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jueves, 5 de mayo de 2016

Los Pazos de Ulloa (10) Emilia Pardo Bazán. Respirar.






"Los sueños de las noches de terror suelen parecer risibles apenas despunta la claridad del nuevo día"


Los Pazos de Ulloa (10) 
Emilia Pardo Bazán 

Julián ha pasado mala noche acosado por pesadillas ensortijadas. Siente el cuerpo derrotado, atravesado por lanzazos como el dragón de San Jorge. Amanece nublado, el cielo cárdeno. Los nubarrones de plomo y las ráfagas frías de aire solano que doblan los árboles y levantan del suelo remolinos de hojas caídas presagian el drama en los Pazos de Ulloa. 

El capellán encuentra a Nucha con la niña en brazos, pálida y azarada, arrulla al bebé más nerviosa que de costumbre. Confiesa que desde el nacimiento de la niña se ha vuelto medio tonta, le tiene miedo a todo. Siempre alerta y sobresaltada por si los bichos y las arañas le hacen algún daño. Las noches son viva representación de las pinturas negras de Goya. Neptuno devorando a su propio hijo. Hombres ahorcados. Zombies amortajados, personas descabezadas. Crujidos de ventanas, portazos. Almas en pena. El paseo de un sonámbulo por el lado oculto de la noche. 

Una pena que la salud no se traspase, que los sanos no puedan dársela a los debilitados por la enfermedad. Julián se la regalaría a ella de buena gana y voluntad. El ataque de franqueza le enciende, le saca los colores hasta la nuca. El silencio espeso que esconde la sincera admiración entre los dos impregna la estancia de complicidad. Mientras tanto en el valle se abre una claridad pálida de sol angustiado bajo la techumbre gris de los altos que precede a la tormenta. 



"Por eso digo que debo de estar enferma, cuando me persiguen visiones y vestiglos..."

Siempre lo ha sido en esta novela, pero es a partir de ahora cuando se ve con claridad meridiana  la importancia del espacio que influye en la manera de actuar de los personajes. Junto a la naturaleza en todo su esplendor, unos  personajes más del relato. Hasta las paredes de los Pazos parecen más anchas y las piedras más oscuras. Conjuradas para el confinamiento. El invierno, la niña y la debilidad la han retraído y encerrado en la casa como en una clausura laica, la han empujado a recogerse en el interior de sí misma. La cercanía de Julián le da las fuerzas suficientes para bajar al sótano y sacudirse los temores, para luchar cuerpo a cuerpo con el caserón que la asusta. El rugido del viento, la tormenta violenta que hace retemblar los cimientos y los relámpagos que deslumbran hacen el día infame. Sin embargo, al volver a los aposentos habituales en mitad de truenos formidables recurre a la ayuda exterior. Enciende una vela y reza el trisagio. Le da un brote histérico que pone en movimiento al servicio de la casa. Tratan de calmarla con frascos, paños fríos, aires, aflojamientos de prendas y vinagres. Hacer sitio para respirar.  

Unos días después de los terrores nerviosos de Nucha, el señor de Ulloa organiza unas jornadas de caza en los montes lejanos de Castrodorna. Los participantes se quedan la víspera a dormir en los Pazos. La autora aprovecha para dejarnos de regalo una muestra más de su especialidad como escritora; una descripción magistral de la atmósfera nerviosa de una reunión de cazadores que se juntan para contar las peripecias de la caza; los jarros de vino añejo van y vienen y desatan las lenguas. Cada cual cuenta la feria según le fue en ella, todos apuestan por la bola más grande entre las carcajadas de la concurrencia y la azarosa presencia de los perros de caza. El verdadero instante de felicidad espiritual para un cazador de raza. Liebres grandes como mastines, tigres de Bengala, la sota de bastos y serpientes enroscadas, gordas como anacondas que le maman la leche a las vacas. Introduce a un personaje típico de las cacerías, cazador furtivo parido por el monte. Enjuto, piel de aceituna curtida a todos los aires. Ágil como un gamo y excelente conocedor de las costumbres de todos los bichos del monte. Paco el Bajo de “Los santos inocentes” que hace también de gracioso obligado para regocijo de los cazadores. A Julián la reunión le sirve de relajación. Ayuda a disipar las ideas congojosas que le asaltan desde días atrás. Como de nada le serviría negarse, los acompaña. 




"Iba vestido de modo asaz impropio para la ocasión, sin zamarra, ni polainas de cuero, ni sombrerazo"

Julián tiene que ir de caza quieras o no quieras. Aunque no haya cogido una escopeta en su vida, afronta con entereza su bautismo de fuego. Comprueba lo difícil que resulta acertar a las aves en vuelo y la experta actuación de un perro perdiguero que exige acierto en el amo, porque en caso contrario pega media vuelta, aburrido. La caza del macho de la liebre una noche fría del mes de diciembre, de luna bruñida colgada de una cúpula de cristal oscuro. Cuando el deseo y la pasión son tan fuertes que nada importa la muerte. La tentación con forma de hembra retozona en celo que atrae a los ciegos de amor, convulsos de deseo.



"I've been mad for fucking years, absolutely years, been 
over the edge for yonks, 
been working me buns off for bands..." 
"I've always been mad, I know I've been mad, like the 
most of us...very hard to explain why you're mad, even 
if you're not mad..." 

 Breathe Breathe, breathe in the air 
Don't be afraid to care 
Leave but don't leave me 
Look around and choose your own ground
Pink Floyd





El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


domingo, 17 de enero de 2016

Los Pazos de Ulloa (7) Emilia Pardo Bazán. Rencores pequeños




"La nueva esposa mostraba afición suma a recorrer la casa, a informarse de todo, a escudriñar los sitios más recónditos y trasconejados."

Los Pazos de Ulloa (7) 
Emilia Pardo Bazán 

De lo primero que hablan Julián y el Marqués es de Sabel. El caso es que el capellán la ha visto con el gaitero, sabe que le ha pedido los papeles para casarse al abad de Naya, pero todavía ni se ha casado ni tiene artes de quererse marchar. Pedro lo tilda de papanatas, de ser un infeliz. Aquí el que decide de siempre es Primitivo que lo ha engañado como a un chino. Y está claro que ahora no quiere bajo ningún concepto que su hija se vaya de la casa. Su poder ha aumentado desde que se ha metido en política. Consigue adeptos para la causa entre las gentes de la comarca. Les hace de banquero y así consigue sus voluntades. Incluso la borrica que la jueza le dejó en Cebre para Nucha embarazada, la consiguió por mediación de Primitivo

Julián no le había dado la enhorabuena a don Pedro por el embarazo de su mujer, ni siquiera había reparado en “que a ella pudieran ocurrirle los mismos percances fisiológicos que a las demás hembras del mundo.” Tal era la veneración que le tenía. El ideal de esposa bíblica, poético ejemplar de mujer fuerte. El se siente orgulloso de su contribución al matrimonio cristiano con la fusión de fines espirituales y materiales. Tuerce el gesto siempre que observa actitudes impropias del honesto trato conyugal. Siente en su interior que Nucha es un modelo de la perfecta casada, merecedora de un estado “más meritorio todavía, más parecido al de los ángeles, en que la mujer conserva como preciado tesoro su virginal limpieza,” querencia a la vida monástica, pues si es buena mujer para un hombre, mejor lo será para Cristo, dejando así intacta su inocencia corporal que es lo que Julián tanto desea, alejada de los peligros de la carne. 

Paralelamente, a la nueva cocinera le hacen la vida imposible, ésta empieza a poner pegas, que si la leña está verde, que si el humo, que si todo. Total, que se va. Inmediatemente después sucede la vuelta a los orígenes, el viejo régimen en la cocina. Sabel coge la sartén por el mango, pero ahora más discretamente. Perucho, evaporado, hace su vida en los numerosos cuchitriles de los pazos: desvanes, bodegas, lagares, hórreos, perreras, cochineras, herberas… que la nueva ama inspecciona de vez en cuando, atraída por tanto sitio recóndito y misterioso para un alma cándida educada en la comodidad de las ciudades. 






"No se conocía en todo el contorno, ni acaso en toda la provincia, casa infanzona ni más linajuda ni más vieja"


 Nucha observa que las gallinas no ponen huevos ni para una tortilla, a pesar de los frecuentes himnos triunfantes de la gallina fecunda al liberarse del huevo y los cloqueos de las hueras. Un día pilla a Perucho que anda tras ellas, no deja parar los huevos. Conocedor de todos los niales, echa mano de los huevos nada más salidos de las gallinas. Confiesa que después los vende a las mujeres a dos cuartos la docena. Nucha siente compasión por el muchacho como antes lo tuvo el cura Julián. Se propone enderezarlo ahora que todavía se puede, ahora que aún es una vara renueva. A Julián le preocupa que ella descubra el pastel de la paternidad de Perucho

Los recién casados se dedican a visitar a los aristócratas del vecindario. Van en cuadrilla, tantos animales como personas. Ante todo paridad. Además de la pareja, los acompaña Julián y su mula junto a dos mozos vestidos de domingo que les hacen de espolistas, las caballerías y algún perro de los favoritos. La jerarquía también es importante. 

Comienzan la tanda de visitas por el juez de Cebre, un poco azarado colocando y dando sitio a tanta multitud acompañada de requilorios y ofrecimientos de casa. La señora, que no termina de embutir su humanidad en el corsé y de ponerse un almacén de quincalla encima, llega cuando casi se van. Ese mismo día se acercan a Loiro a visitar al Arcipreste y a su hermana. Para llegar a Loiro tienen que adentrarse bastante en la montaña, pasar por despeñaderos y precipicios peligrosos. Las tierras feraces anexas a la casa rectoral, cultivadas un día, hoy presentan un estado lamentable de abandono como consecuencia de la Desamortización de Mendizábal. Algún día alguien tendrá que estudiar por qué en todos los sitios que visitas le echan las culpas del deterioro de numerosos monumentos singulares a este señor que debió ser ministro. Los habitantes del caserón son personas mayores y de enorme arquitectura. La sordera de la pareja provoca un quid pro quo divertido. Hacen pasar dentro quieras o no quieras, confirmando así la tradicional hospitalidad campesina. 







"Sintieron la impresión del frío subterráneo de una ancha cripta abovedada."

Al día siguiente salen tempranito. A pesar de que las tardes de verano son largas, necesitan el día entero para cumplir con el programa. Una mocetona, cargada con un haz de hierba más grande que ella, les informa de que las señoritas de Molende no están en casa, se han ido a la feria de Villamorta. Mejor, así tienen más tiempo para dedicarle a los habitantes del Pazo de Limioso. Aquí la autora nos deja de nuevo otra prueba más del genio de su pluma, ahora siguiendo la mejor tradición de los más aventajados escritores del Siglo de Oro. La descripción de Ramoncito Limioso y la prima, sus posesiones en decadencia y destartaladas, “acérrimo tradicionalista,” hidalgo antiguo. 

Merece la pena leer en el par de páginas finales del capítulo quince, la desgraciada postración y miseria que estas casas de enraizado linaje escondían. Un padre paralítico invisible desde fuera, encamado de por vida, un mito, una leyenda de la montaña. Dos tías, vestidas siempre de luto, secaronas y fibrosas como la piel reseca de un pandero y dedicadas a hilar todas las horas del día. Al salir del Pazo de Limioso, “callaron todo el camino porque les oprimía la tristeza inexplicable de las cosas que se van.” Justo a la mitad de la novela.


Un día 
los enanos se rebelarán 
contra Gulliver. 
Todos los hombres de corazón diminuto 
armados con palos y con hoces 
asaltarán al único gigante 
con sus pequeños rencores, con su bilis, 
con su rabia de enanos afeitados y miopes.
Joaquín Sabina





El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 13 de enero de 2016

Los Pazos de Ulloa (6) Emilia Pardo Bazán. Clon salvaje.





"No se acostumbraba a la metrópolis arzobispal. Ahogábanle las altas tapias verdosas."


Los pazos de Ulloa (6) 
Emilia Pardo Bazán 

Quedaban aún migajas de pan de la boda sobre la mesa y Pedro ordena a Julián que se adelante y que ponga un poco de orden en los pazos, algo de civilización en aquella madriguera silvestre, naturaleza intacta del “triste país de lobos.” Le advierte de que ponga los cinco sentidos en alerta a la hora de tratar con Primitivo. Para todo lo demás lo enviste de plenos poderes y autoridad para hacer y deshacer en los pazos. 

Por el camino se encuentra con un Primitivo amable, sumiso y respetuoso que juega a favor de obra para allanar el camino que lleva a la confianza entre los dos. Al pasar por el crucero,  da gracias por la ayuda y el cambio que ha llegado a los pazos. Del vicio hemos pasado a la virtud, del escandaloso amancebamiento al matrimonio cristiano. Da gracias por haber sido el elegido, el agente del cambio. 

Los recibe una jauría de perros de caza. Los perros primero. Primitivo los saluda y acaricia con su mano enjuta. A Perucho nada, un soplamocos y a vivir. La cocina presenta otro aspecto sin la caterva de mujeres y mozas; allí ya sólo reina Sabel, gobernadora entre pucheros. Todo limpio como la patena y bien ordenado; Primitivo, suave como un guante, dándole novedades detalladas del transcurrir cotidiano durante la ausencia. Alguien se le ha adelantado, alguien ha hecho el trabajo por él. Sabel sirve diligente y humilde. Hasta el más ingenuo sospecha que aquí hay gato encerrado. La mansedumbre del inmutable hombre de bronce que incluso entiende y aprueba que los señoritos traigan su propia cocinera resulta sospechosa: “En la vila guísase de otro modo… Los señores tienen la boca acostumbrada.” Como las caballerías. A Sabel la tiene también colocada con el gaitero de Naya, el mozo gallardo que la corteja. 




"No se habituaba a contarse como número par en un pueblo habiendo estado siempre de nones en su residencia feudal."


Únicamente la administración se le va de las manos. El poder de Primitivo en este campo esencial traspasa los límites del pazo como el cuchillo penetra en la blandura de la mantequilla tierna. Nada se mueve en cuatro leguas a la redonda sin que el mayordomo intervenga. Ni una mala palabra, ni una buena acción, justo como los políticos. A Julián no le queda más remedio que transigir, el aparente triunfo sobre la mala hembra le compensa de sobra. El caso es que tampoco acaba de casarse ni de irse. 

Fuera de la huronera las aguas andan revueltas. El cura de Naya le pone al corriente de que los alborotadores han echado a la reina, el ejército se suma a la revolución. 

Los intentos del Señor De la Lage por civilizar al Marqués son vanos. Cuanto más trata de descortezarle y que se adapte a la vida urbana, más deseos de sacudirse el yugo le surgen y más se radicaliza en su postura de vida agreste en los pazos. Le incomodan las altas tapias mohosas y los edificios lóbregos como calabozos húmedos. El suegro, las comidas, las personas formales, las normas de urbanidad a la mesa y las partidas en el casino le producen hastío. Se ahoga en la lluvia persistente de Santiago. La atmósfera intelectual de Compostela le sofoca. Anhela el desarreglo de los pazos, allí no sufre la nivelación social de la vida urbana donde no es más que el marido de Nucha Pardo a secas, sin título que lo distinga. Solo encuentra alguna compensación a tanta desazón en los desatinos amorosos de Carmen, el descaro de la chiquilla inquieta, siempre asomada a la ventana como un pájaro posado en el alambre. La oveja negra de la familia perfecta. Que rabie el suegro y comprenda que no basta con “tener sillas de damasco y alfombras para evitar el escándalo.” 

La política avinagra las discusiones. La huida del ministro González Bravo (Gustavo Adolfo Bécquer con él) y de la reina Isabel II a París cuando la Gloriosa es tema de abundante conversación. El Marqués apoya a los revolucionarios aunque solo sea por llevarle la contraria al suegro, porque a juicio del Señor De la Lage no tiene criterio en asuntos de política. 





"Acurrucada en el rincón del incómodo vehículo, se llevaba a menudo el pañuelo a los ojos"


Una mañana fría, fría del mes de marzo cogen la diligencia rumbo a Cebre. “¡Ya verás, ya verás! Allí es uno alguien y supone algo.” Le anuncia Pedro a su mujer. Le cambia el semblante a la par que se acercan a sus dominios. Aumenta la locuacidad a medida que va reconociendo los árboles, las matas de aliagas, piedras y peñas a cada revuelta del camino. En Cebre los están esperando Primitivo y Julián con dos caballerías; la yegua castaña para él y la mula para ella. 

Nucha le cuenta que no puede montar tan alta porque está embarazada. Pedro remueve Roma con Santiago hasta que logra traerle una buena borrica de confianza media hora más tarde. Hay momentos de alegría ante la inminente llegada del primogénito.


"Me dice el corazón 
que no soy de este planeta, 
que caí de algún cometa 
fuera de circulación, 
O acaso sea un clon 
de algo así como un salvaje 
que articula algún lenguaje 
de una extraña dimensión." 
Luis Eduardo Aute/ Miguel Poveda






El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


sábado, 9 de enero de 2016

Los Pazos de Ulloa (5) Emilia Pardo Bazán. Rara belleza.







¡Simbolismo! ¡Jerigonza! El pórtico no era para tanto. 

Los Pazos de Ulloa (5) 
Emilia Pardo Bazán 

Las primas le enseñan Santiago al Marqués, le hacen de cicerone. Venido de la amplitud del campo, la ciudad le parece vieja y mohosa. Puestos a elegir, para humedades ya tiene las de los pazos. No valora el arte ni las cosas antiguas. Valga que la Plaza del Obradorio sea ancha; pero no comprende la alta consideración de la Gloria. Se le escapa de las entendederas el simbolismo de las figuras de piedra esculpidas en la catedral. Para monumento, prefiere a su prima Rita

Las primas son cuatro y todas ellas distintas. Observa que a Manolita la rodean a menudo enjambres de moscones zumbones. A Carmen la sigue un estudiante melenudo. Sus ojos brillan cuando se cruzan con los del encontradizo por los portales del Villar o la frondosidad de la Alameda. Nucha no debe tener ningún adorador y Rita responde con ojeadas vivas y flecheras a las miradas y requiebros de sus admiradores. Para Pedro es el prototipo de una mujer de bandera. Pero tiene un defecto: es una mujer “que toma varas”; vamos, que se deja querer. Y él no está dispuesto a que le den gato por liebre de buenas a primeras. 

Pide consejo a Julián sobre las primas. Sobre todo le interesan Rita y Nucha porque las otras ya tienen quien las quiera. Está enorme en estos párrafos la autora reflejando el peso que los prejuicios y la hipocresía tienen en la sociedad compostelana (fácil resulta la extrapolación a otras sociedades). La importancia del sentido de pertenencia a un grupo y no a otro, la etiqueta de la tribu. Lo de aquí, los nuestros. Aquello que todo el mundo sabe, pero de lo que nadie habla por conveniencia. 

Julián siente predilección por Nucha, siempre la llama Marcelina por el respeto religioso que le inspira. Piensa que llamarla con el diminutivo significa profanar una flor o entreabrir un capullo de pureza virginal. Un sacrilegio abominable. 







"Pareciéronle, y con razón, estrechas, torcidas y mal empedradas las calles"



Rita provoca en el Marqués una mezcla de atracción física salvaje y desconfianza. Ese recelo que la desenvoltura de las hembras de ciudad produce en el campesino, esas mujeres que se esponjan a toda clase de halagos masculinos y que los de la aldea asimilan con depravación. No le importa que en su huronera Primitivo le domine o Sabel le venda con el gaitero, pero no tolera que ninguna de sus primas le toreen en la ciudad: “La hembra destinada a llevar el nombre esclarecido de Moscoso y a perpetuarlo legítimamente había de ser limpia como un espejo.” 

Don Pedro entiende el matrimonio a la manera de Calderón, manera española neta: severa con la mujer, indulgente con el varón. Rita ya tiene bastante con sus enredillos comentados en el casino donde se cortan trajes a medida de las veinte o treinta familias de viso de Santiago. El Marqués se ve influenciado por la fama de coqueta que la hermana mayor arrastra. 

Lleva el Marqués un mes en la ciudad y el señor De la Lage ya se empieza a impacientar sobre el huésped de larga estancia: ¿No le pedirá de una vez la mano de Rita? La situación de Pedro en la casa es tácitamente de novio aceptado. 

El desván de la casa tiene techo bajo. El Marqués tiene que caminar medio a gatas para no darse coscorrones contra el techo. Las chicas quieren torearle un día allí arriba en los altos de la casa, todo lleno de cachivaches arrumbados contra la pared. El desván contiene una potencial magnífica exposición de usos y costumbres de la nobleza gallega durante los últimos doscientos años. Medio en penumbra Rita le pone al toro el sombrero de tres picos, banderillas negras. Los trastos los maneja Manolita que se escabulle en cuanto puede. A Rita la pilla en una revuelta y le da un beso detrás de la oreja, ella se crece en el castigo y lo sigue citando. Persigue a Nucha hasta la habitación sin saberlo. Pedro oye que alguien se esconde en el sagrado de su habitación, para entonces ya no está en respetar cotos cerrados ni sagrados. Quien lo busca, lo encuentra. A la que encuentra es a Nucha que se resiste con todas sus fuerzas al abrazo desmesurado del Marqués que pide perdón por la violación del espacio sagrado de una dama. Ella se lo concede a condición de no volver a las andadas y bajo la amenaza de contárselo a su padre. 

El Marqués lo comenta con Julián después de unos días de tregua en los que hace más indagaciones sobre la familia en los conciliábulos del casino. Se presenta al señor De la Lage para informarle de que su elegida es Nucha. Aquello sentó como un escopetazo. 

El padre ya se había hecho a la idea de colocar primero a la mayor y las otras ya irían cayendo como fichas de dominó. Pero Nucha, no, a ella la quiere a su lado para gobernar la casa y acompañar a Gabriel como manda la costumbre y conviene al mayorazgo. Además de eso, a ella no le hace falta, cuenta con la herencia de la tía de Orense que vive como una rata en un agujero, ahorrando y ahorrando. 




"¡Piedras mohosas! Ya le bastaban las de los pazos." 


La elección inesperada de Nucha levanta una gran marejada en la casa. Durante la quincena siguiente tienen lugar una sucesión de entrevistas, cuchicheos, madrugones, lloreras a escondidas, trastornos en las horas sagradas de las comidas, cotilleos, vigilancias de Dueña Rodríguez, acusaciones de ventaneo, en fin, toda suerte de menudencias que se emparejan a un grave suceso doméstico. La marcha de Rita a Orense con su tía y de Pedro a una pensión provocan todo tipo de comentarios exteriores y rompen la rutina cotidiana de la casa. 

La boda se celebra un día de finales de agosto al atardecer, tan pronto como llega la licencia pontificia. La novia se casa de negro en una parroquia solitaria, medio a escondidas, sólo para la familia más allegada y amigos íntimos. Los amigos hablan bajito, compungidos como en un duelo. Boda fúnebre de negros augurios. La última comida de un condenado a muerte. Qué bien señala la autora que aquello va a terminar mal, cuando apenas ha comenzado. El ruido de las pisadas del recién casado y el crujir de las botas amenazadoras del Marqués son heraldos negros de un futuro incierto. Cuando el padre la deja en la habitación del tálamo nupcial, ella tiembla como la hoja de un árbol, lista para el sacrificio.


Me pongo a pintarte 
y no lo consigo 
después de estudiarte lentamente 
 termino pensando 
que faltan sobre mi paleta 
colores intensos que reflejen tu rara belleza.
Cánovas, Rodrigo,Adolfo y Guzmán







El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



martes, 5 de enero de 2016

Los Pazos de Ulloa (4) Emilia Pardo Bazán. Se marchitará tu flor.






"En suma: pocos encantos físicos,  al menos para los que se pagan de la cantidad y la morbidez de esta nuestra envoltura de barro"


Los Pazos de Ulloa (4) 
Emilia Pardo Bazán 

Julián se siente superado por los acontecimientos. “Dios sobre todo”,  murmura una vez de vuelta en la casona, abrumado por un mar de dudas, la tesitura que tiene encima. Su dilema es que tiene que decidir entre volverse con su madre o seguir en los pazos y así cumplir con su deber sacerdotal que le convoca a no tirar la toalla. Al llegar a casa es testigo de una escena de violencia doméstica y de género que hoy llegaría al facebook de la gente, consecuencia de celos feroces. Sabel tendida en el suelo bajo los culatazos del marqués, aullando como un perro herido. Perucho, descalabrado, llora en un rincón. 

Aquella visión del infierno en la tierra le convence de que debe irse. Cobra ánimos para decírselo al maltratador. La charla posterior, envueltos en el silencio del huerto y de los árboles, es la confesión sin arrepentimiento del marqués, excusando su abominable comportamiento en su condición de hombre, el acoso de los celos y la existencia de un ejército de parásitos a su alrededor que lo saquean, le comen vivo y le beben el vino. Encima sus tierras les mantiene las vacas y las gallinas. Los bueyes están holgones porque no hay quien trabaje con ellos. Las tierras de labor se dan en renta que nunca se cobra. Todo lo maneja Primitivo que no sabe leer ni escribir, pero es listo como una centella parida por los montes. Él mismo se considera esclavo de la tierra y la montaña. Además tiene que soportar que sus posesiones lo aborrezcan y Sabel baile con otros en su presencia.¡Qué bien si ella baila sola! 

Julián le propone que salga de esas montañas fieras, que busque una mujer para ordenar su vida “porque es mejor casarse que abrasarse en concupiscencias.” Un ruido apagado, un leve rumor inquieto como de reptiles arrastrándose por el suelo interrumpe la conversación. Primitivo ha escuchado el diálogo, escondido como un zorro. 

La aparición repentina de don Pedro,  revestido con la ropa de los domingos saca a Julián de su ensimismamiento. Julián piensa salir al camino e irse andando a Cebre para allí coger la diligencia a Santiago. Es el diablo encarnado en Sabel quien lo expulsa de aquel paraíso que parece un infierno. El Marqués le mete prisa para que se prepare, se van los dos a Cebre. Primitivo le participa que no hay caballerías listas; la yegua está descalza y alguien le ha dado dos puñaladas traperas a la burra. Al Marqués le entran ganas de poner a cuatro patas a toda la piara de inútiles que le rodea para que los lleven a cuestas, pero Primitivo, que lo es y mucho, además no puede acompañarlos porque acaban de llegar los leñadores para hacer el raleo en Rendas y no se desenvuelven si él no está presente.






"La cruz negreaba ya sobre ellos, y Julián se puso a rezar el padrenuestro acostumbrado"

Vámonos, vámonos antes de que llueva, apremia el Marqués, el cielo está cárdeno y amenaza lluvia. Al llegar al crucero, se oye el golpeo de las hachas y los ¡hams! como jadeos lejanos de los leñadores que rompen el silencio del bosque. Don Pedro descubre el brillo metálico de una escopeta que apunta a la espalda de Julián a través de la espesura. También él encara la escopeta, fue un instante, un espacio de tiempo inapreciable, si alguien aprieta el gatillo, las balas se cruzan: “Estaban frente a frente dos adversarios dignos de medir sus fuerzas.” El semblante de bronce de fundición de Primitivo sale de entre el follaje. Ha cambiado de opinión, ahora los acompaña a Cebre, acaso salga algo que tumbar en el camino. 

Además de la lluvia de todos los días algo ocurre en la casa de Santiago que revoluciona la quietud de la familia. Siempre que suena la campana de la puerta principal son los criados los encargados de abrir. Don Pedro se presenta a primera hora de la mañana a la puerta de los De la Lage y llama. Las cuatro hermanas en tropel y en edad de merecer, desgreñadas en bata y con chinelas,  salen a abrir. Nadie viene de cumplido tan temprano. Al ver al mozo apuesto, elegante como un pincel,  les dan impulsos de echar a correr, sólo la tercera le reconoce. Aparece el padre al revuelo, grandote como un oso, humanidad que se desborda, pies esparramados como lanchas. Arquitectura propia de la época feudal, venida a menos por el sedentarismo de los pueblos. El padre obliga a las chicas a dejar los remilgos y saludar al primo como se merece. La tercera, ruborizada, se esconde tras las cortinas. La empuja el padre y recibe un apretón en regla y un frote de barbas.






"¿Y tú no has ido a la catedral todavía?"

Don Manuel de la Lage es un hidalgo de cepa vieja, educado con rigidez, tiene a sus hijas encastilladas y aisladas. No tiene prisa en casarlas con cualquiera. Espera con paciencia la aparicion del “tronco en el que injertar dignamente los retoños de tan noble estirpe; pero antes se quedan para vestir imágenes que unirse con cualquiera.” 

Rita, la mayor, es la más rotunda de formas, el tronco perfecto donde injertar el heredero, la madre fecunda y nodriza perfecta para criar la prole. Como el labrador que en un terreno fértil ve la producción futura de cereal, sin reparar en las flores que lo adornan. 

Nucha, la tercera, es el patito feo de la familia con su leve estrabismo convergente, pocos encantos físicos. De momento es un enigma qué ve en ella el Marqués porque es a ella a quien elegirá para marchitarse juntos.



Si lo primero conviene, 
lo otro creo yo que no, 
linda prima, 
se marchitará tu flor. 
Me parece que su fasto 
no sirve de gran remedio 
porque es basto 
y te llenará de tedio. 
Mal negocio, 
linda prima,

Solera





El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



martes, 29 de diciembre de 2015

Los Pazos de Ulloa (3). Emilia Pardo Bazán. Fajador.






"Era imponente la fealdad de la bruja: tenía las cejas canas y de perfil le sobresalían, como también las cerdas de un lunar"


Los Pazos de Ulloa (3) 
Emilia Pardo Bazán 

Perucho se cría como un morito en los pazos. La visión del niño asilvestrado, revolcado en el estiércol de las cuadras llega al alma del capellán. Crece al mismo son de los tostones y corderos. Se encenaga en la misma charca, mama de la vaca recién parida como un becerro más, se acurruca en un pesebre para dormir como un niño Jesús en el portal, tapado por el heno de la burra que le da calor con el aliento. 

Julián se toma a pecho enseñarle las cuatro letras. Las tardes de invierno lo pilla y le obliga a aprender, a pesar de su radical oposición a la instrucción dando chillidos de estornino preso, gruñidos, pateos y huidas de la ciencia para ir a refugiarse al abrigo del establo al menor descuido del maestro;  allí se siente protegido por el calor corporal de los animales. Se propone adecentarlo. Cuesta Dios y ayuda despegarle la roña dispuesta en capas geológicas, como estratos de tierra aplastada por el tiempo con guijarros y cuerpos extraños engastados que le cubren la piel. Al paso, de tanto frotar, la piel va dando la cara; descubre la belleza escondida de aquel angelote con rizos recién salido de un cuadro de Murillo

El chiquillo le coge las sobaqueras al tonsurado con tanta limpieza y complicidad. La disciplina se va de las manos. El chiquillo le tira la tinta de escribir. La pluma es lanza que mata las moscas. Hace cucuruchos con el papel, revuelve los cajones, brinca en la cama como un saltimbanqui y le prende fuego a las botas llenas de cerillas como traca final. Luego está la madre,  con más peligro para el clérigo que un piel roja escondido detrás de un árbol. ¡Qué mujeres se encuentran en el mundo! Exclama Julián antes de echarla de la habitación, como hizo Jesús a los mercaderes del templo. Después se arrepiente como cristiano bien enseñado: “Mi obligación de sacerdote era enseñar, corregir, perdonar, no pisotear a la gente como a los bichos de los archivos.” 

Julián no hace buenas migas con los clérigos de las parroquias de la comarca. Sólo agavilla un poco con Eugenio, párroco de Naya. El Abad de Ulloa considera a Julián un afeminado. Piensa que la virtud en un cura ha de ser bronca y cerril. Oler a montuno desde lejos. ¿Qué es eso de lavarse con jabón de olor, cortarse las uñas o beber agua? El agua estropea los caminos, así que cuando las ceremonias se terminan, él se retira, no acude a las terceras partes aplaudidas por los demás porque no hay quien tenga la escopeta siempre cargada ni se está permanentemente en los templos. 



"Si se encontrase allí algún maestro de la escuela pictórica flamenca, [...] ¡Con cuánto placer vería el espectáculo de la gran cocina!"


La boda
Brueghel el Viejo 
Museo de Historia del Arte Viena. 

El día de San Julián acepta la invitación del párroco y sube andando a Naya para pasar el día del patrón. Nos topamos casi sin querer con una deliciosa muestra de la mejor prosa de la autora, un dibujo de firme trazo y agilidad del tipismo gallego que se  desparrama sin tasa en las romerías al son de la gaita, bombo y tamboril, envuelto en aromas de hinojo fresco y espadaña recién cortada. El recogimiento popular durante la misa del patrón, la más importante del año. La grave solemnidad cantada por una docena de curas de voz bronca. Y el desquite posterior de los mozos y mozas de la comarca que bailan desatados la muñeira más brincona. Gran maestría para crear ambientes cargados de magia. Queimada gallega. 

Después la tercera parte, que es la más interesante. La frenética actividad de la cocina rectoral. El despliegue ordenado de un ejército en maniobras. Señoras desplumando aves. Muchachos desollando reses y piezas de caza. Mozas y mozos acompasados en la faena bajo el mando experto del ama de Cebre, algo bigotuda, pecho alzado y brioso ademán. Daba gusto ver la lumbre ardiendo bajo los vientres oscurecidos de las ollas, sartenes y peroles llenos de los guisos más diversos. La acción de la gran cocina rectoral haría temblar de emoción los pinceles de un pintor flamenco que quisiera plasmar lo que ocurre delante de sus ojos. “Derramando la poesía del arte sobre la prosa de la vida doméstica y material.” 




"Desde aquel punto y hora, Julián se desvió de la muchacha como un animal dañino e impúdico."

A la mesa y sus apéndices formados por tablones extendidos y apoyados en cestos se sientan las fuerzas vivas de las parroquias de la zona. Una quincena de curas, el médico, el notario, el juez de paz y los caciques dan buena cuenta de veintiséis platos distintos que van y vienen por la mesa hasta acabarse. A todos le van dando. Julián pasa palabra al siguiente. A medida que se van desocupando las fuentes y vaciándose los jarros, las lenguas se desatan. Unos hablan de mujeres; otros, de política. Hay quien apunta que el día de la gran barredura está cercano. Se va a liar el tiberio del siglo. Los curas se enzarzan en una discusión teológica de altura que mezcla a San Agustín, latinajos antiguos, concilios medievales y Santo Tomás. Sube de tono con argumentos, proposiciones y silogismos y llega a su punto culminante a medida que se van agotando las botellas de tostado. 

 Cuando parece que la discusión se despeña por los barrancos de la herejía, aparece el marqués con la escopeta al hombro pisándole los talones a Chula y Turco, los dos perros perdigueros. Viene a los postres a tomarse una copa y pillar compañero para la excursión cinegética. La conversación deriva hacia el cotilleo, las malas lenguas hacen del palmito de Sabel en el baile de la mañana el centro de las habladurías. Le dirigen a Julián señas y guiños maliciosos que lo sacan de sus casillas y explota “unas cuantas asperezas y severidades que hicieron enmudecer a la asamblea.” El aguafiestas que disuelve la reunión. En vista del cariz que toman los acontecimientos, algunos se escurren a menear el naipe hasta la noche. Para cerrar el día Julián y Eugenio, tendidos a la sombra de una higuera, escuchan la formidable algarabía que llega desde la cocina. Allí los criados, primas del cura, cocineras, músicos… En fin, los siervos de la gleba, la tercera clase del Titanic se divierte. Julián se cae del guindo de lo de Sabel, el Marqués y Perucho, a la sombra de una higuera. A qué santo va él a autorizar un amancebamiento con su presencia en el pazo. La mujer del César no sólo tiene que ser honrada, también parecerlo.

A fuerza de golpes 
me convertí en fajador. 
No espero a nadie. 
Ya no espero a nadie.
Loquillo





El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



martes, 22 de diciembre de 2015

Los Pazos de Ulloa (2) Emilia Pardo Bazán. Pobre bruja del montón.






"Sabel fijaba pesadamente en Julián sus azules pupilas"



Los Pazos de Ulloa (2) 
Emilia Pardo Bazán 

Si a la tercera va la vencida, el capítulo tres está bien armado se mire por donde se mire. La autora nos presenta el espacio en el que se va a desarrollar gran parte del relato. Siguiendo los pasos del recién llegado, hacemos un recorrido por la estancia con la huerta y el jardín, al mismo tiempo que él. Sus gestos son reflejo del abandono y decadencia establecidos en el lugar. La maleza encuentra fácil acomodo en los otrora fértiles surcos de la huerta sin cultivar. Las zarzas asaltan las veredas, las malas yerbas se amontonan sin control, no caben a salir. Las plantas sin cuidados se empobrecen asfixiadas por los yerbajos que esquilman la tierra;  o se secan y mueren sin las manos pendientes del jardinero fiel. Dejan un vacío al faltar, zona degradada. 

Los interiores de la casona no desmerecen de la ruina exterior. Fija la mirada en la habitación de los archivos, una pena. Un fárrago de pergaminos mohosos. Mucho trabajo por hacer para reparar libros antiguos, separar lo nuevo de lo viejo, encolar. Pegar ejecutorias de nobleza, archivar vetustos legajos. Ordenar documentos carcomidos por ratones con penetrante olor a rancio y a humedad. Consigue compromiso del marqués para que le ayude un poco, pero en vista de la magnitud de la obra, abandona pronto. La excusa es la llegada de Primitivo que mete los perros en danza. Unos bandos de perdices que se comen el maíz ya maduro es la excusa perfecta, la llamada de lo salvaje que le convoca a colgar la escopeta al hombro y abandonar la engorrosa tarea de intendencia interior. 



"Entre las vigas pendían pálidas telarañas"

Después está el asunto del enfrentamiento del personaje criado en la ciudad y educado en la compasión de los templos con los personajes primarios y sin cultivar que crecen asilvestrados, rodeados por la naturaleza intacta donde prima el instinto de supervivencia, la selección natural, la ley del más fuerte. 

En efecto, el primer día de estancia en el pazo recibe al cura Julián con un sol de otoño dorado y apacible. La habitación es amplia y luminosa. Amueblada de rusticidad y decadencia desangelada. Muebles viejos y austeros. Espesas telarañas de color ceniza cuelgan de los techos y pueblan de silencio y soledad los rincones de la estancia. El polvo encuentra asiento en los muebles rústicos desde tiempo inmemorial. La acumulación de tanta suciedad enciende los ardores juveniles de limpieza física y pureza de alma del misacantano. Como el anterior inquilino de la habitación no debía haber sido muy aficionado al agua de lavarse el polvo del camino, los útiles de limpieza brillaban por su ausencia (la costumbre de darle al grifo del agua era aún un lujo oriental, un sueño),  se tuvo que conformar con un baño de aire con la vidriera abierta. Julián había pasado sin transición de las faldas de su madre beatona al seminario. Lo que sabía de la vida lo había aprendido de los libros piadosos y estampas de santos. Lo pudo buscar bajo la falda de Sabel aquel día, pero su virtud espantadiza la aparta de la tentación como otro Simón del Desierto de Buñuel encaramado en la columna, sofocando pasiones, calmando rebeldías y pensamientos deshonestos. Qué desperdicio. Julián presenta carencia de ciertos instintos primarios,  como demuestra su reacción a la provocación de Sabel en la habitación a solas. La autora no quiere que la novela camine por esa senda. 

En el archivo hay faena a esgalla, tarea para dar y regalar. Lidiar con aquel océano de papelotes desordenados es trabajo de chinos. Julián pone manos a la obra, acude todas las mañanas y sale de allí con unas jaquecas tremebundas; perdido entre tratos antiguos, asientos de deudas sin pagar, hipotecas y partijas que se remontan a varias generaciones atrás. Don Pedro, Marqués de Ulloa de pega, se queda pronto huérfano de padre, crece al amparo de su madre y de su tío Gabriel que se viene a los Pazos de Ulloa con el pretexto de cuidar a su hermana. Educa a su sobrino a su imagen y semejanza en “el desprecio de la humanidad y el abuso de la fuerza.” Una suerte de señor feudal que se envanece cuando un labrador le dice al cruzarse con él: “Vaya usía muy dichoso Señor Marqués.” 



" Aquella vasta extensión de terreno había sido en otro tiempo cultivada con primor y engalanada con los adornos de la jardinería simétrica y geométrica"

Julián descubre en los documentos que los números de la Casa de Ulloa son una ruina de la economía. Una maraña de intereses desangrada por mecanismos internos de organización de los pazos, hipotecas, socaliñas y pellizcos propios de la atomizada propiedad gallega. 

A pesar de que Julián se esfuerza por aprender los engranajes internos de funcionamiento del pazo para ejercer de administrador, le resulta imposible resolver cualquier abuso o desorden que observa por pequeño que parezca; siempre se topa con impedimentos de toda índole que lo impiden. Sobre todo las objeciones de Primitivo al que le falta tiempo para considerar  imposible de realizar o imprescindible para el buen servicio de la casa  cualquier reforma o pequeña modificación de la costumbre. Todos los operarios que tienen relación con el pazo obedecen a Primitivo. Le presentan ciega sumisión. Está acostumbrado a que le obedezcan porque se las ha arreglado para que todos le deban algo. De todos sabe lo que tienen que callar. El curita recién llegado es hueso duro de roer; todavía no le ha encontrado la blandura, el punto flaco que todos los hombres tienen, el vicio que les domina para atacarle por ahí.

No había debajo 
del disfraz que te ponías tú 
más que una niña 
a la espera de algún príncipe azul 
ibas para reina 
pero un hechicero te dejo 
así convertida en una pobre bruja del montón. 
Piénsatelo bien antes de poner tu pie en mi balcón
Joaquín Sabina



El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.