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viernes, 17 de mayo de 2019

La saga/fuga de J.B. (y 45). Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Talón clavado en el cemento.




"Postaquasbam dilós, verocistem macles"

La saga/fuga de J.B. (y 45) 
Scherzo y fuga Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Jacinto Barallobre, herido de muerte, asciende tambaleante la Rúa Sacra sembrada de cadáveres. Alguno rebulle todavía. Se agarra a la flecha para evitar más desgarrones en el pecho. Las casas arden, la soldadesca se desquita de las bajas propias en el enemigo vencido. Aplican el derecho de victoria sin contemplaciones: despanzurran las preñadas, violan a las doncellas y castran a los pocos varones supervivientes. Las fuerzas de los Bendaña okupan la Casa del Barco. Beben y beben y vuelven a beber, ¡hala, hala!, el vino servido por mujeres subyugadas. Los cánticos broncos ruedan como truenos por el espacio vencido. Jacinto llega a la rastra hasta el Santo Cuerpo. Saca el ataúd del altar y baja unos cuantos escalones que parecen subir hasta la boca oscura. El peso le desgarra más los tejidos y la sangre se le viene a la boca. La piedra se cierra para siempre. 

Un cielo cárdeno como barriga de topo, gris de Albaserrada, abraza la soledad inmensa de la ciudad, mecida por el ritmo triste de la pleamar. Del norte llegan himnos corales que se acomodan al compás de habanera de las olas. El maelstrom de músicas se levanta a las escalas más altas “con los rugidos de leviatanes y serpientes submarinas”, justo en el momento en el que aparece don Jerónimo Bermúdez en la barca, vencedor del dragón Asclepiadeo. El Obispo se deja llevar por la barca ligera al Lugar Más Allá de las Islas. La brisa le riza los encajes. Así, hierático y solemne, habría llegado a su destino a no ser porque sus necesidades fisiológicas le obligan a remangarse los faldones de prelado separatista para hacer aguas menores en el océano. Los pliegues vuelven a su ser y el Obispo recupera la severidad una vez hecha la evacuación y efectuados los sacudidos de residuos pertinentes. 

La belleza de la tarde no le interesa un ardite al Canónigo Balseyro. Su barca al pairo, cargada de animales fabulosos, de nombres tan impronunciables como una transcripción fonética del gaélico, recorre el camino hasta el Círculo Oscuro de Aguas Tranquilas donde el Obispo estaba mareado de dar miles de vueltas al anillo acuoso. Reciben a John Ballantyne entre cánticos triunfales en gaélico. De entonces proviene la leyenda de la ruptura de la espada contra la rodilla herida y el traslado de los trozos a la gruta de Finngall. 



"Burujulalos lescita languovolcentes"

La embarcación del vate Barrantes llega al Circulo Tranquilo de las Aguas Oscuras cantando endecasílabos trocaicos, (heroicos puros) fragmentos de una Elegía a Castroforte Derrotada. Dios sabe lo que llevaría navegando y cantando con los cómputos extraños en esos atardeceres plomizos do Mare Tenebroso. 

Jacinto Barallobre se aproxima en una lancha fuera borda, la flecha clavada en el corazón y cargado con el Cuerpo Santo cuya sola presencia hace emerger los tesoros de la mar: almejas, mejillones, bígaros, quisquillas y gambas al ajillo, chopitos y calamares, además de otros moluscos no comestibles. También salen a superficie otros peces agresivos como el pez sierra o el pez espada que forman una alfombra vistosa representando la vida y la muerte de Santa Lilaila de Éfeso. Encima de la alfombra se desliza el fuera borda de Jacinto Barallobre. Al entrar en el círculo se levanta un muro impenetrable de peces que el marinero Barallobre ya había roto mil años atrás. 

Las primeras tinieblas se echan sobre la mar. La barca del Obispo se detiene y asume en forma y masa la barca del Canónigo. La barca de Ballentyne que les sigue se los traga sin esfuerzo. La suma y fusión de la embarcación de Barrantes con el vate a bordo es más dificultosa, el enganche perfecto se consigue a la segunda. El esquife fuera borda de Jacinto Barallobre se queda sin combustible. Al terminar la alfombra gloriosa, la barca múltiple tuvo que tantear varias veces, finalmente consigue la fusión perfecta y ser “ya para siempre un único y compacto Jota Be”. “Una contradictoria estructura áspera, inaccesible a la episteme”. El sol se hunde en sus abismos y el Santo Cuerpo se ilumina y gira sobre sí mismo con destellos intermitentes y pautados de faro. 

CODA 

El quiquiriquí de los gallos al amanecer despierta a José Bastida que se instala junto a la ventana con la Gramática de Bello y Cuervo en las manos para atrapar las primeras claras del día y leer. Un repentino crujido de las maderas unido a un ligero temblor, heraldo de un movimiento sísmico serio, lo envuelven en la impresión de estar flotando. Una sensación nueva para él, pues las leyes que regulan la navegación en líquidos y gases le inspiran escasa confianza. Sólo recuerda haber sentido algo parecido durante el sueño de las noches fluctuantes. Pero la percepción no es ilusoria, es como un movimiento reflejo en respuesta a un estímulo, en modo automático, sin que el cuerpo intervenga en la decisión. 



"astas,  astas, vistigar, delinquoslaia"

De repente Bastida pega un brinco y le grita a Julia que se levante, que se dé prisa, que se van de allí. Meten cuatro cosas revueltas en la maleta de manera precipitada y observa por la ventana la calle vacía y un gato que enarca el lomo y dice fu. Una arista parte en dos la lejanía del monte y oculta los arboles poco a poco. Se precipitan a la calle. Joseíño regresa a por la Gramática de Bello y Cuervo que había olvidado en la casa con las prisas. La gente se congrega en la Alameda, ellos se dirigen a la Rosaleda. Se tiran a tierra firme cuando ya la grieta se afirma, la ciudad se balancea y empieza a flotar. José besa a Julia detrás de las orejas y observa a Castroforte elevarse a las alturas. Cuando la ascensión llega a los quince metros, oyen al Poncio pontificar sobre las excelencias de su gestión. Le animan a tirarse, pero le vence el miedo. 

Mientras Castroforte y el Poncio se alejan, José Bastida y Julia cruzan un sembrado de girasoles y se internan en el monte, detrás de unos árboles Joseíño tumba a Julia sobre la hierba y “Losdila maila Juliaco vestí deleia, ascolia misteia tespedulentes, vim, hospodaslen, lailós…”. Al levantarse, Castroforte es una nube lejana, quizás el rey Artús proponga al pueblo la proclamación definitiva del Cantón Independiente, hasta que en el Reloj del Universo suene la hora del regreso.

salgo a la calle gritando 
salgo y no sé cuando vuelvo 
me siento como Fred Astaire 
clavando el talón sobre cemento
León Benavente



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 8 de mayo de 2019

La saga/fuga de J.B. (44) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Tierra firme.




"¿Sabe usted dónde está su hermana? Y Jacinto: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermana?"


La saga/fuga de J.B. (44) 
Scherzo y fuga.  Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Barallobre rechaza el simil de la granada estallante y los granos desparramados con la pasión desbordada y pone a pensar a la voz narradora que acepta la objeción; pero no elimina la comparación del todo, la aparca en la papelera de reciclaje para usarla en otro momento. La figura literaria no encuentra el sitio en la visita que don Acisclo, vestido con sotana nueva y sin violín, hace a Jacinto Barallobre a la mañana siguiente. El clérigo viene a interesarse por Clotilde. Barallobre lo recibe en la biblioteca llena de libros aspirantes al expurgo y la pira. Le responde con la hondura bíblica de Caín: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermana? La repregunta le lleva a pensar que la ha matado por asociación de ideas. Barallobre le explica que el significado de una frase no sólo depende de los significados independientes de las palabras que la conforman sino de las circunstancias coincidentes. En este caso concreto, la referencia es el hecho bíblico por todos conocido. Sin embargo, como ellos no son ni el Señor ni Caín, el traslado de significados no es pertinente. El Señor que todo lo sabe, pregunta por preguntar y Caín responde con otra pregunta absurda, como buen gallego. Lo que ocurre es que don Acisclo mezcla los niveles semántico y lingüístico que es como coger el rábano por las hojas. Don Acisclo asiente, embelesado por el poderío del razonamiento de Barallobre. Un Demóstenes auténtico: la oratoria como arte de dominar multitudes. Lo respeta como Vázquez de Mella respetaba a Castelar, el símbolo de la oratoria, aunque fueran de ideologías diferentes. 

“La juventud es el lugar de cita de todas las sandeces”, sentencia don Acisclo dispuesto a plantar cara dialéctica al Castelar de la oratoria ante un cigarrillo que le recuerda la juventud en México. Nadie sabe el paradero de Clotilde; Barallobre supone que se haya ido a Santiago, como siempre hace cuando algo le sale mal. La noche anterior había sido la noche triste para ambos: los dos se quedan compuestos y sin pareja. Don Acisclo ni sospechaba que Clotilde estuviera enamorada de Jesualdo desde niña y ahora se casa con Lilaila





" Los masones de Michel labraban piedras informes y sacaban de ellas arquivoltas, columnas geminadas, capiteles historiados, meros perpiaños."

Jacinto se retira de la escena un rato, va a buscar la cruz de Coralina Soto, una joya de valor incalculable de más de mil años de antigüedad para que se la entregue a Lilaila como regalo de boda, como Clotilde le había prometido. Le da también el icono para que se lo regale junto a la joya y que Bendaña lo vea todos los días de su vida, ahí radica la maldad. Una venganza inteligente al parecer del descreído don Acisclo que esboza una sonrisa cortesana al dejar la casa, no sin antes mostrar su preocupación por el efecto que cause el desengaño amoroso en Clotilde. Siempre tendrá expedito el camino del convento: “Allí podrá encontrar, trascendido a lo divino, el amor que apetece”. La suerte de Jacinto le importa un bledo, un hombre podrá encontrar otra mujer que le satisfaga sin mayor problema. 

Las campanas de Castroforte resuenan alegres el día de la boda entre Jesualdo y Lilaila. Jacinto observa desde la terraza la ciudad disuelta en la niebla espesa que flota como un velero sobre el río Baralla. Las guedejas se enredan en los magnolios del pazo de Bendaña. La tienda del Mariscal asoma la gaita más allá de los mirtos y laureles. Allí los Bendaña y los generales juegan a la guerra y el Mariscal se ríe de todas las victorias sobre el enemigo de los descendientes: unos, ahorcados; otros, quemados; algunos, entregados a los ingleses o pasados por las armas; Jacinto Barallobre, comprando su libertad y él sin poder hacer nada “porque no le era dado cambiar lo acontecido, aunque los protagonistas de las derrotas pasadas estuvieran junto a él, en la misma terraza”. Conjugando en pasiva, justamente porque habita un tiempo al que no pertenece. Concluye y resume don Jerónimo: “El tiempo es una invención humana, la definición de algo irreversible e impenetrable”. 



"Ballesteros improvisados corrían a los matacanes. Amparados en las almenas, los fusileros disparaban."

 El Canónigo Balseyro propone dejarse de filosofía y pasar a la acción. Ha llegado el momento decisivo de empujar sin tibieza, la hora de las arengas. Cada uno a los suyos como mejor sepa. El obispo se dirige a caballo hacia la muralla. El canónigo al balcón. El almirante y el Lieutenant bajan la Rúa Sacra hacía la Puerta del Mar donde se ha emplazado la mayor potencia de fuego. Jacinto se mete en los billares donde los muchachos del instituto se entrenan para el tour de Francia. Tanto los arenga para que les mole impedir que se lleven a Lilaila Aguiar, aunque sólo sea por los años que llevan haciéndose pajas a su salud, que salen en tromba a apedrear el tren con el corazón desgarrado e inflamado de lo suyo: la afrenta más insufrible, la mujer más bella de Castroforte arrebatada por un Bendaña. Jacinto los distribuye en grupos de tres y a su orden rompen los cristales de los vagones del tren y enardecidos siguen dándole gusto a la mano y se apedrean entre ellos en nombre de Lilaila, la fugitiva. Una piedra dirigida a Jacinto y una flecha derecha al corazón de Jerónimo Bermúdez se chocan en el aire y trocan los rumbos: la pedrada descalabra a Jerónimo Bermúdez y la flecha desgarra el pecho de Barallobre afectando los pulmones. 

El Vate Barrantes a bordo de la barcaza cañonera se aburre como una ostra de tanto esperar a que el enemigo aparezca por lo alto del camino con la mecha prendida en la mano. El tiempo acompañado del espacio inestable baila en la ceremonia de un tiempo anárquico que confunde la  mañana, la tarde y la noche. Cae al agua, sale del río y la leyenda le obliga a esconder el Santo Cuerpo Rúa Sacra arriba y vuelta a las aguas del Baralla


 Mirar atrás, reflexionar, pararse a pensar qué es lo que ha pasado 
Nos hemos equivocado 
En alta mar no hay nadie a quién preguntar si es que hemos naufragado 
O sólo hemos encallado
Igor Pascual





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


domingo, 21 de abril de 2019

La saga/fuga de J.B. (43) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Otro tipo de amor.



"Tenemos que buscar el verdadero Cuerpo Santo. Está aquí, en esta esquina, tapado por esta piedra"

La saga/fuga de J.B. (43) 
Scherzo y fuga Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Don Jacinto Barallobre y José Bastida se ayudan de pico y palanca para mover la losa del hueco en el que duermen el sueño eterno los restos de Santa Lilaila de Éfeso metidos en una caja de zinc. De la santa queda poco más que “una remota alusión a su forma corporal”, una grisura de cenizas y troncos de leña calcinados. Al pie del estuche funerario descansa el icono con el relato pintado del martirio de la muchacha a manos de los iconoclastas y la barca defendida de los ataques berberiscos por muros de lampreas. El misterio más insondable, el secreto mejor guardado de la esencia de Castroforte desvelado sin que se produzca un movimiento sísmico que rasgue las paredes de la cueva, ni un huracán vengador que borre del mapa a la ciudad de los dos ríos. 

No se le escapa a Barallobre que es la víspera de los Idus de marzo, la fecha de su fallecimiento prevista por los augures paganos. Como no quiere que le acusen de llevarse a la tumba el secreto de la santa, decide revelar a Clotilde cómo entrar y salir de la cueva, la única de la familia que le queda en el mundo. Suyos serán los beneficios que dejen los peregrinos cuando se sepa que las cenizas de Santa Lilaila han aparecido. Le queda además una renta mínima garantizada durante el resto de su vida a poco que salga en la prensa, medios de comunicación y primera página de Google en el siglo del prodigioso streaming en directo. Hasta puede que le salga un marido porque al parecer de Jacinto, Clotilde está aún de buen ver. Bajan las escaleras que parecen subir, entre paredes que tiemblan como cañaverales cuando les da el aire, voces premonitorias inaudibles y otras señales extrañas como los pechos rotos de la Venus de Milo y la cara de huevo quebrada de la Dama de Elche. El chorro de agua que mana de la entrepierna de la Venus Callipigia que la muchedumbre sedienta se lanza a beber como si se tratase de la Fuente de la Vida. Amén de otras señales premonitorias de estatuas sostenidas por pedernales carcomidos en cuyo hueco anidan los vermes que se trasmudan en falos de elefante o cuernos de Amaltea. Llegan a la sala de aspecto tétrico, con paredes de piedra desnuda porque no hay quien clave una punta en el granito duro. Un ara y dos sillas componen el mobiliario. Sentados en ellas hablan. Clotilde reparte pareceres: las cenizas le parecen asquerosas y el icono una mamarrachada, seguramente porque sus conocimientos sobre pintura bizantina sean más bien escasos. 

 En la soledad mística de la cueva, Barallobre le confiesa su dependencia: “Me hiciste la vida tan llevadera que hasta me ofreciste en la misma persona una madre, una hermana y un amante”. No es que Jacinto Barallobre esté en contra del incesto, a la vista está que la sociedad no se desmorona porque los padres se acuesten con las hijas y los hermanos se líen entre sí como ella admite. Jacinto la acusa de tramar con Bendaña la desaparición del libro de Góngora para que no pudiera entrar en Castroforte cuando las oposiciones. Ella se levanta de la silla dispuesta a armarle un escándalo a Jesualdo Bendaña delante de las Aguiar por el chivatazo. Jacinto se lo impide porque ante la inminencia de su muerte, “lo menos a que puede aspirar un moribundo es a llevarse consigo la verdad de su vida”. 


"De aquí a tu cuarto puede llegarme la muerte"

Las sospechas de que Jacinto y Clotilde no son hermanos se confirman cuando aquél descubre los retratos de su padre que Clotilde esconde, es su vivo retrato y ella no; seguramente ella sea hija del administrador, por eso su padre no la menciona en el testamento. Piensa que todo terminará cuando se case con Lilaila. Pero no, su carne le pertenece y eso le atormenta. Algo existe que le empuja a volver a Clotilde. Ella juega con ventaja; conoce los hechos desde siempre mientras que él sólo lo sabe desde el día anterior a través de uno de sus sueños reveladores, fundados en el Antiguo Testamento. Tuvo que dejar de creer para desembarazarse del sueño que le acusaba de acostarse con su hermana: el más tremendo pecado de los hombres. Ella también sufrió, fue víctima del amor, “como esas madres exclusivas que sólo saben manifestar su amor con una opresión servicial”. Su dedicación a la lingüística fue una liberación, por evitar esa ayuda atosigante porque ella no podía ayudarle al no saber francés ni alemán. Y ahora, una vez libre, siente revivir el deseo antiguo, la misma necesidad de ella que cuando llegaba de un viaje y la asaltaba para resarcirse de los días de ausencia. La quiere poseer sobre el mismo altar en el que la abuela engendró al padre. Las maniobras amorosas se desenvuelven entre el sí y el no y cuando ya ella está entregada como si hubiera un solo día para amar, la desprecia y le dice que se vista si no quiere pasar desnuda,“con el remangue encima de los huesos”, a la eternidad. 

Justo cuando va a tirar el cadáver a la fosa aparece la voz del narrador, la voz de la conciencia del coro de las tragedias griegas, para advertir que a la escena le falta consistencia. Barallobre le señala que “las pasiones son como granadas que, al estallar, desparraman los granos en todas direcciones”. La voz de Dios, de hondas resonancias bíblicas le insiste: “¿Por qué has matado a tu hermana?” Jacinto le contesta que estaba muerta desde el día que le tiró una plancha y falló, de eso hace ya diez años. Merece la muerte de un reptil por deshacer su noviazgo con Lilaila. El narrador le propone tachar y sustituir de los siglos lejanos de la máquina de escribir. Una lucha entre lo analógico y lo digital: tan fácil como un corta pega de los tiempos digitales. La gente tuerce el morro cuando huele en un libro el sesgo incestuoso de las relaciones. Un simple cambio de elementos narrativos y tenemos un relato distinto; hace que se pase de un incesto a un caso de amor exclusivo, tiránico. Como el que se da tantas veces entre muchas madres y hermanas. El narrador concluye que si en un texto no aparece la palabra incesto, nadie tiene derecho a una interpretación como tal. Propone la repetición de la escena de Clotilde en la cueva, en ella quedará retratada como una solterona virgen, una mujer normal algo rara. 

Entra de nuevo Clotilde en la sala de la cueva para repetir la escena después de arreglarse un poco y quitarse las huellas cárdenas del cuello. Las estatuas llenas de nidales de gallinas y huras de ratones le parecen horripilantes; las Venus desnudas, una porquería de solterones. Ya le gustaría a ella tener esos apolos con los atributos al aire. Pero se tiene que contentar con la Virgen del Perpetuo Socorro, para que luego digan que las mujeres imponen sus criterios. Clotilde se lleva una decepción al descubrir que el Santo Cuerpo no pasa de un montoncito de cenizas. ¡A ver cómo puede aquello desafiar la eternidad! Ahora comprenden cuando don Acisclo afirmaba que lo del Santo Cuerpo era una paparrucha, lo cual lleva a pensar, por analogía, que también el obispo Bermúdez y el Canónigo Balseyro sean un cuento chino. Sin embargo, fue Bastida el que sabía dónde estaba el Santo Cuerpo y lo sabía porque en alguna ocasión encarnó al Canónigo Balseyro y fue él mismo quien lo escondió. Por lo tanto fue también su abuelo el que engendró en Ifigenia a su padre en la cueva. 


"Quizá imaginara que el fuego de la pira que con tantos libros podía hacerse, llegaría al cielo como el humo de los holocaustos"

Clotilde le pide que no le recuerde la vergüenza de la familia, algo que no ha conseguido borrar durante toda su vida de decencia. Le ordena que al día siguiente le dé la cuenta a Bastida, no importa la mucha gramática que sepa. Como a las criadas: si no son de confianza, a la calle. Y sigue ordenando el cosmos. 

Durante poco rato porque cuando se agacha a mirar el cuadro, Jacinto le hunde el pico en el colodrillo. Acto seguido, intenta justificar el puntillazo certero haciéndose la víctima. Se declara sufridor de un acoso constante de ella que lo humillaba, comparándolo con la brillantez de Jesualdo. Le dice al narrador que matarla es excesivo; él la odia, pero no tanto como para escabecharla en la cueva. El intento de dulcificar  el castigo es inútil porque el odio sarraceno que le profesa le empuja a matarla. ¿Qué mejor momento que el día en el que puede morir? Morir matando es la venganza más completa. Morir después del crimen perfecto, una vez escondido el cuerpo del delito en el fondo del agujero donde se guardan las cenizas de Santo Cuerpo Iluminado.

If you want a lover 
I'll do anything you ask me to 
And if you want another kind of love 
I'll wear a mask for you 
If you want a partner, take my hand, or 
If you want to strike me down in anger 
Here I stand 
I'm your man
Leonard Cohen



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.




miércoles, 10 de enero de 2018

La saga/fuga de J.B. (42) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Cuerdas en el pelo.





"Badere búa dontilia con denbis?


La saga/fuga de J.B. (42) 
Scherzo y fuga 
Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

El Espiritista, el conocido fondista de la rúa Sacra, hace una entrada en escena meteórica. “¡Esperen! ¡Esperen! Señores jueces” grita desde fuera cuando ya la sala está casi despejada de público. Trae medio arrastrando a su hija, Julia, con las ropas desgarradas, desgreñada y con señales de golpes recientes. La trae para que la juzguen, pues aunque sea mayor de edad, vive a su costa y en su casa. La ha descubierto en la cama con el huésped más pobre, más sucio y feo de los alojados. El que le debe dinero, al que tiene por caridad, va y se lo paga con la deshonra del apoyo de su vejez, escarneciéndole con la niña de sus ojos. Aún confía en Montesquieu y la división de poderes, en que la justicia haga su trabajo y que la encierren en algún sitio, a su cargo, porque él no puede pagar las costas de meterla en un correccional. 

Don Acisclo interviene. Alza la mano derecha enseñada a ordenar y señalando con el dedo proclama que aunque la acusada tenga mala reputación, tiene derecho a defensa letrada. Esperan que don Jacinto Barallobre aparezca en cualquiera de las formas conocidas, pero no lo hace. Don Acisclo sospecha que no haya ningún letrado con las suficientes tragaderas para defenderla como ha pasado otras veces. Cuando don Acisclo se levanta con “solemnidad de sentenciador inapelable” dispuesto a condenar, Julia, asomada al borde de la escena, pide que no se precipiten porque a lo lejos aparece la figura pequeña y desangelada de don José Bastida dando tropezones con la toga calle arriba al caminar. Es cómplice de la acusada, pero ella tiene el mismo derecho a defensa que las otras acusadas defendidas por sus cómplices. 

Joseíño se recoge el sobrante de la toga que le arrastra como el hábito a una monja de gran lujo. Hace caso omiso a Julia que se le abraza al cuello y le suplica que la deje con su suerte, pero no, no, ni hablar, él es su suerte. A medida que sube la escalera, los focos del electricista caen sobre él y la sombra recrecida rebasa la fachada de la iglesia. El silencio sosiega los rumores. Fuera hay lleno hasta las tejas, un tendido invisible de voces levantadas compuesto de truhanes, de hijos echados de sus casa por los padres, de indecisos, de padres hemipléjicos, de repelentes niños vicentes, revolucionarios con coleta y de coleta cortada, cojos, ciegos, mancos y medio pensionistas le alientan con voces de los campos de  fútbol de ¡A por ellos oe, a por ellos oe! y ¡Ánimo, Pepe! ¡Ánimo, que son tuyos! “El Tribunal no contaba con aquella intervención masiva, que valía por un plebiscito.” 



"Duit luebis, duos vonbolateris"


De la sombra atruena la voz de los disconformes  paralizando los gestos y los cuerpos. Julia llora. Los ángeles trompeteros se toman un respiro, entran en paro técnico ante las clausulas interrogativas repletas de oclusivas velares que golpean los oídos de los jueces como las explosiones sordas de las cargas de profundidad en el fondo de los océanos. Submarino tocado. Sólo don Acisclo mantiene el silencio reposado. La batalla ya es bilateral: don Acisclo contra don Joseíño. De qué cantera montaraz sacaría José Bastida las pedradas que lanzaba y las vibraciones de las cuerdas vocales que convertían las consonantes sordas en sonoras. Febril como un novato lanzador de cuchillos afilando las herramientas de trabajo. Hasta los ángeles aburridos del tendido de sol, metidos en faena, aplauden las verónicas airosas que Bastida les brinda. Los jueces se achican a cada lance del diestro, reducidos a meros muñecos de bolsillo a merced del orador implacable. 

Don Acisclo abandona la sala al verse incapaz de controlar los sueños, momentáneamente sometido a los argumentos que como alaridos le lanza don José Bastida, crujido el cuerpo por la media lagartijera que remata la tanda de verónicas en los medios. Pero don Acisclo es un hueso duro de roer: “Ya nos veremos las caras” Exclama sin dar por perdido el combate mientras se pierde entre la niebla. 

Julia se le abraza de nuevo al cuello y le pide que lo deje marchar en buenas, ya lleva suficiente castigo encima. Se besan, le susurra al oído palabras melosas, que ya no es tan feo y que con él lo pasa mejor que con Manolo que sólo va a lo suyo y que a menudo la deja con la miel en los labios. Antes de irse le deja de regalo una chuleta de ternera porque estas cosas desgastan mucho y él tiene que comer porque está muy delgado. Cuando acaba de comerse la chuleta,  ya son más de las doce. Es media noche y el mundo se llena de destino, son los Idus de marzo. Los planetas se ponen en fila para cambiar la suerte de los hombres. José Bastida recibe felicitaciones y abrazos de los miembros de la Tabla Redonda. Lanzarote del Lago le ofrece una colaboración semanal bien pagada en el periódico local, está seguro que las ventas aumentarán. 

Nada de lo anterior tiene importancia comparado con la conversación que Bastida mantiene con Jacinto Barallobre para hablar sobre teoría y crítica literaria, un poco como los personajes que salen de la novela para rebelarse contra su creador en una mezcla de planos narrativos y metaliteratura. La novela y la crítica de esa novela antes de su publicación. El intento es genial, la tarea descomunal y novedosa. Barallobre cuestiona que lo contado sea verosímil. Para José Bastida puede que no sea verosímil, pero sí real. A modo de prueba, él mismo se pone como ejemplo de algo inverosímil y, sin embargo, real. Según señalan los últimos estudios, existen varias clases de realidades y José Bastida no se ha preocupado de clasificarlas. Para Jacinto Barallobre la historia no pertenece a la realidad de los sueños porque “jamás se ha dado el caso de que un sistema de sueños ofrezca la coherencia prolongada durante tanto tiempo como la que el suyo nos ofrece.” Puede que su sueño parezca un revoltijo, pero es largo y coherente a nivel textual. Falla en la reacción del lector, el receptor del mensaje, en este caso él mismo que no sale a matar a Jesualdo Bendaña. Bastida se niega a admitir que ese fuera su pensamiento, tan solo quería que Jacinto escuchase el relato como si fuera una novela, que Bastida nunca escribió, por supuesto, ni piensa hacerlo. “Escribir es uno de los muchos modos posibles de realizar una narración. Otro es la mera enunciación verbal.” 



"Vorlaios desfente cislogiltrante"

Jacinto no duda de que la novela sea suya a juzgar por el modo embarullado y fragmentario de contar las cosas más corrientes, sin plan previo que las organice. Admite que las cosas se puedan contar de manera diferente al orden cronológico y lineal, pero su manera de narrar se queda a medio camino entre lo uno y lo otro con un falso aire de espontaneidad. Lo acusa de falta de autenticidad tanto en la forma como en la materia narrativa. Lo culpa de irse por las ramas, emplear más tiempo y páginas en historias peregrinas y digresiones como las aventuras juveniles del obispo Bermúdez o los amores de Abelardo y Heloísa que en ceñirse en lo esencial y rematar las historias principales. Reconoce algunos aciertos como la historia del Canónigo Balseyro o los amores póstumos de su tatarabuela Lilaila Armesto con el capitán Barallobre; asimismo, le resulta graciosa la historia de la sustitución del Santo Cuerpo viejo por el nuevo, pero la introducción de Coralina le parece totalmente accesoria y la del Almirante la considera de una pobreza entristecedora, fronteriza con lo inane. 

El episodio del bote que escapa a la vigilancia de dos barcos ingleses con el ardid de la luz del farol colocada en el palo de la vela no es nuevo, ya lo cuenta el autor ferrolano y masón, Francisco Suárez, (paisano de don Gonzalo y del Generalísimo). Algo tiene de plagio. Además, si hubiera leído las cartas de su tatarabuela Lilaila Barallobre, le habría dado la importancia que merece, pues ella fue una mujer imponente. Es de agradecer que solo mente de pasada los amores de Lilaila con el Lieutenant de la Rochefoucauld. Lo que le molesta realmente es la hipótesis de aparecer como víctima de la conspiración entre Clotilde y Bendaña y no es así, él ya se había cansado de Clotilde y por eso dejó el primer puesto de las oposiciones, para alejarse y dejar el campo libre a Bendaña. Tampoco culpa a Bastida por la hipótesis del incesto, la culpable es Clotilde que vete a saber qué le habrá contado con lo mucho que habla. José Bastida admite una pasada de frenada en este asunto, pues podía haberlo obviado y no lo hizo porque no eran hermanos según Barallobre le contó a Bendaña un día. 

Le pregunta si hay premeditación en el hecho de identificarse y transmudarse en unos personajes que son todos altos siendo el bajito e identificarse con cuatro personajes protagonistas de leyenda y otros dos que ocupan puestos importantes en la sociedad, contemporáneos de José Bastida. Le propone que lo haga a él protagonista de la historia, no encontrará a nadie más apropiado que él, tan alto y con mando en la sociedad, le ahorra el trabajo de buscar equilibrios o encontrar compensaciones imaginarias. De todas formas, el día menos pensado él también se irá de viaje por los infinitos Jota Be, la facultad traslaticia y viajera no es monopolio de Bastida. Cotejarán los resultados al terminar. Pero antes, Bastida le invita a visitar la cueva, armados de pico, pala y palanca, principio, medio y fin de todos los secretos de Castroforte.

Por lo que tú quieras pase 
 Mis libros he "repasaíto" 
 Cuenta me tiene el dejarte. 

Son los toreros
Los que se amarran 
 Cuerdas en el pelo 
 Los que se amarran 
 Cinta en el pelo.
Miguel Poveda





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 3 de enero de 2018

La saga/fuga de J.B. (41) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Homilía fuera de guión.





"Su talante era tan admirable como la majestad de sus vestidos"

La saga/fuga de J.B. (41) 
Scherzo y fuga Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Un oficial salido de no se sabe dónde anuncia que se va a proceder al juicio público de cuatro pecadoras distintas, pero todas ellas homogéneas y acusadas del mismo pecado. Advierte de que en caso de no presentarse ante el juez sus tumbas serán abiertas, las cenizas aventadas y borrados los nombre de las placas. Todas las acusadas se llaman Lilaila y se diferencian por el apellido. Se presentan en espíritu. Nadie sabe cómo el tramoyista se las arregla para que tengan esencia trasparente con un fondo de fantasma concreto. Las cuatro conservan las características físicas que Jota Be conoció bien de cerca a pesar de que el tiempo nunca pasa en balde por los cuerpos serranos. El talle garrido de la Obispada había evolucionado al estatus de estafermo. El cuerpo de la Viuda se había desgalichado. La Barallobre parecía ahora un marimacho y Coralina Soto se había hinchado en todas las direcciones con la edad. 

Aunque el pecado sea el mismo, hay variantes a reseñar y que el fiscal distingue porque no es lo mismo un matrimonio sacrílego, profanador de reliquias, que recurrir a artilugios mecánicos para entretener la soledad o cometer adulterio con la complicidad del marido o la fornicación de alta vitola o  indiscriminada. 

Don Apapucio toma la palabra para abundar en la acusación a Coralina. Se le acusa de puta con todas las letras, de arriba abajo, por delante y por detrás y por activa y por pasiva. Y aunque sea inútil, el procedimiento es el procedimiento; hace pasar a los defensores uno a uno. Jacinto Barallobre disfrazado de Obispo Bermúdez es el primero en comparecer. Con un discurso, “pausado en la dicción y escueto en el estilo,” se responsabiliza de los hechos imputados a su mujer. Él se defenderá no ante un tribunal del siglo, sino ante el Altísimo cuando haya muerto del todo y se haga el recuento final de cadáveres. Reaparece trasmudado en Canónigo Balseyro, trae la frasca de la viuda y se la entrega, pero ella ya no la quiere. No tiene razón de ser porque ya están juntos. Son espíritus y están en el cielo, gozando de la gloria celeste, por lo tanto el juicio no tiene sentido. La observación de la defensa hace temblar al tribunal y al público asistente, pero no a don Acisclo,  acostumbrado a las dentelladas del dragón. A él no le importa, buenos estarían en la tierra si fueran a tener en cuenta la misericordia del cielo. Allá arriba son demasiado blandos. Ellos son jueces estrella, están aquí para juzgar y lo harán porque los delitos de las cuatro mujeres están sin juzgar en la tierra. Insta al Canónigo Balseyro a ejercer la defensa si quiere. Como no tiene otra alternativa, coge la frasca y se la pone en las narices del presidente por si la mesa quiere examinar de visu la naturaleza del instrumento de importación, el verdadero cuerpo del delito. Pero al tribunal no le interesa la naturaleza de las cosas sino sus relaciones y parece evidente que las de Lilaila con el objeto son pecaminosas y contra natura. 





"Cuando, por fin, el tren fue desalojado de escena mediante el uso de mecanismos electrónicos de alto voltaje, las acusadas habían desaparecido hacia las alturas."

Don Jacobo regresa a su manteo, recupera el centro de gravedad y desde los medios les lanza un alegato de defensa de dimensiones teológicas laicas en el que trata de definir el ser que contiene la frasca. Para apoyar su discurso se ayuda de tres tecnicismos metafísicos que entienden bien los integrantes de la mesa dada su condición de “profundos metafísicos amén de artistas eminentes”: Un ser en cuanto objeto, miembro e instrumento, conceptos que van íntimamente ligados, pues lo uno lleva a lo otro. Algo es objeto en tanto es independiente en origen de la realidad presente, ya sea en actividad o en reposo. Además, nada puede ser miembro si antes no ha sido objeto. Pertenece a algo superior y complejo que pone deberes para hacer en casa y que lo podemos llamar cuerpo. Este objeto de la frasca fue miembro y ya no lo es, lo que interesa es su instrumentalidad. El instrumento, al perder su condición de miembro, ha perdido toda capacidad instrumental. No hay más que mirarlo en su flotar amorcillado e inerte en el interior de la frasca. 

El mutismo de los jueces reta a don Jacobo Balseyro que adopta la actitud atacante de un felino, un fiero tigre de la Hircania,  pues si la blandura del objeto le priva de utilidad, ¿cómo se acusa a su defendida de usar el instrumento que ha dejado de ser miembro? El cuerpo estará repartido en los estómagos de los peces que se lo comieron y en los peces grandes que se zamparon a los chicos. Y acaso los elementos bioquímicos que un día constituyeron al capitán Barallobre estén en alguno de ellos. Sólo la fe y la palabra de Dios será capaz de integrar los átomos tan desperdigados cuando llegue la hora. 

Las palabras del Canónigo Balseyro resuenan poderosas en la sala, abarcan todos los registros musicales. Van del tono ronco del contrabajo a los agudos más altos de la flauta. “Ancho era el ritmo de sus palabras,” al exclamar dirigiéndose a los cinco jueces: “Y sin embargo, señores, es cierto, históricamente, que mi defendida sostuvo relaciones con el objeto de nuestro estudio, ésas precisamente que constituyen la base material de la acusación.” El alegato aquieta las cabezas de los jueces, excepto la de don Acisclo que se mantiene alerta como un mohicano que vigila los movimientos de un rostro pálido desde lo alto de un teso. Para él no hay más que hablar, el caso está visto para sentencia y despejen la sala. Pero el canónigo no está por la labor. Sería una prueba de miopía manifiesta si ahora se cerrara el caso. Hará una prueba: levanta la frasca por encima de la tonsura, dice algo que nadie oye y el miembro rompe lentamente las cualidades instrumentales. ¡Hechicería!, exclaman unos. Hechicería no, ¡sabiduría de Lucifer!, corrige el presidente. Si ustedes no lo saben, ¿por qué lo afirman? Inquiere don Acisclo. Don Jacobo no se achica y les pregunta si ya han olvidado la virtud de la palabra, toda palabra virtuosa, incluso las usadas por el diablo, pertenecen a la Palabra con mayúscula, de ella se desprenden. Las mismas palabras utilizadas por él figuran en la tradición massorética y son legado del Señor





Como es la primera entrada del nuevo año, aprovecho para desearle a todos los lectores, amigos y visitantes Feliz Año 2018.

Aquí se acabaría el relato para una mente teológica, pero no para una mentalidad científica como la suya, él va más allá. ¿Por qué mis palabras, o esas palabras que uso como mías, pueden obrar maravillas? Y se responde: “Porque la Palabra es la clave de la Ley, es la Ley misma.” Y la Ley dice que todas las moléculas que forman un cuerpo se atraen amorosamente y sólo en la unidad del cuerpo encuentran el equilibrio. Es cierto que la muerte las dispersa, por lo tanto la muerte no es más que la desintegración de la unidad. Pero el amor que las une no desaparece, de otra forma no se entendería la reunión de las moléculas para la marcha apresurada al Valle de Josafat como respuesta al toque de trompeta apocalíptico. 

Él no puede entregar el cuerpo resucitado del capitán Barallobre a su mujer porque la integridad de la Palabra es un misterio. Sus poderes se limitan a resurrecciones restringidas. Sus palabras solo movilizan el amor dormido entre moléculas, pero son incapaces de trasladarlas. La energía va directamente al miembro concernido y le devuelve el vigor y aptitudes para el que fue creado. Pero la lozanía se desvanece y hay que volver a empezar con la Palabra. Fue esta repetición la que llevó a la criada a delatar a la viuda por creer que entretenía sus nostalgias con un artilugio de fabricación extranjera, perseguido por el Santo Tribunal de la Inquisición que ellos representan. La perspectiva de que el Almirante pueda ser el padre de Cristal y como consecuencia una de las columnas de la mitología de Castroforte se disuelva, le llevan al convencimiento de que es mejor que las cosas queden como están. 

En ese momento aparece en escena de nuevo el tren lleno de putas negras, más veloz, con trayectoria de buscapiés, echando chispas por todos los agujeros atropellándolo todo, sin dejar títere con cabeza sobre el escenario. Cuando se consigue desalojar al tren mediante el uso de mecanismos de alto voltaje aquello parece el Campo de Agramante. Don Jacobo Balseyro hace un mutis despectivo por el foro y las acusadas se elevan a las alturas.


Recuerdo bien 
aquellos «cuatrocientos golpes» de Truffaut 
y el travelling con el pequeño desertor, 
Antoine Doinel, 
playa a través, 
buscando un mar que parecía más un paredón. 
Y el happy-end 
que la censura travestida en voz en off 
sobrepusiera al pesimismo del autor, 
nos hizo ver 
que un mundo cruel 
se salva con una homilía fuera del guion.
Luis Eduardo Aute




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 13 de diciembre de 2017

La saga/fuga de J.B. (40) Scherzo y fuga. Gonzalo Torrente Ballester. Juegos de manos.




"Macora custato lostia"

La saga/fuga de J.B. (40) 
Scherzo y fuga 
Capítulo 3 
Gonzalo Torrente Ballester 

Cuando el corregidor descerraja los candados de la puerta grande de la casa, aparece a contraluz la silueta de don Asterisco. Entra con la elegancia y paso de los jóvenes cardenales romanos, destocado de la teja que lleva en una mano, como un espantapájaros oscuro recortado contra la claridad de la calle. Dice que viene en son de paz, trae un mensaje de las tropas reales, pero su oferta suena más a amenaza y chantaje: no pasarán a cuchillo a los defensores si les entregan a los cabecillas del motín contra el Santo Oficio y ceden la custodia del Santo Cuerpo Iluminado. Y añade un deseo íntimo, a modo de petición personal: que la Señora Viuda sienta el mordisco de la soledad en un convento donde el canónigo pueda tutelarla, sacar su alma del pecado y encaminarla a la salvación. Un suspiro, ni corriente ni sentimental, escapa de la boca de la viuda a modo de respuesta. 

Los suspiros son una materia poco investigada. José Bastida no es un experto, pero puede distinguir entre los suspiros de alivio que su madre dio al parirle y el suspiro de Julia al subir las escaleras a oscuras tanteando el aire con las manos. Las congojas se le escapan del pecho al juntar las manos frías y temblorosas con las de José Bastida en la oscuridad y sentir la atracción hacia él con la fuerza de un imán. Huele bien, a pachuli fino, seguramente regalo de algún viajante catalán como trámite previo a la conquista. Las manos repasan la tela suave del camisón. El lleva el pijama nuevo, una rareza cara, exclusivo de burgueses acomodados ¡Cuánto no le habrá costado! 




"sema lostia faldelida"

Después Joseíño ya no recuerda si es ella la que da permiso para acariciarla o pide que la acaricie porque lo que sucede a continuación es tan maravilloso que lo deja escrito para los restos en su idioma privado. Ella se siente como desmayada, en el mismo centro del silencio, “empujada por todos los sistemas, por todos los músculos y nervios” antes de quedarse quieta. Las vibraciones positivas se propagaban por la estancia sin degradarse y “regresaban cargadas de perfumes, sabores y polvillo de estrellas remotas.” Un crujido en el tramo de escaleras que siempre cruje, saca a ambos del “ancho espacio y largo tiempo.” Siente una sombra menuda y encorvada traspasar las tinieblas del descontrol. Es don Acisclo que riñe al electricista por errar en el relámpago que desvela a los espectadores el misterio de su sombra. El objetivo de don Acisclo es provocar horror. Para ello proyecta una luz verde de cadáver en los decorados que representan las escalinatas de la Colegiata y la cuesta de la Rúa Sacra, adornados con cortinajes verdes sostenidos por ángeles trompeteros. La Rúa Sacra se llena de gente, confundido entre el gentío camina don Fulgencio Torroella muerto, pero no de su muerte en el treinta y seis. Los vivos se mezclan con los muertos en la ceremonia de la confusión. 

En el centro del escenario instalan a martillazos un poste alto rodeado de haces de leña seca. Justo entonces es cuando Jota Be comprende que van a representar a Juana de Arco con texto de don Acisclo. En ese preciso instante le vienen ganas de fastidiar un poco. Mete en el escenario un tren cargado de putas negras dando vueltas alrededor del poste, pitando y asustando a los espectadores hasta que descarrila y hace mutis por el foro. 

Don Acisclo saca de la manga cuatro muñecos que recrecen hasta el tamaño de un hombre alto. Representan a cuatro clérigos: don Asclepiadeo, don Asterisco, don Amerio y don Apapucio. Qué pena no poder ensayar la eficacia de la leña sobre algún hereje si el tren hubiera venido cargado hasta los topes de herejes. Él no puede escuchar lo que hablan los clérigos entre sí, pero se entera de lo que dicen. Los fenómenos extraordinarios le dan mala espina. Vienen del otro mundo, el cielo está vacío. No hay fuego en el infierno. No han visto a Dios por parte ninguna. Malamente lo van a ver si Dios no existe, sentencia don Acisclo. Sin embargo, ahora van a juzgar en nombre de Dios, precisamente porque no existe. Hay que juzgar, hay que juzgar porque es lo que les gusta y es para lo que están. Juzgar a la maldita sirena, a Marietta, a Guadalupe o a cualquier culpable. Cada uno se dispone a contar su historia. Que por otra parte es lo que llevan haciendo desde que están muertos, para desesperación del público asistente. No hay derecho a hacerles esperar por muy muertos que también estén. Total para escuchar a los cinco cabrones que se ríen de sus conquistas femeninas y abandonos posteriores. Reconoce que lo que más le molesta son los fundamentos teóricos del chorrito de oro que sale del abdomen. “¿Por qué habían de estar encaminadas al placer del otro?” "¿Qué especie de monstruos eran las hembras, cuya vida giraba en torno al hecho de apropiarse con carácter exclusivo o compartido el chorrito de uno o varios varones?” 




"mástida curva leslipolantes"

Cada uno de los cinco ha resuelto el conflicto a su modo. Don Acisclo es experto en poluciones nocturnas, se inspira en dos o tres potentes imágenes eróticas; por ejemplo, en una mujer que enseña los tobillos al subir la escalera, se desnuda poco a poco y sin necesidad de contacto se encadena al efecto final. Un método gratuito que ha perfeccionado mediante la dedicación de tiempo al estudio y ejercicio del arte, mientras otros se dedican al galanteo y folloneo. 

Don Asterisco es más partidario del método monacal porque,  según señala,  “los tres últimos golpes nadie los da como el interesado.” Los problemas de don Acisclo con el chorrito de oro son otros. Las cuatro variantes con Marietta y las dos con Guadalupe levantan olas de admiración entre los presentes. Don Acisclo impone el criterio de que al alzarse el telón lo mejor es un cuarteto de cámara con la variante de sustituir uno de los violonchelos por una trompeta que espabile a los difuntos rezagados o a los vivos dormilones. El trompetista lo tienen en don Amerio, aprendió a tocar en Las Filipinas para congregar a los tagalos a los oficios religiosos de los domingos y fiestas de guardar. De nuevo don Acisclo impone el programa; tocarán el quinteto para cuerda y trompeta, opus 52 bis, de Von Bonivorgenberg. 

La ejecución es perfecta, sobre todo la de don Acisclo que arrebata a los muertos de sus muertes con el solo de su Guarnieri en el largo scherzo. Los espectadores no han dejado de aplaudir cuando irrumpen en la sala unos encapuchados con chicotes en las manos listos a repartir zurriagazos en todas las espaldas. Se va a proceder al juicio público de cuatro pecadoras.

Si estrenaban Cleopatra y pedían el carnet 
 yo iba con corbata y pomada que cura el acné. 
 Hasta que aquella bici de mi niñez se fue quedando sin frenos 
 y en la peli que pusieron después nunca ganaban
los buenos. 
Joaquín Sabina


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.