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miércoles, 26 de enero de 2022

Insolación (Historia amorosa). Emilia Pardo Bazán.





"-Simplón, monigote,  feo.

-Reina de España." 


Insolación (Historia amorosa) 
Emilia Pardo Bazán 

La primera impresión que uno recibe de la lectura de Insolación es que “Sola y borracha quiero llegar a casa” no está al nivel literario de Los Pazos de Ulloa. No cabe decir que la novela sea un petardo, sólo que mantenerse en la excelencia cuya lectura impacta es más difícil que llegar a ella. A mi juicio la novelilla se salva por el afán innovador de los primeros espadas de la escritura - entre los que se encuentra doña Emilia, por supuesto- que ofrecen al lector algo nuevo en cada proyecto que emprenden. Insolación se publica en 1889, pero lo esencial ya está escrito en 1887, como señala Ermitas Penas Varela en el estudio preliminar que acompaña al ejemplar que tengo entre las manos (Recuérdese que Los Pazos y Madre Naturaleza se publican en 1886 y 1887 respectivamente). 

La acción trascurre en Madrid, durante las fiestas de San Isidro. Los valles hondos y verdes y las montañas brumosas de Galicia contrastan con el retrato del Madrid polvoriento y popular, rebosante de costumbrismo, de la Romería de San Isidro, anunciador de los calores rabiosos de los veranos de la capital. La autora reduce el tiempo de la narración a seis días que empiezan a contar el 14 de mayo, la víspera de San Isidro, narra la evolución del enamoramiento de la pareja y termina con la promesa de boda, en un brindis al sol que hace de testigo, y el anuncio de Diego Pacheco, buen ejemplar de raza española, de asentar la cabeza en la política al presentarse a diputado por Vigo. Antes debe irse al otro lado de España a dar la noticia a la familia… ¡Échale un galgo! 

El tema principal de esta novela que empieza y termina con la protagonista en posición horizontal es la atracción física que Francisca Taboada siente por Diego Pacheco, la lucha encarnizada entre defender la fortaleza de la virtud o entregarla a un don Juan, seductor y calavera que se presenta ante la viuda joven como una forma de romper la anodina vida cotidiana. Las relaciones amorosas vistas desde el punto de vista de Asís, la voz narradora y de Pacheco sostienen la historia. La autora se detiene en estudiar la personalidad de la protagonista sin olvidarse de una visión de la atmosfera densa de Madrid en fiesta, descrito a veces a través de los ojos escrutadores del señorito Gabriel Pardo de la Lage, de moral superior, viejo conocido de Los Pazos de Ulloa y aburrido antitaurino, siempre dispuesto a endosar al personal sus homilías planas sobre la crueldad de la fiesta, extraídas de la cadena de montaje de discursos sobre la corrección y la barbarie del español medio. Crítico con las costumbres del pueblo llano a los que mira por encima del hombro. 

Cuando doña Emilia arma el andamio narrativo no es para dejarlo vacío, sino para meter una liebre que te sorprenda al saltar y que conviene analizar. La voz narradora actúa como voz de la conciencia, severa con la dama. La autora construye la tensión narrativa entre la rigurosa voz de la conciencia que actúa para reprender la actitud de la viuda y lo que piensa Gabriel Pardo sobre la igualdad ante el sexo de hombre y mujer. Al final apoya la decisión final de uncirse en matrimonio como reparación del pecado de la carne. Se establece un debate interno entre la fuerza del deseo propio de entregarse al hombre y la moral de la época que actúa en forma de narrador que con voz inflexible riñe a la marquesa ya en el primer capítulo: “De todos modos, confiesa, Asís, que si no hubieses tomado más que sol... Vamos, a mí no me vengas tú con historias, que ya sabes que nos conocemos...” Por esta voz sabemos que la viuda cuenta con 32 años y una hija.

Doña Emilia Pardo Bazán dedica la obra “A José Lázaro Galdiano en prenda de amistad”. 

La técnica narrativa que la autora usa para meternos de hoz y coz en la historia es conocida, la han utilizado muchos autores más tarde para empezar sus escritos, se llama “In media res”. La usan comienzos memorables como: 
 “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo". 
“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes”. 

A ellos se puede unir esta de Insolación, a mi juicio la mejor descripción del día después de la noche anterior, una resaca como un piano y su evolución. Lo novedoso es que el malestar afecte a Asís Taboada, una mujer de la alta sociedad que en vez de contar ovejas para dormir, reza y se siente acosada por los resquemazones morales de la confesión, el qué dirán, el padre Urdax, de manga estrechita y duro de pelar. El padre debe ser de la facción radical de la orden, nada que ver con el Santo Padre actual, argentino de pura cepa. Aquí se le perdona malamente que aún no haya puesto el pie desde que es Obispo de Roma, el país que echó de Europa a los infieles, llevó la fe y la cruz con la espada al nuevo mundo y se arruinó por defender en toda Europa su trono de Roma

Perdonen la digresión, a lo que íbamos era a trascribir la manera tan magistral que tiene doña Emilia de contar la convalecencia de una resaca y su evolución: 
“La primer señal por donde Asís Taboada se hizo cargo de que había salido de los limbos del sueño, fue un dolor como si le barrenasen las sienes de parte a parte con un barreno finísimo; luego le pareció que las raíces del pelo se le convertían en millares de puntas de aguja y se le clavaban en el cráneo”[…] “El barreno que antes le taladraba la sien, se había vuelto sacacorchos, y haciendo hincapié en el occipucio, parecía que enganchaba los sesos a fin de arrancarlos igual que el tapón de una botella”. 

La autora nos emplaza el 16 de mayo, el día de la resaca, como Bailaor y Joselito en la plaza de Talavera, el Rey de los Toreros había toreado en la plaza vieja de Madrid con mala crítica el día anterior, sábado 15 de mayo y ya sabemos cómo desaparecieron del mapa los dos. Cambia la voz narradora, ahora es Asís en primera persona la que nos coloca en la tertulia que se había celebrado en casa de la Duquesa de Sahagún dos días antes, frecuentada también por don Gabriel Pardo de la Lage, el evolucionado, hermano de Nucha de Los pazos de Ulloa. Es la duquesa la que presenta a Pacheco y Asís, los dos personajes principales del relato, a ésta como viuda de Andrade y así nos enteramos los lectores de los antecedentes y pasado de la protagonista. 

La autora hace un esfuerzo por reproducir por escrito la gracia del habla popular gaditana, repleta de ceceos, seseos, yeísmos, acortamientos de palabras y tono característico: 
“No compares chiquiya, no compares…Tonterías que se disen por pasá el rato, pa que se encandilen las mujeres… Contigo… ¡Virgen Santa! Tengo yo una ilusión… ¡Una ilusionasa de volverme loco!". 

Al final se racializa la gallega, nos deja una trascripción del habla gitana: 
“Una cosa diquelo yo en esta manica, que hae suseder mu pronto y nadie saspera que susea... Un viaje me vasté a jaser, y no ae ser para má, que ae ser pa satisfasión e toos... Una presoniya está chalaíta por usté...”.


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



viernes, 3 de junio de 2016

Los Pazos de Ulloa (y 14) Emilia Pardo Bazán. Mariposilla blanca.





"Diez años son una etapa, no solo en la vida del individuo, sino en el de las naciones."

Los Pazos de Ulloa (y 14) 
Emilia Pardo Bazán 

“Quien no tiene memoria, necesita cicatrices.” Esta frase nos da los buenos días camino del trabajo enfrascado en los pensamientos del quehacer diario. Una de esas máximas perfectas, aforismo que cabe en un tweet y hace pensar. 

Julián perdona, pero no olvida el día dramático en el que tuvo que dejarlo todo en los Pazos de manera precipitada, sin tiempo siquiera de hacer la maleta. No se arrepiente de su inesperado momento de valentía cara a cara con el marqués cuando le acusa de “inteligencias culpables con su mujer” y de ultrajes mortales. No se arrepiente del repentino valor que el insulto bárbaro le saca de lo más hondo de su ser, “por muchos años que pesen sobre sus hombros y por muchas canas que le enfríen las sienes.” 

El tiempo y las canas que tiñen de blanco las sienes cauterizan las cicatrices del dolor. Pero cómo olvidar el día de la partida sin tiempo de despedirse de la niña. Casi mejor porque si lo hubiera hecho, habría caído postrado a los pies del señorito para rogarle un puesto de  jornalero o pastor. 

El día de los hechos luctuosos amanece nublado y plomizo, el sendero inundado de aromas sanos de la resina de los pinos viejos y la miel de la flor de las retamas. El bulto del cadáver de Primitivo mordiendo el polvo espanta la yegua, casi da con los huesos de Julián en tierra. 




"Diez años rara vez corren en balde"

Los ecos de los Pazos se agigantan en la ciudad, adquieren proporciones legendarias en Santiago. Los ciegos los cantan por las plazuelas de los pueblos. Materia narrativa de la literatura popular, los pliegos de cordel. La gente lo para por la calle interesándose por el escándalo. Entretenimiento de desocupados, sustituto de los programas de televisión por la tarde, mata tiempo de jubilados a la hora de la siesta. La sincera confesión ante la autoridad eclesiástica le proporciona alivio, el consuelo del castigo, confirmado por la penitencia del destierro, sellado por el beso al anillo de amatista del arzobispo. 

Julián cumple la penitencia del destierro en una parroquia de montaña, más aislada aún que los Pazos de Ulloa. Don Miguel de Unamuno también pagó su rebeldía con destierro en el desierto insular de Fuerteventura. Los parroquianos son gente humilde de campo, predecible y noble como las amapolas del mes de mayo. La aldea está dominada desde lo alto por las ruinas de un castillo, hogar de murciélagos y habitado por los ruidos inciertos de lagartos nerviosos. Las gentes hablan gallego cerrado. “Visten de somonte y usan greñas largas, cortadas sobre la frente, a la manera de los antiguos siervos.” De cualquier manera, como los playmóbil o los militantes de la CUP. Hay algo entrañable en ese flequillo como de artero monje misterioso de Umberto Eco en El nombre de la rosa. 

Apenas corrido medio año, recibe una esquela que le consuela, le comunican que la pobre Nucha ha acabado el martirio terrenal. Julián se acostumbra a la vida en el campo. El ritmo de las estaciones, pendiente del sol y la lluvia que haga el milagro anual de la yerba alta y encañe los trigos. La cadencia de la vida agrícola, la llegada de las cigüeñas, el nervioso vuelo a ras de suelo de las golondrinas por primavera. Allí permanece durante diez años, medio enterrado en las montañas, antes del traslado a la parroquia de Ulloa. 





"La placidez de la naturaleza penetra en el alma de Julián"

La autora está convencida de que diez años es mucho en la vida de una persona. El tiempo no pasa en balde, pero no significa nada para algunas cosas y lugares. Los lobos y las banderas de los escudos de armas permanecen inalterables. Los pinos han crecido un poco, el huerto y las tierras de labor siguen esperando las manos del labrador que las prepare cada primavera y sementera para que den el fruto trabajosamente. 

En Cebre se ha legislado, se han consensuado normas de convivencia, se han acotado los espacios y las libertades. De política se habla en los círculos de instrucción, artes y ciencias. Se han aclarado las ideas políticas: Barbacana representa las tradiciones y la reacción, cede ante el cacique Trampeta, encarnación y sustancia de las ideas avanzadas y la nueva edad. Cuentan y no paran los maliciosos que el triunfo del cacique liberal radica en la vejez de Barbacana que ha perdido su antiguo vigor e indomable condición. 

Julián se presenta en Ulloa un poco envejecido: “su pelo está estriado de rayitas argentadas.” Sus rasgos revelan la serenidad del hombre acostumbrado a reprimir todo arranque pasional. Los pasos siguen al pensamiento, como un imán lo llevan al cementerio rebosante de vicio y hierbas altas, naturaleza estremecida de frescura y frío natural. Las ortigas y malas hierbas asoman la gaita por encima de la pared, como almendreras. Parecen surgidas de la sustancia humana de cementerio. 




"Entrando en el ritmo acompasado, narcótico perenne, de la vida agrícola"

La autora no quiere despedirse de los lectores de cualquier manera. Antes de hacerlo definitivamente y emplazarnos para una secuela, hay que leer la descripción del cementerio, otra obra maestra del arte de la explicación de ambientes diversos: “Parecía que era sustancia humana –pero de una humanidad ruda, atávica, inferior, hundida hasta el cuello en la ignorancia y en la materia- la que nutría y hacía brotar con tan enérgica pujanza y savia tan copiosa aquella flora lúgubre por su misma lozanía. Y en efecto, en el terreno, repujado de pequeñas eminencias que contrastaban con la lisa planicie del atrio, advertía a veces el pie durezas de ataúdes mal cubiertos y blanduras y molicies que infundían grima y espanto, como si se pisaran miembros flácidos de cadáver. Un soplo helado, un olor peculiar de moho y podredumbre, un verdadero ambiente sepulcral se alzaba del suelo lleno de altibajos, rehenchido de difuntos amontonados unos encima de otros.” Y seguir a una mariposilla blanca hasta la tumba arrumbada de Nucha en un rincón del cementerio. Allí cae de hinojos Julián, clava las uñas en la cal del nicho que besa ardientemente. “La corriente del existir retrocedió diez años.” 

Antes de que la algarabía de una pareja de adolescentes lo saque de sus pensamientos doloridos. (Son Perucho, elegante con ropas de aldeano acomodado, aires de señorito y la hija de Nucha - sin nombre como el borrico de Sancho- con ropas de pobre de pedir, zapatos rotos) El tiempo ha pasado como un vendaval. “Los nada de hoy todo han de ser.” Se adivina la revolución, la vuelta de la tortilla en la continuación de los Pazos de Ulloa. 



Erase una vez 
 una mariposa blanca 
 que era la reina de todas las 
 mariposas del alba 
 se posaba en los jardines 
 sobre las flores más bellas 
 y le susurraba historias 
 al clavel y la violeta
Lole y Manuel




El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



jueves, 26 de mayo de 2016

Los Pazos de Ulloa (13) Emilia Pardo Bazán. Capaz de matar.





"Su turbación crecía; el corazón le latía con sordo ruido."


Los Pazos de Ulloa (13) 
Emilia Pardo Bazán 

La derrota electoral afecta el estado de ánimo del marqués. Se queda como parado y desconfiado, más huraño. Nucha se recluye en su habitación, cada vez más esclava de la niña, cosida a ella noche y día. Julián la ve muy desmejorada. El médico, don Máximo Juncal, pronostica que lo suyo “puede ser grave.” Julián envidia a los médicos porque pueden sanar las heridas y enfermedades de la gente mientras que él se siente incapaz de hacer nada. Él se sabe la teoría de memoria, la ha aprendido en los libros sagrados. Muchas horas de meditación. Llevar la cruz. Cuantos más sufrimientos se pasen en la tierra, más méritos se ganan para el cielo y mayor es la posibilidad de que al final de la partida que no hay manera de ganar, la aflicción sea dulce: señal de que hallaste el paraíso en la breve excepción terrenal. A la hora de la verdad qué importa la vida un poco más alegre y tranquila llevada en el tránsito por el valle de lágrimas, mero paréntesis de la nada inmensa. El capellán experimenta una calma honda cuando piensa que el Calvario es la cumbre, la culminación del sufrimiento. Cada cual asume su carga como mejor puede. Así lo señala Kempis en sus reflexiones. 

Una mañana después de misa en la capilla recién remozada, Nucha confiesa a Julián que se siente sola, se quiere volver a la casa del padre, al refugio de Santiago porque tiene miedo en la casona. Todavía está fresco el olor a barniz y a flores silvestres. La luz caliente que se filtra a través de los visillos de tafetán color carmesí contribuyen a crear un marco de solemnidad tamizada al desahogo. Que nadie le pida paciencia y prudencia porque ya está harta de guardar calma. Ya ni le incomoda que una criada ocupe su lugar, pero que no le toquen a la niña. Por ella es capaz de matar. En su fuero interno presiente que estorba y que la quieren matar. La confesión de Nucha desesperada convence al capellán que la ayudará en la gran evasión. Un rapto en toda regla como el toro del mito mediterráneo y milenario raptó a Europa en las costas de Fenicia






"La poseía por derecho de conquista, ¡ese derecho que comprenden los mismos salvajes."

Llegados a este punto, casi al final de la novela, la escritora se hace un poco más cervantina, llama la atención del lector: “Al llegar aquí de la narración, es preciso acudir, para completarla, a las reminiscencias que grabaron para siempre en la imaginación del lindo rapazuelo, hijo de Sabel, los sucesos de la memorable mañana en que por última vez ayudó a misa al bonachón de don Julián (el cual, por más señas, solía darle dos cuartos una vez terminado el oficio divino).”Así, de esta manera tan directa, como si fuera un crítico que acabara de leer la novela, nos indica a los lectores que lo que sigue es importante. Para ello la autora escribe desde otros ojos, la narración se engrandece de asombro a través de la mirada de Perucho. Los hechos trágicos contados desde la perspectiva del niño, testigo directo y a la vez protagonista del desenlace dramático. 

Pero no acaba aquí la cosa de la excelencia de la autora según nuestro modesto parecer. Hay más. Es admirable su capacidad para compensar en un mismo capítulo la tragedia de la muerte alevosa de Primitivo, cazado a traición como una alimaña, tumbado de un trabucazo en un acto de auténtico terrorismo rural, con la descripción de la ternura de Perucho en la escena del hórreo arrullando al bebé. No se conforma doña Emilia con la narración a través de los ojos de Perucho, también usa a la niña pequeña de filtro narrador. La complicidad del infante y del bebé que abre la novela y las expectativas a una futura continuación. Magisterio narrativo. 

Un chivatazo es el desencadenante de la tragedia. Perucho actúa como un topo quintacolumnista en los Pazos de Ulloa. Movido por la promesa de dos cuartos de su abuelo si le decía cuándo se quedaban a solas Nucha y Julián, se presenta en el despacho de su abuelo, Primitivo, como un Judas delator, vendido por unas cuantas monedas. 




"Y entré por una porta y salí por otra, y, manda el rey que te lo cuente otra vez."


Perucho sigue al abuelo por el monte para encontrar al amo y contárselo a cambio de más monedas. De tanto correr sin tasa, a su paso se levanta la liebre de la cama, se espantan las pegas de los nidos, holla las flores del brezo antes de dar con el marqués. Cumplido el recado; lo prometido es deuda, desanda lo andado para cobrar del abuelo. Salta paredes, sube bancales de viñas viejas, avanza por senderos solo aptos para cabras y conejos. Acurrucado detrás de un paredón descubre la silueta amenazadora del Tuerto de Castrodorna mal encarado apretando un trabuco contra su cuerpo. Ve cómo lo apunta seguido de un vómito de fuego y muerte. Su abuelo se gira como una peonza antes de desplomarse sobre el suelo mordiendo la hierba y el barro del camino. Allí queda tumbado e inmóvil. 

El muchacho rueda bancales abajo, brinca las paredes de piedra, salva las tierras de millo, se mete de patas en los regatos, salta zanjas, se araña con las zarzas para volver a tiempo de ver cómo Julián se encara con el marqués furioso. Tan colérico como lo había visto antes contra su madre y él mismo en la cocina: “La misma cara, idéntico tono de voz.” Parecía que estaba a punto de “echar abajo los altares, a quemar tal vez la capilla.” Aquel día parecía que tocaba matanza general. El pensamiento de que al señorito se le ocurra por casualidad quitarle la vida a la “nené” le enciende. Se escurre de la capilla. Sube la escalera ascape. Se mete con sigilo en la habitación, toma la niña que duerme aprovechando que el ama también duerme. Con la cautela “de la gata que lleva a sus cachorros entre los dientes colgados de la piel del pescuezo,” la esconde en el hórreo. Sólo media docena de gallinas y unos gorriones son testigos de la operación. 

Allí le prepara la cama entre las mazorcas de maíz, la envuelve con mantilla y pañolón. Le cuenta cuentos hasta dormirla. La llegada del ama bramando como un animalazo iracundo rompe el hechizo, la magia furtiva del hórreo. Le arrebata la niña y le aplasta como una oblea. Perucho nunca olvidará el llanto desesperado por la pérdida de la niña.

Por ti contaría la arena del mar, 
 por ti yo sería capaz de matar, 
 y que si te miento me castigue Dios, 
 eso con las manos sobre el Evangelio te lo juro yo.
Rafael de León/MiguelPoveda



El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



jueves, 19 de mayo de 2016

Los Pazos de Ulloa (12) Emilia Pardo Bazán. Maestro en refrescar manzanilla





"Primitivo, arrimándose a un servidor de usted o al judío, con perdón de Barbacana, conseguiría lo que quisiese, ¿eh?, sin necesidad de sacar diputado al amo."


Los Pazos de Ulloa (12)
Emilia Pardo Bazán

La yegua, una borrica de confianza y un caballo entero componen la nómina de las caballerizas de los Pazos de Ulloa. Ellos son los que más sufren el molimiento, el estrés, el puro cansancio y el aburrimiento de la campaña electoral. Las campañas electorales son un no parar de comidas desordenadas, fondas de paso, idas y venidas de pueblo en pueblo. Si las campañas electorales duraran mucho, acabarían con el candidato y sus monturas de puro agotamiento, provocado también por las intrigas constantes, traiciones, navajazos por la espalda, promesas electorales para los unos y amenazas para los contrarios. Los políticos actuales deben ser masoquistas. Para los animales de carga, bastante mejor un sistema político sin elecciones, ni parlamentos que valgan, ¡dónde va a parar! 

A la mulilla de Trampeta no le va mucho mejor la vida de tanto viajar a la capital a pedir financiación ilegal de donde sea, poco importa la procedencia con tal de darle la vuelta a la percepción general de que el control del distrito de Cebre se les está yendo de las manos. El carlismo, la inquisición, el diezmo, el clero sempiterno, el señorito de raigambre y jerarquía – hijo de la tierra- y Primitivo, el zorro del desierto, medio analfabeto parido por el monte, pero con la inteligencia natural de un lince para los negocios. Entre las gentes de Trampeta se había levantado “un santo odio al pecado, una reprobación del concubinato y la bastardía, un sentimiento tan exquisito de rectitud y moralidad, que asombraba; siendo de advertir que este acceso de virtud se notaba únicamente en los satélites del secretario, gente en su mayoría de la cáscara amarga, nada edificante en su conducta.” 

Al arcipreste de Cebre le llevan los demonios que sea precisamente ahora cuando se produce la repentina conversión o afán de denuncia, sacar los trapos sucios en periodo de elecciones es más viejo que el internet sin cable. Todo el mundo sabe que los Pazos son Sodoma y Gomorra de la perversión desde hace siete años. Peor le parece que los corazones de perro, las lenguas de escorpión, los liberaluchos indecentes enreden a la señora con un ordenado de misa. 





"Sentía Julián la malevolencia, la sospecha, la odiosidad, que iban espesándose en torno suya."

Nadie se lo dice abiertamente, pero Julián intuye que en torno suyo se murmura, las malas lenguas agitan la campana de la difamación, hacen vigilancias furtivas. Julián huele la desconfianza. Se palpa la tensión, siente que el aire se espesa a su alrededor y le pone un nudo en la garganta. Pero el hechizo de la niña, ahora que se va con la gente, rompe todas las cautelas, abobado con los progresos de la nueva vida recién echada al camino. Como presiente los inconvenientes de su intervención directa, no actúa y esa falta de iniciativa le paraliza. Se refugia en la oración. Dice “misa con el alma elevada, como la diría en tiempos de martirio; deseaba ofrecer la existencia por el bienestar de la señorita.” Las elecciones son la excusa perfecta para dejar pasar el tiempo. Política de no intervención. Alberga la esperanza de que si el Marqués sale elegido y se aleja de la huronera, ese pozo de maldad, mude la conducta con la ayuda de Dios

A medida que se acerca el día de las elecciones,  en los Pazos, cuartel general de los carlistas, el ardor bélico es más intenso. Se cuentan los votos, se hace un censo, están convencidos de que ni el mayor pucherazo de Trampeta podrá con la superioridad de las cifras. Esta vez el gobierno no podrá “contrapesar la acción de los curas y señoritos reunidos en torno del formidable cacique Barbacana.” Se disputa el voto palmo a palmo, se ponen zancadillas, se habilitan ardides tramposos, pucherazos que ni la vigilancia atenta de un centinela puede evitar. Escamoteo de la olla. Menudo discutinio. Qué decepción tras el recuento de papeletas. Qué abominables traiciones de última hora que inclinan la balanza del lado del gobierno. Siguen los mismos de nuevo. 

Tras la derrota Barbacana se ahoga como una ballena encallada en una playa, se reúne con los suyos en su despacho de abogado. Desplomado en su sillón, rumia la humillación y la derrota. Es la primera vez que pierde unas elecciones y hay que buscar a alguien a quien cargarle con el mochuelo. El chivo expiatorio es Primitivo; a toro pasado, él es el culpable. 



¡Qué elecciones aquellas, Dios eterno! ¡Que lid reñidísima, qué disputar el terreno pulgada a pulgada, empleando todo género de zancadillas y ardides!

A través de los vidriales penetran las voces y la algarabía de los vencedores que celebran la victoria ebrios de triunfo, beodos de vino gratis. De entre las voces destaca un clamor que en España tiene mucho de trágico: un muera. El grito de guerra que esperan los derrotados. Las voces cada vez más nutridas encienden los ojillos del Tuerto de Castro, siniestro personaje que acaricia las cachas de una navaja que asoma al borde de la faja. Barbacana saca dos pistolones que guarda en el cajón del escritorio. El clero joven se echa al monte imbuido del espíritu guerrillero del Cura Merino. El Arcipreste medio sordo quiere escapar por la puerta de atrás. Confiesa su humana cobardía: “No es cosa de aguardar a que esos incircuncisos vengan aquí a darle a uno tósigo.” Barbacana lo tranquiliza:  “Ni a romperme un vidrio se atreverán esos bocalanes. Pero conviene estar dispuesto, por si acaso, a enseñarles los dientes.” 

En vista de que la cencerrada no cesa, salen los de dentro armados de garrotes y látigos a majar como en centeno y ahuyentan a los vociferantes bebedores. Sin arma blanca, la reservan para el monte, perdices y liebres, que valen más que todos esos en cuadrilla, pellejos de vino avinagrado, odres de mosto. 

Cazos, almireces, cuernos de buey y cosas así quedan esparcidos por el suelo. El paisaje después de la batalla. Los héroes de la batida parten a caballo hacia la montaña, dejan solo a Barbacana con el tuerto de guardaespaldas. “La casa silenciosa, torva y sombría como quien oculta algo negro y secreto.”


Dicen que tuvo un serrallo 
 este señor de Sevilla; 
 que era diestro en manejar el caballo, 
 y un maestro en refrescar manzanilla.
Antonio Machado/ Joan Manuel Serrat







El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 12 de mayo de 2016

Los Pazos de Ulloa (11) Emilia Pardo Bazán. Por el verde del valle.






"Allí no se veía ya la espina del dolor, que lentamente va hinchándose,  pero sí el puñal clavado hasta el pomo."


Los Pazos de Ulloa (11) 
Emilia Pardo Bazán 

Perucho adquiere importancia en las habitaciones más nobles de la casa durante una temporada. Atraído por las golosinas que la señora le da de vez en cuando, pierde la desconfianza y no hay manera de despegarlo de la cuna del bebé. La recién nacida es ahora su juguete preferido, capta su atención más que los nidos de pájaros, los cachorros de la Linda o los ternerillos retozones y espantadizos de las vacas lecheras. Ronda la cuna embelesado por los amorosos gorjeos, chillidos de regocijo y tirones a su pelo ensortijado como respuesta a las cucamonas y carantoñas que él le prodiga. Su presencia se convierte en el bálsamo que calma los berrinches cuando la dentición agria el carácter de los bebés. Perucho se las ingenia para traerle juguetes nuevos cada día que le divierten infinito: pájaros vivos, ranas atadas por una pata, lagartijas escurridizas o mariposas y nidos. Un día, cuando más confiado estaba, ya aceptado como uno más de la familia y no hijo de una criada, Nucha lo expulsa de la casa en seco, lo saca mojado de la bañera en la que se estaba bañando con su hija. Julián lo encuentra en cueros acurrucado, bañado en sus propias lágrimas amargas sin comprender el porqué de aquella injusticia. 

Nucha, que andaba con la mosca detrás de la oreja sobre la procedencia paterna de Perucho, explota. Ordena a Julián que se las arregle para echar de la casa a la madre y al hijo. El capellán, que detesta la mentira y teme la verdad, le dice que sus sospechas son figuraciones. La mujer se desmorona. El contacto de las manos febriles de Nucha les turba y los calla. Mutismo cómplice. Tras el barullo, el lloriqueo inconsolable de la niña. Dentro de la madre los temblores, los ojos secos y los nervios domados. Mientras tanto, el graznido ronco de los cuervos llega desde fuera. Se anuncian días peores. 

La batalla de Lepanto en una charca enfangada. Así define la Pardo Bazán- qué escritoraza- la lucha de los políticos por el poder en las zonas rurales y continúa: “las ideas no entran en juego, sino solamente las personas y en el terreno más mezquino: rencores, odios, rencillas, lucro miserable, vanidad microbiológica.” 

La España de esta época vive pendiente de una reyerta política entre dos opciones de raza apoyadas ambas en algo secular o bien enraizado, lentamente sazonado al calor de la historia: la monarquía absoluta y la constitucional, alejadas de la realidad de la gente que las considera intangibles, algo etéreo. 

Los ecos de la refriega llegan hasta las montañas fieras y los profundos valles gallegos. En las tabernas se habla de libertad, de derecho a decidir, de aboliciones de quintas, de prohibiciones que no queda más remedio que desobedecer. Las señoritas de Molende, comprometidas con la causa desde el primer momento, hacen cartucheras caseras y otros arreos bélicos. Era impresión general que la batalla habría de librarse en las urnas, pugna no menos incruenta que la lucha cuerpo a cuerpo. Las escaramuzas se sustancian en dos cabezas visibles locales: un abogado y un secretario de Ayuntamiento, naturales de Cebre. Hombres de pocas ideas, perpetuos antagonistas, acérrimos defensores de sus cabezonerías. Su lucha solo puede terminar con el aplastamiento de uno de los dos. 

Barbacana es carlista. Trampeta, unionista de O’Donnell. El primero se muestra más inclinado al uso de tretas legales para empapelar a los contrarios. El segundo prefiere el uso de la violencia sin cubrirse las espaldas para la retirada a tiempo en caso de que vengan mal dadas. La gente aborrece a entrambos. Barbacana inspira terror. Trampeta se cree ungido de la verdad. Seguro de su impunidad, aunque queme a medio Cebre. Trampeta siempre saca tajada para los suyos de los viajes a la capital. Poco a poco le va arrebatando a Barbacana los estancos, alguacilatos, guarderías de la cárcel, peones camineros y cosas así. El funcionariado a sus órdenes. Mientras tanto, Barbacana a verlas venir. Se hace el Tancredo, apoya de mala gana al candidato Carlista. Pero hete aquí que Primitivo empieza a mover sus influencias y la Junta nombra a Pedro Moscoso, Marqués de Ulloa, como candidato. 

A Trampeta le entran los siete males al enterarse de que Primitivo ha urdido el plan para poner de candidato al señorito malcriado, encima enredado con la hija. Nadie podría haber imaginado que el Marqués de Ulloa se lanzase al circo de la política. El apoyo de Barbacana, de los curas y las artimañas del zorro, Primitivo, que tiene a los labriegos en un puño porque todos le deben algo, le convencen. 

A Trampeta le entra el baile de san Vito. La reacción por parte de las autoridades provinciales es otorgarle poderes ilimitados. No reparar en gastos. A Pedro le empuja la vanidad, el reconocimiento de la procedencia, primera persona del país por origen ilustre y ancestral. Antigüedad de ocho apellidos ganada a pulso. Se le ensanchan los pulmones con las procesiones de palmeros y halagadores profesionales que le rinden pleitesía unánime. Cambia de humor, se vuelve campechano. Siempre recién afeitado. Luce su físico arrogante, buena percha, mucho pelo para el congreso. 

Las fuerzas vivas de la comarca organizan mesa franca en los Pazos al empezar a hervir la olla de la política. Bandejas repletas y jarros de vino añejo ayudan a despellejar a azadonazos a Trampeta y partidarios. De esta vez los fastidiamos, se oye decir en el ágape. Mucho trabajo en la casa para dar de comer y beber a tanto asesor y partidario. 

Julián les viene bien y lo aprovechan para la redacción de las cartas. Lo encargan además del arreglo de la capilla, medio abandonada, para tener contento al clero. Nucha se queda para vestir y desvestir los santos bajo la dirección de Julián. Éste observa la vehemencia y exaltación del cariño maternal de un tiempo a esta parte, temerosa de que le roben la niña. La visión de unas señales siniestras en sus muñecas, la piel marcada, supone un espadazo hasta los gavilanes en los sentimientos de Julián que la observa melancólica y hundida. 

“No tengo nada, Julián.” Es la respuesta escueta que obtiene de su observación.


It was through the green valley and up a green hill, 
Like one that was troubled in mind, 
I called and I shouted and played on my pipe, 
But no bonny boy could I find.
Shirley Collins





El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 24 de febrero de 2016

Los Pazos de Ulloa (9) Emilia Pardo Bazán. Plantar cara.







"Largos días estuvo Nucha detenida ante esas lóbregas puertas que llaman de la muerte, con un pie en el umbral como diciendo: "¿Entraré?, ¿No entraré?"


Los Pazos de Ulloa (9) 
Emilia Pardo Bazán 

Ya hemos señalado aquí el desparpajo de la Pardo Bazán para llenar de palabras escogidas ambientes singulares. Auténtica brujona gallega. Pues bien, este capítulo décimo octavo que nos ocupa es un modelo de cómo tratar la llegada y los primeros meses de una criatura a una casa. Magia que desde lo más profundo de los valles gallegos sube hasta los altos cegados por la niebla y nos llega intacta a los lectores tantos años después. Sensibilidad a flor de piel, maternidad consciente, más o menos como la parlamentaria gallega en las Cortes con su cuadrilla de entretenedores de bebés alrededor. Es admirable la maestría que la autora demuestra para plasmar los balbuceos, lloros, fisiologías y gestos de la criatura recién nacida. Con lo difícil que se nos antoja escribir de algo anterior al hecho del habla y la sonrisa. Magno, como ella dice de los senos de la nodriza que nutren al bebé. Pardo Bazán encuentra el contrapunto al atontamiento y cursilería en torno al bebé en la rotundidad de las hechuras de la mocetona proveniente de los valles linderos con Portugal

En efecto, Nucha está durante varios días con un pie en la sepultura como consecuencia del parto. A un tris de pasar al más allá sin decir ni pío. Los nervios sacudidos por dolores internos, una fiebre que le sube como oleaje de la leche inútil que empantana los pechos ayudan a darle el empujón definitivo. Pero la juventud, las pocas ganas de pensar en el final, las medicinas de Máximo Juncal y, sobre todo, un puñito cerrado a ratos y otros una manita abierta, le recuerdan que no debe rendirse en la lucha por la vida. 

Julián acude a visitarla pasados unos días, cuando se incorpora un poco. La madre mantiene aún una palidez de marfil amarillento. No ha vuelto a ver a la niña desde el bautizo, la madre le dice que ha crecido una cuarta desde entonces. Aparece el ama con la niña que parece un pajarillo recostado en el magno seno de la oronda mocetona que lo nutre. Nucha y Julián no se cansan de mirarla, la miran como se mira una televisión encendida. Por un momento los labios dibujan una leve sonrisa que hace que el rostro macilento y desvaído de la madre se olvide de su extrema debilidad. Su felicidad no es completa, le duele que no la hayan dejado criarla. 

El médico, Juncal, la visita un día sí y otro no. Julián lo hace como una obra de caridad. Le lee en alto textos piadosos y de mártires que llenan de sosiego la lentitud de las largas tardes de verano. Hay tristeza en sus ojos; su rostro es “la demacrada imagen de la soledad.” Sólo la reaniman los cuidados de la niña. El ama solo para nutrirla, un tonel de leche con la espita abierta cuando sea menester. 




"Aran, cavan,  siegan, cargan carros de rama y esquilmo, soportan en sus hombros de cariátide enormes pesos y viven"

La descripción que hace de la nodriza es cruel. Lleva mala intención. Rebusca las palabras más hirientes del vocabulario para humillar a las campesinas gallegas. En su desmedido afán por describir la torpeza y rudas maneras del ama, su trapío como si fuera un toro bravo, su saque a la hora de comer, hace que Nucha parezca una burguesita remilgada y escrupulosa, miramelinda frágil en peligro constante de quiebra técnica. Pero llega Máximo Juncal a redimirla, para aplicarle las leyes de Darwin de adaptación al medio. La supervivencia de las especies en su lucha constante por la vida. 

Para Julián la niña es “un lirio, una azucena de candor. La cabezuela blanca, cubierta de lanúgine rubia y suave por cima de las costras de leche, tenía el olor especial que se nota en los nidos de paloma donde hay pichones implumes todavía.” La blandura de un bollo. La madre chochea de alegría ante la primera sonrisa. Julián empieza a querer a la niña con ceguera. Pero no todo es vida y dulzura en los pazos. El marqués esquiva a la niña, vuelve a las cacerías. Cada vez son más frecuentes las ausencias de semanas completas, las idas a cotos de caza cada vez más lejanos. Las cosas en la parte de abajo de la casa regresan poco a poco a su ser anterior. Sabel vuelve a ser la emperadora de la cocina. Cumple con la labor social de quitar hambres a una corte de comadres y astrosos mendigos de la parroquia. Pedro y Sabel vuelven a las andadas. Julián empieza a verla merodeando la habitación del marqués a deshoras. 

A Julián se le caen los pazos encima la mañana que sorprende a Sabel saliendo de la habitación del marqués. Revueltas las entrañas y una olla de grillos a punto de estallar en la cabeza le da por pensar. Se considera un Juan Lanas que se deja engañar, incapaz de imponer orden y disciplina entre los costales de malicia. Un sin agallas para echar a la calle a toda la canalla que merodea por la cocina de la casa. Nunca debía haber vuelto a pisar en los pazos. Mientras prepara otra vez la maleta, empareja los calcetines, ordena y cuenta pañuelos doblados, rumia su derrota. No entiende la infidelidad, cómo un hombre se puede ir con un pendón desorejado teniendo en casa la esencia de la mujer fuerte, la esposa castísima y modelo de virtud. Se muestra decidido a dejarlo todo por imposible, no puede luchar el solo contra el infierno en la tierra. 

Sólo las diez de la mañana, la hora de darle la sopa a la niña, lo ata al suelo. No pasa nada.  “Por veinticuatro horas más o menos…“ Al fin y al cabo “la vida es una serie de aplazamientos” a la espera del último y definitivo. Y luego está la madre, no puede dejar sola a la madre, ella necesita un defensor en aquella huronera hostil. Ahora su estancia cobra sentido, tiene una misión que cumplir. 




"Lo sorprendente es que el lanzazo lo sentía Julián en su propio costado"


Por la noche intenta buscar la serenidad en la lectura de Balmes, pero su cerebro está demasiado agitado con su monólogo interior para entender las honduras del filósofo. Se sosiega un poco al darse cuenta de que es capaz de afrontar cualquier riesgo si el deber se lo demanda. Una pesadilla surge entre las sinuosidades cerebrales cuando el sueño le otorga sus favores. 

Hay días que parecen noches oscuras del alma. Una sucesión de horas que te hunden en la desesperación. Te hacen un nudo en la garganta que te impide respirar, que aprieta hasta asfixiarte. Días de horizonte ciego que tiran paladas de ceniza a los ojos. Sin embargo, también pueden ser días que sirven de palanca para luchar más y sacar fuerzas de donde ya no quedan para sobreponerte si encuentras el motivo. Todo parece ir de mal en peor. Se produce un derrumbamiento general de lo que parecía encauzado en el soliloquio nocturno en forma de pesadilla del horror.

No sabes el dilema que me crea 
 pasar de todo y no decir ni mú, 
 por eso estoy aquí, maldIta sea, 
 plantando cara como harías tú
Luis Eduardo Aute



El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


jueves, 21 de enero de 2016

Los pazos de Ulloa (8) Emilia Pardo Bazán. El tiempo del dolor






"Como hombre,  tampoco podía penetrar en la cámara donde se cumplía el misterio."


Los pazos de Ulloa (8) 
Emilia Pardo Bazán 

Como ya hemos señalado antes, la novela está narrada en tercera persona. La autora utiliza los ojos sorprendidos y primaverales del cura Julián para usarlos de voz narradora. Los ojos funcionan de filtro de esa voz que narra lo que acontece delante de ellos. El capítulo dieciséis se alza como una buena muestra de este planteamiento a menudo repetido a lo largo de la obra. En él se nos cuenta la parte final del embarazo de Nucha, los preparativos - nerviosos para unos, rutinarios para otros,- de la inminente llegada del infante Moscoso, un nuevo personaje que ve la luz entre los dolores de la madre primeriza y que viene a modificar los comportamientos de los protagonistas y la rutina en los Pazos de Ulloa en la segunda parte de la novela. Doña Emilia dispone que sigamos las largas horas previas de incertidumbre y expectación únicamente a través de la visión del cura Julián, nerviosos y en la sala de espera. Aquí hay una jugada maestra, sumamente original a mi humilde parecer, desde el punto de vista narrativo. 

En efecto, cuanto más cerca está el sucesor de los Moscoso de este mundo, más prisa se da la madre en tejer ropas en miniatura para el primogénito. El embarazo le sienta bien, el aumento de volumen no es desmesurado, le rellena los ángulos y planicies, le pone un tipo de curva suave, mejillas sonrosadas que denotan salud y un timbre de voz más grave. Su natural aumento de volumen semeja al misterio de la virginidad de la virgen. La dulce pesadez representada con gracia en los cuadros de la visitación de la Virgen María. 

Hay que reconocer que durante el tramo final del embarazo el comportamiento del marqués cambia a mejor, la acompaña en los paseítos higiénicos, le regala ramos de las flores silvestres más aparentes, hasta deja de cazar porque a Nucha le sobresaltan los disparos. Parece que la dura corteza se resquebraja y que por las grietas aparecen florecillas parásitas, fiel reflejo de la blandura y paternidad consciente. Que ahora le alejan de las alegres muchachadas del pasado. 




"Sentía Julián cosquilleo y agujetas en los muslos, frío en los huesos y pesadez en la cabeza."


Una tarde de octubre al anochecer en la que Julián anda engolfado en lecturas propias del clero, Pedro lo saca de su ensimismamiento. Le dice que Nucha se ha puesto de parto. Ya ha dispuesto que Primitivo vaya a por el médico. Uno de aquellos médicos rurales sabios, que lo mismo te miraban por rayos que sacaban e interpretaban una radiografía, asistían un parto, hacían una analítica o montaban a caballo para atender un paciente en mitad del monte. 

Paralelamente, Julián se siente un tanto inútil por no poder ayudar. Ni siquiera le está permitido el acceso a la cámara donde se desvela el misterio del nacimiento. Territorio sagrado, reservado a las mujeres, al esposo y al médico. Lo único que le queda es rezar. Para ello recurre al altarcito que monta con estampas de la virgen y santos benefactores, allí ora de rodillas pidiendo protección al cielo. 

El marqués lamenta la falta de fortaleza, la debilidad de las “mujeres de los pueblos.” (Yo también creo,  como dice Pedro Ojeda,  que va con segundas esta denominación de origen) Añora la rotundidad física de Rita. Pasan lentas las horas de la noche. De fuera llega el bramido de protesta del viento al deslizarse entre los árboles. En la oscuridad se siente el sollozo hondo del agua al caer por la represa del molino cercano. Julián se queda adormecido. Despierta al amanecer con la llegada del médico de Cebre, vestido para la noche fría y sonido metálico de las espuelas que le dan un ambiente bélico a su aparición en escena. Rápidamente toma el mando de las operaciones en la casa. Recomienda paciencia y barajar; la cosa va para largo, la señora es primeriza. Don Máximo es un fanático de la higiene, predica limpieza. La manía de la higiene le viene de la lectura de librotes modernos. No está exento de vicios: le tiran las faldas y el ron, que no le impiden tomarse su profesión en serio. Recomienda al padre que vaya buscando nodriza para la criatura, la debilidad de la señora no da para más. Dicho y hecho, el marqués desaparece de las maniobras del parto, no vuelve a aparecer hasta la noche de la mano de una mocetona recién parida, grande como un castillo. 

El día transcurre lento entre subidas a la cámara de partos y conversaciones de política local entre don Máximo y Julián. Al capellán le parece “que las cadenas de dolor que llegaban a la pobre virgencita […] se rompían de golpe, dejándola libre, gozosa y radiante, con la más feliz maternidad.” 




"La melosa ternura y sensualidad de sus ojos azules, parecían contrastar con la situación, con la mujer que sufría feroces tormentos."

A Julián se le caen las alas del corazón cuando ve que la parturienta sigue en su ser. Mientras arriba en la sala de partos una mujer se debate entre la vida y la muerte, abajo no hay guapo que cambie las cosas de las bajas pasiones: la cabra tira al monte. Sabel aparece más fresca y apetecible que nunca. Hacía mucho que el señor no la veía de cerca. 

A media noche el sueño se apodera de todos los expectantes. Doña Emilia pliega también la persiana porque Julián se retira a su habitación. Lucha por no rendirse al sueño. Se aplica toallas húmedas sobre las sienes, se clava las uñas en el dorso de las manos y reza. Recuerda el pasaje bíblico de Moisés orando con los brazos en cruz. Así debió permanecer, medio en éxtasis, arrobado por la oración hasta el alba en que dos palabras de Primitivo: “Una niña,” resuenan en su cerebro como los clarines del miedo. Un mazazo en el cráneo y se desmaya, se desploma en el suelo como una pelota. 

Máximo Juncal se lava las manos en la palangana como Pilatos. Menudo panorama deja en el pazo con la nueva criatura. El padre, ceñudo, hosco y tremendamente contrariado por la decepción del angelito hembra; la madre, debilitada hasta el extremo por el esfuerzo y el cura, por tierra. “¡Qué poquito estuche!” Inhábil para echarse al monte y coger el trabuco y unirse “a las partidas con que anda soñando el jabalí del abad de Boán.”


la batalla diaria entre dos cuerpos, 
mi habitación con su cartel de toros, 
el llanto en las esquinas del olvido, 
la ceniza que queda, los despojos, 
el hijo que jamás hemos tenido, 
el tiempo del dolor, los agujeros, 
el gato que maullaba en el tejado, 
el pasado ladrando como un perro, 
el exilio, la dicha, los retratos, 
la lluvia, el desamparo, los discursos, 
los papeles que nunca nos unieron, 
la redención que busco entre tus muslos,
Joaquín Sabina




El presente  comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.