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martes, 26 de diciembre de 2017

La noche que no paró de llover. Laura Castañón.





"Empecé a amarte por el secreto y en el secreto"

La noche que no paró de llover 
Laura Castañón 
Comentario

Laura Castañón ha escrito una novela que secunda la excelente impresión que dejó en los lectores Dejar las cosas en sus días, su ópera prima. El tema principal son los recuerdos de Valeria, una mujer mayor,  más cerca de los noventa que de los ochenta que se aloja en una residencia de ancianos. Hurgar en el pasado hasta hacer sangre y  por vasos comunicantes profundizar en la memoria histórica como en la primera novela. Valeria acude los martes a la consulta de Laia, una psicóloga que le ayuda a coger fuerzas para abrir un sobre que su hermana, Gadea, le deja al morir. Un miedo patológico, el canguelo que te entra al abrir un sobre con las notas de unas oposiciones o los resultados de unos análisis médicos. Laia es una  recién llegada a Gijón por amor, siguiendo los pasos de Emma, colega de profesión a la que conoce en Madrid. Con lo cual ya tenemos otro tema que la autora desarrolla con maestría para instalar tensión narrativa en el relato: la relación desde dentro de una pareja homosexual femenina cuya personalidad es bastante diferente. Anexos a esto, como se pueden imaginar, van tratados asuntos de candente actualidad: parejas de hecho; los hijos y sus diferentes variables de paternidad y maternidad fuera del patrón clásico de hombre y mujer; conflictos en las parejas, similares a cualquier pareja heterosexual patriarcal de toda la vida; el grado de aceptación de los padres y de la sociedad en general, etc. 

Para mí es una novela valiente, arriesgada, porque erige de protagonista a un personaje a contrapelo, adusto, tieso como un palo seco; vamos, lo más parecido a una señorita Rottenmeier, una máquina de reñir. A través de un lento proceso de ablandamiento de la coraza, a medida que la novela avanza, se llega a los entresijos más profundos de un ser humano, a los secretos  que no se le cuentan ni al confesor. Sonsacar es el milagro, y el diván de Laia (la psicóloga que escucha, interpreta y a veces juzga) lo consigue de manera magistral. A través de sus monólogos semanales ante la confesora nos vamos enterando progresivamente de su historia. Valeria es una privilegiada, pertenece a una de las familias acomodadas de Gijón. Nunca pasó necesidad, ni siquiera en los peores momentos de la Guerra Civil cuando el Almirante Cervera y la aviación de los nacionales bombardeaban la ciudad; la familia tiene una casa en un pueblo lejos de las bombas y un padre que consigue salvoconductos para atravesar las líneas y controles de los milicianos sin contratiempo. Noventa años dan mucho que contar, demasiadas historias dormidas, por eso la novela se alarga bastante. La autora consigue al final que el lector y los que la rodean la exoneren de culpa, lo cual parecía imposible al principio. He aquí a mi juicio otra de las habilidades de la autora: cómo conseguir la empatía con Valeria, compendio de cualidades negativas, una señora pija en el vestir, una fascista de esas que hay que echar del barrio y señalarla en las paredes. Pero nadie lo hace, seguramente porque la autora opta por la imparcialidad, está convencida de que los conflictos hay que mirarlos siempre con dos ojos para evitar caer en el sectarismo. No voy a contar los porqués, sería desvelar demasiado de la historia. 




"Empecé a amarte a la vez que aprendía los caminos secretos que me llevaban al centro de ti misma"

El armazón narrativo guarda cierta complejidad, está constituido por una voz narradora en tercera persona intensa, quiero decir intimista, que se mete en la mente de los personajes hasta llegar al fondo de tristeza y cierta melancolía que impregna la obra en su conjunto. Esta voz en tercera persona se mezcla con los sueños de Valeria, reproducidos en primera persona e indicados en letra cursiva; se amalgama al monólogo de Valeria ante Laia a la que cuenta los pecados inconfesables y después está también la primera persona en el tono desenfadado y desenvuelto del diario de Emma que le da vivacidad y chispa al relato. Los comentarios en agraz que Emma vierte en su diario son el contrapunto humorístico a la tristeza que invade la novela. Es decir, la novela crece en esta mezcla de  tonos, de temáticas y de técnicas narrativas que de forma paulatina nos vamos encontrando a medida que el relato avanza. 

Como ya hemos señalado, el personaje de Valeria vertebra la narración, cosido a ella surge Feli, otra mujer y otro personaje importante aunque no sea de los principales de la novela. Feli trabaja de empleada en la residencia de ancianos de Valeria, es un personaje que fascina porque trabaja en lo que nadie quiere, porque es ella quien nos enseña cuál es el trabajoso proceso de creación de un libro. En cierta forma el lector empuja a que descubra hechos y datos sobre Valeria que el lector ya sabe; por ejemplo, deduciendo por fotos antiguas que Gadea no es una perra. La autora consigue que los lectores se unan a Feli en el proyecto común de escribir un libro sobre la memoria histórica. He aquí otro valor añadido de la novela: recoger los recuerdos de las últimas voces vivas de la Guerra Civil (van desapareciendo por imperativo biológico), los testimonios directos de la brutalidad del hombre cuando pierde el raciocinio, la humanidad, y se comporta como las bestias. Hay aquí suspense y acción, un guiño a las técnicas que los autores de novela negra usan para investigar casos o descubrir asesinos, ganando así a los lectores para su causa, haciendo que las  afinidades sean electivas. 

El comienzo de La noche que no paró de llover es raro. Un punto de partida a contracorriente que no se ajusta a lo que estamos acostumbrados a leer: un principio espectacular que te pegue como una lapa a la lectura. Sin embargo, la novela consigue una aceptación lenta pero segura; incluso te hace regresar a su lectura una vez que has llegado al final. Entonces comprendes el significado del sueño y te das cuenta de la jugada maestra de la autora; te está revelando el final desde el principio sin que te enteres. El tema primero que desencadena la escritura, la materia sólida del cimiento necesario para que florezca la fuerza creadora y se escriban más de quinientas páginas de literatura e historias que convergen.

Otro rasgo que llama la atención de la novela es la brevedad de los capítulos, perfectamente abarcables para el lector con prisas y poco tiempo para dedicarle al vicio de leer. Esta lectura fragmentaria, acorde con la tendencia actual de leer a pocos y seguramente influenciada por  internet y la lectura en pantalla, le dan dinamismo a la narración y favorecen el cambio de estilo y tono de la escritura que va de una notable intensidad lírica a páginas en las que el humor es un ingrediente activo, pero no esperen cambios bruscos, la suavidad y el temple es la norma hasta dejarlo todo a un andar. Y que no se me olvide citar el logro de introducir pequeños trozos de canciones al final de los capítulos en los que Emma se desmelena en su diario, recuerdo el blog de Aldabra que usaba el recurso con sabiduría. 




"Empecé a amar tus clavículas, a perderme en el laberinto de los mechones de tu pelo"

Que el primer sueño es la forma de cerrar el círculo de los diez sueños de Valeria, estratégicamente distribuidos a lo largo de la novela, lo sabemos más tarde. Estos sueños son como el heraldo de la narración que sigue,  contado todo en tercera persona. La entradilla de la crónica desarrollada más tarde. Incluso se nos da la clave del título, sin desmedro de lo que viene a continuación: “Creo que nunca lo había visto sonreír así, con todos los dientes. Sonríe y respira, y yo me digo, pero cómo va a ser, si ya han pasado tantos años, y sin embargo sé que es esa noche porque oigo la lluvia, no para de llover.” 

Los dientes como fijación, lo mismo que Cervantes, deben ser las estrellas que te hacen ver en el techo de la consulta del dentista mientras permaneces con la boca abierta a su merced. Laia en medio de cornejas, como las palomas durante una noche que no deja de llover. Emma y su diario para avanzar en la trama y conseguir un llamativo contraste entre el estilo severo de las confesiones Valeria y el desenfado del diario de Emma

Después del sueño tan enigmático,  la lucha con el paraguas madrileño siguiendo a un perro, (algo del paraguas de Augusto Pérez al comienzo de Niebla y un perro al que seguir). Un paraguas que no está acostumbrado a los arreones de la lluvia horizontal de Gijón que los deja inservibles,  en un guiño a la portada de Dejar las cosas en sus días, una Mary Poppins voladora en un paraguas.

Si el estimado lector ha llegado hasta aquí, es buena señal porque quiere decir que le interesa la novela y si no la ha leído todavía, haría bien en leerla, no le defraudará.  

La nostalgia que trajo desde su 
hogar, y la historia de una vieja 
manta que se olvidó en aquel cajón 
del aparador 
 Que ocupaba la pared donde 
colgaban las fotos que no pudo 
recoger cuando tuvo que salir, 
aquel día que no paraba de llover. Y 
en el banco que queda donde la 
estación de tren, ella canta 
canciones para quien quiera 
escuchar
Nena Daconte



Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige desde hace unos cuantos años su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.



miércoles, 7 de mayo de 2014

Dejar las cosas en sus días (y 15), Laura Castañón.Hermano "pa" defenderte





"Yo tenía relaciones con muchas mujeres, pero con Claudia siempre volvía"

Dejar las cosas en sus días (y 15) 
Laura Castañón 

Efrén muestra su preocupación por la deriva radical que Claudia está tomando, rendida sin condiciones a un manojo de “ideas deshilachadas pero eficaces.” El doctor recela de ellas porque la tienen hechizada, le impiden albergar un atisbo de recuerdo de Andrés, su corazón pertenece a Ángel. A su entender se está convirtiendo en una “chíviri” (chicas jóvenes que abrazaban las ideas y la militancia roja). 

Aida había planeado un reportaje sobre los asturianos supervivientes de los trenes de cercanías cargados de muerte el once de marzo de 2004, con esa excusa iba a pasarse una semana de marzo en Madrid. Marisa ha superado la fase de “quimio”, será un buen momento para el encuentro de su novia con su padre. El libro con dedicatoria personal de Lorca es una obsesión. El cerco de la investigación de los frentes asturiano y madrileño se estrecha. Andrés sabe que su hijo le supera, pero le cuesta rendirse a la evidencia. Se muestra dispuesto a “hacer memoria”, pero solo de lo que le interese, en su biografía hay pozos oscuros, agujeros negros que se niega a desentrañar. 


"Las barricadas, las canciones, la estética de las banderas, la lucha codo con codo, imágenes que pasaban como los fotogramas de una película"

Paloma le dice que su abuelo mucha revolución, mucho ardor guerrero y bla, bla, bla, pero el treinta y cuatro le pilló en un pueblo de Salamanca cantando a coro el Conde Olinos dándole de beber a su caballo agua del mar, con lo salada que está. Todo el mundo sabía que se iba a liar gorda, pero no todos estaban dispuestos a dar el callo a la hora de la verdad, como quedó demostrado cuando los mineros asturianos se quedaron en la lucha más solos que la una. Le cuenta que  Claudia recibió su bautismo de fuego en Oviedo, se le murió un minero en los brazos y que habló con Aida Lafuente un día antes de su muerte. Efrén arriesgó para sacarla de Oviedo y llevarla de vuelta a Bustiello. 

Paloma y Claudia se vuelven a reunir en Gijón, ya después de la guerra. Inés cuenta con seis años y el único pensamiento de su madre gira en torno a su supervivencia, que a su hija no le falte una comida al día. Se reprochan mutuamente sus pasados tan marcados por la guerra, el desgarro y el abandono. Paloma huye a París al principio del conflicto siguiendo los pasos de dos hermanos gemelos franceses que habían llegado a Bustiello desde Comillas recabando información sobre las realizaciones prácticas del Marqués. Escapando del cadáver caliente de Eusebi. 

Los hechos se precipitan la noche que Paloma se va. Las cosas pasan deprisa en esta parte final de la novela. De buenas a primeras reaparece el Chano, hermano de leche de Paloma, para matar a Eusebi cuando le está dando una paliza. Los Lamartine han conseguido salvoconductos para llegar a Suances y coger un barco rumbo a Francia. Bilbao ha caído y es la única forma de salir. De paso le cuenta cómo salvó a otra de las trillizas después de sufrir una violación. Hay que contar las cosas tal como ocurren porque luego se nos olvidan. En un relato tan español y tan arcaico no podía faltar la anacronía, el caballero cargado de razones que se toma la justicia por su mano. Mantener a raya a los malos es justificable. El honor, el derecho a la venganza son verdades bíblicas, más asentadas en el subconsciente colectivo que el respeto a la justicia. 


 "A saber en qué asuntos habría andado en París y con quién."

Benilde muere de sospechosas molestias digestivas. Apenas tres días después de enterrada, Efrén se presenta en casa de Camino: 
-“Hace once años, seis meses y diecinueve días que no pienso en otra cosa que en volver a estar contigo.” 
 -“Siéntate” le responde ella, arropándose en la toquilla. 

A Andrés le bailaban cuatro años de su biografía que el justificaba con la enfermedad del olvido que supuestamente le aquejaba. Un hueco imposible de rellenar. Son muchos años de muro impermeable. Aida le advierte que no ha venido desde tan lejos para escuchar vaciedades. De sobra sabe que está contando lo que quiere, pero ella está entrenada para escarbar en el pasado. Andrés confiesa la necesidad de contar con un interlocutor que sepa escuchar. Se caen bien mutuamente durante la entrevista convertida en un toma y daca de agilidad intelectual. Andrés la gana para su causa al citar la historia de Aida Lafuente, la joven dinamitera asturiana, desconocida fuera del Principado. 


"Que fui amigo de Federico García Lorca; que me hice del Partido Comunista primero, y luego fui anarquista y luego una combinación de todo, y luego ya no fui nada, que era la única forma de ser yo."

La autora hilvana los dos hilos del relato haciéndolos converger en el desenlace final de la historia. Las últimas páginas son apasionantes, una novela en sí misma. La firmeza del avance de los dos frentes narrativos que se juntan seduce de manera especial. Una historia de perdedores que trasciende, de extraña generosidad marciana, de suplantación de personalidad y redención de olvido que cicatriza heridas profundas. Agudeza reflexiva que supera la trampa de las ideologías sectarias, disparos a bocajarro, escritura a manos llenas que desemboca en una catarata de acción trepidante y sin freno que merece ser recorrida por el lector que hasta aquí haya llegado sin que desvelemos el misterio que tiene sorprendente premio final.  Lean, lean ustedes y comprueben con sus propios ojos.


 ¡Ay hermanita! No tengas miedo,
Que el león no resulta tan fuerte y fiero.
¡Ay hermanita! Grande es tu suerte,
que tienes un hermano "pa" defenderte.
Basilio García Cabello - Ricardo Freire/Miguel Poveda





 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


sábado, 3 de mayo de 2014

Dejar las cosas en sus días (14), Laura Castañón. Rosa de oro





"Migio guardaba en los bolsillos de su discreción la clave de los pequeños misterios de la casa"

Dejar las cosas en sus días (14) 
Laura Castañón 

La llegada del criado Migio a la Casa de Pomar coincide con el nacimiento de Sidra. Es un auténtico operario de mantenimiento. Multiusos. Lo mismo hace de chófer de don Benito Montañés, llevándolo en el Minerva cuando sale fuera, que arregla la máquina de coser o poda el seto de boj del jardín. También sabe distinguir los pájaros por su canto, interpretar las nubes o injertar los cerezos. Es el encargado de ordeñar las vacas, de echarle de comer a los cerdos y les hace a los niños los mejores silbatos de boj. Es un hombre importante, sabio contrastado; sabe hacer muchas cosas con las manos. 

Aunque no lo parezca, debido a su proverbial discreción y lealtad de criado antiguo, conoce los secretos de la casa y sus moradores. Es como la sombra fresca que rodea una encina solitaria y poderosa en mitad del secarral. Había plantado cinco árboles en el jardín, uno por cada retoño de la casa. El sauce era su preferido, representaba a Manuel, el más mimado de todos desde que se fuera para siempre. Las camelias blancas estaban cada vez más lucidas desde que la locura había arrebatado a Sidra el juicio. La sombra de los árboles dedicados era el recordatorio de la alegría que un día había inundado la Casa de Pomar. El peral de Paloma estaba triste por el trato malo que el cojitranco le daba. 

Andrés tenía casi cien años de edad y a pesar de las dificultades para salir del taxi, abrir la puerta con cerradura temblorosa o distinguir el color de los billetes, gracias a Facebook había contactado con un sobrino de Preciosa Duarte que le había dicho que aún vivía. Había pasado veinte años en Méjico después de dos de cárcel y ya llevaba cuarenta residiendo en Madrid, ingresada ahora en una residencia de ancianos, regentada por unas monjas peruanas porque las mujeres españolas hace tiempo que dejaron de sentir la llamada de la vocación religiosa como la sentían de antes. 


"Recreaba en su imaginación cada uno de sus movimientos al otro lado de la puerta"

Se habían conocido embutidos en el mono azul que usaban los actores de La Barraca dirigidos por Federico García Lorca durante el proyecto cultural ambulante de las Misiones Pedagógicas. Se habían amado a la sombra de los árboles y sentido el esplendor en la yerba. Se vuelven a encontrar más de setenta años después y ella le llama Ángel mientras mantienen las manos entrelazadas. La próxima vez le traerá gominolas de osito y un ramo de flores, pero sabe que no habrá próxima vez. 

La autora se vale de un diálogo con Asier para hacernos saber que Bruno prefiere quedarse en su casa por Navidad a pasarla con ella. El la intenta convencer de que la trata mal, o si prefiere darle la vuelta, la maltrata. La consuela y le pide que deje de llorar por alguien que no la merece. 

La sombra del Marqués parecía proteger la cuenca minera de las sacudidas sociales exteriores. Los últimos años de la década de los veinte el tiempo parecía haberse detenido en Bustiello. La Casa de Pomar se ha convertido en un reducto de soledad porque apenas existe ya. Solo quedan:  Sidra medio loca, envuelta de continuo en su negro pañolón, y Claudia que mantiene el hueso de ciruela y la pasión por aprender que comparte con Andrés. Se comprometen a seguir unidos hasta el hueso que Claudia guarda en su bolsillo. Ahí fuera el cine rompe a hablar con El Cantante de Jazz. El Barcelona gana la primera liga española de fútbol, una paradoja, ahora que la fiebre nacionalista se empeña en jugar la catalana u otra. Se estrena El Perro Andaluz y en Pomar se dejan sentir las estrecheces económicas en contraste con la opulencia de Gustavo y Montserrat que insistía en amargarle la vida a Paloma. En abril de 1931 cambia el régimen político nacional al abandonar la monarquía el suelo español. 

"Allí el tiempo se había estancado"

También Aida siente la pena honda, el mordisco de la soledad por Navidad, algo que nunca pensó que sentiría. Su madre parece casada con el sindicato desde la muerte de su padre. Echa de menos lo que la gente cuenta de la algarabía que se prepara en las casas cuando las familias se reúnen. Ella la pasa en una residencia de ancianos acompañando al único eslabón que queda con vida de aquella vieja  Casa de Pomar. La extirpe se extingue, no dejarán rastro de haber existido cuando ambas desaparezcan. 

El diario de Claudia reseña el día dieciocho de abril del 1931 que el catorce se proclama la República, Claudia lo sabe porque Efrén se lo dice; coincide con su cumpleaños. Anota que desde que tiene el desarrollo se siente alegre y triste a la vez. Andrés le explica que eso son cosas de mujeres. Andrés sabe mucho, se siente orgullosa de el. Como señala don Efrén: “Esti manguán ya sabe más que yo…, con un orgullo… como si fuera su propio hijo.” Sidra está obsesionada en hacer guardia para evitar que estén juntos a solas. Ella los acusa de cortejarse. Claudia lo niega y añade que solo son buenos amigos, pero Sidra no se lo cree. 

"El paisaje de Pomar se modificaba sustancialmente"

 “Qué falta hacía aquí un Benito Mussolini con dos cojones”, era la expresión preferida de Eusebi cada vez que zanjaba una conversación con sus compañeros de mesa en los bares de Mieres que frecuentaba. Extrañaba la camaradería y el compañerismo de los espíritus afines, por eso marcha a Madrid, se aloja en casa de un hermano. Ni su padre ni Paloma sufren por la marcha del cojitranco, sienten alivio por quitárselo de en medio durante una temporada. Únicamente se ve afectada a su madre. 

El desánimo y el cansancio se apoderan de Aida cada vez que le da por observar la Moleskine con más de la mitad de las hojas repletas de anotaciones y creciendo. No encuentra el momento apropiado para pasarlas al ordenador y poner orden en el caos de notas, datos y expresiones. Tiene la sensación de que más que respuestas acumula más dudas y huecos a medida que indaga en los personajes cuyos huesos conforman su propia nómina de antepasados. 

Manena Fanjul, anarquista fusilada, es otro nombre que se trae entre manos. Piensa en todo mientras observa desde un bar la gran cantidad de gente que hace deporte en la playa durante el horario laboral en verano, probablemente prejubilados de banca o funcionarios públicos, aristocracia de la clase obrera y consecuencia del estado de bienestar. No deja una situación sin citar la autora. 


La novela pega un salto imprevisto de cincuenta páginas,  de golpe...

Claudia marcha a Oviedo con dieciséis años, se aloja en la pensión regentada por la señora  Romanita. Escribe a Ángel a diario, un par de veces por semana mete los folios en un sobre y los manda a una dirección de Madrid. Ángel le cuenta los viajes con las Misiones Pedagógicas, testigo de la miseria de las zonas rurales, está convencido de la necesidad de una revolución. Durante su ausencia ella rumiaba los momentos felices de los encuentros. Se esforzaba en leer los autores que el citaba como si fueran el evangelio revolucionario, la solución a todos los problemas. Descubre el Oviedo clandestino de los ácratas. Conoce a Gustavo Lafuente que pinta los carteles del teatro Campoamor y a su hija Aida Lafuente de su edad, La Rosa Roja de Asturias,  siempre sonriente y ágil. Se siente intimidada por su desenvoltura y desparpajo de barrio. Claudia prefiere la amistad de Candelas, una maestra de “ideas” que la instruye en su doctrina. Le descubre que los avances sociales de los mineros de Bustiello son un espejismo, en realidad encubren la sumisión al patrón. Son unos privilegiados. La gente de verdad es la que engorda en época de castañas y vive pared con pared con sus animales, bastante lejos de las casas limpias como la patena y con geranios en las ventanas. 

La niña del Albaicín era una rosa de oro
morena de verde trigo
y color de almendra sus ojos.
La niña del Albaicín vivía en un carmen moro
encerrada entre cancelas con llaves y con cerrojos.
Rafael de León, Manuel Quiroga/Miguel de Molina/Miguel Poveda





  

Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.


domingo, 27 de abril de 2014

Dejar las cosas en sus días (13), Laura Castañón. Corazón en carne viva




"Las cosas cambiaron a peor. Y entonces fue cuando empecé a pensar seriamente en matarlo"


Dejar las cosas en sus días (13) 
Laura Castañón 

Aida y Pablo van a hablar con Eloy Govenzanas, padre de Matías, el profesor de Matemáticas. A ambos les llama la atención los registros de habla que utiliza al expresarse, tan pronto usa el asturiano más cerrado con fluidez como el castellano culto. Les cuenta lo vivido junto a su padre cuando siendo niño este le contó cómo acababa de enterrar a tres anarquistas de Gijón asesinados por unos falangistas forasteros. Los oyó juramentarse para cazar a los asesinos de curas y monjas. Les permite escuchar en el tocadiscos la canción “Dejar las cosas en sus días” que da título a la novela. 

El día veinte de marzo de 1925 Claudia reseña en su diario: “Mañana, que empieza la primavera, se casa Paloma.” No es más que una adolescente de quince años y su rebeldía había sido reprimida con dureza por las fuerzas del orden y de las buenas costumbres. Ni se le ocurre poner una objeción a la boda por miedo a una respuesta inmediata en “forma de maleta de cartón y billete de tren hacia un convento frío y descorazonador.” Pero aquel matrimonio con Eusebi tenía más de funeral que de boda. 


 "Unos murieron en la guerra y otros como consecuencia de la eliminación sistemática"

Las posturas enfrentadas sobre la memoria histórica se sustancian en una discusión de tres amigas durante la sobremesa de una comida. Aida cuenta con un abuelo asesinado durante la guerra del que no sabe dónde está enterrado y lo busca. Valle tiene dos parientes asesinados por el otro bando de los que también ignora su lugar de enterramiento. Jimena que no tiene antepasados caídos intenta poner paz, guardar el difícil equilibrio para que la convivencia no quiebre cuando estos temas salen a colación. 

A Montse “no le daba la gana querer a Paloma”, su nuera, sospechaba de la existencia de algo detrás de la elección de aquella niña que le gustaba cazar lagartijas hasta hacía un rato. No la consideraba apta para cuidar al tullido de su hijo, que seguía yendo a los locales de mala nota a compensar la extrema juventud y la respiración contenida de su mujer cuando a el lo que le animaba eran las mujeres maduras que le recordaban a su madrasta. El hijo desviado al otro extremo del padre. 

El diecinueve de abril del 1925 es otro día triste para la Casa de Pomar. Muere don Claudio, patriarca de la cuenca minera, y padrino de Claudia. Por eso lleva la autora del diario nombre de ciruela. Se gana un pescozón de Sidra por no estar al loro en el rezo del rosario, por estar mirando a las musarañas y no empezar el misterio a tiempo con el padrenuestro correspondiente. La construcción del monumento que lo recuerde para los restos será el cometido primordial de don Benito. 




 "Soñaba que tenía alas supersónicas y cruzaba aquellos 393,5 kilómetros en cuestión de segundos"

Aida se había enamorado de Bruno como una adolescente, por eso apenas reparaba en las manías que le adornaban y que cada vez con más frecuencia afloraban en los encuentros. La distancia incrementaba la pasión. El deseo viajaba en una línea recta imaginaria trazada a mano, con regla y cartabón, entre Gijón y Madrid;  aumentaba con el tiempo y la distancia que la dejaban “aquellos besos, que pasado el delirio del encuentro, dosificaba con la avaricia de un usurero y que ella mendigaba con ojos hambrientos.” Sin embargo, ella empezaba a sentirse a ratos desgraciada porque presentía que iba a ser complicado quererle. 

Lo último que Benito Montañés hace en vida, antes de que el mar de invierno lo sumerja en mutismo y silencio, es dejar por escrito la sensación agridulce que le trasmite la inauguración del monumento al Marqués de Comillas en la plaza de Bustiello. Sirve para que la autora nos regale a los lectores un capítulo redondo donde no falta la descripción del festival de colores que inunda el otoño asturiano, ni los sentimientos contradictorios que embargan a Benito Montañés, un tanto contrariado por el ninguneo o escaso protagonismo que le dejan tener en el acto, la esperanza de futuro de la estirpe puesta en Paloma y Claudia;  el redoble de campanas, inundando el valle de sonidos festivos y el ruido de fondo de una convivencia a punto de quebrar, cada vez más difícil de mantener, ya dibujada en la tiniebla de la discordia sombría que paulatinamente va ganando terreno. Constata que a pesar del enorme cansancio y desolación que le acogotan, el mundo sigue girando. Siempre surgirán nuevas generaciones con bríos renovados para impedir que la peonza de la vida pare. Cuando Efrén llega, solo puede certificar su muerte. La muerte llega cuando quiere. 


 "La imagen del chico débil y demasiado hermoso para este mundo se le confundió con la de otro niño que cruzaba una calle en una ciudad lejana y llevaba en la mano una peonza"

Tras la pena, el fútbol en un hábil giro cervantino, justo antes de una nueva tristeza para lo que queda de la Casa de Pomar: la confesión de Paloma de que Eusebi le da unas palizas que tiembla el misterio. La mezcla de la fala asturiana,  al hablar de la esperanza de volver a ver al  Sporting en primera y el castellano para hablar del maltrato. La misma noche de la muerte de Benito Montañés,  Eusebi propina una paliza a Paloma. Ella piensa en matarle. 


Ando medio loco.
"Embrujao" por tu querer.
Tengo en carne viva
Por tu culpa el corazón.
Eres mi delirio y el arroyo de mi sed.
Cielo y pan moreno
"pa" mis ansias de pasión.
Rafael de León/Juan Solano/ Miguel Poveda 


 


 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

jueves, 24 de abril de 2014

Dejar las cosas en sus días (12), Laura Castañón. Las lunas que he besado yo en tus ojos.




"No había forma de sacarle a Paloma ni una sola palabra de aquellos años misteriosos que había pasado"

Dejar las cosas en sus días (12) 
Laura Castañón 

La habilidad de la autora para manejar el complejo armazón narrativo en el que se desenvuelve el relato es extraordinaria. Resuelve con brillantez todo lo que Paloma recuerda de Pomar. Reproduce el diario de la abuela Claudia. Vuelca en la novela el proceso amoroso singular entre Aida y Bruno a través de correos electrónicos y esporádicos encuentros encendidos de pasión. Plasma los sentimientos de Andrés al hablarle de sus recuerdos al artefacto, un interlocutor tan frío como un ordenador. Y muchas cosas más. Consigue armonizarlo todo para que no chirríe al andar, haciendo verdadera literatura de las fuentes. 

A menudo el avance de la trama se nos muestra a través de una conversación entre dos personajes que se cuentan cosas y de paso los lectores nos enteramos de ellas. Nos sirva de ejemplo cuando Aida le detalla a Jimena los días que pasó con Bruno en Taramundi. Fueron geniales porque le daba pudor decir felices. El esplendor de Bruno en su papel de galán causa estragos en ella, como un don Juan desplegando sus mejores artes para hacer de Aida el centro de la creación. Dos historias de amor se entrecruzan en este tramo de la novela que ya va mirando a su final, una de juventud y otra en la madurez, separados por varias generaciones, pero compartiendo el mismo espacio asturiano. 



 "No hablo de las calles y de la torre Eiffel. Tienes que contarme tu vida allí."

Para Bruno la relación peligra porque observa que toma el camino de las anteriores: el agobio. Llamadas frecuentes y SMS, tiernos algunos, “desprovistos de la pasión por la palabra de los primeros tiempos.” La realidad es Marisa y las sesiones de quimio y los hijos cuando se vuelven a reunir los cuatro juntos alrededor de la enfermedad de la madre. 

La superioridad intelectual de Andrés significa un insulto para el resto de los niños de Bustiello, por eso su cabeza es un mapa de cicatrices, una colección de piteras. Efrén le aprecia, le considera el hilo que lo une a Camino. Estima que su curiosidad por comprender la enfermedad de Claudia lleva un médico dentro. El “Espasa” de don Benito es la llave que le abre la puerta del conocimiento universal. Fascinación por saber más. Frecuenta la casa y la habitación de Claudia hasta que Sidra lo expulsa con cajas destempladas por degeneración y acto pecaminoso, al estar presente cuando le ponen una inyección. Claudia no vuelve a salir a la calle hasta el veintitrés de junio, cabo de año de Manuel. A pesar de la severa vigilancia a la que Sidra les somete, que solo les permite hablar estando ella delante, se las arreglan para mantener el contacto. Las trillizas se cambian de nombre al hacerse monjas del todo. 

El escaso aprecio que Aida le profesa a la Navidad le viene de serie, herencia de sus progenitores que aborrecen las celebraciones, el alboroto y el desmadre por decreto que arrastra la Navidad. Su abuela le había contado cómo envidiaba a los grupos de niños revestidos pidiendo el aguinaldo por las casas, mientras en Pomar sus padres cantaban a coro acompasados villancicos en latín, casi siempre acompañados al piano por Sidra, bien diferente al festivo “beben y beben y vuelven a beber” que por esas fechas inunda las calles. Le invadía la tristeza porque la última vez que vio al abuelo les dijo que volvería por Navidad y no lo hizo. 


 "Bueno esto no lo he contado nunca, estaba en París y por una historia, que sería muy larga de contar, cogí un tren que tenía que llevarme a un pueblo en las afueras,"
Desde la muerte de Nicodemo, marido de Paloma, esta invita por navidades a su hermana Claudia, a su hija y a su nieta a cenar a casa el día de Nochebuena. Era costumbre que esa noche la dejaran quedarse a dormir, así puede saborear los regalos y el árbol lejos de la custodia de su madre, comunista libertaria, centinela de las buenas costumbres. Tomando de modelo “una foto sepia agrietada”, había reproducido Bustiello en el portal, incluido el tren que asomaba tras las montañas de cartón. Aida miraba con admiración lo que sus progenitores despreciaban. Aquel tren era un símbolo triste, había significado las primeras palizas de Eusebi Bartomeu. 

Los encuentros clandestinos de Paloma y Antón en la máquina del tren llegan a su fin cuando Bartomeu lo desea. La quiere como sujeto de su actividad contemplativa en exclusiva, siente celos del maquinista. Intenta trasladarlo de trabajo, pero no lo consigue porque Antón trabaja bien y es hijo de un héroe que da su vida por los demás. Para entonces Benito Montañés ya está jubilado y el ocupa su puesto en la empresa. 

La que se lía en la Casa de Pomar cuando pillan a Paloma con Antón en la locomotora lo cuenta Claudia en su diario. Su padre la quiere meter monja y Sidra la llama puta. Bartomeu se ríe de su maldad. Menos mal que Andrés le regala el cromo que nunca salía. Se lo ha conseguido su madre en la fábrica. Paloma se libra del convento de puro milagro. A Antón no le dicen ni Pamplona. La culpa es de ella que se le tira encima. Cae en Mieres los primeros días de la guerra. Aparecen los nombres de Valeria Santaclara y París, por este hilo tira Aida para desvelar el misterio de los años de exilio en París. 



 "Los extranjeros en otro país nos conocemos todos enseguida"

La sonrisa regresa al rostro de Camino cuando Francesc se ofrece a acompañarla a la salida del trabajo, a la luz del día, nada tienen que ocultar. A Efrén le queman los celos y las lunas que el turronero ve reflejadas en los ojos de la viuda alegre. 

Los dos hijos de Gustavo Bartomeu iban abandonando la casa, aún le quedaba el tercero, añadido a la familia, no había forma de hacer vida de el. Ni en los Salesianos de Valladolid, ni durante los estudios de Derecho en los que no pasó de primero. Tampoco se acomoda en Barcelona en una fábrica de la familia, la cual abandona para irse a Roma a aprender fascismo. Vuelve con un esquema intelectual básico lleno de cólera fundamentalista e intolerancia compuesta de “la virilidad, el compañerismo, el nacionalismo y por encima de todo, las expediciones punitivas que aunque solo las conocía por referencias, puesto que en su condición de mero espectador no había podido participar en ninguna, suscitaban en el un extraño hormigueo, una excitación inexplicable.” De Roma se trajo la osadía de un nacionalismo exclusivo lleno de banderas al viento y una cojera por ponerle los cuernos a un “camicia nera scelta.” 


Las cosas que me dices cuando callas,
los pájaros que anidan en tus manos,
el hueco de tu cuerpo entre las sábanas,
el tiempo que pasamos insultándonos,
el miedo a la vejez, los almanaques,
los taxis que corrían despavoridos,
la dignidad perdida en cualquier parte,
el violinista loco, los abrigos,
las lunas que he besado yo en tus ojos,
el denso olor a semen desbordado,
la historia que se mofa de nosotros,
Joaquín Sabina 


 



 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

lunes, 14 de abril de 2014

Dejar las cosas en sus días (11), Laura Castañón. Eternamente tu mano




"Ya adivinaba la silueta"

Dejar las cosas en sus días (11) 
Laura Castañón 

Gustavo comparte el tiempo libre entre la actividad contemplativa de sus películas verdes en el sótano de su casa y el Círculo Católico donde va a leer el periódico. De la contemplación desde lejos con mando a distancia pasa a otra de verdad, también a escondidas, cuando su mujer, Montserrat,  se empeña en talar el ejemplar de fresno que tapaba la ventana por ser demasiado autóctono. Desde el hueco,  el ingeniero vigila con unos prismáticos la habitación de Paloma. La señora quería oler y tocar el exotismo florido de magnolio o de las adelfas en el jardín. Qué señora más pija me parece ¿Dónde va a comparar el porte y la belleza austera de un fresno con el floripondio de un árbol tan extranjero? No me extraña que al señor le salieran demonios dentro que domar con semejante ser en casa. 




 "Con la ventana libre del obstáculo del fresno, podía ver la casa de Montañés"

No se le pasa ni un detalle a la autora. El diario de Claudia nos dice que don Macrino se “dio la vuelta” durante la misa preconciliar para felicitar a dos jovencitas tocadas por la gracia que se van al convento. Quedan en activar el código secreto para comunicarse sin que las monjas se enteren. La marcha de dos trillizas supone un motivo más que añadir a la tristeza que invade la casa. No importan las felicitaciones de los de fuera y que se fueran a rezar por el bienestar de la familia y de todo el género humano. 

Aida se muestra preocupada por la entrevista con Andrés Brañas, decidida a tomarla como una más de la larga lista realizadas durante su vida profesional. Le desagradaba la idea de tener que comprender y mostrar sensibilidad con algo que siempre había odiado. No podía negar que estaba llena de prejuicios. Había dejado de escribir sus memorias porque siempre se quedaba con la sensación de que lo escrito no era más que la punta del iceberg de todo lo que le bullía en su interior. Aida recibe un mail de Ara con tres fotos antiguas. A los lectores nos llegan comentadas por una profesional que sabe leer imágenes porque ha tenido que interpretarlas muchas veces en el trabajo. Otro correo de Bruno en el que le anuncia que se presentará en Gijón después del rodaje. Las sesiones de quimio de Marisa son duras y todo le toca a el, los hijos ni aparecen. 




 "Y también las historias de aparecidos que se contaban en la coicna, principalmente las que tenían que ver con la Güestia"

Se tuercen las cosas en Bustiello con la muerte de Manuel y la puesta al descubierto de la relación de Efrén y Camino. Nos enteramos de que Sidra fue quien indicó a los Baizanes dónde paraba Manuel el día de su asesinato. Camino frecuenta la casa de Pomar después de la separación con la excusa de visitar las trillizas y a Claudia, les lleva recortes de chocolate que coge en la fábrica, a las niñas les parece una delicia. 

“De Pomar nunca salió una novia para casarse.” Afirma Paloma con amargura, por eso le gustaría ver a Aida de esa guisa. En Pomar siempre estuvieron de luto. La Navidad del año veintitrés Paloma está a punto de cumplir catorce años, a ojos de Claudia es la única que sabe qué hacer. Su padre, ido; Sidra, loca de remate; Dorotea es quien evita el colapso total porque Paloma ya solo piensa en Antón y en las vías del tren que lo acercan y lo alejan. 



 "Empezaba a creer que cuando la desgracia entra en una casa, no hay forma de echarla ni a escobazos"

Un oleaje extremo, adivinar la silueta, la dentadura increíble, calcular las horas, el hoyuelo en la mejilla,  cruzar los dedos,  la boca del estomago brincando libre al aleteo de enjambres de mariposas sobresaltadas. Así sienten las piernas de Paloma que no la sostienen de emoción la llamada del primer amor, del único y verdadero: “Y preguntarse si debería mirarlo o no, y responderse que le daba igual, que quería mirar aquel hombre que la había tenido veinticuatro horas poseída por una sensación tan nueva, tan incomprensible, que necesitaba mirarlo, ver cómo era, ver quién era.” Paloma se instala en un estado de “rumor de amapolas, o de nubes, el estado de flotación” cuando Antón la sube a la máquina y la besa en la boca y se confiesan que es el primero para  ambos. Un maquinista de veinticuatro y una adolescente de catorce requiebran el alma. Paloma se pasa las horas muertas contando nubes y paredes de cal, jugando con la turgencia de los fonemas que sustancian el sustantivo Antón, caracola de luz caliente, un sintagma más rotundo que una oración subordinada. Antón como forma de escapar del “panteón portátil que acumulaba muerte, desidia, amargura y devastación.” 

 eternamente tu mano
cuando te vi sabia que era cierto
este temor de hallarme descubierto
tu me desnudas con siete razones
me abres el pecho siempre que me colmas
de amores
de amores
eternamente de amores
  Pablo Milanés



 Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.

lunes, 7 de abril de 2014

Dejar las cosas en sus días (10) Laura Castañón. Cómo quieres tu que olvide.




"Aquel mundo en que yo vivía fue el que dejé atrás en París gracias a Corinne"

Dejar las cosas en sus días (10) 
Laura Castañón 

El diario de Claudia es un género literario para “Dejar las cosas en sus días", destaca por la frescura e inocencia que su lectura desprende. Claudia es una niña cuando su hermano Manuel es asesinado en una fonda de Mieres. Los niños se enteran de todo aunque no lo parezca. Ella recoge en su diario la tristeza que embarga a la Casa de Pomar. El narrador es el nexo de unión entre los hechos y los lectores. La introducción del diario es un aspecto positivo más a añadir a la larga lista de activos que la novela oferta. Sobre todo por narrar los hechos luctuosos desde el punto de vista de una niña pequeña, conservando la redacción original y trasladar a la vez la carga emotiva que invade la casa, además de una certera descripción de cómo la locura de Sidra afecta al día a día de la familia. 

Durante los meses de 1924 en los que Claudia está enferma, escribe poco en su diario porque lee mucho. Resulta curioso comprobar cómo va mejorando la redacción; por lo tanto el cuidado que pone la autora en observarlo. Lee hasta la enciclopedia Espasa de su padre,  además de hacer las cuentas y planas que Paloma le pone. A cambio le guarda el secreto de sus salidas para verse con Antón. 

Andrés sigue hablándole a la nada, al disco duro con corazón de silicio del ordenador. Vuelca los recuerdos de sus meses en París con diecisiete años, el olor y la limpieza de las calles de París, el perfume de Corinne (a quién no le gustaría haber contado con una francesita en su biografía para presumir). Su tutor, Jacobo Ordoñez, lleva la muerte en los pulmones, le manda a conocer mundo con Campos de Castilla para leer en la maleta. Regresa a Madrid por Navidad de 1930. Conoce a Federico García Lorca en la Residencia de Estudiantes, en ese momento destacado autor teatral que le parece un amanerado poeta engominado. 


 "De las revoluciones solo quedan cenizas"

A través del dialogo con su amiga Jimena nos enteramos de que Aida sigue viéndose con Asier. Los “te quiero” de Bruno cada vez son más distanciados. Jimena piensa que el quiere poner distancia. Le advierte de que los encuentros con un ex no cuentan. Más, mucho más,  le preocupa que ella se enamore de alguien que no le corresponde y que no se lo merece. ¿Será verdad que el amor es ciego y tan raro como la verdadera justicia? 

La muerte de Manuel destroza a su padre, lo ciñe a una permanente sombra oblicua, la mitad de lo que era se lo lleva el hijo en el cuerpo a la huesera. En el Sindicato apañan una versión con muchos cabos sueltos, todo había ocurrido por un malentendido, sobre todo por no hurgar en la pena y no causar más dolor en el hombre que parecía su sombra, que ya había empezado a irse. 

La repentina decisión de Efrén de abandonar a Camino sin más justificación que las palabras torpes de quien es pillado in fraganti, con las manos en la masa, la coge por sorpresa. Se siente “la otra” de la copla, la abandonada porque lo suyo no puede ser. Pero Efrén no es un héroe de película ni un ser especial. Algo le ronda por la cabeza con nombre de miligramos de cianuro. Cómo se enreda la copla y el cuplé. 


 "De pronto una pieza mal colocada en el puzle hiciera saltar por los aires la armonía del conjunto"

Paloma cuenta los despertares porque barrunta que alguno será el último, es ley de vida que la última viva de la Casa de Pomar vaya haciendo la maleta. “Morirse no debe ser tan malo”, ella que ha visto desaparecer a toda la familia afirma que al menos no tan malo como la agonía de Claudia que se pasó toda la vida sin saber dónde descansaban los huesos de su marido. Recuerda que la muerte de Manuel trajo desolación a la casa y al valle. Sidra impone la ley del silencio musical, nadie vuelve a tocar el piano en la casa. Pomar quedó en tierra de nadie, ni de los suyos ni de los nuestros. A pesar de su encaje en la clase alta del valle, quedaron excluidos de su bando por contar con un asesinado en la familia a manos de los Baizanes, camisas viejas de Falange. 


"El tiempo tiene sus propios planes al margen del deseo o la conveniencia de quienes pretenden atraparlo" 

La convivencia se fue deteriorando en la comarca minera durante la Dictadura de Primo de Rivera que da un golpe de estado en septiembre de 1923. Una banda de pistoleros anarquistas dirigidos por Durruti asaltan un banco en Gijón, las dos noticias comparten portada en el periódico. La Revolución sin víctimas es la vieja aspiración de Efrén, como si fuera posible hacer una tortilla sin romper huevos. A pesar de todas las guerras y revoluciones que asolaron el territorio peninsular durante el S. XIX, no hubo una revolución en condiciones como en Francia. Los ojos de don Benito se empañan de lágrimas cuando la mano helada se le agarra a la garganta, cada vez que recuerda los planes que tenía para su hijo una vez terminados los estudios. Don Benito sospecha que la educación de sus cinco hijas se le escapa de las manos. Mientras Almudena y Begoña responden a la llamada de la vocación religiosa e ingresan en un convento, presiente que Sidra se va a quedar para vestir santos. 

Como quieres tú que olvide
aquello que yo decía
de que el hombre "tié" razón
y la mujer es la esclava
"pa" servirlo de por "vía".
Pedro Cobos. Marisol



 


Este comentario pertenece al grupo de lectura colectiva que desde La Acequia coordina y dirige su autor, el profesor Pedro Ojeda Escudero.