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domingo, 30 de junio de 2013

Por aliviar el luto



 


 Huella de la intolerancia religiosa durante el S. XVI en Utrecht



Con la llegada de los rigores estivales el mundillo de los blogs entra en una fase de quietud, como  en un periodo de hibernación. Pasa que con el cambio de rutinas, se pierde el ritmo bloguero y la motivación de leer y escribir con vistas al blog disminuye, en algunos casos desaparece al fallar la herramienta y los instrumentos de internet. Como tampoco es plan estar de luto tanto tiempo seguido, lo aliviaremos con estas pequeñas reflexiones surgidas a vuela pluma sobre el comienzo de El Hereje de Miguel Delibes:   


Utrecht
                       
La iglesia se sirve de la Inquisición como instrumento para garantizar la ortodoxia católica. Pero no solo se preocupa de asuntos religiosos, así, vemos en la novela que también ejerce control sobre los libros prohibidos por ella: incurrir en el delito de venderlos o difundirlos era castigado con dureza. Igualmente se opuso a la introducción del tabaco cuyo consumo empezaba a extenderse por todas las capas de la sociedad. No todo eran prohibiciones, también velaban por la salud de las gentes, algún aspecto positivo tenía que tener tanta privación de libertad. Con la perspectiva que da el paso del tiempo, bien podemos concluir que el pueblo siempre tiene razón; en ninguna de las dos imposiciones tuvo éxito, la verdad solo tiene un camino. 



 Los españoles no tenemos buena fama por ahí fuera, algunos antepasados fueron opresores.

El Hereje presenta en su composición una gran mezcla de muchos y variados ingredientes que el autor trenza con su mirada cervantina de experto narrador. Aúna profundos asuntos de religión que atormentan la conciencia de los protagonistas con temas banales como la caza, las peleas entre adolescentes en los internados para ganarse el respeto o la manera de satisfacer los apremios de naturaleza lúbrica de las distintas clases sociales. 


 Al igual que otras ciudades holandesas, Utrecht está cursada por abundantes canales

Cipriano Salcedo se siente un ser despreciable. No llega a entender que haya alguien que nazca para odiar. Al pecado original de odio a su padre se le une un sentimiento similar hacia Teodomira. El ingreso en la secta le proporciona el amparo que echa de menos en el hogar. Su entrega en cuerpo y alma al conventículo tiene su origen en ese sentimiento de desamparo. 



Pues eso: Destruyamos paredes que separan en lugar de construirlas


El Preámbulo de El Hereje es un acercamiento a la historia de la religión en Europa durante el siglo XVI, cuando los caminos de los creyentes cristianos se bifurcan. Su precisión resulta sorprendente para un lector medio que no sea experto en la materia. Se trata de un tema que se suele pasar de puntillas en los planes de estudio, a pesar de su importancia para la configuración posterior de Europa. En modo alguno puede caer en el olvido la influencia que en esos tiempos tiene la religión y el papel que juega en Europa para la evolución de una sociedad feudal, rígidamente estratificada, a otra de componentes más democráticos y amables con los desheredados. A mi juicio, el capítulo representa un ejemplo perfecto de cómo se aprende más a través de la lectura a la que se llega voluntariamente y por convencimiento que con la lectura por obligación o por estudio. El autor se cuida de ofrecernos con detalle y profundidad, para el no iniciado, el marco religioso e histórico en el que se desarrolla la historia. 

 Aparcamiento de bicis, paraíso de los vehículos de dos ruedas

La presencia del doctor, don Francisco Almenara,  llama la atención en el capítulo primero. Considerado sabio – atesora más de trescientos libros en sus estanterías-, tiene aspecto de Mago Merlín con su luenga barba canosa. Su importancia radica en los esfuerzos, basados en remedios caseros y en una lección de ginecología del S. XVI, para que doña Catalina dé a luz con el fin de evitar la afrenta de la esterilidad en la pareja, sobre todo en la mujer. No tener descendencia era considerado una degradación para ellas. La primera obligación de toda mujer era dar descendencia. El precursor de ginecólogo trabaja en equipo con el marido, don Bernardo, y con su mujer, Catalina, para intentar mantener la estirpe de los Salcedo. Y lo consiguen a costa del fallecimiento de la madre. 



 Los pingüinos de pega y el que esto escribe  les deseamos a los comentadores, lectores y visitantes que le jueguen la vuelta a los  calores como mejor puedan,  los demás, haremos igualmente lo que podamos.


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.
 

domingo, 29 de enero de 2012

Ruta del Hereje

La novela es un homenaje de Miguel Delibes a su ciudad.



Una niebla espesa que se atrapa con la mano oculta la llanura castellana al otro lado de las lunas del autobús que nos lleva a Valladolid. Echa un telón de ceniza que hace invisible el templo del bricolaje moderno a la entrada de la capital. Con lo que eso duele. Porque eso debe ser el Ikea: una nueva meca de peregrinaje a la caza del mueble a medio hacer, o termínelo usted mismo en casa.


Desde esta ventana sacaron a Felipe II y a Cipriano Salcedo para su bautismo en San Pablo.

Esta vez nos convoca Miguel Delibes (1920-2010), su postrera y mejor novela: El Hereje. La guía, Inés, nos espera en la Plaza de San Pablo para recorrer las placas de bronce adosadas a las paredes de los edificios que señalan los lugares por los que discurre la trama de la novela. Con la niebla metida hasta los huesos, hicimos el recorrido musealizado como si fueran las estaciones del Vía Crucis de Cipriano Salcedo, haciendo verdad el dicho de que los libros tienen vida si nos acercamos a ellos dejándonos sorprender por lo que narran, con la capacidad de sorpresa de un niño. Son como las leyendas antiguas que nutren la imaginación de los lectores.

La Ruta del Hereje comienza en la Iglesia de San Pablo cuya pila bautismal compartieron infantes y príncipes ( de la talla de Felipe II) con Cipriano Salcedo. Éste nació el mismo día en que Lutero clavó sus tesis protestantes en la puerta de la catedral de Wittenberg, presagio de los caminos por los que su vida iba a transitar.



Según nos iba explicando la guía, a principios del XVI, coincidiendo con el periodo en el que Valladolid fue Corte, había unos trescientos palacios en la ciudad de los que se conservan apenas unas decenas. Las alumnas seguían con atención y frío las explicaciones, con más aprovechamiento, las que habían leído la novela con antelación.

Así llegamos a la cuadrada Plaza Mayor, primera de España y lugar en el que se montó el estarivel para el Auto de Fe el 21 de mayo de 1559. Al mismo tiempo, unos tímidos rayos de sol pugnaban por abrirse paso entre la niebla que se va arregazando, cuando ya Cipriano- montado en un burro- se dirige al quemadero del Campo Grande.



Los alumnos seguían con atención las explicaciones adaptadas de la guía. Se prepara el alboroto cuando se le ocurre mentar a la plaza de Toro como la más antigua de España. Vale que ahora haya autores empeñados en desmontar la leyenda de los Hombres de Musgo bejaranos, pero lo que no podían ellas esperar es que alguien intentara también quitarle los honores de ancianidad a su coqueta plaza de toros encaramada en lo alto del Castañar. De uñas se pusieron las bejaranas en defensa de la senectud del coso de “La Ancianita”. Como debe ser.



Ya de tarde teníamos cita en el moderno Museo de la Ciencia, a un costado del río, para visitar una exposición tan didáctica como bien explicada sobre la electricidad. El largo y complejo viaje desde su generación en una central eléctrica, nuclear, térmica o renovable hasta la bombilla iluminada, respondiendo al gesto cotidiano de darle al interruptor. Después la vuelta a casa, desandar el camino. No querían perderse el partido de fútbol -los más jóvenes sobre todo- que volvía a enfrentar al Real Madrid y al Barcelona.

Placas que marcan distintos momentos del Hereje por las calles de Valladolid:


















jueves, 17 de marzo de 2011

Cipriano Salcedo regresa donde todo comienza




 
"Sintió un dolor intensísimo, como si le arrancaran la piel a tiras, en las caras internas de los muslos, en todo su cuerpo"


MIGUEL DELIBES. EL HEREJE
LIBRO III. EL AUTO DE FE
CAPÍTULO XVII

Miguel Delibes dedica el último y culminante capítulo de su novela a narrar el camino de vuelta de CS a los orígenes. A las cenizas que fertilizan la última morada donde la hierba crece más espesa. Nos narra las últimas doce horas de CS en vida. Se trata de una magistral descripción del ambiente que reina en Valladolid el día 21 de Mayo de 1559 y de los pensamientos y tribulaciones que asaltan a los condenados ante la última hora, provocada por el fanatismo de una época que todo lo invade. Radicalizado, como envenenado por el sentimiento religioso.

Delibes acentúa la narración en tercera persona
en este postrero capítulo, que sólo rompe en los momentos trascendentales en los que se mete en la piel de los condenados para sacar de lo más profundo de sus convicciones su afirmación o su arrepentimiento. De nuevo con gran habilidad nos sorprende concediendo el protagonismo final a Minervina que había desaparecido de la novela y de la vida de CS, hacía veinte años, para que aquélla circulara por los caminos que hemos venido hasta aquí resumiendo durante dieciocho semanas.

En efecto, el patio de la cárcel bulle de actividad aquella mañana del mes de mayo. Familiares de la Inquisición hacen corros mientras esperan la salida de los penitentes de sus celdas. Únicamente a los escasos indultados de los sesenta encarcelados les restan  fuerzas para confraternizar con los carceleros. El resto permanece abatido, aguardan desolados la orden de partida establecida, una hora antes de romper el día.





"Cipriano, mecido por el vaivén del borrico, no sentía calor"

Eugenio Lucas Velazquez

Dato acompaña los últimos momentos de CS. Le hace partícipe de las novedades. Le cuenta todo el ajetreo de esos días en la ciudad,  como si CS fuera uno de los recién llegados en lugar de un condenado. Parecía que el fin del mundo se acercara. Se había prohibido llevar armas durante la celebración del Auto y a los asistentes se les recompensa con cuarenta días de indulgencia. Se calculan en doscientas mil las personas atraídas a la ciudad por el calor de las hogueras en mayo. Habían abarrotado mesones, fondas, calles y alrededores de la villa. El Rey nuestro Señor presidiría el acto. Se había habilitado un estrado en la plaza con capacidad para dos mil personas con precios que oscilaban de diez a veinte reales el asiento.

Los familiares de la Inquisición, que visten sayos de paño como si fuera invierno, se hacen cargo de los reos en el patio de la prisión. Van vestidos con sambenitos, adornados con llamas y diablos estampados y corozas. Cuando a CS le quitan los grilletes, siente un alivio; las piernas ligeras, pero sin fuerzas para moverlas. Aquella reunión es la cruz de la fraternidad que reinaba en el conventículo. Las delaciones e intentos de librarse de la hoguera a costa del prójimo alimentan la hostilidad y el odio entre ellos. El Doctor tenía un aspecto huidizo, encogido sobre sí mismo, como revenido. Carlos de Seso, viejo y claudicante, había perdido su altivo porte. El Bachiller Herrezuelo, amordazado con ojos enloquecidos, fuera de sí. No paraba de blasfemar y cabeceaba todo el rato hasta tirar la coroza. Juan Sánchez, poco cambiado. Era la ventaja de los hombres magros, como momificados: “Entró en prisión con cien años, salía con un siglo”. Los hermanos Cazalla eran los más odiados. Pedro y Beatriz habían delatado a una decena del conventículo.






A las cinco de la mañana, una hora antes de que el sol apunte, la comitiva emprende la marcha. El estandarte de la Inquisición, portado por el Fiscal del Reino a caballo, encabeza la procesión. A continuación, los reos reconciliados con cirios y sambenitos cargando cruces de San Andrés, seguidos del pendón carmesí del Pontificado y la cruz enlutada de la iglesia de San Salvador que precedían a los reos relapsos, condenados a morir en la hoguera. Mezclados entre ellos iban muñecos atados a altas pértigas y el ataúd con los restos desenterrados de doña Leonor de Vivero. Por último, los presos condenados a penas menores, precedían a un grupo de cantores que entonaban el “Vexilla Regis” como si fuera Semana Santa.


 
"La procesión de los reos hubo de detenerse para ceder el paso al séquito real." 

Felipe II. Rubens.
Se abren paso por la calle Orates,  flanqueados por dos densas murallas de gentes que los observan afligidos cual monos de feria. Algunos aprovechaban el anonimato de la multitud para insultarlos. La procesión se detiene, tienen que ceder el paso al Rey, a la Corte con toda la parafernalia y a la Iglesia representada por altos cargos. Llegan a la Plaza que es tablado en una mitad. La otra y las bocacalles adyacentes, abarrotadas de público. Los reos, los relatores de las sentencias y Melchor Cano, que dará el sermón y cerrará el acto, se colocan en diferentes estrados. CS ve cómo pasa Ana Enríquez entre los absueltos. La cárcel ha ahilado su esbeltez. Se cruzan sus miradas. El público escucha en silencio el sermón. Los relatores leen las sentencias escalofriantes y atroces, que la reiteración y la duración convierten en lenta, tediosa rutina que sólo quiebra con los abucheos y aplausos del público.


 
"El pueblo fue abandonando las gradas alborotadamente, los rostros congestionados y sudorosos"

Auto de fe. Francisco Ricci

La relación de sentencias comienza con el Doctor: muerte en el garrote y dado a las llamas. “Ana Enríquez saldrá al cadalso con sambenito y vela, ayunará tres días con tres noches, regresará con hábito a la cárcel y, una vez allí, quedará libre”. CS se siente más irritado por la actitud solícita del Duque de Gandía que por el abucheo de la muchedumbre en contra de la insignificancia de la pena. No habían venido hasta aquí para ver a los herejes marcharse sin castigo severo. Llevan a CS en volandas al púlpito cuando le toca su turno. Su sentencia consiste en la confiscación de bienes y muerte en la hoguera. La multitud brama como un toro malherido al terminarse de pronunciar la sentencia. Carlos de Seso se enfrenta al rey ante la severidad de la pena, pero éste le contesta que si un hijo suyo fuera tan malo como él, no sería necesario verdugo para ejecutar la pena. El obispo de Palencia degrada a los clérigos condenados, los despoja de sus distintivos, los sustituye por sambenitos de llamas y diablos y da por concluido el Auto de Fe.


 
"Los restantes se desplazarán en borriquillos al quemadero, erigido tras la Puerta del Campo, para ser ejecutados"

Puerta del Campo

Los absueltos son conducidos a la cárcel y los condenados, en borricos, llevados al quemadero de la Puerta del Campo. Cuando CS se iba a incorporar al burro, su tío separa al familiar que tira del ronzal y lo coge Minervina en su lugar. Una mirada de cariño se cruza entre ellos al reconocerse. Ella marcha impertérrita entre las murallas de gentes que abarrotan las calles, haciendo oídos sordos a los requiebros e insultos soeces de los recién llegados, con los ojos enrojecidos de la bebida. Los exhortos de Agustín Cazalla, adjurando a última hora de sus creencias y ensalzando la Iglesia de Roma, de nada sirven para calmar los ánimos de la muchedumbre que le llama pelele, hereje e iluminado. CS, que va detrás, recoge los insultos al Doctor. Entran en la Calle Santiago, más abarrotada todavía. Sus ojos cegatosos se envuelven en lágrimas y su mente recorre todos los rincones de los recuerdos buscando a Mina. “¿Sería ella la única persona que había amado?” Ana sólo había sido un proyecto apenas esbozado. La hermandad había salido hecha añicos por el perjurio y las delaciones inútiles. Su vida pasaba por delante como en una película, con sus luces y sombras. La paz que había encontrado leyendo el Beneficio de Cristo, se había derrumbado. Buscaba un gesto, una señal que le indicara el camino correcto. No comprendía el prolongado silencio de Dios.

Un grupo de clérigos rodea a Fray Domingo de Rojas. Necesitan sonsacarle una confesión de repulsa. Sin embargo, sigue pertinaz en la herejía. La amplitud, una vez pasada la Puerta del Campo, permite una circulación más fluida de la procesión. La gente se arremolina junto a los veintiocho postes. En primer lugar los reconciliados, los que serán agarrotados antes de quemados. Luego, los quemados vivos. El gentío se muestra ávido de contemplar el número culminante: la quema de herejes vivos, sus alaridos, contorsiones y visajes entre las llamas. Rostros retorcidos que entrevén el rastro del infierno. Se sienten decepcionados cuando la hoguera la atiza un cuerpo ya muerto por el garrote. CS le pregunta a Minervina al bajar de su caballería: “¿Dónde te metiste, Mina, que no pude encontrarte?" Le invade la certeza de que su desaparición de veinte años le conduce ahora a la hoguera.

 
"El pesado hedor de carne quemada se asentaba sobre el campo"

El corro de sotanas consigue del dominico, Fray Domingo de Rojas, confesión de su herejía. Gana con ello agarrotamiento anterior a la hoguera. Únicamente cuatro son relapsos, quemados vivos por lo tanto: Juan Sánchez, Carlos de Seso, el Bachiller Herrezuelo y CS. El jesuita padre Tablares, que consiguió la confesión del dominico, intenta lo mismo con Cipriano Salcedo. Sus últimas palabras fueron: “Creo en Nuestro Señor Jesucristo y en la Iglesia que lo representa”. “Señor acógeme”, cuando le envolvían enormes llamas. El autor
entrega la última imagen a Minervina, sollozando al lado del verdugo. El pueblo que bramaba al encender la hoguera,  se sobrecogió y enmudeció al ver la entereza, en el fondo decepcionado por el espectáculo mermado. El sollozo de Minervina rompe el silencio del mayo bochornoso cuando la cabeza del ajusticiado cae sobre su pecho y las llamas le queman los ojos.

"And I take the one who finds me back to where it all began
when Jesus was the honeymoon
and Cain was just the man.
And we read from pleasant Bibles that are bound in blood and skin
that the wilderness is gathering
all its children back again. "

Leonard Cohen



Las ilustraciones B/N son de aquí. 

Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

domingo, 13 de marzo de 2011

Morir por la verdad







"Era como si una fuerza abrumadora, lenta y creciente, intentara sacar las apófisis de sus huesos, [... ] un descoyuntamiento."  


MIGUEL DELIBES. EL HEREJE
LIBRO III. EL AUTO DE FE
CAPÍTULO XVI

Los hechos que se narran ocurren en su totalidad en la cárcel de la Inquisición de Valladolid donde están recluidos la mayoría de los personajes alrededor de los que el autor ha construido la novela en su última parte, la del compromiso reformista del protagonista Cipriano Salcedo. La narración abarca el año de internamiento de CS que termina con el auto de fe y ejecución el 21 de Mayo de 1559.

El autor hilvana el relato de los acontecimientos en la estrechez de la celda compartida de CS. Aprovecha el ambiente cerrado de las mazmorras para hablarnos de la convivencia de los presos, de la corrupción de los funcionarios y de la incomunicación que quiebra con el recurso al género epistolar que a la postre resulta ser el protagonista de la narración. A través de las cartas sabemos las delaciones y confesiones de los demás reformistas,  forzadas por el terror que paraliza, como también el impulso al amor que puede surgir en las situaciones extremas. La narración de los interrogatorios a los diferentes reos y las torturas a CS, con su proceso de dudas y afianzamiento en sus creencias, le sirven a Delibes para desplegar su vasto conocimiento de la naturaleza humana y sus flaquezas. Asimismo da una lección de cómo resolver con éxito el problema de la espera en un espacio cerrado en el que los personajes tienen casi todas las posibilidades de comunicación y movimiento mermadas, cuando no anuladas.



 
La puerta: "una pieza maciza de roble, de un palmo de ancha, cuyos cerrojos y cerraduras chirriaban agudamente cada vez que se abrían o cerraban". 

Puerta de la celda en la que estuvo encerrado Ned Kelly. 
 
En la celda de la cárcel de Valladolid emparejan a CS con el dominico Domingo de Rojas. La cárcel se queda pequeña para tanto luterano detenido. El Inquisidor Valdés no tiene más remedio que olvidarse del rígido protocolo de incomunicación para los reos que la Inquisición exige en vista de la avalancha de detenidos. La única luz de la celda compartida de CS proviene de un ventano enrejado que da a un patio interior. Una puerta de madera maciza de roble de un palmo de ancha y las gruesas paredes del penal no dejan oír el menor signo de vida exterior. Los chirridos de la puerta cada vez que Dato ( el operario encargado de retirar los excrementos de los orinales) y Mamerto (el que introduce la comida) entran en la celda, es la única relación que tienen con la medida del tiempo.

Fray Domingo de Rojas lee todo lo que le traen. Le pone al día de todas las posibles penas: la hoguera para el relapso y el garrote para el reconciliado. Le comenta que aquella se ha usado poco, pero sospecha que quieren ponerla en marcha para dar un escarmiento. Se siento molesto por el hecho de que el Arzobispo Bartolomé Carranza se encuentre libre y sus seguidores en mazmorras. Opina que el obispo no es luterano pero lo es de lenguaje y hechos. Como Valdés lo odia, no tardará mucho en que le llegue su hora.


 
"Dedicaba parte de las mañanas a habituarse a andar con grilletes , arrastrando las cadenas, pero sus rozaduras en los tobillos le martirizaban"

CS dedica las mañanas a pasear por la celda, pero no aguanta mucho porque los grilletes le desuellan las canillas. Tumbado en el catre, se dedica a pensar porque no saca provecho a la lectura. Le pide a Cristo fuerzas y luz para enfrentarse al tribunal. Nada más alejado de sus intenciones que renegar de su compromiso en la doctrina del beneficio de Cristo por miedo a la tortura. Sólo espera un gesto de Jesucristo que le oriente. Así permanece ensimismado hasta que su compañero o Dato le sacan de su recogimiento.

Un día Dato le entrega un papel con la declaración de Beatriz al Tribunal en la que delataba a todos los miembros del conventículo, sus hermanos incluidos. Le paga un ducado al portador y no revela el contenido a su compañero de celda. La visita de su tío Ignacio en el mes de agosto, cuatro meses después del internamiento, le sube la moral. Le habla de la buena cosecha y de la marcha satisfactoria de los negocios: la flotilla de la lana de primavera ha llegado a Ámsterdam sin novedad y se pronostica también una buena vendimia que llene las tinajas de vino nuevo. Cuando le menta la palabra religión sólo le comenta que:  “Ese es el rincón más íntimo del alma. Obra en conciencia y no te preocupes de lo demás. Con esa medida seremos juzgados”. Le manda ropa nueva. CS lo ve como algo tangible y real, de la misma forma que lo había visto cuando lo visitó en el colegio.

Los acontecimientos se precipitan. Esa misma tarde recibe otro mensaje con la confesión de Ana Enríquez. Delata a la gente de la secta y a su compañero de celda. En un primer momento, CS siente aversión hacia el dominico por haberla embaucado, para posteriormente, detestarla por faltar al juramento de fraternidad. “Notaba encogido el ánimo, acrecentada la sensación de soledad, la angustia agazapada en la boca del estómago, un vivo malestar”. Ese mismo día el carcelero le anuncia que al día siguiente a las diez tiene la comparecencia ante el tribunal. Lo integran tres personas. Sólo una de ellas habla, el presidente con sotana y bonete de cuatro picos. CS aguanta el interrogatorio a pesar de la amenaza de tormento. El inquisidor conoce toda la trama de los detenidos, pero necesita la confesión de CS. Recorre el asunto de las creencias y en vista del poco éxito se centra en dos preguntas: Quién le pervirtió y quién le indujo el viaje a Alemania. Nadie le puede sacar de la certeza de que su llegada a la fe fue de la misma forma que se conoce a la chica con la que luego te casas. Los negocios fueron el único motivo de su viaje a tierras alemanas.


 
"El objetivo de la garrucha era desarticular al torturado en virtud de su propio peso."

Tres días más tarde, los mismos tres y dos más, el médico y el verdugo, lo conducen a un sótano donde le esperan “Extraños artilugios, como los aparatos de un circo”. Le cuelgan de la garrucha pero no surte efecto en él debido a su musculatura, cuerpo liviano y nervudas articulaciones. Le llevan al potro. Lo descoyuntan hasta que el dolor le hace perder la consciencia. De vuelta a la celda, Fray Domingo de Rojas le dice que el cristianismo ya está asentado en el mundo, ya no se hace necesario el martirio. CS sigue pensando que el perjurio es un grave pecado.

A las dos semanas recibe una misiva de Ana Enríquez. Le sugiere que conservar la vida es más importante que perderla. Mentirles con una palabra que les haga sentirse victoriosos no es doblegarse. Sólo tenemos una vida y a alguien más puede interesarle su preservación. Le contesta manifestándole el bien que le ha hecho la carta, tanto como el beso espontáneo que le dio en la mejilla el día de la despedida, añade que: “Cumplir lo que estimamos nuestro deber ya encierra en sí mismo una recompensa”.



 
"El Emperador Carlos V acaba de fallecer en el Monasterio de Yuste"
 

Carlos V. Rubens

Su tío le manda ropa que le ayuda a pasar el invierno. Recibe carta de Ana por Navidad. Es una declaración de amor que desboca el corazón de CS. Por primera vez siente una experiencia amorosa propia de la adolescencia. Sin embargo, él no se siente con derecho a alentar proyectos futuros cuando es consciente del fin que le espera. La muerte de Carlos V con la exigencia a su hijo Felipe II de que se muestre intransigente con los herejes, las confesiones de Carlos de Seso y del mismo Agustín Cazalla que él achaca a las duras condiciones de la prisión y a la enfermedad, le sorprenden y sumen en la desolación. Sobre todo la de Agustín Cazalla que se salva de la tortura. Éste se declara luterano no dogmático y afirma que nunca ha hecho proselitismo. Siempre habló de religión con comprometidos y promete ser católico ejemplar. Su compañero de prisión culpa a Bartolomé Carranza y Juan Sánchez de embaucar a las religiosas, su hermana María incluida.

A partir de mediados de abril la vida en las mazmorras se acelera al ritmo del tableteo siniestro de la construcción de los tablados para el Auto de Fe en la Plaza del Mercado. Le llega otra carta de Carlos de Seso por el mismo conducto que le cuesta un ducado en la que al saber que su fin es la hoguera, rectifica lo confesado por temor a la tortura y se reafirma en sus creencias: Justificación por la fe, inexistencia del Purgatorio y residencia de la verdad en las enseñanzas de los apóstoles y las escrituras.

Ignacio Salcedo le visita cuando, hecho una piltrafa, ya no puede moverse. Por él sabe que ha sido condenado a la hoguera junto a otros veinte y los restos desenterrados de Leonor de Vivero. La belleza salva a Ana Enríquez. Es demasiado bella para ser pasto de las llamas. Su tío sentencia premonitorio: “Algún día estas cosas serán consideradas como un atropello contra la libertad que Cristo nos trajo. Pide por mí, hijo”.

Al anochecer se confiesa con Fray Luis de la Cruz de tres cosas: El odio a su padre, la seducción a Minervina y el abandono a su esposa que le lleva a la locura. Ni una palabra en contra de Lutero ni la Reforma, menos aún en contra de su “pervertidor”, convencido de la ausencia de intención perversa. El postrero arrepentimiento de Agustín Cazalla no le sirve de nada porque ya el tableteo ha terminado, la suerte está echada.

Esa noche no es posible dormir en la cárcel. Las campanas doblan a muerto desde la una. El gran día ha comenzado. CS teme más la luz, el griterío de la multitud y el calor que la hoguera. A las cuatro les despiertan. Les ofrecen un desayuno copioso, pero CS no prueba bocado. Con los dos últimos ducados que le quedan, paga la entrega de la última carta de Ana Enríquez que le pide “valor”.

"But I know what is wrong,
And I know what is right.
And I'd die for the truth
In My Secret Life."
 

Leonard Cohen





Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.





jueves, 3 de marzo de 2011

Cuerda de presos y un beso





 

"De ordinario caminaban en silencio" 

London - Gibbings - 1901


MIGUEL DELIBES. EL HEREJE
LIBRO III. EL AUTO DE FE
CAPÍTULO XV

Los acontecimientos se precipitan, en una señal clara de que cabalgamos hacia el final a lomos del galope nervioso de Pispás. Se trata de un viaje de ida y vuelta por el camino aprendido de Navarra. Después, el regreso del protagonista junto a otros tres detenidos más, andando, a Valladolid. La detención en Zamora de Cristóbal Padilla desencadena la disolución del grupo matriz reformista de Valladolid. 


Se nos narra una huida y un beso en la mejilla del protagonista que perdura en el recuerdo, en el camino que comienza en el conventículo y termina en la cárcel secreta del Santo Oficio de la ciudad castellana.

El regreso de CS de Alemania significó mucho para don Agustín Cazalla, el doctor parecía otro. Las noticias le habían dado nuevos bríos: “Su posición religiosa se había afirmado y había recuperado su entusiasmo proselitista”. Beatriz había sustituido a su madre en las lecturas del conventículo.

 
"Valdés ha pedido mayores atribuciones al Papa y Pablo IV no ha vacilado en concedérselas"
Carlos de Seso llega a caballo con la noticia de la detención de Cristóbal Padilla en Zamora, denunciado al Santo Oficio por Pedro Sotelo y su mujer. CS quema todos los libros y documentos comprometidos, tarea que le ocupa hasta las cuatro de la mañana. Cuando se disponía a huir, bien temprano, Ana Enríquez se presenta en la casa. Le insiste en marcharse. Felipe II ha pedido mayores prerrogativas al Papa Pablo IV. Se prepara un escarmiento. Ellos “se miraban a los ojos, se quitaban la palabra de la boca, sus rostros casi se rozaban”. Ella afirma que una mujer se defiende mejor que un hombre en estas situaciones. Se despiden con un beso en la mejilla que CS recuerda camino de la frontera. ¿Estaría ella interesado en él? o simplemente fue un beso de fraternidad. Con Pispás a caballo reventado hace veintisiete leguas. Lo cambia por un jamelgo sin clase en la casa de postas de Santo Domingo de la Calzada que lo lleva hasta el Aldea entre Logroño y Pamplona. Cabalga de noche, duerme de día y come de las alforjas.

En el viaje piensa en Agustín Cazalla. El doctor, consciente de su superioridad intelectual, disfrutaba de su palabra lúcida. Testigo en primera persona de la satisfacción que le produjo su viaje a Alemania; CS observa que, como humano, no es indiferente al elogio. Recuerda cómo le recomendaba prudencia en su voto de castidad, afectado aún por la muerte de Teo. Enfrascado en sus pensamientos, contempla el mar de Castilla: “un mar de cereal, todavía fresco, cabeceaba suavemente con la brisa. En algunos puntos clareaban las cebadas…” Franquea Burgos. Se adentra en los caminos más angostos de Logroño que le llevan a Navarra. No se le iban de la cabeza, ni la incertidumbre por la suerte que habían corrido los componentes de la secta, ni la imagen de Ana Enríquez. 


 
"El presumible dinero del preso suavizó el interrogatorio"

No había acabado de aposentarse en Cilveti, en casa de Echarren, cuando un alguacil y dos arcabuceros le detienen en nombre de la Inquisición. Proceden a un interrogatorio de urgencia. Les cuenta que se dirige a los Países Bajos en viaje de negocios. El interrogatorio se suaviza al calor del dinero, cuando les declara que él es Cipriano el del zamarro. Prefiere no contestar a las preguntas sobre la detención de Padilla y de todo el grupo de Valladolid, Agustín Cazalla incluido, que debía haber ocurrido después de su partida.

A continuación, lo llevan a Pamplona en un carruaje. En la cárcel se entera de que también están detenidos don Carlos de Seso y Domingo de Rojas. El primero había declarado que iba camino de  Verona a enterrar a su padre y hermano. El último, que iba a visitar al obispo Bartolomé Carranza. El obispo de Pamplona, don Álvaro de Moscoso, le insta a que no mezcle el nombre del teólogo, arzobispo de Toledo, con este caso. Por Carlos de Seso se entera de que en Valladolid ha habido una gran redada, las cárceles atestadas de luteranos. Seguidamente detienen a Juan Sánchez en Turlinger; lo ingresan en la misma cárcel. Había huido por Castro Urdiales donde logró embarcar para Flandes. Allí lo detuvieron.


 
"El recibimiento de los pueblos era cada vez más hostil"
1933 - New York - Limited

Desde Pamplona los llevan esposados a Valladolid. Caminan unas cinco o seis leguas diarias. La gente les ataca por el camino. Cuando atraviesan los pueblos, les tiran piedras. Prenden hogueras quemando muñecos. Les arrojan agua hirviendo y les llaman herejes e iluminados. Los quieren quemar allí mismo.

Merced a las muchas horas de camino, se establecen lazos de confianza entre los cuatro detenidos. Juan Sánchez confiesa su enamoramiento de Beatriz Cazalla; el dominico, se muestra siempre desconfiado de la labor evangelizadora del criado y Carlos de Seso, les cuenta las intenciones del inquisidor Valdés de dar un severo escarmiento a los reformistas con el consentimiento del Papa y del Emperador. El recibimiento en los pueblos de Castilla de la cuerda de presos, a las órdenes del bizco Vidal, se vuelve cada vez más hostil a medida que se aproximan a Valladolid. Un emisario les aconseja entrar de noche en la ciudad para evitar tumultos. CS piensa en la inutilidad de la fuga; sólo había ganado penalidades sobre los que se quedaron.

"Gambas con gabardina,
carne en los huesos.
Carne en los huesos,
gambas con gabardina,
lengua con besos,
locos de la colina,
cuerda de presos." 

Joaquín Sabina

 



 
 
 
Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero 
 
 

jueves, 24 de febrero de 2011

Doña Leonor de Vivero a la hoguera




 

"El grito pidiendo la hoguera para su madre le reconcomía"


MIGUEL DELIBES. EL HEREJE
LIBRO II. LA HEREJÍA
CAPÍTULO XIV

Delibes hilvana el relato alrededor de dos entierros: el de su mujer, Teodomira Centeno, en Peñaflor y el de doña Leonor de Vivero en Valladolid. El capítulo es una muestra de las consecuencias que tuvieron ambas muertes en CS que decide replantearse su vida. Como si se sintiera culpable de la locura y muerte de la Reina del Páramo por no haberle dado descendencia, hace voto de castidad. La muerte de doña Leonor le lleva a un aumento de su implicación con el conventículo protestante y en consecuencia al incremento de su grado de compromiso con la Reforma, que lleva implícito la dedicación de todo el tiempo que sea necesario. Por eso cambia el modelo productivo de sus negocios: reparte las ganancias con los trabajadores.

El capítulo se además una prueba del aislamiento progresivo de los grupos protestantes que nos da una idea clara del acoso del Santo Oficio a la Reforma. CS en Francia camino de Alemania para tratar de contactar con los reformistas teutones y su líder Melanchton echan el cierre al relato que coincide con el comienzo de la novela a bordo de la galeaza Hamburg a la vuelta del viaje.



 
Sátira de los fieles de la iglesia católica
Matthias Gerung

En efecto, entierran a Teo en la iglesia de Peñaflor, la misma en la que se habían casado once años antes. La tierra arcillosa del Páramo aún no había comenzado la pudrición del cadáver de su padre. El cura les quita de la cabeza el milagro que asomaba en la imaginación de los asistentes.

La pesadumbre de CS se acentúa cuando recuerda lo que los cuidadores le contaron sobre la estancia de su mujer en el hospital de Medina. Cómo se había negado a comer y cómo la habían tenido que forzar desde el primer momento del internamiento de ocho meses. Gracias a ello había vivido. Lleno de ira como estaba, sólo le alivia la sonrisa que vio en su cadáver y el poder cumplir su último deseo al interpretar que “la Manga”, única palabra medianamente inteligible que había salido de sus labios, significaba un deseo de descansar bajo la tierra que la vio nacer. Su entierro fue un auténtico acontecimiento. Los austeros y rudos castellanos la consideraban una de las suyas: “el trabajo manual borraba el pecado de su condición adinerada”.



 
El diablo sopla la gaita de Lutero

Camino de Pedrosa tras el entierro, CS recuerda la enseñanza itinerante por los caminos mediante el diálogo con el párroco Pedro Cazalla. Un apretado bando de perdices espanta a Pispás, le provoca una remosqueta que casi da con su jinete en tierra. Con Martín, el rentero, se produce la misma escena que entre los padres de ambos treinta y siete años atrás. Los mismos que tiene CS, cuando su padre le comunicó a su rentero la muerte de su madre, doña Catalina, al nacer. A diferencia de entonces, CS le oferta ir de medias con las tierras. Tanta generosidad no le parece creíble al rentero. Propone, asimismo, doblar el salario de los braceros y vendimiadores. Martín le advierte de los problemas que la medida puede acarrear para el campo: nadie va a querer trabajar por menos dinero, lo que llevará a la ruina a los pequeños labradores que no podrán pagar esos jornales. De nuevo don Miguel demostrando sus conocimientos de economía. Las cosas no parecen fáciles, incluso ser generoso acarrea problemas. Pensará en ello con la cabeza fría.


 

Comunión de los protestantes y caída al infierno de los católicos.
Lucas Cranach el Joven


Pedro Cazalla aprueba el aumento de salario y la cesión de la explotación a medias. El mundo de la agricultura, en su crisis habitual. Los labradores pequeños con dificultades para hacer rentables sus actividades y el extenuante trabajo de sol a sol. Le da trescientos ducados para paliar necesidades en el pueblo. Le sugiere el empedrado de alguna calle, pero objeta que las caballerías se resbalan.

CS entra en una fase de “actividad enfebrecida, le aterra pensarse”. Necesita llenar de ocupación todas las horas del día. Ignacio Salcedo lee libros de economía traídos de Francia y Alemania que afirman que los gremios están obsoletos. El capital debe juntarse para ganar poder. Con su ayuda propone a sus empleados,  Dionisio Manrique y Fermín Gutiérrez,  entrar en la sociedad. Ellos aportan el trabajo y él su capital. A los pelliqueros, tramperos, acemileros y curtidores les propone participar en los beneficios, en lugar de aumentarles su salario que trae problemas con los demás productores. Ignacio se hace cargo de la transformación de los negocios. Teo había llegado a ser una costumbre, le bastaba saber que estaba en casa, sentirla ir de un lado para otro, para sentirse acompañado. La comunicación no existía en los últimos años.



 
El triunfo de Lutero.

La vinculación de CS con los Cazalla crece de forma paralela. Se convierte en la mano derecha de un doctor cada vez más medroso. Le confía la resolución de los problemas con el grupo de Zamora. Padilla continuaba sembrando la discordia por donde pasaba, a pesar de la intervención de Ana Enríquez. El joyero Juan García desconfiaba de su mujer, católica recalcitrante y de su confesor. Estaba convencido de que si se enteraba de su asistencia a los conventículos, lo denunciaría a la Inquisición. CS le aconseja que deje de asistir y acompañe a su mujer a la iglesia y sacramentos. El también lo hace los domingos. En tiempos de persecución el disimulo y la doblez es el mejor remedio y defensa.


 
Lutero pacta con el diablo

Doña Leonor muere siete días antes de Navidad. Fueron unos funerales rumbosos, con gran pompa y boato, como corresponde a una madre que tiene tres hijos religiosos. Diez doncellas de blanco acompañan el féretro y el coro de los niños del Colegio de Doctrinos cantan el Dies Irae, como CS lo había cantado de niño, el día del entierro del noble don Tomás Colina. Una voz en mitad de la iglesia abarrotada rompe el silencio: “Doña Leonor de Vivero a la hoguera”. La muerte de su madre sume al doctor en el más profundo abatimiento. El matriarcado que ella había creado a su alrededor se resquebraja. El recuerdo de la voz varonil del funeral le reconcome, le provoca insomnio. Sospecha que vino de alguien de buena posición social. Recuerda el encontronazo que tuvo con “La mujer buena”, doña Catalina de Cardona, dama de honor de la Princesa de Salerno y aya de Juan de Austria. La había ridiculizado desde el púlpito el día de Resurrección en el sermón de las"tres Marías. Había mandado a los pucheros a las sabidillas que se meten a teólogos. Ahora teme la venganza.


 

Desde el púlpito "ridiculizó la impertinencia de ciertas mujeres que disputaban con los teólogos" 

Diferencia de las ofrendas protestantes y católicas.
 

Lucas Cranach

Unas pintadas en su casa, de la misma índole que la voz varonil del entierro, le han vuelto sumamente cauteloso, medroso hasta el exceso. Consciente de que el grupo completo depende de su prudencia, suspende los conventículos. En su aislamiento, no atisba futuro ni salida para la Reforma en España. CS se convierte en su paño de lágrimas. Planifican un viaje a Sevilla que descartan por otro a Alemania. Los negocios de la lana de CS serán la tapadera. Agustín Cazalla le ofrece citas, nombres de lugares, contactos de sus viajes acompañando al Emperador. CS irá por Navarra. Echarren es allí el hombre que les organiza el paso a Francia. Irá con Vicente que se volverá a Valladolid con las caballerías. Antes viaja a Pedrosa a entregar el nuevo contrato a su rentero. En Toro contacta con Carlos de Seso que le da una esquela de presentación para Echarren y le puntualiza la información del doctor. Arregla los contratos con Fermín Gutiérrez y con Dionisio Rodríguez y el 25 de abril parten para Cilveti. Llegan el 30, un día más tarde de lo planificado por las fuertes lluvias que los retrasan en el camino. El guía les cobra cincuenta ducados, las cosas están difíciles, el Santo Oficio acecha. Camino de los pasos de los Pirineos observan el vuelo de unos bandos de becadas y una pareja de quebrantahuesos que se sostienen en el aire sin aletear. Se cruzan con contrabandistas que vuelven de Francia cargados de ámbar, perfumes y ungüentos, el lujo viene de Francia. Al otro lado de la frontera ya los espera Pierre con dos caballerías.


"And who are you?" she sternly spoke
to the one beneath the smoke.
"Why, I'm fire," he replied,
"And I love your solitude, I love your pride."

Leonard Cohen



Las ilustraciones están tomadas de esta página sobre la Reforma. 


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero