lunes, 9 de noviembre de 2015

Novelas Ejemplares (9) El coloquio de los perros. Miguel de Cervantes. En tu puerta.





"Volviéronme a casa y a la antigua guarda de la puerta"

Novelas Ejemplares (9) 
El coloquio de los perros 
Miguel de Cervantes 

Berganza aprueba tener aspiraciones en la vida, siempre que la ambición no implique daños a terceros. Algo que rara vez se logra, ya que la ambición personal consigue con dificultad despegarse del perjuicio a un semejante. Los dos perros parlantes se conjuran para no murmurar, a pesar de lo difícil que resulta hablar durante dos horas seguidas sin caer en la trampa, sin atollarse en la tentadora blandura de la murmuración. Hablar mal de la gente lo mamamos desde la cuna como lo demuestra el hecho de que un niño “casi la primera palabra articulada que habla es llamar puta a su ama o a su madre.” Berganza promete morderse el pico de la lengua hasta el dolor, cada vez que caiga en la tentación de la murmuración. 

 Un día los hijos del amo se olvidan los donuts y la cartera en casa. Así que Berganza, acostumbrado a llevar la cesta en la boca, se la lleva al Estudio como un entrañable perro San Bernardo, uno de esos perros blancos grandones que vemos en las estampas con un barrilito colgando del cuello. Se acostumbran a que Berganza les lleve el Vademécum, lo cual él hace de buen gusto pues ello significa darse gran vida de perro. A cambio se deja meter la mano en la boca sin morder. Permite que los más pequeños le monten a los lomos como un algodonoso burrito peludo. Incluso aprende a cascar nueces y avellanas como una persona, a comerse lo de dentro y desechar lo de fuera. Pasaba la vida pegado a los estudiantes sin hambre y sin sarna,  que tan unidos a la muchachada estudiantil crecen y que no se da lo uno sin lo otro. Más de un estudiante literalmente se empeña para que él almuerce. 

Pero fue razón de estado, de fuerza mayor, que algo le sacara de aquella etapa de bienestar y quietud. Algunos profesores se quejan de que los estudiantes se distraen entre clase y clase con el perro,  en lugar de repasar la lección o preguntar las dudas al profesor. Berganza tiene que regresar al viejo oficio de guardar la puerta. Ahora atado, con una esterilla para dormir y regresar a la escuálida ración perruna, a menudo diezmada por dos astutos gatos romanos que le birlan lo poco que una negra de la casa le da de las sobras. Y qué mal se acostumbra uno a volver a las estrecheces de la austeridad después de saborear las mieles de la abundancia. 




"Cuán dura cosa es de sufrir al pasar de un estado felice a un desdichado"


Atado detrás de una puerta, confinado al breve espacio de una esterilla desgastada por las pisadas, sometido a la miseria del menú de una esclava negra, a Berganza se le “amontona la noche sin esperanza de día.” (Gracias, Miguel Hernández poeta). Pide permiso a su interlocutor para filosofar un rato porque aquellos días ociosos le hacen recordar otros días que acompañaba a sus amos al Estudio, también a pensar en los latines aprendidos y que almacena con los cachivaches inservibles en el desván de la memoria. Determina aprovecharse de ellos, pero de manera diferente a como lo hacen algunos romanistas que luego “apenas saben declinar un nombre, ni conjugar un verbo.” Cipión le previene de entrar en esos jardines por miedo a que sea el demonio el que invita a usar la filosofía como velo de las murmuraciones. Le advierte de que si escudriñamos al murmurador, hallaremos su vida llena de vicios e insolencias. Convienen en que tanto daño causa quien usa latines delante del ignorante, como el que los dice ignorándolos. Los latines no excusan de ser asnos. Aboga por la discreción para saber callar en romance y hablar en latín. Le vuelve a advertir del peligro que corren de ser llamados “perros murmuradores,” le apremia a continuar el relato y que deje de hacer soga con tanto intermedio. 

A todo se acostumbra uno. Por malo que sea. Como Berganza se ha acostumbrado a la esclavitud de la cadena, a la misma puerta y a la mezquindad de la esclava negra. (No parece que Cervantes esté muy de acuerdo con el uso de circunloquios y rodeos que defiende Cipión para “templar la asquerosidad de oírlos.”) No es tan fácil que Cervantes se avenga así como así a no llamar las cosas por su nombre, a lo políticamente correcto. 

A medida que avanza el relato, las intervenciones de Cipión son cada vez más frecuentes. El autor se alarga en las paradas narrativas de forma natural, sin estridencias, y la historia se ralentiza en su avance con tanta digresión, que es, como vamos viendo, la parte esencial y más significante del coloquio. 




"Volvía a entregar el cuello a la cadena y el cuerpo a una esterilla"


 Sucede entonces que la empleada de hogar se ve con su novio, también de color y empleado de la casa. Para ello han contrahecho las llaves de la puerta y comprado el silencio de Berganza con un buen trozo de carne o queso. Al principio calla por miedo a pasar de lustroso mastín quieto a enjuto galgo corredor. Pero le entran recargos de conciencia debido a su buen natural de perro honrado. (La fidelidad se le supone como el valor a los generales) 

“Como hacen los portugueses con los negros de Guinea.” Denuncia Berganza las malas mañas de los vecinos para apoyar su razonamiento de exprimir a los que van por la vida engañando “con el oropel de sus gregüescos rotos y sus latines falsos.” 

Decide actuar por su cuenta y riesgo, le pega un mordisco en los cuartos traseros en sordo y sin ladrar y le rasga la camisa de arriba abajo, (Como Camarón en Soy Gitano) dejándola postrada ocho días en cama. La negra, hueso duro de roer, vuelve a la carga. De nuevo sale escalabrada; como consecuencia, Berganza ve la comida alzada. Así hasta que las cosas se ponen feas de verdad porque ella lo quiere matar con una esponja untada de manteca que hincha los perros hasta morir. En vista de que el acuerdo con tan indignados enemigos es imposible, acuerda con buen criterio poner tierra de por medio, hacer la ida del cuervo: me voy y no vuelvo.


En tu puerta no hay ventana
 por donde poderte hablar. 
Tarde, hermosura lejana 
que nunca podré lograr. 

Y la tarde azul corona 
tu puerta gris, de vacía. 
Y la noche se amontona 
sin esperanzas de día.
Miguel Hernández/Javier Bergia y Begoña Olavide




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



3 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Qué tejido de buenos juegos intertextuales en tu entrada. En efecto, cuánta gente se acostumbra a la cadena. Algunos porque no tienen más remedio, otros incluso ni la ven.

María del Carmen Ugarte García dijo...

ESta noticia creo que viene muy al pelo: http://www.20minutos.es/noticia/2569829/0/universidad-cadiz/orla-perro-idena-alumno-ciego/trabajo-social/

Abejita de la Vega dijo...

Loables esfuerzos los de Berganza para no caer en la murmuración, naufragio de las honras. Es un perro más humano que muchos humanos.

Ese pasaje de Berganza en el colegio me suena que lo leí en el colegio. Lo que no venía en los manuales escolares es lo de la negra con la esponja asesina.
Y qué triste es la cadena después de haber sido libre.

Un placer leerte. Un abrazo.