miércoles, 4 de junio de 2014

La saga/fuga de JB (6), Gonzalo Torrente Ballester.Rumor de los surtidores





"Las noches de concierto, el monasterio parecía devuelto a sus mejores tiempos" 

Claustro de la colegiata de Santillana de Mar


La saga/fuga de JB (6) 
Gonzalo Torrente Ballester 

Don José Bastida no era miembro numerario de la Tabla Redonda, su posición no pasaba más allá de la categoría de elemento adherido que tampoco era moco de pavo. Poseído por el don de la oratoria, aparecía especialmente dotado para convencer a las gentes ingenuas. Con estas “ideas solubles” bajo el brazo consigue demostrar que “tirar al Mendo a don Acisclo es un modo peligroso de perder el tiempo.” 

Partiendo del ancestral y nunca abandonado hábito del rapto de mujeres para propio beneficio (buena muestra de ello es el actual y mundial movimiento del #bringbackourgirls), considerado por lo tanto fórmula universal debido a lo repetido de los raptos legendarios e históricos como le ocurrió a  Helena a manos de Paris, Europa secuestrada por Júpiter tauro, las Sabinas por los romanos o el tributo de las cien doncellas hispanas pagado a los sultanes del Califato de Córdoba. Hechos que guardan semejanza con los perpetrados por el Obispo Bermúdez o el Canónigo Balseyro después de la derrota. También merecen similar consideración los intentos baldíos del Canónigo don Apapucio de meter a Carolina Soto en el convento de las Clarisas. Todos tienen en común el uso indiscriminado de la violencia y la actuación en contra de la voluntad de las interesadas. Pero no todo es pintar como querer; los raptores suelen acabar sus días de mala manera. Como pago de las acciones contra la voluntad de las personas, a menudo la gente no sucumbe, tiene la buena costumbre de luchar por la libertad y contra las injusticias hasta las últimas consecuencias. Por eso Menelao no para hasta despachar a Paris y el Espartero manda al más allá a Júpiter en puntas de un bajonazo indecente. 


"Razones por las que tirar al Mendo a don Acisclo es un modo peligroso de perder el tiempo"

El gesto indeseable de la prohibición debe ser algo innato en algunas personas, a pesar del escarmiento propinado a los históricos raptores de la libertad, surgen nuevos como las setas después de la lluvia suave del otoño. Es así como don Acisclo Azpilcueta rapta a Minucha la del Globo y la aloja en el convento. Don José Bastida sugiere un castigo rotundo; salirle al paso y propinarle una tanda de palos ante todo por atreverse a desbaratar el noviazgo de la muchacha con un seminarista a punto de la tonsura mayor. El castigo en cuadrilla, con nocturnidad y alevosía no debe ser efectuado en cualquier sitio, tampoco a cualquier hora sino en el lugar apropiado, aprovechando la oscuridad de la Plaza de los Marinos Efesios a la hora en la que don Acisclo la cruza solitario, en compañía de su violín. 

En efecto, don Acisclo cruzaba la plaza a diario después de la sesión de ensayo de un “concierto vagamente caritativo” en casa de los Aguiar. Estaba obsesionado con meter a todas las solteras y viudas nativas (las godas estaban exentas de peligro) de Castroforte en el convento, incluidas -por supuesto- las “tres tórtolas tristes”: Beatriz, Pura y Lilaila. Pero Beatriz estaba segura de que no la admitirían por su tendencia pecaminosa a hacerse pajas en el baño. Como la pensión de orfandad a la que tenía derecho por ser hija de padre coronel retirado, muerto de entusiasmo patriótico al empezar la guerra, no le daba para subsistir, tienen que ponerse a trabajar. Pura se pone a bordar uniformes para la Armada. Lilaila, como leída y escribida que era, organiza una escuelita para entretener a parvulitos en los bajos de la casa a módico precio y así sacarse unos duros. Beatriz da clases de piano, pero la mayoría de los alumnos eran hijos de amigas y no se atreve a cobrarles. En resumidas cuentas que deja la música, abandona el ruinoso negocio de la enseñanza y abre un taller de costura al que acude “un endiablado cotarro de locas desvergonzadas” del que don Acisclo huye como de la peste. 

La fama de que Beatriz tiene buena mano para el corte se extiende. Incluso la gobernadora le encarga un vestido que es la sensación de la fiesta. Don Acisclo no desperdicia la coyuntura, entabla conocimiento con ella y llega a tener vara alta en el trato de la familia Aguiar. A pesar de todo no llega a cumplir el objetivo de ingresar a las tórtolas tristes en el convento. 

Don Acisclo no deja desamparadas de confesión y desatendidas de consejo a las mujeres, muchas de ellas casadas, que no entran en el convento, las atiende desde el confesionario. La señora del abogado de Estado, Benítez Araujo, le pide consejo sobre unas prácticas eróticas que tiene que realizar para paliar la flojera de su pareja sobrevenida después de una enfermedad, pues aunque el letrado parece repuesto, de hecho acude al trabajo con normalidad, a la hora de la suerte suprema “aquello remoloneaba y, sobre todo, no alcanzaba las condiciones plásticas indispensables para los fines previstos y apetecidos” y si no cohabita dos veces por semana anda como gaviota loca, y se le van los ojos tras los jóvenes mancebos. Las minuciosas descripciones de las maniobras amorosas que las mujeres le confían, abren la puerta de las fantasías eróticas del clérigo. 




 "Pero los daba [conciertos], semiprivados y gratuitos en el claustro gótico del monasterio, con macizos de rosas y cuatro cipreses en las esquinas"

Claustro del monasterio de los Jerónimos. Lisboa. 

Se imagina a sí mismo dirigiendo una orquesta de monjas bien armonizadas, seleccionadas por el buen oído musical, de una calidad semejante al coro del Tabernáculo Mormón. En su mente levanta tablados, llena su imaginación de patios y amplios claustros románicos repletos de sillas de tijera en los que toman asiento las mujeres de las autoridades locales junto a las internas cerradas de oídos. Las noches de concierto el monasterio recobra su antiguo esplendor. La larga duración de los conciertos se alivia con el reparto de las famosas y exquisitas rosquillas hechas por las monjitas de Santa Clara. 

Si la sinfonía implicaba coros, las cuarenta monjas escogidas ocupan el lugar idóneo. A continuación lo hacen las ejecutantes entre las que destaca la virtuosa de la percusión, una moza robusta llena de vitalidad que no para quieta. La hermana del fregadero corta la llave de paso de los surtidores de la fuente y cae el silencio rotundo sobre el claustro, la pausa breve. Aparecen don Acisclo y su violín, con su manto desplegado, atrancando calles. “Aquella música atravesaba los sillares y conmovía los pechos varoniles que, alrededor del convento, lloraban la soledad amorosa en que el celo salvador de don Acisclo les había dejado. ¡Ni una soltera joven! ¡Ni una viuda madura! ¡Ni orgasmos ni eyaculaciones en el ámbito purificado de Castroforte del Baralla!” Pero todo no era más que un sueño porque en realidad “las chicas de la ciudad eran reacias a meterse monjas y las godas ni pensarlo.” La cruda realidad decía que las internas del convento se limitaban a una docena de monjas reforzadas ahora por Minucha la del Globo.

La rosa se distraía 
oyendo los surtidores, 
mientras el viento gemía 
de amor en los miradores. 
Rafael de León/ Quiroga
Rocío Jurado



 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



7 comentarios:

José Luis Ríos Gabás dijo...

Un placer leer esta entrada. Voy, todavía, por el comienzo de la tercera parte, y sigo asombrándome de la imaginación del autor.

Un abrazo

PENELOPE-GELU dijo...

Buenos días, pancho:

¡Qué constancia la tuya!
Y qué imaginación la de Torrente Ballester. Tengo pendiente, en mis borradores de Word, seguir con las entradas dedicadas a las lecturas inacabadas.
Qué humor inventándole fantasías a don Acisclo. Leer a don Gonzalo es no abandonar la sonrisa del gesto.

Un abrazo

P.D.: ¡Mira que escoges bien las canciones! Y las fotografías son estupendas.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

La variedad de cosas que encierra tu entrada es reflejo de ese mundo de la novela. Por cierto, ya entonces comenzaba a no ser tiempo de profesar, por lo que veo...

Ele Bergón dijo...

A pesar de estar jubilada, tengo tantos libros que leer y tanto que escribir, que de vez en cuando, dejo los libros de esta lectura de la Acequia para otra ocasión. Así me ha pasado con La Fuga de J.B., pues notaba que lo habría de hacer de una forma pausada y me iba a llevar mucho tiempo. Así que admiro tu constancia. Algún día volveré a ella.

Gracia por pasarte por mi blog.

Un abrazo

Luz

Ele Bergón dijo...

Me encanta este claustro románico de Santillana, siempre que voy por allí lo tengo que visitar.

Besos

Abejita de la Vega dijo...

La saga/fuga precisa de mucha paciencia literaria que ahora no tengo; te admiro, Pancho. Una elaborada entrada que don Gonzalo aplaudiría. ¿Le perdonamos que nos tomara el pelo? Tal vez, este verano me ponga a la faena...

Un abrazo

Paco Cuesta dijo...

Torrente toma los materiales de la realidad, de su realidad, de la de una época para determinar en la configuración de los personajes.