
SONATA DE OTOÑO.
MEMORIAS DEL MARQUÉS DE BRADOMÍN (3)
Bradomín es un personaje mujeriego y libertino. Un santo por lo civil. Acude a casa de Concha a despenarse del desgobierno de años de vida disoluta que deja su huella en el universo de ceniza que puebla de gris y de tiempo plateado su cabeza. Viene a resucitar los temblores del amor en la edad tardía. La sangre de Concha se revuelve en la sepultura cuando ya se creía curada de todos los espantos. Encuentra su triunfo en las exequias del amor. El amor, que siente el aleteo de las mariposas en el estómago, obra el milagro como si fuera el agua bendita que borra el sentimiento de pecado.
“Amorosa y complaciente, echó sobre mí el velo oloroso de su cabellera. Yo respiré con la faz sumergida como en una fuente santa, y mi alma se llenó de delicia y de recuerdos florecidos”. El erotismo ungido por el atractivo de lo sacrílego y las palabras sagradas del hecho religioso fundidas en el relato: la faz, el velo, la fuente santa y el alma que se separa de los cuerpos en una inmensidad de espacio de luz y sensualidad. “La mariposa de aceite que alumbraba los pies lívidos y atarazados de Jesús Nazareno”.
Ella entonces se sometía feliz. Valle narra el éxtasis de la reunión, como colofón del proceso de conquista y maniobras del cortejo cuya desembocadura son unos párrafos de gran altura mística: “Sus sienes maceradas, sus párpados de cera velando los ojos en las cuencas descarnadas y violáceas, le daban la apariencia espiritual de una santa […] los senos eran dos rosas blancas aromando un altar”. Y lo hace sin abusar ni abrumar con la simbología religiosa; con la gracilidad, sutileza y, a un tiempo, firmeza de la prosa exquisita de los elegidos. Como si el tiempo se detuviera, o no importara, en la consumación de la carne como hecho espiritual, los gallos cantan dos veces en la transición a la claridad del alba. También Bécquer parece respirar los átomos de la luz de la mañana: “Una escala luminosa de polvo llegaba desde el balcón al fondo de la cámara”.
Los gallos del alba los sorprenden dormidos al amanecer y concluye el relato del misterio del
clímax de la relación con la confesión: “Yo confieso que no recordaba haberla amado nunca en lo pasado, tan locamente como aquella noche”. Después aparece Florisel para dotar de serenidad y equilibrio a la narración. La aparición del preadolescente de doce años supone una ruptura en el relato. Sabe hacer tantas cosas como sabía el Azarías de Delibes: Correr el cárabo, arrollar a la niña chica o afear las fosas nasales del señorito. Florisel adeprende mirlos o enseña al hurón. Nos marcharemos todos al universo gris de las cenizas cuando llegue el momento del viaje definitivo. Morirse no debe ser tan grave. “Y se quedarán los pájaros cantando” como decía Juan Ramón. Como se quedan los mirlos en el manzanero que les da cobijo y manutención.
clímax de la relación con la confesión: “Yo confieso que no recordaba haberla amado nunca en lo pasado, tan locamente como aquella noche”. Después aparece Florisel para dotar de serenidad y equilibrio a la narración. La aparición del preadolescente de doce años supone una ruptura en el relato. Sabe hacer tantas cosas como sabía el Azarías de Delibes: Correr el cárabo, arrollar a la niña chica o afear las fosas nasales del señorito. Florisel adeprende mirlos o enseña al hurón. Nos marcharemos todos al universo gris de las cenizas cuando llegue el momento del viaje definitivo. Morirse no debe ser tan grave. “Y se quedarán los pájaros cantando” como decía Juan Ramón. Como se quedan los mirlos en el manzanero que les da cobijo y manutención."Se llamaba Herejía
cómo voy a saber
si me engañaba
cuando me mentía.
Maestra en confundir
al diablo y al rey de los altares,
me citaba en los bares
con fuegos malabares
y luego se olvidaba de acudir."
Joaquín Sabina
al diablo y al rey de los altares,
me citaba en los bares
con fuegos malabares
y luego se olvidaba de acudir."
Joaquín Sabina




















