable es un chorro de láudano que Amaranta había destinado a Rebeca. Se conoce que Remedios es un personaje incómodo que a García Márquez se le agranda entre las manos y que al cortarle la retirada, le da inmortalidad. Un soldado raso en mitad de generales que perdurará jovencita en la memoria colectiva del hogar de los Buendía.  

El porvenir de Rebeca queda vinculado a la construcción del templo. La boda con Pietro Crespi coincidirá con la inauguración. Úrsula contribuye generosamente para acelerar los trabajos. Calculan que tardarán tres años en terminarlo, los mismos que Amaranta no tendrá que preocuparse en matarla. Pietro Crespi, que no acepta la propuesta de Rebeca de fugarse juntos, hace otra aportación importante para la iglesia. Sigue convencido de la lealtad y confía en la palabra empeñada como un capital que no puede dilapidar. Remedios se encarga de los cuidados de Aureliano José, otro Buendía nacido de la relación extra conyugal de Aureliano con Pilar Ternera. 

Aureliano y su suegro, Apolinar Moscoso, juegan interminables partidas de dominó mientras Remedios habla de las cosas serias de la vida con su madre y sus hermanas. El vínculo con los Buendía afianza la autóritas de Apolinar que consigue una escuela del gobierno para que Arcadio ejercite su vocación de maestro. Desplaza el garito de Catarino a las afueras y clausura otras casas de escándalo. A través de la persuasión consigue que la gente vaya pintando de azul las casas del pueblo. Incluso la llegada de soldados armados deja de alzar en armas a la población. Aureliano se muestra orgulloso de la eficacia del corregidor. 




"Puso el daguerrotipo de Remedios en el lugar en  que se veló el cadaver"

La nueva pareja se hace querer en las dos familias. Consigue que Amaranta y Rebeca, recalcitrantes en su enemistad tejan juntas los vestiditos de la criatura cuando ella anuncia que está embarazada. Úrsula impone un duelo riguroso de casa cerrada a cal y canto cuando Remedios muere. Silencio cartujano durante un año y daguerrotipo de Remedios colgado en la pared con divisa negra terciada y velas que las generaciones posteriores mantienen encendidas, la santita de Macondo. Amaranta adopta a Aureliano José para compartir la soledad y aliviarla del láudano involuntario que mató a Remedios

El noviazgo de Pietro Crespi y Rebeca se convierte en costumbre y cansancio. Rebeca vuelve a comer tierra y a chuparse el dedo. De esta atmósfera viciada emerge la figura única de José Arcadio descomunal. Su entrada en la casa a la hora de más calor es un movimiento sísmico que sacude los cimientos de la casa. Saluda uno por uno a todos los presentes con un escueto, “Buenas,” y se tumba en la hamaca en la que duerme durante tres días seguidos. Al despertar engulle dieciséis huevos duros y se va a la tienda de Catarino donde levanta admiración entre las mujeres de tolerancia que se subastan sus favores. Su ritmo de vida no se acompasa con la familia, duerme de día y se pasa las noches en la tienda de Catarino exhibiendo su fuerza extraordinaria. Las mujeres exhiben su cuerpo poblado de tatuajes. Deja boquiabiertos a los parroquianos cuando dibuja un fresco de las hazañas sobrenaturales que le acontecieron. Ha comido a compañeros muertos en alta mar para sobrevivir, derrotado a dragones que tenían en su vientre la armadura y las armas de un cruzado y ha visto la nave corsaria de Víctor Hughes “con el velamen desgarrado por los vientos de la muerte, la arboladura carcomida por cucarachas de mar y equivocado para siempre el rumbo de la Guadalupe.” 

Qué diferencia entre el muchacho que se fue con los gitanos al grandullón que come medio tostón para el almuerzo, se tira unas ventosidades que marchitan las flores o lanza unos eructos bestiales a la mesa. Salud en estado gaseoso. Rebeca sucumbe al primer encontronazo con aquella fuerza salvaje de la naturaleza. Al lado del protomacho Pietro Crespi es “un currutaco de alfeñique.” Cualquier pretexto es bueno para buscar la proximidad del hermano adoptivo. Un día, a la hora de la siesta, pasó lo que tenía que pasar entre dos fuerzas que se atraen con la fuerza de un ciclón, porque Rebeca es también muy mujer.


Se me esta acabando lo buena que soy 
Y me esta llegando lo malo por dentro 
Yo no se matar pero quiero aprender 
Para disipar todo el mal que me has hecho 
Y si llego ser asesina por ti 
Bajaras por esto 
Derechito al infierno
Felipe Gómez "Indio" Jiménez/María Jiménez





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 11 de octubre de 2018

Cien años de soledad (4) Gabriel García Márquez. Dedícate a mí.





"Remedios en el aire soporífero de las dos de la tarde"

Cien años de soledad (4) 
Gabriel García Márquez 

Amparo Moscote se acerca a la casa agrandada y recién restaurada con la excusa de visitar las reformas. Aprovecha un momento de ausencia de Amaranta para pasarle una carta Rebeca. Ella enseguida descubre que es de Pietro Crespi porque reconoce que la letra es de la misma mano que  las instrucciones de la pianola. Aureliano ve en la repentina amistad de Amparo y Rebeca una esperanza de alivio a su corazón por la ausencia de Remedios. Prendado de los ojos verdes, piel de lirio y la voz que le decía señor con el mismo respeto que a su padre la primera vez que acompañó a su madre en la visita a la casa de todos. 

Un mar de desolación arrasa el corazón febril de Rebeca como un tsunami descontrolado. Cae en el manglar del delirio. Aureliano, acompañado de sus amigotes, Magnífico Visbal y Gerineldo Márquez, ahoga sus penas en guarapo fermentado en la tienda de Catarino que ya no es tienda sólo, ha prosperado con Macondo. Ahora es una galería de cuartos de madera con “mujeres solas olorosas a flores muertas.” Beben con las mujeres sentadas sobre las piernas. Aureliano navega en una reverberación radiante. Pierde la memoria como en los tiempos de la peste del olvido y flota. Toma tierra en una madrugada ajena, en el cuarto de Pilar Ternera. Ella le lava la cara con estropajo y le quita la ropa embadurnada de fango y vómito “con una destreza reposada, sin el menor tropiezo, dejó atrás los acantilados del dolor y encontró a Remedios convertida en un pantano sin horizontes, olorosa a animal crudo y a ropa recién planchada.” Después se vacía en un manantial desatado que rompe las compuertas de interior. Pilar le promete servirle la niña en bandeja. La espina del amor solitario quiebra la armonía en la casa de los Buendía

Amaranta respira sin permiso, está también enamorada de Pedro Crespi. Su madre lo descubre en una pila de cartas sin mandar en el fondo de un baúl. Úrsula interviene para poner orden en aquel desbarajuste amoroso. Urge una aplicación de un 155 riguroso, una especie de duelo sin muerto hasta que las hijas desistan de sus esperanzas. José Arcadio Buendía tercia entre las partes, ya Pietro Crespi le parece un partido aprovechable desde el día que arregló la pianola que él había desbaratado. Como patriarca respetado de la casa de todos, José Arcadio Buendía toma una decisión salomónica: Pietro Crespi para Rebeca y accede al compromiso de Valeriano con una de las siete hijas de su enemigo Apolinar Moscoso. Además, Úrsula se llevará a Amaranta a la capital hasta que se le pasen las calenturas amorosas. Ella finge aceptar, pero en el fondo piensa que “Rebeca se casaría solamente pasando por encima de su cadáver.” 




"Remedios en la callada respiración de las rosas."

El asunto de Aureliano presenta contornos  menos épicos porque puede esperar a que a Remedios le llegue la edad. La muerte de Melquiades rompe la frágil armonía en la casa de los Buendía. Un buen ejemplo de la magistral técnica narrativa de Gabriel García Márquez, narración en estado salvaje, que repite una y otra vez a lo largo de Cien años de soledad. Primero nos cuenta el final para extenderse a continuación en el camino de agua que lleva a la tumba al primer muerto de Macondo. Melquiades viene a Macondo a buscar la muerte, como Juan Preciado fue a Comala. Busca el agua para morir en soledad porque somos agua. Narrado todo con su peculiar sentido del humor. Evita dramatismos y aspavientos trágicos al describir el deterioro físico progresivo que lleva a la muerte como acabamiento de la vida. Qué manera de describir la merma de las facultades físicas. Cómo la ceguera y la sordera le van retrayendo y arrinconando en la soledad de sus pergaminos. Cómo su porte de gitano viejo va degenerando “al aspecto desamparado propio de los vegetarianos.” Y deja indicios, antes de que sus allegados den tierra al patriarca gitano, del camino que seguirá la novela con esos pergaminos misteriosos que escribe y la declaración amorosa de Amaranta a Pietro Crespi, comprometido con Rebeca. Porque como sentenciaba Cervantes: “Donde una puerta se cierra, otra se abre.” Deja planteado un auténtico culebrón colombiano cuando Amaranta amenaza  a Rebeca, su hermana adoptiva, con  impedir el casamiento aunque la lleven al fin del mundo. En definitiva, estamos ante una breve pieza de brillantez cervantina, a la altura de la muerte de don Quijote. 

La ausencia de Úrsula y la presencia invisible del olor a Melquiades saturan la casa con la densidad del hueco y la soledad. Pietro Crespi la llena de juguetes de cuerda automáticos. José Arcadio Buendía regresa a sus viejos tiempos de alquimista, empeñado en inventar un mecanismo, basado en las leyes del péndulo, que los mantenga en movimiento permanente. José Arcadio Buendía ocupa el taller que Aureliano ha abandonado porque ahora dedica el tiempo a enseñar a Remedios a leer y a escribir. La llegada de aquel hombre le molesta al principio porque la aparta de sus juegos y muñecas. Luego queda seducida por las explicaciones sobre el sentido de las palabras. Le fascina dibujar casas y soles amarillos apareciendo detrás de las lomas. 




"Remedios en la clépsidra secreta de las polillas"

La amenaza bíblica de Amaranta acobarda a Rebeca. Las cartas echadas de Pilar Ternera hablan y dicen que no será feliz mientras sus padres sigan insepultos. José Arcadio Buendía corre en su ayuda, mueve Roma con Santiago hasta dar con la taleguita de los huesos que no veía desde los tiempos de la reconstrucción. Le dan tierra junto a Melquiades en una tumba improvisada y sin lápida por si después hay que exhumar y volver a enterrar, para que sea más fácil. La amistad con Rebeca le abre las puertas de la casa. Entra por la puerta principal como un tropel de cabras, pero se gana las bendiciones de los moradores porque echa mano en los trabajos más fatigosos, como Nadal en las inundaciones baleares. La resolana de su piel, la risa desordenada, atarantan a los jóvenes de la casa. Le dice a Aureliano con misterio: “Que eres bueno para la guerra-dijo- donde pones el ojo pones el plomo.” Y a Aureliano no le queda más remedio que reconocer al Buendía que está por venir, otro más a pesar en el suelo de la casa. 

Sin la vigilancia y cuidados de Úrsula, José Arcadio Buendía pierde la noción del tiempo y se levanta de la cabeza. Son necesarios una docena de hombres para reducirlo y atarlo al castaño del patio para que deje de destrozar el laboratorio, el taller y la casa. Cuando Úrsula y Amaranta regresan, lo encuentran en un estado de inocencia total, lo liberan de pies y manos y le hacen un chozo de palma, allí mismo al amparo del árbol, para protegerle de la intemperie.

El tiempo que te quede libre 
si te es posible, 
dedícalo a mí. 
A cambio de mi vida entera 
o lo que me queda 
y que te ofrezco yo.
José Ángel Espinosa/María Dolores Pradera



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



sábado, 6 de octubre de 2018

Cien años de soledad (3) Gabriel García Márquez. Brindar con el diablo.




"Y una carreta de bueyes donde viajaban su mujer y sus siete hijas."

Cien años de soledad (3) 
Gabriel García Márquez 

La gente de Macondo celebra entusiasmada la reconquista de los recuerdos. José Arcadio Buendía y Melquiades sacan brillo a su antigua amistad. El patriarca gitano se queda en el pueblo, nada mejor que un pueblo que aún no conoce la muerte para quien la parca ha olvidado. Se establece en la casa de los Buendía, la casa de todos, la casa del pueblo. Aureliano le ofrece un espacio de su taller para que instale allí su disparatado laboratorio de daguerrotipia. De esa época data la única foto que se conserva de los Buendía, de todos menos de Úrsula que de ninguna manera quiso quedar plasmada para burla de los nietos. Aureliano se consagra al trabajo en el laboratorio con tanta dedicación que en poco tiempo gana más dinero que Úrsula con su producción de la deliciosa fauna de caramelo, pero tanto trabajo perjudica la berrea del joven: no se le conoce mujer, lo cual extraña en un hombre hecho y derecho. 

Francisco el Hombre, anciano de casi doscientos años de edad, “así llamado porque derrotó al diablo en un duelo de improvisación de cantos,” brindó con el diablo a su salud, era una especie de CM de los pueblos de la ciénaga. Como los ciegos, se ganaba la vida cantando coplas de un lado a otro. Semejante a los pliegos de cordel o el más reciente intercambio de novelas del oeste en los quioscos que extendían las noticias y la literatura popular. A dos centavos la pieza añadía la letra de las noticias que la gente quería a sus composiciones musicales. Con su voz descordada y acompañado de un viejo acordeón desgranaba las canciones que llevaban las noticias de pueblo en pueblo. Úrsula se enteró de la muerte de su padre por este medio. 

Aureliano se dispone a abandonar la tienda de Catarino porque ese día ninguna noticia cantada por Francisco el Hombre interesa a la familia Buendía. Catarino aprovecha la ocasión para acercarse a los hombres y ponerle la mano donde no debe. La matrona invita a Aureliano a entrar con una mulata adolescente por veinte centavos y hacer el número sesenta y cuatro que pasa por el cuarto. La abuela la lleva de aquí para allá hasta que pague la casa que ardió por quedarse dormida con la vela encendida. Según sus cálculos aún le quedan unos diez años a setenta hombres la noche para saldar la deuda con la abuela. Aureliano no hace nada con ella y sale de allí después de pagar cuarenta centavos con “una necesidad irresistible de amarla y protegerla.” Cuando acude la mañana siguiente a cumplir sus deseos de salvamento y solidaridad, ella ya ha desaparecido.


Mientras Aureliano aprende el arte de la platería y enseña a Rebeca y Amaranta a leer y a escribir, Melquiades, fascinado por lo local, plasma en sus placas todo lo plasmable en Macondo, José Arcadio Buendía, un descolocado de la vida, intenta mediante una serie de exposiciones superpuestas registrar el daguerrotipo de Dios con el que obtendría la prueba definitiva de su existencia. Buena gana de andar con chiquitas.   Pero Dios no juega a los dados en la Tierra como afirmaba Einstein y el fracaso es de estruendo.


"Había estado en la muerte, en efecto, pero  había regresado porque no pudo soportar la soledad."


Rebeca y Amaranta son ya dos adolescentes hermosas. Sobre todo con el alivio del color de la ropa tras los tres años de luto riguroso por la muerte de la abuela. Úrsula trata de poner sentido común en esa casa extraña que se llena de gente y que ve que los hijos crecen y están a punto de casarse y multiplicar la casta de los Buendía. Se pone manos a la obra, al mando de un ejército de operarios para construir la casa más hospitalaria y fresca de toda la ciénaga. José Arcadio Buendía continúa con su intento de pillar desprevenida a la Divina Providencia en mitad de aquel cataclismo. 

La llegada a Macondo del corregidor, don Apolinar Moscoso, como delegado del gobierno, coincide con el final de las obras en la casa. Desbarata la convivencia que tanto cuesta tejer metiéndose con la gente, como todos los políticos que se encaraman al sillón con ínfulas. La primera orden que emite el incorregible es pintar de azul todas las casas del pueblo. Pero ahí estaba José Arcadio Buendía para enmendarle la plana; él quiere su casa nueva como la quiere Úrsula, blanca como una paloma. Le advierte que es bienvenido si viene en son de paz, como cualquier ciudadano del común, pero si viene a implantar el desorden obligando a la gente a pintar las casas de azul, puede largarse por donde vino, en Macondo no se necesita corregidor porque no hay nada que corregir. Cuando le advierte que está armado y que cuenta con el respaldo poderoso del gobierno, lo coge por la solapa, lo zarandea y lo pone mirando a la ciénaga. A la semana siguiente reaparece con seis soldados armados, una carreta de bueyes y siete hijas. Los padres fundadores y los hijos varones se ofrecen a José Arcadio Buendía para expulsar a los forasteros invasores, pero él prefiere arreglarlo por las buenas y en su casa. Le autoriza a quedarse, pero no los soldados y siempre que cada cual pueda pintar la casa como le dé la gana como siempre ha sido en Macondo. Lazos de todos los colores y medidas para todos. El corregidor accede, firman la paz, pero siguen de enemigos. La guerra comienza fumando la pipa de la paz. Quien no queda en paz es Aureliano porque la imagen de Remedios, hija menor de Apolinar, le quema en algún lugar del corazón como una brasa homicida en el zapato.

La inauguración de la casa nueva –blanca como una paloma blanca- es un acontecimiento en Macondo. Úrsula trabajó en las reformas como un galeote. Manda traer lo mejor de lo mejor para amueblarla, sin reparar en costes, con la avidez de gastar por gastar de un nuevo rico. El artículo estrella es una pianola. La casa exportadora italiana manda por su cuenta a Pietro Crespi para que la instale, la afine y les enseñe a bailar los ritmos de moda. La pianola venía por partes, desarmada como los muebles de Ikea. Pietro Crespi se tira varias semanas enteras encerrado en la habitación con el instrumento hasta que lo hace funcionar. El automatismo del aparato fascina tanto a José Arcadio Buendía que intenta captar con la máquina aparatosa de Melquiades una placa de las manos invisibles que sacan melodías y armonías perfectas de la pianola. 

Las gráciles maneras de bailar de Pietro Crespi, sus formas de vestir y la fluidez con la que maneja los cubiertos a la mesa, intimidan a Rebeca y Amaranta, las mujercitas de la casa. Úrsula vigila los movimientos del italiano. José Arcadio Buendía no lo ve peligroso, “Es un marica”, Úrsula puede relajar la vigilancia. 


"Conversaba de otros hombres que no merecían el sacrificio de que se comiera por ellos la cal de las paredes."

José Arcadio Buendía destripa la pianola para descifrar su magia secreta. A dos días de la fiesta de inauguración la pianola es un revoltijo de clavijas y martinetes sobrantes esparcidos por el cuarto que a duras penas consigue componer para el día D. Cuando quitan la sábana que lo esconde, el fantasma desnudo se resfría, el mecanismo no funciona. Gracias a la antiquísima sabiduría de Melquiades, ya un viejo ángel de la guarda desmigajándose de decrepitud, y a que José Arcadio Buendía mueve por equivocación un mecanismo atascado, la música sale a borbotones sin orden ni concierto. No obstante el desconcierto, los descendientes de los veintiún padres fundadores de Macondo eluden los escollos y bailan hasta el amanecer. 

Irse Pietro Crespi, que había regresado a reparar la pianola, y llenarse la casa de ausencia y desamor es todo uno. Sobredosis del fuego sagrado que se rebosa. Rebeca vuelve a chuparse el dedo a escondidas y a comer tierra. A recuperar el gusto de los minerales primarios como las plantas y el castaño del patio que crece sin control. Pietro es el único hombre sobre la tierra que compensa el sacrificio de comer la cal de las paredes. A través de la tierra comida Pietro le trasmite el peso de la sangre dejándole “un rescoldo áspero en la boca y un sedimento de paz en el corazón.” 



 Allons enfants de la patrie 
Maldito mayo de París 
Vendí en Portobello los clavos de mi cruz 
Brindé con el diablo a su salud
Joaquín Sabina


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



jueves, 27 de septiembre de 2018

Cien años de soledad (2) Gabriel García Márquez. Sacar juventud del pasado.





"Le construyó a su mujer un dormitorio sin ventanas para que no tuvieran por donde entrar los piratas de sus pesadillas."

Cien años de soledad (2)
Gabriel García Márquez 

El autor escudriña el árbol genealógico de Aureliano Buendía por parte de padre y madre. Sus indagaciones profundizan hasta el siglo XVI, en tiempos del pirata Francis Drake. Los cañonazos desde los barcos bucaneros la asustan y se quema en la lumbre de la cocina,  dejándola inútil para el resto de los días y un miedo cerval a los feroces perros de asalto ingleses. Su marido, un comerciante aragonés, liquida el negocio y lleva a su mujer al interior, lejos del mar, a una ranchería de indios pacíficos donde le construye una habitación sin ventanas para impedir la entrada de los piratas y los perros. 

Con el correr de los años un descendiente de Úrsula Iguarán se mezcla con un vástago del criollo José Arcadio Buendía, establecido en la ranchería desde hacía tiempo, siempre con el miedo de engendrar iguanas como les había pasado a unos tíos suyos que tuvieron un hijo que murió virgen a los cuarenta y dos años porque había nacido “con una cola cartilaginosa en forma de tirabuzón y con una escobilla de pelos en la punta.” José Arcadio Buendía zanja el asunto con una frase: “No me importa tener cochinitos, siempre que puedan hablar.” Se casaron y lo celebraron con una boda de tres días. Al acostarse, ella se pone un pantalón hecho de lona de velero con hebilla y candado, temerosa de alguna tara en la descendencia. Las noches se resolvían en un forcejeo constante que los agotaba, sustituto de la lucha cuerpo a cuerpo del amor. Así siguieron las cosas durante dieciocho meses, hasta que un día tiene que matar a Prudencio Aguilar de un lanzazo que le atraviesa la garganta, lanzado con la fuerza de un toro porque un gallo de los suyos había matado en buena lid a otro de Prudencio. El perdedor le pone banderillas de fuego cuando le insinúa que el gallo ganador hace el trabajo que él deja de hacer al otro lado de los pantalones de lona de su mujer. 

Inmediatamente después del encontronazo trágico, José Arcadio Buendía descerraja el cinturón de castidad de Úrsula y “retozan en la cama hasta el amanecer.” Sin importarles que lo que viniera fueran iguanas. José Arcadio Buendía no vuelve a dormir como Dios manda desde ese día porque le atormenta la inmensa soledad del espíritu de Prudencio tratándose de taponar el boquete en la garganta que le desangraba. Deciden marcharse a la tierra que nadie les ha prometido, enterrar el hacha de guerra, matar a los gallos para dar un poco de paz al fantasma de Prudencio Aguilar. Así es como tras dos años de travesía y el nacimiento de otro José Arcadio Buendía acampan a orillas del río de aguas cristalinas y fundan Macondo. Luego nacerían Aureliano y Amaranta. 




"Amparados por la deliciosa impunidad del desorden colectivo, José Arcadio y Pilar vivieron horas de desahogo."



Al poco tiempo de nacer la niña chica, José Arcadio Buendía le explica a su hermano Aureliano que hacer el amor “es como un temblor de tierra.” Se ha prendado de Pilar Ternera, la empleada de hogar que va por casa y echa las cartas y que se muestra sorprendida por lo “bien equipado para la vida” que está José Arcadio Buendía, el adolescente aventajado. Vuelven los gitanos y se encapricha de una gitana fina, que a su vez se admira del “magnífico animal en reposo” que José Arcadio Buendía guarda como un tesoro en la entrepierna. Cuando se van los gitanos, se va con ellos ayudando a empujar la carreta del hombre víbora. 

Úrsula no se resigna a quedarse sin su primogénito así como así. Se echa al camino en su busca y regresa a la aldea cinco meses más tarde derrotada y sin dar con ellos. Viene rodeada por hombres y mujeres en carretas tiradas por bueyes y mulos, cargadas de muebles y cosas de comer. Proceden del otro lado de la ciénaga. A sólo dos días de camino hay pueblos que reciben el correo todos los meses y conocen las máquinas que alivian de la esclavitud de los trabajos agotadores. El regreso de Úrsula es el verdadero prodigio para José Arcadio Buendía, el marido medio abandonado, pues lo libera de la crianza de Amaranta y de las tareas de la casa, un trabajo a tiempo completo. 

El hijo recién nacido de Pilar Ternera y José Arcadio Buendía, el hijo pródigo fugado con los gitanos, es llevado a casa de los abuelos, crece junto a Amaranta al cuidado de Visitación. Lo llaman Arcadio a secas para evitar confusiones. Visitación es una india guajira que llega a Macondo huyendo de la peste del insomnio. Como en Macondo hay tanto que hacer porque está en proceso de formación permanente, el cuidado de los niños es una tarea secundaria. José Arcadio Buendía pierde interés por la alquimia. Se dedica al proyecto común con la ilusión de un padre fundador. El trabajo en el diseño de parques, trazado de calles y planteamiento de casas y jardinería lo emancipan de la tortura de sus fantasías. Aureliano ocupa el puesto del padre en el laboratorio abandonado con dedicación exclusiva. Los días no tienen horas suficientes para terminar los experimentos. Su padre, preocupado de que hasta de comer se olvide, le da las llaves de la casa y le ofrece un dinero para que lo gaste en una mujer si lo necesita, pero él lo emplea en comprar ácido muriático para fabricar agua regia y bañar las llaves en oro. 

Aureliano predice ante su madre que alguien va a venir y aparece Rebeca, una adolescente huerfanita de unos once años de edad. Se la quedan por caridad, porque no les queda más remedio. Viene de la remota ciudad de Manaure donde ellos no conocen a nadie, pero según la carta que entrega era hija de unos parientes lejanos de Úrsula. Trae los huesos de los padres en una taleguita que estuvo estorbando por la casa con su “cacareo de gallina clueca” cuando alguien tropezaba con ella. Al principio Rebeca no estaba de buen temple, ni comía ni hablaba y parecía no entender el castellano, sólo el guajiro de Visitación y tenía el vicio de comer tierra húmeda del patio. La agarraban entre varios para meterle las medicinas por el papo abajo y aguantar su rebeldía salvaje que alternaba con mordiscos y escupitajos. No se sabe bien si fue la medicina o los correazos de Úrsula para domarla, pero a las pocas semanas se amansó la fiera. Amaranta y Arcadio la reciben como hermana mayor y se muestra tan afectuosa con Úrsula la domadora, Aureliano y José Arcadio Buendía que se gana el Buendía con todas las consecuencias y bendiciones, apellido que llevó con honor hasta la muerte. 




"En aquel tiempo no había cementerio en Macondo, pues hasta entonces no había muerto nadie."

Una noche, Visitación descubre que Rebeca está afectada por la peste del insomnio, el mismo mal que los hizo abandonar su reino milenario. La maldad no era sólo la huida del sueño, sino el olvido: la caída en una especie de idiotez sin pasado. Los afectados soñaban despiertos y veían las imágenes que otros soñaban en su estado de alucinación. Cuando José Arcadio Buendía se da cuenta por casualidad de que todo el que chupa los animalitos de caramelo que hacen en casa para vender contrae la peste del insomnio, ya es tarde, todos están infectados por la enfermedad. Al principio, las gentes apestadas no le dan mucha importancia a no dormir porque había mucho que hacer en Macondo. Era tiempo de fundaciones, de modo que trabajaron tanto que lo hicieron todo. Los que tienen nostalgia de los sueños ven las tres de la mañana con ojos de búho, matan el tiempo añadido contando ovejas hasta el infinito y complicando el cuento del gallo capón hasta el absurdo. A los forasteros les hacen tocar una campanilla para señalar que están sanos y les prohíben comer y beber durante la estancia. La cuarentena es tan rigurosa que la enfermedad no se extiende por las poblaciones de la ciénaga y los paisanos de Macondo se olvidan de la costumbre inútil de dormir. 

Aureliano, al darse cuenta de las posibilidades perniciosas del olvido, organiza un sistema de etiquetas pegadas a los objetos que nombran con el fin de luchar contra las evasiones de la memoria. Un día comprende que también se puede uno olvidar de la función de los objetos de las inscripciones y añade la utilidad a las etiquetas. “Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita.” Todo es nuevo en Macondo, hasta tienen que recuperar la lengua, atacada por la peste del olvido que se olvida incluso de lo escrito. 

 Cuelgan un cartelón en la calle Mayor que reza: “Dios existe” para recordar los sentimientos que  habían unido a la comunidad. Sin embargo, el esfuerzo de vigilancia es tan descomunal que algunos se abandonan al atractivo de una realidad imaginaria, una dimensión paralela. Pilar Ternera contribuye a ello al echar las cartas para leer el pasado. El padre aparece en abril como un hombre moreno; la madre, mujer trigueña cuando la alondra canta en el laurel. La necesidad de recordar, de derrotar al olvido, activa las neuronas de José Arcadio Buendía que inventa un artefacto giratorio en el que cualquiera pueda recordar los conocimientos esenciales para vivir y no olvidar lo escrito en las catorce mil fichas que escribió. 

Aparece Melquiades envejecido y decrépito, como un mesías salvador olvidado por la parca, para sacarlos del tremedal del olvido. Saca de su maleta ventruda el agua milagrosa que hace la luz en la memoria. Saca juventud de su pasado.

De mis ojos está brotando llanto, 
a mis años me he enamorado, 
tengo el pelo completamente blanco, 
pero voy a sacar juventud de mi pasado
Jose Alfredo/María Dolores Pradera






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


domingo, 23 de septiembre de 2018

Cien Años de soledad (1). Gabriel García Márquez. Un firmamento solito pa ella.





"La ciencia ha eliminado las distancias," pregonaba Melquiades"


Cien Años de soledad
Gabriel García Márquez

“Cien años de soledad” es uno de los hitos de la literatura universal, un regalo monumental del autor colombiano, Gabriel García Márquez, a los lectores invitados al festín literario, a los afortunados que se aproximen a celebrar la fiesta de exaltación de una obra maestra de la narrativa. El lector no tiene más que dejarse sorprender por los orígenes de Macondo, una creación surgida desde la nada, seguir la vereda creativa impregnada de imaginación, fantasía y de una libertad desbordante y anárquica que no se somete a normas ni modas literarias (sólo rinde la obediencia que exigen los vientos, no lo entrecomillo porque esto no es una tesis doctoral de un presidente de la nación, proviene de una canción de Aute). 

Aparentemente el autor no se complica la vida para trenzar el artefacto narrativo de la novela, pero a medida que se avanza en la lectura te das cuenta de que hay gato encerrado, hasta hay pergaminos de Melquiades que semejan a los cartapacios del Alcaná de Toledo en El Quijote. Aureliano Buendía revive lo vivido como un fogonazo cuando está a punto de ser fusilado. Se trata de un narrador clásico en tercera persona, conocedor de todos los hechos presentes y futuros como parece señalar el comienzo que es el mismo que el final: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Estar ante un pelotón de fusilamiento es una manera poderosa de comenzar un relato por el final. Conocer el futuro a toro pasado. La llamarada de calor, el tema  del primer capítulo es la búsqueda del hielo, el día que José Arcadio Buendía lleva a su hijo Aureliano a conocer el hielo, el misterio del agua fría en estado sólido. 

Aureliano es el primer ser humano que nace en Macondo, la ciudad infante, sin pasado ni cadáveres que exhumar de ningún cementerio, porque es tan joven que nadie ha tenido tiempo de morir matando ni de matar aún, pero todo se andará como veremos. Los gitanos de piel de bronce que vienen con sus carromatos por primavera les abren al mundo exterior de Macondo, como el porrazo contra el toro de piedra que abre a Lázaro de Tormes al conocimiento. Traen objetos inútiles, pero a José Arcadio Buendía le entusiasman los imanes, el catalejo y la lupa. Los fierros que desclavan los clavos de la cruz y dotan de vida propia a los metales quietos. Los imanes de los gitanos encienden la imaginación del padre de Aureliano que trueca los metales mágicos por un mulo y unos cuantos chivos con la idea disparatada de encontrar oro, verdadera obsesión de los habitantes de las tierras nuevas desde los tiempos de los conquistadores y El Dorado. La fiebre del oro le lleva a arrastrar los fierros imantados por valles y montañas, incluido el fondo de los ríos a la búsqueda del material precioso. La  extracción se limita a una armadura oxidada, completa en todas sus partes. Dentro del artefacto descubre un esqueleto calcificado del Siglo XV y un relicario de cobre que guarda un mechón enamorado de pelo de mujer. (Cómo recuerda a Don Quijote momificado).




"Úrsula cedió, como ocurría siempre, ante la inquebrantable obstinación de su marido."

En vista del fracaso de su apuesta, el gitano Melquiades le cambia –para desesperación de Úrsula- los dos fierros y unas monedas coloniales por una lupa gigante, descubrimiento de los judíos de Ámsterdam. La mente calenturienta de José Arcadio Buendía imagina utilizar el invento como arma de guerra, convencido de la superioridad del ejército que adquiera su innovación en la compleja guerra solar. En vano espera respuesta de las autoridades durante varios años. Melquiades sale al rescate de nuevo, le vuelve a cambiar la lupa por los doblones en prueba de la honradez de los gitanos de palabra. Además, añade unos mapas portugueses y unos instrumentos de navegación. José Arcadio Buendía se pasa los meses de lluvia encerrado en una habitación aprendiendo a manejar el astrolabio, la brújula y el sextante. Adquiere tal “noción del espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres espléndidos.” 

Una vez exento de obligaciones domésticas porque en su casa hay consenso en cuanto a las tareas a realizar, sus investigaciones le llevan a una especie de ensimismamiento y fascinación, habla a solas. Su trabajo concienzudo tiene fruto y una conclusión solemne: “La tierra es redonda como una naranja.” Por lo tanto,  navegando al oriente se puede llegar al punto de partida. Mientras tanto, Úrsula (modelo de laboriosidad útil) y los niños se parten el espinazo trabajando en la huerta. Melquiades, un hombre “que tenía un peso humano, una condición terrestre” y una mirada asiática, le regala un laboratorio de alquimia, convencido de que su inteligencia le da para descubrir cosas que ya llevan siglos descubiertas. Junto al rudimentario laboratorio le deja también escrita la fórmula de doblar el oro. A sabiendas de que Úrsula guarda monedas de oro, José Arcadio Buendía se pone cansón hasta que ella le deja las monedas para perderlas todas, derretidas en un pegote negro y pegadas en el fondo del caldero. 

La gente que lo quiere y que lo conoce bien, se extraña del cambio de personalidad que José Arcadio Buendía experimenta desde su época de pionero y padre fundador de Macondo. Desde la llegada de Melquiades, influenciado por la sabiduría de la palabra del patriarca gitano honrado. Su casita luminosa con sus habitaciones bien distribuidas, diseñada y construida por él mismo, es imitada por los primeros colonizadores. Destaca un castaño que con el correr de los años se ha apoderado de los nutrientes del entorno y se ha hecho un árbol gigante en medio del patio. Anexos hay un huerto y un corral donde conviven pacíficamente los cerdos, los chivos y las gallinas. Los gallos de pelea prohibidos por aquello del animalismo de referéndum que quiere tapar la muerte. Úrsula tiene la casa como un pincel, siempre trabajando y organizando desde que sale el sol hasta el ocaso. Los arcones de la ropa bien doblada y ordenada exhalan aromas de albahaca. 

Macondo alberga los trescientos habitantes más felices del planeta, una aldea bien estructurada y laboriosa, sin cementerio porque nadie ha muerto allí ni de repente. Nadie supera los treinta años de edad porque “no puedes fiarte de nadie con más de treinta años.” La música del lugar la ponen los miles de pájaros cantores diferentes que obligan a Úrsula a taparse los oídos con cera de abeja “para no perder el sentido de la realidad.” Los trinos de tanto pájaro son el rasgo musical distintivo de la aldea y lo que atrajo a los gitanos por vez primera entre el sopor de la ciénaga circundante. José Arcadio Buendía los cría en jaulas y lo siguen los demás. 

La fiebre de los imanes, los cálculos, las horas de laboratorio y las ansias de conocer mundo le mudan el carácter y el aspecto físico. De alguien limpio y ordenado pasa a holgazán descuidado en la higiene y el vestir, con barba salvaje, pero que no merman su capacidad de liderar a los hombres de Macondo que abandonan su trabajo, la hacienda y la familia para seguirle en su afán de abrir una trocha que los saque de la ciénaga hasta los grandes inventos y las villas del mundo. La dirección al oriente no le interesa porque ya la habían hollado durante los veintiséis meses que duró la gran marcha anterior a la fundación de Macondo en aquel lugar para no tener que desandar el camino. Hacer el camino de regreso reabriendo las trochas de una naturaleza tan poderosa y viva que cerraba el camino ante sus propios ojos era demasiado duro. Al sur y al occidente campaba la ciénaga grande, cubierta de una eterna nata vegetal. Por esta ruta navegaban los gitanos durante seis meses cada vez que se acercaban a Macondo. El norte era la única salida, de modo que hacia allí se dirige José Arcadio Buendía seguido por los mismos hombres que fundaron Macondo. Al cabo de dos semanas de travesía agotadora pueden dormir por primera vez. Al despertar ven ante ellos, a la silenciosa luz de la mañana, la arboladura de un enorme galeón español, cubierto de vegetación; un apretado bosque de flores se había apoderado en su interior. 





"Aquel espíritu de iniciativa social desapareció en poco tiempo, arrastrado por la fiebre de los imanes, Los cálculos astronómicos, los sueños de transmutación y las ansias de conocer las maravillas del mundo"

La visión les acelera el pulso, pues la visión de los restos del naufragio indica que el mar les queda cerca, a unos doce kilómetros de allí. Allí terminan sus sueños, frente a un mar de ceniza, espumoso y turbio. José Arcadio Buendía rumia la mala situación geográfica de Macondo durante meses. Una península robada al agua, un lugar donde nunca llegaría la ciencia. Así que, como buen hombre de acción, planea la mudanza a otro lugar más propicio. Pero esta vez son las mujeres las que se oponen a los hombres y les hacen desistir. Ellas piensan que aunque no sean de allí porque aún no tienen a ningún muerto, ya han nacido niños y por lo tanto tienen tierra de Macondo agarrada a las raíces. Aureliano es el primer niño en nacer. Ya cuenta con seis años y José Arcadio Buendía apenas lo conoce. Úrsula le sugiere que más le valdría que se preocupara de los hijos que crecen como burros aparejados. José Arcadio Buendía junior es ya un adolescente, han pasado doce años desde que naciera durante la expedición fundacional, afortunadamente sano y sin ningún órgano animal, pero con poco talento e imaginación. 

 Aureliano es distinto. Tiene un don, como ya demostró a los tres años cuando predijo que la olla colocada en mitad de la mesa iba a caer y cayó. José Arcadio Buendía apenas lo conoce, vive ajeno a la existencia de los hijos. A su juicio la infancia es un periodo de insuficiencia mental que no merece mayor consideración. Sin embargo, a partir del día que los niños le ayudan a colocar las cosas del laboratorio, les dedica las mejores horas del día. Les enseña las cuatro letras: a leer y a escribir; a sacar cuentas y les habla de las maravillas del mundo. Así aprenden que en África hay unos hombres inteligentes cuyo entretenimiento es sentarse a pensar (no a ordeñar un móvil con los dedos con la ansiedad de un dopado). 

Aquellas alucinantes sesiones de José Arcadio Buendía quedan impresas de tal modo en los recuerdos de los hijos que Aureliano vuelve a revivir ante el pelotón de fusilamiento la tarde tibia de marzo cuando su padre se queda inmóvil al escuchar la algarabía de los gitanos de piel aceitada y manos inteligentes, pregonando por las calles el último descubrimiento de los sabios de Memphis. A José Arcadio Buendía le habría gustado inventar una máquina de la memoria para acordarse de todos los inventos. El alboroto de los gitanos transforma la aldea, la gente aturdida por la afluencia multitudinaria a la feria. José Arcadio Buendía se abre paso a empujones entre el gentío con los dos hijos de la mano. Desinteresados por la noticia del armenio sobre la muerte de Melquiades, ellos sólo quieren conocer la novedad de los sabios de Memphis. A cambio de treinta reales entran los tres a la carpa en la que un gigante de cabeza rapada, anillado como un jabalí de Disney y arrastrando una cadena de galeote custodia un cofre de pirata. Al abrirlo, aparece un bloque transparente que José Arcadio Buendía nunca ha visto antes y que confunde con un diamante gigante. El gitano le aclara que es hielo y que por cinco reales más pueden tocarlo. Para Aureliano está hirviendo. José Arcadio Buendía se olvida de todos los fracasos de su vida y se dispone a disfrutar de la evidencia, del milagro de las estrellas robadas al firmamento.


Yo vengo a darte los recuerdos de un hombre que conocí, vive, vive pero siempre vive acordándose de ti. 
 Me lo encontré en el camino y nos hicimos hermanos, 
 le invité a que subiera al lomo de mi caballo 
 y en una venta, tomando vino y más vino 
 a mi hermano de camino le escuché dos o tres letras: 
 "mi novia se llama Estrella y tiene un firmamento solito pa ella".
Lole y Manuel



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

Las imágenes que ilustran la entrada son del paisa universal, colombiano de Medellín,  Fernando Botero. 

domingo, 5 de agosto de 2018

Akúside (y 6) Ángel Vallecillo. Rendir obediencia.





"El mar,  que fue una palabra/ vacía y sin horizonte"

Akúside (y 6)
Ángel Vallecillo

Las cadenas de radio y televisión conectan con el Akúside Arena treinta minutos antes de la velada de boxeo entre el Capitalismo y el Regreso a la Edad Media, dos concepciones distintas del mundo. Más de mil periodistas de ciento noventa países, “esterilizados transitoriamente con el fin de prevenir la contaminación genética de la raza akusara,” cubren el evento. Únicamente la formidable estructura física del Campeón esquiva la sospecha de bache en el ADN. Un poco de refresco a las reatas de akusaras no vendrá mal para que no digan que rechazan la biodiversidad biológica; hay que parir al hijo erguido, la esperanza de la raza. Tampoco es que las periodistas se vayan a follar a todos, sólo a criaturas humanas perfectas, los más guapos entre los elegidos para conservar la simiente, que se mueran los feos y los detectados por el antivirus. Pero esto es boxeo señoras y señores y la contienda aparentemente desigual entre el Campeón invicto en cincuenta y dos combates y el Caballo, lastrado con cuarenta y nueve años de edad, está a punto del “segundos fuera.” Los akusaras de la República racista y anticapitalista ya son el hombre nuevo, menos de fiar que la garduña en Rinconete y Cortadillo. Las casas de apuestas, que rara vez se equivocan, están cien a uno a favor del Campeón. Los enviados especiales de todo el mundo a cubrir el combate se han enterado de más cosas sobre el Caballo en media hora de estancia en Akúside que en los seis meses anteriores de propagada y basura informativa que les han colado sobre la pelea desde la República nueva.

Rebai entra en el salón de Analecta. Muerto Aitor, la República necesita un heredero de su cuerpo y sangre, no de un Axiámaco hundido, triste y moralmente enfermo. Se pincha en vena la cápsula de sangre 858, la misma que le han inyectado a Turina y que transformó al jinete insecto, sangre mezclada de basuras y akusaras caídos durante la guerra de independencia que infecta al receptor de la ceguera y la barbarie necesarias para declarar la guerra al enemigo. Hoy engendrarán al heredero. “Rebai la penetra de espaldas” mientras ella le acusa de querer matar al padre y al hijo por incumplir la ley Nabula, pero algo salió mal porque el general sobrevivió a la emboscada. Axiámaco presencia el ayuntamiento detrás de las cortinas sin liberar el freno de la venganza. Sólo cuando ella grita: “¡Aitor, mátalo!” sale del escondrijo y a punta de cuchillo arrincona a Rebai. Analecta descubre la falsedad; ellos no son hermanos, falsificaron el libro de familia para que emparentando con el pueblo humilde éste los encumbrara al poder y lo quisieran. Axiámaco reniega de la guerra y de que Rebai nunca se manchara de sangre, otros lo hacían por él. Sus hijos no cayeron en la lucha, siempre peleó desde su trinchera, nunca desprotegido por el supremacismo de raza para no correr ningún riesgo. 




"Hoy es un niño que canta / sobre cuarenta prisiones"

Rebai le recuerda las palabras que pronunció en la sexta asamblea, las razones que les convencieron para continuar con los atentados terroristas. Dispuesto a matar a su propio hijo por la patria porque lo que importaba era la acción, no la identidad de la víctima. Aquellas palabras que le empujaron a ponerse al mando de la banda terrorista porque con aquella determinación fanática vencerían. Axiámaco le sigue acusando de aprovecharse de la guerra para pillar poder y conservar el estatus, de hurtarle protagonismo y de engañarlo. Nadie quería la independencia. Mandó matar a Aitor porque la gente le amaba y a él lo odiaban. Mentiroso como la serpiente del sílex. “Estabas tan poseído por la idea de la patria parabellum que no te dabas cuenta de nada.” Le insiste al general en un último intento de salvar el pellejo. Axiámaco le señala la cápsula vacía de sangre, la misma que se había guardado en el bolsillo en el bosque mientras hunde el cuchillo en la garganta de Rebai. La sangre le explota en la cara al tiempo que se desangra de sangre akusara. Cuando va a repetir la operación con la suya, Analecta lo detiene diciéndole que es necesario para lavar la patria de pasado y guiarlos al futuro por una nueva vereda. No habrá más derramamiento de sangre.

Mientras la vida, la muerte y el futuro de Akúside se resuelven a navajazos en la Torre Guernica, el intercambio de puñetazos se sucede a ritmo vertiginoso en el ring del Akúside Arena. El duelo es desigual, pero el débil cuenta con hándicap y ayuda exterior en forma de sangre recién inyectada. El combate es también a matar o morir. Con apuros, pero ganan los buenos; el Campeón salvado por la campana al final del conteo del tiempo atrás.

El autor narra el combate desde varios puntos de vista, imprime al relato un frenético ritmo de thriller. Dos retransmisiones de televisión, una extranjera y otra local, el rincón de Tool Morgan y la mente del Campeón, confusa de jabs, crochés, directos a la mandíbula o uppercuts, que en la última cuenta se levanta de la lona como un resorte al recordar el maltrato del padre a la madre para noquear al adversario y lanzarlo desmadejado al suelo de pedernal definitivamente.




"Un niño que se despierta / como una ola gigante"

El tiempo corre y el espacio es el mismo, la novela se silencia durante siete años, esa misma noche se cumplen los siete años de descuento, la muerte anunciada por Analecta. Axiámaco tiene una pila de libretas escritas durante los años de terrorismo. Al leerlas pasados los años, se avergüenza de haber escrito tantas barbaridades y de haber pertenecido a esa clase de gente que provoca rechazo y que uno se cambie de acera para no cruzarse con ellos, una especie asesina.

Da igual el lugar por el que abra las libretas, lo escrito con prosa de mente y pluma privilegiada, no al alcance de cualquiera, está impregnado de fe ciega y fanatismo. Una guía para terroristas expertos en matar más, usada como manual de instrucciones en todo el mundo por otros que nieguen la diversidad ideológica y no les importe matar y mutilar a la gente para imponer las ideas propias y llegar al poder. Por supuesto, para eternizarse luego en él; no han matado tanto para cederlo a otros así como así. Seguramente nadie de los suyos le hará caso. La propaganda se encargará de establecer que Axiámaco ya chocheaba cuando lo escribió. Enfebrecido de intolerancia, pero escrito está.

El nuevo presidente escribe los comentarios del arrepentimiento en la misma habitación en la que se guarda como una reliquia escayolada por el tiempo el cuerpo incorrupto de Aitor. “Nada vale el sacrificio de un inocente.” Esa es la reflexión final del terrorista arrepentido. Concluye así la novela con premio de los críticos que más saben de narrativa, algo tendrá la esgrima del boxeador.

El mar es más que un paisaje, 
también es un sentimiento, 
es un corazón que late 
negándose a seguir muerto; 
no rinde más obediencia 
que la que exigen los vientos, 
no lo sujetan cadenas 
ni se detiene ante el fuego.
Luis Eduardo Aute



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.