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lunes, 9 de febrero de 2015

El Quijote de Avellaneda (y 27) Alonso Fernández de Avellaneda. Solo al final.





"En breve rato le metieron en uno de aquellos aposentos muy bien atado"

El Quijote de Avellaneda (y 27) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo  XXXVI 

Una vez cerrado el destino de Sancho en el capítulo anterior, el autor remata lo referente al protagonista principal en el último episodio del relato. La idea de que un paje de la infanta Burlerina se presente ante don Quijote, “vestido de camino y con galas,” la noche anterior de la partida, parte de  Don Álvaro Tarfe. Este dispone que la infanta reclame su ayuda para decercar la ciudad de Toledo “y liberarla de las molestias que le tenía el alevoso príncipe de Córdoba.”  

Faltan solo tres días para que se cumpla el plazo de cuarenta acordado para la entrega de la ciudad si el socorro no acude. “La ciudad saqueada, quemados los templos, y los cimientos de torres y almenas ocuparán las alegres calles, sirviéndoles sus piedras de calzada y empedrado.” El premio para el salvador de los feroces centinelas de la ortodoxia arrasadora será la hermosísima infanta Burlerina. 

Don Quijote acudirá al reclamo y socorrerá a la ciudad sitiada, pero que no cuenten con él para casorios ni ataduras, porque él sigue siendo el Caballero Desamorado y aún le quedan muchas aventuras que correr en las próximas docenas de años. Solo entonces tornará su nombre a Caballero del Amor, se enamorará de alguna infanta de Babilonia, Trapisonda o Tolomaiba y se casará con ella después de haberla bautizado,  a ella y a todo su reino antes. Menudo es don Quijote para que nadie venga a descubrirle el camino. El rumor de nuevas aventuras le bulle en la cabeza con fuerza. A sus años aún está dispuesto a echarse al monte. Él y solo él, seguirá siendo el responsable de sus éxitos y fracasos. 

En vista de que el hidalgo empieza a desvariar, don Álvaro Tarfe manda a todo el mundo a acostar. Hay que madrugar para llegar a Toledo en buena hora. Tan ensimismado está don Quijote por la emoción de las nuevas  aventuras que se olvida de Sancho, no se acuerda de él sino a la mañana siguiente,  ya de camino a Toledo, cuando don Álvaro le indica que vendrá por detrás y los cogerá como otras veces. Don Quijote tiene en mente recortarle la cresta al rey de Córdoba que la tiene engreída, bajarle los humos  un poco, pero le convencen de que es mejor entrar en la ciudad sin ser vistos para pillar al enemigo  descuidado y hacer “una sanguinolenta riza destos andaluces paganos que se han atrevido a llegar a los sacros muros de Toledo.” 



"Es astuto el enemigo, y así se ha alojado a la otra parte del río"


Don Quijote, que viene dispuesto a lanzar cornadas de hambre a los sitiadores malvados, se mosquea al no ver ningún artefacto de guerra fuera de las murallas de la ciudad rodeada. Le aclaran que las tropas enemigas están asentadas al otro lado del río para que no les moleste la artillería de los sitiados. Hasta don Quijote ve cosa de necios dejar las dos puertas libres por las que meter provisiones, armas y él mismo. En fin, “no todos saben todas las cosas, ” sentencia el Caballero Desamorado y se queda tan pancho. Se internan en las callejuelas de la ciudad imperial seguidos por una multitud increíble de niños. Llegan sin pensar a la Casa del Nuncio. Alrededor del patio interior de la casa ve a hombres cargados de grillos, dentro de unos aposentos candados con rejas de hierro. Unos cantan, otros lloran, muchos ríen, no pocos predican: cada loco con su tema. 

Un mozo, operario de la casa,  le informa de que son espías enemigos apresados, muestran contento porque son sabedores de que en tres días se rinde la ciudad y les llega la liberación. Un convaleciente, que porta un caldero en la mano y que está menos mal, en trance de recuperación de juicio, le abre los ojos, le explica que se encuentra en la Casa del Nuncio, allí todos están tan faltos de juicio como su merced. Si no lo cree, que espere un poco y verá cómo lo encadenan y le sacuden tundas hasta que le vuelva el seso. Todavía recuerda la tormenta de hirsutos tigres de la Hircania que cayó sobre él para reducirle a su llegada.

Se aparta unos pasos don Quijote de los barrotes para coger perspectiva y mirar con atención a un hombre postrado, “puesto en tierra en cuclillas,” esposado y con cadenas a los pies. Mirando al suelo de hito en hito sin decir nada, abismado en mutismo, existiendo apenas. Se acerca a las barras,  mira detenidamente a don Quijote armado de todas las piezas sin responder a una batería de más de veinte preguntas del caballero andante,  hasta que rompe a hablar. Entre risotadas y lágrimas se presenta como teólogo, sacerdote, filósofo y médico. “En armas sin segundo, y en todo el primero. Soy principio de desdichados y fin de venturosos.” Aquejado de victimismo, se lamenta en latín (que es como quejarse más en serio) de que todos lo quieran ver abrasado, condenado por hereje, aborrecido, atormentado, zancadilleado por los demás, renegado por las casadas y avergonzado por los sacerdotes. Entre todos lo tienen allí entre rejas. Mal de cárcel. 



"El paje fue caminando un poco adelante, guiando derecho hacia la puerta que llamán del Cambrón, dejando a la mano izquierda la de Visagra"


Al ver un sabio tan grande encerrado, don Quijote grita  que no piensa salir de allí sin antes liberarle, aún en contra de la voluntad de tanta gente importante. Le pide las llaves al mozo del caldero que exclama: “Qué ciertos son los toros.”  Hay expresiones populares bien arraigadas y extendidas que vienen  de atrás.

El clérigo loco le aconseja que no crea a nadie de la casa. Si quiere darle la libertad, mejor que le dé la mano primero. Don Quijote se la ofrece y recibe tres o cuatro bocados del indigente intelectual que casi le cortan el dedo pulgar a cercén. A los gritos y a la sangre que mana del dedo gordo mordido acuden  en tropel a separarlos. Espada en mano,  jura venganza por tamaño atrevimiento e insolencia. Ante el temor de que corra más sangre, se abalanzan sobre él unos cuantos. Le desarman y lo introducen en una celda bien atado. 

Uno de los enfermeros se dirige a él como señor Martín Quijada, con ánimo de tranquilizarle y no cebarle la locura que rondaba su cabeza,  como habían hecho todos hasta ese momento. Le da esperanzas. Le consuela diciendo que otros llegaron antes que él y sanaron del juicio en pocos días. Así lo espera, en cuanto se olvide de las “lecturas y quimeras de los varios libros de caballerías que a tal extremo lo han reducido.” Le recomienda que mire por su alma y dé las gracias a Dios por estar vivo y no haber perecido en esos caminos como consecuencia de sus locuras. 

Don Álvaro Tarfe permanece en Toledo durante unos días antes de marcharse definitivamente a su patria. Procura sosegarle y encomienda a unos amigos que miren por él. 

A cuánto se alarga el tiempo de estancia en el manicomio,  no se sabe a ciencia cierta, pero barruntos hay de que sanó y se volvió a la corte asentado de la cabeza. Sancho le da algunos dineros para que vuelva a la aldea. También contribuyen el Archipámpano y el príncipe Perianeo para que compre un caballo nuevo, pues Rocinante había acabado sus días en alguna cuadra de la ciudad de Toledo. 



"Llevola el buen caballero sin saber que fuese mujer, hasta que vino a parir en medio de un camino"


Pero como tarde la locura se cura, (casi todo está en el refranero) dicen las crónicas que don Quijote continuó ejerciendo su magisterio aventurero por tierras de  Castilla la Vieja junto a una escudera, soldada de Torrelodones, disfrazada de hombre. Embarazada, da a luz en medio de un camino para maravilla y en presencia del hidalgo. El caballero andante la deja con la criatura al cuidado de un mesonero de Valdestillas y prosigue ya en soledad sus andanzas por Salamanca, Ávila y Valladolid,  llamándose el Caballero de los Trabajos. Las cuales, no faltará mejor pluma que las celebre. Porque hombre que sueña nunca muere. La prueba la tenemos en don Quijote,  soñó aventuras y de él siguen hablando, escribiendo y cantando generaciones y generaciones de lectores de todos los tiempos. 



 Lullabies, look in your eyes,
Run around the same old town.
Doesn't mean that much to me
To mean that much to you.

I've been first and last
Look at how the time goes past.
But I'm all alone at last.
Rolling home to you.
Neil Young






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


miércoles, 4 de febrero de 2015

El Quijote de Avellaneda (26) Alonso Fernández de Avellaneda. Se me desboca.





"Dudo sea ella tan elegante como vuestra carta, en que mostráis haber estudiado en Salamanca toda la ciencia escribal que allí se profesa, según habéis enriquecido las sentencias"


El Quijote de Avellaneda (26) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo XXXV 


El Archipámpano cambia el paso de la trama, quiere que las cosas relativas a Sancho Panza queden rematadas para la boda, se casa don Carlos con la hermana del titular. Por petición expresa del Archipámpano, don Carlos trata de convencerle de que su mejor futuro y el de  Mari Gutiérrez está en su casa. Pues qué ha sacado en limpio de sus andanzas con don Quijote sino “haber sido terrero de desgracias en Ateca, blanco de desdichas en Zaragoza, recreación de pícaros en la cárcel de Sigüenza, irrisión de Alcalá y últimamente mofa y escarnio desta corte.” Su generosidad llega a un cuarto y salario y muy honrada ración todos los días de su vida en uno de los mejores lugares del mundo. Sancho le pide unos meses para pensárselo, pues cambiarse de tierra no es cosa que se haya de hacer de repente. La emigración engendra abandono,  despuebla el origen y es fuente de melancolía. Tiene que contar con la señora y si ella dice que sí, el no dirá que no, “porque harto hace quien hace hacer.” Que el dolor no les haga llorar aunque les venzan las ganas. Escribámosle una carta,  que en los días que tenía que haber aprendido a escribir,  prefería el cielo abierto, se perdía entre higueras y viñas a hartarse de uvas e higos y así nuestro escudero andante salió mejor comedor que escribanador. 

A pesar de llevar seis meses hecho un haragán detrás de don Quijote, Sancho no está seguro de querer quedarse en la corte. Aún no ha recibido nada de los nueve reales mensuales que su amo le prometió de salario al ajustarse en la aldea. Ahora dice que el rucio entra en cuenta y desde este momento renuncia a los derechos sobre cualquier ínsula, península, reino o provincia que estén por ganar. Quiere volver por la sementera y que le devuelvan sus zaragüelles pardos, su sayo y caperuza, “y adiós que me mudo.” Al día siguiente a  más tardar, tomará las de Villadiego. Las gentes del Argamesilla lo aprecian, lo están aguardando con los brazos abiertos, todavía le quieren como la lumbre de sus ojos. Vuelve desengañado, ha comprobado que no es oro todo lo que reluce en la corte. Ahí fuera hace frío, se pagan muy mal los salarios y a los criados se les echa la culpa de cualquier cosa con tal de  no pagarles lo suyo  y despacharlos sin razón. Y si así se les cuida en salud, qué no será en la enfermedad. 


"No he estudiado en Salamanca; pero tengo un tío en el Toboso, que hogaño es ya segunda vez mayordomo del Rosario, el cual escribe tan bien como el barbero"

Sancho decide tomar la manija de lo que le reste por vivir, tiene la certeza de que si el señor Archicámpanos le paga un ducado, cobra en especie dos o tres zapatos nuevos al año y don Carlos sale de fiador, tendrá mozo para muchos días. La oferta del nuevo contrato le altera el ritmo cardiaco. Aunque sea un poco comedor y le cueste levantarse, solo le tienen que arrear un zapatazo con las primeras luces y ya sabe levantarse como un gamo, ir al herrero a aguzar la reja, arar todo el día hasta el oscurecer y volver cantando unas seguirillas lindísimas de la tierra, montado en la mula castaña que está más gorda y es de más poder. 

Don Carlos acepta una a una todas las condiciones. Lo único que le impone es que lleve sombrero en vez de caperuza. Sancho no se fía. No ha olvidado que le cobraron los dos reales y medio que llevaba por la primera cena y de ninguna manera se pondrá sombrero que se vuela cada vez que hace aire. Pero el noble ve blandura en el gesto del escudero, le ofrece pagarle dos años de salario por adelantado. Esta proposición inusual rompe definitivamente la coraza del recelo, ya solo resta saber dónde están las tierras, probar las mulas para que los resabios no le cojan descuidado (Vaya el burro por delante para que no se espante) y revisar que están los arreos listos para la faena diaria. 


 "En todos los días de mi vida no he gustado de sombreros, ni sé a qué saben, porque se me asienta la caperuza en la cabeza que es bendición de Dios"


Después viene la carta que le escriben a Sancho que trasuda de sacar letras y palabras significantes del caletre. Una misiva que merece la pena leer completa porque en ella encontramos, junto al contenido de la carta, la explicación paso a paso del proceso de creación a través de un diálogo franco entre el pendolista o escribano y Sancho analfabeto que le escribe a Mari Gutiérrez, un poco sorda y por lo tanto hay que escribirle recio para que se entere. El autor consigue crear divertidos momentos de tensión narrativa a través de algo aparentemente tan simple como la redacción de una comunicación familiar. La lectura de las tres páginas relativas a la correspondencia no es tiempo perdido desde un punto de vista literario. El género epistolar al servicio de la agilidad narrativa. Son un modelo de concisión expositiva en el espacio bien reducido de un escrito breve. Sancho se las arregla para ponerla al tanto de todos los avatares sucedidos en los seis meses de ausencia. Preguntarle por lo suyo: el huerto y que no se olvide de mandar los zaragüelles. Saca a relucir cómo se las gasta para imponer su autoridad en la casa. Ni más ni menos violento que la sociedad que le ha tocado en suerte vivir. Oxte morena. Condiciones laborales arrancadas al amo más propias de sindicalista astuto. La sartén agarrada por un mango que tizna. 

Le comenta los beneficios que sacarán en casa del Archipámpano si se viene. Le sugiere que como a don Quijote lo han nombrado Nuncio de Toledo,  puede aprovechar el viaje para pasar a visitarlo de camino a Madrid. A la Archipampanesa la ve un poco holgazana, jamás la ha visto con la rueca en la mano como acostumbran las mujeres en la aldea. 

“Ciérrela y horro Mahoma” -apura al escriba- cuando ya le caen goterones de sudor de tanto pensar para escribir. 

 Hablará con don Quijote para que no reclame nada de lo que lleva porque le devolverá el rucio, la maleta y hasta el guante de Bramidán. Sancho no quiere nada de nadie, nada que no sea suyo. También reniega de las peleas que no le han reportado más que apaleamientos a mansalva. Casi lo hacen moro los comediantes: tiene entre ceja y ceja que estuvieron a punto de retajarle los arrabales. Retajado irreversible sino es por su lamento, la intercesión para que no tocaran por caridad la niña de los ojos de Mari Gutiérrez. 


 "Cantando siete o ocho siguidillas que sé lindísimas"

El Archipámpano se queda admirado por la elegancia de la epístola de Sancho,  demostración palpable de haber venido a estudiar a Salamanca. Sancho explica que la sabiduría le viene de la observación, de fijarse en su tío del Toboso; que a decir del cura, escribe tan bien como el barbero. No le debe nada porque le segó un día y medio sin recibir ni blanca y Mari Gutiérrez le escardó el sembrado durante doce días por un miserable real amarillo. 

La carta debió llegarle y convencerla porque a los quince días allí se presenta de emigrante  Mari Gutiérrez, dispuesta a cerrar filas con su marido, pasando grandes ratos en la casa con la simpleza doblada. El relato que cuente los sucesos de la pareja se hará pasando el tiempo, pues este libro ya no da para más. El material narrativo, las historias por contar son tales y tantas que piden de por sí un libro propio y exclusivo. 

Se me desboca
Se me desboca
Se me desboca
siento como la sangre
se me desboca
Siento como la sangre
se me desboca
se me desboca
cuando junto a la mía
pones tu boca,
cuando junto a la mia
pones tu boca  
Eliseo Parra 






Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
 


miércoles, 28 de enero de 2015

El Quijote de Avellaneda (25) Alonso Fernández de Avellaneda. Como una regadera.





"Lleváronse consigo a don Quijote, armado de todas las piezas, y más de coraje, y con él a la reina Cenobia y a Sancho llevando un lacayo del diestro a Rocinante"

El Quijote de Avellaneda (25) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo XXXIV 

Sería un desperdicio que el entretenimiento con la trinidad de caminantes fuera de uso exclusivo de la nobleza adosada a ellos desde su llegada a Madrid, pronto se corre la voz de la risa gratis y llega a universal pasatiempo de toda la corte. A costa del empeoramiento de la locura de don Quijote, sobre todo al ganar a su escudero para la causa de la caballería andante, armado caballero gracias a la victoria sobre el escudero negro. Desde ese momento marcando estilo, revestido de un gracioso vestido, caperuza nueva, unas calzas atacadas y de repente armado, portador de espada de manera permanente. 

Los señores deciden deshacer el trío de aventureros para ir dando cima y fin al relato; primero, apartan al hidalgo de Bárbara para seguidamente dejarlo de exponer al público. Consideran que Sancho no corre peligro de perder el juicio. Determinan a continuación que don Álvaro Tarfe se encargue del internamiento de don Quijote en la casa del Nuncio de Toledo que le pilla en el camino de regreso a Córdoba ocho días más tarde. El noble caballero andaluz se siente culpable de levantarle la cabeza al animarle a echarse a los caminos,  por dejarle la armadura nueva para las justas de Zaragoza y haber alabado su valentía. Pero antes debe rematar la aventura con Tajayunque tantas veces aplazada. Será al día siguiente en la Casa de Campo,  numerosos amigos y conocidos estarán entre los invitados. 

El príncipe Perianeo se ocupa de que Bárbara acepte “el recogimiento que le quería procurar en una casa de mujeres recogidas.”  El Archipámpano se compromete a darle la dote y la renta necesaria para que cubra los gastos de la estancia en ella. 

Todo listo, la hora de la verdad ha llegado. Se presenta don Quijote revestido de todas las piezas a lomos de Rocinante, más lucido después del ocio, el poco trabajo y el buen pesebre en las cuadras de la nobleza. El secretario de don Carlos habilita uno de los gigantes que se sacan en procesión el día del Sacramento, hace de Bramidán que en tono desafiante está dispuesto a cortar por lo sano. Se presenta imponente,  con una espada de palo entintada de tres varas de larga y un palmo de ancha. Forjada en la fragua de Vulcano, herrero del infierno. Su aparición asusta a Sancho que se admira de la bestia “más desaforada que en toda la bestiería se puede hallar.” El demonio Tajayunque en persona, que lleva persiguiendo a su amo desde hace más de cuatro meses desde el cabo del mundo. Un carro tirado por bueyes transporta el armamento del gigantón. Su espada es capaz de cortar al medio el yunque de un herrero y partir en dos de un revés a diez o doce personas a la vez. 



"El Archipámpano para mayor recreación hizo hacer un gracioso vestido a Sancho, con cuyas calzas atacadas que el llamaba zaragúelles de las Indias"
La historia marcará un antes y un después. Viene Bramidán a la Corte del Rey Católico a cumplir con la palabra dada. Hoy es el día de la victoria, el día de cortar y llevar la cabeza de don Quijote al reino de Chipre. De coronarse pacíficamente rey de todo el mundo, de quitar de en medio el estorbo de don Quijote de una vez por todas. De llevarse todas las damas a Chipre. Hoy comienza Bramidán y termina don Quijote. 

Las amenazas no ponen ni un asomo de temor en el indómito corazón del Caballero Desamorado. Ya no es tiempo de palabras, sino de manos. Para que no haya quejas ni reclamaciones posteriores, le pide a Sancho que le desvista por vez primera en toda la novela. El desarme definitivo significa que vamos llegando al final de la historia y del guerrero don Quijote de la Mancha. Componiendo el momento más triste del relato. Casi tanto como dolorosa fue la derrota del hidalgo en las playas de Barcino, a manos del Caballero de la Blanca Luna y la tristeza andante del regreso a morir entre los suyos. Lucharán cuerpo a cuerpo. Dejando a la vista de todos su cuerpo “consumido y arruinado que no parecía sino la muerte.” Señalados sobre el sayo negro el peto, gola y espaldar, el jubón y la camisa medio podridos del sudor: “pintiparado un rocinazo viejo de los que echan a morir al prado,” a decir de Sancho. 



"No se puede un hombre con ellos rebullir, ni abajar a coger del suelo las narices, por más que so le caigan los mocos"
El secretario se quita de encima el artefacto de gigante y aparece vestido de mujer. Se presenta como la infanta Burlerina, hija del rey de Toledo, sitiado por las tropas del rey de Córdoba. El sabio Alquife la tiene encantada, transformada en el gigante Bramidán. Ha venido a pedir a don Quijote que acuda en ayuda de su padre asediado, siendo ella misma el premio de sus trabajos. El rey de Córdoba exige la entrega inmediata de la infanta con doce doncellas más para evitar el arrasamiento, el saqueo y posterior pase a cuchillo de todas sus gentes. Don Quijote irá en persona a dar favor y socorro a su padre, solo queda concertar el cuándo y el cómo pues desafiado tiene al príncipe tirano, pero – cobardón- ha huido. 

El príncipe Perianeo se da por vencido y colabora con el plan trazado para encerrar al hidalgo, abandona su aspiración  deshonesta sobre la infanta Florisbella para que don Quijote se centre en la marcha a Toledo y así facilitar el internamiento en la Casa del Nuncio. Bárbara, en principio remisa a ello, accede a la voluntad del Archipámpano para quedarse en las Arrecogidas con la dote suficiente “con que pagar la vida lo que durase.”


Y dejar de lado la vereda de la puerta de atrás
por donde te vi marchar
como una regadera que la hierba hace que vuelva a brotar
y ahora es todo campo ya.

Sus soldados
son flores de madera
y mi ejército no tiene
bandera, es sólo un corazón
condenado
a vivir entre maleza
sembrando flores de algodón.
Extremoduro




 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

miércoles, 21 de enero de 2015

El Quijote de Avellaneda (24) Alonso Fernández de Avellaneda. Perfecto Judas.





"Ensartar azumbres; que a fe que los enhila tan bien como la reina Segovia"


El Quijote de Avellaneda (24) 
Alonso Fernández de Avellaneda 
Capítulo XXXIII 

Sancho recela de la mesa baja a la que lo sientan a cenar. Semejante a las mesas de juguete de  las muñecas, siendo él grandón como tarasca de Toledo y barbudo como nuestros primeros padres, Adán y Eva. Desconfía por si acaso, teme que la comida vaya en relación a la mesa, sobre todo cuando observa que a una hija pequeña de los anfitriones la ponen en la mesa redonda,  delante de unos platos más grandes que la artesa de Mari Gutiérrez. A la hora de la comida nada se escatima en gastos. Si hace falta, Sancho se paga la cena, que su dinero no es falso, es tan bueno como el del Rey y tan bastardo como las monedas que dieron a Judas por traicionar a Cristo. 

El maestresala le indica que no hay razón para la desconfianza. Lo apartan precisamente porque así puede tragar más. Ya se sabe que los que se separan es porque quieren tocar a más y comer más a placer que los compañeros, estorbos a la mesa. Engulle sin escrúpulos de conciencia un plato de avechuchos, palominos con sopa dorada para empezar. Luego, que vengan y vayan platos hasta templarse. Paga con todo el dinero que le queda. No quiere irse a acostar sin rematar las cuentas, como siempre ha hecho con su amo y porque lo “mandan los mandamientos de la iglesia cuando mandan pagar los diezmos y primicias.” El anfitrión acepta el dinero como pago de lo ya gastado y la comida del día  siguiente. Sancho lo ve justo, vaya una cosa por la otra,  porque a veces la manutención les ha salido cara, pagada con palos en las costillas.

Entretanto a la sobremesa don Quijote y Cenobia tienen un intercambio de pareceres. Ella no quiere exponerse más a la burla del Archipámpano, ya saben todos que su oficio es el de mondonguera. Que se contenten con la guasa continuada a don Quijote. La intervención del amo la convence. Le dice que está cansado de oírle esa blasfemia. El sale de fiador de que en viéndola,  todos respetarán y estimarán su amor crepuscular en todo lo que merece. Además, la buena vida que lleva depende de condescender con el tinglado montado alrededor de la locura de don Quijote. Quid pro quo. 


"Más honrado era san Pedro y negó a Jesucristo"

En este Quijote apócrifo Sancho va a misa como dios manda a todo cristiano viejo y no pagano ni protestante, como quedó establecido en la batalla de Lepanto. Acompaña al Archipámpano al que cuenta que con tanta aventura que se traen entre manos, se le ha metido el demonio dentro en estos últimos tiempos y le ha “volado de la testa la confesión.” De sus tiempos mozos solo le queda en “la memoria encender las candelas y escurrir las ampollas.” También tocaba el órgano por detrás. Desde que falta, le echan de menos en la aldea. 

El Archipámpano se interesa por su jornal. Sancho cobra nueve reales al mes y mantenido, también un par de zapatos nuevos al año. A mayores, cuenta con la promesa del derecho de saqueo en las guerras que ganen, que hasta el momento solo han sido gentiles garrotazos de los meloneros de Ateca. A pesar de todo, sigue a su amo por su valor. Su valentía es indolora, jamás le ha descubierto haciéndole daño a nadie. Todavía no lo ha visto matar ni una mosca. El Archipámpano le ofrece un vestido y zapatos nuevos al mes además de un ducado de salario. Sancho negocia, se hace valer. Conoce el valor de un buen escudero y le exige un rucio gentil para ir por los caminos, ya sabe que se le da fatal eso de caminar a pie, y que le prometa ser Rey o algo de autoridad de alguna ínsula o península, como don Quijote le tiene prometido. El y Mari Gutiérrez se valen para deslindar los desaforismos de aquellas islas. El Archipámpano acepta, puede incluso traerla para servir a su señora,  la Archipampanesa. 

A media tarde, después de sestear un rato,  don Quijote y Bárbara se presentan en carroza. Entran en el salón con gran ceremonia agarrados de la mano. Don Álvaro Tarfe los presenta con solemne gravedad. Hincado de rodillas ante su amo, Sancho se interesa por su rucio y Rocinante. Le pregunta si se ha acordado de echarles de comer y de beber. Aunque no haya  faltado de su vera más que un solo día, los lleva en el corazón. 


"No tendré las treguas por firmes si juntamente no nos damos los pies"

Los circunstantes “celebraban unos con otros la locura dél y fealdad della.” El Archipámpano la menoscaba, le dice que ya comprende el porqué de que su amo se haga llamar el Caballero Desamorado. Al mirar su cara difícil de mirar le será más fácil conseguir su pretensión. Le ofrece trabajar de camarera de su mujer para acallar la niña que crían. Le parece la más apropiada para esa complicada tarea. Sancho que escucha,  apoya la propuesta. La ocasión la pintan calva. Buena oportunidad para desprenderse de ella y que deje de gastarles. 

Estando en estos dares y tomares, aparece don Álvaro Tarfe para anunciar la presencia del escudero negro, criado de Bramidán de Tajayunque. A Sancho se le cambia el color de la cara. Mejor que le digan que él no está en la sala, pero si don Carlos y su amo le ayudan un poco, se atreve con él y “que se acuerde del día en que el negro de su padre le engendró.” 

Aparece el tiznado escudero, fantasmón de discurso hueco. Ostentando la riqueza de una cadena de oro macizo al cuello, anillos en los dedos y “gruesos zarcillos atados a las orejas”. A la moda iba el moreno de pega. Sancho se engalla con él, lo llama monte de humo, semejante a los “montes de pez que hay en el Toboso para empegar las tinajas.” Pero el escudero negro no repara en minucias, cosas de poca monta. El viene a tratar de asuntos mayores. Viene de parte de su amo, se dirige al Caballero Desamorado para pedir hora definitiva y librar la batalla tantas veces aplazada. Informa de la ferocidad de Bramidán de Tajayunque que acaba de dar cima a una aventura en Valladolid. Ha dejado la ciudad con doscientos caballeros menos, sin más armas que una maza de acero colado. 


"Y vuesa merced, armado como un san Jorge, contemplándose a su reina Segovia"

La lucha será el domingo cristiano por la tarde que no se trabaja. Antes quiere vengarse del escudero Sancho Panza por lo que va diciendo por ahí. Lo hará tajadas menudas con los dientes para que se lo coman las aves de rapiña. A Sancho unas se le van y otras se le vienen, pero está sin la rabia suficiente para luchar. Con todo, es capaz de hacerle rabanadas de melón con las uñas para echárselas a los cerdos. No quiere guerreaciones con nadie, pero obligado te veas si vienen a por ti. Mejor a mojicones o esperar a la nieve de invierno para luchar a bolazos. “Tente bonete desde tiro de mosquete.” Porque a espada se pueden sacar un ojo sin querer. Además su jornal solo cubre dar de comer a las caballerías y servir al amo en lo que sea menester, nunca hacer batallas. El pacifismo de Sancho cuando el peligro acecha. 

Don Álvaro Tarfe propone que luchen solo los amos y así el escudero del amo que pierda también salga derrotado. Asienten ambos y se dan los pies para rubricar la tregua. Al dárselo Sancho, el escudero negro se lo coge y le pega un gran tumbo antes de emprender la huida. Cuando don Quijote le azuza para salir corriendo detrás de él, Sancho rehúsa  por el riesgo de salir peor librado si llegan a las manos. 

Se les va la tarde sin pensar, se les para el reloj, entretenidos con estos y otros ocurrentes disparates. El Archipámpano, rumboso, invita a todos a cenar y luego a reposar cada uno en su aposento, menos Sancho que se queda de mala gana en la casa a hacerse cómplice de la noche. 

Has despejado mis dudas
y has logrado que aprendiese
a ser un perfecto judas
desde la jota a la ese.
Contigo he comprendido que la
humedad
es algo que se seca y se olvida
gracias a ti he sabido que la verdad
es sólo un cabo suelto de la mentira.



 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

domingo, 11 de enero de 2015

El Quijote de Avellaneda (23) Alonso Fernández de Avellaneda. Tablas al ajedrez.





"Caminaron hacia la casa del fingido Archipámpano, a quien dieron los pajes luego aviso de las visitas que llegaban"

El Quijote de Avellaneda (23) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo XXXII 

A primera hora de la mañana don Carlos y don Álvaro deciden presentarse ante Su Majestad para besarle la mano después de oída la misa. Don Quijote quiere seguirles al socaire del run run que le convoca a no estarse quieto en casa, a guerrear sin pausa. Ellos le convencen para que se quede en sus aposentos, aunque no sin guarda por si se le ocurre escapar. 

Sancho también quiere guerra, ya está concentrado en ello. Le indica a don Carlos que si ve al escudero negro,  le recuerde que se apareje para la batalla de la tarde o al día siguiente. A continuación, asarán un gazapo o algo y después del desorden gastronómico pueden negociar, le desafiará a segar. Le puede dar dos o tres gavillas de ventaja. Ya lleva tiempo dándole vueltas al magín sobre la mejor estrategia a seguir en la batalla: llevará una gran bola de pez blanda de zapatero en la mano izquierda, cuando el rival descargue su puño con furia, se le quedará pegado. Sancho aprovechará el desconcierto del momento para arrearle mojicones en la nariz hasta dejársela roja de pura sangre. 



 "Aquí tiene vuesa alteza, señor de los flujos y reflujos del mar, y poderosísimo Archipámpano de las Indias océanas y mediterráneas,"

Rendida visita a Su Majestad y demás grandes de la corte, acuerdan con un familiar y amigo que llevarán ante ellos a don Quijote y Sancho a condición de que se hagan pasar por el gran Archipámpano de Sevilla y su mujer la Archipampanesa. Disponen que don Quijote y Sancho se presenten en su casa con parafernalia y boato vaticanos, en carroza y a la caída del sol. Don Álvaro Tarfe presenta a don Quijote ante el señor de los flujos y reflujos del mar, como la flor y nata de la caballería manchega y defensor de sus reinos, ínsulas y penínsulas. El Caballero Desamorado calla para hacer el momento más grave, hasta que llegue el silencio profundo. Que todos callen y le oigan. Se dirige al “magnánimo, poderoso y siempre augusto Archipámpano de las Indias, descendiente de los Heliogábalos, Sardanápalos y demás emperadores antiguos” con solemnidad episcopal. El ha venido a ser amigo verdadero, obligando a emperadores a “rendir vasallaje, enviar parias, multiplicar embajadores, ” a hacer treguas mientras esté en su casa. Para comprobar que su fama no es voz que se lleve el viento,  quiere en su presencia entablar batalla con Bramidán de Tajayunque y ofrecerle la cabeza del gigantón a Cenobia, reina de las amazonas. Sin olvidarse de la victoria que espera con el hijo del rey de Córdoba y hacer que el príncipe Periandro de Persia desista de los amores de la infanta Florisbella en beneficio de su amigo Belianís de Grecia. Que mande ir y venir de uno en uno y por orden, que los reta a todos, desafía y aplaza. 

Quedan todos en suspenso al oír tantos disparates seguidos tan bien concertados sin saber qué decir. Por fin el mismo Archipámpano le sugiere al menos dilatar el combate hasta después de consultarlo con Bramidán y los grandes. Y que se retiren las damas (los niños y las damas primero) por temor a que todas se vean afectadas por el soplo de Cupido. El Caballero Desamorado será para su hija la infanta. Aquí están sus casas y el uso de todo lo que hay dentro de ellas para su yerno. 


"Ahí tengo yo el imperio de Grecia, Babilonia y Trapisonda para cada y cuando que los quisiere"

Don Carlos le indica a Sancho que ha llegado su minuto de gloria, la hora de darse a conocer y pedir licencia para librar batalla con el escudero negro y así ser armado caballero andante. Sancho copia la misma solemne actitud que acaba de presenciar en don Quijote. Hincado de rodillas ante su amo, le pide licencia para hablar con el señor Arcadepámpanos unas palabras, pues andando días y viniendo días se dignará a concederle el orden de caballería con todos los haces y enveses. 

Obtiene licencia con la condición de no decir sandeces. Cada vez que diga alguna, Don Quijote le tirará del sayo de tapadillo para que se desdiga en público de lo dicho. Con la ceremonia y lentitud al hablar copiada del hidalgo, se calla hasta que todos hacen lo mismo. Se dirige al “magnánimo, poderoso y siempre agosto harto de pámpanos...” ganándose el primer tirón de sayo por confundir sin ton ni son al augusto Archipámpano. Se presenta Sancho Panza por delante y por detrás, escudero y marido de Mari Gutiérrez, cristiano viejo y no pagano como el príncipe Perianeo, ante todo que conste la casta de los Panza. Continúa su comunicación hablada con interrupciones frecuentes,  que Sancho no tiene la memoria del misal. Intenta huir de los gigantones como de la maldición. Allá se las entienda su señor con ellos. Su enemigo mortal es el escudero negro. A ése ni agua. No parará hasta lavarse las manos en su sangre negra. La batalla no será a espadas ni a palos,  que podrían hacerse daño sin querer. Ha de ser a mojicones y cachetes. Si alguna coz o bocado se escapa, san Pedro se la bendiga. “Si bien es verdad que puesto en mi rucio, tanto me lo soy como cualquiera.” 



"Como media noche era por hilo, los gallos querían cantar"


El escudero negro tiene ventaja: está bien descansado porque lleva tiempo de vida regalada; hace dos años que no pelea y eso no se olvida aunque no se practique, como el Ave María. Para compensar la balanza, el señor don Álvaro le echará unos antojos de caballo, (Vete tu a saber en qué consiste el hándicap) así errará los golpes y a escondidas puede sacudirle mil porrazos y obligarlo a presentarse ante Mari Gutiérrez para rogarle que le pida perdón y así, derrotado el enemigo y retirado el estorbo, ser armado caballero andante, ser feliz, dejar de sufrir burlas porque a perro viejo no hay cuz cuz. 

Don Quijote monta en cólera por las risas tan ligeras de los presentes, gente de importancia y de orden que rompe la seriedad debida. La audiencia teme una lluvia de cuchilladas. Interviene la Archipampanesa para pedir que le traigan a la reina Cenobia y así comprobar su peregrina belleza, que salvo la boca, de un jeme mayor que las presentes, le sobra hermosura en un pie para dar y regalar. 

Se retiran don Quijote y el acompañamiento con el consuelo de que “empezaban ya a conocerle y temerle los de la corte.” 

Negocié tablas al ajedrez: tu alfil por mis peones,
abrevé en los pezones con sal de la mujer de Lot,
antes de que tiñera noviembre mis habitaciones,
descorché otra botella con la viudita de Clicquot.

Allons enfants de la patrie,
maldito mayo de París,
vendí en Portobello los clavos de mi cruz,
brindé con el diablo a su salud.

Mi manera de comprometerme fue darme a la fuga.





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

 

miércoles, 7 de enero de 2015

El Quijote de Avellaneda (22) Alonso Fernández de Avellaneda. Encontré una tristeza.





¿Cómo le va a vuesa merced en esta corte desde que está en ella?

El Quijote de Avellaneda (22) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo XXXI 

Dan de cenar a don Quijote y la compañía. Alzados los manteles,  llaman a Bárbara para que les cuente su vida llena de altos y bajos como las tierras de Galicia. Es vieja, moza fue. Creyó en un poeta bellaco que se quedó con su pudicia. La abuela murió de sentimiento al llegarle la noticia de su deshonra. Heredó, vendió los muebles, se instaló en Alcalá donde lleva veintiséis años sirviendo a gente de capa negra y hábito largo, inclinada por las letras, (se conoce que en su horizonte no estaba hacerse millonaria) especializada en dar el punto justo a la olla podrida. Las demás desgracias las sabemos. Aquí sigue con el caballero andante hasta que se canse de llamarla reina Cenobia. 

El anfitrión sabe humillarse de pega primero para que la adulación no sea tan evidente, pide perdón después por atreverse a alojar en su casa a persona de tan singular valor, reina y señora de las Amazonas. Tiempo habrá de compensar al caballero anfitrión  y concertar matrimonio con la hermana del rey de Persépolis, la infanta Florisbella de la que anda muerto por sus pedazos. Pero lo que ahora urge es la batalla campal que tienen aplazada. 

 “Su ejecución insto –replicó don Quijote- y barras rechas.”  

Sancho no quiere que un pagano (el mejor hombre de bien de toda la paganía, pero con la tara de ser mal cristiano por turco, que es lo que interesa y cuenta, para algo tiene que servir ser cristiano viejo) ponga su vida al tablero y muera a manos de su amo quien les ha dado de comer como papagayos con unos guisados que tornan "el cuerpo al alma de una piedra." Mejor que su señor luche con los feroces alguaciles que les causan desaguisado a cada paso. Entre risas les parece a todos bien dar lugar a la noche, no sin antes de que el caballero advierta a nuestro hidalgo que duerma sobre el combate aplazado. Los tiene entretenidos dos o tres días sin dejarles salir de casa. 



"No querría pusiese la vida al tablero, entrando en batalla con mi señor"

Entretanto,  llegan don Carlos y don Álvaro de Tarfe que se suman al coro de los que quieren entretenerse a costa de la locura de don Quijote y las necedades de Sancho. Don Álvaro, bien cubierto, da continuación al sainete, hace de sabio Frestón, le echa en cara al Caballero Desamorado que  esté tan ocioso y cobarde un caballero de fama tan esparcida por las cuatro partes del mundo. Esa misma noche encantará a Cenobia en los altos de los  Pirineos. La condimentará  para comérsela de tortilla, luego vendrá a hacer lo mismo con  el escudero porque sí. Le responde Sancho en lugar de su amo a alguien que no merece respuesta de su boca, don Quijote no se rebaja a gente que no tiene más que palabras y cólera infundada contra todas las cosas. Le parece de perlas que se lleve a la reina de Segovia a donde quiera que sea, pero que lo haga más pronto que tarde que ya llevan gastado más de cuarenta ducados en ella sin contar la manutención. Y “después quien se lleva la mejor parte son los mozos de los comediantes”. Le advierte de que es vieja, conviene que la deje tres o cuatro días a cocer para hacerla comedera. 


"Yo también quiero hacer batalla delante de todo el mundo con aquel escudero negro que dicho gigante trae consigo"

Don Álvaro se descubre incapaz de disimular más. Se echa en brazos de don Quijote que respira aliviado, ve el cielo abierto al comprobar que todo ha sido una mala burla. También lo hace Sancho que le pide perdón por la cólera, justificada por la amenaza de llevarlo a los montes Pirineos. Don Carlos sigue con la broma sin que don Quijote vea la burla. Porque una cosa es la amenaza de asarlos vivos en los Pirineos que están lejos y remotos y otra es Bramidán que está desafiando a todo el que se pasea por la Plaza Mayor de la Villa. Para don Quijote los pecados y maldades del rey de Chipre han llegado al cielo, ya dan voces delante de Dios, esa misma tarde le dará el castigo correspondiente. Toda mala acción debe tener su consecuencia. Sancho se ofrece a luchar con el escudero negro a “coces, mojicones, pellizcos y bocados,” pues con media docena de ajos crudos, acompañados de otros tantos buches de vino coge fuerzas para derribar una peña. Más le valdría haberse quedado en Monicongo que venir a morir a mojicones a manos de Sancho Panza. 

Don Quijote no quiere entrar en batalla con el príncipe Perineo porque le ha ofrecido su casa, pero no le queda más remedio pues la misión es sagrada, se lo ordena la ley de caballería. Lo que puede hacer es darle tiempo a que piense en desistir de la infanta Florisbella en beneficio de su familiar don Belianís de Grecia. Hasta que haya acabado con Bramidán y el hijo del rey de Córdoba. 


 "No toque esa tecla de la infanta Florisbella, pues sabe que yo ando muerto por sus pedazos"

Sancho le aconseja que vaya bien comido porque la tarde se presenta larga con tanta batalla. El ofrece sus alforjas y su rucio para el transporte de la merienda y pedirá  a su amo que le corte la cabeza poco a poco para que le haga menos daño. La derrota no entra en sus planes. 

Después de tanto hablar se van a reposar. Los criados de don Carlos y don Álvaro Tarfe le advierten de que cuide a la moza de los gavilanes de la corte. Un alcaide lo puede condenar a doscientos años y galeras por rufián. Sancho les replica que ella no es suya, el diablo se la endilgó y les está saliendo cara. Se la pueden quedar cuando quieran. El no la quiere ni dándole cuatro mil obispados de regalo. 

 Me encontré un cardo, una flor,
un sueño, un amor, una tristeza,
me fui solo y luego fuimos dos,
un beso, un adiós y todo empieza.

Otra canción, otra ilusión, otras cosas,
y harto ya de andar
hoy volví a buscar
mis gaviotas. 
Joan M Serrat




 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

sábado, 3 de enero de 2015

El Quijote de Avellaneda (21) Alonso Fernández de Avellaneda. Para qué quiero yo penas.





"Para que su resplandor alumbre la redondez de la tierra, y haga detener al dorado Apolo en su luminosa esfera"

El Quijote de Avellaneda (21) 
Alonso Fernández de Avellaneda 

Capítulo XXIX 

Cómo se levanta don Quijote de bien reposado esa mañana, dispuesto a que nadie le estropee el día recién estrenado como un año nuevo limpio de  propósitos y buenas intenciones. Sancho apaja los animales, los ensilla, almuerzan pasteles y pollo y una vez “rematadas las cuentas y pagadas” (nada dejan a deber en las ventas y mesones porque quien paga, descansa), se ponen en marcha. Caminan con prisa y a las tres y media ya están entrando en Madrid por los Caños de Alcalá. Desensillan, pastan, beben y dejan a las caballerías a sus anchas en las buenas manos del prado verde de la Puerta de Alcalá (ahí está, ahí está) y ellos - despreocupados- se echan la siesta a la sombra de unos álamos hasta las seis de la tarde que el sol pierde la fuerza y los humanos empiezan a respirar. 

Entran en Madrid, cabalgan por el paseo del Prado como fenómenos de circo seguidos por más de cincuenta personas admiradas. Cuanta más gente se suma al bullicio, más se estira los dobladillos y las sisas don Quijote dentro de la armadura completa de todas las piezas.  Ufano, se gallardea  por haber llegado a la villa y corte. Aparece un caballero principal en carroza acompañado de un séquito de treinta a caballo. Las dos comitivas al juntarse frente a frente ocupan todo el ancho del paseo. Informan al cortesano de la naturaleza de don Quijote y cuadrilla, de las hazañas de Zaragoza. Los invita a su casa para reírse con ellos. 


"A las tres y media de la tarde llegaron junto a Madrid, a los caños que llaman de Alcalá"

Litografía de Alfred Guesdon, 1854. La Illustration (París)

Don Quijote le entera de sus propósitos y su persona. Le enumera las razones de su llegada a la corte del Rey Católico. Viene por echar una mano a su amigo, el hijo del rey Belianís de Grecia, emperador cristiano, en pugna con Perianeo de Persia, pagano de la casta del emperador Otón. Cómo han desgastado de tanto mal usarla esta palabra tan noble, torera y castellana los que no quieren ver a un toro bravo ni en pintura. Costará décadas recuperar su primera acepción. Hemos adoptado el cursi "hacerse un selfi", que más parece cualquier otra cosa que un autorretrato ordenado con algunas gotas de sangre jacobina; sin embargo, hemos sumido en el arcaísmo "la casta", con lo bien que podíamos aceptar la sanchesca "hacer guerreación" en estos tiempos modernos. Voto por ello. Su intención es eliminar el estorbo a su amigo Belianís para que pueda gozar,  sin oposición, de los favores de la infanta Florisbella. Al infiel nunca le faltarán muchas turcas hermosas con las que poderse casar. Le exige rendición porque en caso de no salir de la carroza a entablar batalla, publicará la cobardía después de haber terminado con Bramidán y el hijo del rey de Córdoba. Algo pesado resulta el Avellaneda con tanta repetición de los enemigos literarios del caballero andante. 

Sancho abunda en las razones de su amo que ha hecho guerreación con “vizcaínos, yangüeses, cabreros, meloneros, estudiantes, y ha conquistado el hielmo de Membrillo, y aun le conocen la reina Micomicona, Ginesillo de Pasamonte y, lo que más es, la señora reina Segovia, que aquí asiste.” Que no los hagan perder tiempo que tienen cosas que hacer, las caballerías están cansadas y el hambre aprieta. No busque tres pies al gato y les dejen ir en buenas con Barrabás al mesón. El caballero los invita a su casa. Acepta el duelo, no para vencer sino para ser vencido porque la derrota ante tan afamado Caballero Desamorado dará gloria y lustre a su linaje. Concretarán el día y la hora en casa donde también conocerán la hermosura peregrina de Cenobia. Sancho apostilla que por ahora ella no puede descubrir la cara hasta que no se ponga la de las fiestas, mucho mejor que la presente, más propia de acallar niños que de ser vista por la gente. Pero don Quijote se la acerca un poco, el caballero se persigna al ver la encarnación de la fealdad, mejor manera no hay de ahuyentar los demonios, a decir de Sancho. 

Cenobia se presenta ante el caballero con la verdad por delante, revocando con su presencia la etérea realidad virtual de don Quijote,  “a quien falta tanto el juicio cuanto le sobra de piedad.” El hambre pone a Sancho los pies en el suelo de su ser y estar. Pide perdón por Bárbara, no tiene tan buen hocico como el amo ha proclamado, pero a quien dan, no escoge. Persignum Crucis en la cara. Las cabalgaduras no pueden echar palabra del cuerpo del cansancio que arrastran. Aunque Rocinante estaría días y noches escuchándole sus batallas y guerras,  mejor que comiendo media fanega de cebada. Se van todos con notable satisfacción a servir al príncipe Perineo respondiendo a la cordial invitación. 


"Comenzaron a caminar hacia casa del titular que les había convidado, con no poca admiración de cuantos los topaban por las calles"

XXX 

Llegados a casa del caballero, don Quijote rehúsa desvestirse porque no lo acostumbra. Y menos en tierra de paganos donde nunca se sabe de quién puede uno fiarse, ni lo que le puede suceder a los caballeros andantes. Se pone a pasear por la habitación en vez de sentarse en la silla que le ofrecen. 

Bárbara le comenta que ella ha cumplido la palabra que le dio de acompañarle hasta la corte. Ahora tiene miedo de que piensen que están amancebados; como consecuencia, los lleven a la cárcel y le hagan gastar el poco dinero que le queda y verse abocado a mendigar. Don Quijote le quita el miedo de encima, pues el caballero de la carroza es realmente el príncipe Perianeo de Persia. Le pide que los acompañe seis días más y después la llevará a su tierra con más honra que piensa. 

A Sancho no lo engañan, no se cree que sea príncipe de tan lejos, salta a la vista que vestía de negro como los grajos y no con turbante de moro, hablaba en romance y no en lengua paganuna. 

“El es sin falta ninguna el que ya tengo dicho” Sentencia don Quijote categórico zanjando la discusión. Un paje que les guarda la puerta confirma que el caballero es cristiano, “conocido en España; y quien lo contrario dijere, miente y es un bellaco.” Don Quijote se lanza a por él como un rayo que sale a la calle. El paje lo recibe con una pedrada en el pecho armado. Llegan alguaciles a prenderle. A uno de ellos le asesta una cuchillada en la cabeza de donde le mana la sangre. 



" se han atrevido a quererle llevar agarrado a la cárcel, cual si no fuera tan bueno como como el rey y papa y el que no tiene capa"

"¡Favor a la justicia que me ha muerto este hombre!", grita el paje. Don Quijote arroja cuchilladas a dos manos. Media docena de corchetes armados hasta los dientes hacen falta para dominar su furia y atarle las manos. Acierta a pasar un alcalde de corte a caballo que informado del tumulto le ve mala solución a la trifulca. Empeorado por la posición del hidalgo que le dice que siga su camino y que no se meta donde ni le va ni le viene. Un caballero andante es cien veces mejor que él y la vil puta que le parió. En cuanto le devuelvan las armas y la montura, castigará al príncipe Perianeo de Persia por la descortesía con Fernán González primer Conde de Castilla. 

Es un bellaco, se hace el loco para que no lo llevemos a la cárcel, indica uno de los corchetes. A las nueve llega el titular de la casa, que advertido de la controversia,  ruega que lo suelten, el se hace responsable de los daños ocasionados por don Quijote y de las curas del alguacil y compensación económica que sea menester. 

Don Quijote le agradece la libertad, pero en realidad no ha querido entablar batalla con gente bahúna, aunque alguno “ha llevado ya el pago de su locura.” También Sancho, que ha visto desde bien lejos los padecimientos de su amo, muestra su agradecimiento por su liberación de las garras de alcaldes peores que los de su tierra. El caballero mete a la pareja en casa dejando a los corchetes hechos unos “matanchines en la calle sin su presa.” 

Para qué quiero yo penas, ni cotilleos de nadie
Si penas y cotilleos los encuentro por la calle
Para qué quiero yo penas, ni cotilleos de nadie
No me vengas con desdenes cuando te hablo de amores
Las hay mejores que tú, como yo los hay peores
No me vengas con desdenes.
Eliseo Parra




Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.