sábado, 20 de febrero de 2021

Inés del alma mía (1). Isabel Allende. Las manzanas no huelen.






Inés del alma mía (1)
Isabel Allende 

Isabel Allende nace en Perú en 1942, hija de diplomático, primo hermano de Salvador Allende, mítico presidente de Chile que muere metralleta en mano defendiendo el Palacio de la Moneda y la democracia chilena. La autora tiene que exiliarse (el más terrible mal que le puede pasar a un ser humano) en Venezuela en 1975 porque el régimen excesivo de Pinochet no “tolera que exista un pensamiento libre y crítico que desafíe su propaganda”. La sobrina del presidente caído trabaja de periodista en Santiago, actividad que pretende continuar en Caracas con muchas dificultades porque no es lo mismo la austeridad y rigor chileno que la laxitud y flojera caribeña. De la necesidad y de la magia del mar Caribe hace virtud que la empuja a escribir novela, de aquí surge “La casa de los espíritus”, su obra maestra. 

La vida de Isabel Allende contiene un culebrón sudamericano. A poco que se indague en su biografía se observa que tuvo una infancia feliz, exenta de preocupaciones materiales. Se la puede considerar una privilegiada del sistema que recibe una educación exquisita, ve el mundo desde una posición pequeño burguesa que le permite tiempo libre para leer con bolígrafo y papel y aprender las estrategias de la escritura, eso no quiere decir que pueda vivir sin trabajar. Ni siquiera Bill Gates que nos quiere poner a comer hamburguesas sintéticas lo hace aunque pueda. Isabel Allende es una profesional de la escritura desde que tiene uso de razón, al estilo de los grandes autores hispano americanos como Julio Cortázar, Juan Rulfo, García Márquez o Vargas Llosa. Por citar a algunos que rompieron la vajilla y la precedieron en el oficio de retorcerle el cuello al cisne con excelencia en sus países respectivos. 

Isabel Allende levanta controversia cada vez que escribe una novela porque sus obras se convierten en superventas para los estándares del idioma castellano. A mi juicio es una escritora con oficio, gran capacidad de contar historias y con baraka. La suerte la encuentra trabajando. Construye artefactos narrativos sencillos que sigue a rajatabla. Le da al lector todo bien migado para que no tenga que volverse del revés para entender la lectura, leyéndola se pasa un buen rato. Hay quien la acusa de ser una simple escribidora, pero de las mejores, diría yo. Siempre hay celos y gente que le tiene gato cuando escuchamos estas apreciaciones de colegas de profesión que todo lo critican. Enseñar deleitando también es un arte, pues como afirmaba Cervantes, no siempre se está en los oratorios, la lectura tiene esa vertiente de liberación para el lector, un respirar y andar por las alamedas. La escritura como juego divertido, no ese semblante de cabreo permanente en el que algunos se asientan. Se nota que Isabel Allende se divierte al escribir. 

Mi ejemplar de “Inés el alma mía” es de tapa dura y presenta una portada espectacular que te gana por la vista. Un desnudo de mujer de aroma mediterráneo, espectáculo de sensualidad. La imagen está atribuida a Leopold Reutlinger, hacia 1890. Me recuerda a aquella descripción magistral de Gabriel García Márquez en “Cien años de soledad”: “Entonces comprendió que no era esa la mujer que esperaba, porque no olía a humo sino a brillantina de florecitas, y tenía los senos inflados y ciegos con pezones de hombre y el sexo pétreo y redondo como una nuez y la ternura caótica de la inexperiencia exaltada. Era virgen y tenía el nombre inverosímil de Santa Sofía de la Piedad”. Una mujer varonil (un marimacho, diría un castizo). Pedro Ojeda nos presenta el término “varona”, más académico. 

La autora nos advierte que la protagonista, Inés Suarez (1507-1580), nace en Plasencia, tierra fértil bañada por el río Jerte, a tiro de piedra de la frontera natural, la montaña que separa la llanura extremeña de la meseta castellana. Viaja a América a los treinta años de edad donde tuvo influencia política y poder económico. Añade que la razón que le decidió a escribir sobre Inés estriba en que ha sido una mujer olvidada durante cuatro siglos largos. Concluye que ella únicamente ha dado continuidad a hechos ciertos, narrados en las crónicas de la época y entregadas a los Dominicos por su hija Isabel de Quiroga en 1580. Hay cierto aroma cervantino en esta construcción del narrador en semejanza a los cartapacios de la Alcana de Toledo. 




A continuación, nos topamos con un mapa que representa la morfología alargada de Chile, el “largo pétalo de mar” de Neruda. La expedición de Valdivia (1540-1541), la época de los expedicionarios fundadores de ciudades. Si nos fijamos un poco es notable el mestizaje de nombres nativos araucanos y españoles: Chiuchiu, La Serena; Atacama, Santiago; etc. 

Sigue una ilustración en b/n de Manuel Ortega que reproduce un óleo de José Mercedes Ortega conservado en el Museo Histórico Nacional de Santiago de Chile en la cual vemos a Inés espada en mano animando con su presencia poderosa a los soldados en la defensa de Santiago. Las seis ilustraciones que preceden a cada uno de los capítulos en los que Allende divide la obra son de la edición de 1852 de “La Araucana” de Alonso de Ercilla. 

Aunque todo lo anterior sea novela, conviene destacar que el relato propiamente dicho no comienza hasta la página trece. Un largo prolegómeno de explicaciones para que el lector no se llame a engaño. El relato está en primera persona, Inés Suarez, conquistadora, capitana fundadora presiente que ha entrado en el tiempo de descuento y escribe las memorias. Ha sido testigo y vivido desde la primera hora la conquista y fundación de medio Chile. Ha enterrado a muchos de los suyos y esa tierra ya es suya. Macondo no es tierra de los fundadores hasta que no inauguran el cementerio. Ella ha enterrado a Catalina en Santiago, una criada quechua, de Cuzco, que la ha acompañado desde los tiempos del gran viaje hacia el sur. Inés tercia en el desorden del mundo nuevo, “donde no rigen las leyes de la tradición y todo es revoltura: santos y pecadores, blancos, negros, pardos, indios, mestizos, nobles y gañanes”. Llega a señora viuda del Gobernador, Rodrigo de Quiroga, conquistadora y fundadora del Reino de Chile. 

Una visita a la reproducción de las naves de Colón (la Santa María, la Pinta y la Niña) en Palos de la Frontera, debería ser obligatoria para cualquiera que quisiera tasar el valor de aquellos seres humanos que se decidían a cruzar los miles de kilómetros de océano en dirección oeste, siempre hacia la tumba del sol. Sólo los mejores, hombres y mujeres con la hierba entre los dientes, los más audaces, pendencieros ávidos de aventura se atrevían a embarcar en aquellas auténticas cáscaras de nuez. Algo parecido ocurre ahora con los que dicen que nada tienen que perder, llegan a las envejecidas playas mediterráneas desde los países jóvenes de más al sur en cayucos y pateras con camisetas de Messi y móviles de última generación en los bolsillos tras pagar un dineral por el embarque. En la actualidad el viaje de la emigración es desde el sur hasta el norte. El viaje es a un país más acomodado cuanto más al norte es el desplazamiento, ocurre también en todos los países tomados de uno en uno. Por lo que observamos las costumbres se mantienen sin cambio desde el siglo XVI. Primero viajan ellos, los más capaces de las razas autóctonas, que se abren camino en las dificultades y luego lo hacen ellas cuando consiguen los papeles, reclamadas por los varones desde los países de destino,  paliando así un poco el desequilibrio de sexo. Puede que huyan del hambre y de las guerras, como haría todo ser humano acuciado por la necesidad, pero el movimiento emigratorio es voluntario.

Lo dejamos con "un olor a almendras amargas", sin pasar de la primera página de la novela con una oración de súplica de Joan Manuel Serrat: 

Que las manzanas no huelen 
 que nadie conoce al vecino, 
 que a los viejos se les aparta 
 después de habernos servido bien.




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 8 de abril de 2020

Ulises (1) James Joyce (capítulo 1). Como un gángster que viva en España.




"¿Cuánto tiempo se va a quedar Haines en esta torre?"

Ulises (1) 
James Joyce (capítulo 1) 

La lectura completa de Ulises de Joyce es un trofeo único, se asemeja a la cabeza disecada de Bailaor en la pared de la casa de un torero. El toro que cualquier lidiador habría querido enlotar para darle fiesta y que Joselito, el Rey de los Toreros, hubiera podido seguir viviendo y liderando el escalafón otras cuantas temporadas más. Leer Ulises es también una cura de humildad para el lector. Aquí muere la prepotencia del lector aristocrático, aquí quiero yo ver a la aristocracia lectora agachar la cabeza y ofrecer la nuca desnuda al sacrificio, rendido ante la inteligencia de James Joyce en estado febril. Una novela exigente, ante la cual los espíritus más resistentes al sufrimiento se sienten desbordados por el glorioso caudal de continente y contenido indescifrable, para la mayoría entre los que me incluyo, que fluye entre sus páginas. He aquí unas notas tomadas al vuelo durante la lectura, con poco valor y sin mayor pretensión, uno no va a descubrir la rueda sobre el libro más comentado de la historia de la literatura. 

El gordo Buck Mulligan es el personaje mandón del relato. Mulligan estudia Medicina. Se nos presenta con ínfulas de padre predicador en este comienzo del relato que tiene lugar en la torre Martello a unas siete millas de Dublín. Su cara es difícil de mirar debido a su longitud caballuna. Los dientes son “blancos e iguales brillando acá y allá en puntos de oro”. Una suerte de Makinavaja cervantino con esa obsesión por los dientes: “Sólo con que pudiéramos vivir de buenos alimentos como éste […] no tendríamos el país lleno de dentaduras podridas y tripas podridas”. El pelo intonso, como los libros de segunda mano intactos que compras en el rastro, sin abrir siquiera. Pero aquí se refiere a la tonsura de los clérigos (untonsured hair)con mechones y canoso a vetas. Mulligan es un cura falso y judío, irreverente y blasfemo que se dispone a afeitarse como primera faena del nuevo día. Lleva una bacía de níquel quijotesca y los trastos de afeitar entre las manos. Nadie puede decir que don James no haya leído el Quijote o a santo de qué iba el irlandés a comenzar la novela con el baciyelmo quijotesco más ambiguo y misterioso. O al menos eso parece indicar al usurpar el yelmo que corona la cabeza del caballero andante, el otro aventurero y viajero por antonomasia, en tantas portadas para abrir el viaje de ida y vuelta de Ulises. 

Mulligan recibe el nuevo día con un Introibo ad altare dei, comienzo de las misas de antes. Se trata de una celebración extraña porque carece de feligreses, si acaso Stephen que le hace de monaguillo sumiso y un inglés llamado Haines. Tres personajes enjaulados en una torre que resisten durante una cuarentena, como ahora estamos medio mundo viendo la televisión y sin salir. La misa dura lo que Mulligan tarda en afeitarse. 

Es difícil que la primera página de una novela sea más universal y simbólica, dedicada a Jesucristo, el hijo de Dios hecho hombre y a don Quijote, dos de los influencers más célebres en la historia de la realidad y de la ficción. Mulligan: mitad Cristo; mitad don Quijote. 

Mojar la brocha, enjabonarse una de las mejillas y cuello por igual y con cuidado. La barbilla con cautela, la espuma en la navaja barbera, petición del moquero verdemoco de Stephen para limpiarla. Enjabonar la otra mejilla con la brocha y afeitarse por igual, con cuidado, sin hablar, seriamente para no darse un mal tajo y sangrar, sangre y llagas del católico. Volver a limpiar la navaja y plegarla, palparse la piel lisa con golpecitos de las yemas. Sentir el traqueteo del espejo y la navaja en el bolsillo donde están guardados. 

Stephen es un bardo verdemoco, un cuerpo escombro que limpiar de gusanera putrefacta, que usa pantalones de segunda mano o segunda pierna estrenados por cualquier sifilítico. A decir de Mulligan “Mata a su madre pero no puede ponerse pantalones grises”. Vive atado a los recuerdos de la muerte de su madre. Un tipo que vive en Villatontos con Conolly Norman dice que padece la parálisis general de los alienados. Stephen Dedalus, que huye de la limpieza y del agua, el limpiador de la bacía de Mulligan huele “la baba pegajosa de la espuma en que estaba metida la brocha”. “El siervo de los siervos”, el hijo de un inglés y una italiana. Stephen el palanganero. El leve olor a cenizas mojadas de su madre moribunda lo persigue, el espejo rajado lo delata. Se pasea por la torre con un bastón de fresno con la contera desgastada de tanto arrastrarlo. Las varas de fresno eran muy apreciadas porque de ellas los celtas sacaban las lanzas. Al final del capítulo Stephen se va de la torre, en ella quedan Haines y Mulligan al que cataloga de usurpador. Cuidado con el “Cuerno de toro, pezuña de caballo, sonrisa de Sajón”. 

Haines tiene el dinero por castigo, ha ido a un buen colegio inglés, antisemita nacionalista inglés que justifica la invasión inglesa de la isla esmeralda, le echa la culpa a la historia; “Después de todo, yo diría que uno es capaz de liberarse. Uno es su propio amo, me parece”. Un “oxonian” docto que habla gaélico para envidia de los irlandeses que lo ignoran, como la lechera que va a la torre a vender la leche recién ordeñada a granel. Haines le cae fatal a Stephen, sobre todo las pesadillas en las que habla en voz alta. Un recaudador de prepucios. 

Otro día (esperemos que sea antes de otro año) hablaremos sobre el narrador de este primer capítulo, que es lo más sorprendente de este complejo artefacto narrativo.

All that trouble all that grief that's why I had to leave 
Staying away too tong is in defeat 
Why I'm singing this song, why I'm heading back home? 
That's what makes the Irish heart beat 
I'm just like a hobo riding a train, 
I'm like a gangster living in Spain 
Have to watch my back and I'm running out of time 
When I roll the dice again if lady luck will call my name 
That's what makes the Irish heart beat







viernes, 17 de mayo de 2019

La saga/fuga de J.B. (y 45). Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Talón clavado en el cemento.




"Postaquasbam dilós, verocistem macles"

La saga/fuga de J.B. (y 45) 
Scherzo y fuga Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Jacinto Barallobre, herido de muerte, asciende tambaleante la Rúa Sacra sembrada de cadáveres. Alguno rebulle todavía. Se agarra a la flecha para evitar más desgarrones en el pecho. Las casas arden, la soldadesca se desquita de las bajas propias en el enemigo vencido. Aplican el derecho de victoria sin contemplaciones: despanzurran las preñadas, violan a las doncellas y castran a los pocos varones supervivientes. Las fuerzas de los Bendaña okupan la Casa del Barco. Beben y beben y vuelven a beber, ¡hala, hala!, el vino servido por mujeres subyugadas. Los cánticos broncos ruedan como truenos por el espacio vencido. Jacinto llega a la rastra hasta el Santo Cuerpo. Saca el ataúd del altar y baja unos cuantos escalones que parecen subir hasta la boca oscura. El peso le desgarra más los tejidos y la sangre se le viene a la boca. La piedra se cierra para siempre. 

Un cielo cárdeno como barriga de topo, gris de Albaserrada, abraza la soledad inmensa de la ciudad, mecida por el ritmo triste de la pleamar. Del norte llegan himnos corales que se acomodan al compás de habanera de las olas. El maelstrom de músicas se levanta a las escalas más altas “con los rugidos de leviatanes y serpientes submarinas”, justo en el momento en el que aparece don Jerónimo Bermúdez en la barca, vencedor del dragón Asclepiadeo. El Obispo se deja llevar por la barca ligera al Lugar Más Allá de las Islas. La brisa le riza los encajes. Así, hierático y solemne, habría llegado a su destino a no ser porque sus necesidades fisiológicas le obligan a remangarse los faldones de prelado separatista para hacer aguas menores en el océano. Los pliegues vuelven a su ser y el Obispo recupera la severidad una vez hecha la evacuación y efectuados los sacudidos de residuos pertinentes. 

La belleza de la tarde no le interesa un ardite al Canónigo Balseyro. Su barca al pairo, cargada de animales fabulosos, de nombres tan impronunciables como una transcripción fonética del gaélico, recorre el camino hasta el Círculo Oscuro de Aguas Tranquilas donde el Obispo estaba mareado de dar miles de vueltas al anillo acuoso. Reciben a John Ballantyne entre cánticos triunfales en gaélico. De entonces proviene la leyenda de la ruptura de la espada contra la rodilla herida y el traslado de los trozos a la gruta de Finngall. 



"Burujulalos lescita languovolcentes"

La embarcación del vate Barrantes llega al Circulo Tranquilo de las Aguas Oscuras cantando endecasílabos trocaicos, (heroicos puros) fragmentos de una Elegía a Castroforte Derrotada. Dios sabe lo que llevaría navegando y cantando con los cómputos extraños en esos atardeceres plomizos do Mare Tenebroso. 

Jacinto Barallobre se aproxima en una lancha fuera borda, la flecha clavada en el corazón y cargado con el Cuerpo Santo cuya sola presencia hace emerger los tesoros de la mar: almejas, mejillones, bígaros, quisquillas y gambas al ajillo, chopitos y calamares, además de otros moluscos no comestibles. También salen a superficie otros peces agresivos como el pez sierra o el pez espada que forman una alfombra vistosa representando la vida y la muerte de Santa Lilaila de Éfeso. Encima de la alfombra se desliza el fuera borda de Jacinto Barallobre. Al entrar en el círculo se levanta un muro impenetrable de peces que el marinero Barallobre ya había roto mil años atrás. 

Las primeras tinieblas se echan sobre la mar. La barca del Obispo se detiene y asume en forma y masa la barca del Canónigo. La barca de Ballentyne que les sigue se los traga sin esfuerzo. La suma y fusión de la embarcación de Barrantes con el vate a bordo es más dificultosa, el enganche perfecto se consigue a la segunda. El esquife fuera borda de Jacinto Barallobre se queda sin combustible. Al terminar la alfombra gloriosa, la barca múltiple tuvo que tantear varias veces, finalmente consigue la fusión perfecta y ser “ya para siempre un único y compacto Jota Be”. “Una contradictoria estructura áspera, inaccesible a la episteme”. El sol se hunde en sus abismos y el Santo Cuerpo se ilumina y gira sobre sí mismo con destellos intermitentes y pautados de faro. 

CODA 

El quiquiriquí de los gallos al amanecer despierta a José Bastida que se instala junto a la ventana con la Gramática de Bello y Cuervo en las manos para atrapar las primeras claras del día y leer. Un repentino crujido de las maderas unido a un ligero temblor, heraldo de un movimiento sísmico serio, lo envuelven en la impresión de estar flotando. Una sensación nueva para él, pues las leyes que regulan la navegación en líquidos y gases le inspiran escasa confianza. Sólo recuerda haber sentido algo parecido durante el sueño de las noches fluctuantes. Pero la percepción no es ilusoria, es como un movimiento reflejo en respuesta a un estímulo, en modo automático, sin que el cuerpo intervenga en la decisión. 



"astas,  astas, vistigar, delinquoslaia"

De repente Bastida pega un brinco y le grita a Julia que se levante, que se dé prisa, que se van de allí. Meten cuatro cosas revueltas en la maleta de manera precipitada y observa por la ventana la calle vacía y un gato que enarca el lomo y dice fu. Una arista parte en dos la lejanía del monte y oculta los arboles poco a poco. Se precipitan a la calle. Joseíño regresa a por la Gramática de Bello y Cuervo que había olvidado en la casa con las prisas. La gente se congrega en la Alameda, ellos se dirigen a la Rosaleda. Se tiran a tierra firme cuando ya la grieta se afirma, la ciudad se balancea y empieza a flotar. José besa a Julia detrás de las orejas y observa a Castroforte elevarse a las alturas. Cuando la ascensión llega a los quince metros, oyen al Poncio pontificar sobre las excelencias de su gestión. Le animan a tirarse, pero le vence el miedo. 

Mientras Castroforte y el Poncio se alejan, José Bastida y Julia cruzan un sembrado de girasoles y se internan en el monte, detrás de unos árboles Joseíño tumba a Julia sobre la hierba y “Losdila maila Juliaco vestí deleia, ascolia misteia tespedulentes, vim, hospodaslen, lailós…”. Al levantarse, Castroforte es una nube lejana, quizás el rey Artús proponga al pueblo la proclamación definitiva del Cantón Independiente, hasta que en el Reloj del Universo suene la hora del regreso.

salgo a la calle gritando 
salgo y no sé cuando vuelvo 
me siento como Fred Astaire 
clavando el talón sobre cemento
León Benavente



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 8 de mayo de 2019

La saga/fuga de J.B. (44) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Tierra firme.




"¿Sabe usted dónde está su hermana? Y Jacinto: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermana?"


La saga/fuga de J.B. (44) 
Scherzo y fuga.  Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Barallobre rechaza el simil de la granada estallante y los granos desparramados con la pasión desbordada y pone a pensar a la voz narradora que acepta la objeción; pero no elimina la comparación del todo, la aparca en la papelera de reciclaje para usarla en otro momento. La figura literaria no encuentra el sitio en la visita que don Acisclo, vestido con sotana nueva y sin violín, hace a Jacinto Barallobre a la mañana siguiente. El clérigo viene a interesarse por Clotilde. Barallobre lo recibe en la biblioteca llena de libros aspirantes al expurgo y la pira. Le responde con la hondura bíblica de Caín: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermana? La repregunta le lleva a pensar que la ha matado por asociación de ideas. Barallobre le explica que el significado de una frase no sólo depende de los significados independientes de las palabras que la conforman sino de las circunstancias coincidentes. En este caso concreto, la referencia es el hecho bíblico por todos conocido. Sin embargo, como ellos no son ni el Señor ni Caín, el traslado de significados no es pertinente. El Señor que todo lo sabe, pregunta por preguntar y Caín responde con otra pregunta absurda, como buen gallego. Lo que ocurre es que don Acisclo mezcla los niveles semántico y lingüístico que es como coger el rábano por las hojas. Don Acisclo asiente, embelesado por el poderío del razonamiento de Barallobre. Un Demóstenes auténtico: la oratoria como arte de dominar multitudes. Lo respeta como Vázquez de Mella respetaba a Castelar, el símbolo de la oratoria, aunque fueran de ideologías diferentes. 

“La juventud es el lugar de cita de todas las sandeces”, sentencia don Acisclo dispuesto a plantar cara dialéctica al Castelar de la oratoria ante un cigarrillo que le recuerda la juventud en México. Nadie sabe el paradero de Clotilde; Barallobre supone que se haya ido a Santiago, como siempre hace cuando algo le sale mal. La noche anterior había sido la noche triste para ambos: los dos se quedan compuestos y sin pareja. Don Acisclo ni sospechaba que Clotilde estuviera enamorada de Jesualdo desde niña y ahora se casa con Lilaila





" Los masones de Michel labraban piedras informes y sacaban de ellas arquivoltas, columnas geminadas, capiteles historiados, meros perpiaños."

Jacinto se retira de la escena un rato, va a buscar la cruz de Coralina Soto, una joya de valor incalculable de más de mil años de antigüedad para que se la entregue a Lilaila como regalo de boda, como Clotilde le había prometido. Le da también el icono para que se lo regale junto a la joya y que Bendaña lo vea todos los días de su vida, ahí radica la maldad. Una venganza inteligente al parecer del descreído don Acisclo que esboza una sonrisa cortesana al dejar la casa, no sin antes mostrar su preocupación por el efecto que cause el desengaño amoroso en Clotilde. Siempre tendrá expedito el camino del convento: “Allí podrá encontrar, trascendido a lo divino, el amor que apetece”. La suerte de Jacinto le importa un bledo, un hombre podrá encontrar otra mujer que le satisfaga sin mayor problema. 

Las campanas de Castroforte resuenan alegres el día de la boda entre Jesualdo y Lilaila. Jacinto observa desde la terraza la ciudad disuelta en la niebla espesa que flota como un velero sobre el río Baralla. Las guedejas se enredan en los magnolios del pazo de Bendaña. La tienda del Mariscal asoma la gaita más allá de los mirtos y laureles. Allí los Bendaña y los generales juegan a la guerra y el Mariscal se ríe de todas las victorias sobre el enemigo de los descendientes: unos, ahorcados; otros, quemados; algunos, entregados a los ingleses o pasados por las armas; Jacinto Barallobre, comprando su libertad y él sin poder hacer nada “porque no le era dado cambiar lo acontecido, aunque los protagonistas de las derrotas pasadas estuvieran junto a él, en la misma terraza”. Conjugando en pasiva, justamente porque habita un tiempo al que no pertenece. Concluye y resume don Jerónimo: “El tiempo es una invención humana, la definición de algo irreversible e impenetrable”. 



"Ballesteros improvisados corrían a los matacanes. Amparados en las almenas, los fusileros disparaban."

 El Canónigo Balseyro propone dejarse de filosofía y pasar a la acción. Ha llegado el momento decisivo de empujar sin tibieza, la hora de las arengas. Cada uno a los suyos como mejor sepa. El obispo se dirige a caballo hacia la muralla. El canónigo al balcón. El almirante y el Lieutenant bajan la Rúa Sacra hacía la Puerta del Mar donde se ha emplazado la mayor potencia de fuego. Jacinto se mete en los billares donde los muchachos del instituto se entrenan para el tour de Francia. Tanto los arenga para que les mole impedir que se lleven a Lilaila Aguiar, aunque sólo sea por los años que llevan haciéndose pajas a su salud, que salen en tromba a apedrear el tren con el corazón desgarrado e inflamado de lo suyo: la afrenta más insufrible, la mujer más bella de Castroforte arrebatada por un Bendaña. Jacinto los distribuye en grupos de tres y a su orden rompen los cristales de los vagones del tren y enardecidos siguen dándole gusto a la mano y se apedrean entre ellos en nombre de Lilaila, la fugitiva. Una piedra dirigida a Jacinto y una flecha derecha al corazón de Jerónimo Bermúdez se chocan en el aire y trocan los rumbos: la pedrada descalabra a Jerónimo Bermúdez y la flecha desgarra el pecho de Barallobre afectando los pulmones. 

El Vate Barrantes a bordo de la barcaza cañonera se aburre como una ostra de tanto esperar a que el enemigo aparezca por lo alto del camino con la mecha prendida en la mano. El tiempo acompañado del espacio inestable baila en la ceremonia de un tiempo anárquico que confunde la  mañana, la tarde y la noche. Cae al agua, sale del río y la leyenda le obliga a esconder el Santo Cuerpo Rúa Sacra arriba y vuelta a las aguas del Baralla


 Mirar atrás, reflexionar, pararse a pensar qué es lo que ha pasado 
Nos hemos equivocado 
En alta mar no hay nadie a quién preguntar si es que hemos naufragado 
O sólo hemos encallado
Igor Pascual





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


domingo, 21 de abril de 2019

La saga/fuga de J.B. (43) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Otro tipo de amor.



"Tenemos que buscar el verdadero Cuerpo Santo. Está aquí, en esta esquina, tapado por esta piedra"

La saga/fuga de J.B. (43) 
Scherzo y fuga Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Don Jacinto Barallobre y José Bastida se ayudan de pico y palanca para mover la losa del hueco en el que duermen el sueño eterno los restos de Santa Lilaila de Éfeso metidos en una caja de zinc. De la santa queda poco más que “una remota alusión a su forma corporal”, una grisura de cenizas y troncos de leña calcinados. Al pie del estuche funerario descansa el icono con el relato pintado del martirio de la muchacha a manos de los iconoclastas y la barca defendida de los ataques berberiscos por muros de lampreas. El misterio más insondable, el secreto mejor guardado de la esencia de Castroforte desvelado sin que se produzca un movimiento sísmico que rasgue las paredes de la cueva, ni un huracán vengador que borre del mapa a la ciudad de los dos ríos. 

No se le escapa a Barallobre que es la víspera de los Idus de marzo, la fecha de su fallecimiento prevista por los augures paganos. Como no quiere que le acusen de llevarse a la tumba el secreto de la santa, decide revelar a Clotilde cómo entrar y salir de la cueva, la única de la familia que le queda en el mundo. Suyos serán los beneficios que dejen los peregrinos cuando se sepa que las cenizas de Santa Lilaila han aparecido. Le queda además una renta mínima garantizada durante el resto de su vida a poco que salga en la prensa, medios de comunicación y primera página de Google en el siglo del prodigioso streaming en directo. Hasta puede que le salga un marido porque al parecer de Jacinto, Clotilde está aún de buen ver. Bajan las escaleras que parecen subir, entre paredes que tiemblan como cañaverales cuando les da el aire, voces premonitorias inaudibles y otras señales extrañas como los pechos rotos de la Venus de Milo y la cara de huevo quebrada de la Dama de Elche. El chorro de agua que mana de la entrepierna de la Venus Callipigia que la muchedumbre sedienta se lanza a beber como si se tratase de la Fuente de la Vida. Amén de otras señales premonitorias de estatuas sostenidas por pedernales carcomidos en cuyo hueco anidan los vermes que se trasmudan en falos de elefante o cuernos de Amaltea. Llegan a la sala de aspecto tétrico, con paredes de piedra desnuda porque no hay quien clave una punta en el granito duro. Un ara y dos sillas componen el mobiliario. Sentados en ellas hablan. Clotilde reparte pareceres: las cenizas le parecen asquerosas y el icono una mamarrachada, seguramente porque sus conocimientos sobre pintura bizantina sean más bien escasos. 

 En la soledad mística de la cueva, Barallobre le confiesa su dependencia: “Me hiciste la vida tan llevadera que hasta me ofreciste en la misma persona una madre, una hermana y un amante”. No es que Jacinto Barallobre esté en contra del incesto, a la vista está que la sociedad no se desmorona porque los padres se acuesten con las hijas y los hermanos se líen entre sí como ella admite. Jacinto la acusa de tramar con Bendaña la desaparición del libro de Góngora para que no pudiera entrar en Castroforte cuando las oposiciones. Ella se levanta de la silla dispuesta a armarle un escándalo a Jesualdo Bendaña delante de las Aguiar por el chivatazo. Jacinto se lo impide porque ante la inminencia de su muerte, “lo menos a que puede aspirar un moribundo es a llevarse consigo la verdad de su vida”. 


"De aquí a tu cuarto puede llegarme la muerte"

Las sospechas de que Jacinto y Clotilde no son hermanos se confirman cuando aquél descubre los retratos de su padre que Clotilde esconde, es su vivo retrato y ella no; seguramente ella sea hija del administrador, por eso su padre no la menciona en el testamento. Piensa que todo terminará cuando se case con Lilaila. Pero no, su carne le pertenece y eso le atormenta. Algo existe que le empuja a volver a Clotilde. Ella juega con ventaja; conoce los hechos desde siempre mientras que él sólo lo sabe desde el día anterior a través de uno de sus sueños reveladores, fundados en el Antiguo Testamento. Tuvo que dejar de creer para desembarazarse del sueño que le acusaba de acostarse con su hermana: el más tremendo pecado de los hombres. Ella también sufrió, fue víctima del amor, “como esas madres exclusivas que sólo saben manifestar su amor con una opresión servicial”. Su dedicación a la lingüística fue una liberación, por evitar esa ayuda atosigante porque ella no podía ayudarle al no saber francés ni alemán. Y ahora, una vez libre, siente revivir el deseo antiguo, la misma necesidad de ella que cuando llegaba de un viaje y la asaltaba para resarcirse de los días de ausencia. La quiere poseer sobre el mismo altar en el que la abuela engendró al padre. Las maniobras amorosas se desenvuelven entre el sí y el no y cuando ya ella está entregada como si hubiera un solo día para amar, la desprecia y le dice que se vista si no quiere pasar desnuda,“con el remangue encima de los huesos”, a la eternidad. 

Justo cuando va a tirar el cadáver a la fosa aparece la voz del narrador, la voz de la conciencia del coro de las tragedias griegas, para advertir que a la escena le falta consistencia. Barallobre le señala que “las pasiones son como granadas que, al estallar, desparraman los granos en todas direcciones”. La voz de Dios, de hondas resonancias bíblicas le insiste: “¿Por qué has matado a tu hermana?” Jacinto le contesta que estaba muerta desde el día que le tiró una plancha y falló, de eso hace ya diez años. Merece la muerte de un reptil por deshacer su noviazgo con Lilaila. El narrador le propone tachar y sustituir de los siglos lejanos de la máquina de escribir. Una lucha entre lo analógico y lo digital: tan fácil como un corta pega de los tiempos digitales. La gente tuerce el morro cuando huele en un libro el sesgo incestuoso de las relaciones. Un simple cambio de elementos narrativos y tenemos un relato distinto; hace que se pase de un incesto a un caso de amor exclusivo, tiránico. Como el que se da tantas veces entre muchas madres y hermanas. El narrador concluye que si en un texto no aparece la palabra incesto, nadie tiene derecho a una interpretación como tal. Propone la repetición de la escena de Clotilde en la cueva, en ella quedará retratada como una solterona virgen, una mujer normal algo rara. 

Entra de nuevo Clotilde en la sala de la cueva para repetir la escena después de arreglarse un poco y quitarse las huellas cárdenas del cuello. Las estatuas llenas de nidales de gallinas y huras de ratones le parecen horripilantes; las Venus desnudas, una porquería de solterones. Ya le gustaría a ella tener esos apolos con los atributos al aire. Pero se tiene que contentar con la Virgen del Perpetuo Socorro, para que luego digan que las mujeres imponen sus criterios. Clotilde se lleva una decepción al descubrir que el Santo Cuerpo no pasa de un montoncito de cenizas. ¡A ver cómo puede aquello desafiar la eternidad! Ahora comprenden cuando don Acisclo afirmaba que lo del Santo Cuerpo era una paparrucha, lo cual lleva a pensar, por analogía, que también el obispo Bermúdez y el Canónigo Balseyro sean un cuento chino. Sin embargo, fue Bastida el que sabía dónde estaba el Santo Cuerpo y lo sabía porque en alguna ocasión encarnó al Canónigo Balseyro y fue él mismo quien lo escondió. Por lo tanto fue también su abuelo el que engendró en Ifigenia a su padre en la cueva. 


"Quizá imaginara que el fuego de la pira que con tantos libros podía hacerse, llegaría al cielo como el humo de los holocaustos"

Clotilde le pide que no le recuerde la vergüenza de la familia, algo que no ha conseguido borrar durante toda su vida de decencia. Le ordena que al día siguiente le dé la cuenta a Bastida, no importa la mucha gramática que sepa. Como a las criadas: si no son de confianza, a la calle. Y sigue ordenando el cosmos. 

Durante poco rato porque cuando se agacha a mirar el cuadro, Jacinto le hunde el pico en el colodrillo. Acto seguido, intenta justificar el puntillazo certero haciéndose la víctima. Se declara sufridor de un acoso constante de ella que lo humillaba, comparándolo con la brillantez de Jesualdo. Le dice al narrador que matarla es excesivo; él la odia, pero no tanto como para escabecharla en la cueva. El intento de dulcificar  el castigo es inútil porque el odio sarraceno que le profesa le empuja a matarla. ¿Qué mejor momento que el día en el que puede morir? Morir matando es la venganza más completa. Morir después del crimen perfecto, una vez escondido el cuerpo del delito en el fondo del agujero donde se guardan las cenizas de Santo Cuerpo Iluminado.

If you want a lover 
I'll do anything you ask me to 
And if you want another kind of love 
I'll wear a mask for you 
If you want a partner, take my hand, or 
If you want to strike me down in anger 
Here I stand 
I'm your man
Leonard Cohen



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.




miércoles, 3 de abril de 2019

El color de los ángeles (y 3) Eva Díaz Pérez. Separar lo malo de lo bueno.




"El niño que pide un trozo de tarta a otros pícaros mientras lleva un cántaro a la fuente."

Dos golfillos y un negrito.  159 x 104 cm.
 Londres, Dulwich Picture Gallery. 


El color de los ángeles (y 3)
Eva Díaz Pérez

Los sevillanos celebran la beatificación de Fernando III el Santo un día de sol y moscas del mes de junio. Los caballeros maestrantes organizan corridas de toros y cañas en la plaza de San Francisco. Invitan a Murillo al palco de autoridades porque ha pintado el rostro del Rey Santo adivinando los rasgos del rostro por la momia reseca de siglos. El cuadro se convierte en un best seller, lo reproducen en estampas que el personal venera. Acude al espectáculo acompañado de Rodrigo con la intención de hacer acto de presencia y volverse a trabajar después de los primeros lances a la res. Allí se encuentra entre otros con el mercader flamenco Nicolás Omazur y con el canónigo Justino de Neve, mecenas y amigo, que le habla de un retrato y con quien se emplaza para comenzarlo sin dilación al día siguiente. El duque de la Florida le saluda efusivamente, personaje que cobra importancia de villano en la parte final de la novela, se completa así el amplio retrato de la sociedad sevillana del siglo XVII. El duque pertenece a la nobleza de más rancio linaje, no venida a menos porque se ha enriquecido en el comercio con Flandes.

La autora mueve los hilos narrativos con habilidad para contarnos cómo se conseguían encargos y se ganaban clientes sumergidos en la atmósfera de algarabía, entusiasmo o decepción de una corrida de toros y cañas. Es interesante la observación de los gustos del público a favor de los toreros a pie que se jugaban la vida cuerpo a cuerpo con el toro, en detrimento de los pomposos caballeros blindados que lidiaban a caballo y con rejones.

Juan es un esclavo singular, no lleva cadenas a la rastra, sabe leer, escribir y se distingue de los esclavos bozales, que apenas saben hablar, porque se expresa en castellano como un sevillano más. De lo conseguido con Rochela el Zurdo, trabajando en la picaresca, ahorra todo lo que puede para el día que su amo le conceda la carta de horro. Aspira a trabajar de criado para Rodrigo de Salazar cuando se independice del maestro Murillo. Por un lado está agradecido a Rochela el Zurdo porque consigue dinero fácil desplumando ricos incautos, pero por otro teme que su inclinación a hábitos sexuales torcidos pueda llevarlos al quemadero. Es un negocio peligroso y que mueve mucho dinero ya que está implicada gente principal. Tiene miedo a que lo pillen en algún renuncio o lo reconozcan por ser esclavo de Murillo.



"Era una anciana que representaba el invierno, pero una que no tenía que ver con las que había pintado en otras ocasiones, como la abuela que espulgaba a su nieto"

Vieja despiojando a un niño. 147 x 113 cm. 
Alte Pinakothek. Munich. 

Uno de los atractivos más destacables de la novela es la mezcla de tonos y estilos narrativos, junto a momentos de acción y de intriga semejante a una novela negra, hay paradas narrativas en las que la autora reflexiona sobre el arte de la pintura y su perduración en el tiempo. En efecto, cuando Murillo mejora un poco de lo suyo y puede bajar escaleras, se asoma al taller y a la cocina donde se le quitan las ganas de comer al ver a la esclava Juana que llora por su Juan. Se mira en el espejo que había regalado a Beatriz, el más lujoso que llegó en una galera de Venecia, se asusta un poco, allí ve reflejados los estragos de la edad. “Es un saco de huesos, un pellejo andante, un cuero viejo sin lustre, un odre vacío”. El paso del tiempo, la vida marcada en aquel rostro con arrugas y el miedo a mirarse por dentro. Será su tercer autorretrato, captará su propio fantasma para mirarse en el futuro.

Ya hemos visto que la novela tiene como escenario la ciudad de Sevilla. Se le puede considerar como un personaje más de la obra y no de los secundarios por el recorrido minucioso que la autora hace por todos los rincones. No podía faltar una descripción de la riqueza, representada por las casas en las que vive la nobleza clásica y la nueva clase aristocrática, proveniente de una burguesía enriquecida por la buena suerte en los negocios y el comercio con Flandes y ultramar. Eva Díaz Pérez nos la presenta en una visita que Murillo, acompañado de Rodrigo de Salazar, rinde al duque de la Florida. Poco se sospecha del lujo y esplendor interior al ver la austeridad de la fachada; de indudable influencia árabe son la sucesión de patios, jardines con cenadores, los templetes y las corrientes de agua constante procedente de los Caños de Carmona. Unos automatismos hidráulicos accionan las fuentes apagando las voces de la ciudad. Durante la fiesta se representan entremeses protagonizados por personajes ambiguos de dudosa moralidad para la época, pero que provocan carraspeos y carcajadas de complicidad en la audiencia. En este caso se presenta Juan Rana, famoso en la corte por divertir a los Austrias, el rey Felipe IV y su hijo Carlos. Murillo no se agota en el tópico de sus Inmaculadas como vamos viendo en esta novela.

Una visita del duque de la Florida al taller de Murillo desconcierta al maestro, al ayudante, a la criada y pone nervioso al esclavo Juan. El duque los sorprende por la hondura de sus comentarios sobre el arte de la pintura. El encargo de unos cuadros de ángeles disparan los sensores de las alarmas. Murillo considera que un cuadro sólo con ángeles es raro, resulta algo vacío, está acostumbrado a pintarlos como complemento de los cuadros religiosos, casi como orlas de sus lienzos. Que suenen los ángeles trompeteros.



"Moisés da de beber a su pueblo sediento gracias a la intercesión de Dios"

Moisés golpeando la roca de Horeb. 62,8 x 145,1 cm 
Hospital de la Caridad. Sevilla

La larga convalecencia da, además de resistir los dolores, para paseítos cortos por las dependencias de la casa y darle vueltas a la cabeza sobre asuntos del pasado. Recuerda la serie de ángeles pintados en aguada de tinta de bogallas guardados en el fondo de un baúl y los elogios vertidos por el duque erudito el día que fue a presentar los cuadros de santos para Marcela. Lo compara con los clásicos griegos, lo nombra Apeles sevillano, capaz de pintar seres divinos como simples mortales.

“En vuestros ángeles veo la belleza que duerme bajo la piel prohibida. ¡Qué hermosa carne la de los ángeles!”, le dice al maestro, poco consciente de la declaración de guerra que lleva implicita la frase. Murillo se niega a seguir pintando ángeles y anula el encargo. El duque se enoja y lo acusa de hipócrita y falso beato. Él no quiere más que besar los labios de los ángeles divinos. Desde entonces las aguadas descansan sin respirar en el fondo del baúl.

Lo que uno no quiere, ciento lo desea. Por trescientos ducados Rodrigo está dispuesto a pintar dónde, cuándo y lo que sea. Esa es la cantidad que le ofrece Juan, agente artístico, por acercarse a pintar al palacio del duque de la Florida. Recibe la oferta en el matadero de ganado donde ha ido a tomar nota del ambiente sórdido e irrespirable entre tripas, vísceras y desechos en el que trabajan los jiferos y atento a la suerte de los mozos en el toreo: apartan las reses recias para darle unos pases antes de pasar a manos de los matarifes. Juan y Rodrigo se presentan en los portalones del palacio del duque con los avíos de pintar cuando las campanas de San Marcos tocan a completas. El encargo consiste en pintar un mancebo afeminado de “delicado rostro lampiño, el cabello rubio y ensortijado, la piel blanquísima y el talle espigado”. Cuando Rodrigo ve la pluma del modelo, le dan ganas de salir corriendo, pero trescientos ducados y la promesa de más encargos le convencen de trabajar para esta gente principal que le gusta mirar. Al fin y al cabo él ya se ha definido como pintor de la Sevilla oscura.

Murillo decide cumplir con el encargo de Marcela a pesar del desencuentro con el marido. Ella acude a disculparse con el pintor e intiman un poco. Se cuentan cosas que rara vez han contado. Murillo la lleva por las iglesias y conventos donde cuelgan sus obras, se las explica y terminan en la iglesia de la Caridad en construcción, impulsada por Miguel Mañara, y donde tiene encargada una serie de lienzos sobre las obras cristianas de caridad.

Murillo vuelve a la iglesia de la Caridad cuando las obras están a punto de terminar. La iglesia es un puro contraste barroco entre el cielo poblado de ángeles de dos alas a punto de posarse en la tierra y el horror absoluto del pudridero de cuerpos agusanados después de la muerte en la silenciosa soledad de la cripta. Observamos de cerca los efectos de la competencia que estimula la creación de dos artistas sevillanos que en el fondo se admiran: Murillo y Valdés Leal. El mecenas capitalista es Miguel Mañara que ha cambiado la vida regalada que le corresponde de cuna por otra de mortificación en los frailes de la Caridad que se dedican a dar tierra a los despojos de los ahogados en el río y a los ajusticiados en los patíbulos. También recogen a los moribundos que agonizan en las calles para asistirlos en sus últimas horas en una enfermería que han habilitado en las antiguas atarazanas del puerto. Su presencia desprende santidad tras una vida disipada plagada de episodios pendencieros, adúltero aficionado al allanamiento de casas de virtud de doncellas hasta que un día ve desfilar su propio entierro como don Juan Tenorio.

El maestro pernocta en la celda contigua a la de Miguel Mañara, no pega ojo en toda la noche entre las disciplinas rigurosas que se aplica el santo y la obsesión por las pinturas de Valdés Leal, “maldito pintor del demonio”.




"Habéis pintado la Sagrada Cena y el pan ha dejado de ser pan de los apóstoles"

Sagrada Cena. 265 x 265 cm. 
Iglesia de Santa Maria la Blanca. Sevilla.

Rodrigo es especialista en pintar los ángeles del maestro. Luego pasa a la clandestinidad por miedo a que Murillo o alguien ajeno al negocio descubra sus mancebos galantes y angelitos de carnes mullidas. Juan entra de hoz y coz en el negocio turbio de Rochela el Zurdo porque le llena la faltriquera de maravedíes con poco esfuerzo.

Murillo se extraña de que Rodrigo no lo haya visitado en varios días, así que de paso para la fuente de la feria pasa por su obrador cerrado a cal y canto. No le da mayor importancia, piensa que estará enredado en el vicio de unos ojos de gata, como los gatos que desaparecen semanas enteras y aterrizan transidos, medio muertos. Sigue su paseo hasta la fuente de la feria para observar escenas de gente que bebe sedienta. Su objetivo es plasmar la contemplación en el cuadro de la peña de Horeb, fiel a su estilo de trasladar escenas cotidianas de la ciudad a sus cuadros de tema bíblico.

La novela se precipita hacia el desenlace final en capítulos breves que le dan vivacidad. Los corchetes aparecen por casa de Murillo preguntando por Juan de Santiago y Rodrigo de Salazar, acusados de un delito terrible. Han desaparecido sembrando inquietud en los de casa y dando motivos de cotilleo al implacable vecindario fisgón. Queman a Rochela y dos mozos doncellos en el campo de Tablada. Detienen a Juan en los cañaverales de Isla Mayor. Lo condenan a cien azotes de castigo; de verdad, no los de mosqueo de Sancho. Murillo le concede la libertad con la condición de que abandone Sevilla para siempre. Los duques desaparecen de Sevilla en vista de que la muchedumbre los busca para darles el merecido que su pecado nefando merece. Rodrigo se esfuma, nadie sabe nada de él. Lo encuentran ahogado en el río el día que inauguran la iglesia de la Caridad. Miguel Mañara se niega a enterrarlo en sagrado porque sospecha que ha cometido el peor de los pecados: “Se ha borrado a sí mismo, incapaz de soportar la vergüenza” de haber colaborado en la difusión del pecado. Mientras tanto la vida sigue en la ciudad, expectante por ver el ganador del derbi local entre Murillo y Valdés Leal, un Sevilla Betis del arte de la pintura

Los pasos cansados y temblorosos de anciano enfermo le llevan a la iglesia a rezar y servir a los pobres, a semejanza de Miguel Mañara, el primer día que sale de casa. Luego, si puede, quiere despedirse de sus cuadros, pero ya no tiene tiempo. Un perro que se espanta de un carruaje que va deprisa le golpea entre las piernas y cae. Un sudor frío se le apodera y entra en la nube negra entre dolores por la hernia agangrenada y el silencio. Él es el pintor del silencio que puebla sus obras, más difícil de captar que el ruido o el sonido. Nacer para perder o para disfrutar del silencio en un mundo en obras o ruido permanente. 

 Me hablas del ser humano, 
de Mr. Hyde y Dr. Jekyll cuerpo a cuerpo, 
dando paso a la ciencia 
capaz de separar lo malo de lo bueno; 
casi como los dioses 
que en él se miran como si fuera un espejo... 
pero a veces los mata 
y acaba convirtiendo el cielo en un infierno.
Luis Eduardo Aute



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.