jueves, 4 de septiembre de 2014

Caballero andaluz





"Nosotros somos caballeros granadinos, y vamos a la insigne ciudad de Zaragoza a unas justas que allí se hacen"


El Quijote de Avellaneda 
Alonso Fernández de Avellaneda 
Capítulo I 

La primera preocupación del autor es tratar de resolver el conflicto del narrador, el origen del que procede la materia narrativa. El sabio Alisolán, veraz y moderno historiador de estirpe mora agarena, encuentra entre olvidados legajos antiguos la historia de la tercera salida de don Quijote para asistir a las justas de Zaragoza. Seis meses tienen al hidalgo  confinado en casa, amarrado el pie a una pesada cadena como si fuera un condenado a galeras. La buena comida y los cuidados de su sobrina Magdalena “lo volvieron poco a poco a su natural juicio”. Los libros que sus carceleros le endosan también ayudan a la liberación de la prisión, buena muestra de los peligros de la lectura de novelas en lectores impresionables. Tanto que se nos vuelve beato de misa diaria, rezo del rosario al atardecer y subida a los altares incluida. En su presencia ya nadie le llama don Quijote, sino Martín Quijada para no recordarle su pasado de caminante armado y aventurero. Aunque bien que se comentan sus conocidas peripecias para liberar a los galeotes y la penitencia en Sierra Morena para regocijo general. 

Magdalena muere de calenturas efímeras que en veinticuatro horas la mandan al otro barrio. Como consecuencia de su movilidad reducida, el cura le manda de sustituta una vieja harto devota para que lo atienda, le guise la comida y ya de paso los tenga al tanto de la evolución de lo suyo. 

Sancho acude a visitarlo. Comprueba que ya no lee libros de caballeros andantes sino de santos andantes descabezados que se dejan despellejar y asar vivos con tal de ganar el paraíso terrenal. Santos de chapa e imán. Las vidas de santos de muerte truculenta traen a la memoria de  Sancho una lectura que el muchacho de Pedro Alonso había leído el domingo anterior en el molino a una audiencia reunida a la sombra fresca de un fresno frondoso y espeso. Caballeros que abren rocas de un espadazo, bellas damas encantadas y “cuchilladas que parten hombre y caballo.” Escuchar el relato, recordar y levantar la mollera de don Quijote es todo uno e instantáneo. Eterno problema y difícil de atajar el de los libros que se prestan, desaparecen de las bibliotecas y no se devuelven. 



"Deben ir a la corte a negocios de importancia, pues su traje muestra ser gente principal"

Aparecen en escena cuatro hombres principales acompañados de un nutrido séquito, numerosas bocas que mantener para la pequeña aldea de Argamesilla. (Cuatro “por cierto” seguidos. Don Alonso Fernández de Avellaneda no debió releer el texto para tratar de corregir la muletilla también muy usada hoy en día, casi tanto como el adjetivo “brutal” en los escritos modernos de internet). Cuatro caballeros granadinos se dirigen a Zaragoza a ganar honra. Se dividen el alojamiento entre los dos alcaldes de la aldea, el cura y don Quijote. Uno por cabeza y con la intención de partir con la fresca para así evitar los calores del mediodía. Don Quijote les da de comer aves y palominos que guardaba en abundancia como buen hidalgo aficionado a la caza cuando la había. Uno de ellos es don Álvaro Tarfe, viejo conocido de Cervantes y de los lectores de la segunda parte de su Quijote. Proviene de reyes moros del antiguo reino de Granada. Va a Zaragoza porque así se lo ha pedido un serafín revestido de mujer: “El cual es reina de mi voluntad, objeto de mis deseos, centro de mis suspiros, archivo de mis pensamientos, paraíso de mis memorias y, finalmente, consumada gloria de la vida que poseo.” A la vuelta le llevará como presente alguna de las ricas joyas y preseas que ganan los vencedores. Se interesa por la filiación de una señora que merece tantos desvelos, por ver si son correspondidos. Dieciséis años de la hermosura más luminosa de toda Andalucía metida en un cuerpo pequeño. Don Quijote considera esta falta un defecto de tono menor. Señala que muchas damas lo remedian con un palmo de chapín valenciano bajo los pies. Jamás la belleza se vendió a granel, ni las piedras preciosas a paladas, contradiciendo a Aristóteles que proclamaba una disposición a “que tire a lo grande en la belleza de mujer,” mientras Cicerón se inclina por “una conveniente disposición de sus miembros.” 

Capítulo II 

Don Álvaro Tarfe observa a don Quijote cariacontecido, le inquiere sobre las razones de su ensimismamiento sobre todo a la hora de responder a las preguntas ad Ephesios, saliéndose por los cerros de Úbeda:  
“¿Está usted soltero o casado, Señor Quijada?” le pregunta don Álvaro. 
« ¿Rocinante? Señor, el mejor caballo es que se ha criado en Córdoba» contesta el hidalgo sin pies ni cabeza en la respuesta. 

Se presta el recién llegado a remediar en lo que esté en su mano, pues así como las lágrimas que salen por el venero de los ojos son sangre del corazón y alivia de la melancolía al que lo sufre cuando se cuentan las tristezas, también se alivia el que lo oye porque, como desapasionado, suele “dar el consejo que es más sano y seguro al remedio de la persona afligida.” 

"El no comer para los castraleones, que se sustentan del aire"

Don Quijote lo justifica diciendo que quien ha profesado en la orden de caballería y ha sorteado multitud de peligros, luchado con jayanes descomunales, magos malandrines, princesas encantadas y ha matado grifos y serpientes, peleado con rinocerontes y endriagos es natural que en los negocios de la honra se quede suspendido en la imaginación y entre en éxtasis. Lo que ahora le aflige es un asunto de amores. Se confiesa enamorado, herido por la saeta del hijo de Venus. Herida que únicamente Dulcinea puede sanar. 

El caballero andaluz se admira de que alguien que pasa de los cuarenta y cinco discurra por los caminos del amor, llenos de malas noches y peores días. Quiere saber el nombre de la mujer que merece y hechiza los ojos de don Quijote, debe ser una “Diana efesina, Policena troyana, Dido cartaginense, Lucrecia romana o Doralice granadina.” Dulcinea del Toboso a todas excede en belleza y en maldad. Imita en crueldad y fiereza a la inhumana Medea. Tigresa hircana. Extinto tigre de Tasmania.

El caballero granadino no conoce a Dulcinea. “No todos saben todas las cosas” le replica don Quijote ágil de reflejos, pero promete que su nombre será conocido en todos los rincones de España y del extranjero. Saca una carta que le escribe con más ternura que las enviadas por Petrarca a Laura, con poesía más heroica que Homero y Virgilio juntos y otra de respuesta de la dama. 

Sancho no guarda buen recuerdo del día de lluvia que fue a entregársela en mano. “¡Infernal torzón le dé Dios!” Lo recibió con una palada de estiércol de lo más curtido y remojado en los morros. Se le enredó en las barbas y tardó tres días en verle la cara. 


"Hijo Sancho, bien sabes o has leído que la ociosidad es madre y principio de todos los vicios, y que el hombre ocioso está dispuesto para pensar cualquier mal"

En la carta le declara su amor con desusado lenguaje arcaico. Fascinado por su belleza, se rinde a ella sin condiciones: “Si el amor afincado, ¡oh bella ingrata!, que asaz bulle por los poros de mis venas, diera lugar a que me ensañara contra vuestra fermosura, cedo tomara venganza de la sandez con que mis cuitas os dan enojoso reproche.” […] Le ruega que “si alguna desmesuranza he tenido, me perdonedes; que los yerros por amare, dignos son de perdonare.” Postrado de hinojos se despide de la emperadora. 

Don Quijote justifica el uso de la redacción antigua por un deseo de imitar con palabras lo que en actos intenta de Fernán González, Peranzules, Bernardo del Carpio y el Cid. Don Álvaro Tarfe se fija en la rúbrica del texto, aclarada con "El Caballero de la Triste Figura", Don Quijote de la Mancha." Explica su singularidad, se cambia el nombre por imitar a Amadís. El no plagia a nadie, su nombre es una deformación del Quijada que porta en su apellido. 

Ella responde que no quiere tratamientos de emperatrices ni de infantas. Su nombre es Aldonza Lorenzo o Nogales por tierra mar y aire. 

 -“¡Oh, hideputa! -dijo Sancho Panza-. ¿Conmigo las había de haber la relamida! A fe que la había de her peer por ingeño” Si de el dependiera le enviaría a vuelta de correo media docena de coces para que no fuera tan descarada y respondona. Si con el diera, le daría una coz más redonda que de mula falsa de fraile. 

Sancho se ofrece para quitarle las botas al noble invitado que se retira a dormir y poder aprovechar la fresca del amanecer. El padre de Sancho tuvo don. Fue Pedro el Remendón y murió de sabañones porque cada uno se muere de lo que quiere. Don Quijote y la vieja cuidadora entran en el aposento portando una bandeja de peras y una garrafa de vino blanco para agasajar a don Álvaro Tarfe. Sancho acepta quedarse en casa de don Quijote, es tarde y los bostezos menudean. Le confiesa a su escudero que se siente ocioso, que no cumple con el cometido de la orden de caballería y el tampoco con la lealtad de escudero que prometió. Sancho no quiere saber nada de guerreamientos que lo único que le trajeron fue la pérdida de su burro en su anterior salida. Don Quijote vence las reticencias del escudero prometiéndole que esta vez todo será distinto. Le comprará un asno fuerte, mucho mejor que el robado por Ginesillo. Llevarán dineros, provisiones y ropa abundante para cambiarse. Le pagará un jornal. 

 “No quiero dormir, sino velar, trazando con la imaginación lo que después tengo de poner por efecto,” expone nuestro hidalgo al ver al criado rendido de sueño. Al final de la noche se queda dormido después de darle muchas vueltas a quimeras imposibles y desvanecidas fantasías. 



 Dicen que tuvo un serrallo
este señor de Sevilla;
que era diestro
en manejar el caballo,
y un maestro
en refrescar manzanilla.
A. Machado/Serrat




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde antiguo su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 10 de julio de 2014

La saga/fuga de JB (11), Gonzalo Torrente Ballester. Apuesta entre luces




"y aunque activamente singularizase, singularmente activaba, y la singularización de la activación, si bien no del todo equivalente a la activación de la singularización, podía confundirse con ella"
Colectivo de cigüeñas en la iglesia de Alaraz

La saga/fuga de JB (11) 
Gonzalo Torrente Ballester 

La reunión de la Tabla Redonda no da para más sin la presencia de don José Bastida. Se retiran antes de media noche, justo a la hora en la que don Benito Valenzuela, godo activo y singular, activa su singularidad. 

La introducción del tiempo como variante en el andamiaje teórico crea matices que le obligan a actividades singulo-temporales concretas, como meter en una caja de sombreros de su mujer, un traje de la primera comunión de Bernardino, hijo que se le murió de viruelas locas a edad temprana; un ejemplar del Catón, encuadernado en tela, caído en desuso a pesar de sus cualidades pedagógicas; unos tirantes viejos; un velo de tul del traje de hada usado por su hija en el baile de disfraces infantil de 1934; la vaina de la espada de su padre; la funda del paraguas de su madre y una colección de la revista Nuevo Mundo de enero de 1915 a diciembre de 1917 con fotos de la Guerra Europea I. Así sale a la calle a recibir plácemes activando su singularidad en el tiempo y singularizando su actividad en el espacio. Se siente reafirmado y orgulloso de la estima y la confianza que le profesan sus superiores, llegan a decirle:
 -¡Oiga don Benito! Usted, que tiene buena vista, ¿quiere mirar si esto que tengo en el ano es una fístula o una simple rozadura? ¡Y todos tenían fístulas, los cabrones! 

Don Anníbal Mario descubre en una tiendecita un peperete a punto de reventar. Su regente, la quincallera Micaela Barros, se muestra dispuesta a negociar, avenirse a razones. Galaor es uno de los godos cansados de sus esposas; ella, una de las pocas godas sumisas a la obediencia a don Acisclo, se esfuerza en dotar a los trámites de variedad. El se apunta como tonto a la lista de los que esperan disfrutarla. Como el peperete ya no es un verdadero catalizador, una vez que los miembros de la Tabla Redonda se la han beneficiado piensan en descubrir otra que garantice la cohesión de la Tabla Redonda. 



"El Poncio recibió el cese y fue sustituido por un sujeto de tierra adentro que venía precedido de fama entre lírica y siniestra"

Los godos andan revueltos estos días por unos cambios acaecidos bajo el cielo de Madrid. Un sujeto de tierra adentro viene de lejos a sustituir al Poncio. Escrupuloso con la propaganda, su fotografía aparece a diario en el periódico local de corto alcance. Llega con ínfulas, metiendo miedo. Sus primeras palabras semi públicas son amenazas, anuncia que meterá en cintura a Castroforte. Lo primero será rescatar el diptongo del nombre antiguo, Castrofuerte, como siempre se ha llamado y aprendimos en la escuela. Luego está la cuestión de la que nadie habla: el misterio de la ciudad levitante. Lo han nombrado Poncio de una ciudad invisible para los mapas. Sospecha que Parapouco Belalúa sabe más de lo que aparenta. Así que le pregunta de sopetón, un día que se lo topa de frente,  si sabe algo relacionado con el descuajamiento. 
 -¡No pregunta usted nada! Eso solo lo saben los más viejos. Además, aunque se lo cuente no lo creerá. 

Ante la insistencia del Poncio, Parapouco le refiere con todo lujo de detalles e interrupciones estratégicas el misterio de la ciudad que se columpia. Y si no se lo cree usted,podemos hacer la prueba, que la ciudad se levante un poquito.” Podemos provocar una preocupación colectiva. Podemos diseminar una amenaza de epidemia, la gente saldrá pitando y -al final de todo- nosotros podremos irnos a la Tierra de Nadie, esos baldíos de las afueras llenos de plásticos, de botellas y desechos desperdigados por el aire. 



 "Podía confundirse con ella merced a la doble apariencia de actividad singularizada o de singularidad activada que ofrecía el conjunto"

Dicho y hecho. Esa misma noche el locutor de la emisora municipal de corto alcance lee un comunicado en el que se advierte a la población que evite el contacto con las heces y que tenga a mano repuesto de bicarbonato porque un ingresado del Hospital Provincial padece cólera morbo asiático. 

Previamente la mujer y las hijas del Poncio habían evacuado la ciudad en el coche oficial para hacer noche en Vigo. 

A las doce menos cuarto en sombra de la noche observan desde el coche las luces que oscilan hacia arriba como las velas de un paso de Semana Santa, con lentitud uniforme y parsimonia, veladas por la niebla. Las luces de los faros del coche iluminan “la rotura de la tierra y el espacio oscuro que iba quedando debajo.” Les entra un pánico temblón que les impide mirar el descuajamiento. Cuando se recomponen, “Castroforte se asentaba de nuevo en sus cimientos.”  Había vuelto a su estado natural.

El Poncio piensa presentar la dimisión, “no hay quien viva en una ciudad que levanta el vuelo como una golondrina.” Belalúa le aconseja que no lo haga, no hay manera de justificarla. Lo meterán en un manicomio. Lo que tiene que hacer es lo que se lleva haciendo en Castroforte desde la noche de los tiempos; hacer la vista gorda, así la ciudad se mantendrá tranquila, sin necesidad de autorizar los partidos políticos. Confiar en la Tabla Redonda como el mejor instrumento para mantener la estabilidad. No importa que se oponga don Acisclo que ya había intimado, a través del confesionario, con la mujer del Poncio. Se hace lenguas de la ejemplaridad de la pareja, que ya usaba el método Ogino. Eso sí, autorizados ambos miembros de la pareja por tener el RH negativo en los análisis de sangre azul y hacer uso del matrimonio siempre en pijama y camisón. Sin rebasar, ni aproximarse siquiera  a los límites permitidos. Don Acisclo hacía cuentas y se asombraba del derroche seminal. Un par de centímetros cúbicos al mes, cifra modesta si se comparaba con los metros cúbicos desperdiciados por los millones de gentes de las grandes urbes. Si de el dependiera, ya habría enviado lenguas de fuego que las arrasara, que ni Lot se salvase. 

You know I'd sooner forget but I remember those nights
when life was just a bet on a race between the lights
you had your head on my shoulder you had your hand in my hair
now you act a little colder like you don't seem to care
but believe in me baby and I'll take you away
from out of this darkness and into the day
from these rivers of headlights these rivers of rain
from the anger that lives on the streets with these names
'cos I've run every red light on memory lane
I've seen desperation explode into flames
and I don't want to see it again. . .
Dire Straits 




 
Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde antiguo su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
 

jueves, 3 de julio de 2014

La saga/fuga de JB (10), Gonzalo Torrente Ballester. Leer los labios.





"Y allí mismo la viuda lo planchó, que estaba un poco arrugado en los faldones"

La saga/fuga de JB (10) 
Gonzalo Torrente Ballester 

A don Acisclo se le cae el arco del violín cuando Clotilde anuncia que su hermano, Jacinto Barallobre, haciendo uso de su irrenunciable derecho a decidir, va a contratar al feo y esmirriado José Bastida de secretario. Esta conexión de Jota Bes no es azarosa, le hace volver a sus elucubraciones. Lectura de labios. El clérigo tiene reservado para Jose Bastida el último escalón del sótano, el “lugar geométrico de todos los escupitajos perdidos, de todas las bofetadas de incierto destinatario, de todos los pisotones anónimos.”  Qué buen tuitero haría don Acisclo Azpilcueta con los ciento cuarenta caracteres de ojeriza acumulada y mala leche.

 La salud de Belcebú había dejado de preocupar. Bien cubierta como estaba por los servicios desinteresados de Obispo, había empezado a poner huevos que don Acisclo malograba con pinzas. 

El clérigo no había llegado a la siguiente conclusión de cualquier manera, sino utilizando el riguroso método comparativo de sinónimos y antónimos: 


 
A veces le entraban dudas de haber tratado a José Bastida con benevolencia y de haberse valorado a sí mismo con modestia. Sus ideas sociales no merecían caridad, sobre todo después de haberle visto puño en alto cantando la Internacional a coro con sus alumnos. Su aspecto de sapo enderezado con pelos de hambre lo clasificaba en especimen de una raza extinguida, categoría de los sub-hombres. Satán tenía mejor tipo. Su apariencia había empeorado: cara enflaquecida, espalda doblada, desde que no le pagaba la pensión a la patrona, que le escamoteaba el bacalao y las patatas de la ración diaria del rancho. Solo el desayuno no variaba con el impago, gracias a Julia que a cambio le prestaba el hombro a sus desahogos y llantos por Manolito. 

Don Joseíño pasa necesidad. Recurre a don Anibal para que le preste quince duros antes de morirse de hambre. El portugués también está a la cuarta pregunta, pero le da lástima y le asegura que al día siguiente sin falta los tendrá. Uno no puede morirse así tan flaco. 

Pepe el camarero se muere de repente. El último mal se le agarró a la garganta y que te ahogo, que se ahogaba, que se ahogó. A Pepe no se le había conocido otro oficio ni otro traje que el de camarero. Como a su padre y a su abuelo. Allí estaba de cuerpo presente, amortajado en su segunda piel, el frac color tabaco y oro del hotel Suizo, dispuesto a acompañarle a la tumba. Belalúa hace ver a la viuda que aquello no son formas de morirse, el uniforme pertenece a la empresa, no al trabajador. Allí mismo se lo quitan, la viuda lo plancha y se lo devuelve bien alisado. 




"Mire,  lo que se ventila  es que, cuando llegue el momento, muera usted en mi lugar"


A José Bastida no se le escapa la oportunidad de ocupar el puesto vacante que Pepe deja. Pero las cosas nunca son tan fáciles como parecen a primera vista. El uniforme de Pepe pasa a Alfonso que se encarga del correturnos. Harían falta dos Jota Bes, a lo largo y a lo ancho, para rellenar el traje. Un frac es la medida del camarero. Para ser camarero del Suizo poco menos que hay que ser gastador de desfile de la Guardia Real. Los fraques no pueden achicarse. “Mis fraques son sagrados,” sentencia Belalúa a modo de no-se-hable-más. El pobre JB derrotado por un frac. 

Merlín lee en voz alta una cita de Chéspir mientras están reunidos en la Tabla Redonda: “El hombre está hecho de la sustancia del tiempo.” Que da pie a una de las ideas solubles de José Bastida, al llevarle la contraria con descaro al dramaturgo inglés: “El hombre está hecho de la sustancia de los sueños.” Lo argumenta en las “cifras inabarcables por la imaginación, las distancias espacio-tiempo, los años-luz y otras magnitudes igualmente asombrosas.” Galaor exclama: “¡No somos nada!” Y se queda tan pancho. José Bastida le da la vuelta a la sentencia: “El tiempo está hecho de la sustancia del hombre.” Y se explaya en la explicación: “Nace con nosotros y con nosotros muere. Todo eso de medirlo, y de complicarlo con el espacio no es más que una argucia, porque el espacio no existe si no existen antes las cosas. Sin tres cosas al menos, no tendríamos espacio, y sin un hombre mortal no tendríamos tiempo. El tiempo no es más que una secreción de la vida.” 


 "Le explicó que se trataba de ciertos cuerpos que, sin participar de una combinación química, la hacían posible con su presencia"

A don Aníbal se le resbala el monóculo ante la grandeza de la exposición. Se le hacen poco los quince duros de préstamo. Piensa darle treinta para que cultive sus ideas solubles y no se preocupe en devolvérselos, no hay prisa. La idea soluble de don José Bastida, expuesta con tanta brillantez, deja conmovida a la audiencia. Se muestran dispuestos a disculpar la idea disparatada, debido a la amenaza de muerte que sobre el pende para los Idus de marzo. Más estremecidos se quedan cuando les anuncia que deja la Tabla Redonda porque se ha ajustado de secretario del Viejo de la Montaña. 

A la noche siguiente, ya sin José Bastida, se vuelven a congregar y la reunión transcurre lánguida y monótona. Merlín los entretiene con un texto en francés sobre el tiempo y el espacio que nadie osa discutir.

 she tortures taxi drivers just for fun
she likes to read their lips
says toro toro taxi see ya tomorrow my son
I swear she let a big truck grease her hip
she got her own world in the city
you can't intrude on her
she got her own world in the city
'cos the city's been so rude to her
Mark Knopfler 

 

Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
  

sábado, 28 de junio de 2014

La saga/fuga de JB (9), Gonzalo Torrente Ballester. Primera línea.




"Su cabeza echaba humo. Homologaba y destruía las homologaciones. Extrapolaba y volvía a interpolar"

 
La saga/fuga de JB (9) 
Gonzalo Torrente Ballester 

El encontronazo con don Acisclo hace llorar a Julia por dentro un rato. Arrimada a las piedras quietas del arco ciego de la Colegiata se desahoga en su soliloquio de mutismo. Se echa la niebla, se levanta y corre. Va y viene. Don Benito Valderrama también anda con prisa. Panchote y don Alvino están en el bar de Federico tomando unos chatos de vino. Desde dentro le hacen señas para que pase a tomarse unos vasos con ellos. Se resiste, pero al final se deja convencer por lo fácil, la ley muda que hace costumbre y te empuja a la taberna. Saber llegar a tiempo es lo esencial. Antes de llegar sabrá dónde va. 

Don Acisclo da por concluido el lío amoroso entre Manolito el Seminarista y Julia, una vez que queda bien demostrada la auténtica condición de Julia al rechazar la regeneración, la vía de gracia ofrecida, el agua lustral de la clausura perpetua en el convento como enmienda. Don José Bastida acapara ahora toda su atención. A la sazón su loro, Belcebú, no está católico, se halla sumido en un periodo de tristeza que lleva aparejado largas horas de silencio preocupante, solo roto por la repetición de: “Jove Bicorne, Jove Bicorne”, que como un graznido sale de su pico curvo. 

Un poco antes de la frustrada agresión en cuadrilla a don Acisclo se había producido una confrontación entre los tres loros más afamados de Castroforte. Don Perfecto Reboiras se sentía orgulloso del comportamiento de su animal hablador, sobre todo de la reputada longevidad que le permitía haber almacenado “un saber incalculable y oculto.” Únicamente había que encontrar la palabra clave para ponerle en marcha y hacerle recordar la sucesión de hechos ordenados de manera cronológica, respetando la peculiar sincronía y diacronía del tiempo de Castroforte. Y así desvelar la verdadera historia de la ciudad y de todos los J B. Don Perfecto consideraba al loro de Clotilde un cargante reloj de repetición, pura mecánica del papagayo. Su capacidad oral, limitada a repetir como una cotorra un número reducido de frases y canciones con escasa entonación. Eso sí, en latín. La cultura siempre suma y sigue. Considera al pájaro de pico curvo de don Acisclo un “oligofrénico y zampatortas” porque aguanta la convivencia bajo el mismo techo con el clérigo. 


"Los santos labrados en las arquerías, decorar"


A don Acisclo no le sienta bien el menosprecio a Belcebú. Esos días, morriñoso y aquejado de gripe. Lo mete en una jaula, lo tapa con un paño y con el a cuestas se dirige a la rebotica de don Perfecto para desafiar a su loro. El boticario anima al ave con un sorbito de aguardiente que – desinhibido y con garbo- requiebra a la pájara, aculada contra los barrotes de enfrente, emplazada en la querencia de la jaula: 

“Sal, morena, sal; 
Sal, morena, a tu balcón” 
Le canta luego con gorgoritos de barítono navarro y seductora voz balanceante de pajarraco desvergonzado. Le hace unas carantoñas y cucamonas que ponen colorado al mancebo de la botica. 

El inesperado descubrimiento de que Belcebú no es loro, sino lora, es un trauma. Sobrepasa la categoría de anécdota sin importancia. Ni la miel con cañamones consigue sacar a la pájara del silencio contagioso. Don Acisclo se pasa el día hilando fino para escapar de la melancolía de la lora. Bach acude en su ayuda. Cuando del violín salen notas de divinidad revelada, “su pensamiento discursivo se deslizaba por las melodías como por un tobogán.” 


 ¿A qué venía el aviso?

Años atrás al ave le había dado por gritar: “Cave canem, cave canem” cada vez que lo veía aparecer. De primeras pensó que estaba medio loco, pero luego llega a comprender la significación de la advertencia. Jove Bicorne es Júpiter convertido en toro raptor de Europa. La alegoría le lleva a imaginarse de misionero por media Europa, una invitación a abandonar Castroforte y predicar la nueva cruzada contra el peligro de la Rusia Soviética. Se imagina entregado en cuerpo y alma al proselitismo por las plazas de París abarrotadas de intelectuales radicales de izquierdas, en Roma el Papa escuchando tras las cortinas y dándole la bendición. Aquí entra en contradicción con su convencimiento anterior de no salir de Castroforte. Batallar con los días de lo cercano.

 “¡Ah, ese día!” Ese día soñado con Manolito acompañándole al piano y el clero apoyándole. Las godas sometidas a la severidad de sus normas aplicadas al matrimonio. Método Ogino, pero al revés: lechigada de muchachos que cubran las bajas de la primera línea, los hijos que Dios quiera. La postura permitida, “la tradicional, la que usaron resignadamente nuestras santas y castas madres.” El Anangaranga a la hoguera. 



 "La realidad entera resultaba un sistema intrincado"

Había que excogitar y excogitó con método. Una tarde de tormenta le ilumina un relámpago de inspiración:  
Jove Bicorne es igual a Jota Be. Ya sabíamos que: 
Jove Bicorne es igual a toro raptor de Europa. De lo cual se deduce que: 
Jota Be equivale a toro raptor de Europa. 

Los temblores de la inspiración le señalan que “su cerebro estaba a punto de penetrar en zonas inaccesibles al razonamiento, es decir, en el seno mismo del misterio.” La cosa no queda aquí. Se complica. 
Jove Bicorne es igual a Diablo. Con lo cual: 
Jove Bicorne es igual a Jota Be igual a Diablo. 

Pero otra nueva iluminación le aclara – estaba de relámpagos la tarde - , le dirige hacia Obispo, el loro de Clotilde que en realidad es Jerónimo Barallobre, otro JB. Un loro más en danza. Don Acisclo no acaba de convencerse de la asimilación del diablo con este loro tosco y huraño. Después de largas horas de estudio y llenar hojas de ecuaciones llega a la conclusión de que “fracasada la coyunda con el colega de Perfecto Reboiras, no le quedaba en la ciudad más macho idóneo que el de la Casa del Barco.” 

Deja la saga de JB de momento y se fuga con el violín a cuestas a ensayar a casa de Aguiar. El loro-lora- chillando “Jove Bicorne, Jove Bicorne.” Sabe que detrás de la anécdota está su significación. Eso es harina de otro costal. Dante y toda la escolástica abrieron el mundo al conocimiento, la ventana abierta con las cuatro maneras distintas de enfrentarse al texto. Don Acisclo aprovecha los momentos antes del ensayo para proponer a doña Clotilde que le preste Obispo para su lora. Ella le contesta que verdes las han segado. ¿Por qué no mete a la pájara en el convento? El clérigo aduce que la coyunda no es lo mismo en los animales que en las personas. ¡Dónde va a parar! Le explica que el toma y daca para los bichos es simple, no pasa de ser mera expresión vital, carente del orden tenebroso de pecado que acompaña las maniobras amorosas de los humanos . 

Mother should I build the wall?
Mother should I run for President?
Mother should I trust the government?
Mother will they put me in the firing line? 
Pink Floyd 

 


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
 

miércoles, 18 de junio de 2014

La saga/fuga de JB (8) Gonzalo Torrente Ballester. Se perdieron los dos





 "Don Acisclo cerró bruscamente la mano del perdón, dio una patada en el suelo, dijo algo en latín y salió en estampía"


La saga/fuga de JB (8) 
Gonzalo Torrente Ballester 

La amenaza de vuelo sin motor provocado por el descuajamiento de los cimientos de Castroforte se queda en un simple amago de despegue. Buena prueba de ello es que el rey Artús ni se entera del bamboleo, el continúa con el punteo de guitarra como si tal cosa. La hondura de su nostalgia le transporta a Portugal. 

Puede que la ligera ascensión de Castroforte en una mañana de niebla espesa sea un cuento, o no. ¡Vete tu a saber! Tal vez una leyenda primitiva o solo una alucinación fruto de la mente febril de José Bastida trabajando a destiempo, pero los fijos de plantilla de la Tabla Redonda ven en el fenómeno telúrico indeterminado del cuento una forma de cuadrar las cuentas, ahora que los ingresos por las peregrinaciones al Cuerpo Santo están de capa caída, van de mal en peor. A ello hay que añadirle que el negocio de la lamprea ha entrado en periodo de franco retroceso porque no hay manera de que los peces engorden, debido a la merma que ha experimentado la tasa de suicidios entre la población de la que se nutren. 

Lanzarote ya se imagina la invasión de tropeles de peregrinos procedentes de los cuatro puntos cardinales convocados por el misterio, la enigmática ascensión de “Castroforte, la ciudad que se columpia.” Encargan a Lanzarote que se dé un garbeo por Madrid con la propuesta e intente convencer a la Sección de Diversos Centralizados - que es tan inútil como intentar cuadrar el círculo- de las bondades del prodigioso viaje al espacio de vez en cuando de Castroforte (eso sí, que nadie crea que la navegación llega a las regiones del aire donde se engendran el granizo y las tormentas, como hicieron  Don Quijote y Sancho en su viaje estelar a lomos de Clavileño). 


 "El rey Artús, inesperadamente,  empezó a tocar un fado cuya letra tenía algo que ver con la vida vacía y putañera de Lanzarote"

El fado es tristeza lusa, la perpetua melancolía de la guitarra. El rey Artús puntea un fado que parece un tango, un fundido en negro para cambiar de asunto en el relato, a la manera que los clarines y timbales indican el cambio de tercio. La materia narrativa gira, pone el foco en una estatua que estorba. Se trata del escamoteo del almirante Ballantyne. La figura tallada en material noble representa un insulto para la conciencia nacional, herencia primitiva de los antepasados. Algún desocupado político de la vieja casta (“castuza” los denominan los de la nueva, con ánimo de ofender) ha hurgado en los monumentos de Castroforte y ha descubierto que Ballantyne era un irlandés al servicio de Napoleón. Con ese nombre de cubalibre de ginebra pocas cosas mejores se pueden ser. Como no hay problemas entre la población, tenemos que crearlos. A santo de qué los mierdas, los miembros numerarios de la Tabla Redonda van a ser los únicos en saber quién fue el almirante de la estatua. Como al pueblo, la chusma o ente indeterminado, solo le interesa el bulto, cambiamos la lápida por otra envejecida, oxidada de pega, que ponga grabado:  “A los héroes del Callao”. Asunto resuelto. Es de conocimiento general que únicamente los forasteros pierden el tiempo leyendo las lápidas explicativas a los pies de los monumentos. 


"A dónde vas?" [...] "Un momento a la Colegiata, y, de paso, a traer limones"

Claustro del monasterio de los Jerónimos. Lisboa.

Aquella noche Belalúa entra en depresión por el trabajo. Dirige los pasos a casa de Bernardina la Galante, a curarse de la traición al pueblo y a sus amigos. Ella le cuenta que el barrio de Pombal anda revolucionado porque don Acisclo amenaza con meter en el convento a todas las mujeres del partido, “hermanitas del toma y daca.” Se trataba de un bulo, pues durante esos días don Acisclo estaba atareado en pregonar la reciente agresión en cuadrilla, el sindiós de volver a los tiempos antiguos del Pernales. El instinto de supervivencia da alas a su repertorio dialéctico, como se demostró aquella tarde con Manolito el Seminarista y el loro de testigos, organiza su muestrario de oratoria en torno a los siguientes puntos: 
 Primero: Manolito no es responsable de ser atraído por Julia, de la misma forma que el hierro no tiene responsabilidad al abalanzarse sobre el imán. 
Segundo: los actos cometidos sin libertad no obligan a reparación con lo cual Manolito está exento de obligaciones, matrimonio o compromiso con Julia. 
Tercero: tanto el sacerdocio como el matrimonio provocaría la muerte de su madre. 
Cuarto: el matrimonio no es garantía de correcta conducta moral. “Bien es sabido que todos los casados se cansan de sus esposas y empiezan a buscar el placer fuera de casa”. Los que no lo hacen es por miedo, pereza o falta de imaginación. 
Y Quinto: pasado un año de la ordenación in sacris, bien porque Julia se hubiera casado con otro o porque Manolito se hubiese despeñado por el abismo al que llevan las costumbres livianas,  el lo traería a su vera para cultivar el arte de acariciar el piano, sustituir a las damas que lo aporrean. Estas perspectivas de futuro dejan turulato al mancebo de abundante corazón y escasa mente. Dicho y hecho, don Acisclo manda a un monaguillo con un recado para Julia. La recibirá, sermoneará y despachará en la Colegiata. 



 "En el convento de Santa Clara hay trescientes celdas vacantes"

"Claustro del monasterio de Batalha"

Julia se dirige a la cita en un día oscuro bajo la lluvia, el agua se apresura calle abajo. De paso traerá limones maduros. Asustada por los ecos del taconeo al andar, multiplicados por la oscuridad, la resonancia en las bóvedas y el rebote del sonido en las paredes desnudas. La recibe la voz de un monaguillo revestido. Ella se acerca al Corpo Santo. Se arrodilla en la capilla en un reclinatorio forrado de pana roja. Siente los pasos autoritarios como de una orden que se acercan, tras ellos aparece la figura de  don Acisclo que con la rapidez del trueno después de una exhalación le sujeta el brazo y la empuja, la acorrala  contra la pared. 

Don Acisclo la acusa de ser una bruja, la encarnación de la lujuria. De querer robar un sacerdote a Jesucristo, almas al Señor. De ser un diablo que pone una trampa bajo los pies de un inocente. Julia protesta, rechaza la acusación y manifiesta que el tiene una obligación que cumplir por robar su honra. El clérigo justifica al seminarista. ¿Qué va a escoger un hombre enredado en una lucha tan desigual entre la sierpe de la lujuria con cuerpo de hembra por un lado y su madre y Dios por otro? Confiesa que el mismo cayó en la tentación, pero lo salvó un loro. Ahora es el quien salva de la perdición a Manuel. Don Acisclo sale a la lluvia en estampida, jurando en arameo cuando ella rechaza el ofrecimiento de salvación si ingresa en el convento con trescientas plazas libres. 


y entre palmas y fandangos
la fue enredando,
le trastornó el corazón.
Y en las playas de Isla
se perdieron los dos.
Donde rompen las olas
besó su boca
y se entregó.
Carlos Cano/ Amalia Rodrigues 





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 11 de junio de 2014

La saga/fuga de JB (7), Gonzalo Torrente Ballester. Querer sin ver





"Contemplaba las paredes comidas por la hiedra, los jaramagos y verbenas que crecían en las hendiduras y ponían, irrespetuosos, un airón de flores en la cabeza de la santa titular"

Claustro románico de la Colegiata de Santillana de Mar


La saga/fuga de JB (7) 
Gonzalo Torrente Ballester 


Don Acisclo tiene buen corazón, se le cae el alma a los pies al contemplar la degradación del convento. Poco pueden hacer la docena de monjas para detener el deterioro de los claustros ruinosos, los jaramagos altones como almendreras rampantes por los jardines, las paredes comidas por la hiedra, la fuente muda. Como se pueden imaginar, el refuerzo de las manos de Minucha la del Globo no suma nada a la hora de frenar el deslustre y los desperfectos que el paso del tiempo causa sobre las cosas;  cuando no le ruedan lagrimones de sus ojos, insulta a las madres con ferocidad. 

El clérigo se pone la venda en los ojos para soñar sin ver “el convento reconstruido, poblado de trescientas monjas nuevas, arrebatadas a la voracidad sexual de los varones de Castroforte y a las obligaciones matrimoniales, a la maternidad y a sus deberes.” La música brota del silencio. Transportado, embriagado y ciego ejecuta el Concierto en re mayor para violín y orquesta Opus 61 de “Biitufen” (escrito tal cual, como se pronuncia en alemán), junto a la orquesta monjil. Cuando responde con el rondó ascendente del solo del violín alguna de sus devotas seguidoras pega un grito: “¡Ahí está el hombre!” Allí aparecía resplandeciente y desnudo en la ojiva del claustro alto Jota Be, la figura del hombre imbatible, impermeable a la música y las plegarias, impenetrable a las disciplinas y exorcismos de don Acisclo que provoca dos reacciones contrarias: la huida de las monjas viejas y las invitadas y los aullidos de gata de enero de las jóvenes que se lanzan en persecución del aparecido hasta caer rendidas y desmadejadas como una muñeca de trapo de tanto desmadre y pasión por las esquinas de los claustros. 


Es entonces cuando interviene la mano de don Acisclo en el largo proceso de recuperación para la castidad y la música de las desmandadas. La operación es compleja porque comprende graves ayunos y severas disciplinas con el fin de debilitar el vicio y la carne. Don Acisclo pasa revista diaria de todas las espaldas, cuenta cardenales y moratones. “¡Ah, cómo se sentía entonces don Acisclo investido de poder!” cuando las trescientas monjas pasaban desnudas de cintura para arriba con las cabezas gachas y les rubricaba cruces de sangre sobre la espalda con el látigo de crear armonía coral. 

Estas imaginaciones dejaban exhausto a don Acisclo a la vez que le ungían con una fuerza invisible, un deseo irrefrenable de cargarse la Tabla Redonda, cuyos miembros en cuadrilla le habían intentado eliminar a la umbría de la blancura eucarística de los magnolios en flor de la Plaza de los Marinos Efesios la tarde en la que Beatriz Aguiar había conseguido la perfección al interpretar, a fuerza de ensayar, su parte de piano de la Sonata a Kreutzer:


 


Aquella tarde del ataque emboscado venía don Acisclo con el corazón henchido de una doble satisfacción. Al buen ensayo se añadía que había conseguido interesar a alguien en el relato completo de las nueve esmeraldas mejicanas y su huida de Méjico cuando la revolución de Calles, el loro endemoniado y su violín guarnier. Marqués de Bradomín gallego y aventurero. 

Cuenta hasta siete bultos que le salen al paso armados con estoques y estacas. Siente el aliento frío de la muerte en el cogote. La impunidad del asesinato en soledad, acorralado como una alimaña. Atacado por jaurías de perros feroces entrenados para morir o matar. 

Descartada la palabra como tabla de salvación, se resigna a morir, rodilla en tierra como los mártires cristianos entregados en sacrifico a los leones hambrientos por los romanos. Una vez fracasada la oratoria, se agarra al clavo ardiendo de la música: “El quejido del violín y mi último quejido se confundirán en uno solo.” Con la lentitud del que alarga el momento definitivo levanta el arco y roza las cuerdas tensas que lanzan al aire denso de la tarde las desusadas notas de la Partita tercera de Bach. La música extremada hiere el corazón, arrebata el alma de los siete asesinos. 
 Tirulí tirulirulí. 
Quedan quietos. Paralizados. Estremecidos por el sonido del violín que golpea los troncones de los magnolios imperiales rebosantes de flores blancas del norte. 


Aprovechando el desconcierto se escabulle hacia la Rúa Sacra, protegido por la luz de las ventanas con ojos de mujer que escuchan arrebatadas la pureza de la música del solo de violín que impregna el ambiente. 

“¡Cuán grande es tu poder, Acisclo!” –proclaman todas conmovidas de emoción por el vendaval de música que brota a borbotones de su violín. Así los miembros de la Tabla Redonda salen silenciosos en procesión. Hechizados por las notas musicales,  arrojan el armamento al río, justo donde las aguas revueltas del Baralla asumen las quietas del Mendo. 

La inesperada salvación in extremis del héroe, Don Acisclo, no sienta nada bien en el poblado. No esperaban la derrota insólita de siete a uno. No lo esperaban las solteras y viudas, tampoco los maridos ni las monjitas, todos tenían razones poderosas para desear el escarmiento al clérigo violinista. Unas porque hurgaba en los trapos sucios de los asuntos familiares, otras porque quería meterlas en el convento, los maridos por los remilgos morales que ellas objetaban a la hora de la cohabitación y las internas porque no las dejaba ser santas a su modo. 

En estas estaban cuando un ligero bamboleo, “un quejido largo y remoto, como si llorase el corazón de la tierra, con algo de rotura y algo de violencia”, un amago de vuelo viene a sacarlos de la vergüenza de la derrota y poner “esa cara de túzaro que ponen los nacionalistas ante el misterio”, ven la ciudad descuajarse de su asiento y ascender. Entramos en otra dimensión, empieza el Mundial de fútbol y eso son palabras mayores, más de un mes concentrados, pendientes del balón, ya pueden quienes nos gobiernan dedicarse a hacernos fechorías, muchos estaremos distraídos con el pan y el circo que nos regalan desde Brasil y nos hace un poquito más felices. 

"Llevo una venda en los ojos
como pintan a la fe.
No hay dolor como esta gloria
de estar queriendo sin ver.
Mi corazón no me engaña
y a tu caridad se entrega.
duerme tranquilo "sentraña"
que te estoy queriendo a ciegas."
Quintero / León / Quiroga. 
Miguel Poveda


 



 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.