domingo, 28 de septiembre de 2014

El Quijote de Avellaneda (4) Alonso Fernández de Avellaneda. Mándame una señal




"Por tanto, señor Quijada, por la pasión que Dios pasó, le ruego que vuelva sobre sí y deje esta locura en que anda, volviéndose a su tierra"

 1958-Garden City
 
El Quijote de Avellaneda (4) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo VII 

Una cuadrilla de muchachos desocupados hacen corro a los recién llegados al pueblo entre chanzas y risas. Extrañas figuras salidas de la antigüedad. En vista de una audiencia tan numerosa don Quijote toma la palabra como si fuera Julio Cesar dirigiéndose al Senado y pueblo romano. Quiere saber si de la ciudad han salido salteadores que les han robado sus caballerías y dejado malheridos. Si no, los reta a combate uno a uno o a todos a la vez. Mosén Valentín les ve venir. Considera a este hombre disparatado una oportunidad de entretenimiento para todos y le sigue la corriente. Le pide la descripción de los malhechores que le han descalabrado y robado, serán castigados. Don Quijote desvaría con Orlando Furioso y el traidor Bellido Dolfos. 

¿Para qué es menester andar con zorrinloquios? Se cuestiona Sancho dolorido. Que dios cohonda al melonero, mozo lampiño que derribó a su amo de una pedrada y les robó las caballerías. 

Mosén Valentín dispone que no les falte de nada, los aloja en su casa en una buena cama. Llama al barbero para que los cure de unas heridas hondas que a don Quijote le parecen hechas con el tronco de una encina. Los males de Sancho son calenturas interiores que le tienen baldado, pero no tanto como para quitarle las ganas de comer. El clérigo organiza la cena, averigua dónde paran las monturas y ordena que las devuelvan a sus amos para gran contento de Sancho que recibe a su pollino entusiasmado, exclamando con las carnes abiertas: "¡Ay asno de mi alma!" 


  "Como se vio don Quijote en la plaza cercado de tanta gente, viendo que todos se reían, comenzó a decir:"
  
 1958-Garden City

Pasan casi ocho días de convalecencia en casa de Mosén Valentín, entreteniendo al personal del lugar con fantasías de caballero andante, aumentadas con la intrínseca sencillez del fiel escudero. Don Quijote barrunta el peligro que precede al trueno de  la tormenta, siente la necesidad de volar, añora la libertad de los pájaros de la marisma, la excepción del toro de casta. Que le dejen solo en sus trabajos para aprender a comer la corteza dura del pan con su propio pico. El clérigo escucha con atención las ansias de libertad y le previene de la Santa Hermandad que no ama la heterodoxia ni tampoco consiente burlas, “le ahorcará, perdiendo la vida del cuerpo, y lo que peor es, la del alma”. Le pide que desande el camino andado, vuelva a su tierra, deje su locura y se dedique a hacer el bien a los pobres. Visite a los enfermos, lea libros devotos y converse con gente honrada. Que abandone las vanidades aventureras, pues ya es hombre mayor y no arrastre a su compañero que tampoco ha cerrado la mollera todavía. Sancho aprueba lo dicho por el cura, pero señala que con su amo no hay razones que valgan. Numerosas veces se han visto en “peligro de perder el pellejo por los grandes desaforismos que mi señor hace por esos caminos, llamando a las ventas castillos,” y confundiendo a los hombres, por Gaiteros, Guirnaldos, Bermudos y Rodamontes. Su amo quiere “que aunque me pese le siga; y para ello me ha comprado este mi buen jumento y me da cada mes por mi trabajo nueve reales y de comer; y mi mujer que se lo busque, que así hago yo, pues tiene tan buenos cuartos.” 

¡Afuera pereza! Exclama don Quijote acusándoles de cobardes y pusilánimes. Pide las armas y la montura, no vaya a pegársele la polilla de aquellas gentes. En plena sensatez del desvarío se despide del clérigo, agradeciéndole el alojamiento y ofreciéndose a combatir a cualquier gigante que le haya agraviado. 

Sancho agradece el servicio y,  a diferencia de su amo, no brinda por peleas de las que salir apaleado, allí está su casa para lo que haga falta. Le ruega que rece a Santa Águeda, abogada de las tetas, y le desea que viva tantos años como Abraham. 

Salen del pueblo asediados por un corro de muchachos y de gente al grito amenazador de ¡Al hombre armado! Para apaciguar el gentío, Sancho les promete proclamarles canónigos de Toledo cuando don Quijote sea emperador y el mismo sea distinguido como   Papa o monarca de alguna iglesia. Los paisanos les despiden con una lluvia de pepinos y berenjenas al tiempo que Sancho reniega de los zancajos de la mujer de Job. Ponen rumbo a Zaragoza donde verán la maravilla. 

Capítulo VIII 

De bien poco le sirve a nuestra pareja de caminantes a lomos de caballería la prisa que se dan en llegar a Zaragoza. Cuando se encuentran a una milla, se topan con tropeles de gentes que vuelven de las justas. Los ocho días de convalecencia han sido demasiados para llegar a tiempo a la competición. Don Quijote entra en un proceso de profunda decepción. La desesperación hunde en la miseria a nuestro hidalgo. Entran a la ciudad por la Aljafería, el caballero sepultado bajo el peso de un melancólico mutismo. De nuevo se ve cercado por curiosos que quieren observar de cerca a la estantigua que llega armada de arriba abajo con todas las piezas. Escuchan estupefactos cómo desafía a la justicia y a los caballeros del lugar por haber hecho las justas con tanta diligencia. Pondrá un cartel retador en todas las plazas y cantones. 


"Con esto, iba tan mohíno y melancólico, que a nadie quería hablar por el camino, hasta tanto que llegó cerca de la Aljafería."  
1938-Paris-Secretaire

Sancho, leal a su amo hasta el tuétano, corrobora la condición de caballero andante de don Quijote. Hace mención a las guerreaciones en la Mancha y Sierra Morena, que si bien no todas terminaron en éxito, su amo ha jurado venganza si topan a los enemigos de nuevo y los pillan por sorpresa “ solos y dormidos, atados de pies y manos, que los hemos de quitar los pellejos y hacer dellos una adarga muy linda para mi amo.” 

Don Quijote se adentra en la ciudad montado en Rocinante que a “cada tablilla de mesón que veía se paraba y no quería pasar” Sancho rabioso de cansancio y hambre lo sigue con su rocín de ramal. 

 La justicia aparece la calle alante. Trae un hombre, caballero en un asno, desnudo de cintura para arriba, soga al cuello y recibiendo doscientos azotes por ladrón. Seguido de doscientos muchachos detrás. Don Quijote se encara con ellos y los apremia a soltarle. Sorprendidos por la insolencia le gritan: “¿Qué diablos decís, hombre de Satanás? ¡Tiraos afuera! ¿Estáis loco?"

¡Oh santo Dios, y quien pudiera pintar la encendida cólera que del corazón de nuestro caballero se apoderó en este punto! 

“-¡Favor a la justicia! ¡Favor a la justicia!” Reclaman con fuerza los atacados. Infinitos espadazos reducen a don Quijote a quien llevan a empellones a la cárcel. Los pies trincados por un cepo, las manos esposadas. Aún le quedan arrestos para sacudirle a un mozo con las esposas en la cabeza. Iba a secundar cuando el padre le remedia media docena de mojicones en la cara dejando al pobre don Quijote hecho un retablo de duelos. 

En vista de la avalancha de enemigos, Sancho calla como un santo. No se atreve a decir que es el criado del detenido por la cuenta que le tiene. Reniega de la suerte que le arrastra por los caminos para sufrir tanto infortunio, comiendo aves del cielo y alimañas de la tierra, tornándose otro Juan Guarismas, andando a gachas como un oso selvático. 

Sancho escucha aquí, pregunta allí, pero ni una buena noticia de su amo. No hay quien lo libre de doscientos azotes y una condena de treinta o cuarenta años a galeras por estorbar a la justicia. A la espera de más castigo, le desherran el cepo para sacarlo a la pública vergüenza de las calles. 
 Mándame una señal
por la virgen del calvario
que más no puedo esperar

Juan Gomez / Silvia Pérez Cruz 


 


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
 

Las ilustraciones están tomadas de aquí

4 comentarios:

Abejita de la Vega dijo...

Te acompaño en tu camino, junto a un don Quijote distinto.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Don Quijote detenido. Qué diferente al altercado del baciyelmo. Debió reconfortar a muchos percibir que a quien se sale del camino la justicia lo echa mano. Don Quijote vuelve el redil de lo social.
Me había preocupado tu ausencia.

Gelu dijo...

Buenas noches, pancho:

Como vas adelantado tendrás que esperar; pero, ten por seguro, que te acompañaremos en tu caminar, a desfacer entuertos y al lado de Don Quijote.

Un abrazo

P.D.: ¡Qué requetebien canta Silvia Pérez Cruz,...hasta por bulerías!.

María del Carmen Ugarte García dijo...

Sin querer desvelar acontecimientos, ¡qué fácil se entraba y se salía de la cárcel en aquellos años! Ese capítulo parece casi escrito por el guionista de Águila Roja, aunque en él no haya katanas pero sí influencias, como toda la vida. :-)