jueves, 18 de febrero de 2016

El Alcalde de Zalamea (y 5) Pedro Calderón de la Barca. Al mono castigar.






"Y si queréis desde luego/ poner una S y un clavo / hoy a los dos y vendernos"


El Alcalde de Zalamea (y 5) 
Pedro Calderón de la Barca 

Jornada tercera 

Aparece en escena el escribano. El nuevo personaje está ungido de autoridad. Como fedatario, viene a dar marchamo de legalidad al cambio de jerarquía de Pedro Crespo, el concejo lo ha elegido Alcalde de la localidad. Llega también como heraldo del Rey, advierte de que el monarca llegará a la villa en el curso del día y confirma que han traído al capitán a curarse de una herida. De ahora en delante de don Pedro Crespo dependerá que se imparta justicia en Zalamea

Al parecer,  la herida del capitán ha sido leve y apremia al sargento a marchar antes de que entre los villanos se corra la voz de que están en la villa. El capitán se siente seguro de la impunidad que le ofrece su campanario, el aforamiento militar. La fuerza de la milicia le protege. La justicia ordinaria carece de competencia para juzgarle, únicamente tendrá que rendir cuentas ante un consejo militar. Sin embargo, el escribano actúa con severidad, ordena apresar a todos los hombres y matar al que intente escapar. 

Pedro Crespo tendría todo el derecho a aparecer en escena portando la vara de ayuntamiento, con la solemnidad del recién nombrado mandamás del pueblo, pero el alcalde recién elegido sabe que tiene que gobernar para todos, en contra de nadie, dando así una lección de buen gobernante. Retira el símbolo de la autoridad y se desgrana con el capitán. Considera que “buscar remedio a mi afrenta,/ es venganza, no es remedio.” 

La acción se encamina al garrote y hay necesidad de justificar la pena capital, que el escarmiento sea merecido. Con ese fin, al militar se le ofrece una segunda oportunidad, una posibilidad de arrepentimiento si se casa con la agraviada. Él la rechaza con arrogancia. Don Pedro le presenta toda su hacienda, se humilla hincándose de rodillas y le ofrece lo más valioso para un hombre: su libertad, en ingenioso juego de palabras: “y si queréis desde luego/ poner una S y un clavo.” Para nada porque lo que recibe es un altanero: “viejo cansado y prolijo, /agradeced que no os doy /la muerte a mis manos hoy, /por vos y por vuestro hijo.” Le niega hasta el aire de respirar. Hay que tener ganas de tener razón para continuar con la ofensa y llamarle “caduco y cansado viejo.” Son palabras arrogantes, hirientes y rebuscadas, una declaración de guerra unilateral que hace imposible el acuerdo, amparándose en la justicia militar que le corresponde por su condición de soldado. 

Pedro Crespo toma la vara de mando al ver imposible el pacto y exclama a lo más alto: “¡Juro a Dios! Que me lo habéis de pagar! […] Con muchísimo respeto/ os he de ahorcar ¡Juro a Dios!” Ordena que le pongan un par de grillos y una cadena, a todos tres que los pongan en prisión. 



"Con respeto / un par de grillos le echad / y una cadena y tened / con respeto gran cuidado."

Primero hará cantar a Rebolledo y a la Chispa por las buenas o por las malas - en el potro de las torturas de Torquemada- acerca de lo acontecido por la noche. La ley ampara a la Chispa que está preñada. No la pueden torturar para sorpresa de la concurrencia por creerla varón. 

Aparece Juan cansado de andar por el monte a la búsqueda de Isabel. Se ha atrevido a desertar para volver a la casa familiar en busca del consejo paterno otra vez. Sus intenciones son matarla para lavar la honra familiar. Y lo habría hecho de no ser por el padre que aparece con la vara de autoridad ordenando que lo lleven preso por herir al capitán, al menos por guardar las apariencias y que nadie diga que utiliza la ley a su antojo, que se toma la justicia por su mano. La justicia siempre ha de ser la dama ciega, nunca sectaria para que sea justicia y no venganza ni escarmiento. 

Pedro Crespo obliga a Isabel a denunciar al injuriador, no sin algún reparo, echándole en cara que no la vengara por no darle publicidad a la afrenta. Ahora le pone altavoz a la investigación como acto de libertad, única manera de compensar su honra perdida. Deja a un lado el particular código del honor con su liturgia sinuosa que ordena venganza y escarmiento como reparación, así ha sido educado. 

La acción se precipita hacia el final. Aparece don Lope en escena para reclamar al capitán. Ha vuelto porque el sargento, que se libró de las detenciones, le dio aviso. ¿Cómo se atreve un alcalducho de pueblo a procesar a un militar? No tiene jurisdicción sobre los militares. Ellos no actúan al margen de la ley, se rigen por sus propios códigos, mucho más severos que los que se aplican en la calle y los quiere aplicar. Aún no sabe que Pedro Crespo es el nuevo alcalde. Vuelven a chocar los dos personajes principales con su verdad propia y error ajeno siempre a cuestas, ahora por un tema de competencia jurídica. Mientras el militar se basa en la ley escrita, el labrador se rige por el código del honor, no escrito en parte ninguna, pero que todo el mundo conoce y cumple porque es la tradición y la costumbre si no quieren verse apartados de su grupo. El encontronazo está servido entre estos dos personajes de casta, con sables en las defensas. Don Lope obstinado: “Yo me he de llevar el preso; ya estoy en ello empeñado.” Y don Pedro decidido a seguir con la investigación de la violación de su hija. Don Lope no tiene nada que ofrecer, menos que dialogar. Ordena a un soldado que las tropas: 
“ bien ordenadas 
 lleguen aquí en escuadrones, 
 con balas en los cañones 
 y con las cuerdas caladas.” 
El conflicto en su punto más álgido cuando don Lope amenaza que si no le entregan el preso: 
“poned fuego y la abrasad. 
 Y si se pone en defensa 
 el lugar, todo el lugar.” 





"No hemos de dejar, señor, / salirse con todo al tiempo, /algo hemos de hacer nosotros /para encubrir sus defectos."


Justo en ese momento el Rey Felipe II hace su aparición en escena. Una vez enterado de los pormenores de la querella, pone paz entre los bandos, pero ya la sentencia está ejecutada. Don Álvaro ya criando malvas está. Don Pedro ha puesto especial cuidado en que todo se haya hecho con cierta legalidad. El Rey se encuentra ante una situación de hechos consumados. No quiere dejar enemigos en la retaguardia, necesita toda la tropa en Portugal. Dicta sentencia a favor del alcalde a pesar de que el ajusticiamiento fuera por garrote y no por degollamiento como marca la ley militar. El verdugo del pueblo no ha aprendido a degollar, solo sabe agarrotar. Su Señor el Rey dicta sentencia irrevocable:

“bien dada la muerte está; 
 que errar lo menos no importa 
 si así acertó lo principal..” 

Y nombra a Pedro Crespo alcalde de Zalamea a perpetuidad. Allí no queda más lugar que el acatamiento, dar cumplimiento a lo dispuesto por el Rey. Liberan a Rebolledo y a la Chispa; a Isabel la internan en un convento donde le espera un novio menos exigente en calidad. Sin honra y sin barcos no pasas de ser un residuo nuclear que nadie quiere cerca de su hogar, material conventual. 

Y se despide el autor afirmando que lo escrito, escrito está y además, basado en la realidad. Y si todo no es verdad; al menos aparentar, como establecía el maestro Lope de Vega a quien sigue Calderón con fidelidad.

They’re driving long nails into coffins 
You’ve been having sleepless nights 
You've gone as quiet as a church mouse 
And checking on your rights 
The boss has hung you out to dry 
And it looks as though 
They'll punish the monkey 
Let the organ grinder go
Mark Knopfler




El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


6 comentarios:

Paco Cuesta dijo...

La vara de alcalde dio a Pedro Crespo la oportunidad de hacer justicia a un ultraje que pedía venganza.
Un abrazo

Pedro Ojeda Escudero dijo...

La obra hila bien cómo se debe pasar de la venganza personal a la justicia. Y cómo el Rey sanciona todo: por necesidad también, pero poque es quien puede hacerlo al inclinarse hacia lo correcto. Una forma en la que todo queda cerrado y nada se escapa: un lazo ideológico que adorna una situación escurridiza...

RECOMENZAR dijo...

Tienes un blog muy interesante
Gracias por compartirlo

La seña Carmen dijo...

¿Hubo verdadera transgresión del orden social? ¿Forma sutil de decirle a la máxima autoridad, el rey, que debía poner orden en los atropellos tan frecuentes en aquella época?

Abejita de la Vega dijo...

Leña al mono, que es de goma.

El capitán no concibe casarse con una villana de malas manos y malos pies. Desprecia al viejo decrépito que se arrodilla y le ofrece toda su hacienda, incluso que le marquen como esclavo y le vendan. ¡Terrible escena! Coge Pedro la vara de nuevo y el garrote estará bien dado.

La Chispa y Rebolledo a cantar y no precisamente jácaras.

Un abrazo, Pancho.

Gelu dijo...

Buenos días, pancho:

El viejo decrépito -posiblemente-, no pasaría de los cincuenta años.
El respeto, ¡cómo se atreve a exigirlo quien no lo ha tenido!. El tono en Pedro Crespo, al “pronunciar” repetidamente esa palabra, sí es el justo, después de las afrentas del humillante y soberbio capitán.
¡Ay, los jueces! ¡Y los monos!

Un abrazo